CAPÍTULO 3
Georg escuchó aquel susurro y casi se abalanzó sobre Gustav instintivamente. Ni siquiera se detuvo a pensar en lo extraña y tragicómica que era la situación. En otras condiciones, jamás habría reaccionado así. Casi abrazaba al de gafas. Y en ese instante se percató de ese detalle.
— ¿Y tus anteojos? —el castaño lo miró extrañado.
— ¿No crees que me veo mejor sin ellos? No van conmigo, con mi nueva personalidad —Gus miró a su amigo seductoramente y pasó su brazo por detrás de la cintura del castaño. Éste, al sentir el contacto y la fuerza de Gustav dio un respingo, y su corazón pareció detenerse un segundo.
—Georg, ven conmigo —le dijo al oído —. Encontré una habitación donde te sentirás mejor. Ven.
Lo tomó de la mano y el castaño, perplejo no pudo hacer nada más que seguirlo. Al llegar a la habitación rosa, Georg seguía sin articular palabra. Quiso decir algo, lo intentó, pero unos labios finos y suaves se posaron sobre los suyos, comenzando un beso húmedo apenas se cerró la puerta tras él.
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— ¿Dónde están esos dos? —acababan de cerrar la ventana. Tom había corrido una vez más intentando detener la cortina que había dado vuelta el jarrón y las flores. Andreas había comenzado a recogerlas, y no se dieron cuenta cuando Gustav y Georg salieron de allí.
— ¿Sabes? De verdad, yo tampoco me creo que sea el viento. Eso de la voz.
—Andreas, ni se te ocurra decirlo en voz alta delante de Georg.
— ¿Dónde estarán?
—Deben haber ido a buscar una habitación para dormir.
—Sí. Yo haré lo mismo. Tom, ¿dónde dormirás?
—Acá, en esta habitación. Me resulta agradable. Creo que ya ha sido suficiente por hoy. Sólo espero que esos dos no se metan en problemas.
Andreas se rió, pensando en que “esos dos” eran más tranquilos que una foto. Terminaron de recoger todo y de secar el piso.
—De acuerdo, entonces me iré a la alcoba de enfrente. Ya sabes, cualquier cosa me llamas. —Tom asintió y vio salir a su amigo, mientras se sentaba a los pies de la cama. Necesitaba pensar.
El dormitorio que Andreas había elegido, quedaba al lado de la habitación rosa. Se sentó en la cama y se quitó los zapatos. Llovía torrencialmente y el viento aullaba, pero a él le parecía que además se podían escuchar otros sonidos, que aunque eran amortiguados por la tormenta, de todas maneras eran audibles. Juraría que eran golpes, constantes y rítmicos, pero prefirió no pensar en ello, ya era suficiente susto por una noche, así que se metió a la cama sin desvestirse totalmente.
En la alcoba de enfrente; Tom ingresó al baño, probó si la ducha funcionaba, y fue una sorpresa grata descubrir que salía agua caliente. Se desvistió y se metió bajo la ducha. Cuando el agua corría por su cuerpo, un leve susurro lo puso en alerta, afinó su oído, cerró el grifo del agua y esperó conteniendo la respiración… nada. Abrió la llave otra vez, intentando tranquilizarse, pero luego de unos momentos aquella voz llenó el espacio.
—Vuelve a mi.
Tom tragó saliva, mientras los latidos de su corazón incrementaban su velocidad.
— ¿Quién es? —sabía que esperar respuesta era tan bizarro como todo lo que les había sucedido esa noche. Se secó, se puso los bóxers y mirando para todos lados se metió a la cama. Pensó por un instante ir a la habitación de Andreas, pero no quería parecer una nena.
Por ahora, su mayor esfuerzo sería intentar calmarse y dormir. Se puso de lado, vuelto hacia la ventana. Definitivamente, aquel día había sido de lo más extraño. Peculiar en todo sentido, se perdieron y llegaron a esa hermosa casa que a Tom le parecía triste, tan diferente a los lugares que conocía y al mismo tiempo tan familiar. De algún modo, nada en ella le parecía desconocido. Desde que habían salido de Frankfurt, un sentimiento de deja vú, no le había abandonado en ningún momento.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por algo que no resultaba para nada normal. Un leve murmullo, el sonido suave de algo que parecía un roce de ropa a sus espaldas, lo hizo tensarse al máximo. El golpeteo constante de las ráfagas de lluvia que el viento provocaba, le despertaban más inquietud porque le impedía escuchar con claridad. Volvió a escuchar ese ruido, pero más cerca aún. Pum, pum, pum, su corazón comenzó a latir otra vez como loco y le zumbaban los oídos, por un lado quería volverse y ver lo que se estaba acercando, o tal vez salir corriendo, arriesgándose a accidentarse o chocar con “eso”.
Por otro lado, su cuerpo se negaba a moverse. Esa presencia detrás de él le llenaba de pavor, y el miedo le paralizaba.
De pronto sintió el peso de un cuerpo sobre la cama, a sus espaldas, que avanzaba sigiloso hasta él. Tom creía que moriría de un instante a otro de un infarto. El aire se volvió frío y espeso. Afuera la lluvia golpeaba furiosamente la ventana, y un relámpago iluminó la habitación por un instante. Tom, haciendo un esfuerzo sobrehumano, intentó mover un brazo para encender la lámpara junto a su cama, pero no se movió ni un centímetro. Ni siquiera podía respirar normalmente, lo único que deseaba era ser invisible a lo que fuera que estuviera detrás de él, acercándose lentamente.
Las lágrimas casi saltaban de sus ojos, y un sollozo ahogado le rompía la garganta, que a su boca llegaba como un leve gemido trémulo en su respiración, cada vez más descompasada y acelerada. Sentía que de pronto perdería el conocimiento, y en cierto modo lo deseaba con todo su ser. Quería volver a la comodidad de su hogar, de su habitación. Pero como siempre, la realidad pasmosa le impedía cumplir su anhelo.
Sus ojos aguados dejaron escapar una lágrima cuando sintió una respiración que no era la suya, cerca de su oído.
Un aliento helado rosó su cuello, y Tom creyó que en ese segundo su alma dejaría su cuerpo, presa del terror.
—Por fin has vuelto…te he esperado tanto.
— ¡Ahhhhhh! —El grito de Tom fue ahogada por los truenos, y de un salto llegó junto a la ventana, con la respiración cortada, jadeante.
Sin quitar la vista de la cama, donde yacía una sombra, alargó su mano hasta el interruptor para encender las luces, rogando para que los relámpagos no hubiesen cortado la energía. Cuando al fin las luces se encendieron, el tiempo se detuvo para Tom, ya no había tormenta, ni truenos, ni relámpagos, ni lluvia, ni viento. Todo era silencio como de muerte, pero a la vez tan apacible.
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Al otro lado del pasillo, Andreas escuchó un grito que le hizo dar un sobresalto. Se sentó en la cama «Mierda, no debimos separarnos», pensó. Caminó hasta la puerta para partir a la habitación de Tom, lugar de donde vino el grito, pero ésta no abrió. Tironeó de ella, la pateó, gritó llamando a Tom, Gustav y Georg, pero nada pasó. Sólo había lluvia, relámpagos y truenos, pero extrañamente, cuando los truenos se silenciaban, y el viento no golpeaba las ventanas, le era posible escuchar algunos gemidos y golpes rítmicos.
Aquello le desconcertaba, pero por ahora se sentía atemorizado pensando en lo que podría estarle pasando a su amigo, ¿y si su vida corría peligro? Nada más podía hacer por ahora, así que volvió a la cama y se sentó en ella, tapado hasta la cintura por las mantas, esperando algo, sin saber qué exactamente. Mientras, su pensamiento viajó hasta sus otros amigos.
—Espero que estén bien. —fue su ruego.
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Cuando Gustav dejó de besar a Georg, éste intentó hablar.
—Gustav, creo que…
— ¡A quién le importa Gustav! —cortó Gus. El castaño sentía sus labios en el cuello, y eso le estaba empezando a excitar. Así y todo, aún le quedaban pensamientos coherentes.
— ¿Cómo que a quién le importa?… Tú eres Gustav, y yo tu mejor amigo. Esto no está bien. —Gustav lo dejó de besar en el cuello, y volvió a su boca, dándole pequeñas mordidas.
— ¡Vamos!, mi hermoso castaño de mirada transparente, dime que no te gusta sentirme —la respiración de Georg se agitó y comenzó a jadear, en el momento en que sintió la mano de su amigo en su entrepiernas.
—Claro que te gusta, ¿ves? Tanto que protestas y ahora estás deseoso… ¿Qué tanto eso de que eres mi mejor amigo? Yo te quiero de otra forma —Gustav le hablaba en un susurro, intercalando las palabras con besos húmedos, en sus labios y barbilla, sin dejar de acariciar su sexo. El castaño sabía que estaba perdiendo el combate, escuchaba a los lejos la lluvia, y el miedo se había ido, hasta le parecía romántico el ambiente a media luz con la bulla de la naturaleza allá afuera, y el sonido de sus propias naturalezas dentro de la habitación. Así y todo, algo de su cordura le impedía rendirse.
—Gustav ¿qué te está pasando?
—Deja de llamarme Gustav —y lo siguiente que supo el castaño era que él estaba sobre la cama y su amigo encima de él, mientras se sacaba la ropa y de paso desvestía a un castaño semi paralizado, estupefacto y excitado —. Llevo más de un siglo esperando este momento, ahora eres mío.
Georg no entendía nada, pero se negó a analizar la situación porque no quería romper el encanto. Se dejó hacer. Lo que alguna vez habían sido sus húmedas fantasías, ahora eran tan reales, con un halo de irrealidad, un sueño del que no quería despertar.
El calor llenó el aire de la habitación. En la penumbra, el castaño tendido en la cama y el otro cuerpo sobre él, sentado, se movía al ritmo de sus jadeos y gemidos, el miembro de Georg dentro de las entrañas de Gustav, estimulaba su punto de placer, haciéndole emitir sonidos de gusto, sin pudor alguno.
—Así quería tenerte Gus —la respiración de Georg era entrecortada.
—Así… muévete. Así… ah… ah… ah —Gustav se deshacía en gemidos. Sudoroso y feliz. En su cara se dibujaba el éxtasis.
—Oh amor, te deseaba tanto. —el castaño se había rendido ya hace un tiempo, reconocerlo era otra cosa, ahora no había vuelta atrás. Dejó su corazón libre mientras veía a su amante mecerse sobre él, sudado, con el rictus del placer en su rostro. No quería despertar, quería que ese momento fuera eterno.
La cama y el dosel se cimbraban ante tales movimientos, pero los jóvenes ni se enteraban, excitados, y felices.
En la habitación vecina, un rubio desconcertado y asustado, se hacía miles de preguntas, mientras seguía escuchando aquel golpe rítmico. Sabía exactamente en qué circunstancias tales ruidos se originaban, pero sabiendo que los que estaban en ese mismo piso eran sus amigos y compañeros de universidad, tal explicación, o sea sexo, le parecía imposible. Sin embargo, el rubio ni sospechaba que una escena más surrealista se desarrollaba en la habitación que quedaba cruzando el pasillo.
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En la alcoba que ocupaba Tom, la luz no ayudaba a darle más claridad y realismo al cuadro que se desarrollaba. Junto a la ventana, un Tom asustado, con la respiración entrecortada, al borde del colapso, casi empotrado a la pared, queriendo estamparse en ella para no ser visto, casi desnudo, con los brazos ligeramente abiertos, con las palmas de las manos puestas en la muralla. Su pecho se levantaba fuertemente con cada respiración. Sus ojos muy abiertos y la boca semi cerrada, secándosele por el cúmulo de emociones, miedo, fascinación, curiosidad y atracción sexual.
Tom escuchaba sólo los latidos de su corazón, y sus ojos no podían ver nada más que aquella imagen. Los cabellos largos y negros, esos ojos brillantes de mirada penetrante que traspasaban su alma y le quitaban el aliento. Todo parecía ser parte de un sueño, tal vez soñaba con el cuadro del salón… tal vez era una visión que al pestañear desaparecería, y eso hizo repetidas veces, pero esa figura seguía mirándole desde la cama. En ese instante aquella cara de ángel sonrió, y la habitación se volvió luminosa y cálida. El miedo desapareció. Era la sonrisa más hermosa que Tom había visto.
—No tengas miedo, Tom. Jamás te haría daño.
— ¿Quién eres? —La voz del de trenzas era ronca y temblaba.
—Ya lo sabes. ¿Por qué preguntas? —aquel hermoso rostro sonriente hablaba con tanta suavidad y dulzura, envolviendo a Tom en una sensación de bienestar, dónde ni el frío, ni la melancolía tenían cabida ya. Se destensó, relajando sus músculos, y pausando su respiración —Ven acá junto a mí… ven.
—Pero tú estás muerto.
Continuará…