Waiting for you 33

CAPÍTULO 33

El sendero era angosto rodeado por los altos cipreses, más altos aún los abetos, se mecían calmos con la brisa. A Tom le encantaba el sonido del viento entre las ramas de los árboles. Nunca antes se había detenido en la vida a escuchar tan dulce eco. Los árboles cantaban y había hecho falta un viaje a la hermosa Baviera para aprenderlo. También amaba el sonido que hacían las ramitas secas bajos su pies. El otoño amenazaba con llegar pronto, o más bien ya había arribado la vanguardia de las melancólicas danzas de las hojas marchitas mecidas en el viento, como bebés que son arrullados por una madre invisible al empezar un sueño del que ya no despertarían jamás. El verano se iba dejando sus recuerdos. Recuerdos de Bill.

El sol matutino le daba un agradable juego de luces verdes y sombras olivo. Tom amaba el bosque porque olía a Bill.

La senda entre los árboles se escondía detrás del follaje y el bullicioso quehacer de los pajaritos llenaban el aire, multiplicándose el alegre piar a través de las ramas. El corazón de Tom dio brincos de gusto y apresuró el paso.

El sonido del agua bajaba por alguna ladera cercana y caía vertiginosa a alguna fuente cubriendo los sonidos del viento y de las aves. Y de pronto…

—Tom —el nombrado giró encontrando a su amado con los ojos húmedos, pero alegres —has regresado —dijo deslizándose la esperanza por su voz y sus palabras.

—¿No me vas a decir que te sorprende? Te pertenezco —Bill sonrió —¿Qué te has hecho en el cabello?

—¿Te gusta? —y el pelinegro deslizó una mano por su cabello —me lo corté… corto a los lados, largo arriba…—y sonrió.

—A ti todo te queda bien.

—Ven, te tengo un regalo —y el mago extendió su mano, hasta estrechar la del chico de melena. Tom se dejó guiar por él. Caminaron sin prisa bordeando la fuente, sin soltarse. Entrelazaron los dedos. Bill se dio vuelta y suavemente besó a Tom. Caminaron otro poco siguiendo un arroyo tranquilo que se desprendía de la fuente, hasta que desembocó en una apacible laguna rodeada por laderas escarpadas, con los inmensos árboles como telón y arriba el trozo de cielo azul que comenzaba a ser cada vez más claro al avanzar la mañana —aprovechemos que no hace frío —dijo el mago desnudándose. Tom sonrió. Bill seguía siendo el mismo. El de melena agradeció que no le recriminara nada. Había sido tan infantil.

—Yo no creo que el agua esté muy tibia —explicó Tom, frunciendo el seño de sólo imaginar el frío que iba a sentir. Pero Bill desde dentro del agua sólo sonrió y con un gesto de su mano lo invitó una vez más.

—Ven, quiero mostrarte algo.

—¿Y eso no lo puedo ver acá afuera mejor? —Bill se rió sonoramente. Tom se dio cuenta que de todos modos le iba a esperar allí, metido en el agua, hasta la cintura. El pelinegro estaría a unos tres metros de la orilla, y Tom supuso que más al centro debía estar mucho más profundo. Se desnudó y el contacto del agua fría con su piel le produjo un doloroso escalofrío —que conste que esto lo hago sólo por ti —avanzó por el agua, deslizando sus pies por el fondo. Las piedrecillas no lastimaban los pies y sus formas redondeadas impedían que se resbalara.

Al llegar cerca de Bill, éste le tendió la mano una vez más —vamos a nadar hasta el centro de la laguna y una vez allí nos sumergiremos —Tom asintió, y siguió a Bill dando seguras brazadas hasta llegar al centro —bajaremos, no demasiado, pero necesito que abras tus ojos.

—¿Has descubierto una nueva forma acuática de tener sexo inseguro? Me podría ahogar ¿sabes? —y Bill se rió una vez más con una fuerte carcajada.

—Eres un quejoso.

—No lo soy —sus dientes comenzaban a chocar.

—Toma mi mano.

—Tengo frío —replicó el de melena rubia, estremeciéndose. Y Bill lo abrazó fuertemente. Tom comenzó a sentir la tibieza del cuerpo de su amado. Al mismo tiempo el agua comenzaba a temperarse. Una luz dorada empezó a cubrirlos, y Tom se dio cuenta que esta luz también estaba en el agua. Era una burbuja de luz que llenaba el aire dentro de ella con destellos dorados que les daba calor. Tom abrió la boca de la sorpresa y luego sólo se abrazó con más fuerza y apoyó la cabeza en el hombro de Bill. Se sentía tan bien. Lo había extrañado tanto, y ya no estaba solo. Comprendió que no había forma de vivir lejos de Bill sin morirse de a poco. Teniendo el paraíso tan cerca de su mano y de su corazón, le había dado la espalda a su felicidad creyendo que no era necesario renunciar a nada para tenerla. Pero ahora, se daba cuenta que cualquier precio que pagaran ambos por estar juntos, era infinitamente inferior a la dicha de sentirse juntos. No necesitaban nada más.

—¿Mejor? —y el de melena rubia asintió emocionado. Las cosas con Bill nunca eran comunes ni ordinarias. Tom era afortunado. Y Bill se sentía igual. —Ahora conocerás a las Xanas. No te asustes, no te harán daño.

—¿Xanas? —preguntó el rubio, pero el pelinegro no le explicó más.

Bill metió su cara al agua y a Tom le pareció que silbó, sacó su cara del agua y volvió a silbar, miró a Tom y le sonrió —listo, ahora toma aire, bajemos —y los dos al mismo tiempo tomaron aire para zambullirse luego.

La laguna no era tan profunda, quizás unos cuatro metros, quizás más, pero sus aguas eran tranquilas y la burbuja dorada los envolvía haciendo todo más luminoso. De pronto, pequeñas y estilizadas figuras los rodearon, Tom quiso gritar, pero recordó que estaba bajo el agua. Eran figuras femeninas, que no medirían más de cincuenta centímetros, de cabellos largos y que nadaban sonrientes. Parecían tan transparentes, traslúcidas y etéreas. Movían sus bocas como si estuvieran hablando, pero Tom no escuchaba nada. El muchacho miró a su novio complacido y vio que Bill le sonreía feliz. Las Xanas atravesaban gustosas las aguas, nadaban con tanta agilidad, sólo entonces el de melena se percató que estaban desnudas, aunque sus cabellos cubrían casi todo su cuerpo. Tom sonrió y alargó su mano intentando tocar a alguna, pero Bill lo detuvo y le dijo que no con un movimiento de cabeza. Luego tomó su mano y lo llevó devuelta a la superficie —Bill, eran hermosas —dijo exaltado y feliz el de melena rubia.

—Lo son, pero no las puedes tocar ni oír, o sea sí puedes, pero no debes. Es peligroso. Así como estábamos era seguro para los dos. —la burbuja se fue diluyendo en el agua con los segundos y el frío volvió a los músculos de Tom. Comenzó a temblar otra vez y Bill lo percibió —¿Tienes frío? Salgamos —y esta vez el de melena rubia con sus cabellos empapados tomó la iniciativa y partió nadando hacia la orilla de la laguna. Una vez ahí temblando todavía comenzó a vestirse a toda prisa —¡Hey! No me dejes con las ganas —gritó el mago, y Tom se subió de hombros y se rió.

—Este frío es mata pasiones, mi amiguito de allá abajo no se me levantaría con nada —respondió Tom. Y Bill rió, pero al parecer compartía dicha opinión porque comenzó a vestirse rápidamente también.

Luego en silencio se quedaron mirando por unos momentos, hasta que Tom no aguantó más —Bill, lo siento, perdóname. He sido egoísta y…

—Shhh —el pelinegro se acercó y lo besó con ternura, luego se separó lentamente fijando su mirada en las pupilas contrarias —yo también he sido egoísta, debí haberme ido contigo. La Orden puede esperar, no irán a ninguna parte si me desean con ellos, yo en cambio no puedo vivir sin ti. Por eso espérame, yo iré contigo. Yo me iré a Berlín. No me costará nada venir a ver a nuestra madre. Pero me cuesta todo estar lejos de ti. Espérame ¿sí?

—No entiendo. Bill, yo estoy aquí contigo.

—No.

—¿Cómo que no? Explícame, me estás empezando a asustar.

—Shhhh Amor mío, has vivido tanto en tan pocos días y aún no entiendes que el tiempo y el espacio existen sólo en nuestra mente —Bill sonrió y se alejó para recoger una flor. Era una flor de lis —Mira, ella es parte de nosotros. Tenla contigo hasta que estemos juntos otra vez.

—¿No estamos juntos ahora? —los ojos de Tom se humedecieron. —Es tan bello estar aquí. No puede ser sólo parte de mi imaginación —Bill sonrió le entregó la flor y luego se alejó, se volvió por un instante hacia Tom y le hizo una seña. Justo en ese instante una sombra se irguió detrás de Bill y antes de que pudiera advertirlo se abalanzó sobre el mago aplastándolo.

—¡Tom! —escuchó el grito desgarrador de su amado, y luego nada. No había rastro de Bill. Sólo los sonidos del bosque lograba escuchar.

—¡Bill!, ¡Bill!, ¡Bill! —gritó desesperado y se despertó. No sabía dónde estaba, parpadeó varias veces hasta que en su mente se empezaron a relacionar los eventos recientes. Era su cuarto. Estaba en Berlín. Había viajado varias horas, luego de dejar a Georg y Gustav en Frankfurt. Recordaba la bienvenida de sus padres. Las preguntas que le hicieron, sus silencios prolongados antes de dar respuestas. Sus padres lo notaron, pero no dijeron nada. Seguramente esperarían hasta que él pudiera decir lo que fuera que debía contarles.

Miró hacia la ventana con los ojos llenos de lágrimas. El sol ya adornaba el cielo. Tom recordó las infructuosas llamadas a Bill, hasta tarde en la noche. Se prometió llamar hoy a Markus Frank para saber noticias, para que le dijera a Bill que lo llamaría otra vez. Buscó con la mirada su celular y al hacerlo se dio cuenta de algo que se caía de sus mano. Con el corazón desbocado vio la flor de lis, roja, fresca. Recién cortada. La flor que Bill le había regalado en sus sueños.

¿Acaso no era un sueño? No, no lo era. Bien lo sabía, aunque la mayoría de las veces intentaba auto convencerse de que sus sueños estrafalarios eran sólo eso. Pero siempre se equivocaba, como ahora. —Bill —dijo angustiado. Por fin lo había entendido. Su amado mago podría estar en peligro, y estaba tan lejos.

Tomó su celular e infructuosamente marcó el número de Bill. Nadie respondió. Luego volvió a marcar otro número. Después de unos segundos, por fin respondieron —¿Aló?

—¿Señor Frank? Soy Tom.

Al otro lado el hombre suspiró recién despertando —¿Tom? ¡Oh Tom! Hola muchacho. ¿Llegaron bien?

—Sí, sí, sólo que ahora tengo un problema.

—Dime qué pasa.

—Es Bill. Creo que está en peligro, y no ha respondido mis llamadas.

—De acuerdo, iré con Anton a verlo.

—Yo me regreso a Baviera. Hoy mismo.

—Bien, estaremos en contacto.

Tom saltó de la cama para ir a la ducha, pero el ringtone del teléfono le hizo pegar un brinco. Esperanzado se lanzó por él a la cama —¿Señor Trümper?

—Sí soy yo.

—Soy la secretaria del Jefe del Departamento de Historia del Arte. El señor Frederick. Necesita verlo urgente hoy a las doce del día en su despacho en Frankfurt, ni un minuto antes ni un minuto después.

—No puedo señorita.

—¿No puede?, ¿será usted el primero en decirle al Profesor Frederick que usted NO puede asistir a la cita? Déjeme decirle que el señor no espera a nadie, menos a alguien que tuvo un problema con su examen.

—Señorita, estoy en Berlín, en casa de mis padres. No en Frankfurt— luego reparó en lo que la mujer le había dicho —¿De Historia del Arte?

—Exactamente, así que más le vale venir.

—Pero es que yo tengo una emergencia familiar, debo salir de Berlín ahora mismo y…

—Por eso, aproveche el impulso y pasé por acá. A las doce, ni un minuto más, ni un minuto menos —remató la mujer y cortó.

—¡Perra! —maldijo Tom. ¿Qué debía hacer ahora? Pensó unos momentos. Y mientras se paseaba por la habitación buscando la ropa que vestiría, decidió que era mejor regresar inmediatamente a Baviera. La universidad y el señor Frederick podían esperar.

Comenzó a ordenar su bolso rápidamente y a reorganizar lo que había empezado a desempacar la noche anterior.

La madre de Tom asomó la cabeza por la puerta, sonrió —hola hijo. ¿Vas a la Universidad? —dijo mirando extrañada el bolso que se iba llenando de cosas.

—Mamá, debo regresar a Baviera —el rostro de la mujer se tensó y se fue a sentar en la cama.

—¿Por qué?, ¡acabas de llegar!

—Alguien muy importante para mí podría estar en problemas.

—¡Tom Trümper! Yo no te eduqué para ser un irresponsable. El señor Frederick ha estado llamando desde el viernes. Olvidé decirlo ayer… —la mujer seguía con los ojos al chico, pero su hijo aunque posiblemente la escuchaba, no la miraba concentrado en buscar todos los elementos que debía depositar en su bolso —¡Tom, por favor!

—¡Mamá esto es distinto. Si… —Tom dejó de arreglar su ropa —mamá si a… si a Bill le sucede algo… algo malo… —el chico resopló y se sentó junto a su madre —si le sucede algo malo, yo no podría soportarlo. Necesito ir, necesito verlo —suplicó.

La madre pestañeó varias veces seguidas, escrutando el semblante sombrío de su hijo —¡Bill! ¿Quién es él? Porque es extraño que siendo alguien tan importante para ti, no lo hayas mencionado hasta ahora —y Tom sintiéndose pillado, se sonrojó hasta las orejas —ok, ok, ya me doy cuenta… es más que importante. Podríamos pretender que es tu amigo, pero yo soy tu madre y aunque aún no soy vieja, mi experiencia me dice que para ti es mucho más que… un amigo —el silencio incómodo se suspendió sobre ambos un momento, hasta que Tom se decidió hablar.

—Es mi novio —dijo en un hilito de voz.

—¿Tu novio? —la mujer estaba sorprendida, y luego dejó escapar el aire con cierto abatimiento —esto… esto… esto es … ¡wow! —abrió la boca para hablar, pero luego la volvió a cerrar. Buscó la mirada de su hijo, sin embargo al parecer el piso de madera era lo más atractivo en ese instante para el chico. —¡Tom! Tú nunca dejas de asombrarme. Yo creía, bueno yo pensaba que…

—Que yo era hetero —Tom miró las expresivas orbes de su madre adoptiva. La amaba y le espantaba la idea de herirla o decepcionarla de algún modo. La madre asintió.

—Pero es que has tenido tantas novias o algo parecido ¿me equivoco?

—Un poco, nunca han sido tantas mamá —sonrió el muchacho.

—¿Entonces me explicas? ¿cómo es que antes tú… y ahora…?

—Fui hetero sin cuestionamiento alguno hasta conocer a Bill. Después de él todo cambió.

—¡Wow! —volvió a exclamar la mujer —¡vaya!. —repitió más calladamente sopesando la nueva situación, luego sonrió —pues me encantaría conocer al hombre que hizo que a mi hijo se le hiciera agua la canoa.

—¡Mamá! —Tom se puso de pie totalmente ofendido —¡yo te estoy hablando de algo serio, fundamental en mi vida y tú…!

—Shhhhh —trató de calmarlo la madre.

—¡Y no me shhhh! —le respondió. Tom se puso nuevamente a ordenar su bolso con movimientos febriles por toda la habitación.

—Está bien, está bien. Hijo, perdóname —ella sonrió —me conoces bien. Me encanta hacer bromas de mal gusto —Tom suspiró y le respondió la sonrisa —Ve a Baviera hijo, si eso es lo que deseas, pero por favor resuelve primero lo de la Universidad. Que sea una lección de vida para ti —la madre se puso de pie y fue a abrazarlo —nunca emprendas nuevos rumbos dejando cabos sueltos. Ve a la universidad primero y toma la decisión con las cartas a la vista, sobre cosas concretas. Y de ahí puedes partir a Baviera, conociendo realmente lo que pasa en los otros aspectos de tu vida.

—Mamá, hay mucho que no les he contado…

—Pero sé que lo harás. No ahora, pero en unos días, estoy segura que lo harás.

—Es que no sé si te guste lo que te tengo que decir…

Ella lo miró extrañado —¿Es más intenso que tu recién estrenada homosexualidad?

Tom sonrió con tristeza —Sí, porque te afecta a ti, y a papá también. Los afecta ambos directamente —y la sonrisa de la madre se apagó.

—Mientras me sigas queriendo igual, y no te olvides de mí, podré soportarlo todo —esta vez fue Tom quien se sorprendió, pero no dijo nada. La mujer se separó del chico lentamente y antes de salir de la habitación le sonrió con cierta melancolía —no te retrases. —Tom no pudo escuchar el quejumbroso latido del corazón de la mujer. Una madre siempre sabe.

Casi tres horas más tarde, Tom corría por los pasillos de la Facultad de Artes. Llevaba colgando de un hombro su bolso de estudiante, en su brazo izquierdo tres gruesos libros, uno de Art Noveau, otro del Movimiento de Artes y Oficios, y el tercero trataba de la Revolución Industrial, iba preparado por si debía rendirle ahí mismo algún examen oral. Llevaba puesta una chaqueta roja, unos tennis del mismo color, y unos jeans anchos. Debajo de la chaqueta un suéter negro delgado. Su cabello rubio tomado en una coleta, y sobre su frente un pañuelo negro doblado como cintillo, haciendo las veces de bandana.

—¡Mierda! Voy a llegar tarde —masculló. Tenía cinco minutos para cruzar al menos cuatro largos pasillos y dos patios para llegar a la oficina del señor Frederick. Eran exactamente las once con cincuenta y cinco minutos. Cada paso que daba estaba marcado por el recuerdo de Bill, por el sueño que fue hermoso hasta que… y su corazón se contrajo haciéndose pequeñito en su pecho. Eso sentía. La imagen de Bill desapareciendo ante sus ojos era lo peor que podía ocurrir. La flor en sus manos no había llegado por arte de magia, y sabía bien que su madre no la había dejado entre sus manos mientras dormía. Sin duda era algo más, y debía averiguarlo. Las flores no aparecen sólo porque sí, no se materializan de la nada. Aunque estaba consciente que desde que había llegado a Liz Garten, cosas más extrañas que esas le habían sucedido. No debería sorprenderse ¿por qué su vida no era normal? Y luego pensó alegre a pesar de todo, ya había tenido suficiente normalidad a través de los años. Y toda la locura que había llegado a su vida vino junto a Bill, y no quería que fuera de otro modo.

Esperaba estar haciendo lo correcto, y confiaba que aquello que el sueño mostró no hubiera sucedido todavía.

Ya llevaba recorrido la mitad del camino y le quedaban tres minutos.

—¡Hola Tom! —lo saludó entusiasta una chica de cabellos rubios, delgada, alta, de hermosos ojos azules, y piernas perfectas —¡Llámame! Tenemos mucho que conversar. ¡Te ves lindoooooo! ¡Espero tu llamado!

—De acuerdo —dijo Tom para sí forzando una sonrisa —espérate sentada nena, que te vas a hacer vieja esperando —masculló sin dejar de correr.

—¡Tom! ¡Tom! —vociferaba una pelirroja desde los jardines. Desesperada le hacía señas —¡Hola! —gritaba a todo pulmón, mientras las amigas hacían un ¡uuuuuuuuuuuuhhh! Que para Tom resultó bastante evidente.

Faltaba dos minutos, tenía que alcanzar a llegar.

Sus padres, apenas él había llegado, le mimaron como si fuera un bebé, colmándolo de atenciones, llegó alrededor de las tres de la tarde. Su madre se había esmerado en tener una hermosa decoración de toda la casa. Tom les había abrazado feliz. Durante la cena conversaron de todo, y sus padres le hicieron muchas preguntas. Tom guardó silencio varias veces. En realidad, omitió todo lo importante… y se sintió como un patán. Recordó que Andreas lo sabía, Georg lo sabía, Gustav también. Bill lo sabía. Todos sabían que él no sería capaz de enfrentar la verdad con su familia así como así. Y Tom creyó que se sentiría distinto, pero para sus padres ese hijo era el mismo que se había marchado de vacaciones a un lago de Baviera. No había más que pensar, ignorantes de las dimensiones que alcanzaban los hechos ocurridos en Liz Garten, en Schönau.

Tom había dormido poco y antes de acostarse se había tranquilizado pensando que el siguiente día sería distinto y que podría hablar con Bill, que sería valiente, que sólo estaba cansado. Pero luego el sueño, y las llamadas que no regresaban le indicaban que no era momento de sentirse fatigado. Resolvería este asunto con aquel profesor. Lo haría. Y luego se iría a Baviera por Bill.

Las doce, serían las doce, sólo quedaba un minuto. Agotado, jadeando, el muchacho rubio se detuvo frente a la puerta —¡Hey Tom! Te ves bello con el cabello así —la voz melosa de una chica de la cual no recordaba el nombre lo distrajo un segundo justo cuando la puerta se abrió. Tom sólo le sonrió y entró al despacho del profesor. La mujer que le había llamado, era alta, de mediana edad con cara de pocos amigos.

—Pase —dijo ésta con amabilidad —el señor Frederick lo está esperando —Tom asintió y entró al despacho del profesor.

—Señor Trümper, dichosos los ojos que lo ven.

—Profesor, cómo le va.

—No tan bien como a usted. Aunque el cambio de look demuestra dos caminos distintos posibles. O que usted se sentía feliz y seguro de lo que deseaba proyectar con su aspecto y por eso el cambio. O bien fue durante una crisis, quizás amorosa, y quiso borrar algo de su apariencia antigua, y reemplazarla por otra, intentando aparentar que no le importaba, que aquella persona no le importa… pero me temo señor Trümper que eso cae en el auto engaño. Por eso espero, por su bien, haber acertado con la primera opción —el hombre dio una fuerte bocanada al humo de su puro y luego sonrió —no espero que me responda, es sólo para que lo medite.

Tom se sonrojó y bajó el rostro —digamos que posiblemente usted se ha equivocado de profesión, tal vez debería ejercer como consejero espiritual, leyendo las hojas del té y esas cosas y no seguir perdiendo tanto talento aquí en la facultad —el profesor se rió de buena gana.

—Bueno, bueno. Yo espero que lo que tengo que decirle, usted lo tomé con muy buen humor también —el estómago de Tom se hizo un nudo —¡Pero no ponga esa cara! Sí no es nada para morirse —Tom suspiró con alivio —señor Trümper, usted ha obtenido resultados sobresalientes en el examen. Y yo no quería desaprovechar sus habilidades y su capacidad ¿Me lo permite?

Tom sacudió levemente su cabeza —emm no entiendo.

—Yo sé que usted normalmente divide su tiempo en estudiar en Berlín y venir acá a Frankfurt para ciertos certámenes de la carrera. Yo sé cuán duro es eso. Cansador…. agotador diría yo. Pero creo que hay una forma de que usted permanezca en un sólo lugar, o Berlín donde usted tiene residencia, o en Frankfurt, donde está la Casa Central de la Universidad —Tom miraba a su profesor con curiosidad —Quiero que sea mi asistente, que además le dará los créditos suficientes para ser unos de los más brillantes egresados de esta carrera. Es una gran oportunidad Trümper.

Tom no podía dar crédito a lo que sus oídos escuchaban —¡Uff! Profesor qué honor. —Tom se sentó lentamente sin creer las palabras del señor Frederick. Desde que había ingresado a la universidad hacía dos años, había soñado con obtener ese apetecido puesto. El honor más grande para un estudiante de pre-grado, y ahora allí estaba, ante él la gran oportunidad —sin embargo ahora estoy… Verá profesor, mi vida ha dado un giro y ya nada es lo mismo. Las cosas que antes me importaban ahora ya no.

—Tom ¿puedo llamarte Tom? —el chico rubio asintió —puedes pensarlo unos días. No te urjas por responder ahora mismo…

El ringtone de Tom interrumpió y puso una sonrisa de disculpa —permiso profesor. ¿Aló?

—Tom, soy Anton. Bill no está. Markus fue a buscarlo y no lo encontró.

—¿Pero no estaba con nuestra madre?

—Supuestamente, pero Markus encontró su celular en la cabaña del bosque. Nosotros creíamos, como tú, que estaría haciéndole compañía a Antje por lo menos hasta cierta hora. Era el acuerdo con Laura, pero hemos sabido por ella que tampoco está allí.

—Y tampoco en la cabaña… —repitió Tom mientras en su mente intentaba encontrarle sentido a lo que estaba escuchando.

—¿Algún problema? —la voz del profesor le hizo recordar que aún estaba en su despacho y que estaba en entrevista.

—Te llamo apenas averigüe algo más concreto.

—Sí, sí. Yo termino aquí y me voy. Adiós —y cortó.

La cara interrogante del profesor le convenció que era pertinente dar una explicación —disculpe profesor, es que tengo problemas con mi… con un familiar.

—Entonces no le quito más tiempo. Señor Trümper… Tom…

—Señor Frederick, ¿me daría unos días para pensar su propuesta?

—Que sea hasta el viernes. Cuatro días me parecen suficientes —el de melena asintió al tiempo que se ponía de pie y extendía su mano para despedirse —espero su respuesta hasta entonces.

&

—¿Señora King?

—¿Sí?

—Soy Anton otra vez. Quería saber si ha sabido algo de Bill.

—Sí. Estaba esperando su llamado. Pude obtener información de las enfermeras. Les pregunté si Antje había sido visitada por Bill anoche, ya sabe usted que sólo las enfermeras la cuidaron, y me confirmaron que así fue. Bill vino porque le notificaron del hospital que ella había despertado y que necesitaba hablar con Tom o con Bill. Aunque Bill ya estaba descansando, según me contó una de las enfermeras, él vino de todas maneras. Estuvieron conversando. Lo malo es que no he podido enterarme sobre qué hablaron, pero fue lo suficientemente importante como para pedirles al personal del Hospital que la cuidaran muy bien y que no aceptaran la visita de extraños. Que si eso ocurriera llamaran a la policía y a uno de ustedes urgentemente. Luego Bill partió como un rayo.

—¿Será que Antje recordó algo?

—Es lo que pensé, y posiblemente es lo que puso a Bill en alerta. Pero además aproveché de dejar el respectivo reclamo aquí en el Hospital, ya que nadie me informó de ninguna de estas cosas a pesar de que tengo derecho a saberlas.

—Señora King, si Antje despertara, me llama inmediatamente por favor. Debemos averiguar qué hablaron Antje y Bill. Es la única forma de saber si él está bien o no.

—Sí, por supuesto. Ya me asusté, y yo que pensé que por fin había llegado la calma.

—Algo no anda bien. Pero Tom ya viene en camino.

—¿Viene?

—Sí, tuvo uno de esos sueños. El presiente que Bill…

—¿Está en peligro? Ay Dios. Me mantiene informada, por favor.

—Pierda cuidado. Así lo haremos.

&

Otras dos horas habían sido suficientes. Conduciendo al límite de la velocidad permitida. Suficiente para la ansiedad que le recorría desde las punta de los pies, hasta la punta de sus cabellos.

Tom sentía que le sudaban las manos, y que su estómago estaba revuelto. Recordó que no había comido nada desde el día anterior —¡qué mierdas! —se dijo. Su vida era un desastre otra vez.

Se estacionó frente a la entrada. Markus lo estaba esperando.

—Se fue a Lindau —dijo el administrador, apenas Tom estacionó su Escalade, ahorrándose los formalismos de los saludos. El señor Frank se sentó a su lado, en el asiento del copiloto.

—¡¿Lindau?! ¿Otra ves? ¡Pero… Oh Dios! —Tom comenzó a golpearse la cabeza contra el volante de su Cadillac —¡Maldita sea!

—¡Tom, Tom! —exclamó el administrador sujetándolo por los hombros para detenerlo.

El chico miró con ojos cristalinos por las lágrimas —Es que… ¿sabe? —y se pasó las manos por el rostro denotando su desesperación —yo no sé cómo lo hace.

—¿Quién?, ¡¿Bill?!

—¡Y quién más! ¡Ese…! —Tom apretó los labios intentando controlar sus palabras. Markus comprendió que las lágrimas que amenazaban por salir de sus ojos eran de frustración y de rabia —ese maldito —sollozó —no sé cómo se las arregla, cómo hace para que yo de todos modos, no importando dónde esté, detenga mi vida sólo por ir tras él. ¡Al final! —golpeó el volante con las palmas de sus manos —siempre termino corriendo, buscándolo como un enajenado entre bosques, caminos olvidados, cementerios…

—¿Has comido algo? —quiso desviar del tema a Tom.

—No.

—Necesitas hacerlo antes de partir. Iré contigo. Irá Dark también.

Tom abrió sus ojos con sorpresa —¿Dark?

—Ven, vamos a comer.

—¿Por qué debo comer cuando es posible que ahora Bill esté afrontando la muerte?

—Tom, lo que tenga que ocurrir, sucederá de todos modos, aunque tú estés ahí —Markus miraba al chico con preocupación, pero al mismo tiempo con decisión. Un Tom mal alimentado sería más un estorbo que una ayuda.

—No entiendo, no entiendo lo que ha pasado.

—Si se despierta Antje, es posible que podamos comprender lo que en realidad está ocurriendo. Lo único que logramos averiguar es que se fue a Lindau.

Tom tragó de manera forzada el último bocado. Lo que más quería era partir ya. Se sobresaltó cuando vio la silueta oscura de Dark parado en el umbral de la puerta —Qué bien combina tu nickname con tu persona.

—No es mi nickname —dijo con tono irónico —es mi nombre Ceremonial y de Vida dentro de la Orden.

—Whatever. Es mejor que nos vayamos ya.

—Y deberías tener más en cuenta el nombre de Bill dentro de la Orden.

Tom se quedó pensando, intentando recordarlo —Phantom —susurró luego, mientras Markus y Dark salían ya de la cocina para marcharse.

Los tres hombres subieron al Escalade y partieron.

La autopista que conducía a Lindau le producía un desagradable deja vú a Tom. La sensación de que las cosas podrían complicarse. Se odió por ser tan pesimista, sin embargo no había nada que le aliviará su mente.

—Yo quisiera saber qué vamos a hacer en Lindau. Si Antje no se despierta y no nos da pista de lo que conversó con Bill seguiremos perdiendo el tiempo.

—Cualquiera diría que no eres hermano de Bill —replicó Dark con cierta ironía, y el de melena rubia sintió que se le apretaba su corazón.

—Eso es algo que aún no logro asumir con facilidad ¿tenías que recordármelo ahora?

—Es importante Tom. Ese lazo que te une a él es lo que los hace tan especiales a través de los siglos.

El de melena rubia tragó saliva. Tenía razón. Michel estaba diciendo una gran verdad que a Tom le costaba asumir. El paisaje era hermoso pero al de melena le causaba una melancolía pesada y dolorosa. Veía las montañas y los bosques, la autopista dibujada en incesantes curvas. Una que otra casa entre los abetos. Pequeñas lagunas y lagos, las nubes recortando algunas cimas y picos de las montañas. Todo tan bello, pero Tom sólo quería ver a Bill. No podía quitar de su mente su semblante triste, su perfil perfecto y serio en el hospital.

—¿Me escuchaste?

—Sí, Dark. Pero no sé de qué hablas.

—De tu don.

—¿Mis sueños?

—¿Acaso solamente has soñado?, ¿nunca tuviste una visión de las tuyas en vigilia?

Tom se quedó pensando, y ahora que Dark se lo preguntaba, recordó aquella noche mientras montaba guardia junto a Anton en la mansión. Recordó que aquel reloj lo atrapó mientras sus manecillas giraban en sentido contrario —Tienes razón. Tuve una visión estando despierto… nunca me lo había cuestionado.

—Para obtener tus visiones no necesitas dormir. Sólo necesitas que tu cerebro logre ciertos niveles que se pueden alcanzar con meditación, o bien con ciertos ritmos en la respiración, y mientras fijas tu mirada en un punto que tenga de por sí cierto movimiento pausado y repetitivo como una vela o …

—O un reloj.

—Eso mismo.

—¿Tú crees que pueda lograr saber dónde está Bill ahora?

—Yo te voy a ayudar Tom. Y es probable que no sólo podamos ver lo que hizo hace unas horas, es posible que te adelantes a los hechos y puedas ver el futuro inmediato.

—¡Wow! —exclamó Tom sorprendido.

—¡Uff! Menos mal que ya he visto bastantes hechos extraños en estos días, si no, pensaría que voy viajando con un par de locos —comentó Markus de manera graciosa.

—¿Pero tú crees de verdad que eso sea posible?

—En el mundo astral no existe el tiempo de manera lineal, Tom.

—Bueno, otra cosa interesante que contarle a mis hijos, cuando los tenga. —comentó el de melena rubia sonriendo.

—¿Vas a tener hijos Tom? —preguntó extrañado Markus Frank —¿Pero cómo?

—Eeeehh ¿Adoptando? —de pronto hasta el mismo Tom se sorprendía de su respuesta. Se dio cuenta que su subconsciente habló sin pedir permiso, y que era un tema que le preocupaba, pero que su mente no le había dado la oportunidad de sopesar siquiera.

—Arriendo de vientre. Es otra buena forma —agregó Michel despreocupado como si estuvieran hablando de algo absolutamente cotidiano, parecía menos extrañado por el tema que Markus o el mismo Tom.

—Primero debo encontrar con vida a mi futuro esposo, Dark. Luego pensaré en esa alternativa ¿querrá Bill tener hijos? —pero la pregunta de Tom quedó flotando en el aire y los otros dos hombres prefirieron callar antes que seguir conversando de supuestos. La cuestión que los angustiaba ahora mismo era encontrar a Bill sano y salvo.

Algunas horas más tarde Tom, Dark y Markus habían llegado hasta las cercanías de Lindau.

Tom se sentía perdido en cuanto a lo que deberían hacer. Detuvieron el vehículo en la berma y se bajaron —¿Cuál crees que sería mi nombre si yo fuera un mago Dark?

El otro joven lo miró perplejo. Le parecía imposible que Tom estuviera interesado en nimiedades como esas cuando había algo mucho más vital de qué preocuparse —¿Y eso importa ahora?

—Sí, porque necesito asumir mi verdadera personalidad ahora. No puedo ser sólo Tom. Debo ser quien soy en realidad. Por Bill, por mí, por mis padres.

—Entonces piensa, mírate y piensa, siente, siente que eres parte del todo, no sólo Tom Trümper… ¿lo sientes? —el joven rubio asintió, y Dark sonrió satisfecho —entonces ahora, mira tu alma, y dime cómo te llamas.

Tom sonrió —Qué simple y qué obvio —abrió los ojos —soy Träumer, soy un soñador.

—Pues ahora soñarás despierto. Cierra los ojos, imagina la llama de una vela, imagínala frente a ti, concéntrate en ella. —Tom pensó que aquello debía ser difícil, pero estuvo dispuesto a seguir las instrucciones al pie de la letra —Ahora piensa en Bill, pero no dejes que los sentimientos por él te invadan. Hazlo sólo desde el plano mental. —Michel dejó que Tom se concentrara, y veía que aunque al principio el rubio apretaba los párpados, segundos después ya lucía relajado —eso, respira, cuenta cuatro tiempos… uno, dos, tres, cuatro… eso —el rubio sentía sus piernas cada vez más pesadas —empieza a soltar el aire en cuatro tiempos, sin dejar de ver la llama de la vela —Dark se quedó en silencio y Tom sintió que todo giraba a su alrededor, intentó que la imagen de la vela no se disipara, pero una gran oscuridad se tragó la pequeña llamita que había logrado formar en su mente. De pronto aquella penumbra fue dando paso a una nueva claridad y en su mente apareció una imagen. Michel intuyó que Tom estaba visualizando algo —Tom dime, ¿qué ves?

Con voz ronca y sintiendo su lengua traposa habló apenas en un susurro—Veo a otros hombres con Bill, pero no logro ver sus caras. Son buenas personas. Veo agua, es el lago, un ferry.

—Vas bien, muy bien.

Cruzan el lago hasta un lugar… es… es escarpado. Parece que hay un camino estrecho. Es peligroso. Veo un lugar oscuro —entre las sombras, se dibujaban muchas otras. Tom no quiso saber de qué era aquello. Sólo le inquietaba un zumbido pequeño, tenue. Era una respiración, pero era anormal. Tom sintió un estremecimiento. De pronto un rostro de hombre demacrado, ensangrentado y sucio, lleno de hematomas. Tom acercó su propio rostro y su mano para saber si era real. Y súbitamente el hombre gritó. ¡Ayúdame!, exclamó y abrió sus ojos inyectados en sangre. ¡Ayúdame!, retumbó el alarido en los oídos de Tom, y éste vio todo oscuro y se desvaneció.

Con espanto Markus y Dark alcanzaron a darse cuenta que Tom estaba perdiendo el conocimiento y Michel se apresuró en sujetarlo.

—¿Qué le pasó? —preguntó angustiado el señor Frank.

—Fue demasiado para él. Por favor señor Frank, páseme esa botella con agua —mientras Dark sostenía la cabeza en su regazo, intentaba mantener a Tom en una posición lo más vertical posible —señor Frank abra el vehículo. Este condenado pesa realmente demasiado.

&

La vida en las calles de Lindau, sobre todo en la península, transcurría tal cual Bill la había visto unos días atrás. Pausada, con el ir y venir incesante de la gente del lugar y de los turistas. Se veía mucha gente joven transitando con mochilas pegadas a sus espaldas, con los cabellos desordenados.

En los amplios comedores del hotel Insel, en Maximilianstrasse, en el centro de la península, Bill se había acomodado en una de las mesas que daban hacia la concurrida calle. Él se había prendado de esa ciudad. Le gustaba cada vez más, y no podía dejar de recordar a Tom, y tampoco podía abandonar la esperanza de que él volviera en su búsqueda.

Las horas habían transcurrido rápidas. Y en su viaje hasta Lindau había soñado despierto que Tom estaba junto a él. Su recuerdo y el de su madre eran los motivos que necesitaba para emprender tal empresa que a cualquiera le parecía producto de una locura. Pero él no podía ignorar el recuerdo de su madre que aunque breve y hasta escaso en detalles, podía ser el inicio de la madeja que lo condujera al paradero de su padre, que muy a su pesar estaba seguro que éste sí estaba muerto ¿pero dónde?.

Los dos hombres que compartían su mesa se habían quedado pensativos por un momento.

—Ojalá y tu madre pudiera recordar algo más que esa simple pista del acantilado. —se quejó el señor Scott. El comisario Jensen hizo una mueca y luego se tomó el trago de su gaseosa en silencio.

—¿Es tan difícil determinar dónde están los acantilados?

—Hay más de un lugar posible Bill, y nos podría tomar varios días en encontrar el lugar exacto —Bill resopló. Extrañaba a Tom, por primera vez sentía que no era capaz de hacer nada si él estaba lejos. Se había pasado toda la mañana coordinando con esos hombres aquel encuentro, y luego convencerlos de que lo ayudaran a encontrar el lugar que su madre había visto en el incipiente recuerdo. Un recuerdo breve, confuso, pero con el detalle importante que empujó a Bill a tomar el Land Rover de Marie y partir apenas pudo a Lindau.

Había encontrado habitación en la madrugada y aprovechó las pocas horas de oscuridad que quedaban para dormir un poco. No había sido algo tan difícil, pero por alguna razón se hacía todo más pesado porque Tom estaba lejos e ignorante de lo que estaba viviendo. Tom no vendría esta vez.

—Repasemos lo que tu madre te dijo —inquirió el comisario.

Bill dejó los cubiertos en el plato y se concentró en relatar lo más textual posible aquello que Antje le había dicho —ella recordó que bajaba por una orilla, un camino que tenía curvas. Dijo que recordaba el agua allá abajo y a sus espaldas la roca desnuda. Luego la siguiente imagen que tiene es de un sendero que se metía en el cerro. Recuerda que llevaban atado a un hombre. Mi madre supone que era mi padre. Luego recuerda una puerta de hierro, y oscuridad. Eso es todo.

—¿Cómo sabes que era aquí en Lindau?

—No lo sé, señor Scott. Pudo ser cualquier lago —Bill arrojó la servilleta sobre la mesa fastidiado —en realidad —continuó con voz más tranquila de lo que él esperaba —he seguido una corazonada.

—Sí, yo comparto esa corazonada —concluyó el Comisario Jensen. —No creo que hayan ido muy lejos con tu padre.

—Tienen razón. Debo confesar que mi olfato de periodista, y de uno viejo como yo, pues me dice que no estamos tan lejos. A mi me suena a un lugar cerca de Schiff, al otro lado del lago —el hombre se quedó en silencio mientras los otros dos le miraban sabiendo que no había terminado de hablar —sin embargo, yo tengo una duda. Y me vas a disculpar Bill. Ya sé que esto debe ser realmente terrible para ti, pero es necesario que no demos pasos en falso, aún no sabemos si esto que hacemos es seguro para nosotros.

—Diga lo que tenga que decir, sin problemas señor Scott.

—Yo … bueno la información oficial era que tu padre murió calcinado. Entonces…

—Sí, es verdad —agregó el policía —yo soy testigo de que se encontró un cuerpo allí. Entonces no me cuadra con el recuerdo de tu madre. Si ahora llegamos a descubrir que tu padre no murió en ese incendio ¿de quién era ese cuerpo que se encontró en aquella cabaña consumida en el fuego?

—Sí, yo he pensado mucho al respecto. Desde que mi madre me contó lo que había recordado, me he sentido muy confundido al respecto. No obstante, tengo el presentimiento de que él está muerto.

—En todo caso, estando sentados aquí no llegaremos a descubrir la verdad —sentenció el Comisario Jensen. —Si es Schiff el lugar indicado, es hora de partir ya.

— Pero ¿vamos a demorar mucho en llegar? y ya pasamos del mediodía. La verdad es que me he sentido muy inútil… solo.

—Las tres de la tarde para ser exactos —respondió el señor Scott —¿Y su amigo?

—¿Amigo? —preguntó Bill extrañado.

—Sí, el chico rubio.

—Ahh… Tom.

—Eso, Tom —asintió el periodista.

—En Berlín —dijo con cierta brusquedad el mago mientras se ponía de pie —entonces ¿cruzamos en ferry?

—Sí, no se demora nada. En media hora estaremos allá —afirmó el policía.

&

—Tom anda vuelve en ti. Así todo desmayado no nos sirves de mucho y menos a Bill — el mago le daba pequeñas y suaves palmadas en el rostro a Tom. Mientras Markus sacaba una botella de alcohol y se la ponía en la nariz al chico —¿qué hace?

—Ni idea. Pero algo tendrá que resultarnos, porque los minutos pasan.

—Sólo lleva desmayado un par de minutos, señor Frank. No exagere.

—Es demasiado.

—Que no.

—Si seguimos esperando se nos va a oscurecer.

—Son como las tres de la tarde nada más —de repente Tom empezó a tragar saliva —esta princesita es más delicada que un botón de rosa. Páseme la botella con agua —Dark estaba sentado en el asiento trasero de la Escalade. Tenía la cabeza de Tom apoyada en su regazo mientras el resto de su cuerpo descansaba a lo largo del asiento, dejando que parte de sus piernas y pies cayeran hacia fuera del vehículo —vamos Tom que no tenemos todo el día —con lentitud el rubio abrió los ojos mientras Dark le daba de beber agua. Con suavidad lo impulsó hasta que quedó sentado correctamente en el asiento —¿estás bien?

Tom asintió tomándose la cabeza con ambas manos —¿qué pasó?

—Te desmayaste. Eres tan delicado —Tom levantó su vista para darle una mirada asesina a Dark.

—No lo molestes. ¿Tienes idea de lo que vio? —reclamó el administrador.

—Ok, ok. Entonces Tom, dinos qué viste.

—¡Ouch! —se quejó el rubio, acariciando sus sienes con los dedos —vi oscuridad, vi a un hombre —Tom cerró los ojos —estaba ensangrentado. Pidió ayuda.

—¿Por qué nunca es un campo de margaritas lo que ves en tus visiones? —ironizó el señor Frank.

—¡Shhh! —le hizo callar el mago —¿Qué más recuerdas?, ¿sabes qué lugar era?

Tom negó con su cabeza volviendo a cerrar los ojos.

—¡Vamos Tom, se nos acaba el tiempo! —le increpó Dark.

—Pero si tú mismo hace un instante me tranquilizaste de que sólo eran como las tres de la tarde.

—¡Eso no es verdad! Era usted, señor Frank, el que estaba urgido por el tiempo.

—Y tú demasiado relajado y ahora…

—¡Schiff!

—Y ahora resulta que tú eres el que presiona a Tom por el tiempo.

—¡Schiff!

—¡Ay Tom se dice sniff! —corrigió el mago.

—¡El lugar se llama Schiff imbecil! —replicó el chico.

—¡Uff al fin! Entonces vamos —y sin más preámbulos Markus echó a andar el todo terreno.

—¿Y dónde mierdas queda eso? —preguntó el mago molesto todavía.

—Yo sé… o eso creo —respondió el administrador ya a toda velocidad por la autopista.

—¡Gosh! ¿Es que llegaremos algún día con este par?

—¡Ah! ¿Sabes qué? —el señor Frank miró con ojos furibundos al mago por el espejo retrovisor.

—¿Qué? —preguntó curioso Dark.

—¡Cállate!

&

El viento soplaba suavemente, más allá en el lago Constanza los barcos y yates llenaban de colores el espejo azul del agua. Dos hombres permanecían de pie junto a un angosto sendero que se perdía detrás de unos matorrales.

El periodista miró al Comisario Jensen —Quizás debimos acompañarlo.

—El nos dijo que esperáramos, y eso haremos unos diez minutos más. Luego bajaremos.

—De acuerdo.

Más abajo Bill terminaba de recorrer el estrecho sendero entre el vacío sobre el mar y la muralla de roca desnuda. Bajar por aquella huella era casi suicida. Sólo bastaba un leve traspié y su humanidad iría a dar a los roqueríos allá abajo, o bien si tenía algo de suerte caería al lago. Ya llevaba bajando unos cinco minutos, y era esta sensación de caer al vacío el que hacía lento sus pasos. Se odiaba por no tener más facilidad para manejar su cuerpo. Nunca fue muy talentoso en cuanto a manejar sus movimientos con habilidad especial. Él pensaba que Tom tenía mucha más capacidad en ser exacto en sus movimientos, y contra todo pronóstico su mente viajó a aquellos instantes en que Tom usaba ese talento mientras hacían el amor —No puede ser Bill que mientras cuelgas sobre un precipicio sigas pensando en el sexo —se reprochó.

Para alivio de Bill la tortura sinuosa y resbaladiza se terminó de improviso cuando al terminar una curva llegó a un terreno amplio como una terraza que se extendía cerro adentro. Se notaba que era un terreno robado a la roca a fuerza de explosivos. Sin duda creado por el hombre.

Una cerca y un portón de hierro algo oxidado flanqueaban la entrada al terreno. El portón estaba sin candado alguno, y abrirlo fue difícil debido a la hierba y arbustos silvestres crecían por doquier, señal de que nadie había andado por allá hacía ya mucho tiempo. Forzando el portón pudo abrirlo y quitar la barrera que ejercían las plantas silvestres.

Más allá del portón había un largo sendero que desaparecía en una curva metiéndose en el cerro. Pero lo que más llamó la atención de Bill era la seguidilla de columnas blancas estilo clásico que le recordaban a las columnas que tanto gustaban a los griegos o a los romanos. Bill se preguntó si acaso habría en algún momento arcos que se apoyaban en ellas. Pero Bill notó la ausencia de escombros en el suelo, así que el mago concluyó que aquellas columnas eran nada más que ornamentales.

Caminó los metros del sendero que se curvaban hasta desaparecer tras el cerro. Y el camino terminó frente a la fachada de un palacete que a Bill se le asemejó al Panteón de Liz Garten.

Su mente le advertía que era mejor no seguir en solitario, y se decidió en regresar hasta donde estaban los dos hombres. Lo que fuera que había detrás de aquellas puertas no debía ser visto por un hombre solitario.

Regresó sobre sus pasos hasta alcanzar a los hombres minutos después, quienes ya comenzaban a bajar por el sendero, algo impacientes.

—Nos estábamos preocupando demasiado.

—Gracias —respondió el mago con la respiración agitada —mejor regresemos arriba y decidamos qué vamos a hacer mientras les hago un pequeño plano de lo que allí hay.

—Me parece buena idea. Tal vez sería mejor que llamáramos al Departamento de Criminalística.

—No. No sabemos si podemos confiar en todos ellos —aclaró el mago.

El Comisario Jensen frunció su ceño —Me pregunto cómo es que sí confías en nosotros.

—No totalmente. Pero dos son más manejables para mí que muchos.

—Pues agradezco tu honestidad chico —señaló resignado el periodista.

El comisario no muy conforme con la explicación de Bill lo cuestionó una vez más —¿Y cómo pretendes detenernos en caso de que no seamos de los “buenos”? —dijo remarcando la palabra buenos haciendo comillas con sus dedos.

—Aniquilarlos con rayos y centellas gracias a mis poderes mágicos… —el Comisario Jensen y el señor Scott no supieron si reír o no con la broma de Bill. A Ambos les pareció fuera de lugar y eso hizo temblar un poco al periodista —Anyway, sigamos con el tema del bosquejo que les haré.

—Siempre se dijo que tras ese hecho escabroso había algo más misterioso y bizarro que el de un crimen común —agregó el policía acercándose a Bill, fijando su mirada, haciéndola penetrante aunque sin llegar a inquietar a Bill. El mago no sentía miedo alguno —¿Hay algo que no nos has dicho?

—Muchas, pero no es algo que les incumba.

—Mira Bill, estamos aquí ¿no? Mínimo necesitamos una explicación de todas las implicancias que tiene esto. Todo lo que sabes o que necesitemos saber para tomar decisiones. ¿Acaso estamos arriesgando la vida en esto?

—No lo sé.

—¡No lo sabes! —gritaron ambos hombres al mismo tiempo.

—Lo siento, lo siento.

—Pues o me explicas ahora ya, o me marcho, total yo sólo soy un viejo periodista que tiene mucho que perder.

—Está bien —Bill hizo una pausa —Mi familia pertenecía a una Orden Hermética.

—¿Así como los Masones? —preguntó curioso y preocupado el señor Scott.

—Algo así, aunque los Masones no practican la Alta Magia.

—¿Alta Magia? ¿Qué es eso?

—Mmmmmmm algo así como lo de Harry Potter, pero en serio.

—Espera, espera ¿son una especie de brujos? — inquirió asqueado el policía.

—No, no somos brujos y no ponga esa cara. Somos Magos. No de esos que hacen trucos e ilusionismo con conejos y cartas. Somos Magos Ceremoniales.

—Ajam, ahora entiendo lo de lanzarnos rayos y centellas.

—O convertirlos en sapos señor Scott —los hombres se quedaron en silencio —y no, no estoy loco, el que estaba loco era mi Gran Maestre que mató a no se cuánta gente, incluyendo a mi padre y a mi abuelo por obtener más poder, por ambición.

—¿Y qué pasó con él?

—Murió en un accidente ocasionado por su codicia ¡ups! —dijo cubriéndose la boca con una mano, de pronto recordó que eso nadie más lo sabía, sólo el pequeño grupo que presenció su muerte y el par de policías que fue a inspeccionar el lugar del suceso —lo último que he dicho olvídenlo, si no, los puedo involucrar en algún problema legal.

—Hecho.

—De acuerdo.

—Bien este es el terreno. Hay unas columnas que parecen tan fuera de lugar. No soportan ningún techo o algo similar. No hay vestigios de que lo hubiera alguna vez. Por la vegetación se nota que no ha venido nadie en muchos años.

El señor Scott de pronto cayó en la cuenta que en vez de hacer un bosquejo todo apurado habría sido más sencillo ver algunas imágenes —¿Por qué no tomaste algunas fotografías?

Y Bill sonrió a modo de disculpa —dejé mi celular en casa —los hombres se cruzaron de brazos y menearon la cabeza en un gesto de negación —miren yo no estoy acostumbrado a esas cosas. Tom me había incentivado a su uso y ahora que no está, pues para qué lo quiero y…

—Pues si él está lejos con mayor razón —refutó el periodista.

—Pero está descargado, y no tengo idea dónde dejé el cargador y…

—Qué bien, ¿y si te llamó?

—¿Tom?

—¡Noooo! ¡La Caperucita Roja! —rió sardónico el policía.

Bill abrió sus ojos a toda su capacidad. De pronto caía en la cuenta que era posible de que su amado lo hubiese llamado —¡Oh no! ¿y si Tom me llamó?

—¡Por Dios! —exclamó el señor Scott —Y si Tom me llamó —le remedó el viejo periodista —a la hora que se le viene a ocurrir algo que es muy posible que haya sucedido ya efectivamente.

—Y eso que se cree inteligente —agregó el policía.

—¡Oiga! Yo no me creo inteligente —los dos hombres hicieron una mueca —yo soy inteligente, poco tecnologizado eso sí, pero soy inteligente.

—Miren. Ya son más de las cuatro, debemos decidir que hacemos ahora —interrumpió el periodista —¿Bajamos así nada más, sin avisar a nadie?

—¿Y a quién le podríamos avisar señor Scott? —masculló el mago algo molesto.

—¡A mí podría ser. Pudiste avisarme a mí, maldito egoísta de mierda! —Bill se giró para ver a aquel que les había interrumpido. Y su respiración se detuvo por un instante. Miles de mariposas empezaron a dar vueltas por su estómago, y estaba seguro que ya su corazón había salido de su pecho dando saltitos alrededor de aquella hermosa visión que se desplegaba ante sus ojos. Sobre la parte alta del camino estaba Tom, con su coleta rubia al viento. Amor mío, pensó Bill.

Y si poder controlarse, simplemente corrió hasta su hermano y lo abrazó, atrapando los labios de Tom con los suyos. Pillado de sorpresa el rubio no supo si abrazarlo o no al principio, pero luego su incertidumbre desapareció y rodeó con sus brazos el cuerpo del pelinegro, correspondiendo el beso con el mismo frenesí. Se sentía todo tan bien, el aroma del otro invadiéndoles. El calor del otro cuerpo, que tanto habían extrañado, sintiéndose completos otra vez. Luego de la desesperación inicial el beso se había vuelto cada vez más suave y lento. Alguien por ahí tosió recordándoles de que no estaban solos y que ese no era un paseo por el parque. Bill despegó sus labios y acarició las mejillas sonrosadas de su gemelo —te dije que si volvías no te dejaría partir otra vez. No te quejes ahora, no lo hagas en el futuro. Te quedarás a mi lado cueste lo que cueste —Tom sonrió satisfecho. Eso quería.

—¡Santo Perico de los Palotes! ¿Eran novios? —susurró el policía al oído del periodista.

—Al parecer sí lo son —concluyó el señor Scott —¡son novios! —repitió soltando una risita aguda.

—Qué cosas tiene la vida —dijo aún en un murmullo el comisario —¡cuántas sorpresas más nos quedarán hasta el final del día! —el periodista se subió de hombros. Y aún no eran las cinco de la tarde. Faltaban varias horas para que llegara la noche.

Continuará…

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