Waiting for you 17

CAPÍTULO 17

—Miren, acá están lo planos, los lindes de la propiedad, y las escrituras —Bill hojeaba las hojas con rapidez.

—¿Soy dueño de todo?

—Mira Bill, el plano muestra algo extraño —Andreas sujetó la linterna con sus dientes para tomar la hoja que le llamó la atención.

—¿Yo, el dueño?

—Miren, es algo aquí —el rubio apuntó con su dedo índice en un lugar del plano, que a simple vista parecían un montón de líneas rectas en distintas direcciones —es parte de la casa, pero se accede por acá ¿Ven?

—¡¿Qué a nadie le importa que ahí diga que yo soy el dueño?!

—¡Shhhhhh! —le hicieron callar todos. Tom hizo un arrumaco, y se quedó callado.

—¡Es un subterráneo! —exclamó el rubio —la entrada está por el estudio. Observen —todos acercaron sus rostros para ver mejor.

—Necesitamos averiguar qué hay en ese subterráneo, y tengo la sospecha de que la llave tiene que ver con ese lugar —dijo el pelinegro mientras cerraba la caja —vamos, debemos regresar antes de que se den cuenta que no estamos en las habitaciones.

—¡Esta propiedad es mía! —susurró Tom maravillado. Los demás lo miraron con una sonrisa.

Con el mismo sigilo que bajaron, los jóvenes regresaron a las recámaras. Justo cuando terminaban de entrar, una puerta se escuchó a cierta distancia. Bill retrocedió hasta la puerta de su habitación y con mucho cuidado abrió lentamente su puerta lo necesario para alcanzar a ver por una pequeña abertura. Vio que Anton salía de su cuarto mirando para todos lados.

—¿Qué miras Bill?

Se acercó a Tom, quien ya se metía a la cama vistiendo sólo sus boxers.

—Amor, necesito que guardes silencio. Anton acaba de salir, y su actitud era muy sospechosa. Necesito concentrarme —el de trenzas asintió. Observó como Bill se sentó en suelo con las piernas cruzadas, parecida a la posición de la flor de loto, respiró profundamente. En cuatro tiempos inhalaba, y en cuatro expulsaba el aire. Luego suavizó su respiración, y se quedó quieto. Tom supo que parte de él no estaba en la habitación. Su cara lucía serena, con los ojos cerrados, sin embargo se notaba que no dormía. Estaba sumergido en algún tipo de trance. Tom sólo esperó.

&

Anton había bajado a la cocina. Sabía que los policías estaban vigilando, excepto el inepto del oficial Hansen que dormía como un lirón en su recámara. Salió hasta el patio de servicio y escuchó algo parecido a un silbido a lo lejos. Él respondió con un chirrido parecido al de un grillo que hizo con su boca. Asomó su cabeza por la puerta del patio entreabierta, que daba a los jardines. La luz de una linterna se mecía desde el bosque dando la señal de alerta. —¡Mierda! —se dijo. Había sido todo un engaño. La llave era falsa.

Estaba tan concentrado que no vio la imagen del pelinegro detrás suyo. Sin embargo, se sintió observado y se dio vuelta justo en el instante que la imagen del mago terminaba por desaparecer sin alcanzar a verla.

En el bosque, un hombre y una mujer de negro, con aspecto parecido a ninjas, aún hacían señas, pero un ruido los distrajo y los alertó. Ambos abrieron los ojos como platos cuando vieron la esbelta figura vestido de negro, con su cabello cayendo por los hombros.

—¡Un mago! —gritó la mujer. El hombre sacó una daga y se la mostró al joven amenazante.

—¡Muy mago será pero a éste me lo cocino! —el hombre se abalanzó al pelinegro con la daga empuñada, intentó atravesarlo, pero en ese preciso instante la imagen se desvaneció ante sus ojos. El hombre, que no cabía en su sorpresa, miró a los alrededores, y descubrió al pelinegro unos metros más allá a sus espaldas. Estaba aproximadamente a unos cuatro metros de distancia.

Un viento arremolinado comenzó a mover los árboles La mujer gritó de espanto, y salió huyendo. El mago miró al hombre de frente con ojos de fuego.

—No quiero que vuelvas por acá. Si lo haces deberás enfrentarte a las consecuencias. —en un abrir y cerrar de ojos la imagen del mago apareció a menos de un metro de distancia —Vete —dijo categórico. Y se esfumó en el aire. El hombre perplejo y asustado salió corriendo entre los árboles.

&

En la habitación, Bill salió de su trance lentamente.

—¿Qué pasó Bill?

—Anton intentaba comunicarse con sus cómplices, ya sabe que la llave era falsa, y seguramente le iban a decir que el libro tampoco está en su poder, pero los interrumpí.

—¿Quiénes eran?

—No lo sé. Pero lo sabremos —se sacó la ropa y se acostó al lado de Tom —ahora duerme, descansa, y trata de no soñar. —la cabeza de Tom se acomodó sobre el pecho de Bill, mientras le acariciaba suavemente la espalda con las yemas de sus dedos. Tom suspiró y cerró sus ojos. Estaba muy cansado. —te amo —dijo el mago, dejando que el sueño cerrara sus ojos.

De pronto Tom recordó algo y se puso tenso.

—Bill ¿qué es eso de que soy dueño de Liz Garten? ¿Será verdad? —alzó la cabeza y trató de ver los ojos de Bill entre las sombras —¿Será legal?

El pelinegro sin dejar de acariciar la espalda de su amado, le respondió con calma —Eso lo veremos, yo creo que es legal. Pero mañana averiguaremos más. Ahora relájate. Necesitas descansar. —Tom volvió a recostarse sobre el pecho del mago, y está vez se dejó vencer por el sueño.

&

En la habitación contigua, los dos amigos hablaban a través de la oscuridad, cada uno en su cama. El día había sido muy intenso, y la adrenalina no les permitía dormir, a pesar del cansancio.

—Yo encuentro que este enredo de que el antiguo Bill sabía tantas cosas que sucederían en esta época, que el Tom del pasado era el mismo de ahora, que parece que Bill es también el mismo. Y hasta tú y yo vivimos en ese tiempo… Quizás.

—Pero sabes, aún no me puedo creer que Tom sea el dueño de todo esto. —el de gafas se acomodó mejor en su almohada. Sentía la respiración de Georg desde la otra cama.

—No entiendo nada, cada día me siento más perdido con todo. De lo único que estoy seguro es de lo que siento por ti —Gustav sintió que su corazón se le salió del pecho y daba tumbos y saltitos por la habitación al escuchar las palabras de Georg. Se quedó conteniendo la respiración, sin saber qué responder. Georg al ver que su amigo no reaccionaba pensó que quizás se había ofendido, o bien se había quedado dormido —Gus ¿estás despierto?

—Sí —contesto el de gafas casi de inmediato.

—Lo siento Gus, no quise incomodarte. Pero… —y el corazón de Gustav volvió a dar botes por toda la habitación. Georg hizo una pausa que le pareció eterna, y en esa milésima de segundo, el de gafas se hizo miles de conjeturas ¿Le diría que ya lo dejaría en paz? No, no , no quería eso, ¿que respetaba sus sentimientos? No, no “por favor, Georg fáltame el respeto”, pensaba, mientras tanto las palabras de su amigo rompían el inquietante silencio una vez más —pero no puedo evitar sentir esto Gus, por más que trato de pensar en algo distinto, mis pensamientos vuelven a ti. Te amo Gus , te deseo —en ese instante el corazón de Gustav quedó desparramado en el piso de la habitación, y el calor comenzó a latir en su sexo. Tragó saliva —Por favor Gustav, dime algo. Dime que me odias, pero no me ignores —sollozó el castaño. Y Gustav se rindió, “al diablo con todo” pensó. Se levantó de la cama y se lanzó a la cama de su amigo, que en medio de la oscuridad creyó que se había ganado unos buenos golpes de parte de su amigo. Sin embargo, sólo escuchó la voz del de gafas y su aliento rozando su boca.

—Cállate Georg. Que me vas a volver loco —y lo besó con ganas, con el fuego palpitando en sus labios. El castaño abrió su boca, y suspirando relajó sus músculos, envolviendo el cabello corto de su amante con sus manos.

—Gus… —suspiró entre el beso. Con sus pies corrió la ropa de cama hacia atrás y dejó que el cuerpo tibio de su amante se adaptara a sus formas.

Sentir la piel de Gustav tan pegada a la suya le quitaba el aliento. Pero fue el segundo en que sintió la humedad de su lengua recorriéndole el cuello y bajando luego por la clavícula hasta sus pezones, lo que paralizó su corazón por un momento. La lengua de Gustav era húmeda, cálida, algo rasposa a veces, provocándole cosquillas y placer al mismo tiempo. Le hacían temblar. Su miembro ya estaba duro, lleno de sangre caliente. El castaño restregó su pelvis en la de su amante gimiendo gustoso. El de gafas respondió con un quejido ronco.

—Quiero verte —dijo jadeante el castaño y el de gafas encendió la lámpara junto a la cama. Se sentó sobre Georg y se quedó allí. El castaño recorrió con sus manos su vientre, y subió hasta su pecho, con los dedos acarició suavemente los pezones de su amado, y Gustav cerró los ojos dejándose llevar por la excitación. Debajo de sus boxers el pene duro y grueso demandaba atención. Georg miró el bulto que se formaba debajo de la tela, y bajó los boxers suavemente hasta dejar al aire su miembro que lucía palpitante, rojo, grueso, con la pequeña abertura en la punta dejando salir pequeñas gotitas del líquido preseminal.

Georg estuvo seguro de lo que quería. Puso sus manos en ese miembro y lo acarició suavemente, casi torturando a su dueño que dejó escapar un gemido de placer. Le soltó y alargó su mano hacia su bolso que tenía junto a la cama.

—¿Qué haces?

—Busco algo —luego de unos segundos el castaño sacó un tubo.

Adivinando de qué se trataba preguntó extrañado —Georg ¿de dónde sacaste eso?

—Como un boyscout, “siempre listo” —y se rieron —pero quiero que me lo pongas a mí.

—¿Cómo?, ¿para qué?

—Shhhh —respondió el castaño. Se quitó los boxers dejando a la vista de Gus su miembro erecto.

—Bueno, reconozco que no es un frijol —y ambos rieron más fuerte.

—Deja concentrarme Gus, sino nos darán las 6 de la mañana aquí tratando de hacer algo —reía mientras se llevó dos dedos embetunados en ese gel hasta su propia entrada —quiero que tú entres. Al de gafas la escena dibujada ante sus pupilas era irreal. Georg estaba con sus piernas abiertas sus testículos lucían grandes, ostentosos, coronados por el pene tieso y rozagante. Contrario a lo que pudo imaginar antes, no le dio ni asco ni vergüenza ajena, sólo pudo sentir deseo al ver cómo además hacía esfuerzos por meter sus dedos.

El de gafas dejó que sus ganas lo guiaran, y apartó con suavidad los dedos de Georg e introdujo los suyos lentamente, sintiendo el esfínter tibio, suave y estrecho del castaño, que entre quejidos se dejaba hacer.

—¿Te duele? —preguntó Gustav preocupado.

—No —y gimió otra vez —sigue Gus… Oh Gus. —el sudor comenzaba a aparecer en la piel de Gustav, que ya ansioso se quitó con una mano la prenda que tenía por las caderas, sin dejar de penetrar al castaño con sus dedos. Poco a poco los músculos que rodean la entrada se fueron relajando, abriéndose poco a poco.

—Hagámoslo Gus, ya quiero… —el de gafas se acostó a su lado apoyando la espalda en la cabecera. Acomodó la almohada y extendió su erección.

—Súbete —le dijo y el castaño se puso sobre él mientras el de gafas volvía a meter los dedos. Guió la punta de su sexo a la pequeña abertura de Georg y éste comenzó a bajar lentamente con algo de miedo. El de gafas tampoco quería lastimar a su amante —¿te duele ahora? —y el castaño negó con su cabeza, dejó que entrara un poco más y cerró los ojos apretándolos con fuerza, mientras hacía una mueca de desagrado —¿quieres detenerte?

—No, no –dijo con la respiración entrecortada —quiero seguir —y tomando aire bajó con fuerzas sus caderas empalándose en el miembro de Gustav.

Se quedaron quietos, conteniendo el aire. Gustav aguantándose de moverse para sentir el roce y la estrechez de Georg en su pene. Georg aguantando el dolor y la sensación de extremo estiramiento de la piel de su ano. Con lentitud el castaño acercó su rostro y besó al de gafas —te amo —le dijo —no podría dejar de amarte —Gustav correspondió el beso lleno de excitación y siguiendo los dictámenes de su cuerpo, tomó el miembro de su amado entre sus manos y lo comenzó a masajear. El castaño comenzó a gemir renovándose en él, el deseo, y comenzó a moverse. La mixtura de placer y dolor se volvían adictivos y quería más. Dejó que esa sensación dolorosamente deliciosa llenara su cuerpo, al mismo tiempo que contemplaba el rostro de Gustav que con ojos nublados y la boca entreabierta dejaba salir gemidos y palabras incoherentes de placer. Decía su nombre en medio de los susurros. Se dio cuenta que aquello que venía soñando dormido e incluso despierto, estaba ocurriendo de verdad, y decidió disfrutarlo sin pensar en nada. Dejó hundir sus caderas totalmente, obligando al miembro de Gustav entrar por completo. Entonces tocó el cielo. La primera sensación lo dejó sin aliento, y volvió a empalarse, y aquella sensación llenó su cuerpo y explotó en cada célula extasiándolo. Un grito que ni siquiera pudo prevenir salió de su boca —Ah Gus, esto es… Esto…ah —y volvió a subir y bajar para provocarse el placer una y otra vez, mientras el glande de Gustav tocaba su próstata, llevándolo al borde de la locura. El de gafas comenzó a mover su pelvis para facilitar la penetración.

Siguieron así sin dejar de moverse, intentando controlar los gemidos. Gustav trataba decir algo con sentido pero su boca no obedecía a su pensamientos ya dispersos y bloqueados por el placer. Veía el cabello de su amante que se movía dejando mechones pegados en su rostro húmedo de sudor.

—Más , más —decía la jadeante boca de Georg, mientras Gustav dejaba subir su placer cada vez al punto que supo que no podría aguantar más. Dejó su cuerpo flotar en el orgasmo que anunciaba llenarlo por completo al mismo tiempo que su pene se engrosaba a punto de explotar, mientras escuchaba los quejidos de su amante subir de intensidad también. Sin quitar sus manos sobre el miembro del castaño dejó que éste se liberara a través de agudos grititos, en el momento que él saboreaba el orgasmo ansiado, esperado, delirando con palabras rotas por el placer. La humedad de su amado saltó hasta su vientre, y los estertores colmaron su cuerpo, desfalleciendo luego sobre Gustav, con la respiración aún enloquecida. —No te arrepientas de esto por favor, Gustav —dijo con su voz quebrada, suplicante —no lo soportaría.

El de gafas lo abrazó con fuerza y sin soltarlo buscó la boca del castaño llenándola con su lengua, ansioso, desesperado aún por sentirlo ¿Cómo era posible sentirse así acabado el orgasmo?, ¿acaso no debía estar lleno de hastío? ¿No se suponía que el deseo se acababa cuando terminaba el orgasmo? Pero no, ahí estaba ansiando tener todavía a Georg, y sin ganas de soltarlo. Lo dejó de besar, lo miró a los ojos y por primera vez en su vida sintiéndose en armonía con sus sentimientos dijo —te amo Georg, ahora lo sé —y sonrieron felices.

El castaño se fue deslizando lentamente hasta caer junto al cuerpo de Gustav. Ambos habían quedado llenos de sus propias humedades. Se acomodaron mejor sobre la única almohada y se besaron sin prisa. Cerraron sus ojos, y así sintiéndose húmedos, pegajosos, pero no por eso incómodos, se durmieron relajados al fin.

&

Tom se había dormido profundamente, pero luego de un rato extrañó sentir el pecho de su amado, y se despertó intentando abrir los ojos para buscarle con la mirada. No estaba. La claridad de la ventana le anunciaba el amanecer. Miró su reloj y vio que eran algunos minutos después de las seis. Aguzó su oído por si escuchaba a Bill en el baño, pero nada. Se levantó y fue a buscarlo. Al abrir la puerta y ver el vacío, suspiró preguntándose en dónde estaba. Decidió bajar. Se puso su camiseta, una chaqueta, los mismos pantalones del día anterior y salió de la habitación.

—¿No estaré en unos de esos sueños otra vez? Bill me dijo que no soñara —pensó mientras sonreía —como si uno pudiera evitar soñar. De acuerdo ¿qué me quieres mostrar Bill Kaulitz? —y se dejó llevar por el instinto.

Caminó por la casa sintiéndola silenciosa y vacía. Un halo de tristeza envolvía la atmósfera, y eso no le gustó. Llegó hasta el patio de servicio, y no vio nada distinto —¿qué me quieres mostrar? —se repitió y el impulso le dijo que debía seguir hasta el mausoleo.

Caminó con prisa y dejó que la ansiedad acelerara sus movimientos y su respiración.

A unos cuantos metros del panteón se detuvo. Miró el cielo, aún coronado con algunas estrellas. La luna menguante se iba escondiendo tras lo montes que daban al Oeste. Para el Este, la luz del día se anunciaba en todo su esplendor.

Acortó la distancia con el mausoleo y no le extrañó verlo abierto. Avanzó despacio, sin hacer ruido. Un lastimero sollozo apretó su estómago y su corazón. Sabía quién era y sabía por quién lloraba.

Al bajar los últimos peldaños de la escalera de mármol le vio. Estaba en posición fetal bajo la tumba de su hermano. Vestía ropa oscura. Su cara estaba cubierta por sus manos, y sobre ellas el cabello negro caía como un manto.

El de trenzas se quedó paralizado al ver esa escena tan sobrecogedora. ¿Qué podía decir?

—Bill, no llores.

—¡Tom! Tom —y se abalanzó a los brazos del de trenzas —Me he sentido tan solo —dijo en medio del llanto, y escondió su rostro en el cuello en Tom. El de trenzas le abrazó con fuerzas y besó sus cabellos.

—Estás helado Bill

—Como mi corazón desde que te fuiste de este mundo… Tom, quédate conmigo.

—Sabes que no puedo —los ojos de Tom comenzaron a humedecerse, miró el rostro de Bill. Lucía pálido, ojeroso, demacrado —¿Estás consciente de lo que están haciendo contigo?, ¿lo sabes? —Bill asintió y se separó un poco —Entonces vete de este lugar. Terminarás muriéndote.

—Aquí está Tom, no me voy a ir. Este lugar es nuestro, no lo voy a ceder.

—Pero si mueres, igual lo perderás —Bill negó con su cabeza, con desesperación.

—¡No! No, ellos lo creerán así, pero no.

—Sé que escondiste el libro junto a tu tumba, así lo ordenaste, sé que ahí habías dejado la llave al principio, pero antes de esconder el libro, cambiaste de opinión y la llave la ocultaste en un cuarto escondido en el área de servicio, en un pasadizo secreto a siete pasos de la entrada. —Bill abrió la boca con sorpresa.

—¿Por qué habría de hacer algo así yo?

—No lo sé, pero en mi tiempo robaron el libro desde este mausoleo, y si la llave no la hubieses escondido en otro lugar, los del otro grupo, que no sé quiénes son, estarían en poder de la llave y de las escrituras, de todo.

Bill se dio media vuelta mirando el espacio que su propio cuerpo marchito ocuparía en un tiempo más.

—Entonces, deberé hacer algunos cambios. ¿Quién maneja mi propiedad?, ¿alguien de la familia?, ¿los descendientes de Marianne?

Tom negó, bajando la mirada.

—Marianne morirá junto a su amante, y tu tío también pocas horas después. —Tom tragó saliva —Liz Garten será administrada como Museo por la Municipalidad de Schönau am Königssee y…

—¡¿Como museo?!,¡¿un museo?! ¡Mi hogar, mi casa, el lugar que es testigo de mi vida, de mi gemelo!,¡de nuestro amor! —y lloraba otra vez —¡No lo acepto! ¡No, no, no!

—Bill, tú dejaste un testamento breve con los planos de la propiedad junto a la llave.

—Sí —dijo Bill deteniendo el sollozo, y mirando con ansiedad —esa es la solución.

—¿Cuál?

—Dame tu fecha de nacimiento y tu nombre.

—Bill, no, no lo hagas. Yo no sé qué hacer con el peso de lo que me has dejado.

—¡Es la solución! ¿No te das cuenta?… ¿Tom? —se acercó al de trenzas y le tomó la cara suavemente —Tú has nacido en esa época , y si lo has hecho es para reivindicar mi historia, la de Tom, nuestro amor. Tú eres mi Tom. Cuánto quisiera yo que te quedaras conmigo. Pero mis días se apagan y mi oportunidad se ha acabado. Pero tú no, dime ¿He nacido yo también en ese siglo? —Tom asintió y las lágrimas comenzaron a correr por su mejillas —¿Somos hermanos?

—No, pero nos amamos, como tú amas a Tom, como Tom te amaba a ti, estoy seguro.

—¿Ves?, ¿lo ves? Dame la oportunidad de hacer algo por nosotros, los de este tiempo y los del futuro. Mi amado Tom yace frío tras esa pared de mármol, y pronto estaré a su lado, soñando con la esperanza de renacer, de vivir otra vez, de amarnos como lo hemos hecho cada día de nuestra vida. Déjame ayudarnos, a ustedes y a nosotros, que aunque nuestros cuerpos no sean más que un breve recuerdo detrás de una lápida, nuestro aliento estará en sus bocas, mi alma estará en el que tú amas en tu tiempo, y el alma de mi amado Tom estará en ti.

Tom asintió y Bill tomó su mano. Caminaron rápido hasta la mansión. Entraron al estudio, Bill sacó un cuaderno empastado y una pluma de uno de los cajones.

—De acuerdo joven Tom. Dame tus datos.

—Tom Trümper, y nací el 1º de Septiembre de 1989.

—¿El mismo día que yo, pero en otro siglo? —dijo mientras terminaba de escribir —Y ¿tu amado?

—Bill… No lo sé, no me lo ha dicho, sé que se llama Bill Koening.

—Está bien es lo de menos.

—¿Qué fecha es hoy? —el de trenzas necesitaba ubicar en el tiempo lo que estaba viendo.

—Julio, 15 de Julio de 1864.

—¡¿Bill?! ¡¿Ya andas delirando niño?! —ambos jóvenes se sobresaltaron al escuchar la voz enfurecida de un hombre. —Deberé darte otra dosis de la medicina.

—Es mi tío, debes irte o esconderte. —habló Bill en un susurro.

—¡Pero es que no sé cómo irme!

—¡Bill! ¡Maldito crío que no dejas dormir! ¡Deja de conversar con el aire!

—¡Tom por favor debes irte! —dijo desesperado el joven de melena negra —¡si te ve, correrás peligro, y no podré protegerte! ¡Tom, por favor, Tom! ¡Tom! —y se despertó.

Bill lo miraba con algo de angustia.

—Ohh Tom, me asustaste. No dejabas de sollozar y no podía despertarte. —el de trenzas se cubrió la cara con sus manos, intentando ordenar sus ideas.

—Fue otro sueño. Estaba con Bill. Ahora sé por qué mi nombre estaba en ese testamento.

—Seguramente estaba algo desesperado.

—Y se angustió mucho más cuando le conté que su mansión sería un museo, que se robarían el libro, entonces tomó decisiones a último momento.

—¿Qué época era?

—Espera, intento recordar.. era Julio de 1864, día… Día 15.

—Le quedaba poco de vida. Bill murió el 3 de Septiembre de 1864.

—Se veía muy mal. Aún era la amanecida y él estaba en el mausoleo. Se veía demacrado, mal. Seguramente no dormía casi, y si además lo estaban envenenando… El tío venía gritando algo de darle su medicina, que si acaso estaba delirando otra vez, y es porque nos escuchó hablar —Tom se puso a llorar.

—Tom, amor, escúchame —el de trenzas asintió y contuvo los sollozos —Eso ya pasó, eso ya fue hace mucho tiempo. Ya no sufras más por eso. Yo estoy aquí ahora, y ya no tengo dolor en mi alma, eso se fue. Desapareció hace más de un siglo. Lo único que quedó incólume es mi amor por ti. Eso nunca cambiará. Ahora debemos pensar en el futuro. Debemos darnos la oportunidad que nos quitaron entonces. La oportunidad de envejecer juntos, de vivir nuestro amor como nos plazca.

—Bill te amo –y atrapó sus labios con los suyos lamiendo y buscando su lengua. El pelinegro se apoyó completamente sobre el cuerpo de Tom, suspirando en su boca. Y pensó que sin duda alguna, era una buena forma de saludar el día.

De pronto un grito y un estruendoso ruido de una puerta que se golpeó, los sacudió, y se escuchó gente correr. Bill y Tom se levantaron poniéndose la ropa que tenían a mano. El de trenzas reconoció la voz de Andreas. Decía algo sin sentido y lloraba a gritos.

En un par de segundos todos estaban en el pasillo. Aún no eran las siete de la mañana, según el gran reloj antiguo ornamentado con dos sirenas, y varias quimeras y hojas talladas en madera, que estaba en el corredor. Tom miró el reloj y sintió que el tiempo se detenía, una sensación extraña le envolvía el alma. Veía a los otros gesticular y sus caras exaltadas, con semblantes consternados, pero no escuchaba nada. De pronto una sola palabra lo sacó del encierro de sus sentidos.

—¡Muerto! —y la palabra dicha por Andreas se repitió en su cerebro cual eco.

—¿Quién? —preguntó angustiado Tom. Pero nadie respondía, seguramente todos hablaban en algún idioma desconocido, porque no entendía cómo era que todos decían algo, pero ninguna palabra era comprensible para Tom —¿Quién está muerto? —repitió ya asustado.

—¡El oficial Hansen Tom! —fue la categórica respuesta de Georg que al fin logró comprender.

Bill ya estaba dentro de la habitación, y Tom se acercó a ella. El hombre estaba boca arriba con la mandíbula y los ojos abiertos. Una sustancia entre verdosa y café tenía en el pecho y en el cuello. El olor nauseabundo de aguas podridas llenó de golpe sus fosas nasales, ocasionándole una arcada.

—No deben tocar nada —dijo uno de los policías que acababa de subir —ahora esto se vuelve más complejo, porque nadie entró o salió de la mansión durante la noche, vigilamos cuidadosamente.

—¿Eso significa que Andreas se convierte en el sospechoso número uno? —preguntó preocupado el pelinegro. El policía se giró a ver al joven rubio que lloraba hecho un ovillo de tan enroscado en si mismo sobre la alfombra del pasillo, mientras Gustav intentaba darle consuelo. Luego se volvió a mirar a Bill y asintió.

Tom bufó. Tal parecía como si esa mansión se empeñara en mantenerles en el lugar a toda costa.

Anton estaba pálido, y Markus intentaba mantenerse calmado caminando de aquí para allá.

—¿Pero qué es esa cosa que tiene en el cuerpo? —preguntó el castaño.

—Se parece a la sustancia que deja ese… Ese ente —concluyó el señor Frank.

Se escuchó la llegada de las patrullas, con el Teniente Wendt al mando. Luego de unos segundos estaba todo lleno de policías y de peritos criminalísticos vestidos con unos trajes ajustados blancos y mascarillas del mismo color. Sus cabezas iban cubiertas con gorros. Parecían personajes sacados de la película Epidemia, y un escalofríos recorrió la espalda de los presentes. Hicieron salir a todos, mientras la policía delimitaba el sitio del crimen con una cinta amarilla.

—Lo mejor es que esperen abajo. Acá será todo revisado, incluyendo sus pertenencias que quedaron en los dormitorios. —señaló el teniente.

—¡No puede hacer eso!

—Sí puedo, señor Berg. Y más le vale que se mantenga tranquilo y paciente, ¡porque yo estoy a punto de perder la mía!.¡Alguien asesinó a un policía y eso es grave! —la cara del teniente tomó un color rojo, y su nariz ahora lucía casi morada. Tomó aire y se calmó —Ahora les pido, por favor, que se vayan a la cocina y nos dejen trabajar.

Bill sintió que su estómago se apretaba. Las reliquias más importantes de su vida y de la de Tom estaban escondidas bajo la mesita de noche. Debía actuar pronto. Debía encontrar la solución. Y como si Tom le leyera el pensamiento, le dijo en un susurro —Bill, el libro, el testamento —los ojitos de espanto de su amado enternecieron el corazón del mago. Y solo le respondió poniendo su dedo sobre la boca indicándole silencio.

Una vez en la cocina, cuál de todos tenía peor aspecto. Nadie había alcanzado a vestirse con algo de formalidad, ni peinarse, ni ir al baño. Georg y Gustav aún tenían restos de semen en sus cuerpos y tenían la sensación de que ese olor tan característico era olfateado por todos.

—Quiero ir al baño —reclamó acongojado el castaño, y no fue poca su sorpresa cuando se dio cuenta que los demás tenían la misma urgencia, aunque por diferentes razones. Todos habían empezado a manifestar la necesidad de asearse o simplemente satisfacer sus necesidades fisiológicas.

Bill supo que fingir una ida al baño era lo mejor para intentar algún movimiento y sacar los documentos y la llave, antes de que la policía los encontrara. Pero en la cocina estaban también Anton y Markus, y eso le impedía coordinarse con otro. Necesitaba un cómplice. Tampoco facilitaba las cosas el policía de punto fijo junto a la puerta —¡Scheisse! —pensó.

—¿Cómo lo harás? —le susurró Tom. Una vez más había logrado meterse en sus pensamientos.

—Iré al baño y haré el desdoblamiento para distraer a los policías, mientras alguien más escala hasta el balcón del dormitorio, saca todo debajo de la mesita de noche y…

—No. Es mejor de está manera Bill —Tom miró a su alrededor y vio que Anton se preparaba un café, Markus hablaba por teléfono con su esposa. Georg y Gustav extrañamente se hablaban al oído muy juntitos, y Andreas no dejaba de sollozar, mientras se tomaba un café —tú haces como que dormitas aquí, sentado ¿puedes desdoblarte así? —Bill asintió —bien, mientras tú haces eso, yo iré al baño y me colaré hasta el dormitorio.

—No –dijo Bill preocupado.

—Sí señor. Y no hay más que hablar —se puso de pie y anunció —Voy al baño.

—Yo voy contigo —dijo el castaño. Tom le sonrió y miró a Bill que suspiró resignado.

—De acuerdo, mientras yo dormitaré un momento —el pelinegro echó la cabeza hacia atrás, se acomodó en el asiento y puso sus manos cruzadas sobre su regazo.

Llegaron a uno de los baños de servicio que daba justo debajo del balcón de la habitación que habían ocupado Bill y Tom. El de trenzas abrió la ventana y se asomó buscando la forma de llegar hasta allá.

—¡No me digas!. Tú no pretendes orinar o algo por el estilo, ¿verdad?

—Debemos rescatar el testamento, los planos, el libro, la llave ¡todo! —el castaño se llevó una mano a la boca, recordando asustado de que todo lo habían dejado allá arriba y podría ser descubierto.

—Y yo que pensaba que la mayor preocupación era andar así, pegajoso. —Tom se dio vuelta a mirarlo extrañado, viendo como el castaño se examinaba el vientre y no pudo evitar soltar una ligera carcajada —no te rías, esto no es cómodo —se quitó la camiseta y los pantalones y se comenzó a lavar.

—Entonces ¿llegaron a algún acuerdo?

—Creo que sí, y que conste que la iniciativa la tomó Gustav.

—No abras la puerta por nada del mundo. —le susurró.

—Okay.

Tom salió por la estrecha ventana y se colgó del árbol hasta subir a las ramas más altas y que pudieran sostener su peso. Georg le observaba desde abajo conteniendo la respiración, y cerrando los ojos cuando veía los esfuerzos de Tom por conservar el equilibrio. Desde allí el de trenzas se estiró lo más que pudo hasta alcanzar un pequeño balcón que correspondía a una habitación de servicio en el entrepiso. Hasta ese momento no había resultado tan difícil, pero ahora, para poder llegar al balcón de “su” habitación, que estaba unos dos metros más arriba, debía arrastrarse por la cornisa, mientras se sujetaría de un borde más angosto que sobresalía y que daba justo al balcón. Debía arrastrarse unos tres metros hacia el costado, hasta llegar a la altura de donde debía subir.

Se asió firmemente, mientras Georg allá abajo decía una pequeña oración al primer santo que quisiera escucharlo.

Avanzó lentamente, pequeñas gotas de sudor asomaban por su frente, mientras se repetía calladamente—No mires hacia abajo, no mires hacia abajo.—de todas formas, su cuerpo iba tan pegado a la pared que no le daba espacio para mirar para ninguna parte más que hacia el costado. Arrastraba los pies con cuidado para no resbalar. La cornisa no era muy ancha, y sus pies cabían apenas. Después de avanzar lentamente por unos dos metros sus brazos se estaban cansando y sentía que todo el cuerpo le temblaba por el esfuerzo. Aun le quedaba un eterno metro hasta poder asirse a la baranda y se sentía desfallecer. Pero no podía fallar.

Cuando por fin su mano se sujetó al balcón, intentó calmar su respiración y su ritmo cardiaco. Descansó por unos breves segundos, y tomó impulso para izarse sobre la barandilla. Había logrado sujetarse por las axilas, pero uno de sus pies estaba en el aire mientras el otro seguía en la cornisa, sin atreverse a sacarlo de ahí. La solución estaba en subir el pie sin apoyo hasta la orilla del balcón y ponerlo entre las pequeñas columnas que formaban la balaustrada. Sabía que no tenía otra opción, sus fuerzas le estaban abandonando y caer desde esa altura podría ser mortal. Además, por una vez que hacía algo por el bien de la causa, no podía fracasar, su orgullo y amor propio se lo negaban, pero más que nada, era por la esperanza que su amado pelinegro tenía en ese instante de recuperar lo que tanto necesitaban conservar gracias a Tom.

Se dio impulso y a duras penas logró poner el pie en el balcón —debí ser bailarín o gimnasta, así no me dolería tanto entre las piernas por estirarme tanto —pensó. Volvió a darse impulso y subió el otro. Quedando en una extraña posición —el espía de Misión Imposible nunca quedó en una posición tan ridícula como la mía, con el trasero parado. Scheisse — sin saber cómo sujetarse y así poder erguirse, decidió lanzarse hacia dentro del balcón. Cayendo estrepitosamente cual largo era , esperando que el ruido sólo hubiera sido intenso para él. Esperó unos segundos, y como nadie vino a ver qué causó la bulla, se decidió a levantarse, abrir los ventanales y entrar.

Intentando no hacer ruido, se acercó a la mesa de noche, mientras afuera se escuchaba el ir y venir de los peritos y de la policía. Sacó todo lo que Bill había dejado, las llaves, los documentos, el libro. Sigiloso se devolvió hasta el balcón. Se asomó y miró a Georg —Ptsss … —fue todo el sonido que hizo mientras le mostraba lo que tenía en sus manos. El castaño le indicó mediante señas que los lanzara y que él los recogería. De pronto se escuchó que manipulaban la manija de la puerta. Tom miró hacia atrás, y su corazón dejó de latir. La puerta de la habitación comenzaba a abrirse.

&

El policía estaba dispuesto a abrir la puerta para comenzar con la revisión de las habitaciones. Puso su mano sobre la manilla y alcanzó a abrirla levemente cuando por el rabillo del ojo vio que alguien se asomaba por el pasillo. Alguien tal vez escondido detrás de una armadura de caballero medieval. El policía soltó la puerta y se dirigió con curiosidad hacia la armadura. Uno de sus compañeros, lo miró extrañado —¿qué viste?

Le hizo una seña de guardar silencio y lentamente se acercó hasta la armadura. El otro policía le siguió de cerca, sin hablar. Se asomó de improviso y no vio a nadie escondido. Se quedó pensando —juro que vi a alguien asomarse desde acá —ambos hombres se quedaron observando el espacio vacío entre la armadura y la pared.

—Dicen que acá hay fantasmas.

—Ah ¡Cállate!

De repente, a sus espaldas alguien hace —¡Buh! —los policías se sobresaltan y se dan vuelta. No había nadie. Nadie más que sus compañeros en el otro extremo del corredor. —¡Hey ustedes! —La voz surgió del mismo rincón donde estaba la armadura. Se giraron y no vieron nada más que las paredes.

—¿No lo ves? Son fantasmas

—No, debe ser que estamos medios asustados.

—Yo estoy asustado completito. —el primer policía se devolvió hacia la puerta de la habitación, y al tomar la manilla una voz recorrió el espacio del corredor.

—¡Phantoooommmm!

Todos se quedaron quietos, incluso los que estaban más alejados de la habitación, mirándose unos a otros, y preguntándose de dónde había venido ese susurro. Como nadie supo interpretar lo que sucedía, continuaron en sus quehaceres.

El policía terminó de abrir la puerta y vio las ventanas del balcón abiertas. Las cortinas se movían por la brisa.

—¿Ves? Era sólo el viento.

&

Tom trabajosamente había terminado de bajar. Lastimándose una mano, raspándose un codo, pero al fin llegando de una pieza al suelo. Se metió por la ventana, y se limpió un poco.

—¿Qué haremos con esto ahora? —le preguntó el castaño, mostrándole los elementos rescatados desde la habitación.

—¿Guardarlas en el pasadizo secreto?

—Buena idea.

Partieron rápidamente. Pero justo en el momento que iban a abrir, sintieron ruido de personas que venían bajando por la escalera, seguramente policías. Tom agarró de la camiseta a Georg y se metió por el costado de la escalera, hundió sus dedos en la pared, se abrió la puerta camuflada y entraron de sopetón a la pequeña bodega escondida que Tom ya conocía. Georg se quedó mirando el lugar sorprendido.

—¿Cómo sabías de este lugar?

—Ayer Bill me lo mostró.

Entonces Georg se fijó en un elemento que parecía fuera de lugar.

—¿Para qué?¿Estuvieron comiendo zanahoria? —y el de trenzas se sonrojó hasta las orejas.

—No sé. ¡No! ¡Sí! ¡Quiero decir que no! —dijo nervioso, mientras con dos dedos tomaba el tubérculo y lo lanzaba lejos a un rincón. El castaño lo miró de reojo con cara maliciosa, quería averiguar qué habían hecho en esa pequeña habitación que ponía a Tom tan nervioso y lo hacía sonrojarse, pero justo en ese momento ya no habían moros en la costa y Tom le hizo señas de salir. Dejaron la llave y los documentos ahí y salieron.

Llegaron a la cocina, donde Bill ya estaba “despierto”. El de trenzas apareció con una sonrisa de oreja a oreja y el pelinegro al verlo se levantó, se abalanzó sobre él, lo abrazó y se aferró a su boca con pasión. En un principio Tom se quedó con los brazos abiertos tomado por sorpresa, pero luego se relajó y lo abrazó. De a poco se fueron soltando y Bill lo tomó de la mano.

—¿Estás bien?

—Sí, lo estoy. Fui a dejar cierto elemento en la bodega escondida —le susurró, ambos se sentaron, pero la conversación se vio interrumpida al aparecer algunos de los peritos y el teniente con ellos.

—Teniente Wendt, qué nos puede decir.

—Señor Markus Frank, señor Berg, jóvenes —comenzó diciendo el policía siempre con ese tono tan ceremonioso, para darle dramatismo a sus palabras —el oficial Hansen murió asfixiado, esas serían las conclusiones preliminares de la investigación in situ. Su boca y todas su vías respiratorias estaban llenas de esos restos que al parecer serían fango, agua con elementos en descomposición. Debo confesar que estoy algo confundido y extrañado. Tenía esa sustancia sobre su cuerpo, y había algo de eso junto a su cama en el piso hacia el lado derecho también. El asesino pisó sobre esta sustancia, pero sus huellas se pierden antes de llegar a la puerta. Simplemente desaparecen.

Todos los presentes suspiraron e intentaron acomodarse en sus asientos. El policía le dio una aspirada a su cigarro y continuó hablando con su frente arrugada.

—El oficial falleció entre las cuatro y cinco de la madrugada, y lamentablemente el único que no tiene una coartada es el compañero de habitación, el señor Andreas Binder, y estoy segu…

Las palabras del teniente fueron interrumpidas cuando la puerta que daba hacia el patio de servicio, se abrió de improviso, y apareció ante todos una mujer de cabellos ondulados oscuros. Vestía un vestido largo de hilo color vainilla que se ceñía a su figura perfecta. Tenía un escote bien definido aunque extrañamente algo recatado. Llevaba unas botas de tacón bajo y de caña larga hasta debajo de sus rodillas. Sus ojos verdes destacaban en su piel blanca y mejillas sonrosadas. Sus labios carnosos sonrieron al instante pero su sonrisa se congeló cuando vio los ojos llorosos del rubio.

—¿Qué te sucedió guapo? —se acercó presurosa y se sentó junto a él, pasando el dedo pulgar por sus mejillas para quitar la humedad que aún quedaba bajo sus ojos —¿Por qué llorabas? —los ojos de Andreas eran dos cuencas azules abiertas a su máxima capacidad, su boca hacía lo mismo.

El policía barrigón carraspeó con fuerza —Señorita ¿nos haría el favor de decirnos quién diablos es usted?

—Ah, disculpe oficial.

—Teniente Wendt.

—De acuerdo, teniente Wendt. Soy Alexa Haider —dijo mientras se acercaba estirando la mano hacia el policía. El policía casi dejó caer el cigarrillo que se sostenía apenas en su labio, impactado con la sensual forma de caminar de la mujer —aunque soy más conocida como La Dama del Lago —el resto de los hombres, cuál de todos tenía los ojos más abiertos. —y venía a devolver algo que a mi… Bueno a Andreas se le quedó en mi habitación esta madrugada. Y si hay algún problema, pues verá oficial, es que sólo lo dejé regresar cerca de las siete de la mañana. Es mi culpa —dijo haciendo un mohín.

—El problema señorita Haider, es que un oficial de policía fue asesinado en la habitación del señor Andreas Binder, y le repito soy el teniente.—la mujer puso cara de sorpresa y se volvió a hacia el rubio, que aún no podía cerrar la boca por el desconcierto.

—¿Y mi guapo rubio es el principal sospechoso?

—Emm verá señorita…

—Teniente ¿teniente verdad? —el policía rodó los ojos —mire usted, no creo que mi nene pudiera matar a nadie, porque quedó bastante cansado, le diré, con todo lo que le hice hacer —los amigos de Andreas, incluyendo Bill hacían esfuerzo para aguantar la risa. El rubio abrió la boca para decir algo, pero ella le apretó el muslo cerca de la ingle, y él sólo pudo dar un respingo.

—Sí, señorita, pero la verdad es que los policías que estaban de turno, haciendo guardia allá afuera, no vieron ni entrar ni salir a nadie de la mansión.

—¡Pero si los policías estaban durmiendo! —y se le cayó el cigarro al teniente.

—¡¿Qué dice?!

—Así es, se lo puedo dar firmado si quiere.

—Entonces, necesito hacer otras diligencias. En este momento, están sacando el cuerpo. Y sus pertenencias les serán devueltas. Pero hoy en la noche deberán dormir en otra ala de la mansión. Ese sector está clausurado por ahora.

—Era lo que faltaba —bufó Markus —por lo menos podremos movernos con libertad por el resto de la propiedad, supongo.

—Sí —respondió el policía —debo ir a la estación. Cualquier situación extraña me llaman.

—Bien, yo me debo ir. Aquí está el llavero que dejaste junto a mi cama nene. Y Teniente Wendt, si necesita para dar alguna declaración me avisa a través de Andreas —la mujer besó brevemente al rubio —adiós guapo, nos vemos. —y salió.

Todos tomaron sus cosas, y se dirigieron a los baños para asearse. Bill estaba preocupado por los documentos y la llave, y bajó a revisar que estuvieran en orden. Los escondió mejor detrás de uno de los muebles y regresó a las habitaciones de arriba.

Estaban todos los jóvenes en el dormitorio Kaulitz que quedaba cerca de la habitación rosa.

—Ya Andy, sincérate. ¿pasaste la noche con ella? —preguntó impaciente el castaño.

—Que ya les he dicho que no. Que luego de que todos subimos, yo me fui a mi cuarto, y la última vez que miré al oficial casi me volaba de tanto roncar. Luego me dormí. Estaba cansado. Dormí toda la noche hasta que ese olor me despertó. Entonces lo vi así, con esa expresión de horror en su cara —Andreas tembló y se envolvió con sus propios brazos.

—Es extraño entonces que la Dama del Lago viniera a darte una tabla de salvación por nada —dijo Bill. —algo más hay detrás de todo esto.

—Tal vez le gusta Andy —dijo el castaño sin más.

—Pero además Bill ¿cómo supo ella que yo tenía problemas?

—Pudo saberlo, ella puede hacer eso.

—No entiendo.

—Mejor veamos los turnos para usar el baño —dijo Gustav —Andy tú primero, por si te necesitan para algo, luego Bill y Tom, y al final Georg y yo.

—¿Y por qué en parejas? —reclamó el rubio —si hubiera sabido, pues le habría dicho a la castaña que se quedara conmigo.

—Es para economizar tiempo, Andy —explicó el de gafas. Bill y Tom sólo sonreían ante la discusión

—¡Ja! Estoy seguro que se van a demorar más así de a dos—el rubio agarró su toalla y se metió en la ducha. Tras unos breves segundos se sintió correr el agua.

—¿Luego vamos a recorrer el bosque? Me gustaría llegar hasta la cabaña. Necesito ir a buscar algo que dejé allá. —Tom sonrió y asintió entrelazando sus dedos a los del pelinegro.

De repente un golpe vino del baño, y los gritos de Andreas llenos de pavor les hizo dar un salto a todos. Corrieron hasta la puerta intentando abrirla, pero nada se podía hacer.

—¡Bill trata de abrirla! —suplicó Tom intentando empujar la puerta en vano junto con sus amigos. Mientras el rubio golpeaba desde el otro lado con desesperación, sin dejar de dar alaridos de espanto. Un olor a descompuesto empezó a salir por debajo de la puerta del baño. Una voz gutural repetía “por favor, por favor, por favor”.

—Lo intentaré —respondió Bill —apártense. —extendió su mano hacia la puerta y se concentró. El mago visualizó la energía del Cosmos pasando a través de sus chakras, para expulsarla luego por la palma de su mano y proyectarla sobre la puerta. Una sensación de frío le recorrió el cuerpo, y abrió sus ojos al percibir el peligro.

De pronto, la puerta se abrió de golpe, lanzando al rubio hacia la ducha, y arrojando el cuerpo de Bill hacia la ventana que se estrelló con violencia en el ventanal, cayendo inerte sobre el piso. Un hilillo de sangre corrió por su frente. Tom se abalanzó desesperado hasta su amado.

—¡Bill despierta! —sollozó sosteniendo su cabeza en sus piernas. —¡Bill, amor!

Continuará…

por administrador

Publico con autorización del autor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!