21: Hora de confesiones

«Billy Future» Fic de Ignacio Pelozo

Capítulo 21: Hora de confesiones

Bill lo miró a los ojos, su mirada brillaba de culpa, de amor, de deseo. Una combinación a punto de combustionar, una combinación latente y desesperante.
-Dime – dijo el de trenzas acariciándole con una mano su mejilla – espera, bésame.
–No diré nada porque yo no hice nada –pensó para sus adentros mientras volvían a juntar sus labios – nada mi vida, olvídalo.
Los presos comenzaron a causar un molesto bullicio. No se detenían ni un instante, seguían diciéndole barbaridades al pelinegro de rastas.
-Me tienen harto – resopló Tom mientras buscaba otro bocadillo.
-Celoso – bromeó en voz baja algo ruborizado.
-Grábate nadie puede tocarte – advirtió con una sonrisa – mío y de nadie más.
-Tuyo y de nadie más – añadió mordiéndose el labio – y no te preocupes, pronto estarás afuera y… ya sabes.
-No lo digas – interrumpió nervioso – mierda Bill ¿por qué tengo que estar aquí?
-¡Señor se terminó la visita! – gritó a lo lejos una grave voz.
-Te amo mi amor – se apresuró Bill dejándole un corto y sonoro beso – apenas pueda vuelvo.
-Adiós mi vida – suspiró el de trenzas viéndolo alejarse. Nuevamente un silbido a coro por parte de los detenidos – ¡Muéranse babosos!

Mansión Kaulitz
-¿Cuántas veces te he dicho que no me llames? – preguntó en un susurro algo molesto. Llevaba únicamente sus largos calzoncillos y su poco cabello algo revuelto – Estoy en mi casa es peligroso ¿qué parte aún no comprendes?
–¿Me engañas con alguien? – Interrumpió una dulce voz del otro lado del teléfono – Jörg Kaulitz me engaña. Seré mucho más joven que tu, pero no soy estúpido. Prometiste no volver a hacerlo.
-No te engaño –mintió el hombre– sabes que eres mi único, zorro pero con la muerte de mi mujer todo está tenso, prefiero avisarte yo mismo cuándo y dónde nos encontramos.
–De acuerdo – pudo oírlo suspirar – la empresa está…conmocionada. La ausencia de tu hijo y la tuya realmente es notable. No hay ánimos. El imbécil de Derek dijo que lo ascendiste.
-Sí, lo hice – añadió nervioso – no es tan imbécil, en el fondo lo merecía. ¿Ha llegado David? Me dijo que se ocuparía de que todos trabajen.
–Sí, está en tu oficina – respondió sin importancia – tengo que colgar, te amo no me lastimes.
-No lo haré – resopló para luego cortar la comunicación.
-¡Mi amor! – Gritó Natalie desde la cama, y como buen amante fue hasta ella – ¿quién era?
-Oh, de la oficina. Idioteces – fingió una sonrisa recostándose nuevamente sobre ella – y bien, así que el plan con mi hijo salió de lujo.
-Mmm… así es – gimió contra sus labios – un par de semanas y lo haré papá.
-Ags suena horrible la idea de ‘el abuelo Jörg’ – bromeó el padre de Bill.
-Suena sexy – rió Natalie para abalanzarse sobre él para hacer el amor.

Casa de Tom
Bill detuvo el vehículo frente a casa de los Trümper y ayudó a bajar a la madre del fotógrafo. Simultáneamente Melisa corría hacia ellos brincando para ser sujetada por los delgados brazos del pelinegro.
-Hola pequeña – le sonrió – ¿cómo estás?
La madre de la niña sonrió tiernamente ante el buen trato.
– Bien – le respondió acariciando el oscuro cabello, tomándolo en sus pequeñas manos – ¿dónde está mi hermano?
-Oh… – buscó la respuesta – tu hermano lo he mandado fuera de la ciudad a sacar unas fotos.
Simone suspiró, era buena excusa.
-¿Cuándo regresará? – Preguntó impaciente – porque tengo una idea para cuando estemos todos.
-No lo se preciosa, muy pronto – dijo con un tono triste, mientras la madre del de trenzas lo invitaba a pasar a la casa con un gesto – ¿qué idea? Si podes contarme claro.
-Quería invitar a las niñas de mi clase a dormir y te invitaría claro – sonrió feliz. Bill le vio otro sentido a todo eso, miró cómplice a Simone y sus mejillas se ruborizaron notoriamente – ¿qué decís?
-Deberíamos consultarle a Tom cuando regrese – agregó tímidamente – tal vez no le agrade.
– Creo que mi hijo no podría estar mejor si pasas la noche aquí – intervino la mujer guiñándole un ojo; él solo mordió su labio asintiendo con la cabeza.

Departamento de Bill
El dolor que Jane conservaba en su pecho desde hacía ya años parecía no cesar jamás. Al contrario, el tiempo hacía que se expanda casi desgarrándola por dentro. Muchas veces había pensado que alejarse de Bill sería la solución, pero solo incrementaría más dolor a su corazón. Ella conocía y sabía absolutamente todo de su mejor amigo. Se sentó sobre el sofá comenzando a recordar entre lágrimas, esos viejos tiempos.

Flashback año 1999.
Siempre los mismos juegos, las mismas risas. Eran irremediablemente unidos. Sus coletas morenas se movían de un lado a otro al igual que sus pequeñas piernas intentando escapar de ese niño que la perseguía con una pistola de agua….

– ¡Mierda Jane ven aquí! – Gritó el pequeño entre risas – ¡no te mojaré!
– Mientes – jadeó la niña justo cuando tropezó y cayó al suelo, marcando sus huesudas rodillas con el verde del césped – le diré a tu madre que has dicho mierda.
-Mierda –repitió el pequeño Bill solo para molestarla. Con su respiración agitada se sentó junto a la pequeña. Echaron sus pequeñas cabezas hacia atrás, mientras el sol de la tarde daba en sus rostros – quiero dibujar.
-Algún día tendrás tu revista como tanto jodes – dijo la pequeña – y yo te haré las entrevistas.
-Como tanto jodes –rió el niño – oye Jane, los niños me contaron que se siente raro…
-¿Qué cosa? – preguntó apoyando su cabeza sobre su mano mirando al pequeño.
-Besar – respondió con timidez y la pequeña se ruborizó – ¿Un niño te ha besado Jane?
-No – agregó mientras sus mejillas ardieron – ¿y a ti?
-Tampoco – suspiró sentándose frente a ella. Sus pequeñas cabezas se acercaron un poco. Ella cerró sus ojos y él frotando sus manos en sus rodillas acercó su carita. Ella llevó sus manos a su blanco vestido presionándolo fuertemente. El pequeño Bill cerró los ojos al sentir el contacto de sus pequeños y temblorosos labios.
Fin del flashbacks.

– La primera vez que me besaste – suspiró entre lágrimas – y la última.
Secó su llanto con el puño de su camisa justo cuando la puerta se abrió agitando su corazón.
– ¡Me asustaste! – exclamó el muchacho de rastas bicolores – No te vi . ¿No trabajas?

-No tengo ánimos – respondió con sinceridad sin mirarlo a los ojos. Bill dejó las llaves sobre la mesa de vidrio y se sentó junto a ella en el sofá.
-¿Qué traes? – preguntó sin dejar de mirarla – ¿Jane?
-Recuerdos Bill – susurró, ahora sí encontrándose con su mirada – recuerdos que no me dejan vivir en paz.
-No me asustes- interrumpió tomándole del mentón – cuéntame, está de más recordarte que te amo porque eres mi mejor amiga.
-Recuerdo todas las tardes en el parque, cuando nuestras familias vivían en el campo – comentó mientras su corazón comenzaba a latir con fuerza ante las imágenes que venían a su cabeza – recuerdo que mi primer amor comenzó allí.
-¿¡Te habías enamorado de un niño de allá?! – Gritó sorprendido – jamás me lo dijiste.
– Ajam – asintió ella- ese niño era distinto a todos. Rebelde y responsable al mismo tiempo.
– ¿Lo conocí? – sonrió Bill.
– Déjame contarte – añadió molesta – él pequeño…no ha cambiado nada. Ese pequeño que me enamoró aún sigue dentro de lo que ahora ya es un hombre. Ese niño de cabello rubio, ojos cafés y silueta delgada siempre consolaba mi llanto, me protegía de las tormentas, me llevaba en su bicicleta hasta la escuela, me defendía, me abrazaba, merendábamos juntos cada puta tarde. Nos hamacábamos cerca de la montaña, hacíamos bromas pesadas a los del pueblo, escribíamos las paredes de la ciudad… Y nos mandábamos papeles en clases… pero ese niño luego creció, y vivió para recordarme que era la hermana que no había tenido, que era su mejor amiga y que por siempre lo sería.
Bill permaneció en silencio… no podía ser.
-Ese niño que me besó por primera vez y que se que nunca voy a tener, porque se ha enamorado. Ahora es ese hombre por el que todas las noches rezo para que sea feliz –lloró Jane- ¿Cómo querías que te dijera que estaba enamorada de ti? Temía mucho que te alejes de mí para siempre. Perdóname por amarte Bill.
Él no tenía palabras, se sentía un estúpido. ¿Cómo no se había dado cuenta? La abrazó largamente mientras ella sollozaba sobre sus hombros justo cuando el timbre hizo que se separaran.
-Espérame un minuto – le susurró secándole las lágrimas con sus dedos en un suave movimiento – veré quien es.
Se levantó pesadamente, resoplando mientras podía sentir la mirada de la morena sobre sus espaldas. Abrió la puerta y se encontró con un joven que le resultó familiar. ¡Oh claro! Era el chofer de su familia.
-¿Amir? – Sonrió el de rastas – ¿Qué haces aquí?
El joven respiraba agitadamente y el director de la editorial comenzaba a asustarse.
-Señor Thomas es inocente –dijo con sus manos temblando– yo ví quien fue, yo se quien mató a su madre.

Continuará…

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Publico con autorización del autor

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