Waiting for you 30

CAPÍTULO 30

Bill siempre había apreciado los escasos recuerdos de la madre que lo crió en los primeros años de su vida, los escasos momentos de aquel cariño materno que luego desaparecieron y que sólo Marie pudo suplir de algún modo. Siempre agradeció que a pesar de todo nunca fue abandonado. Ahora, tantos años después, el pelinegro sentía que estaba a punto de tomar el inicio de una madeja enredada y confusa, que una puerta estaba a punto de abrirse, y el miedo a que esta puerta le azotara la cara una vez más tal como le había sucedido en ocasiones anteriores, en que parecía que estaba ad portas de aclarar toda su historia sumida en las brumas del misterio, para luego darse cuenta que no había llegado a ninguna parte, y moría sufriendo, sintiéndose solo… Ahora tal expectación le hacía temblar una vez más, aunque en este presente, tenía a Tom, su razón de vivir. Y ese pensamiento le daba fuerzas para contener el aire, el llanto, y la desesperación por saberlo todo de una sola vez. Ahora no podía ser peor, de ningún modo. Ahora podría afrontar lo que fuera.

—¿Por qué nos pregunta si somos gemelos? —inquirió con ansiedad controlada.

—Les diré, ella siempre soñaba con dos bebés en medio de la nieve, veía como se los quitaban de las manos —la voz de la mujer se volvió aguda y trémula —ella rogaba que no lo hicieran, pero los hombres no la escuchaban —Laura jadeaba intentando contener el llanto, desfigurando su cara por el dolor —miraba hacia la casa y la veía envuelta en llamas, quería salvar a alguien, no sabía a quién, quería ir a la casa, pero no quería perder a los bebés. Luego los hombres la arrojaron hacia la bodega, y le prendieron fuego. Esa pesadilla siempre la persiguió. Nunca supo si era real. Sin embargo, ella sabía que aquellos bebés eran gemelos, por lo menos en su sueño.

Tom se secó las lágrimas y se aclaró la garganta —¿Pero por qué ella no volvió con su familia?, ¿por qué no buscó a los bebés?

—Porque para ella era sólo una pesadilla —la mujer se puso de pie y se acercó a uno de los muebles que estaba junto al sofá —disculpen, ¿desean jugo? —los chicos negaron y Alexa se sintió pasada a llevar una vez más.

Molesta pidió —Señora King, a mí sí me agradaría un vaso de jugo — la chica miró con mala cara a los muchachos.

—Bien, voy por el jugo. Pero antes, quiero que vean una de las fotografías que conservo —La mujer tomó el portarretrato y se lo pasó a Bill. Él nunca había visto a Alexa, la miró percibiendo un aire familiar en sus facciones, luego le pasó el retrato a Tom. Éste lo observó y con lágrimas en los ojos asintió.

—Es ella Bill —fue todo lo que dijo. Luego se quedó en silencio, mientras Bill tomaba la mano de Tom entre la suya y entrecruzaban los dedos.

—Está bien cariño, cálmate —Tom tragó saliva y Bill le secó los ojos con la otra mano. El chico rubio asintió sin dejar de mirar el rostro sonriente de Antje.

—No sé por qué me afecta tanto. Todo esto me afecta tanto, y pensar que hace dos semanas mi vida era tan simple. —la mujer volvió con una bandeja con bizcochos y jugos.

—¿Saben? Como ella no recordaba nada de su vida anterior, cabía la posibilidad de que lo que soñaba fuera verdad, pero luego ella se auto convencía de que posiblemente era el recuerdo de alguna película, o algo así que en su subconsciente ella le daba la forma de pesadilla, además aunque hubiera sospechado que fuera real, la cuestión es que no tenía idea de dónde sucedió todo —la señora King le entregó un vaso con jugo de manzana a Alexa, y le ofreció un biscocho que la chica aceptó gustosa —el asunto es que ella llegó a mi casa pidiendo comida por allá por Marzo de 1990, aún hacía frío, acá la nieve se derrite bien entrada la primavera. Estaba entumida, y me dio tanta pena. Además me recordó a mi hija en cierto modo. Mi hija había fallecido de cáncer hacía un año y yo estaba muy sola. Éramos dos almas solitarias que se necesitaban y que se habían encontrado. La cobijé bajo mi techo, la ayudé y la cuidé como si fuera mi hija, la quise como a una. Hace un año que salió rumbo al trabajo que le habían ofrecido en un restaurante, creo que hacia Schönau…

—¡¿Qué?! —exclamaron los dos chicos.

—Y desde entonces que no sé nada de ella —los ojos azules de la mujer se volvieron cristalinos y gruesas lágrimas cayeron por sus mejillas —¡No puede ser mi vida tan miserable que pierda dos veces a una hija! —el sollozo le cortó el aire y no pudo seguir hablando. Bebió un poco de jugo —lo siento, disculpen. Ya estoy vieja.

—Es comprensible que se ponga así —la tranquilizó el pelinegro —debemos averiguar en Schönau… Ella debe estar allí.

—Algo debe haber ocurrido para que ella no volviera al único hogar que recordaba —señaló el de melena rubia.

—Ahora aclárenme una cosa, —los chicos miraron a Laura con expectación —¿son ustedes gemelos?

—Sí lo somos —comenzó explicando Bill —aunque…

—No fuimos criados por la misma familia —continuó el rubio —fuimos adoptados.

—Sí —asintió el mago —y ahora buscamos a nuestros verdaderos padres…

—La verdad señora King, es que… —Tom miró a Bill dudando por un instante si continuar o no, pero la mirada del pelinegro le dio la seguridad —lo que ella soñaba era la verdad, fue real. Eso sucedió.

—Pero… Entonces… Alguien quería hacerle daño a mi Antje. ¡Era verdad! Yo tuve sospechas… Y no hice nada… —la mujer rompió en llantos una vez —y si le hicieron daño… No la supe proteger.

—¿Por qué tuvo sospechas?

—Un hombre llamaba preguntando por ella, y luego, un día Antje se encontró con un hombre alto, vestido de negro, dijo que su cara le parecía conocida, pero no se pudo acordar en dónde lo conoció. Le dio miedo. Justo ese día iba con dos de mis sobrinos, así que el hombre le dijo que ella sabría de él otra vez, y se fue. Mi pobre Antje quedó angustiada, sin saber qué hacer. En esa época ella trabajaba en el Hotel Gasthof de Lindau junto con mis sobrinos, pero luego le ofrecieron ese puesto en el restaurante, con mejor horario y mejor sueldo. El puesto era para un pequeño resort cerca de acá en Staffelsee, lo extraño era que debía ir a entrevista a algún sector cerca de Schönau. Yo no quería que fuera, nadie la podía acompañar ese día. Ella fue de todos modos, era demasiado tentadora la oferta. Y nunca supe nada más.

—¿Fue a la policía?

—Sí, sí. A dejar una denuncia por posible desgracia. ¡Pero hasta ahora la investigación no arroja resultados! Es tan frustrante.

—Señora King, nosotros encontramos algo. Si me espera un segundo, le explico —Tom se levantó de su asiento y salió. Alexa miró extrañada al chico, pero Bill sabía bien de qué se trataba, por eso se quedó tranquilo. Laura esperó pacientemente, hasta que Tom regresó con la cajita de música —esto es lo que encontré.

Los ojos de Laura se abrieron descomunalmente —¡¿De dónde sacaron eso?!

—Lo encontramos en el hotel, en una de las habitaciones de servicio —Tom se la entregó a la mujer, que rompió en llanto otra vez.

Los jóvenes dejaron que ella se desahogara mientras escuchaba la música suave y melancólica de la cajita.

—¿Por qué estaba todavía ahí después de todo este tiempo?

—No lo sabemos señora King.

—Ustedes son gemelos, separados a los pocos meses, ¿verdad? —los chicos asintieron —entonces… ¿es posible que ustedes sean sus bebés?

—Estamos casi seguros, toda la información lo indica así —respondió Tom.

—¿Es posible que ella esté muerta? —la pregunta heló los cuerpos de todos en la sala.

—No sabemos —dijo Bill en un susurro —no queremos pensar en esa posibilidad, pero… Esa pesadilla suya le recordaba el día que le destruyeron su vida. Su esposo estaba en esa cabaña que se incendiaba, mi padre… Nuestro padre. Nosotros éramos bebés, y nos llevaron a un orfanato, de manera irregular, porque todos supusieron que los gemelos de Antje y Jörg murieron en ese incendio.

—¿Cuál era el verdadero nombre de Antje?

—Antje Kaulitz, descendiente de una familia de terratenientes muy importante del siglo 19.

—¿Pero por que querrían asesinarla, para qué destruir su familia y su vida? —lloraba la mujer.

—Por un gran tesoro que escondía la antigua mansión de la familia, del cual era heredera.

La mujer se frotaba las manos, se las estrujaba con vehemencia, haciendo enrojecer la piel blanca y pecosa —si ustedes van en busca de ella, a mí me gustaría ayudar.

Bill abrió la boca de la sorpresa pero sin poder emitir palabra. Sólo Tom fue capaz de decir lo obvio —¿está segura señora King?

—Llámenme abuela —sonrió tristemente la mujer con ojos llorosos —total, somos como de la familia —lo chicos sonrieron condescendientes —chicos, creo que ha llegado la hora de ponerme manos a la obra, así que seguiré de cerca las investigaciones. ¡Me voy con ustedes! —dijo entusiasmada.

—¡¿Con nosotros?! —exclamaron los gemelos al unísono.

—No pienso, ni quiero seguir esperando. Yo quiero a mi hija aunque sea para sepultarla de forma digna… ¡Esperen! —la mujer salió a toda prisa de la sala ante la mirada atónita de los tres jóvenes. Tom con la boca abierta y aún con los ojos llorosos se echó a reír.

—¡Qué mierda! —se secó los ojos —ya no tenemos de qué preocuparnos, ya no correremos peligros y no importarán las amenazas porque ahora tendremos ¡guardaespaldas! ¡La Super A!

—¿La Super A?

—Obvio Bill. La Super Abuela.

—Ah, Tom cállate —Alexa no hacía más que reír ante la idea, y Bill fruncía el ceño intentando no contagiarse de la risa mientras les hacía callar con un sonoro shhhh.

Alexa sin prestar atención a la amonestación del pelinegro siguió entre carcajadas—¿Se imaginan a la señora King con traje de Ninja ¡iiiiiiiaaaaaaaaa! —la chica hacía el ademán de un golpe de kárate — ¡iiiiiiiaaaaaaaa! Pero con aretes ja-ja-ja.

—¡Ya basta! —en vano Bill estaba tratando de que tomaran el asunto con seriedad, hasta que con tono más sombrío agregó —esto se nos está complicando. Ahora además deberemos cuidar de ella.

—Tienes razón —sentenció Tom y se terminó la risa. Luego de eso se quedaron en silencio, Tom sonreía porque dentro de todo, la situación le parecía hasta anecdótica y graciosa, sin embargo no podía abstraerse de que Bill se veía menos entusiasmado, menos relajado que horas antes. Sabía que le daba vueltas a algún asunto, lo notaba en la forma en que jugaba con sus dedos, pareciendo absorto en ellos, pero aún manteniendo el ceño arrugado, en un gesto que lo hacía ver tan hermoso a los ojos de Tom —¿sucede algo?

—No —Tom levantó una ceja en un gesto que Bill entendió como un no te creo —sí, pero no quiero hablar de eso ahora —y Tom supo que no era que no quisiera, si no más bien que no podía decirlo. Los segundos siguieron en silencio, mientras Alexa mataba el hambre comiendo. De pronto ésta se puso a llorar, y los dos chicos la miraron sin comprender qué le sucedía —¿estás bien? —preguntó preocupado Bill.

—Sí… Sniff —mientras le daba otra mordida a las rosquillas.

—Tus cambios de humor son extraños.

—Sniff… Sí… Sniff… Debe ser hormonaaaaal —y rompió a llorar —lo-lo-lo s-siento sniff —Bill rodó los ojos.

—Es lo que nos faltaba, que anduviera con nosotros La Llorona, ya nos parecemos al Escuadrón Mete la Pata, el Mago, la Princesa, la Super Abuela y La Llorona.

—¡Bill, no seas insensible!

—¡Por eso no me gustan las mujeres! —Tom lo miró con severidad —lo siento.

—¡Si yo sé que tú me odias Bill! ¡Buaaaaaa!

—¿Y qué más te da?

—No sniff no-no sé. Son las hormonas sniff. —Tom se acercó a ella y le acariciaba el cabello.

—Bill no te odia, sólo se comporta como un viejo cascarrabias —se dio vuelta hacia Bill, y el pelinegro le sacó la lengua. Idiota, dijo Tom en un susurro, gesticulando de manera exagerada.

Nuevamente el silencio se hizo escuchar y oían a lo lejos en algún sector de la casa a Laura conversando con alguien, mientras caminaba frenéticamente de un lado a otro. Luego ya no habló más y sus pasos comenzaron a acercarse junto al sonido inconfundible de un par de ruedas que eran arrastradas por el piso.

Por el umbral apareció la mujer con un bolso de mano y una valija pequeña —lo que necesite lo compraré. Ya hice la llamada avisando a mis sobrinos que me voy de viaje, pero no dije para qué —dio un fuerte suspiro, mientras los chicos permanecían estáticos con las bocas abiertas. Miró a Alexa extrañada —¿estás bien querida?

—Sí —moqueó la chica, mientras tenía atravesada en la boca otra rosquilla.

—¡Ah! No me digas ¿las hormonas? —la muchacha asintió —sí, cosas de mujeres, pasará. Ok, ¿nos vamos? —los chicos pestañearon repetidas veces hasta que pudieron reaccionar.

—Pero ahora sólo volveremos a la mansión, ya no tenemos más pistas… Por ahora —dijo Tom apesadumbrado.

—¡¿Cómo que no?! Yo tengo la dirección donde supuestamente fue la entrevista, ¡así que vamos!

—¿Puede decirnos cuál es? —preguntó ansioso Bill.

—No.

—¡¿NO?! —exclamaron los chicos.

—No —repitió lacónica la señora King, mientras caminaba hacia la salida.

Tom arriscó la nariz —¿por qué no?

—¡Por qué no, abuela! Y la boca le queda donde mismo jovencito ¡Desde ahora me respetará, y me llamará abuela cuando se dirija a mí! —Tom miró a Bill y rodó los ojos. Alexa era la que más disfrutaba de la escena y hacía grandes esfuerzos para no reírse de los muchachos —cuando lleguemos a Schönau les diré la dirección — salieron hacia la calle luminosa por el sol del mediodía, dispuestos a montarse una vez más en los vehículos.

El aullido de un lobo los alertó, y se dieron cuenta que era el rington del teléfono de Alexa —Andreas, amor —esta vez fue el pelinegro quien rodó los ojos —Sí, es que Bill y Tom me tienen secuestrada —lloriqueaba la muchacha —no me dejaron irme sola… Sniff… No confían en mí… Sí… Estoy muerta de hambre, no he comido nada…sniff… Sí.

Bill giró hacia la chica realmente indignado—¡¿Secuestrada?! ¿Alexa, estás loca? ¡No confiamos en ti, eso es todo!

Alexa se despidió de Andreas —¡Tom yo me voy contigo. No quiero estar cerca del animal de tu hermano-novio! —le hizo un pequeño desprecio a Bill y se metió al Cadillac con su cabello castaño y sedoso al viento.

—Yo la… —dijo Bill apretando los dientes y los puños —de todas formas no puedo llevar a nadie.

—Listo, casa cerrada —dijo Laura.

—¿Por qué no puedes llevar a nadie?

—Porque voy a regresar a Lindau, Tom.

—¡Por qué! —Bill se conmovió al ver la carita llena de desilusión de su amado.

—Señora King, suba al Cadillac de Tom, él la llevará —esperó que la mujer se alejara de ellos para poder explicar lo que sucedía —amor, ¿no te parece extraño que Alexa haya estado secuestrada en esa especie de cueva en el cementerio?, ¿que se apareciera Antje en ese lugar y que allí hubiese estado también Storm?

—Volverás a ese lugar —dijo bajito Tom con el corazón apretado —irás solo y yo no podré acompañarte —el miedo le subía hasta la garganta y los ojos se le aguaron por la impotencia de no poder hacer nada para evitar su partida —no quiero que te vayas —rogó.

—Mi amor, alguien debe ver que hay allí, pero esta vez iré preparado. No tengas miedo.

—Y tú crees que porque me lo pides yo me quedaré como si nada.

—Te ruego que te vayas a Schönau… Por favor. Tom.

Tom no evitó las lágrimas, no retuvo ninguna en sus ojos y en su garganta —siempre te vas, siempre me dejas —musitó —te vas y las horas que viva yo hasta tu regreso serán sólo agonía —Bill lo abrazó y besó el lóbulo de su oreja —no puede ser que en el mismo día me lleves al Cielo y después me dejes torturándome en el infierno —lloraba el rubio en el hombro de Bill.

Desde el todo-terreno, la señora King observaba la escena con extrañeza y se volvió hacia la chica buscando una explicación —y a esos chicos ¿qué les pasa?

—Cosas de pareja, supongo.

—¡¿Pareja?! —exclamó la mujer abriendo los ojos a su máxima capacidad.

—Volveré a Schönau más pronto de lo que piensas. Ahora te necesitan allá también. No es práctico que nos devolvamos a Lindau los dos. Alguien debe llevar a estas mujeres a donde quieren ir —Tom asintió, y Bill tomando su rostro con ambas manos lo besó con ternura abriendo suavemente los labios del rubio.

—¡Lo está besando!

—Y no ha visto nada aún señora, así que le pido mucha paciencia para que no le dé un infarto antes de tiempo —Laura le dio una mirada de reproche a la chica, pero no dijo nada más… Por ahora.

&

—Ya estoy impaciente, pasan y pasan las horas, y ni Alexa ni Tom llegan de una vez. ¡Pobre mi niña retenida contra su voluntad! Me muero por llamarla, pero la pondré más nerviosa aún…

—Andreas hablas como si no conocieras a Tom. Además, ¿qué hacía Alexa en Lindau?

—La raptó el mago ese, ese hombre de allá afuera.

—Eso me parece extraño… ¿para qué?, ¿qué consigue con eso? No entiendo —Gustav revolvía la olla donde se cocían las pastas, mientras en otra hervía lentamente la salsa blanca.

—¿Acaso crees que ella está mintiendo?

—No he dicho eso, pero me parece raro.

—Yo sé que eso quisiste decir.

—Tampoco te entiendo a ti —Andreas miró a Gustav con extrañeza —se supone que ya ni conocías a Alexa, y luego sin motivo aparente te regresa todo el amor.

—Oye, lo mío fue sólo pérdida de memoria. Recuerda que estos días también han sido traumáticos para mi. Llevamos en esta casa como dos semanas, y he vivido las experiencias más bizarras que uno se pueda imaginar. Y yo como científico… —Gustav lo miró con manos en caderas —ok, ok, pero eso ya pasó. Ahora recuperé mis recuerdos y necesito recuperar las horas perdidas con ella.

—A mi me vuelve loco ese hombre allá afuera, sólo mira, no se mueve. Luego ya no está, y aparece en otro lado.

—Sólo quiere asustarnos Gus. Si pudiera entrar ya lo habría hecho

—Mira Andy, eres tan confiado. Yo creo algo distinto. Es mi teoría.

—A ver, dila.

—Yo creo que puede entrar, y cuando lo haga lo hará fácilmente.

—Entonces, ¿por qué no entra de una vez?

—Porque está esperando a alguien.

—¿A quién?

—Piensa Andy.

—¿A Bill? —el de gafas negó con la cabeza —¿a Tom?

—Sí, ese es su duelo personal.

—Mierda. Espero que Bill venga con Tom, porque sólo él podrá protegerlo.

&

En la carretera, nadie podía quejarse de monotonía. El paisaje alpino era una delicia para la vista, y evitaba concentrarse demasiado tiempo en la conversación superflua que tenían las dos mujeres en el asiento trasero. Laura, haciendo caso de la recomendación de Alexa, había preferido ahogar su curiosidad, postergando las preguntas que tenía en la punta de la lengua para una ocasión más adecuada. De todas formas, sus nuevos nietos les eran unos completos desconocidos. Pero así mismo había sido con Antje, y no le costó nada amarla como si fuera su hija. Estos chicos tenían su misma sangre, seguramente se hacían querer fácilmente.

—Señora Luisa, le informo que hemos llegado a las cercanías de Schönau ¿quiere ir a descansar y luego continuar con la búsqueda? O…

—Prefiero ahora mismo, y soy tu abuela.

—Bien, deme la dirección.

—¡A ver! ¡Un momento! ¿no iremos a casa ahora mismo?

—No ¿deseas ir al baño?

—Sí, urgentemente. Tengo hambre. Quiero ver a Andreas. Quiero dormir.

—Oye, el que casi no ha dormido aquí soy yo.

—¡Quién te manda a ser un obseso del sexo!

—¡Que no fue por el sexo, fue por…! —Tom apretó los labios —¡No tengo por qué darte explicaciones a ti!

—Yo quiero ir a casa ¡Te lo exijo!

La señora King observaba la discusión absolutamente perpleja —querida, ¿que te bajó el azúcar?

—No señora Laura. Es sólo fastidio. Porque estos gemelos pervertidos sólo piensan en ellos mismos.

—¡Te bajas ahora ya! —el rubio detuvo el Escalade con cierta brusquedad en la berma. Salió del vehículo, fue hasta la puerta trasera derecha, y la abrió —¿Te quieres ir? ¡Vete!

—¡Aquí!

—Sí, aquí.

—No pienso —dijo la chica cruzándose de brazos.

—Fksnnfjjgvnjfjgjgkflrñlf —Tom retornó a su asiento de chofer, murmurando entre dientes.

—Estás diciendo palabras vulgares.

—Agradece que no te las dije a ti Alexa. —miró a la mujer de ojos azules —Señora…

—Abuela

Tom tomó aire y repitió pausado —Abuela, deme la dirección para ver por dónde debemos ir.

—¿Dónde estamos exactamente?

—En Alpenstrasse, a poco minutos de Schönau.

—Aquí está la dirección, creo que hemos llegado —Tom leyó la hoja de papel arrugado donde se leía Final de Kunterweg. Entrada por Alpenstrasse. Tom observó los letreros, y no se asombró de ver unos metros más allá uno que decía Intersección Grasslergasse y Kunterweg.

—Entonces vamos.

—Yo sólo veo casas y bosques.

—Buen punto Alexa —respondió Tom mientras conducía hacia el lugar señalado —no tiene sentido tener una entrevista para un puesto de trabajo en este lugar.

Después de unos breves instantes llegaron hasta una casa de un piso junto al bosque. Desde allí, el camino se volvía demasiado angosto para seguir con el Cadillac. El rubio se estacionó junto a la casa que a primera vista, parecía abandonada. —quédense aquí, y en caso de peligro, Alexa tú conduces y te vas a casa y llamas para dar aviso.

—No sé conducir, recuerda que yo uso escoba.

—JA-JA ¡Qué gracioso! Alexa no es momento de bromas.

—¡Es verdad, no sé conducir! Pero puedo llamar —Tom resopló. Esa chica era insufrible.

—Cuídate hijo —dijo la anciana.

Tom le sonrió, y se bajó del vehículo. Al llegar a la puerta iba a golpear, por si había alguien, pero se dio cuenta de que estaba abierta. Empujó suavemente y observó el lugar. Parecía sucio. Entró tratando de hacer el menor ruido posible. Hasta le pareció estúpido pretender encontrar una pista sobre su madre en ese lugar, era casi un chiste, pero por ahora era toda la pista que tenía. De pronto escuchó su Cadillac y de cómo éste partía sin él. Se suponía que ella no sabía conducir —¡pequeña tramposa! —exclamó olvidando su silencio anterior.

—¿Tom? —escuchó a sus espaldas. Con el corazón latiendo a mil, se aventuró a ir en busca de aquella voz. De pronto recordó que su celular se había quedado en el todo-terreno.

&

Bill había llamado repetidamente al celular de Tom. Algo no andaba bien, lo sentía en sus huesos, en sus estómago, en su alma. Si tan sólo supiera dónde estaba exactamente haría la proyección astral y podría verle y hablarle. Conducía a toda prisa, esperando acercarse a Schönau lo más rápido que su Freelander y la ley se lo permitían. Decidió llamar a la mansión, al teléfono de Andreas.

—Hallo. Soy Bill.

—Maldito sabandija ¿dónde tienes a Alexa?

—Yo también te extrañé Andreas. Se supone que deberían estar contigo, Tom y ella, hace ya bastante rato.

—¿En serio? Esas no son buenas noticias. ¿Les habrá pasado algo?

—No lo sé, pero tengo un mal presentimiento acerca de esto.

—Y tú, ¿por qué no estabas con ellos?

Bill resopló —debí regresar a Lindau a verificar un asunto, y lo que descubrí no es bueno.

—¿Es algo sobre Tom?

—Sí y no. Andy debo colgar, necesito encontrar a Tom. ¿Has hablado con Alexa en los últimos minutos?

—La he llamado, pero no responde.

—Lo mismo que Tom. ¡Mierda! Qué idiota he sido. Adiós.

.

—¿Qué sucede?

—Que Alexa y Tom están perdidos.

—Demos aviso a la policía —respondió el de gafas —espera, le aviso a Markus. Él tiene el número.

—De acuerdo —respondió Andreas. Una vocecita en su mente le decía que debía estar preparado.

&

—¡Suelta el volante niña loca! —gritaba Laura mientras le pegaba con el bolso de mano en la cabeza.

—¡Señora, no siga que vamos a chocar!

—¡Devuelve este auto a su dueño! —el vehículo zigzagueaba casi sin control, mientras Laura desde el asiento trasero no dejaba de golpear a la chica.

—¡Necesito ir al baño urgente! —y detuvo el Cadilllac, derrapando un poco al frenar.

—¡¿Y por qué no se lo dijiste a Tom y ya?!

—Porque a ese niño no le importa si me orino en su carro.

—Estoy segura, querida, que él, menos que nadie, desea tus orines sobre el asiento de su Escalade. ¡Dios, y dejamos a ese niño solo allá! —sólo entonces fueron conscientes del sonido típico del vibrador de un celular. Comenzaron a buscar con la mirada, pero justo en ese instante dejaron de llamar.

Alexa miró el entorno y se dio cuenta que las casas allí distaban unas de otras, y había mucho matorral. —Espere, voy a orinar —y se bajó del vehículo llevando su pequeño bolso deportivo y se perdió detrás de los matorrales. En eso volvió a sonar el vibrador. Laura como desesperada aguzó el oído hasta que pudo identificar el lugar preciso, debajo del asiento del chofer. Cuando por fin lo levantó, la pantalla indicaba 11 llamadas perdidas. Justo en ese momento volvieron a llamar.

—Hallo.

—¿Quién es?

—Soy Laura.

—Yo Bill, ¿dónde está Tom?

—Ay mi niño, Tom se quedó en una casa abandonada al final de Kunterweg. Y esta niña que se volvió loca, tomó el auto de Tom conmigo a bordo y salió.

—¿Y dónde está ella ahora?

—Orinando detrás de unos matorrales.

—¡¿Orinando?!

—Eso era lo que quería, orinar, por eso mismo se robó prácticamente el Cadillac de Tom y lo dejamos solo en un lugar que no me gustó para nada.

—Señora Laura.

—Abuela.

Bill bufó —abuela, recuerda por dónde llegó, cuál era la calle principal por donde entraron a Kunterweg.

—Sí, por Alpenstrasse.

—Ok, estoy por allá en 40 minutos. Convenza a esa loca que regresen pronto donde Tom.

—De acuerdo, adiós.

Tom se había regresado hacia el interior de la casa. Por las ventanas cerradas y sucias se colaba la luz de la tarde, provocando una mixtura de sombras y luces entre muebles viejos y polvorientos —¿Hay alguien aquí? —preguntó el rubio, esperando luego quieto y en silencio por alguna respuesta que finalmente no llegó. Recorrió una a una las habitaciones, con algo de miedo, en alerta, vigilando los rincones, detrás de las puertas, abrió un par de closets que contenían revistas viejas, prendas de vestir llenas de pelusas y telarañas. Llegó hasta la última habitación, y no había nadie. Decidió retornar hacia el exterior y esperar ahí que el Cadillac regresara o bien que se acabara el mundo, lo que ocurriera primero. La verdad es que Tom ya estaba cansado, habían sido casi dos semanas intensas llenas de tantas situaciones extrañas, bellas, románticas, apasionadas, terroríficas. Se preguntó si había alguna emoción que no hubiera experimentado en esos días, pensó un instante en ello y concluyó, ninguna.

En su retirada hacia fuera, Tom no percibió el piso que crujía de manera particular bajo sus pies en el corredor que llevaba hacia los dormitorios.
Cuando apareció en la puerta escuchó el rugir del motor de su Escalade, y respiró más tranquilo.

Por la carretera Bill conducía de prisa, no podía hacer más. Su celular le indicó la llamada entrante —¿Diga?

—Bill estoy bien.

—Espérame allí, voy para allá. ¿Tom?

—¿Sí?

—Vigila a Alexa.

—Lo haré.

Cuando llegó a Alpenstrasse, disminuyó la velocidad para no pasar de largo y perderse. Luego de unos minutos vio aquel letrero señalando que allí estaba Kunterweg. Cuando llegó, Tom estaba fumando apoyado en el Cadillac con las piernas cruzadas. Las dos mujeres conversaban sentadas en el vehículo con la puerta abierta.

Bill se detuvo junto a Tom, bajó del Freelander con una expresión indescifrable. Se acercó al chico rubio y lo besó efusivamente cortándole el aliento.

—Buenas tardes —dijo el rubio sorprendido —¿no se saluda primero?

—Prefiero el beso y decir “te amo” a mi persona especial —se separó lentamente de Tom y se paró frente a Alexa con las manos a los lados y las piernas abiertas —ahora me vas a explicar Alexa. Basta de falsedades, de omisiones, de mentiras —la voz segura y categórica del mago alertó a todos.

—¡Sobre qué!

—Bill ¿qué pasa?

—Dime Alexa, dinos. Todo.

—Pero es que no entiendo ¿es por tomar el Cadillac sin permiso?, ¿por hablar con Andreas?

—No. Es por las verdaderas razones que te llevaron a Lindau. Cuéntanos. Yo ya lo sé, pero quiero darte la última oportunidad para ser honesta con nosotros.

A la chica le había empezado a temblar el labio inferior y el mentón. Los ojos se le aguaron. Intentó balbucear algo, pero al parecer no tenía idea por dónde comenzar —lo-lo si-siento —sollozó levemente —yo nunca quise hacerles daño. Se los juro.

—Bill, por favor ¿puedes explicarme lo que pasa?

—Pues al parecer todos tenemos un secreto bien guardado. No sólo tú y yo cariño.

—Soy hija de Storm. Eso es lo que pasa. No me obligó a… Se suponía que debía desviarte de tu camino Tom. Se suponía que Bill cedería al chantaje de negociar mi liberación en el cementerio y que debía evitar que consiguieran información sobre Antje. Storm supuso muchas cosas, pero yo no soy lo que él ha querido que sea.

La chica lloraba ahora sin control, se sorbió los mocos —él nunca ha sido un padre para mí, como a todo el mundo, me ha utilizado cuando lo ha necesitado. Y me ha obligado fingir que no lo conozco. Lo de mi abuela es cierto. Ella le teme, y lo odia, por culpa suya mi madre enfermó, enloqueció y terminó suicidándose cuando yo era aún muy pequeña. Lo de hoy fue sólo un circo, es verdad que necesitaba orinar —rió ruborizándose un poco —pero es que no quiero que llegues a Liz Garten Tom. Él te está esperando. Y ahora mismo me debe odiar porque no hemos llegado. Los espera en forma física. Realmente está allá. Yo sólo he intentado provocar retrasos.

—¿De que le sirve al Gran Maestre que no encontremos a nuestra madre?

—En eso no necesita motivos Bill. Sólo lo guía su maldad. Él me dijo que Antje está muerta, que él la mató con sus propias manos. Por eso se asustó tanto verla en la cueva ayer.

Los muchachos no esperaban escuchar tal noticia. Laura con el rostro desencajado la tomó por los hombros y la sacudió un par de veces —¿por qué no nos dijiste antes? Hemos tenido la ilusión de encontrarla, pudiste evitar que tuviéramos esperanzas inútiles de verla viva ¡niña tonta! Ahora nos destrozas el corazón sólo porque te conviene —Laura comenzó a sollozar. Y ni Bill ni Tom pudieron darle consuelo, porque para ellos la noticia también era un balde de agua fría.

—Bill ¿Cómo lo supiste? —Bill había suavizado su semblante, ya no sentía rabia, si no que mucha lástima por la chica, y tristeza por ellos dos. Giró su rostro para ver a Tom. Dio un largo suspiro.

—Al llegar allá me fui directamente a la cueva. Usé linternas y busqué pistas, al parecer Storm no pensaba que regresaríamos allí.

—No, mi padre creyó que a esta hora estarías muerto.

La brisa era la única fuente de sonido más cercana, a los lejos se escuchaban algunos vehículos pasar por las calles principales. Tom sentía el corazón latirle en los oídos —¿qué? —musitó, totalmente incrédulo.

—Yo tenía la esperanza de que no sucedería. Le pedí a los Dioses que ocurriera algo y evitara tu muerte. Mi padre está loco. Creo que ya no es capaz de ver la inconsistencia de sus decisiones, la inoperable planificación de sus estrategias para lograr sus fines. Lo único que desea es causarles temor, miedo, rechazo antes de acabarlos. Pero ustedes se les escapan de las manos. Te admira Tom. Storm te admira.

—¿Me disculpas si no me siento halagado?

—Tú has sido el único que le ha enfrentado sin miedo.

—Pues en eso él se equivoca. ¿Qué encontraste Bill?

—Una fotografía —Bill metió la mano en el bolsillo trasero de su pantalón y sacó una fotografía pequeña de una bebé en los brazos del Gran Maestre, mucho más joven de como luce ahora. En el anverso de la imagen se leía: “Para mi hija Alexa”.

—Supuestamente él me amaba en aquella época, yo nunca lo he creído. Desde el principio me consideró una esclava para lograr lo que fuera que ha anhelado toda su vida. —la chica se pasa la mano con torpeza por la cara intentando limpiarse el rostro de lágrimas —yo dejé allí esa fotografía. Lo hice a propósito. Quería que alguien lo supiera. Quería que alguien se diera cuenta lo que ha sido toda mi vida. Pensé que verías la fotografía ayer, cuando estábamos ahí. Quería que lo encararas, a él y a mí. Quería que recordara que soy su hija, y no un simple elemento más para lograr sus fines. No espero que me entiendas. No quiero eso. Sólo les pido que no me condenen. He sido tan víctima de él como lo han sido ustedes.
—Deja de llorar. Ya no vale la pena. Ahora nos vamos, nos espera un día largo.

Tom a veces se sorprendía de la frialdad con que tomaba ciertas situaciones que a él lo desarmaban, y se daba cuenta que la vida de su hermoso Bill había sido mucho más dura que la suya. Esta vida lo había curtido, la anterior también. El pelinegro ya iba caminado hacia su Freelander —¡Bill! —el mago se dio vuelta y el rubio lo abrazó con ternura —estamos juntos en esto. Aún nos tenemos, aunque nos falte todo lo demás, nos tenemos. Te amo —Bill lo miró con ojos brillantes y acarició suavemente los párpados de su amado.

—Yo también —dijo el chico y subió al vehículo. El rubio hizo lo mismo y partieron hacia Liz Garten.

La tarde poco a poco iba madurando en sus colores. El hambre los consumía, y ni siquiera tenían la seguridad de que lograrían comer algo. No sabían si el Gran Maestre estaría allí listo y dispuesto a la lucha. Las mentes cansadas de los chicos ya no estaban para más elucubraciones. Parecían resignados a enfrentar a ese hombre, aunque no entendieran las verdaderas razones para su obsesión con todo lo que ligaba a la Mansión.

Cuando se estacionaron cerca de la entrada de servicio, los cinco hombres que estaban dentro salieron corriendo a recibirlos. Entre abrazos, sonrisas y saludos ingresaron luego de las respectivas presentaciones de la nueva integrante del grupo, Laura King.

Todos con ansiedad requirieron del sin fin de detalles de lo acontecido tanto en la mansión como en Lindau. Mientras cenaban las teorías, preguntas y respuestas se sucedían con rapidez y algo atropelladas. Luego de varios minutos se dieron cuenta que no tenían una estrategia para afrontar lo que viniera, porque no sabían lo que aquel hombre tramaba.

—Yo creo Alexa que tú debes saber lo que va a hacer ahora. —interrogó Markus Frank.

—La verdad es que nunca Storm me ha dicho nada de lo que espera, sólo me dice lo que debe hacer, y su última instrucción fue que debía apurar el regreso de los chicos. Todo el camino me debatí entre lo que él me pedía y lo que yo sabía que debía hacer. Por eso mis cambios de humor —la chica agachó la cabeza avergonzada.

Andreas la besó en la frente para tranquilizarla —ya está bien cariño, no te culpes más.

—Es obvio —agregó Anton —que desea lo que hace el disco ese ¿cuánta información le has dado al respecto Alexa?

—¡NADA! Lo juro, lo juro. Él no sabe que yo sé. Recuerden que él no puede traspasar energéticamente la barrera de seguridad puesto por los gemelos Kaulitz en el subterráneo. Su energía no puede ir más allá. Aunque de manera física si pueda. Lo que sabe, es producto de suposiciones y de relacionar información.

—Sí, eso me tranquiliza. —concluyó Tom —esta noche es posible que no durmamos.

—¿Todos estos días han sido así tan extraños?

—Sí abuela —el pelinegro le sonrió con cansancio —por eso es que ya estamos agotados.

—Pobres mis niños ¿Aún buscaremos a Antje?

—Claro que sí, tal como tú dijiste, aunque sea para darle una sepultura digna —Tom le respondió con amargura.

—Lo siento de verdad chicos —dijo Anton y todos asintieron en silencio.

Luego vino el ritual de fumar en el patio de servicio, reunión en la que incluso Laura participó. Intentaron distenderse un poco hablando de sus vidas anteriores, de las peripecias universitarias, anécdotas varias. Y luego llegó el mutismo. Una patrulla de la policía se mantenía un poco más allá de los jardines, pero ellos sabían que llegado el momento estarían solos, enfrentados a un hombre poderoso cuyas armas sólo conocían Bill y Alexa, todos estaban conscientes de ello, y pensaban en silencio sobre lo que podría suceder. Laura mientras tanto intentaba acostumbrarse a ver a hombres tomados de la mano como en el caso de Georg y Gustav o abrazados como Bill y Tom. Se preguntaba si Anton y Markus también serían…

Súbitamente un estruendo seguido por un golpe, sacó a todo el mundo de sus pensamientos.

—¿De dónde vino eso?

—De la biblioteca.

—Vamos a ver.

—¡Sí, vamos todos!

—¡Ese hombre nos va a hacer mierda!

—¡Ay, cállate Georg!

—¡Deben tener cuidado! —se atropellaban todos para hablar.

—¿Y nosotras qué hacemos? —terminó por preguntar Laura, y ya todos habían partido corriendo, dejándola sola.

Ella que no conocía la mansión se dejó guiar por el ruido y las voces. Llegó hasta el hall, y con cautela avanzó por el reluciente piso —¡qué elegancia! —pensó. Luego se asomó por la puerta donde todos se agolpaban en frenéticas discusiones. Al parecer el ruido provino de la muralla que había sido abierta, lucía un inmenso forado, que luego Laura reparó en que era una puerta.

—¿Y tú pensabas que toda esta parafernalia me podría detener? Sólo me basta un deseo para abrirme paso.

—¿Qué pretendes conseguir Storm? —le preguntó Bill.

—Cuando llegue a mi destino te diré.

—No te lo permitiremos.

—¿Quién me lo impedirá? ¿Tú, Tom? ¿o la vieja que está allá al fondo? Consiguieron refuerzos por lo que veo —Laura abrió los ojos totalmente ofendida, pero no dijo nada. —lo bueno es que mi público ha aumentado, y podrán ver el final de este show, que consiste nada más y nada menos que en el final de la dinastía Kaulitz —acto seguido el hombre bajo por las escaleras.

—¡Enciende las luces Anton! —ordenó el señor Frank —y todos corrieron escaleras abajo.

—Yo me quedo aquí ¿eh? —dijo Laura pero nadie le respondió. Miró hacia el sector de la chimenea y un cuadro atrajo su atención, cuando lo observó mas de cerca y leyó Tom 1863, la mandíbula se le cayó, manteniendo la boca abierta por mucho rato.

Storm parecía volar, había llegado hasta aquel pasillo sin ninguna dificultad. Había tomado uno de los carritos aún dispuestos y partió a toda prisa. Los demás se instalaron en los otros carros con cierta dificultad y partieron tras él. Storm cada ciertos metros miraba hacia atrás esperando perderlos, pero los otros dos carros lo seguían a corta distancia. Cuando el final del pasillo se acercaba, Storm alargó una de sus manos y el inmenso cerrojo de la puerta de hierro cedió abriéndola. El mago mayor bajó corriendo, intentando cerrar la puerta detrás de él, pero Bill se lo impidió ejerciendo la misma energía de manera inversa.

Todos le siguieron. La noche ya había caído sobre el jardín, y Storm que no lo conocía un par de veces trastabilló y en una ocasión calló al suelo. Con rapidez se levantó y siguió corriendo, algo desorientado, pero finalmente dio con lo que andaba buscando. Los demás le alcanzaron y vieron a Storm junto al disco, dándole la espalda y enfrentando al grupo.

Alterado, emocionado, el Gran Maestre intentaba regularizar su respiración. Los del grupo se quedaron a cierta distancia por precaución —Creo que es inútil Storm. Nada conseguirá en este lugar —le dijo Tom. El hombre negó con su cabeza, riendo.

—Te equivocas, aquí estamos en el último acto de mi espectáculo, cuyos mártires serán sacrificados porque esta obra siempre fue una tragedia, aquí no hay finales felices. Nunca fue una historia feliz. —el mago se reía, mientras todos le miraban en silencio, expectantes —mi abuelo se volvió loco por culpa de este secreto. Desapareció de su tiempo y apareció en éste, luego partió otra vez para nunca regresar, mi abuela siempre contaba del viaje en el tiempo, siempre fue motivo de burla, pero yo le creía. Logré averiguar que mi abuelo surgió de una Antigua Mansión en Baviera. Con los años conocí a Thomas Kaulitz, nos hicimos muy amigos, entonces supe de Liz Garten, y de las muchas coincidencias entre su descripción de este lugar y la que mi abuelo había dicho. Un hombre refinado, elegante, y arrogante, se casó y tuvo un hijo, Jörg. Vuestro padre. No me convenía tanta descendencia, hice todo lo posible por matarlo. Pero —chasqueó la lengua —Thomas, mi amigo me descubrió y no estuvo de acuerdo, no lo culpo, era de esperarse que no quisiera que asesinara a su hijo, pero no le bastó estar en contra. Al que consideré mi amigo por tantos años, me iba a traicionar delatándome ante la ley, así que tuvo un desafortunado accidente en las montañas —puso cara de fingido pesar —así es la vida. Pero Jörg, otro maldito engendro se casó con su prima, y nacieron estos lindos gemelitos. Mi peor error fue no matarlos cuando debí, ese día en la nieve, en el lago, ¡dejarlos allí por unas horas hubieran bastado para que el congelamiento los terminara cual plaga! Pero no, cedí ante el consejo estúpido de Wendt, que bastaba con separarlos, que nunca más se verían, que nunca se encontrarían, luego cumplido el plazo yo tomaría este lugar como mío. Pero los errores pueden enmendarse ¿cierto? Sobre todo cuando existe una especie de máquina del tiempo. ¿Entonces qué haré? Regresaré a ese día de febrero junto al lago Bodensee, y terminaré la tarea tal y como la tenía planeada y no dejaré que Wendt me convenza de lo contrario. Entonces ustedes desaparecerán, y yo podré hacer todo de nuevo como debió ser hecho.

—¡Storm, estás loco! —le gritó Tom.

—Y tú estás muerto —rió el hombre —no hay nada que me lo impida, no pueden tocarme ahora, he puesto una barrera alrededor del disco, sólo les queda contemplar mi obra magistral.

—No sabes usar eso —replicó Bill.

—Ya sé que es tan sencillo como subirme al disco y partir, seguramente fijo en mi mente la fecha y llegaré.

—No es tan sencillo. Debes hacerlo vibrar antes.

—¡No trates de engañarme Bill!

—¡Sí, tiene razón. Padre, por favor, no hagas eso!.

—¡Y tú rata inmunda, traidora, yo no soy tu padre! Al fin he logrado mi meta, y me llevo en el recuerdo la mirada de su derrota, eso es lo que más he deseado a lo largo de los años. Mi abuelo merecía tener esto, yo también.

—¡NO! —fue el grito de todos cuando Storm se subió al disco, sonriendo. Pero luego su cuerpo envuelto en aquella luz azulina comenzó a temblar, mientras el disco retumbaba en un vibrato profundo, un alarido horrible salió de la boca de Storm, cuyos ojos abiertos parecían querer salirse de sus cuencas, rayos atravesaban su cuerpo, mientras un ligero humo negro parecía desprenderse de sus ropas, las carnes de su cara comenzaron a soltarse lentamente, mientras el cuerpo saltaba sobre el disco como si fuera un muñeco de trapo. El cabello canoso se volvía oscuro mientras se calcinaba, el hombre se estaba quemando vivo, pero de una manera extraña, sin llamas, sin fuego aparente. Los ojos de los espectadores estaban abiertos llenos de horror, una escena como sacada de una película de terror —¡saquémoslo de ahí! —dijo alguien.

—No podemos —dijo Bill. No podían. Storm había dispuesto de manera efectiva su propia ejecución. Las manos del hombre ya eran muñones, y su cuerpo permanecía de manera horizontal sobre el disco dando tumbos, emitiendo alaridos —¿por qué no pierde la conciencia de una vez? —se lamentó el pelinegro.

Justo en ese instante se escuchó un quejumbroso —ayúdenme —para luego no emitir ningún sonido más. Para horror de todos, el disco no cesó hasta que no quedó nada de aquel hombre consumido por aquella energía hasta hacerlo desaparecer.

Cuando todo hubo terminado, sólo se escuchaba el sollozo de Alexa. Nadie se movió ni dijo nada por varios minutos, en shock, consternados por la horrible muerte que tuvieron que presenciar. Los rostros pálidos temblaban. Los cuerpos temblaban. Hasta ahora creían que lo habían visto todo, que nada más los podría estremecer o sorprender, pero se habían equivocado. Igualmente callados regresaron al túnel. Tom de vez en cuando miraba hacia atrás pensando que aquello fue un mal sueño, y que Storm aparecería riéndose de ellos. Se estremeció al darse cuenta que no sabía cuál de las dos alternativas era peor, si la horrible muerte de Storm, o su imaginada reaparición.

Sin decir palabra regresaron por los largos túneles.

Cuando aparecieron en la biblioteca. Laura tenía una expresión extraña. Había transcurrido más de una hora, tiempo que ella dedicó en ver la mansión. Los cuadros, los testimonios de la muerte de los gemelos, de hacía más de un siglo, y ya no podía mirar de la misma forma aquel par de chicos. Ellos eran demasiado diferentes a todo lo que había conocido. Pero para su sorpresa, no era motivo de rechazo. Su corazón estaba lleno de ternura y compasión por aquellas dos almas que necesitaron de otra vida más para poder ser felices. Se preguntó si ella no estaría también viviendo su otra oportunidad. Y se alegró al pensar que en algún momento en el tiempo sus hijas retornarían a la vida, y tal vez ella la compartiría, serían felices juntas otra vez.

No quiso preguntar lo que había sucedido, las caras del grupo hablaban por sí solas. Parecían asustados, extrañamente silenciosos, y el hombre no había regresado. Lo que fuera que había sucedido implicó que uno no volviera. Se alegró por otro lado que no hubiera sido esa la suerte de ninguno de sus nuevos amigos. Aunque moría de curiosidad por saber los detalles, esperaría otro momento. El llanto interminable de Alexa le exigía prudencia. Preguntó por cortesía si tenían hambre y todos negaron en silencio. El chico castaño salió corriendo a algún lado con la mano en la boca, en un claro gesto de que tenía ganas de vomitar. Lo siguió el de gafas, con semblante preocupado.

—Es mejor que intentemos descansar. Le asignaremos una habitación señora King —dijo el administrador —mañana resolveremos qué hacer. Hoy no estamos para decidir nada más.

Todos asintieron. Como almas en pena cada uno se dirigió al segundo piso, y Laura siguió a Markus, para saber dónde dormiría.

Momentos después en la alcoba de Bill y Tom, continuaba el mismo silencio. Bill acababa de salir de la ducha y Tom alistaba todo para ducharse él a su vez. Antes de entrar al baño miró con ojos tristes a su amado y dijo bajito —lamento que no pudiéramos saber dónde ese hombre dejó a Antje —luego sin esperar comentario entró a la ducha.

Cuando salió del baño, Bill ya se había metido a la cama, parecía absorto en sus pensamientos. Tom vestido sólo con unos boxers, se acostó junto a él. El pelinegro lo abrazó y besó su labios suavemente —no sé si pueda dormir, aunque esté tan cansado.

—Pues hagamos el intento —acotó Bill apagando la lámpara.
Tom no supo como es que se hallaba una vez más frente a la casa abandonada de Kunterweg. Estaba todo oscuro, era mitad de la noche, todos dormían, pero él estaba ahí frente a la puerta entreabierta. Era consciente de que se trataba de uno de sus sueños. Se preguntaba por qué estaba allí, sin duda cuando había escuchado la voz de una mujer que lo llamaba, que juró era la de Antje, no había sido fruto de su imaginación —seguramente pasé por alto algo importante —se dijo y entró. Encendió la única luz que funcionaba, la del pasillo e hizo el mismo recorrido que había hecho en la tarde, repitiendo cada paso, cada acción, miró los closets otra vez, y luego de buscar en cada rincón no logró ver aquello por lo cual estaba allí de manera onírica. Intentó pensar, usando toda la claridad mental que le permitía su estado, y avanzó lentamente por el pasillo. De pronto notó el leve desnivel en el piso. Miró hacia abajo y pudo ver la alfombra roñosa y sucia bajo sus pies. Repitió el movimiento dándose cuenta que el piso emitía un suave crujido. Levantó la alfombra y vio una compuerta en el suelo. Jaló con dificultad hacia atrás y observó hacia adentro. Todo estaba tan oscuro. Debo recordar traerme una linterna en el próximo sueño, pensó. Tanteando con los pies y sujetándose firmemente con las manos al piso, comenzó a bajar, rogando para que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. Tampoco sería malo inventarme alguno que otro super poder, como visión nocturna, reflexionaba mientras avanzaba con lentitud.

Caminó en línea recta, o por lo menos eso creía. Dejó que sus oídos captaran algún sonido y para su espanto percibió una respiración leve. Él mismo contuvo su respiración, pensando que tal vez era una confusión suya. Pero no. Allí estaba el suave aliento de alguien más, el típico rítmico vaivén de alguien sumido en el sueño. Sin otro sentido para guiarse que su oído, se dirigió hacia aquella leve fuente de sonido. Caminó lento dando pasos moderados, evitando tropezar o caer. Hasta que escuchó un pequeño sonido que produjo el roce de telas y el quejido inequívoco de una voz femenina muy cerca de sus pies. Se agachó lentamente y alargó la mano hasta tocar un brazo envuelto en alguna tela delgada, demasiado delgada para pasar allí la noche. Lentamente subió su mano hasta tocar el hombro helado de la mujer que allí estaba. Palpó su rostro y pasó su mano muy despacio por su mentón. De pronto la respiración pausada de la mujer terminó, y dejó escapar una exclamación ahogada. Tom asustado retiró su mano. Esa persona al parecer se irguió, y en medio del silencio, el muchacho escuchó —¿Tom?

El rubio se despertó con la respiración entrecortada. Junto a él Bill dormía plácidamente, ignorante del nuevo conocimiento que sacudía la psiquis de su novio.

Continuará…

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