Waiting for you 14

CAPITULO 14

Georg permanecía sentado sobre una banca con madera barnizada y patas de fierro. En una mano sostenía un vaso con algún tipo de jugo, y en la otra tenía un sándwich.

Vio acercarse al joven de gafas, que acababa salir del patio de servicio. Gustav caminaba lentamente, dubitativo. El castaño quería correr a su brazos, y al mismo tiempo salir huyendo. Un dolor espeso en el pecho no le dejaba respirar bien, el dolor de saberle tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.

El de gafas vestía una camiseta blanca y unos jeans negros, tenía las manos en los bolsillos, y mientras se acercaba, no levantó la mirada del suelo ni una sola vez.

—¿Qué opinas?

—¿Ah?

—Que qué opinas.

El castaño sintió que un puño doloroso apretaba su corazón.

—¿Sobre?

—¡Georg despierta! —se sentó junto al castaño —Sobre lo que dijo Bill y ese Dark por supuesto. ¿De qué más iba a estar hablando? Además que ese Dark no me gusta, no me gusta nada. —el castaño suspiró algo aliviado, pero sólo un poco.

—Bueno, ellos hoy no fueron muy explícitos, hay cosas que quedaron en la nebulosa, pero eso es costumbre de Bill y del otro tipo al parecer. —le dio otra mordida a su sándwich —En realidad, sólo nos dijeron lo que nos compete a nosotros, y eso me hace sentir algo utilizado. Siento que de todas maneras no nos dirían nada más porque no les conviene que sepamos tanto.

—Sí, es verdad. Y que Andreas se ofreciera de voluntario fue un alivio.

Georg le dio un sorbo a su jugo y una tremenda mordida a su sándwich una vez más.

—¿Qué comes?

—Un sándwich.

—Ya sé. —movió la cabeza haciendo un gesto de burla con su boca. — Puedo verlo. ¿Pero de qué?

—De poll- con pimentón. —contestó con la boca llena

—¿De polla con qué?

—¡¿Cómo que de polla?! Pollo, pollo —tragó —con pimentón.

—Ah ok, por un momento me asustaste.

Georg sin mirarlo, volvía a dar otra mordida a su emparedado.

—Georg… Emmmm —el de gafas se miró las manos. Mala señal —discúlpame por lo del beso, no debí hacerlo. Lo siento.

Y el castaño sintió que la garganta se le cerró. El trozo de pan quedó atrapado en su boca. Hizo un esfuerzo mayúsculo y lo tragó, raspando su garganta.

—¡¿Lo sientes?! —los ojos del castaño, casi siempre algo rasgados, almendrados, se abrieron como plato. Un color blanco se apoderó de sus mejillas —¿Estas… Estás arrepentido? Por si lo olvidaste, fue algo más que un beso. ¡Gustav que ha sido más que un beso todo esto, cada encuentro contigo ha sido más que un simple beso, aunque no lo recuerdes! —de pronto el sabor del jugo y el sándwich se habían vuelto amargos en su boca.

—Bueno, es que hoy actué sin pensar y…

—¡Mierda Gustav! ¡Deja de jugar conmigo! —Se paró y entró a la cocina dejando el resto del pan y el vaso con jugo a medio terminar sobre la mesa. Pasó por el lado de Tom sin mirarlo siquiera.

El de trenzas le quiso preguntar qué le pasaba, pero el tinte rojizo sobre las mejillas del castaño le indicó que no estaba de humor para responder preguntas.

Al salir más allá del patio de servicio, supo inmediatamente que la razón del disgusto de su amigo tenía que ver con el chico sentado sobre la banca, cabizbajo.

—¿Quieres hablar?

—Deberían llamarme Gustav alias “La Mosca” porque donde me paro dejo mierda, donde me pongan la cago.

Tom se rió ante la ocurrencia de su amigo.

—Gustav, no creo que sea tan terrible.

—Sí lo es. Me he vuelto un especialista en herir a mi amigo. —y rompió a llorar. Tom sin saber qué hacer, intentó abrazar a su amigo, pero al final sólo pasó el brazo por su hombro, mientras le daba pequeñas palmadas. —No sé qué me pasa. No entiendo nada. Hoy besé a Georg mientras dormía, se suponía que sólo sería un beso pequeño, pero mi cuerpo me traicionó y mi beso se volvió más intenso y Georgi se despertó.

—¿En serio? ¿Eso fue en la mañana?

—Sí. Yo pensé que él se enojaría conmigo, me asusté y me alejé de él, pero se levantó y se acercó a mi, y me besó con tanta pasión.

—¿Y tú qué hiciste?

—Le correspondí. Si Andreas no hubiese llegado no sé qué más hubiera pasado. Yo me metí al baño, me di una ducha fría —rió mientras se mordía el labio —y luego esperé a que ya no estuvieran en la habitación para salir. Me escondí como un cobarde.

—¿Hablaron del tema más tarde?

—Sí, recién. Y la volví a cagar. Le dije que había actuado sin pensar. Que me disculpara, que lo sentía.

—¿Que estabas arrepentido? —el de gafas asintió con su cabeza —¿y estás arrepentido?

Las lágrimas volvían a correr por las mejillas de Gustav.

—No sé —dijo en un suspiro —no sé qué me pasa.

—¿Te doy mi diagnóstico? —el de gafas volvió a asentir —Creo que te estás enamorando. —Gustav se quedó mirando al de trenzas con la boca abierta.

—¡Pero si no soy gay! —Tom dio un suspiro de resignación.

—El amor no tiene condición sexual. Al amor no le importa si eres gay o hetero. El amor sólo necesita un corazón para vivir.

Gustav sonrió.

—Yo siempre creí ser hetero, bien hetero.

—Yo también. Y mírame ahora, ando feliz dándole por todos lados y me sigo sintiendo macho. —los dos se rieron.

—¿Tú lo amas?

—Más que a mi vida.

—¿No encuentras extraño haberte enamorado en tan pocos días?

—Es que yo creo que toda la vida esperé a alguien como él. Quizás lo he amado desde siempre.

El típico crepitar de los cascos de un caballo sobre la areniscas les distrajo. Sobre la montura un jinete de intensos ojos marrones no hacía más que mirar al joven de trenzas, que de sólo verlo aparecer, sus mejillas se sonrojaron y una sonrisa boba se dibujó en sus labios.

Bill a modo de saludo meneó la cabeza hacia arriba.

—¿Quieres ir a dar un paseo? —Tom no lo pensó dos veces, y tomando la mano de su pelinegro se subió al caballo.

Partieron a galope suave.

Ah qué bien se sentía estar abrazado a Bill. Esa sensación de bienestar le quitaba toda razón. No era posible estar así, enfermo de amor. Porque definitivamente aquello no podía ser otra cosa más que locura. Quería estar con él todo el tiempo. Y si le llegase a romper el corazón podría morir. Quitó ese último pensamiento de su mente, y se concentró en el momento. Sólo disfrutaría de estar muy juntos los dos, sin cuestionarse nada.

La pequeña cascada, que seguramente, más abajo alimentaba a la laguna en medio del parque de la mansión, parecía refrescante, y Tom no pudo evitar recordar esa otra cascada junto a una laguna en medio de un bosque donde estuvieron juntos.

Ya no hacía calor. La tarde ya se rendía a las sombras de la noche. Y sintió el impulso de meter sus pies en el agua. Pero al ver que Bill no insinuaba nada, decidió esperar.

Bajaron del caballo, y el pelinegro se sentó sobre la hierba junto al riachuelo. Como siempre, vestía de un escrupuloso negro, un suéter ceñido, manga larga, con unos jeans ajustados. En los pies llevaba unas botas casi sin taco, con caña, que subían hasta un poco más arriba de su tobillos. Su cabello como siempre liso, le caía hacia el lado derecho, cubriéndole parte de su cara. Apoyó sus manos en el suelo más atrás que sus caderas. Tom se puso a su lado pero con las piernas cruzadas. Bill no había hablado, y eso le extrañaba. Quería preguntarle qué le ocurría, pero sintió miedo. Decidió esperar aunque no le gustaba su silencio. Lo miró por un instante justo en el momento en que el pelinegro mordía su labio inferior, y eso le puso más nervioso.

—Tom ¿confías en mi, verdad? —Tom tragó saliva.

—¿A qué viene esa pregunta?

—No te puedo contar todo, una parte de mi quisiera, pero tengo voto de silencio para ciertas cosas. —movió la cabeza como queriendo espantar ciertos pensamientos y volvió a morderse el labio —yo te amo, siempre te lo digo, y también te he dicho que no lo olvides.

—Sí, lo sé, lo sé.

—Pero lo olvidas, y todo se tuerce en tu mente. Sé que no es tu culpa, pero quisiera que esta vez lo tengas presente. Yo te amo y eso nunca, nada lo va a cambiar.

—¿Por qué no puede ser más fácil?, ¿por qué todo tiene que ser tan complicado?

—Es necesario que en esta época resolvamos todo. Porque quiero pasar el resto de mi vida junto a ti. Si no lo solucionamos ahora, tú y yo jamás podremos estar juntos.

—A veces no entiendo nada. Y sólo me dejo llevar por las circunstancias, esperando que ellas me muestren lo que vendrá, pero la mayor parte del tiempo estoy perdido.

—Debes recordar Tom, para que entiendas todo… recuérdame.

—¿Y cómo puedo hacer eso?

Repentinamente una brisa sopló sobre los árboles donde estaban. Bill hizo un ademán para que Tom guardase silencio, y se concentró en el viento.

—Debemos irnos. Debemos prepararnos para llevar a cabo lo que planeamos.

—¿Pero no íbamos a llevar a cabo el plan mañana?

—Algo ocurrió, me temo que será esta noche.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé. No te puedo explicar ahora eso.

—Aún me debes explicación de muchas cosas Bill, como lo de tu “Yo Astral” en nuestra primera vez juntos.

Bill se rió. Le encantaba Tom así, tan ingenuo, inocente e ignorante en metafísica. Tom se avergonzó y llevó la mirada a sus pies.

—Las explicaciones te las daré cuando el peligro haya pasado, no ahora. Vamos debemos preparar a Andreas.

—Emm, no creo que Andy esté muy feliz. Una cosa es ser señuelo en el día, pero otra es ser carnada en la noche en medio de un bosque. —Bill hizo un gesto de molestia —Bill ¿no prefieres que sea yo? Total ya he andado por los bosques en la noche, medio perdido.

—¡No! No Tom, tú eres mi punto débil. No quiero sonar así, pero es la verdad. No sólo mi punto débil, sino que además una parte importante de todo lo que quieren obtener. —Se puso de pie y avanzó hacia el caballo, Tom le siguió. De repente Bill se dio media vuelta quedando de frente al de trenzas que no alcanzó a frenar chocando suavemente con el cuerpo del pelinegro. Estaban cara a cara, con muy poca distancia entre ellos. El mago tomó el rostro de Tom entre sus manos, lo besó, y con sus labios abrió los de su amado. Suavemente movía su boca acariciando la otra, acariciando su lengua con la propia. Un beso sensual y calmado. Se separaron con los ojos brillantes de emoción, sin decir palabra. Hubo sólo silencio, esta vez no hacía falta nada más. Luego de un instante que les pareció eterno, Bill volvió a hablar —No quiero que nada te pase. Tom, ya te perdí una vez, no dejaré que nadie nos vuelva a hacer daño. —Un breve beso antes de subir a la cabalgadura, y se fueron.

Una vez que llegaron a la mansión, todo el mundo se revolucionó. Necesitaban reunirse los cuatro estudiantes con los dos magos, pero Markus y Anton seguían merodeando. Así que decidieron ir hasta las antiguas caballerizas, y uno a uno se fueron escapando de la casa para juntarse en ese lugar y repasar los puntos claves.
Bill tomó la palabra otra vez.

—Andreas, debe adelantarse todo, mañana no nos sirve el plan. Debe ser hoy.

—¡¿Qué?! ¡Pero si ya casi es de noche! ¡Me voy a perder, me puedo accidentar!

—Si no lo quieres hacer entonces se lo pediremos a alguien más.

—¿Y Tom? Él ya ha andado por ahí solo.

—No puede, correría mucho peligro. Andy, a ti no te quieren.

—Gracias, el sentimiento es mutuo. —Bill rodó los ojos ante el comentario del rubio.

—Andreas, no lo decía en ese sentido. Tom es una parte fundamental en esto, y es peligroso para él. A ti no te harán daño.

—De acuerdo, está bien —dijo el rubio resignado —yo iré tal como dije.

—Resumen entonces —intervino Dark —Andreas va a pie hasta un supuesto punto secreto del bosque, donde un mago dejará la llave, para entregarla a Tom . Debes procurar que Anton se entere por casualidad.

—Sí, no será difícil hacerte el inoportuno y desubicado —le dijo el castaño —¡tienes un talento para eso!

Andreas miró al castaño con cara de pocos amigos.

—Luego debes esperar en el punto que ya dijimos hace unas horas. Y rogar que lleguen a quitarte la llave. Entonces nosotros rescataremos el libro. Gustav y Georg deben estar pendientes de que su amigo esté bien, y avisar en caso de emergencia a Tom por radio si es que hubiera algún contratiempo. La idea es que ustedes dos se encuentren a cierta distancia, como lo tenemos fijado, y Andreas avisará luego por radio cuando se vayan y lo dejen en paz.

—¿Qué tal si los que me intercepten no estén felices de no encontrar nada, y las emprendan conmigo por venganza?

—No será así, porque encontrarán lo que andan buscando —dijo el pelinegro, mientras extendía una llave en forma de flor de lis —no es la verdadera, es sólo una copia.

—Y sólo recuperaremos la verdadera llave de la flor de lis cuando tengamos en nuestro poder el libro. —concluyó el otro mago.

—Ok. ¿Hora de la misión?

—22 horas, Andy. Suerte para todos. Y no te sientas inútil Tom, por ahora debes estar en las sombras.

Tom, sorprendido de ser tan transparente para Bill, le sonrió al pelinegro dándole entender que aceptaba aquello, que comprendía sus razones, aunque fuera a medias.

—Bill y yo iremos ahora a esconder la llave donde dijimos. —agregó Dark.

Volvieron a la mansión de manera separada, intentando no llamar la atención de Anton o Markus. Todos estaban nerviosos, y Tom además se sentía algo frustrado.

Andreas se preparó una ensalada de frutas, que bañó en yogurt de fresas. Los nervios no le permitían ingerir alimento, pero sabía que necesitaba comer algo. Escuchar los pasos de Anton le alteraron aún más. Esa sería la oportunidad.

—¿Te pasa algo?

—No, no. Emm Debo salir a un… Bueno debo hacer algo, y me preocupa el policía, por si viene y no me encuentra. Es que debo hacer algo urgente hoy en la noche… —la verborrea del rubio revelaba su nerviosismo.

—Calma, calma. ¿Necesitas un vehículo?

—No, no.

—¿Irás en el de Tom?

—No, sí, emm no sé, no creo. Me voy a pie.

—¡¿A pie?!, ¿estás loco? Son muchos kilómetros hasta la autopista… ¿A dónde vas?

La cara de intriga de Anton confabulaba con la notoria intranquilidad del rubio

—En realidad, voy en la dirección opuesta. —dijo apuntando hacia el bosque — Es que se supone que no debo decir nada a nadie más —Andreas bajó la voz hasta llegar a un susurro —Es un secreto.

—Pues en mí puedes confiar, soy una tumba. No le diré nada a nadie. —el historiador acercó su oído a la cara del rubio.

—Es que los de esa orden extraña nos dijeron que encontraron la llave de la flor de lis, y la dejarán en un sector del bosque, para que podamos recuperarla y ellos quedar libres de sospecha.

—¿Markus lo sabe?

—No, pero por favor, no le diga a nadie más, se supone que es un secreto. ¿Podría distraerlo?

—No te preocupes, yo me encargo de eso. Conmigo ese secreto está a salvo. Necesitamos recuperar esa llave. ¿A qué hora quedaste de encontrarte con ellos?

—A las 10 de la noche, iré solo. Los demás son unos miedosos. Pero según lo que sé es que no veré a esos magos. Ellos sólo me señalaron el punto del escondite.

—Y… ¿cuál es ese escondite?, ¿dónde queda?

—Eso no lo voy a decir. Bueno, es mejor que me prepare, falta poco.

—Claro, anda, anda.

Anton vio salir a Andreas de la cocina por el pasillo, y sacó su teléfono móvil.

—Hallo. Cambio de planes.

&

—¿Se lo creyó?

—Sí, es que casi todo lo que dije era verdad.

Tom movió su cabeza.

—Espero que no hayas hablado de más.

—¿Ven, lo ven? Yo les dije que éste era experto para ser inoportuno, y ahora boca floja.

—¡¿Qué te pasa a ti?! —dijo el rubio molesto, avanzando hacia el castaño.

—¡Un momento! —Gustav se interpuso en el camino del rubio —¡No vamos a echar a perder ésto sólo por dos niños mal criados! —aguardó en silencio que todos se calmaran —Ahora, Andreas, ¿qué es lo que sabe Anton realmente?

—Que iré al bosque a las diez, y que en un lugar, que no especifiqué, los magos dejaron escondida una llave para que la recogiera yo porque todos ustedes son unos miedosos.

—Gracias Andy, tan dulce tú —dijo con sarcasmo el castaño.

—Ok, ok, shhhhh Georg —el castaño cruzado de brazos se negaba a mirar a Gustav —¿Georg? —repitió el de gafas.

—Está bien, está bien. —le respondió Georg, fijando su cristalina mirada en los ojos de Gustav por primera vez desde la discusión, provocando con ese simple acto toda una tormenta química en su sangre. Así que desvió la mirada, porque la de su amigo le quemaba.

—Bien —Tom pensativo, parecía distante de toda la tensión que generaban los ánimos de sus amigos. Se seguía sintiendo como la damisela que permanecía en el castillo resguardada por un dragón, para que los malos no le hicieran daño, o no la fueran a raptar. Que era un hombre, ¡maldita sea! Como los demás, y no la preciada joya de un príncipe. Ese detalle le estaba empezando a molestar de veras. Sin salir de esa apatía continuó hablando —Creo que todo va como debería. —Miró su reloj, eran las 21 con 45 —Ya es hora.

Vestido de negro, Andreas sólo era visible en la oscuridad por su cabellera. Ya la luna comenzaba a menguar, así que su luz era menos brillante. Repasó mentalmente el camino ya ensayado hacía varias horas durante la tarde. Y equipado con una linterna y su radio avanzó por la huella que se internaba en el bosque.

—Ay mamacita, ¿por qué me meto en estos líos? —pensaba, mientras miraba hacia atrás cómo la casa se iba perdiendo entre el follaje. A cierta distancia y por otro sector, Georg y Gustav se disponían a partir al lugar que ellos tendrían como base. Ni cerca ni lejos de dónde debía llegar Andreas.

El corazón del rubio estaba en su boca, no en su pecho. Estaba a punto de salir despavorido de tan rápido que le latía. Unas pequeñas gotas de sudor se asomaban en su frente, y sentía las manos húmedas. De pronto, el silencio que sólo era cortado por sus pasos entre la hierba, fue interrumpido por un buhú, buhú. Andy casi paralizado detuvo su marcha, y se quedó escuchando. Buhú, buhú. Otra vez. Buhú, buhú. —Que no te das cuenta que es un búho, estúpido —se regañó.

En cualquier momento aparecería ese tipo medio ninja, y a cada instante creía verlo detrás de algún árbol.

Por eso apuró el paso. Quedaba poco. Sabía que lo más probable era que lo estuvieran siguiendo, y no precisamente por sus amigos.

Al llegar al punto pactado, suspiró de alivio al comprobar que no había nadie más en el lugar. Pero de pronto, el miedo asestó un golpe en su psiquis. —¿Y si nadie venía? Adiós plan maestro —pensó.

Se quedó allí, parado, pensando, su cerebro intentaba coordinar todos los detalles, tratando de no olvidar ninguno. —Debo disimular, debo hacer como que busco la maldita llave hasta que la encuentre —pensó, y comenzó a buscar, fingiendo andar medio perdido.

Buscaba y buscaba —Nadie viene —pensaba nervioso. —Ok. Veamos si así aparece alguien. —y se acercó al lugar específico donde estaba la llave. La sacó mostrándola, o intentando hacer notoria su presencia.

—Creo que eso es mío, guapo. —el rubió se giró, y sus ojos casi se salieron de sus órbitas cuando ante sus ojos apareció una pelinegra, de cabellos largos, frondosos y ondulados, sus ojos claros y almendrados brillaban bajo la tenue luz de la luna. Andreas apuntó su linterna a esa imagen. Era alta, y vestía una especie de túnica larga y oscura apegada al cuerpo, era abierta adelante hacia el costado izquierdo, y un cinturón metálico le ceñía la tela a cuerpo, para que no se le abriera. Se veía su escote, sensual, hermoso, exuberante, y el rubio supo que no llevaba sujetador. Tragó saliva. Sobre su cabeza llevaba una especie de diadema, sujetando con ella algunos mechones. Tenía unos labios carnosos, y una nariz pequeña, muy bien definida. Era hermosa. Más que hermosa, era maravillosa. La túnica se le habría a la altura de la pelvis, dejando ver un muslo terso y bien formado, sus pantorrillas estaban envueltas por las correas de sus sandalias. Parecía una diosa romana. Más atrás aparecieron otras muejeres casi tan bellas como ella. —¿Me lo das? Eres rubio, me encantan los rubios —su voz sensual le ponía el corazón a mil. Con la mano estirada se acercó a Andreas, quien tieso como una momia, sólo era capaz de respirar con dificultad.

En el instante que le quitaba la llave de su mano, la mujer la lanzaba y la recibía otra de las chicas que partieron corriendo, posiblemente a entregarla a alguien más. Andreas absorto en esta maniobra, no supo cómo quedó de espalda en el suelo.

—Mientras ella hacen su tarea, yo me divierto ¿Te parece?

—¡¿Qué?! —y la mujer rozó su entrepiernas con las uñas mientras se pasaba la lengua por los labios —Señorita, por favor —Y las manos de la mujer se colocaron sobre su miembro apretándoselo con firmeza pero sin brusquedad. —¡Ah! ¡Por favor no! —y le seguía masturbando por encima de la ropa.

—¡Pero este amiguito sí que lo quiere! Ya está despertando —la mujer, estaba encima de Andreas, algo más debajo de sus caderas, mientras le abría el pantalón. Él intentaba detener sus hábiles manos, pero sin mucho resultado. De verdad se estaba sintiendo algo humillado.

—¡No tengo condón!

—¡Qué me importa! Hoy no lo vamos a necesitar —abrió su túnica dejando a la vista su monte de venus. No llevaba pantaletas ni nada parecido.

—Señorita, por favor—y su pene estaba afuera, mientras ella lo masajeaba con energía. Adiós voluntad. Con los ojos nublados, vio como ella rozaba con sus uñas la punta de su miembro. El pene erecto del rubio se mostraba orgulloso a la tenue luz de la luna. Sintió el placer invadirle cada poro de su cuerpo. Y el deseo le quitó el último vestigio de razón, cuando sintió la cálida humedad de su lengua. La mujer gimió quedando evidente en su quejido el placer que le producía aquello. Metió todo el miembro en su boca, y succionó hábilmente, un ronco gemido proveniente de la seca boca del rubio irrumpió en el silencio de la noche. Luego de un breve instante ella quitó su boca. Se sentó bien erguida, acercó su pelvis a la de Andreas, y juntó la punta del pene con su propio sexo, para provocar el roce. El rubio gemía a gusto.

Andreas, no era capaz de pensar de manera coherente, y sólo podía contemplar los senos de la mujer con los pezones erectos, mientras se balanceaba con su pene metido entre las piernas, sin llegar a la penetración. Rozándole, frotándose con su miembro una y otra vez.

—No —susurró el rubio jadeante.

—¿No qué? —preguntó ella entre gemidos.

—¡Andreas!, ¡¿dónde estás amigo?!

La voz de su amigo Gustav llegaba desde un planeta desconocido, porque Andreas estaba en el de Venus.

—¡Qué mala suerte! —dijo la mujer —tendremos que posponerlo querido —lo beso brevemente, mientras los gritos de sus amigos se escuchaban más cerca cada vez —adiós guapo —se levantó y se fue en la misma dirección que el grupo de muchachas.

Casi al mismo tiempo, Gustav y Georg aparecieron en el lugar mientras Andreas permanecía de espaldas con el pantalón abierto y su pene afuera y erecto.

El castaño y el de gafas abrieron la boca y los ojos al mismo tamaño.

—Andy. ¿Qué haces masturbándote en medio de la misión? ¡Eres un irresponsable y un pervertido! —le reprochó el castaño.

El rubio intentó arreglarse lo más rápido que pudo mientras se ponía de pie, todo avergonzado.

—No me estaba masturbando. Había una mujer, y sólo me sedujo y yo, y yo… —y se puso a lagrimear —esto es lo más humillante que me ha pasado —y se tapó el rostro con las manos.

—Vimos al grupo de mujeres, pero creímos que estabas sólo, herido y que sé yo, inconsciente tirado en el suelo, pero no, ¡estabas caliente tirado en el suelo! ¡y que además no contestabas la radio imbécil! —le gritaba el de gafas.

—¿La radio? —dijo destapándose el rostro, extrañado —¿me hablaron por radio? Pero si nunca se escuchó nada. —la buscó con la mirada y con ayuda de las linternas, y ahí estaba junto a una piedra un par de metros más allá. Gustav la recogió y la observó.

—No está encendida.

—¿Había que encenderla?

—Andreas, no eres más estúpido porque no te levantas más temprano —reclamó el castaño, muy enojado.

—Georg, todo está bien —el de gafas había bajado la voz para calmar la situación una vez más —Andy ¿se llevaron la llave?

—Sniff, sí. Se la llevaron sniff las mujeres.

—De acuerdo, cálmate. Vamos a la mansión. Nuestra parte terminó.

&

En la mansión, Tom se paseaba en su habitación cada vez más nervioso. Ya había pasado casi una hora sin saber nada. Miles de ideas llenaban su cabecita, pensando que todo había resultado mal, que quizás su amigo Andreas ya estuviera muerto o mal herido, o que se los habían raptado a todos. Definitivamente no había nada peor que sentirse así de inútil. Luego se tranquilizaba porque no había tenido ningún llamado por radio avisando de algún contratiempo… ¿Y si los secuestraron antes de avisar por radio siquiera?

—No puedo seguir aquí esperando, mejor voy —pensó dispuesto a salir a buscar a sus amigos. Bip, bip, la radio —Adelante, aquí base—respondió.

—Tom, —era la voz de Georg y el de trenzas respiró aliviado —vamos para allá. Todo resultó bien , excepto de un pequeño percance que le ocurrió a Andy.

—¡Que a mí no me ocurrió nada imbécil! —se alcanzó a escuchar más lejos la voz del rubio.

—Bueno, bueno, allá te contamos, cambio —continuó el castaño.

—Ok, los espero. Cambio y fuera.

Unos minutos más tarde llegaron sus tres amigos. Apenas entraron a la habitación Tom les llenó a preguntas.

—¿Qué sucedió?

—Que se llevaron la llave. —respondió breve el de gafas.

—¿Cuántos hombres eran?

—No eran hombres —habló bajito el rubio, hablando más para sí, que intentando responder —eran mujeres.

—¿Mujeres?, ¿cuántas?

—Como 5 o tal vez 6. —mientras el rubio respondía algo incómodo, Tom se dio cuenta que Georg tenía esa media sonrisa tan típica en él cuando se moría de ganas por contar alguna anécdota.

—Ya Georg, cuéntame, te mueres por contarme. ¿Algo pasó verdad? Algo inusual.

El castaño ya sin ocultar su risa, se liberó de las ansias de decirlo todo.

—Es que Andreas, estaba en el suelo, con toda su —e hizo ademanes extraños, como dibujando algo en el aire —tú sabes, con toda su cosa fuera. —Andy sólo bajó su cabeza avergonzado —y yo creí que se estaba masturbando, pero no —el castaño seguía narrando entre risas —jiji, ¡una de las féminas lo violó!.

—¡Fui seducido!. Era tan hermosa que si tú hubieras estado en mi lugar hasta lo maricón se te quita —la risa de Georg se congeló al instante.

—¡Yo lo mato! —exclamó arrojándose sobre el rubio, cayendo al piso —¡muere! ¡muere cabeza de orina! —el castaño sobre el rubio intentaba atrapar su cuello para estrangularlo —¡me has estado colmando la paciencia y ya se acabó!

Los otros dos infructuosamente intentaban separarlos.

—¡Suelta Georg!

—¡Déjalo! ¡Lo vas a matar!

—¡Eso quiero, eso quiero!

—¡Auxilio! ¡Sáquenme esta bestia de encima!

—¡Gustav, agárralo del otro brazo!

—¡Ok! ¡Aah! —un manotazo le llega en la cara lanzando sus gafas lejos. Pero sin prestarles más atención volvió a la carga intentando quitar la mano del castaño que ya había alcanzado el cuello del rubio. —¡Para Georgi, para, que somos amigos! ¡Georg!

—¡¿Qué sucede aquí?! —la voz de Markus se perdió entre los gritos y los jadeos de los cuatro jóvenes —¡Anton ayúdeme a separarlos!

Los dos hombres tomaron a Andreas para quitarlo de debajo del cuerpo de Georg, tomándolo de los hombros y los brazos para arrastrarlo mientras el rubio se daba impulso con los pies y las piernas. Al mismo tiempo, Tom y Gustav tiraban del castaño cayendo los tres hacia la derecha.

La habitación era un concierto de respiraciones entrecortadas.

—¿Alguien me puede explicar lo que pasó? —la mirada escrutadora de Markus Frank era severa.

—Andreas me ofendió —le centelleaban los ojos al castaño.

—Lo siento, lo siento. Es que me molestó mucho que te burlaras de mi.

—De acuerdo chicos. Sólo les pido que arreglen sus diferencias mediante el diálogo. Y si quieren matarse, pues háganlo afuera. No quiero que manchen la alfombra. La sangre no sale fácil.

Acto seguido Markus salió de la habitación algo molesto. Anton sin decir palabra miró al rubio y le levantó un ceja y Andreas le respondió con un guiño. Tom observó todo con disimulo. El historiador salió también de la habitación en silencio, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Se lo ha creído. Anton cayó en la trampa —dijo en un murmullo el rubio.

—Que bien —pero el de trenzas seguía pensando en aquel que estaba en la otra parte de la misión. No había sabido nada y el corazón lo sentía cada vez más apretado.

Unos instantes después, bip, bip. El corazón de Tom dio un brinco.

—Adelante. Cambio.

—Tom, ¿todo salió bien?. Cambio.

—Bill, estás bien… —y su voz sonó esperanzada, llena de felicidad —afirmativo, por acá todo bien, em cambio —pensó decirle algo más personal, quería saber si lo vería esa noche, pero se contuvo. No quería parecer esa damisela del castillo, esperando a su caballero en un blanco corcel.

—Bien. Tom. Por favor no vengas mañana por la mañana. Estaré ocupado. En la tarde veremos lo del libro. Cambio y fuera. —Y cortó antes de que el de trenzas pudiera decir nada más.

¿Por qué no podría verlo por la mañana? Sintió celos, tenía celos y no sabía por qué. Le molestó que fuera tan cortante, que sonara tan frío. —Son exageraciones mías —pensó. Pero no falta el “buen amigo” que siempre lo enfrenta a la cruda realidad.

—¿No se supone que te ama? —preguntó Andreas más repuesto.

—¿Por-por qué lo dices?

—Porque si alguien te ama, pues pienso que debería ser un poco más… ¿tierno? Preguntar cómo estás, por lo menos

—Posiblemente estaba ocupado, había más gente ¿qué sé yo?

—O tal vez se avergüenza que sepan que se acuesta con otro hombre. —como un puñal atravesaron su corazón las palabras de Andreas.

—¡Andy, puedes cerrar el pico! —el de gafas miró al rubio tajante. —Es mejor que nos vayamos a dormir.

—Podríamos comer algo antes —sugirió el castaño.

—Buena idea.

—Sí, vamos.

Sólo el de trenzas siguió en silencio, sin poder deshacerse del dolor que le causó la frialdad de su amado.

Bajaron a la cocina donde Markus y Anton conversaban animadamente, mientras bebían café. Los cuatro chicos hicieron lo mismo, acompañándolo con galletas de distintos sabores. Los temas de conversación iban desde el clima hasta la vida universitaria del presente, tan distinta a los que los hombres mayores debieron vivir. Tom pasaba de todos los temas, haciendo como que escuchaba, pero sólo su cuerpo estaba ahí, porque su mente y su corazón estaban en una cabaña en medio del bosque, muy cerca del Parque Berchtesgaden, pensando en qué estaría haciendo un joven mago de melena negra.

Cuando todos se dispusieron a dormir, ya eran pasada la media noche. Tom les siguió sin decir palabra. Como un autómata dejó que sus pies lo llevaran a su recámara. Luego sin emitir palabra se dirigió a la ducha, se puso una camiseta a modo de pijama, se metió en la cama y sólo espero que su amigo Andreas dejara de hablar de lo que fuera que tanto le conversaba, mientras él hacía algún remedo de respuestas emitiendo gruñidos. Pero Andreas parecía estar a cien, hiperventilado y adrenalínico. —de verdad a este le hace falta sexo —pensó.

Pensó que el sueño nunca llegaría, pero escuchando la cháchara del rubio dejó que su cuerpo y su mente se relajaran y dejara de pensar en… Él.

.

Ya la mañana había llegado, no quería despertarse pero lo hizo. La cama de Andreas estaba vacía. —Vaya ¿qué hora es? —se preguntó. De todos modos, poco importaba porque Bill no quería verlo esa mañana, y de nuevo su atormentada psiquis le apuñaló el corazón recordando la distante voz de su amado. Decidió salir a investigar en qué estaban los otros, se puso los pantalones del día anterior y salió de la habitación. Al ir avanzando por los pasillos y escaleras de la casa no vio a nadie. Llegó a la cocina, y más extraño fue darse cuenta que faltaban algunos muebles, y que en su lugar habían otros que parecían de estilo antiguo, sin embargo lucían nuevos.

Salió más allá del área de servicio, y el sol le molestó, haciéndole lagrimear los ojos, que entrecerró para poder mirar mejor —debí traer mis gafas para el sol —se dijo. Le extrañó mucho más ver a un hombre trabajando en el jardín. —Se supone que no vendría el personal hasta que la investigación termine —pensó.

El hombre se quitó el sombrero y saludó —Buenos días, señor.

—Buenos días. ¿Sabe dónde están los otros?

—Me parece que hay gente en las caballerizas. Amo Tom.

Tom no comprendió la expresión usada por el hombre, pero la verdad es que aún tenía sueño. Así que asintió y se dirigió hasta las caballerizas.

Al llegar allá le sorprendió ver a tantos caballos ubicados cada uno en su cubículo. ¿Desde cuándo tenían caballos en la Mansión-museo?

Avanzó en silencio, pero una voz femenina le llamó la atención. Comenzó a caminar con mayor cuidado, intentando no hacer mucho ruido. Pero el corazón casi se le paralizó cuando esa voz dejó escapar un gemido y jadeos que poco dejaban a la imaginación de lo que allí sucedía. Se preguntó quién sería esa mujer, y con quién estaría. Recordó el grupo de mujeres que se habían llevado la llave, y pensó que posiblemente se tratara de alguna de ellas con ¿Andreas? Podría ser.

Se acercó hacia la bodega donde ayer se habían reunido los seis jóvenes a ver lo del plan de rescate del libro, y no dudó en comprobar de quiénes se trataban esta vez.

Los gemidos y jadeos de la pareja lo hacían sentirse incómodo, como él si fuera un voyerista, pero debía comprobar que nada irregular estuviera sucediendo allí.

Abrió la puerta sigilosamente.

—Ah, ah, ah, más Georg, eso… Ah…

—¿Georg? —pensó alarmado —Qué rápido reemplazó a Gustav.

—Más Georg… Así.

—Sí nena… Te amo.

—¿Te amo? —se repitió mentalmente el de trenzas. Las palabras del hombre golpearon en su cabeza. Tom ya no sabía que creer —Esto es peor de lo que pensé. No estoy entendiendo nada.

Terminó de abrir la puerta y grande fue su sorpresa cuando vió a una mujer rubia con la cabeza llena de bucles, con un vestido largo recogido hasta sus muslos, con los pechos al aire que eran mordisqueados por… ¡Georg! Pero vestido de forma extraña. Tom alcanzó a verle una camisa blanca de mangas aglobadas que terminaban en un puño del cual salía un pequeño vuelo. La tenía abierta pero de igual forma se distinguía otro vuelo que bajaba desde el cuello hasta el pecho. Tenía el cabello algo desordenado pero se notaba que estaba sujeto en una cola baja. —Oh Marianne… —dijo en medio de un quejido.

—Cof, cof —Tom aparentó una repentina tos para llamar la atención de los amantes.

—¡Tom! —dijo el castaño.

—¿Georg qué haces aquí, con ella, y con esas fachas? —el gesto de indignación en la cara de Tom era más que evidente —¡Qué rápido se te olvidó Gustav!

—¡¿Gustav?!, ¡¿Cuál Gustav?! —respondió incómodo Georg, mientras intentaba ordenarse la camisa, y cerrarse el pantalón.

—Primo Tom, por favor no le digas a nadie. No le digas a mi padre —los ojos de un azul intenso de la joven estaban llenos de lágrimas a punto de caer —me matará si lo sabe —y se puso a llorar —y yo lo amo, lo amo. Amo a Georg.

Tom tragó saliva. De acuerdo, eso de seguro era un sueño, porque a su mente vinieron los relatos de Markus sobre la desdichada prima de los Kaulitz asesinada por su propio padre, y no era posible entonces, que aquello fuera real.

—Está bien, cálmate. No diré nada. Pero no entiendo por qué el … Mi tío no acepta su romance.

Los dos amantes pusieron cara de extrañeza.

—Tom … Pero si usted sabe que yo soy un simple empleado de su tío, no puedo estar con su hija. Eso todos lo saben. No está permitido. —luego el castaño arrugó su entrecejo y preguntó —¿Está usted bien? Está vestido muy extraño hoy. ¿Le puedo ayudar en algo?

—No, no te preocupes —Tom miraba a la hermosa chica que dificultosamente se enjugaba los ojos, y sintió pena por ella. A pesar de su deseo, su futuro sería truncado por un loco.

—¡Marianne! —un hombre al galope de su caballo venía a toda velocidad vociferando el nombre de la joven.

—¡Mi padre! —gritó alarmada.

—¡Escóndete Marianne! Yo lo distraeré.

—Yo me iré con ella para disimular.

—¡Gracias! —respondió el castaño, y salió al encuentro del padre de Marianne, todo sonriente como si nada hubiese pasado.

Mientras los dos primos salieron por la puerta trasera, y se fueron a pasear como si en ello hubiesen estado todo el tiempo.

Caminaron rápido un buen trecho en silencio, apartándose lo más que pudieron de las caballerizas.

—Quería contarte algo, pero no me había atrevido —la joven miró a Tom con cariño —pude escuchar que mi padre le decía a un hombre, que no supe quién era, que en la mansión hay un pasadizo secreto que ni ustedes conocen. Un pasadizo secreto que es tan antiguo como la mansión. Averigua qué es. Creo que mi padre no anda en buenos pasos.

—De acuerdo, lo conversaré con Bill.

—Y hablando del rey de Roma —dijo la chica sonriente indicando al jinete que avanzaba cerca del bosque hacia ellos.

Tom sintió su cabeza dar vueltas. Era tan igual a su Bill del futuro. Y su corazón se aceleraba más a cada paso del caballo del pelinegro.

Venía riendo moviendo su cabeza como si negara algo. Se veía tan hermoso con su camisa adornada con pequeños vuelos, y cuello alto. Su chaqueta larga abotonada, sus pantalones ceñidos, blancos, y sus botas para cabalgar perfectamente lustradas.

—Tom, querido ¿Qué haces con esas ropas? No hay carnaval que yo sepa —rio de buena gana. Tom se sintió avergonzado. Pero ni siquiera intentaría explicar qué hacía vestido así, a la usanza del siglo 21.

—Bill. ¿De dónde vienes?

—Luego te cuento —y le guiñó un ojo mientras se bajaba del caballo y se acercaba hasta él sin abandonar su sonrisa —No importa cómo andes vestido, siempre es una maravilla verte. Sólo contigo sale el sol. —y le acarició la mejilla, poniendo esta vez la mirada triste —No quiero que nos separen

—No lo harán. No nos separarán —le dijo. Y su corazón se ensombreció por la tristeza. Quería contarle que un siglo y medio más tarde él seguiría amándolo de la misma manera —No nos separarán —repitió, y su voz se perdió entre las paredes de la habitación. Abrió los ojos y dejó escapar una lágrima. Vio a su amigo Andreas dormido plácidamente en la otra cama.

La habitación apenas era alumbrada por las primera luces de la mañana. Y sintió necesidad de hablar con Bill. Decirle que ya empezaba a recordar, que sabía del pasadizo secreto, y que si el tío de los gemelos lo quería ocultar, era por alguna razón importante.

Decidido se levantó, y se duchó rápido. Se vistió con ropa cómoda, conociendo el largo camino que le esperaba hasta llegar a la cabaña de Bill. Quería borrara además , de su mente aquella sensación de vacío que la indiferente voz de su amado le había dejado todas esas horas.

Salió de la mansión con los primeros rayos del sol. Todos los demás aún dormían. Tomó la bicicleta que ahora dejaba en el patio de servicio, y se marchó.

Ya se había habituado al bosque y ahora le parecía tan familiar que no le provocaba ninguna dificultad andar por él. Por lo mismo, el trayecto se le hizo más corto que las veces anteriores.

Pasó por debajo de las ramas de los árboles y unos metros más allá divisó la cabaña de Bill. Sintió su corazón reaccionar a la cercanía de su amado. Pensó que tal vez no estuviese allí. Era posible. Si Bill no lo esperaba esa mañana, era posible que no estuviera.

En silencio dejó su bicicleta junto a la puerta, y descubrió que estaba entreabierta, iba a entrar cuando un ligero murmullo más allá de los árboles que rodeaban la cabaña, le hizo cambiar de opinión, y prefirió investigar qué era aquello.

Había aprendido en esos días, que lo mejor era acercarse en silencio y con sigilo cuando no se tuviera claro lo que allí sucedía. Y así lo hizo.

A medida que se habría paso entre las ramas de los árboles lo más silencioso que podía. La suave voz de una mujer llegaba a sus oídos, aunque no se entendía nada de lo que decía. Tom se preguntó si sería algunas de esas mujeres del bosque, que atacaron a Andreas. ¿Y si Bill estaba en peligro? Sintió un sabor amargo subirle hasta su boca, y cómo ésta se le secaba. Pero de pronto escucho la voz de Bill que hablaba muy suavemente, casi en un susurro, sin poder entender sus palabras. Una manos fría y oscura le apretó el corazón. Y la angustia se fue apoderando de su mente y de su alma, sin saber por qué. Las ramas tapaban y sólo alcanzaba a ver varios caballos con algunas capas sobre las monturas y otras colgando de las ramas de los árboles. Pero lo más extraño fue reconocer algunas prendas de vestir, dejadas sobre las ramas aquí y allá.

Despacio, muy lentamente corrió las ramas que tapaban su visión. Y cuando pudo ver al fin, deseó con toda su alma estar en su cama aún sumido en un sueño plácido del siglo 19.

Bill estaba unos seis metros más allá, cerca del angosto riachuelo que por allí pasaba, los caballos y la ropa estaba al otro lado de éste. Bill estaba desnudo de la cintura para arriba. Su piel blanca como la nieve contrastaba con el negro de sus pantalones. Algo decía, incomprensible para los oídos de Tom pues su voz apenas era audible. Frente a él una mujer hermosa, de cabellos oscuros, le decía algo a él también, en un susurro. Ella recorría con sus dedos los pezones de Bill, y él cerraba sus ojos. El de trenzas quería quedar ciego para no ver aquello, pero era imposible, sus ojos ni pestañaban. Congelado en el tiempo, se quedó como una estatua de barro secada al sol —Bill —sollozó en silencio —¿Qué haces?, ¿Qué haces?—lo quería gritar hasta romperse la garganta, pero ganó el silencio. Su voz quedó convertida en leves gemidos de angustia, en medio del dolor que la traición de su amado le causaba, sintiendo como lentamente y sin piedad, ni compasión, le rompía el alma y su corazón.

El aire dejó de entrarle en los pulmones cuando la mujer abrió el vestido que llevaba y lo dejó caer al suelo, quedando a la vista de su amado unos pechos exuberantes, una piel hermosa y un cuerpo deseable. Vio que la boca de ella se acercaba a esos labios que él mismo había besado con lujuria, con amor, con pasión.

Tom soltó las ramas para que éstas ocultaran de sus humedecidos ojos castaños la escena infame de la traición de su amante, de su amor, que ahora era nada, sólo un montón de burla y engaño que se apilaba sobre las circunstancias, como si fueran basura. Basura como las promesas dichas en medio de la pasión desatada de un hombre sin escrúpulos para mentir. Caminó por inercia hasta su bicicleta, sintiéndole temblar todo el cuerpo, sus piernas apenas le sostenían. Se subió a ella con dificultad, y partió de allí con el corazón roto, dejando trozos de él regados por el camino.

De pronto, varios cientos de metros más allá, unas súbitas ganas de vomitar le hicieron detenerse. Botó lo poco que aún tenía en su estómago, pero los espasmos, el reflejo del vómito no cesaba, y a falta de más alimento que eliminar, comenzó a salir ese líquido amarillento proveniente de su hígado. Sintió su cabeza arder. Estaba mareado. Los árboles allá arriba daban vueltas y se sentó un momento a llorar, a calmar su cabeza que no dejaba de girar. Lloraba, lloraba, sabiendo que no valía la pena.

“El amor no es amor si se altera cuando la alteración encuentra.
O se tuerce con la distancia del distanciado.

¡Oh no! Es una señal eterna y renovada que mira sobre las tempestades
y nunca se estremece”

—¿Por qué, Bill?, ¿Por qué? —gritó al viento entre sollozos, pero nadie respondió.

Continuará…

por administrador

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