«Billy Future» Fic de Ignacio Pelozo
Capítulo 43: Momentos felices
Decir que podrían pasar horas y horas, observando los movimientos que su pequeño hijo realizaba no sería exageración. Tom jamás pensó que darle el biberón a un niño le brindara tanta paz, Bill jamás pensó que se vería tan adorable haciéndolo.
– ¿Se durmió? – Susurró el de trenzas y Bill asintió feliz con la cabeza – ¿Lo rodeaste con los cojines?
– Mi amor, no podrá caerse del moisés – sonrió. Tom había preparado el sofá-cama y ambos estaban acostados allí, a media luz – ¿No que se veía mono vestido como tú?
– Se veía gracioso – comentó acercándolo tomándolo de la cadera. Lo miró en silencio y agachó un poco su cabeza para alcanzar sus labios. – hummm… quiero pedirte algo.
– ¿Hacerme tuyo? – Suspiró apoyando su cabeza sobre el respaldo del sofá, dejando expuesto su cuello– hazlo, no lo pidas…
– No –esa respuesta sonó fría, o seca. Bill lo miró extrañado – Quiero que tú me tomes a mí.
– Pero Tomi… – le había sorprendido. Tal vez por costumbre a que los roles siempre habían sido los mismos y un intenso nerviosismo comenzaba a apoderarse de él– Yo-yo no se como hacerlo.
– Mira… – él también comenzaba a tensarse. Enderezó a Bill dejándolo casi sentado y uniendo sus labios se sentó sobre sus piernas – vamos a suponerlo primero.
– Un ensayo – bromeó el muchacho de cabello erizado.
– Yo me sentaré sobre ti y me preparas como lo hago contigo –le explicó mientras acariciaba su piel por debajo de su camiseta haciendo presión cerca de sus pezones y jugando con el adorno metálico que poseía en el izquierdo – cuando yo me sienta listo, te montaré.
– Mierda –murmuró acalorado– de acuerdo, bésame, tócame.
Sus labios se fundieron en un hambriento beso, con la pasión transformándose lentamente en un cálido y pegajoso sudor. Sus respiraciones comenzaron a entre cortarse y las ansias de sentirse aprisionaban su ser. Con sus torsos ya desnudos, no dejaban de besarse recorriendo la boca del otro centímetro por centímetro. Sus entrepiernas despertaban bajo las telas de sus pantalones, que ya comenzaban a fastidiar.
Tom se puso de pie frente a él, Bill rápidamente se sentó más cerca desprendiéndole el botón del enorme jeans bajando, sin dejar de mirarlo, lentamente el cierre. Mordió su labio inferior al mismo tiempo que lo dejaba totalmente desnudo, con su miembro erguido a su vista. Con una extraña timidez lo acarició lentamente en toda su longitud y de sorpresa lamió la punta cerrando los ojos. El de trenzas lo sujetó con suavidad de la cabeza para que no se detuviera. Gemidos y jadeos escapaban de su garganta sintiendo una sensación eléctrica recorrerle la espalda mientras una mano de Bill se perdía entre sus piernas para prepararlo. Jamás pensó que ‘un intruso’ tocando aquella zona doliera tanto, pero resistiría. Él también quería entregarse del mismo modo; entregarse por completo. No resistiría mucho más, necesitaba sentirlo. El aliento de Bill estaba torturándolo. Tomó distancia y de los hombros lo empujó recostándolo sobre el sofá. Gateó hasta quedar frente contra frente y volvió a besarle los labios.
– No estés nervioso – le susurró colocando una pierna a cada lado de su cuerpo.
– Es mi primera vez de este modo –sus piernas temblaban un poco, mientras sus erecciones se rozaban en un leve movimiento, y sus sudados pechos también se tocaban de vez en vez debido a su agitada respiración.
– Y la mía – añadió Tom. Se sentó sobre él guiándole hasta su intimidad. Cerró los ojos mientras el mismo lo hundía cada vez un poco más. Bill comenzaba a perder la razón al sentirse rodeado de algo que jamás había sentido, una calidez ajustada desesperante a cada milímetro.
Lágrimas de dolor quisieron invadir sus ojos, dolía, quemaba vivo. No le gustaba, quería detenerse y salir corriendo, pero la expresión de Bill se lo impedía. Él parecía disfrutar. Sus ojos cerrados y la cabeza hacia atrás. Sus labios entreabiertos y una ligera tonalidad rosada en sus mejillas.
Hasta que la suave textura de la mano de Bill se cerró alrededor de su miembro, subiendo y bajando acariciándole. Ahora él comenzaba a experimentar la combinación explosiva de dolor y placer. Con una mano acariciaba la pálida piel del torso de Bill mientras la otra se encontraba también sobre su miembro. Sus caderas se movían de atrás a adelante sintiendo que se partiría al medio. Pero ya era imposible detenerse.
– Oh sí Bill…- dijo con voz ronca – así… no pares…
Sus jadeos comenzaron a mezclarse, así como su deseo de más, y más. El ritmo se hizo más frenético y ahora ninguno de los dos podía controlarse. Su cuerpo ascendía y descendían a lo largo de la longitud de Bill casi por completo.
– Ya… me vengo –advirtió el de trenzas al mismo tiempo que la esencia de Bill lo bañaba en todo su interior. Lo ayudó así, él también llegó al clímax. Cayó pesadamente sobre su cuerpo abrazándolo exhausto. Poco a poco se recostó a su lado y cerró los ojos.
– Tomi… – susurró agitadamente tapándole hasta el ombligo.
– Hmmm… – fue lo único que pudo decir, atrapándolo en sus brazos dejando que descansara sobre su pecho.
– ¿Cómo nos ves en el futuro? –preguntó haciendo dibujos imaginarios sobre el pecho del de trenzas– Podríamos tener muchos perros y muchos niños.
– Hmmm – repitió sonriente – en una casa grande, con una habitación para tus diseños y una sala llena de mis fotografías. Un cuarto de juegos especiales…
– Pero con tu amor, sin tu amor no quiero nada de eso –susurró sintiendo los latidos de Tom en su oído– soy muy feliz al saber que pasaré mi vida contigo… eres tan hermoso… ¿Tomi?… Se durmió. Te amo bebé.
Dos meses más tarde
– ¿Tom has preparado el bolso para el bebé? ¿Has metido la nueva silla en el coche? ¿Llevas un biberón de más por si las dudas? ¿Y las cosas para cambiarlo? ¡Ah un gorrito por si hay sol! –Bill caminaba acelerado. Su departamento estaba casi vacío con cajas por el suelo por todas partes, ya que dentro de unos días finalmente se mudarían. Jane una semana atrás había decidido vivir con Gustav. Su relación estaba consolidada y necesitaban su propio espacio. Por fin, Bill solo quedaba como un precioso y valioso recuerdo para su corazón.
– Cálmate un poco o te va a dar algo – dijo Tom sentado en el borde del sofá con el pequeño Brandon entre sus piernas jugueteando con una pelota de goma, quien ya poseía dos dientes y se sentía inquieto.
Mordía a sus padres y por las noches no podían intimar porque no dejaba de llorar.
– No dejes que lleve eso a la boca puede tragárselo – añadió ignorando su comentario – y apúrate en vestirlo, el acto escolar de tu hermana comenzará en media hora.
– Bill, el niño no puede tragarse esta pelota – resopló dejándolo sentado sobre el suelo – ven aquí, estás muy tenso.
– El trabajo, el niño, la mudanza, tú… – suspiró – estoy muy nervioso por todo, además mañana por la mañana tengo una entrevista donde probablemente me cuestionen sobre mi pareja y mi hijo.
– Los mandas al diablo y ya – sugirió situándose detrás de él, llevando sus manos a la nuca de Bill masajeándolo suavemente – relájate un poco o realmente un día te dará algo.
Cerró los ojos disfrutando del trabajo de las manos del muchacho de trenzas, hasta que un pinchazo de dolor molestó en su pierna. Abrió los ojos y allí lo vio, a su hijo intentando arrancarle la carne.
– ¡Ah! ¡No me muerdas! – Gritó alzándolo – eres como tu padre.
– ¿Cómo yo? – rió Tom. Él solo asintió – ¿Por qué como yo?
– Porque a ti te encanta morderme – arqueó una ceja, mirándolo sensualmente. Sin poder evitarlo buscó sus labios, besándolos con ansias. Las mismas ansias que el día que se besaron por primera vez. Una mano de Brandon pellizcó la mejilla de Tom con fuerza.
– ¡Ah enano! – Se quejó rompiendo el beso y lo miró fijamente. El bebé solo le sonrió enseñándole sus pequeños dientes inferiores – eres un celoso.
– También como tú – bromeó Bill sacando la lengua – ya vámonos o Meli nos matará.
Escuela Primaria
– Me están preocupando – pensó Simone en voz alta – el número de Melisa va a comenzar y no han llegado.
– Cálmate mujer, llegarán en cualquier momento – agregó Gordón con la cámara de video en la mano – deben de haber tenido un percance con el bebé o con el coche.
– No se, tengo un mal presentimiento hace días –suspiró triste– debe ser la mudanza. A Bill lo tiene igual.
Un telón color rojo se abrió, las luces se apagaron y en el escenario se podían notar pequeñas figuras. Ellos estaban casi en el fondo cuando oyeron el llanto de un bebé a lo lejos, una risa, un llanto y finalmente una risa. Sí, era Brandon. A veces solía pasar cuando a Bill se le cansaban los brazos y se lo entregaba a Tom para cargarlo. Pero el pequeño se mal humoraba y comenzaba a quejarse.
– Perdón la demora – alcanzó a decir el de trenzas con la respiración agitada – ¿Ha comenzado?
– Buen día Simone, buen día Gordon – saludó el muchacho de cabello erizado.
– Buenos días – sonrieron – no, pero de hecho ya va a comenzar.
– Pero antes queremos aprovechar y darles algo – añadió el padre de Tom. De su bolsillo sacó un pequeño paquete envuelto en papel de regalo. El de trenzas cargó a Brandon mientras, Bill ansioso sacaba el contenido.
– ¿Dos manojos de llaves? – rió sin comprender.
– Una es de la casa – respondió Simone – las otras de una camioneta familiar.
– ¿Qué? – No podía creerlo – ¿Pero… pero por qué?
– Es nuestro regalo para ustedes – volvió a sonreír, casi al borde de la risa por la expresión que el muchacho traía. Su hijo en cambio sí lo comprendía.
– ¿Un regalo? ¿Pe-pero y por qué? – Miró las llaves en su mano – No hace falta, de verdad no hace falta que nos den… esto es demasiado.
– Es un regalo – repitió ella – nuestro regalo de boda.
– ¿De boda? – ahora sí que entendía menos. Miró a Tom y él arqueó una ceja. Miró al bebé y le sonrió. Miró a sus suegros y sus miradas brillaban. ¿Qué parte se había perdido? – ¿Cuál boda?
– La nuestra – interrumpió el de trenzas, mientras su madre cogía en brazos a su nieto – a menos que tú no quieras casarte conmigo.
– ¿¡Qué!? – Gritó y todos se giraron hacia ellos – ¿¡Cómo mierda no voy a querer!? ¿¡Hablas en serio!?
– ¿Quieres o no? – rió ignorando la vista crítica de los presentes.
– ¡Claro que quiero estúpido! – Y saltó sobre él haciéndolo tambalear llenándole de besos toda la cara – ¡Claro que quiero! ¡Te amo, te amo, te amo!
Simone y Gordon se rieron, y Brandon a sus casi seis meses, en medio de tanta felicidad pronunció su primer palabra.
– Pa-pá – se oyó claramente su dulce vocecita. Ambos voltearon sorprendidos hacia él – pa-pá.
Continuará…