6: El Saloon (Parte 2)

Notas: ¡He aquí el único capítulo con un poco de sexo! 🙂

Capítulo 3: El Saloon (Parte 2)

El dolor en las muñecas y las rodillas le hizo mirar el exterior de aquel pasillo. Tras unos barriles, una sombra alargada montada en un caballo enjuto pasaba por ahí. Algo en el pecho le avisó de que aquel era el momento, cuando le levantasen debía sacar el revólver. Le pusieron en pie para llevárselo a las afueras del Pueblo y tirarlo al río, pero él había bajado al pueblo con una idea.

Entonces, cuando salió del callejón en dirección hacia el llano oscuro que iba a ser su última morada, se deshizo del agarre del hombre que estaba a su izquierda y tumbó al que estaba a su derecha de un puñetazo. No necesitaba matarlos, y menos estando al lado de un pueblo y tan cerca del sheriff. Huyó al pueblo, en busca de su caballo, sintiendo los pasos de los hombres detrás de él.

Una bala pasó silbándole la nuca, seguido de un grito procedente de las entrañas del pueblo. Por suerte, ahí no se atreverían a matarlo.

Le siguieron durante un largo tiempo en el que se asfixió debido a la acostumbrada falta de acción. Corrió por toda la zona este del pueblo sin detenerse, empujando transeúntes que le estorbaban, apartando cajas a patadas, saltando sobre barriles, ocultándose en las sombras y todo para despistar a los hombres que volvieron sobre sus pasos al perderle entre las calles que conducían al cementerio. Consiguió llegar al salón del que no debió haber salido y se sentó a la sombra del piano para no ser visto por los perseguidores en caso de que le hubiesen visto moverse entre las sombras de la tienda de comestibles y la tabaquería.

Se quedó sentado entre el pianista que tocaba ensimismado la pieza y una escupiera que chorreaba saliva negra. La miró con asco y luego dirigió su vista al borracho pianista que confundían las hormigas negras que caminaban sobre la partitura. Se levantó para evitar ser rociado por alguno de los escatológicos líquidos de la compaña que le rodeaba y en pie, miró la mesa que menos de una hora atrás estuvo ocupada por los “G’s” pero que ahora se encontraba siendo asaltada por cinco hombres y ninguno de ellos conocido.

En el escenario solo se hallaba un vaquero borracho que danzaba al ritmo del todavía más borracho piano. Bill, ante aquel ambiente de ebriedad y sabiendo que le perseguían, decidió que aquella noche debía acabar ahí, y ya mañana buscaría a su hermano en las cunetas de las calles o donde la borrachera lo hubiese dejado.

Caminó por el bar sin detenerse, escuchando tras él la voz aflautada del vaquero borracho que decía:

¿Por qué solo se puede entrar a este mundo teniendo pene, eh? ¿Por qué este mundo es para hombres cuando conozco a mujeres que tienen más huevos que vosotros?

Bill se giró inmediatamente para ver a una mujer morena de cabellos oscuros trenzados, con ropas de hombre, en concreto, una camisa roja con bandana negra y unos vaqueros crema con unas botas oscuras a media pierna calzadas con espuelas.

¡¡¡Cállate!!! —le gritó Georg, lanzándole una botella que se hizo pedazos contra el escenario.

Bill se giró iracundo para mirar al hombre somnoliento por el alcohol, con un rasguño sangrante en la mejilla, y a su ejecutor dormido sobre el hombro.

¡¡¡Cállate tú, bastardo!!! —le contestó la mujer, devolviéndole otra botella que estalló sobre sus cabezas, provocando que Georg se cubriese el rostro con ambas manos y lanzase a Gustav hacia el otro lado.

Se levantó en un santiamén y de buenas a primeras, tenía el revólver en la mano, gritándole a la chica que bajase y luchase como un hombre. La mujer bajó del escenario de un salto, sacó el cuchillo, y ambos se hubiesen quitado la vida en el centro del salón si no llega a ser por Bill quien se interpuso. Ambos, trastornados por su presencia, gritaron al unísono:

¡Me debes dinero, Tom!

Bill, ya harto de ser confundido por su malaventurado hermano, les gritó:

¡Soy Bill!

Entonces, ambos, hombre y mujer, se quedaron perplejos, sobre todo ella que comenzó a respirar con violencia.

¡Bill! —dijo Gustav—. ¡Me alegro de verte!

Se le pintó una sonrisa en el rostro. Bill negó ante el estado de embriagues de sus amigos y dirigiéndole unas cortas palabras a Gustav, se dirigió de lleno a la mujer, mientras el hombre iba a dormirse de nuevo al hombro de Georg.

Bobby —dijo mirándola a los ojos negros—, no esperaba encontrarte aquí.

Ella seguía completamente atónita al verle de nuevo tras tantos años alejada de él. Le miraba con los ojos brillantes por unas incomprensibles lágrimas que no terminaban de despuntar. Su respiración se había tranquilizado, pero ella temblaba.

Pensé que estabas en México.

Estaba… —musitó.

Se alejaron del barullo formado por las palabras tan atrevidas que formuló la mujer, y fueron a una esquina de la planta superior que daba a las habitaciones.

¿Qué ha pasado, Bobby? ¿Por qué has vuelto?

No quiero hablar de eso ahora —dijo la mujer desplomándose en el suelo, entre la barandilla de madera y el marco de la puerta. Bill se acuclilló ante ella y, tomándole de la mejilla, la miró con pesar.

¿Qué te han hecho?

Nada…

¿Y por qué lloras?

¡Qué más da!

La miró entristecido por ver a su antigua compañera de pillaje en aquellas condiciones, pero no le pidió que hablara más.

Busco a mi hermano… si me dices donde está, podré  hacer que te devuelva el dinero.

Ella permitió que alejase las manos de su mejilla. Bill se apoyó sobre sus rodillas para tenerla más cerca y se miraron a los ojos.

No sé dónde está, Bill… nadie sabe dónde está, pero todos le buscan. Necesito el dinero, Billy, si le encuentras… procura convencerle para que me devuelva lo que me debe.

Bill suspiró.

¿Por dónde empiezo a buscar?

Detrás del telón está el camerino de las cabareteras, busca ahí, siempre está ahí. Ellas son las únicas que les consienten sus groserías.

Vendré a buscarte, te lo prometo.

La tomó de la cabeza y besó delicadamente su frente, sintiendo cuan trémula se hallaba. Se levantó para verla por última vez antes de bajar, y la encontró sonriente, admirándole con ternura, en un estado de sopor que solo le permitía aquella borrachera que la despertaría por la mañana con un dolor terrible ahí donde sus labios habían estado.

 

Tras el telón, desfiló bajo la mirada de mujeres chillonas que le animaban a irse de aquel lugar vedado para ellas. Pero Bill siguió caminando mientras algunas alarmadas y otras juguetonas le sonreían y llamaban pero no por su nombre. Siguió un camino corto que le llevó a una sala anexa donde cinco mujeres le llamaron a gritos y corearon el nombre de su hermano con alegría.

¡Tommy, sabíamos que vendrías hoy!

La dama, vestida de negro corpiño, le agarró de la camisa que intentó quitarle, pero él la detuvo.

Estoy buscando a mi hermano.

Pero nadie le hizo caso y una dama le tomó de las mejillas para robarle un beso sin su permiso. Cuando tuvo los labios libres, intentó decirles que necesitaba urgentemente hallar a su hermano, pues Roberta le necesitaba, pero no fue capaz de hacer otra cosa sino forcejear por no ser desnudado.

¡No se preocupe, señor Kaulitz! ¡Cuidaremos de usted!

¡Pero suélteme, mujer! —La tendió en la cama con cierta brusquedad, lo cual la hizo gritar por el susto, al igual que a las otras cinco mujeres. Entonces, un silencio sepulcral se hizo, cuando el viejo vigía golpeó la pared a bastonazos.

Bill se sentó en la cama, se ajustó las ropas, se colocó el cinto que le habían intentado quitar y poniéndose de pie, fue a salir de la sala cuando de entre la oscuridad del corto pasillo que comunicaba el escenario con el vestidor, una mujer pelirroja, ataviada con un corsé plateado y falda del mismo color intercalado con negro, le hizo tragar saliva.

Los ojos azules le quitaron el aliento y su figura sobresaliente le hizo sentarse de nuevo replanteándose por qué iba a irse tan rápido.

Ella salió de la oscuridad y él la miró de arriba abajo, asintiendo como un tonto como si ella le estuviese comunicando con los ojos lo que iba a hacer. Ella puso la mano para que se la besase, y él lo hizo con la misma delicadeza con la que besó la frente de Roberta Bridoux.

Es la Madonna —dijo una señora, la más mayor de las bailarinas, de cabello negro y ojos azabache.

Bill asintió lentamente, sin saber qué hacer ni decir, sabiendo que tenía algo urgente entre manos, pero sin recordar por qué le apremiaba tanto.

Tú debes de ser Bill —le dijo en un susurro parecido a un ronroneo.

A mí se me parece a Tom —dijo la joven que acaba de apartarse de encima. La dama pelirroja negó y añadió:

No, Tom tiene un lunar en la mejilla y él lo tiene en la barbilla.

Se acercó a él peligrosamente y se quedó ante él con el rostro contraído en una expresión de amor que le había encogido el corazón.

Estoy buscando a mi hermano —afirmó mansamente—. Tengo entendiendo que debe mucho dinero…

Se detuvo al recordar un pensamiento que como un relámpago apareció en su mente, pero que tan rápido como miró a la Madonna a los ojos, se le olvidó de qué pensaba, qué sentía y se olvidó hasta de su nombre.

Lo sabemos… Tom está fuera del Pueblo, pensábamos que volvería hoy —le aclaró.

Siempre vuelve… —dijo la morenita.

Cuando hay luna llena…. —dijo la de cabello negro ajustándose el ligero sobre su muslo níveo.

¡Es como un lobo!

Y todas aullaron.

¡Para dominarnos!¡Con una sola mano! ¡Como buen vaquero!

¡Sí! —Corearon—. Con una sola mano…

Bill sintió una puñalada que le cruzaba el pecho como la flecha navaja de los indios que mataron a su compañero hacía ya tantos años… sintió el amargo puñal de la envidia, una envidia que no había sentido jamás por su hermano…

¿Quieres quedarte un rato, Billy?

Bill asintió absorto por el contoneo de sus caderas, el brillante nacarado de las perlas y piedras que adornaban su corpiño y el tintineo de las mismas que habían acallado los aullidos de las feroces lobas que aguardaban al alfa.  

El piano se escuchaba de fondo, a lo lejos, tan lejano tras la puerta, ahora cerrada, que juraría que no era más que un murmullo en su cabeza que intentaba alejarle de la Madona por un motivo importantísimo que nunca recordaba pero que siempre enfilaba sus pensamientos pinchándole en el alma para que sacase el culo de aquel antro antes de que se arrepintiese, pero ¿de qué? ¿De retozar? Aquella hembra no le haría ningún daño, al contrario, le alejaría de la solitaria montaña, el seco cactus, el saguaro traicionero, la arena del desierto, las montañas pardas sobre el azul cielo. Le borraría ese pesar que apuntalaba su mente y no le dejaba vivir el momento.

La Madona no llevaba el corsé ni la falda, solo las ligas oscuras que se cernían sobre su piel, que era más blanca que la más pura de las nieves, al mismo tiempo que rosáceas como la flor del mismo nombre que crecía salvajes en los campos.

Le quitó el sombrero que se perdió entre la ropa de la función, le desabrochó la camisa y se puso sobre él, quien seguía mirándola. Le besó en los labios con suma delicadeza y entonces, se acordó de ella, de Roberta y de la primera vez que la besó en la alberca de la Cabaña de Tío Pete, tras robar un banco de un pueblo inmundo al otro lado de las montañas…. Recordando a Bobby creyó caer en la cuenta de por qué tenía que irse, pero cuando abrió los ojos y miró a la loba que tenía encima, se le volvió a ir el santo al cielo. La tomó por la cintura, sintiendo su piel caliente en las palmas de sus manos rotas, ella se estremeció y él solo pudo suspirar. Su otra mano sujetó el muslo suave que colmaba sus piernas con el febril ardor de la pasión. Ella se movía sobre él al ritmo acompasado de sus respiraciones, haciéndole suspirar de placer. Ascendió su mano por su cuerpo hasta llegar a sus senos erizados y entonces creyó ver a su hermano.  

No sabía cuándo había llegado. Hasta el momento había estado retozando con la Madonna en un estado de placer supremo, escuchando su respiración, sus gemidos, sintiendo sus caricias, apreciando sus labios, alejándose a cada suave embestida de las montañas, el desierto y la sequedad que poblaba su alma, cuando, a su lado apareció la muchachita bajita y chillona que había intentado descamisarle.

La mujer estaba postrada en el lecho en posición cuadrúpeda, gritando obscenidades cada dos embestidas, aullando, desgarrando las sábanas con las uñas y a él el tímpano de paso, mientras, su hermano la colmaba de placer, con una expresión de éxtasis total dibujada en el rostro coloreado con los tonos de la pasión. Tenía los ojos cerrados, fuertemente sellados por el placer (lo cual le había evitado percatarse de que el otro hombre era él), los labios abiertos, la lengua húmeda relamiendo sus labios jocosamente, gimiendo, con los cabellos oscuros entrelazados con el sudor que le pendía de la frente y la barba montañesa que retenía sus cabellos cada vez que recostaba la cabeza en el aire.

La imagen de Tom se le emborronó por un vapor húmedo y de fuerte y penetrante aroma que le hizo mirar a la Madonna, entonces, la imagen de Elvira le agarró la mente, sucedida de la imagen de Ana Rita y luego de Bobby y la india Petunia, pensó en todas ellas, inexplicablemente, sin quererlo, desconociendo por qué se le había colado imágenes de las mujeres de su hermano cuando no debía ni tenerlas presente en conversaciones…

La muchacha Elvira, su sobrina, acariciándole el pecho y besándole los labios le sobresaltó considerablemente. Cerró los ojos para no sentirla, para no verla, para no escucharla, se puso sobre ella para que su padre no la viese en un lugar como aquel y le matase ahí mismo por haber corrompido la cándida pureza de una niña de dieciséis años que merecía un marido mejor que él y un padre mejor que Tom.

Se prohibía abrir los ojos porque bajo su cuerpo estaba la niña, con aquellos ojos verdes, aquella piel suave, sus pechos de melocotón y su boquita de fresa suplicándole que no se detuviese ahora, que continuase, que llegase al final con ella. Abrió su ojo izquierdo y vio a Bobby con el cabello suelto sobre la almohada, mirándole con aquellos ojos oscuros, intensos, su mirada única, sus labios únicos, ella… su amor, su vida… por ella vivía y moría cada día… y él estaba ahí dentro, drogado por el opio que las furcias habían quemado, poseyéndola sin tenerla, huyendo de su presencia y su contacto porque ser fugitivo de la justicia le había hecho serlo también en el amor, ¡y que injusto había sido al dejarla ahí tirada, por ir en busca de su hermano que ni de lejos le necesitaba tanto como ella, porque Roberta Bridoux jamás lloraba, no lo hizo antes y ¿por qué lo hacía ahora?! «Roberta… qué difícil es amarte», pensó.

Ambos machos terminaron al unísono. Tom notó un deje reconocido en aquel gemido de garganta, pero no lo creyó posible hasta que no lo vio con sus propios ojos, tumbado sobre los pechos de la gran Madonna… Le contempló boquiabierto, sabiendo que cuando le viese se iba a extrañar tanto como él, porque jamás creyó posible ver a su propio hermano haciendo estas cosas en su presencia. 

Bill abrió los ojos y le miró con el rostro perlado, la expresión resentida por el placer, las mejillas coloreadas, más todavía si era posible, al entrar en contacto visual. Se quedaron mirándose durante un momento, ambos sin pensar con claridad en lo que ocurría. Una voz apagada, un gemido débil y ronco les despertó a ambos. ¡Era el vigía! Los hermanos apenas tuvieron tiempo de ponerse en pie y salir escopeteados por la ventana, antes que un señor mayor, wínchester en mano, les escopeteara a ambos, quienes con los pantalones en las manos y las pistoleras en la otra, corrieron por la calle principal del pueblo, bajo la luz de luna. Al menos conservaban las botas puestas, y Tom, por suerte, no se había quitado el poncho.

Continuará…

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