CAPÍTULO 6
La mandíbula inferior de Gustav casi llegaba al suelo. Una especie de remolino dio vueltas en sus entrañas, como si sus tripas se retorcieran provocando una sensación molesta y dolorosa. Su pulso se aceleró, comprendiendo que esa confesión lo alteraba más que la idea de haberse acostado con el castaño. Dejando una interrogante en su corazón. Un eco lejano que su mente no alcanzaba a comprender. Una vocecilla que persistentemente le advertía de algo que su cerebro se negaba a escuchar. Logró salir de su estupefacción, y como si de un trance viniera saliendo, la voz de Georg se hizo más real cada vez, hasta comprender que no era parte de un sueño.
—Pensé, al principio, que era producto de nuestra vieja amistad, de nuestra cercanía. —continuó el castaño con voz ronca y temblorosa.
Gustav percibió la emoción en la voz de su amigo, y bajó la mirada para no hacerlo sentirse invadido. No ahora, que seguro estaba viviendo el momento más difícil de su historia en común. El de gafas se miró las manos, e intentó concentrarse en ellas para no ponerse más nervioso de lo que estaba, y no hacer sufrir a Georg innecesariamente.
—Hace unos meses lo confirmé — el castaño suspiró y hundió su cabeza entre los brazos —cuando te vi tan entusiasmado con esa rubia de pechos grandes, y sentí celos. Me dije, es que ahora ya no tendrás a tu amigo de fiesta contigo, es sólo eso. Pero los celos me mataban, y lo acepté. Estaba enamorado de ti. Yo quería estar en el lugar de esa rubia.
El de gafas permaneció cabizbajo, en silencio, sin saber qué decir.
—Lo siento Georg —su voz sonaba lastimera. Luego, se hizo el silencio una vez más.
—No lo sientas. No quiero tu lástima —el castaño se levantó de la cama, tomó su ropa, y se metió al baño.
Gustav permaneció estático, con el corazón en llamas, sin entender en absoluto lo que le sucedía.
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Tom había salido de la ducha, había comenzado a vestirse. Andreas lo observaba sin poder articular aún ningún sonido. De todos modos, qué podría decir. Intentar hacer recapacitar a Tom era inútil, pero además era posible que alguien más, fuera de ellos cuatro, hubiera pasado la noche ahí.
—Debe estar abajo Andreas —y renglón seguido abrió la puerta y salió por ella, antes de que Andy hiciera el más leve movimiento.
Resuelto a seguirlo, el rubio fue tras él.
La búsqueda frenética del muchacho de trenzas, hizo a Andreas recorrer la mansión, tras los pasos de un Tom, que a ojos de su amigo, parecía un enajenado.
Tom había bajado al área de servicio, pensando que Bill estaría ahí, buscando algo de comer. Después fue a los salones, al gran comedor, al sector de huéspedes en el ala contraria a donde ellos durmieron. Bill no estaba.
El entusiasmo del joven decayó, y regresó al sector de los dormitorios que ocuparon, buscando dentro de ellos al desaparecido.
El de trenzas tomó la manija de la primera puerta a su izquierda, y la abrió.
—¡Gustav! —Tom se sobresaltó, y luego observó por un instante el semblante sombrío de su amigo —Aquí estabas ¡Qué cara amigo!
—No mejor que la tuya —replicó el de gafas.
—¿Estás bien? ¿y Georg?
—Estoy bien, y Georg está en el baño. —dijo sin más, casi sin expresión en la voz.
—Bien —fue la lacónica respuesta de Tom.
Andreas que aun seguía detrás suyo, estaba realmente preocupado por el de trenzas.
—Tom no busques más. No está.
—¡Debe estar en los jardines! —el rostro se le iluminó.
—¡Tom, él no está! ¡No lo vas a encontrar!
—¡Déjame en paz Andreas! ¡Déjame solo!
El de trenzas salió del pasillo, en busca de la escalera que lo conduciría hasta la planta baja. El rubio sintiéndose fuera de lugar, dudó en entrar a la habitación que ocupó en la noche durante unos segundos, hasta que decidió que era mejor ordenar las camas que estaban desarmadas, a quedarse en el pasillo.
Se acercó a la puerta de “su” habitación, y recién recordó el hecho de que hacía unas horas no pudo abrirla. Revisó el mecanismo de la cerradura. Y le causó extrañeza comprobar que ésta estaba en buen estado, y que además no tenía cierre de seguridad. Siendo así, no se explicaba cómo fue posible que la puerta permaneciera cerrada, a pesar de sus esfuerzos para abrirla.
Intentando buscar una explicación lógica, finalmente concluyó que con seguridad estaba algo dormido, y que creyó que había tratado de abrir la puerta, pero no fue así.
Una vez que la explicación le pareció satisfactoria, se concentró en ordenar lo mejor posible las habitaciones.
Ignoró lo mejor que pudo las manchas de semen y sangre, en la ropa de cama de la habitación de Tom. La tomó y la llevó a la zona de servicio, donde seguramente había lavandería.
Tom regresó a la cocina, pensativo y cabizbajo. Tenía necesidad de un buen café.
Justo en ese momento aparecieron Georg y Gustav. Pero el hecho de que los cuatro volvieran a reunirse no provocó la distensión del ambiente. El silencio era sepulcral. Andreas no quería ser más inoportuno, el castaño y el de gafas no querían ni mirarse por sentirse incómodos y avergonzados el uno con el otro. Y Tom… Tom estaba lleno de tristeza y decepción. Se sentía burlado, utilizado, casi violentado. ¿Dónde estaba ese ángel ahora? ¿Dónde estaban las promesas? Mientras tanto escondía su pesar detrás de oscuras gafas.
Andreas esperaba que el agua hirviera, se sentía realmente incómodo. De él había surgido la idea de olvidarse de la universidad y relajarse junto a un lago, pescando y bañándose en él. Y ahora todos tenían caras largas; si no se hubiese equivocado al momento de señalar la ruta, pues otra sería la historia.
—Bueno, al fin iremos al lago. —Dijo, esperando distender el ambiente.
—Mm —contestaron los demás a modo de comentario. Luego de eso, sólo usaban monosílabos para responder las preguntas del rubio, que infructuosamente intentaba iniciar una conversación entre todos, pero aquello cada vez se parecía más a un monólogo.
Después de beber sus cafés, se dispusieron a irse.
—Ok es hora de irse…al fin, al fin. —todos miraron al rubio con desagrado, sin entender los motivos de su alegría.
—Creo que es mejor que nos vayamos ya. Podríamos tener problemas legales por estar aquí sin autorización —señaló el de gafas.
—Estoy de acuerdo —señaló el rubio, que le empezaba a preocupar el poco ánimo de sus amigos por marcharse de ese lugar.
Salieron al pasillo, que al no tener acceso directo a ventanas, se veía bastante oscuro. Gustav miraba de reojo a Georg, que a su vez miraba al de gafas cuando éste se daba vuelta. Ambos morían por restablecer la comunicación, pero eran demasiado orgullosos para hacerlo. De hecho, el castaño había sido quién ignoró a Gustav, luego de que saliera del baño. El de gafas, intentó varias veces encontrar la mirada de su amigo, ya no tan amigo, y éste, en cambio, permanecía como niña despechada, ignorándolo a propósito.
Al llegar a la puerta que los comunicaría al hall, Andreas hace el intento de abrirla. Justo en ese instante la puerta se abrió de golpe y una silueta oscura apareció en el umbral de la puerta. Los cuatro jóvenes gritaron al mismo tiempo, sobresaltados. La figura era una sombra recortada contra el brillo de la luminosidad del hall, que encandilaba a los chicos, y no permitía distinguir nada de aquella persona que estaba frente a ellos, cortándoles la salida.
Luego, durante unos segundos, nadie dijo nada. Ellos conteniendo la respiración. Y esa silueta mirándolos, sin moverse.
—¡¿Quiénes son ustedes?! ¡¿Qué hacen aquí?!
—Em, nos perdimos.
—¡No somos ladrones!
—¡No, no, no vaya a pensar eso!
—Nos perdimos y llegamos a esta casa.
—¡Silencio! —los cuatro jóvenes habían hablado al mismo tiempo, provocando al desconocido. El grito ronco del hombre los enmudeció.
—Ahora van a hablar de a uno, no todos a la vez.
Los chicos dudaron y miraron a Tom, eligiéndolo tácitamente como el vocero.
—-Disculpe por las molestias. Somos cuatro estudiantes universitarios. Nos dirigíamos al Parque Nacional Berchtesgaden, al lago Königssee, y ayer en medio de la tormenta nos desviamos de nuestra ruta. Nos equivocamos de camino y terminamos aquí.
Tom guardó silencio, esperando no haber empeorado las cosas.
—¿Pero cómo entraron aquí?
—Señor, estaba todo abierto…
—¡¿Abierto?! ¡Eso es imposible, yo dejé todo cerrado!
—Disculpe, otra vez, pero es que de verdad estaba todo abierto.
El hombre se retrocedió sobre sus pasos, sin darles la espalda a los jóvenes.
—Vengan para acá.
Al llegar al hall, la luz les permitió a los chicos ver que se trataba de un hombre de mediana edad, de cabellos castaños y ojos claros. No se veía para nada feroz, al contrario, su rostro parecía amable, a pesar de que los observaba con cierta severidad.
Tom sentía que ese hombre aún no estaba satisfecho con la explicación dada, entonces decidió ser más categórico.
—No forzamos nada, lo juramos.
Tom ya estaba pensando que pasarían el resto del fin de semana en la cárcel.
Intentando darle credibilidad a sus palabras se quitó las gafas oscuras, y así establecer contacto visual con el hombre.
—Es la verdad, señor.
El hombre se le quedó mirando con la boca abierta, y se le acercó a Tom, quien retrocedió un par de pasos, sin entender la actitud del otro. Los amigos se sobresaltaron también pensando que al de trenzas se le venía una paliza.
El hombre dándose cuenta de su reacción se detuvo, y cambió el gesto de su cara.
—¿Cómo te llamas hijo?
—Tom Trümpers, señor
—¡Tom! ¡Pero qué coincidencia!
—En esta casa, le van a gastar el nombre a Tom —dijo el castaño al oído del rubio.
—¿Coincidencia? —preguntó extrañado el de trenzas.
—Pues sí, son dos en realidad —el hombre se encaminó hacia el estudio-biblioteca —Una es el nombre, otra es el extraordinario parecido —dijo señalando el cuadro del Tom del siglo XIX.
—Sí, ayer nos hicimos un montón de preguntas por este motivo —agregó el rubio.
El hombre de pronto se mostraba más relajado, y eso provocó un respiro de alivio entre los jóvenes.
—Me presento, soy Markus Frank, el cuidador de esta mansión, que además es un museo que pertenece al Municipio de Schönau am Königssee.
—¿Es un museo entonces? Ah, perdón, le presento a mis amigos, Andreas, Gustav y Georg —señalando el de trenzas a sus amigos.
—Mucho gusto. Sí, es un museo, pero no en el sentido tradicional, esta es una casa antigua que está dentro de un recorrido turístico de la zona, que es para recordar cómo era la vida de los terratenientes en la era de los emperadores. La idea es conservar el decorado y todo tal cual como lo dejaron los dueños originales.
—Que fueron los hermanos Kaulitz. ¿Verdad? —la voz de Tom evidenció su nerviosismo, y eso le dio rabia.
—No, no. —Markus dio media vuelta y se dirigió al salón. Los jóvenes le siguieron.
—Bill fue el penúltimo dueño —el hombre se situó frente al cuadro de Bill. Tom no quiso mirar. —Luego de su muerte, llegó un tío de los Kaulitz a hacerse cargo de la propiedad, que también murió trágicamente.
—¿Qué pasó? —preguntó nervioso el castaño, que empezaba a tener los arranques de pánico otra vez, pero ahora no podría cobijarse bajo la seguridad de Gustav.
—Pues que sorprendió a su hija con un sirviente de la casa, ya saben… ¡y cómo eran los antiguos!. El padre los mató a los dos, a ella y al sirviente. Pero ahí no terminó la historia, pues al día siguiente al padre de la chica lo encontraron flotando boca abajo en la laguna de los jardines de esta mansión.
Los cuatro chicos tragaron saliva, y el hombre ajeno a su nerviosismo continuó.
—¿Qué le pasó? Nadie sabe. De hecho, estas son las historias que entusiasman a los visitantes, pues dicen que aquí hay fantasmas, pero bueno, yo no creo en eso. A mí nunca me han molestado —dijo riéndose y levantándose de hombros.
—¿En serio? —los ojos de Tom estaban tan abiertos por la emoción, negándose siquiera a dirigirle una sola mirada a ese cuadro otra vez.
El hombre sin tomar en cuenta la pregunta de Tom, se dirigió hasta el fondo del salón en silencio, pensando que no era precisamente una consulta. Al llegar allá, se paró enfrente del cuadro de Bill, frunció el seño pensativo, y preguntó.
—Chicos, em ¿Cómo lo hicieron para ingresar hasta acá con el vehículo todo terreno? Porque ese es de ustedes ¿verdad?
—Sí, es mío —contestó Tom —El portón sólo se abrió, y pudimos llegar hasta acá.
El hombre se giró hacia Tom sorprendido.
—Eso es algo que no me encaja. El portón ese, es electrónico, no se abre a menos que se active desde acá.
Se hizo el silencio, hasta que Gustav, que nada había comentado, habló.
—La respuesta puede estar en los continuos cortes de la energía eléctrica debido a la tormenta, y tal vez eso activó o desactivó el sistema para abrir el portón.
—Sí, me parece una explicación razonable.
—¿Pero usted no estaba aquí?
—No. Quedé aislado, a unos cuantos kilómetros de aquí, mi vehículo no quiso avanzar más, quedó atrapado en el fango… de verdad, no es tan malo que ustedes llegaran anoche y se quedaran aquí. La cocina no me preocupaba, sabía que la leña de la estufa se acabaría tarde o temprano. Fue error mío salir anoche en medio de la tormenta… Creo que estuvo bien que vinieran. ¿Se imaginan el descalabro con las ventanas abiertas, todo por el suelo y mojado?
Tom se atrevió a mirar el cuadro de Bill. Su corazón se apretó de rabia y dolor. No podía evitar quedar como hipnotizado por esa imagen. Y de cómo los recuerdos de hace unas horas le volvían a llenar de emoción, y se sintió estúpido. Aún nada tenía sentido para él.
—¿Y hay alguien más en la mansión aparte de usted?
—No, para nada, sólo el personal administrativo y de mantención pero que aprovechando que la mansión entra en reparaciones en estos días, a todos se les dio el fin de semana libre, así que estoy solo. —Tom lo miró quedamente, pensando en su mala suerte. — Muchacho, es increíble tu parecido a Tom Kaulitz. ¿Sabías que existen ciertas leyendas sobre los gemelos?
Tom negó con la cabeza, sintiendo un nudo en la garganta, latiéndole el corazón a mil por segundo.
—Dicen que eran amantes, siendo hermanos gemelos —dijo en un susurro Markus, como si alguien más pudiera oírlo —Todos sabían en la casa, toda la servidumbre. Pero tenían dinero, influencias, así que nadie los molestaba. En esa época los sirvientes eran casi unos esclavos, nadie jamás se atrevería contrariar a sus amos.
Tom tragó saliva, intentando suavizar los músculos de su garganta. El hombre continuó.
—Así que cuando Tom murió en esa caída del caballo, Bill enloqueció, dejó de comer, paulatinamente. Constantemente se le oía hablarle al aire, diciendo que era su hermano. Los sirvientes ya no sabían qué hacer, y en esa época, los problemas sicológicos eran tema tabú, bueno ni siquiera tenían conciencia de que había cura para esos males. Muy triste.
Markus se quedó mirando a su alrededor, buscando algo.
—Hay por ahí unas fotos. Ustedes saben, en esos tiempos la fotografía era algo muy extraño. Lujos de ricos. Vamos a ver.
Y salió raudo hacia el estudio.
—Me estoy empezando a marear —le confidenció una vez más el castaño a Andreas.
Una vez allí, miró el cuadro, miró a Tom y le sonrió.
Se acercó al escritorio, y abrió el cajón izquierdo. De allí extrajo una caja de madera labrada con una flor de lis.
—La flor de lis era el principal símbolo del escudo de armas de la familia. Ese escudo está en una bóveda de seguridad, por las piedras y metales preciosos en que está hecho.
—Todo esto es demasiado lujoso —el rubio tenía sus ojos clavados en la caja que Markus comenzaba a abrir.
Dentro de él habían fotografías en un papel tan grueso que casi parecía cartón. Markus le pasó dos de ellas a Tom.
—Mira Tom, los gemelos Kaulitz.
El de trenzas sintió que sus piernas no serían capaces de sostenerlo mucho más.
—Impresionante ¿verdad? —Markus miró con especial atención el rostro de Tom, quien intentaba lucir relajado a toda costa.
Tom observó la primera foto en silencio. No se sentía capaz de decir nada. No podía creer que ese que estaba ahí no fuera él. La tenida que usaba Tom Kaulitz era de cazador, cargando una escopeta. Con un gorro que cubría toda su cabellera, dejando a la vista sólo sus facciones, idénticas a las suyas.
—Ese era Tom, y la otra que tienes de bajo es la de Bill. —Tom miró a Markus, dudando si devolverle o no las fotografías. ¿Cómo podría mirar a Bill sin quebrarse?
Tomo una bocanada de aire que a nadie dejó indiferente, y se atrevió a mirar ese rostro, rogando que fuera poco nítida, para no morir.
Lentamente corrió la fotografía de Tom y se la entregó a Andreas, dejando expuesta a sus ojos la imagen del pelinegro, que desde otro siglo lo miraba como le miró en la noche. Se odió al sentir que sus ojos se humedecían, y que un calor extraño subía por sus mejillas. Se veía ahí tan cerca y tan lejos.
Sintió el deseo de tenerlo junto a él, sentir su aroma, su pelo rosando su cara, el aliento fresco de su boca, esos labios recorriendo sus muslos, el peso de Bill sobre sus caderas, de cómo se movía sobre él, de cómo gemía luego entre sus piernas, de cómo su pene grueso y duro lo penetraba, haciéndole alcanzar el paraíso, de cómo lo embestía… Sí, sentía ansias de él, de devorarle una vez más, quería hacer camino por su cuerpo, quería estampar sobre esa piel tan blanca sus propias huellas para siempre…
—¡Tom! —sobresaltado y sintiéndose culpable de los pensamientos que tenía, reparó en que su cuerpo había empezado a reaccionar. Disimuló lo mejor que pudo, con las mejillas sonrojadas.
—Son iguales ese Tom y tú. —La voz de Andreas le parecía tan lejana.
Markus revisó algunas fotografías más, y sonrió.
—Miren aquí encontré la fotografía de Marianne, la chica asesinada por su padre.
Se la entregó a Andreas y Georg se asomó por el costado para mirar la fotografía.
—¡Hey! Es la rubia del cuarto rosa. —dijo Georg, y Gustav palideció. Se acercó para comprobar si era así. Andreas le pasó la foto, y creyó morir. No dijo nada, sólo tragó saliva. —Ahora entiendo —agregó el castaño. Los demás, excepto Gustav, no entendieron a qué se refería Georg, pero por razones de salud mental decidieron no preguntar nada.
—Pues señor Frank, gracias por comprendernos. Debemos irnos, a ver si por fin llegamos al lago. —señaló el rubio.
—Pero verán, debo revisar que todo esté en orden primero.
El castaño abrió los ojos descomunalmente.
—Le aseguro, le aseguro que yo no fui el primero en sacar de la comida, y además de que Gustav es el culpable de que dejáramos la cama así…
—Ya la arreglé, tonto.
Markus, el de trenzas y el rubio miraron con ojos de plato a Georg y Gustav, que tenían pintadas sus caras de color rojo granate.
—¿Perdón? —dijo El hombre, que no creyó haber entendido correctamente. El castaño soltó una risita nerviosa. Y Andreas sospechando lo que en verdad ocurrió, salió en auxilio de sus amigos.
—Mire señor Frank, anoche con la tormenta se abrieron algunas ventanas, y cayeron algunos jarrones, pero nada se rompió, y luego… ejem… debimos usar algunas habitaciones para dormir.
—Lo extraño del viento y las ventanas era que estas se abrían sólo donde estaba Tom, y no paraba de llamarlo —cortó el castaño. Tom lo miró sin saber si su amigo estaba arriesgando su vida a propósito o era ignorancia pura. Como fuera, el de trenzas tenía unas ganas inmensas de apretar ese cuellito hasta ponerle la cara azul.
—Bueno, ordenamos todo el desorden que hicimos —agregó el de gafas, aún visiblemente avergonzado.
Andreas recordó la comida otra vez.
—En cuanto a la comida…
—Así, ¿Se la comieron? —interrogó Markus.
—Sí —respondió conciso Gustav.
—Pero dejamos todo en el lavavajillas —remató el castaño.
—De acuerdo, jóvenes, eso estuvo muy bien. Gracias. Se pueden ir, pero me dejan la matrícula del todoterreno, y sus nombres.
—Pues claro —y Tom le entregó en una hoja, que Markus le extendía, los datos requeridos. —Si nota algo en falta, pues me llama, ahí está el teléfono.
—Ok, muchacho. No dejes de volver, hay tanto que ver en este lugar —Markus mira para todos lados y agrega en un susurro —Falta ver la laguna, y el mausoleo.
Ninguno lo quiso reconocer, pero a todos se les erizaron lo vellos de la piel. Los cuatro se despidieron, y Tom tuvo la esperanza que su vida tendría nuevamente un orden y sentido lógicos. Volvía a ser el chico corriente que estudiaba Diseño Gráfico, y que buscaba conquistas, femeninas todas, y que nada de lo que cree que pasó, sucedió realmente.
Al salir, el sol se veía tan brillante, y el olor a tierra húmeda embriagaba los sentidos. Se subieron al Escalade en silencio.
Cuando por fin, 10 minutos después, tomaron la ruta correcta, Tom dio un suspiro.
—Si sigues suspirando así, nos vas a dejar sin oxígeno —el rubio le sonreía, pero a Tom no le hizo gracia, mostrándole los dientes en una mueca.
—Tanto escándalo por un suspiro Andy.
—El tercero.
—¿El tercero? ¡Estás loco! ¡Es el primero!
—¿Primero? Mis narices.
—Cállense, necesito silencio —el castaño, estaba sentado lo más alejado posible de Gustav, en el asiento trasero, con lo anteojos para el sol puestos, vuelto hacia la ventana.
—Sí señor —respondió irónico Tom.
El resto del camino transcurrió en silencio.
El Cadillac, hizo su ingreso al Parque Berchtesgaden, cuando la mañana estaba en su apogeo. Hacía media hora que el rubio había recuperado su natural locuacidad. El día radiante en el lago de verdad era una maravilla. No podía ser más perfecto.
Todo era perfecto allá afuera, menos el ambiente dentro del vehículo. Con caras largas, y semblantes sombríos.
Tom no podía entender y menos aceptar que el extraño suceso le persiguiera en sus recuerdos más allá de los límites de la mansión. Pero lo que más le costaba aceptar era que no volvería a ver al hermoso joven que estuvo entre sus brazos, y que por más que buscara una explicación coherente, no la había.
Georg por su parte se sentía estafado, pues había entregado todo el corazón a un fantasma en el cuerpo del chico que amaba, su amigo, y que éste no pretendía sentirse halagado, por el contrario. Georg sentía que a Gustav todo lo relacionado con la noche de pasión vivida le daba asco, y ese sólo pensamiento le rompía el corazón.
Decidieron ir de inmediato en busca de su cabaña, cuando localizaron el lote donde estaba, Tom dejó su todoterreno bajo la sombra de un inmenso pino, cerca de la cabaña.
El aire era fresco, aunque no hacía frío. Sus amigos se bajaron, y Andy ya comenzaba a darles órdenes a los otros dos para que descargaran todo del maletero. Luego de descargar irían a pie hasta el restauran para tomar un desayuno como se debe.
Tom, después de un momento se decidió a salir del vehículo. Sus amigos estaban camino a la cabaña cargando todos los elementos que habían traído, incluyendo cosas innecesarias para la ocasión, como el peluche de Gustav.
En el instante que Tom pone los pies sobre la gravilla, el viento parece cobrar personalidad.
—¡Toooommm!
El de trenzas sintió que un nudo se le formaba en el estómago, un poco de nervios, otro de emoción, de felicidad, de desesperación.
Aunque en su mente la imagen de Bill quería adueñarse de cada idea y recuerdo, no quería permitirse esa obsesión, más aún cuando obsesionarse así no tenía razón de ser. Debía borrarlo de su mente, a toda costa.
Apartó de su mente aquel pensamiento, pero la sensación seguía ahí en su cuerpo, en su pecho, en sus tripas, como un presentimiento.
Sus amigos volvieron de bastante mejor ánimo.
—¿Listos para ir a desayunar? —dijo un Andreas rebosante de felicidad a Tom.
—Listos —respondió.
Caminar por el camino de gravilla se veía una tarea agradable, no eran más de 500 metros hasta el restauran, y el aire lleno de olores de pinos, hacía el ambiente tan agradable, con un día tan soleado.
—Luego iremos a meternos al agua. Nos hacen falta unas buenas zambullidas. —Andreas buscó la aprobación de sus amigos, y todos respondieron afirmativamente con una sonrisa.
Desde una de las curvas del camino, se veía la magnífica vista del lago. Cerca de la orilla se veían los senderos que conducían hacia otros lados. Había mucha gente. Era un día muy alegre, de verdad. Los yates y lanchas en el agua. Los destellos de sol en las pequeñas olas, parecían diamantes, miles de ellas. Todo era espléndido. Tom miró otra vez hacia la gente que con sus ropas veraniegas, se dirigían hacia la orilla del lago.
De pronto entre decenas de cabeza, una melena negra se hizo visible a no mucha distancia. La figura estilizada era inconfundible. Tom sintió que su corazón dejaba de latir por unos instantes, y luego cuando la falta de oxígeno lo iba a hacer perder el sentido, su corazón comenzó a dar saltos dentro de su pecho, provocándole sudoración en las manos y mucho dolor.
—¡Allá está! —gritó repentinamente, provocando un sobresalto en sus amigos.
—¿Quién? —dijeron casi al unísono los demás.
—¡En ese camino hacia el bosque! —la voz quebrada de Tom, mostraba su emoción y su desesperación. Hecho que puso en alerta a sus amigos.
—¿Quién Tom? —preguntó el rubio, curioso y preocupado de lo que le ocurría a su amigo.
—¡Es él! ¡él! —acto seguido, el de trenzas comenzó a correr rápido por el sendero que bajaba hacia la marina, y hacia la zona de picnic en el bosque. Tras los pasos de aquel que extrañaba tanto.
Continuará…