«458 Italia» Fic de Shugaresugaru
Capítulo 13: Emociones
By Bill
Ahí estaba yo, parado en el centro de mi desordenada habitación, con la pequeña caja entre las manos. ¿Qué demonios? A ver qué otra sorpresita me da Dominique, pensé.
Me senté frente al escritorio, encendí otra lámpara y con cuidado levante la tapa –me temblaban las manos- y ahogué una exclamación de asombro.
Al destaparla, un poderoso y concentrado aroma a vainilla me golpeó el rostro, era tan denso que hasta se podía saborear, y ahí, descansando en una almohadilla de terciopelo blanco estaba un caballo relinchante, brillando en el esplendor de todos sus diamantes que chisporroteaban arcoíris por la brillante luz de mi simple lámpara. Me llevé una mano a la boca para no gritar, esto ya era pasarse ¿en qué pensaba esa niña?
Con la mano aún temblorosa saque el pequeño dije de su lecho blanco, lo acerque a la luz de mi lámpara y lo sostuve entre mis dedos para asegurarme que era real.
Me pregunto si será el mismo… pensé mientras le daba la vuelta. A estas alturas de la situación no me sorprendió ya nada encontrarme dos nombres grabados pulcramente en la parte trasera del dije.
—Esto es inaudito ¿Por qué me ha enviado su dije? — gemí mentalmente.
Primero la carta, después los autos y ahora ¿esto? pensé mientras sostenía el collar por la cadena a la altura de mi cara. Aquel brillante caballo daba vueltas como si tuviera vida, enviando destellos de luces de colores hacia todos lados.
En verdad que no entendía nada, no podía comprender porque ella me hacia estas cosas… ¿Por qué no tomar el teléfono y hacer una simple llamada? No. Ella se esforzaba por jugar con mi mente, quería volverme loco, eso quería. Por Dios si la tuviera enfrente…
Me recargué contra el respaldo de mi silla sintiéndome mentalmente agotado, terriblemente cansado. Cerré los ojos y quise apagar mi mente, aunque fuera por un segundo, pero me fue imposible ya que un grito me golpeó los tímpanos y un puño mi puerta, di un salto sobre la silla y casi suelto el collar que se mecía entre mis dedos. Tuve que hacer un movimiento brusco y un malabar para evitar que se estrellara contra el suelo.
—¡Bill! — grito Tom.
— ¡Carajo Tom!, ¿Qué demonios quieres? — le grité de vuelta, molesto.
—Que muevas tu huesudo trasero. ¡Vámonos! — gritó y pude jurar que se reía.
— ¿A dónde se supone que vamos? — pregunté apretándome el puente de la nariz con mi pulgar e índice y suplicando paciencia a los Dioses.
— ¿A dónde más? Hay dos Ferrari— remarcó con énfasis la palabra — en el garaje, esperando para ser probados.
Suspiré y sonreí, la perspectiva de una carrera a 300 km/h no era del nada desagradable, sobre todo si podía distraerme un poco de mis confusos pensamientos.
Aunque me parecía excesivo el regalo que nos había hecho Dom, iba a quedármelo por dos cosas: de regresárselo estoy seguro que habría herido sus sentimientos, y como consecuencia eso me habría herido a mí, y la otra… bueno ¿Quién rechaza un Ferrari?
— ¡Ya voy! — le grité a Tom.
Me levanté de un salto mientras cerraba la gruesa cadena de oro blanco en torno a mi cuello, el pequeño caballo se deslizo hacia abajo hasta descansar sobre mi pecho debajo mi camiseta, el contacto del fino metal me quemaba la piel, pero se sentía agradable. Sonreí al sentir su peso, era como si Dominique estuviese conmigo.
Me calcé rápidamente unas zapatillas deportivas negras, tomé mi móvil del buro, las llaves de mi Ferrari y salí de mi habitación topándome con la brillante mirada de Tom.
— ¿Listo? — preguntó excitado.
—Por supuesto— respondí agitando las llaves del auto frente a su rostro.
—Sabes que te patearé el trasero ¿no Billy? — dijo petulante.
—Eso está por verse— le respondí y ambos corrimos escaleras abajo.
***
Antes de salir de casa estuve casi cinco minutos admirando el interior de mi auto, los acabados eran elegantes y perfectos, tenía un tablero de instrumentos iluminado en un suave y luminoso resplandor rojo, lleno de botones suaves y delicados, uno en especial llamo mi atención, ya que relucía sobre los demás y era amarillo brillante, sin pensarlo dos veces lo presioné.
Gigante fue mi sorpresa cuando el techo del auto se comenzó a levantar suavemente y se escondió en la parte trasera, bajo el maletero.
— ¡Whoa! — jadeé.
— ¿Cómo has hecho eso? — chilló Tom mirando el espectáculo con la boca abierta.
—Pues el botón, el amarillo brillante.
Seguramente Tom hizo lo mismo ya que su auto se quedó también sin techo.
— ¿Qué tal? ¡Aparte de todo son descapotables! — me dijo sonriendo de oreja a oreja y lo imité. Estos automóviles eran un sueño hecho realidad.
***
—Por todos los demonios— recé, dejando de pisar el acelerador. Los autos parecían demonios voraces buscando comerse el pavimento o lo que fuera que estuviese bajo sus ruedas, apenas un leve roce en el acelerador y salían disparados como balas.
Nos detuvimos sobre la calzada que llevaba al aeropuerto, era una bella vía de 8 carriles, de pavimento intacto y suaves curvas, estaba completamente vacía, miré el reloj en el tablero de instrumentos, marcaba las dos de la mañana.
Tom detuvo su auto justo al lado del mío y bajó el cristal, lo imité.
— ¿Ya estás listo Tom? ¿Podrás con la decepción? — inquirí pisando el acelerador sin soltar el embrague. En respuesta mi auto rugió como un animal salvaje.
—Espera un momento hermanito, no sólo seremos tú y yo— respondió.
— ¿Ah no? — respondí volteando a todos lados. Estábamos completa y totalmente solos, ni siquiera había reporteros, paparazis o fotógrafos amateur, pero eso no era algo que me extrañase, habíamos salido de casa con todo sigilo por la puerta trasera oculta de nuestro garaje y teníamos la ventaja de llevar autos nuevos, si hubiésemos salido en mi camioneta o en el Audi de Tom… habría sido otra historia.
— ¿A quién se supone que estamos esperando? — me quejé.
Antes de que Tom pudiera responderme, escuché el rugido de un motor, era extraño ya que ni Tom ni yo estábamos acelerando nuestros autos, agudice el oído, no era un motor, eran dos, y de repente Tom y yo nos vimos flanqueados por dos autos más. Me tensé, pero de los autos recién llegados emergieron dos figuras que yo conocía muy bien.
Tom salió de su Ferrari y yo lo imité sin poder contener una estúpida sonrisa de orgullo y petulancia.
— ¡Bill! — gritó Georg llegando a nuestro lado a saltitos— ¡aun no puedo creerlo! Casi me da un infarto cuando llegué a casa y lo vi.
—Lo sé, lo sé, nos pasó lo mismo— le contesté entre carcajadas.
—Creo que no me sentía así desde que tenía ocho años y creía en santa Claus, tuve que apagar y encender la luz de mi garaje tres veces para creerlo— agregó Gus haciéndonos estallar en carcajadas más sonoras.
—Que detallazo de tu novia Bill, cuando la vuelva a ver le daré un gran abrazo de oso— dijo bobamente Georg. Hice una mueca mental de dolor.
—Y yo te daré una gran patada en el culo si lo haces— agregué sonriendo — ya le agradeceré yo por los cuatro— le guiñé un ojo.
Me acerqué al auto de Gus, que ya estaba siendo admirado por Tom, era pequeño y grácil, de ágiles líneas y un chocante tono amarillo, demasiado llamativo, el tipo de auto que te pones a babear cuando lo ves pasar.
—Déjame adivinar, ¿un Fiorano? — dijo Tom.
— ¡Sii! — contestó Gus con estrellitas en la mirada —es increíble, sólo lo comentamos una vez y míralo ahora— Gus miraba su auto como si se tratase de una divinidad.
— ¿Y el tuyo Georg? — pregunté caminando hacia él.
Georg se detuvo a un lado de su auto y extendió las manos como si fuese una presentadora de tv.
—Es un Enzo, son de edición limitada y no cualquiera puede tener uno— dijo con devoción.
Me detuve cerca del auto para admirarlo, realmente era hermoso, estaba casi pegado al suelo y era una máquina perfecta, de brillante carrocería roja con líneas elegantes y angulosas, tanto que le daban al auto un aspecto feroz y audaz, peligroso.
Tom y los demás ya se habían reunido frente a los autos y charlaban, así que fui con ellos. Vistos desde el frente, los cuatro Ferrari eran demasiado llamativos, brillantes y atrayentes, con los motores ronroneando suavemente igual que panteras a punto de atacar y las luces encendidas haciendo brillar nuestros rostros.
—Muy bien, ¿están listos para la carrera? — preguntó Tom quien tenía los brazos cruzados sobre el pecho y estaba de pie en su clásica pose de chulo. Le sonreí con cariño.
—El ganador se queda con la chica Ferrari— apuntó Georg y en respuesta mi puño automáticamente se impactó en su hombro —solo estaba bromeando Bill— dijo riéndose y disimulando una mueca de dolor.
—Dejen de comportarse como estúpidos y vamos a correr— dijo Gus, y, muy pagado de sí mismo caminó hacia su auto y se metió rápidamente en él.
—Ya saben que ganaré, trío de tortugas— les dije. Me metí a mi auto de un salto y volví a pisar el acelerador para disfrutar de los gruñidos de protesta frustrada del motor.
Los demás me imitaron para medir fuerzas.
—En cuanto cambie a la luz verde les demostraré como se corre— dijo Tom. Lo ignoré y me concentré en el semáforo.
En cuanto la luz roja cambió saqué el embrague y hundiéndome en el asiento salí disparado como resorte hacia adelante, con tres rugidos furiosos siguiéndome de cerca.
Realmente no había tomado muy en cuenta la potencia que poseen los motores de estos autos así que me quedé sin aliento en cuanto pisé el acelerador a fondo, la velocidad me dejó desconcertado por un instante y después, como si fuese lo más normal del mundo dominé al auto. Se sentía perfectamente normal, como si fuera otro de mis miembros siendo controlado de manera casi involuntaria por mi cerebro.
Iba haciendo los cambios perfectamente y ganando más velocidad a cada momento, sonreí al ver en mi espejo retrovisor tres pares de luces bastante lejos, aunque uno se estaba acercando rápidamente así que hice el último cambio en mi caja de velocidades y sonreí triunfal al ver la aguja de mi velocímetro arañando los 300 km/h.
Era una sensación única, no se podía comparar con nada, la adrenalina, la velocidad, el viento despeinando mi cabello y azotándome el rostro, solté una carcajada.
Tenía bien claro que a la velocidad a la que iba, si hacia cualquier movimiento erróneo mi vida terminaría tan rápido que no me daría cuenta, pero simplemente no pasó y eufórico llegué hasta donde estaba nuestra “meta”, 10 km adelante, casi en la entrada del aeropuerto.
Detuve completamente el auto y apagándolo me bajé de un salto y me apoyé en la parte trasera con un aire inocente y casual, rebosante de arrogancia.
El siguiente en llegar fue Georg en su pequeño Enzo, sí que ponía los pelos de punta con su rugido, salió de su auto y me miró esbozando una sonrisa.
—Ganaste Bill, mi enhorabuena— sonrió.
—Gracias, me quedo con el premio que habías mencionado— dije sonriendo también.
Ambos volteamos cuando escuchamos dos motores más, Tom y Gus llegaron al mismo tiempo, y con mirada frustrada salieron de los autos.
— ¿Cómo demonios lo hiciste Bill? — Me dijo mi gemelo con voz acusadora mientras se acercaba —¿Ya habías manejado antes uno de estos?
—Claro que no tonto, no sé cómo lo hice, pero sentí al auto como si fuera una parte de mi— le dije con el ceño fruncido y a él no le quedó más remedio que creerme.
—Pues yo sentí al mío demasiado potente y me sentí inseguro— añadió Gus.
—Estos bebés son de cuidado, no son carritos de supermercado jajaja — dijo Georg burlándose.
Estábamos casi en la entrada del aeropuerto, nos habíamos detenido en un sitio donde estaba prohibido aparcar y las personas y taxistas que pasaban nos miraban boquiabiertos. Sin duda alguna éramos todo un espectáculo, comenzando porque… ¿Cuándo puedes ver cuatro brillantes autos Ferrari juntos? Y por añadir un detalle más… ¿cuatro Ferrari juntos controlados por los integrantes de Tokio Hotel?
El primer flash nos indicó que era momento de huir, ¿demonios, de donde sacaban las cámaras?, Alguien gritó fuertemente “TOKIO HOTEL” y yo en lo personal gemí.
No quería que un puño de paparazis insulsos y novatos me echaran a perder la victoria, los cuatro nos dispersamos en un segundo, igual que mapaches asustados y metiéndonos cada uno en su auto salimos de ahí entre carcajadas y rugidos de motor.
Continúa.