Waiting for you 13

CAPÍTULO 13

Los rayos del sol se colaban por la ventana. Tal vez sería cerca del mediodía, tal vez no. Si fuera mediodía, el sol no daría por la ventana tan de frente. Seguro era más temprano, pero al caso que ni importaba, era tan poco lo que había podido dormir. Su mente hasta en sueños no dejaba de cuestionarse el cómo llegó a estar en las condiciones que estuvo, o sea, en el suelo con su hombría afuera y orgullosamente erecta, al lado de la cama de su amigo. Se dio vuelta y le observó mientras dormía. Era tan bello, tenía una piel hermosa, su nariz afilada, ese cabello sedoso, brillante, que él cuidaba tanto, sus pestañas doradas, que adornaban sus párpados, haciéndole ver tan adorable. Las sábanas apenas le cubrían el torso, permitiéndole contemplar sus músculos con todo detalle. Un nudo de mariposas que subía por su estómago, alojándose luego en el pecho, rebotaba como bolita de pinball, haciendo sonar su corazón ting tang, para luego bajar a su entrepierna, y encender luminosos avisos de peligro, game over.

¿Cómo era posible que ese hombre tan hermoso se fijara siquiera en este patito feo, o sea él? No tenía respuesta. Ya había meditado sobre el tema, pero no lograba asimilarlo. No creía que Georg le hubiera intentado violar o algo por el estilo. Ni siquiera habrá sido abuso de su parte. Más bien fue al revés, porque la zorra de esa fantasma, que bien fallecida estaba, ni la muerte le quitaba lo zorra aunque estuviera bien flaca y cadavérica en uno de los nichos del mausoleo. A menos que su obsesión por Georg tuviera otra explicación. Porque si fuera tan puta la tal Marianne, pues ya habría intentado tirarse a Andreas o a Tom también, y eso no había sucedido. ¿Será que Georg es alguien de aquella época también? Sintió un escalofrío. Si alguien le hubiese comentado que tales pensamientos le iban a quitar el sueño durante ese fin de semana, le habría creído un loco exagerado. Pero ahora tales hipótesis, a la luz de todos los acontecimientos, no parecían para nada fuera de lugar o descabellados.

Georg dio un suspiro, y entreabrió suavemente sus labios. Gustav recordó el sabor de su boca, la suavidad de la piel de los labios, la lengua húmeda, tibia y dulce, y nuevamente la bolita del pinball golpeó en el entrepierna anunciando el ganador ¡Ting! ¡Tang!. ¡Pene arriba!

¡Oh Dios! Por qué tenía que ser tan difícil. Sólo un beso, un pequeño beso para calmar esa ansiedad.

Se bajó de la cama, y lentamente para no despertar al Bello Durmiente, se acercó hasta su cama. Se arrodilló, poniendo su cara a escasos 15 centímetros del rostro apacible del castaño. Miró esos párpados que escondía los ojos más hermosos que haya visto. ¡Cómo amaba la mirada transparente y luminosa de Georg! Pero el miedo a sus propios sentimientos, le había apartado de esa mirada. Ahora añoraba tenerla sólo para sí.

Humedeció sus labios, y acercó aun más su rostro a Georg. Era ahora o nunca. Sólo sería un pequeño beso, sólo rozaría esos labios, sólo un poco de agua para calmar esta sed que lo mataba. Gustav era el beduino errante por el desierto, Georg era su oasis, su fuente de vida.

Despacio, muy despacio, puso su boca sobre la del castaño. Sintió el aliento cálido salir pausadamente desde su interior. Con sutileza movió su boca atrapando levemente la de Georg. Era tan delicioso sentir la textura suave de la piel de sus labios, y sin poder evitarlo, su beso comenzó a tomar un ritmo más intenso. Sentía la sangre correr loca desde sus labios hasta su miembro, dejando un calambre en el vientre, que no provocaba dolor, sólo más deseo. La bolita de pinball, iba golpeando su corazón, luego su boca, luego su pene. Los avisos luminosos anunciaban que ganaba el deseo. Y sin pensarlo siquiera, sólo guiado por su instinto, metió la lengua, ansiosa de sensaciones húmedas y cálidas. La lengua de Georg se movió en un acto reflejo, un suspiro, salió por sus fosas nasales. El castaño comenzaba a salir de su sueño. Abrió lentamente sus párpados, para descubrir que el rostro y el beso no eran parte de otra fantasía húmeda.

Gustav abrió sus ojos y se encontró con la mirada cristalina y sorprendida de Georg. Separó su boca de la de él. Y retrocedió espantado sabiendo que no tenía excusa para su acto. No podía, no sabía fingir estar poseído.

—¿Qué haces Gustav? ¿Eres tú o no?

El de lentes no sabía qué responder.

—Lo siento —masculló.

—¿Por qué me has besado? —Georg salió de su cama mirando a Gustav arrinconado, apoyado en la pared, resignado a lo inevitable. Pensando en el golpe que se le venía encima, entrecerró los ojos, listo para aguantar el dolor que se aproximaba.

—¡Así que te aprovechas de tu amigo dormido para besarlo! ¿eh?

—Lo siento, Georgi.

La voz suplicante de Gustav provocó un tornado en el corazón de su amigo. Mientras la imponente figura de Georg, vestido sólo con boxers se acercaba inevitablemente.

—Lo siento, lo siento. —dijo el castaño imitando el tono de Gustav —deja de quejarte y enfrenta las consecuencias como un hombre —acto seguido el castaño atrapó el rostro de Gustav entre sus manos, apresándole la boca con la suya.

El de gafas estaba tenso, pero al sentir los labios de su amigo, se relajó y se dejó hacer. Correspondió ansioso el beso, mientras con sus manos recorría su espalda. Georg subió lentamente su pierna para rozar con ella el entrepierna de Gustav. Un gemido ronco escapó de su boca. Georg advirtió la erección de su amado, y la ola de deseo y apetito por tenerle otra vez se había convertido en un volcán en erupción. Sentía que podía tocar el cielo con las manos, su amado le había correspondido. Quería amarle. Sería la primera vez con Gustav siendo él mismo.

Alborotado por ese simple pensamiento, bajó como lobo hambriento hasta el cuello de su amado, mientras frotaba su pene tieso y duro con una de sus manos. Gustav gemía y jadeaba, dejándose llevar por el éxtasis.

¡Pum, pum, pum!

Los golpes en la puerta los sacaron de su trance. Casi como un resorte Gustav se separó de Georg.

—¡Gustav!, ¡Georg!

La voz de Andreas les trajo de golpe a la realidad.

—¿Puedo entrar?

Mientras el de gafas huía hacia el baño, Georg con cara de pocos amigos se acercaba a la puerta para abrirla.

—Andy, amigo, búscate una novia o novio para que dejes al resto del mundo mojar tranquilo.

—¿Cómo? —el rubio se quedó mirando sin entender una palabra dicha por el castaño, pero luego recordó a qué iba —Como sea. Tom no está.

—Ya lo tengo decidido. Luego de matarte a ti lenta y dolorosamente, mataré a Tom.

—¡Pero qué genio nene!
—Andy, deja a Tom en paz, él ya tiene mamá. En vez de estar tan ocupado pensando en él, deberías buscar un agujerito donde dejar tu semillita, que es seguramente lo que fue a hacer Tom.

—Mira querido e imbécil amigo, a quien la inteligencia se le acaba de ir a los testículos. Si mal no recuerdas, anda la policía merodeando. ¿Y cuál fue la recomendación dada por el policía ese?

—Que no nos moviéramos de aquí.

—¿A dónde crees que fue Tom?

—Fue dónde Bill.

—¡Vaya! ¡Qué bien! Te acaba de regresar parte del cerebro a tu cabeza. Pues nene —le dijo socarrón y con manos en caderas —¿Cómo considera la policía a Bill?

—Como sospechoso.

—¡Cha chán cha chán! ¡Te acabas de ganar un premio!

—¡No seas pesado Andy! Además que tú me interrumpiste.

—¡¿Que interrumpí qué?!

—Olvídalo, ya no importa.

—¡El problema es que si Tom está con el sospechoso, pues él mismo se convierte en un sospechoso, y de paso nosotros también! —el rubio gesticulaba para inyectarle más dramatismo a sus palabras.

Georg suspiró, y ya más tranquilo agregó.

—¿Y qué hacemos entonces?

—Salir a buscarlo

—¿Alguna idea de cómo vamos a hacer eso?

—Pues no sé… Emmm —puso su mano en el mentón —¿Te parece seguir sus huellas por el bosque?

—¿Por el bosque? Menos mal que fue a mí a quien se le fue la inteligencia a los testículos ¿Por qué mejor no usamos un péndulo, y le preguntamos cómo llegar hasta Tom?

Andy hizo una mueca de indignación. ¡Vaya día!

&

Tom respiraba de manera entrecortada. Sólo era consciente de los labios de Bill que se movían sugerentes a sus ojos.

—¿Es así tu amor por mí?

Tom no respondió.

Se abalanzó a los labios de Bill, mordiendo, apretando, succionando con avidez, con desesperación. Con ansias descontroladas apretó el miembro del pelinegro, quien respondió con un sonoro gemido.

—No me dejes solo con tantas preguntas otra vez —Tom agarró el rostro de Bill, y le hablaba encima de su boca —Me prometiste no irte de mi lado ¿O me equivoco?

—No amor, no amor. Es verdad. Lo siento —sin besarse recorrían los labios por el rostro del otro, acariciando sus cuerpos con manos hambrientas.

Tom se quitó rápidamente la camiseta y los pantalones, equilibrándose mientras besaba la boca del pelinegro.

Bill se quitó toda la ropa, quedando desnudo frente a Tom. El de trenzas lo miró jadeante. Observó ese cuerpo que se veía menos delgado de lo que aparentaba con ropa. Sus músculos estilizados, le hacían ver tan atractivo, su piel blanca, hacía contrastar la estrella cerca de su ingle. Su pene tieso, erguido, viril lucía apetecible. Con un dedo rozó la punta de él, recorriendo con suavidad el glande. Bill se mordió el labio dejando salir un quejido intenso. Bajó la mano hasta sus testículos masajeándolos suavemente. El pelinegro entreabrió su boca, y mientras gemía pasó la lengua por el labio superior, entrecerrando los ojos debido a la excitación. Gotas de sudor asomaban por su frente. Era una visión tan erótica.

Sin dudarlo un instante, Tom avanzó con su mano hasta la parte trasera, hasta ubicarse entre las nalgas, tocando la entrada suavemente con las yemas de los dedos. Bill dabas pequeños grititos, abriendo las piernas para ayudar a Tom en la maniobra.

El de trenzas se sacó los boxers, y con una media sonrisa, jugueteando con su piercing, dejó que Bill lo mirara.

—¿Quieres que te prepare una ensalada?

—¿Ahh?

—¿Cómo quieres la ensalada Bill? Yo la prefiero con un poco de mayonesa —el de trenzas alargó su mano sacando de una repisa una botella verde y amarilla que decia Mayonesa con aceite de oliva, dejando caer un poco del espeso líquido sobre su pene.

—Pensé que te gustaba la mantequilla. —Tom le sonrió de medio lado asomando su lengua por un costado.

—Me encanta, pero esta vez deja que pruebe de tu mayonesa.

Dirigió con precisión los dedos humedecidos con ella hasta la entrada del pelinegro. Bill respondió con un jadeo.

—Espera, aquí no. Ven —le dijo el de melena negra, indicándole con un dedo que le siguiera hasta la alcoba. Una vez allí se subió a la cama, y se puso en cuatro patas, mostrando su trasero en gloria y majestad, dejando ver su entrada ya bastante dilatada, mirando a Tom por encima de su hombro, sonriendo, pasando su lengua por los labios. Algunos mechones de su cabello estaban pegados a su mejilla, sus labios rojos por el deseo, los hacían más apetitosos. Sus ojos brillaban por las ansias acumuladas mirando con morbo el pene erecto de Tom.

Tom salivaba del deseo. Y sin esperarlo introdujo dos dedos en ese lugar tan apetecido, moviéndolos en círculos con energía pero sin violencia. Bill soltaba gemidos agudos al ritmo del movimiento de sus dedos. El pene de Tom dolía de lo duro que estaba. Sudaba y el calor le volvía más loco aún.

—Tomi, Tomi, por favor, ya.

No lo dudó. Se hincó entre las piernas de su pelinegro. Introdujo la punta de su miembro, y empujando su pelvis, lo penetró. Bill hizo su cabeza hacia atrás gimiendo fuerte. Tom se quedó quieto por un instante, escuchando la respiración de su amante. Luego movió la pelvis hacia atrás y volvió a penetrar con nuevo impulso, lo hizo así repetidas veces, incontables veces, mientras oía los gritos de éxtasis de Bill. Él mismo no estaba conscientes de sus propios sonidos, sólo era capaz de pensar en la blanca espalda de su amado, sobre la cual dibujaba indescifrables figuras con sus dedos. Era consciente del amor que le tenía, y de lo que significaba en ese instante ser uno con él. Su alma gemela estaba ahí frente a su cuerpo, dejándose poseer, entregado totalmente a sus requerimientos. Su miembro entraba, salía, volvía a entrar. Bill pronunciaba palabras a medias, incapaz de decir nada coherente.

—Te amo. Te amo. Te amo

Logró articular hasta que su falta de aliento le impidió decir algo más.

—Tomi, Tomi. —respondía su amado.

El ritmo frenético los envolvía en una atmósfera de calor húmedo, haciéndoles hervir la sangre. Así y todo, en medio del placer logró pensar en su otra mitad.

—Espera cariño, ya vengo. —Bill le miró extrañado. El de trenzas salió por un instante de la habitación y Bill escucho el leve golpe de una puerta. Sin demora, el chico de trenzas regresó con una amplia sonrisa. En sus manos traía un pocillo y Bill sonrió.

—Pensé que sólo querías ensalada.

—Si pero ahora me dieron ganas de un buen sándwich-hotdog.

Bill se rió con ganas por la perspicacia de Tom.

El pelinegro permanecía de espaldas con las piernas abiertas, y su pene totalmente erecto, aún no había sido atendido. Tom sacó un poco de mantequilla y lo esparció por el miembro de su amante. Lo masajeó varias veces. Luego bajó hasta él y con la punta de su lengua comenzó a recorrer cada centímetro, sacando la mantequilla con suma delicadeza.

—Cómetelo todo Tom.

Obediente, el de trenzas succionó el pene con apetencia, abriendo toda su boca para recibirlo dentro. Sacando el miembro y volviéndolo a chupar. Haciendo ruiditos húmedos cada vez que el miembro de Bill entraba en su boca casi por completo.

El sabor de la mantequilla se hacía más suave con cada succión.

Su pelinegro miraba con los ojos nublados, embelesado en la tarea de su amante. Jadeando, con la excitación al máximo.

Tom sacó el miembro de Bill de su boca y le sonrió. Volvió a esparcir otro poco de mantequilla. Luego se colocó sobre el pelinegro en cuatro pies, dejando su trasero frente a la cara de Bill, sin soltarle el pene.

—Dilátame —el mago al escuchar el requerimiento de su amado se apresuró en sacar un poco de mantequilla y metió el dedo medio dentro de la cavidad de Tom.

—¡Oh Dios! —la exclamación del de trenzas le dio a entender que otro dedo podía entrar, y así lo hizo, dando vueltas dentro suyo, abriendo su esfínter.

Tom, sin cambiar de posición, avanzó hasta colocarse sobre la pelvis de Bill, dándole la espalda. Dejó que el pelinegro guiara su miembro, y luego bajó sus caderas para empalarse. El de trenzas subía sus caderas de manera rítmica, para luego bajar una y otra vez, permitiendo que el miembro de Bill entrara por completo.

No había mayor placer para Tom que oír los gemidos de gozo de su amado, y a medida que el roce en su próstata aumentaba, más se acrecentaban sus propios gemidos que ya no se molestaba en reprimir.

Tom se movía tan bien. Verle mover así sus caderas le iba a enloquecer. Cada movimiento resultaba en un calambre interminable de placer para su amante, que luego se unía a un nuevo calambre, a más placer, que parecía infinito, imposible de medir ni cuantificar. El pelinegro sabía que no duraría mucho más, sin embargo no quería que terminara.

El de trenzas adivinando su pensamiento, se quitó lentamente, y se apoyó en la cabecera de la cama, invitando a Bill a ponerse sobre su miembro. El pelinegro accedió gustoso.

Dejándose penetrar una vez más, retomó el ritmo sin dificultad. Los músculos de sus entrañas rodeaban el pene de Tom, exprimiéndolo lentamente. Era la tortura más deliciosa que se pudiera vivir. Porque casi le mataba, le estaba dejando moribundo, pero no moría, no conseguía la liberación de sus prisioneros. Lo dejaba al borde del alivio, casi tocando la luz maravillosa del paraíso, pero al mismo tiempo no quería despegarse de ese anhelo, quería estar al límite por siempre, deseaba estar entre la vida y la muerte, entre la razón y la locura, dibujando en sus pensamientos la silueta del amor con forma de Bill, con la nariz de Bill, con sus manos, sus músculos alargados y elegantes, con su estrella brillante a causa del sudor, brillante de mantequilla y aceite.

Placer, placer, placer.

Al borde del abismo. Tom quería dejarse caer, y al mismo tiempo quedar suspendido por siempre, flotando, embebido de ese gozo sublime, el gozo de sentir las entrañas de su amado que rodeaban su hombría, de ver ese rostro perfecto en medio del éxtasis, mientras los sonidos guturales de sus quejidos escapaban de su boca entreabierta y deliciosa. Todo el Universo era Bill. No existía nada más que él, y cada sensación que su cuerpo y su mente percibía era una extensión de ese universo.

—Bill, te amo.

Las embestidas no cesaron hasta que Bill explotó, en medio de gemidos y jadeos de la embriaguez más absoluta. Embriagados en placer cuya intensidad limitaba con el dolor.

Los estertores siguieron en Tom, terminando en gemidos largos.

Luego vino la calma. Sólo las respiraciones aún agitadas rompían el silencio. Estaban tan cansados pero felices.

Bill se recostó de espaldas, al lado de Tom que todavía seguía sentado apoyado en el respaldo de la cama. La quietud del día contrastaba con el volcán de sus corazones. La mañana, allá afuera, se veía tan plácida.

De pronto, Tom saltó encima del pelinegro, quién sorprendido y sin comprender, sólo atinó a mirar al de trenzas con los ojos muy abiertos.

Tom comenzó a golpearlo en el pecho.

—¡Imbécil! ¡No sé si más tú que yo! ¡Maldito! ¡Me quedé mirándote como estúpido, mientras te ibas sin pensar en mi!

—¡Tom!¡Tom! —el pelinegro intentó sujetar las manos de Tom, y comenzó a forcejear. En el intento, ambos cayeron estrepitosamente al suelo junto a la cama. Bill encima de Tom.

Habían jadeos otra vez, pero ahora eran de rabia y frustración. Tom no dejaba de dar manotazos, casi todos al aire, y Bill intentaba calmar a su amado, sin mucho éxito. Entre manotazos que iban y venían el pelinegro logró agarrar de las trenzas a Tom y lo jaló hacia su cara robándole un beso. Tom forcejeaba tratando de impedirlo, pero no lo logró. Luego al darse cuenta de que sus intentos eran en vano, alcanzó a atrapar el labio de su pelinegro entre sus dientes. Bill dio un grito de dolor. Tom sonrió. Y mientras el pelinegro se tomaba el labio lastimado con una de sus manos, el de trenzas contraatacó, siendo él quien esta vez atrapaba con sus labios los de su otra mitad. Un beso brusco, carente de dulzura y romanticismo.

—¡Conmigo no se juega Bill! No quiero medios días, quiero días completos. No quiero vasos a medio llenar, quiero la botella completa. ¡¿Puedes entender eso?!

—Tom, amor mío, escúchame —hizo una pausa, mirando intensamente a los ojos furiosos de su amado, de la manera en que sólo Bill podía hacerlo, obligándolo a corresponderle la mirada —no podía estar contigo anoche, no podía quedarme. Tampoco pude advertirte, no podía decirte nada, porque estaba el enemigo ahí.

El de trenzas se congeló.

—Anton ¿verdad?

Bill asintió.

—¿Recuerdas lo que te dije cuando tomé tu mano?

—Que pasara lo que pasara nunca olvidara que tú me amabas.

—Y luego lo olvidaste.

—Pero es que…

—Cariño, por ahora todo lo que sucede a nuestro alrededor es confuso.

—Pero ¿por qué saliste huyendo?

—¿Huyendo? No amor. Yo iba persiguiendo, si es que se puede decir así. Le seguía la pista a alguien.

—¿Al ladrón?

—Sí —Bill por fin se quitó de encima de Tom, dándole la oportunidad de ponerse cómodo.

—¿Lo atrapaste? ¿recuperaste el libro?

Bill suspiró mientras sacaba un cigarrillo.

—No pude. Mi caballo es rápido, pero no tanto. Dark debe indagar la pista que falta por verificar. Y ya es tarde. Me debo preparar. —dejó el cigarro a un lado sin llegar a encenderlo.

—Lamento haberte hecho retrasar.

—Soy feliz de que haya venido mi hermosa Blanca Nieves. —Tom se sonrojó —Ven —le dijo Bill invitándolo al baño.

—Bill. He visto lo que contiene ese libro.

&

—Esto es lo más ridículo que hemos hecho.

—Deja de quejarte.

—Tengo calor Gus. —el chico de gafas se quedó mirando el cabello castaño de su amigo, que poco a poco se iba humedeciendo a causa del sudor.

—Si se callan un rato podremos avanzar más rápido.

—Andy, el policía descubrirá que no estamos en la mansión.

—Markus nos cubrirá.

A pesar de que los árboles del bosque les brindaban la necesaria sombra, la caminata intensa con un día caluroso, no era una buena combinación de factores para mantener los cuerpos secos.

El castaño apartó el cabello de su frente húmeda y con ayuda de un elástico lo ató en una media cola.

—Tengo mucho calor, y sigo pensando que hacemos algo muy estúpido. Nos vamos a perd…

—Eres un exagerado Georg.

—¡Nos vamos a perder! —le repitió con brusquedad a Andreas. —Además desconfío de Anton. Él nos puede dejar en evidencia frente a la policía.

—Anton no haría algo así —el rubio se detuvo a mirar a Georg —Reconozco que el comportamiento de Anton es algo errático, pero ¿por qué lo haría?

—Porque necesita de un chivo expiatorio, y decir que su comportamiento sólo ha sido errático creo que es bajarle el perfil a la importancia que tiene ese pequeño-gran detalle —dijo el castaño levantándose de hombros.

—Me pregunto —el de gafas observó también inquisitivamente al castaño —si acaso en tu mentecita estará todo en orden últimamente.

Andreas y Gustav rieron con sorna y sarcasmo. El castaño se sintió enfadado y dolido con las palabras y actitudes de sus amigos.

—Mira Gustav, eres tú el que anda metiéndose en mi cama, y luego no recuerda nada. Eres tú el que me besa con ansias y luego se avergüenza de ello. Creo que es tu cabecita la que necesita revisión técnica, no la mía.

Se dio media vuelta con paso decidido haciendo el intento de regresar por el mismo camino. La mirada de culpabilidad de Gustav era visible hasta la China, y se sintió peor al percibir la de su amigo Andy, quien tenía en su cara cierto aspecto de reproche.

—No me digas que han vuelto a ocurrir esos incidentes.

El de gafas se alzó de hombros.

—Creo que sí.

—Mi Dios, ¿por qué pasan estas cosas?. ¡Georg! ¡No te vayas solo!

—¡Volvamos a la mansión! ¡Esa es la única manera de ayudar a Tom! —le contestó Georg.

Súbitamente, de entre los árboles surgió una figura oscura que se abalanzó sobre el castaño haciéndole caer al suelo con violencia.

Georg le miraba desde abajo con cara de espanto. Sentado sobre él, un hombre de cierta estatura, no demasiado alto, fornido, que vestía de negro, llevaba en su rostro un pañuelo también negro, dejando al descubierto los ojos solamente, y un gorro cubría su cabello, haciendo imposible determinar muchas de sus facciones, atuendo que le daba cierto aspecto de ninja.

Un objeto metálico y brillante se extendía de una de sus manos. El filo del arma rozaba la piel del cuello del castaño, cuyo rostro se había puesto blanco como papel.

Los dos chicos más allá contemplaban la escena con pavor, incapaces de reaccionar a la altura de las circunstancias.

—Georg –susurró apenas el de gafas, en una súplica infructuosa.

—¡Nadie se mueva! —dijo el hombre —no le haré daño si me dicen dónde está la llave.

—¡¿Llave?! –exclamaron al unísono los tres jóvenes. —¡¿qué llave?!

—Dejen de cantar como coro , que si quisiera escuchar uno, preferiría a los Niños Cantores de Viena. Fui bien claro ¡¿Dón-de-es-tá-la-llave?!

—Señor, no s-sa-sabemos de qué habla —dijo Andreas intentando ocultar su nerviosismo.

—¡Malditos chiquillos! —de repente el galope de un caballo los puso en alerta. El hombre abrió sus ojos desmesuradamente —¡Mierda! —dijo, y escapó por entre los árboles, justo en el momento en que dos jinetes sobre un caballo negro aparecían por la huella que antes habían intentado seguir los tres jóvenes.

—¡Tom! —gritó Andreas.

—¡Georg! —exclamó el de gafas.

Los jóvenes, incluyendo a Tom que se bajó de un salto, se acercaron al castaño, que aún no era capaz de decir palabra alguna.

Bill había seguido al sujeto al galope por entre los árboles, pero prefirió regresar para proteger a los chicos.

A los pocos segundos unos pasos les llamaron la atención. De entre el follaje apareció un rostro conocido para el de trenzas.

—Bill, ya sabemos dónde esconden el libro —dijo el joven de barba y melena.

—Para quienes no lo conocían, este es Dark —dijo Bill, que no se había bajado del caballo —De acuerdo, vámonos .

Tom observó a los dos jóvenes, y no pudo evitar sentir celos. Él quería ir con Bill, pero sabía que más sería un estorbo para el pelinegro, y eso le molestaba. Tom quería ser el héroe de su amado, el caballero de armadura que le rescataría si era necesario. Pero no, el de trenzas era casi la doncella del castillo que necesitaba ser protegida, y al pensar en eso se sintió humillado por las circunstancias. ¡Qué injusta era la vida a veces! —Me siento toda una maricona —pensó.

Dark se subió al caballo y se sentó donde mismo lo había hecho Tom antes, detrás de Bill.

El pelinegro forzó al caballo a quedarse quieto para poder hablarle a los jóvenes.

—Mi humilde opinión es que lo mejor sería que regresaran a la mansión. El policía los buscará y no sería bueno que extrañase a ninguno. Digan todo lo que ha pasado…

—¿Será bueno decirlo tal cual? —le interrumpió Gustav.
—La verdad se sabe tarde o temprano, no es bueno que luego parezcan unos mentirosos.

—De acuerdo —respondió el rubio.

—Tom —el pelinegro desvió su mirada hasta los ojos ansiosos de su amado. —Espérame.

—¿Vendrás a la mansión?

—Sí, cariño. Vendremos más tarde.

Tom se sonrojó. No se acostumbraba a los apelativos amorosos de su pelinegro delante de sus amigos. Sabía que era una tontería sentir vergüenza por eso. Hace una semana sus amigos hubieran muerto de un infarto, si hubiesen escuchado tales palabras, pero las cosas habían cambiado tanto en tan pocos días.

El de trenzas vio perderse a los dos hombres entre los árboles, y su corazón se fue detrás.

Minutos más tarde, los cuatro jóvenes ya habían contado el relato completo al Teniente Wendt. Éste los había interrogado incesantemente, intentando provocar las supuestas contradicciones que todo policía espera hallar en sus potenciales sospechosos. Pero tales contradicciones no ocurrieron, y el policía barrigón comenzaba a creer que sus sospechas estaban mal orientadas. Mientras meditaba el asunto, observaba los rostros de los chicos cuidadosamente, al mismo tiempo que masajeaba su prominente barriga. Algo no estaba encajando del todo en la historia, tomando en cuenta todos los detalles relatados por los diferentes protagonistas del caso. Los cuatro jóvenes universitarios, el curador-historiador, el jefe administrativo, y los otros dos personajes enigmáticos que aún no había podido localizar. Definitivamente, a este rompecabezas le faltaban piezas. Esas piezas eran personas que no estaban identificadas y que por alguna razón apetecían una llave antigua, hasta el punto de crear semejante barullo. Sin embargo, aún no descartaba de su lista de sospechosos al tal Dark y sobretodo a Bill. Esos eran demasiado extraños, su juego de señores del misterio no le terminaba de convencer. Esto no era una novela de Dan Brown. Así que el misterio aquí no servía. Había encendido un cigarrillo para concentrarse mejor, paseando de acá para allá.

Mientras cavilaba sus ideas, escuchó los pasos de otras personas. Todos habían permanecido en el salón de la mansión. Así que con suma atención observó a los nuevos personajes que se unían a la fiesta. Y cuando el policía vio entrar a Bill, se le cayó la mandíbula por la sorpresa, el cigarrillo fue a dar al piso y Markus se apresuró en ir a recogerlo y apagarlo.

Markus Frank ya estaba al borde de la histeria. La policía, que lo había registrado todo, más de algún destrozo había hecho. Su constante trajinar por todos lados, dejó rastros de mugre por los pisos. Algún jarrón quebrado en una de las habitaciones, y basura por todos lados. Había que sumarle al creciente estado de estrés de Markus, el hecho de tener que llamar a todos los empleados para que evitaran ir a la mansión, a pesar de que las labores normales ya debían recomenzar en dos días. El período de descanso para los empleados de la mansión forzosamente debía ser alargado. Suerte para algunos, desastre para el pobre Markus.

El Teniente Wendt aún no recogía su quijada, mientras observaba casi divertido el rostro de Bill, calcado al Bill del cuadro. Era realmente cómico ver cómo el policía barrigón, alternadamente miraba a la pintura y al pelinegro.

—Dichosos mis ojos que lo ven por fin —remató el teniente a su extraña reacción.

Luego de esa breve presentación, a los dos jóvenes magos les había tocado el turno del interrogatorio.

Incansable, el policía hacía y rehacía las mismas preguntas de diferentes formas, intentando provocar la acusatoria equivocación de parte de los jóvenes.

—Así que usted vino a la mansión la noche de la tormenta, ¿no es así?

—Más o menos.

—¡¿Cómo que más o menos?! ¡¿Usted cree que yo soy un payaso aquí?!

Tom se rió por lo bajo, —por la nariz colorada cualquiera se confunde —pensó.

—Señor Trümper ¿Podría decirme qué le causó tanta gracia?

Bill al adivinar el pensamiento de Tom, debió morderse el labio para no reírse él también.

—Nada que tenga importancia Teniente.

—De acuerdo. Señor Koening, usted estuvo aquí la noche de la tormenta.

—Sí —respondió conciso Bill.

—Es decir, que usted vino esa noche…

—Más o menos.

—¡Por la misma mierda! —la barriga del hombre casi dio botes con el esfuerzo de tomar aire. El policía contó hasta 10 para no seguir explotando. —señor Bill Koening ¡¿Podría usted explicarse mejor, antes de que me de un soponcio?!

—Esa noche estuve aquí pero no de manera física.

Silencio. Ni siquiera se oían grillos.

—Pe-pero ¿entonces? —el semblante perturbado de Tom mostraba el impacto de tal afirmación del pelinegro —Pero si tú y yo hicimos el amor ¿verdad?

—¡Señor Trümper, por favor!. ¡No queremos saber tantas intimidades! —el barrigón se echaba aire con su libreta —responda Bill —agregó.

Bill sonrió. Eran ocasiones como estas en que la inocencia de su amado le volvían loco, y unas ganas casi incontrolables de besarlo le estaban comiendo la boca.

—Sí Tom, es verdad. Pero fue mi yo astral.

—¡¿Y tu Yo Astral me hizo sangrar?!

—Oh Dios mío, estos jóvenes de ahora. Las cosas que se entera uno —el policía se sentó, sin dejar de darse viento con su libreta.

Gustav y Georg a duras penas controlaban la risa, y Andreas junto a Anton y Markus intentaban esconder el rostro, llenos de vergüenza ajena.

—OK, me rindo. Continuamos mañana. Por ahora los dejo en paz. ¿Recomendación? No desaparecer. Los quiero aquí a todos mañana por la mañana. A todos sin excepción.

Bill se acercó a Tom y le susurró al oído.

—Necesitamos hablar, Tom. —miró hacia donde estaba Anton, al mismo tiempo que intentaba disimular —Tus amigos, tú, Dark y yo. Tenemos un plan. Estaremos afuera.

—Ok. Yo les aviso.

—¡Ah! Cariño, trata de que ni Markus ni Anton se enteren.

—¿No confías en ellos?

—No —le dijo y con un dedo le acarició los labios a Tom. Luego lo besó —Te amo, Tom.

—Aún me debes la taza de té ¿recuerdas? —Tom bajó la mirada algo avergonzado —Ayer ni siquiera le dimos un sorbo. —Bill rió levemente y lo miró con ternura.

—Es que ayer preferimos comer un buen sandwich con mantequilla —le respondió el pelinegro —y estoy seguro de que eso te gustó más ¿verdad?

El de trenzas se esforzó en corresponderle la mirada, y por un instante lo logró. Pero el rubor subió a sus mejillas otra vez, y sonrió resignado, mirando hacia el suelo.

—Debo confesar que la mayonesa estuvo igual de maravillosa. —confesó.

Continuará…

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