Capítulo 11: Preludio

Pareciera imposible que tantas cosas hubieran sucedido en al parecer tan poco tiempo, pero el momento mas temido por la Realeza de Calabria estaba a punto de llegar.

La primavera que pintaba la isla de un color verde esmeralda y hacía fulgurar los cielos azules y eternos del cielo, estaba casi por terminar, y la promesa de un nuevo verano, tan viscoso y empalagoso como todos los veranos en Calabria empezaba a anunciar su llegada hacia los primeros días de Junio.

Los olivos, cargados de enormes aceitunas, mecían serenamente su ramas al compás del cálido viento en tanto que los recolectores agrupaban y almacenaban los frutos a diario bajo el sol abrasador del medio día. Eran tiempos de cosecha en toda la isla y todos en ella se afanaban sin descanso, disfrutando tanto de los resultados, como de la prosperidad que había ahora en el lugar para todos. El lugar era tan próspero, que varios diseñadores y comerciantes de alta costura habían llegado de muchas partes del mundo, a instalarse en Calabria, y a causa de eso, había crecido aún mas la prosperidad del lugar.

En el Palacio azul y blanco, se detallaban los últimos preparativos para el arribo de las Reales visitas que en breve serían recibidas. Los aposentos estaban listos, se bordaron nuevos almohadones, se ordenaron nuevas alfombras, se construyeron nuevos carruajes y dos cocineras fueron traídas desde Francia.

Los jardineros habían creado un verdadero paraíso en los jardines, y el palacio brillaba como un diamante recién pulido.

Los Reyes, pese a todo, habían organizado varios banquetes y algunas cenas en honor a sus próximos invitados, extrañados de igual manera ante la actitud resignada y apática de los príncipes, que observaban callados los preparativos, sin participar en ellos, pero al menos sin quejarse demasiado.

Se encontraban abstraídos mas que nunca en sus actividades cotidianas, la lectura, los negocios, el tiro con arco y algunas veces el esgrima. A Tom le gustaba la caza, pero Bill la detestaba, de modo que ya no iban a cazar. Solamente una vez había entrado el príncipe menor en el salón de trofeos, llamado así porque en cada rincón había cadáveres de animales preservados para dar la impresión de vida, las paredes estaban tachonadas de cabezas de ciervos, toros, cabras montañesas, aves y demás variedad de animales; todos cazados por el príncipe Thomas y sus antepasados. Al verlos, Bill se había horrorizado, y jamás quiso acercarse por ahí nuevamente, y nadie mas en el castillo practicó la caza desde entonces.

Entre los príncipes parecía haberse levantado un delicado velo invisible que los protegía del mundo exterior y sus punzantes agonías, y el tema de la llegada de las princesas era prácticamente tabú para ellos.

Nos preocuparemos de ello cuando llegue el momento — solía decir Tom hacía su hermano, a veces a mitad del desayuno, cuando los ojos de Bill se oscurecían de repente, a veces susurrando contra sus labios, cuando, desnudos y sudorosos, se devoraban a besos tan lúbricos y salvajes como solo ellos conocían, y otras veces incluso frente a sus padres, lo que cortaba cualquier inicio de charla sobre el tema.

Pero claramente todos se preocupaban por el arribo de aquellas dos jovencitas que bien podrían poner el Reino de cabeza si se empecinaban en ello.

Los primeros en llegar serían los soberanos de Baja Normandía, y faltaba una semana exacta para su arribo.

—¿Conoces a los Reyes Normandos? — preguntó Bill la mañana del lunes, siete días antes de que el pudiera conocer a aquella princesa que ya odiaba.

Ambos estaban en su privada y elegante veranda, tomando un desayuno ligero de lubina al vapor con verduras cubiertas de mantequilla dorada y especias, pastelillos de miel y té negro.

El mayor de los príncipes entornó los ojos, esbozó un conato de sonrisa, y se deleitó en la pálida perfección de su hermano antes de responderle.

—En persona no — respondió Tom, haciendo gala de su oscura y penetrante mirada, esa que siempre conseguía hacer estragos en el ritmo cardíaco de su hermano.

—¿Entonces? — presionó Bill.

—Vinieron alguna vez aquí pero yo era demasiado pequeño aún y ellos no tenían descendencia, así que no recuerdo nada de eso — Tom bebió un ligero sorbo de su té — después y por medio de noticias de los heraldos, de los escribas, de los decretos y lo que tu quieras, supe que el Rey Felipe buscaba casar a su única y boba hijita con un duque francés, el duque de Montpensier, hermano del Rey Valdric, pero hace tiempo el duque desapareció, quizá no le hizo nada de gracia eso de los matrimonios arreglados y se fue sin más, porque claramente al contraer matrimonio con la princesa Felitza, él se volvería Rey de Baja Normandía.

—Entonces — los ojos oscuros de Bill se volvieron insondables —¿el título que me correspondería es el de duque?

Tom arqueó las cejas. A Bill nada se le escapaba.

—Te estoy diciendo que un duque francés, alguien de muy alto rango por cierto, desapareció en vísperas de ser cazado como conejo ¿y a tí te importan mas los títulos? Eres único Bill.

—Bueno, no sé que decir ante eso, alguien sabrá algo de él ¿o no? —Tom hizo un gesto negativo con la cabeza — quizá dentro de poco aparezca, y ahora dime, yo tendría que ser un duque ¿cierto?

—Tecnicamente sí, y digo técnicamente porque tu y yo nacimos el mismo día, y según las investigaciones de Jean, tu bien podrías ser el primero, y el duque sería yo.

—Vamos Tom, no digas necedades, tu eres el mayor y se acabó.

—Si así deseas creerlo hermanito, no seré yo quien te desmienta, y no eres un duque, eres un príncipe heredero y no te permito que pienses que mereces la categoría de un duque, que aunque es importante, no es lo que eres.

—No creo que ser duque sea una categoría inferior, simplemente es el hermano de un Rey, el que sigue en la línea de sucesión — refunfuñó Bill, alzando la nariz.

—Pero tu y yo no somos Reyes genio, nuestro padre es el Rey y nosotros príncipes herederos.

Bill frunció el ceño y se pasó la mano por el cabello negro y corto, parecía muy confuso. Las normas y los protocolos de la realeza lo confundían mucho a pesar del tiempo transcurrido.

—¿Crees que haya sucedido algo malo a ese Duque? — preguntó entonces, preocupado, mientras su mente creaba miles de escenarios de lo que podría haberle ocurrido.

—No sabría decirte en realidad, sé que el hermano del duque ha movido con desesperación muchos recursos para tratar de encontrarlo— el rostro de Tom se ensombreció de repente — se supone que esas cosas no pasan, ¿como demonios podría sucederle algo malo a un duque? pero entonces solo hay que verte a ti.

—¿A mi? — Bill comenzó a fingir demencia, haciendo a Tom endurecer su mirada.

—Si, a ti Alteza.

Tres golpes resonaron en las puertas cerradas, sacando a los príncipes de su ensoñación.

Un guardia abrió la puerta cuando Tom asintió, molesto, y Georg hizo acto de presencia.

—Saludos Altezas— dijo, nada afectado, como si toda su vida hubiera tratado así a su mejor amigo — lamento la interrupción, pero traigo un mensaje de los Reyes.

Al escucharlo, Tom puso los ojos en blanco y Bill se clavó las uñas en las palmas. Últimamente esos mensajes de sus padres no eran otra cosa sino anuncios de lo que se les venía encima, aquello de lo que ningún príncipe hablaba.

—¿Y qué dicen nuestros augustos padres? — preguntó Tom satíricamente—¿cual buena nueva nos traes?— la voz de Tom desbordaba mordacidad.

Georg sonrió. Le caía bien Tom aún con sus modales sarcásticos y sus comportamientos rebeldes.

—Sus nuevos vestuarios están listos, deben presentarse al medio día en el salón de los cortinajes para las pruebas— repuso Georg, aguantando una sonrisa.

Bill rodó los ojos ante tal anuncio. Le parecían demasiado ridículos algunos protocolos, como estrenar ropa nueva y fina, cuando tenían trajes elegantes como para llenar un salón entero. Rara vez repetían un atuendo; tenían modistas que escogían su ropa a diario, algo nuevo para Bill, quien siempre tuvo ropa muy escasa, demasiado escasa quizá.

—¿Y eso es todo? — cuestionó Tom, intuyendo que había algo más.

—No Alteza, en efecto que no lo es todo.

Georg seguía tratando de no sonreír, mientras veía a Bill mover sin entusiasmo alguno la carne humeante de su plato.

—Bueno pues habla de una vez— gruñó Tom, malhumorado.

—Los Reyes también desean discutir con vosotros las actividades que tendrán lugar durante la visita de vuestras prometidas — dijo, mirando un pergamino que acababa de desenrollar.

Bill se congeló al escucharlo, temeroso de la reacción de su hermano. Y tal como lo imaginó, Tom se levantó vuelto una furia.

—No hay prometidas a las que recibir — vociferó delante de un impávido Georg— son solo dos mocosas mimadas y egoístas que se van a ir después de venir a importunar en nuestro Reino.

—Será como dice Alteza, yo solo traigo el mensaje de vuestros padres.

—Bueno, puedes considerar el mensaje entregado, ahora vete.

—Basta Tom— dijo Bill, apuntando a su hermano con la punta de su cuchillo dorado, sus ojos se volvieron rendijas — esto no es culpa de Georg.

Tom se quedó callado, molesto ante las palabras de su hermano, pero consciente de que tenía razón, finalmente el gorila castaño, como el le decía, solo era el portador de las malas noticias.

—Si, como sea— dijo, volviendo a sentarse frente a Bill para seguir rezumando coraje —¿algún otro mensaje?

—Ninguno majestad, me retiro ya.

—Perfecto, adiós.

—Espera Geo — terció Bill— ¿ya has desayunado?

Georg sonrió, si algo admiraba de Bill, es que aún siendo un príncipe, tan rico y tan poderoso, no había perdido su humildad, ni su interés por los demás.

—Ya amigo, muchas gracias— respondió, sonriendo cálidamente. Tom no dijo nada, solo observaba, con el ceño fruncido. Aún tenía mucho que aprender de su hermano.

Cuando el consejero salió, Tom no aguantó la pregunta que Bill estaba seguro que iba a escuchar.

—¿En verdad te importa si el tipo ya comió?

—Desde luego — Bill sonrió de lado, sabiendo que al esbozar ese tipo de sonrisa, los relieves de las cicatrices de su mejilla se volvían completamente visibles — el y yo siempre teníamos hambre Tom, todo el día, todos los días, de modo que me importa saber que mi mejor amigo tenga el estómago lleno. Y de la misma manera que me preocupa él, me preocupan todas las demás personas que sirven en este palacio y nos cumplen todos los caprichos, por más ridículos que sean.

Tom se calló como un muerto entonces, y el guardia que custodiaba la puerta sonrió.

[…]

—Esto es una total pérdida de tiempo— se lamentó Bill en voz baja, mientras el criado de alguno de los diez costureros que estaban en el salon de cortinajes (llamado así por su esplendor, y por lucir en cada uno de sus veinte ventanales una cortina diferente y hermosa) le seguía tomando medidas a la longitud de su cuello; y cuando el joven mozo se quedó sin habla al ver la cicatriz en la nuca del principe, Bill rodó los ojos con hastío. Eso empezaba a cansarlo.

—Date prisa — gruñó Tom, quien se dio cuenta perfectante de lo que sucedía.

El mozo terminó, era lo último que faltaba. Ya se habían probado las camisas de seda, los pantalones ceñidos pero sorprendentemente cómodos, los chalecos bordados, las casacas con forro de seda, las capas y las botas. Solo faltaron los anchos moños que debían lucir en el cuello, y de los cuales los costureros ya tenían las medidas.

Bill miraba con preocupación las docenas trajes, pensando que en pleno verano, portando aquello, iban a morirse de calor.

El consejero y amigo del príncipe Bill, estaba presente, como debía estarlo todo o casi todo el día, para fastidio de Tom, y también se impresionó y preocupó por el aspecto que su amigo debería lucir.

—Vaya Bill— murmuró, cerca de su amigo — te vas a asar como langosta en una olla con eso puesto.

—Basta Geo — se lamentó Bill — no ayudas con ese comentario— pero el príncipe sonreía al decirlo.

Durante la cena de ese día, que transcurría en el atestado comedor principal, los príncipes, sentados juntos a la derecha de su padre, se dedicaban a comer y conversar entre ellos, siendo observados por una multitud de gente, casi como cada noche.

—¿Porque todos nos miran así?— preguntó Bill, igual que cada noche, mientras miraba su cena, que constaba de un jugoso medallón de solomillo de ternera con mantequilla de trufas y risotto de hongos salvajes. Era algo que jamás imaginó probar.

Los cocineros ya sabían casi a la perfección los gustos culinarios del mas joven de los príncipes y se esforzaban por complacerlo con recetas nuevas que volvían al origen de su tierra, y que también sorpendían gratamente a los demás miembros de la familia Real y a cualquier invitado.

—Porque es extraño— respondió Tom, quien parecía bastante tranquilo, demasiado a pesar de que captaba perfectamente las ensoñadoras miradas que le dirigía Grabrielle, la joven y linda hija del duque de Croacia a Bill.

No había nada que los príncipes pudieran hacer ante la cuestion de ser observados. Sus estampas practiamente iguales, esa extraña aura de oscuridad enigmática que los rodeaba, o la forma tan exquisita en que su ropa les quedaba, volvían imposible no mirarlos, además del hecho de que ningín miembro de la realeza había contemplado antes, ni tan cerca, a un par de hermanos tan idénticos y tan apuestos.

—¿Que es lo extraño?— insistió Bill, pinchando delicadamente un trozo de esparrago salteado. El sabor resultaba maravilloso.

Tom suspiró. No solían hablar mucho sobre su familia y sus antepasados, por lo tanto Tom solo iba revelando pequeños fragmentos de esas historias a su hermano, atento a todas sus expresiones y sus respuestas físicas. Si empezaba a dolerle el pecho, por ejemplo, era momento de parar.

—Porque en Calabria no habían nacido herederos varones, hasta que llegamos nosotros.

Al escucharlo, Bill quedó en shock al darse cuenta de qué tan poco conocía de sus propios orígenes.

Sus alucinantes ojos marrones miraron en el acto a sus padres, que sonreían, cenaban y conversaban cortesmente con sus invitados.

—No entiendo— fue todo lo que dijo.

—Verás.. — Tom se aclaró la garganta, le lanzó una mortífera mirada a la graciosa Gabrielle y sonrió cuando ella, avergonzada, bajó la vista hacia sus manos — no voy a comenzar desde la punta de nuestro árbol familiar, así que me limitaré a nuestros abuelos, el Rey Baltazar, y… la Reina Lucila.

Bill contuvo la respiración al escuchar el nombre de su despiadada y cruel abuela muerta, pero después de recomponerse, levantó las delgadas cejas negras, invitando a su hermano a seguir.

—El Rey Baltazar, en realidad fue un príncipe Holandés, fue el cuarto hijo del Rey de Holanda, cuarto en la línea de sucesión al trono, practicamente imposible que se convirtiese en Rey de su nación, mientras que aquí en Calabria, nuestra… abuela, era la unica hija real nacida, y ya no habría mas herederos, puesto que su madre, nuestra bisabuela, murió al traerla al mundo.

En aquel punto, Bill no pudo dejar de pensar en que su miserable abuela había sido una mala semilla desde su nacimiento, y se preguntaba cómo era posbile que él, su hermano y su madre descendieran de ella.

— Continúa — pidió Bill. Le dio un sorbo a la copa que tenía delante, sintiendose mejor al percibir el abigarrado sabor del vino descendiendo por su garganta.

— De cualquier manera, llegado el momento, buscaron el candidato perfecto par desposarlo con la única heredera de Calabria, siendo nuestro abuelo el elegido.

—¿Como era él?— preguntó Bill con avidez, deseoso de escuchar y saber si su abuelo había sido la antítesis de su abuela, o si había sido igual a ella.

—No lo recuerdo mucho, murió cuando yo tenía sólo seis años, pero lo que recuerdo es que era noble y bondadoso, el reino lo veneraba y gozaba de prosperidad cuando el gobernó, pero cuando todo cayó en manos de Lucila…

—Lo sé— Bill no recordaba sus primeros años, pero de lo que ya tenía memoria era siempre tener hambre, siempre tener frío, y no poseer casi absolutamente nada, porque todo el dinero que llegaban a tener había que pagarlo en los impuestos, que eran altísimos —abusó del poder.

—Y de forma despiadada — Tom estaba atento a cualquier cosa que pudiera perturbar a su hermano, pero Bill lucía sereno, la luz ambarina de las velas le daba viveza a su piel y sus ojos estaban brillantes y atentos —así fue entonces que nuestros abuelos se unieron, y por fin Calabria tenía un Rey y a su Reina — los ojos de Tom se esombrecieron de repente — a nuestra abuela le costó mucho trabajo el poder concebir un heredero, todos pensaban que nuevamente el destino del reino estaba suspendido, hasta que finalmente se anunció que los Reyes esperaban un hijo.

—¿Y entonces nació nuestra madre?

—En efecto, al cabo de nueve meses, la Reina tuvo a su hijo, pero no obtuvo lo que ella deseaba, que era un varón, que era lo que ella quería darle a su Reino luego de una larga sucesion de niñas nacidas, y ningun varón.

—¿Y que sucedió? —Bill estaba totalmente eclipsado por lo que Tom estaba diciendo.

—Cuando le anunciaron que había dado a luz a una hija en lugar de un hijo, la Reina Lucila lanzó un aullido de furia hacia la noche naciente y no quiso ni siquiera ver a su recién nacida hija, hasta despues de muchos días…

Bill estaba horrorizado. Definitivamente lo supo, nada nunca estuvo bien con su abuela, había nacido podrida, y la realeza y el poder solo habían logrado corromperla aún mas.

—No puedo creerlo — susurró Bill.

—Creelo, nuestra abuela intentó por todos los medios tener mas herederos, estaba obsesionada con la meta de darle al reino un Príncipe Heredero, pero nunca pudo tener mas que a la que en ese entonces era la Princesa Simonetta, nuestra madre.

—Así que tuvieron que hacer lo mismo que con ella ¿cierto?

—En efecto, cuando nuestra madre tuvo la edad suficiente, buscaron en otras tierras al príncipe que habría de convertirse en Rey, siendo el elegido nuestro padre.

—¿Y nuestro padre de donde es?— aquella pregunta sorprendió a Bill, pues se dio cuenta que no sabía siquiera en donde había nacido su propio padre. Había asumido que era Italiano, pero quizá no lo era. Tom sonrió ante la pregunta.

—Nuestro padre fue el tercer hijo del Rey de Federico, de Dinamarca.

—¿Nuestro padre es danés?— Bill no lo podía creer.

—Y habla Danés a la perfección.

—¿Y porque yo no sabía nada de esto?— se lamentó Bill, sintiendo una punzante melancolía al darse cuenta de qué tan poco conocía a su familia —¿Y tu Tom, eres italiano o que eres?

Ante eso, Tom soltó una estruendosa carcajada que trató inutilmente de disimular con tos, y que hizo que todos los invitados a la cena de aquel día volteasen a mirarlos. No le importó.

—Tu y yo nacimos el mismo dia cabezota, aquí, justo aquí en este palacio, en la alcoba real, a donde has ido a visitar a tu madre casi todos los días desde que vives aquí.

—Ya basta— se rió Bill — así que no somos totalmente italianos…

—No, en efecto, tenemos algo de daneses, y algo de holandeses en nuestra sangre — repondió Tom, arañando a propósito las palabras con su melodioso acento italiano, tan parecido a las lóbregas campanadas de una catedral.

Por un momento, Bill se vio abrumado por el deseo de besarlo. Logró contenerse al recordar en donde estaban.

—¿Después entonces… llegamos nosotros?

—Así es, cuando finalmente nuestra madre estuvo casada, anunció casi de inmediato que le daría a nuestro reino un heredero, contrario a lo dificil que fue antes para Lucila y la madre de Lucila, nuestra madre fue como esta tierra, joven y fértil, pero también ahí comenzó su tormento.

Bill se congeló, y su corazón dio un vuelco. ¿Tormento a su madre? ¿A la persona que el consideraba tan sagrada en el mundo como lo fue Constanza? Volteó a verla en el acto, sintiendose tranquilo al ver como el azul de sus ojos, idéntico al azul del cielo de un día de verano, titilaba mientras ella, atenta a lo que alguien decía, sonreía.

—¿Tormento porque?— preguntó, alarmado pero tratando de serensarse.

—Pues —Tom terminó por cortar la carne de su plato, masticó lentamente un trozo, haciendo que su hermano lo imitara, y respondió al cabo de un minuto — en cuanto nuestra madre hizo el anuncio, no hubo un día en que la Reina no la atormentara diciendole que debía tener un varón, que eso era lo que se esperaba de ella, que por generaciones nuestro reino había esperado tener un heredero nacido en esta tierra; ella incluso consideraba a sus propios esposo y padre como unos usurpadores al no haber nacido aquí, todo lo que podía importarle en el mundo era que su única hija trajera al mundo a un príncipe heredero.

—Y lo hizo…— el tono de Bill era triste.

—Así es, y no solo uno, sino dos, algo maravilloso y muy extraño.

—Y nadie más lo supo, solo ella…— Bill trató de viajar con su mente a aquella noche de su nacimiento. Podía imaginarlo todo, el cansancio de su madre, su agotamiento y temor, su preciosa sangre derramada por todos lados, y también la sorpresa, el desconcierto y el añejo rencor que palpitaba dentro del alma de su abuela, tan lacerante como la sangre que palpita debajo de un moretón. Imaginar le dio miedo.

—En efecto, y he visto esta situación como una especie de redención de nuestra propia tierra — Tom hablaba con aquella sabiduría que lo caracterizaba — tantas generaciones sin hombres, que en honor a eso, a nuestra madre se le otorgó no solo uno, sino dos hijos, exactamente como lo dijo el pesado del obispo en la ceremonia de tu coronación ¿lo recuerdas? — Bill asintió— como un regalo de la tierra, aunque por desgracia, nuestra insensata abuela, no supo reconocer ese regalo, y sumió a todos en la peor de las agonías que podría haber, al arrancarle a nuestro Reino a uno de sus preciados hijos.

Y Bill ya no dijo nada ante eso.

Continuará…

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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