«458 Italia» Fic de Shugaresugaru

Capítulo 31: Plan

By Bill

Por más que intentaba relajarme, sentado sobre la cama de mi habitación, perfectamente hecha, no podía lograrlo.

Tenía, en proporciones iguales, tanto miedo como deseos de ver a Dom nuevamente, de verificar que ya hubiera despertado, que se sintiera mejor, que un jodido médico viniera a examinarla, pero Andy me tenía pillado por los cojones. Nunca jamás, estaba seguro de es006F, iba a dejarme estar a solas con ella, ni a solas ni acompañado, y el tiempo se me estaba agotando. En tan solo cinco días llegaría el padre de Dom, y ella no sabía nada de lo que se le venía encima. Me asustaba como pudiera tomarlo. Tantas emociones estaban resultando dañinas para sus nervios, los cuales estaban hechos polvo.

Estaba casi decidido a liarme a golpes con Andy para que me dejara verla. Incluso había tomado la pistola de la caja donde estaba guardada, -a saber, dónde estaba la navaja- por si al capullo ese se le ocurría volver a amenazarme con su arma.

Tenía la mano en el picaporte cuando un discreto llamado me hizo dar un par de pasos hacia atrás. Quizá Andy ya se había cansado de mí y ahora sí que venía para matarme. Bueno, pues no me asustaba.

—Adelante— dije, mi voz enérgica.

No era Andy como pensé, pero casi. Era Giovanni, el otro guardaespaldas de Dom, el que estaba de pie en el umbral, mirándome con algo de recelo. Giovanni nunca me había tratado mal sino todo lo contrario. Sostuvimos platicas interesantes en italiano, inglés y algo de alemán, hasta que el día de mi atropellada salida de la villa, le había propinado un violento empujón para apartarlo de mi camino.

—Hola Bill— saludó, y el recelo dio paso a cierto sofoco. Giovanni carraspeó — me da gusto verte chaval.

—Lo mismo digo — respondí, sintiéndome tranquilo. Aparentemente, Giovanni no estaba ahí para acabar conmigo — ¿Qué tal todo?

No me respondió, pero la mueca que hizo me dio a entender que todo iba mal.

—Andy se ha pasado— dijo, mirando con ojo crítico mi rostro y no era para menos, la sien me dolía horrores, el cuello lo sentía ardiente y atirantado, los escalofríos me recorrían a ratos toda la piel, y me sentía un poco afiebrado.

—No es nada— comenté, restándole importancia. No iba a morirme por un par de heridas sin consideración.

—Aun así, te has esmerado en tu aspecto — alabó Gio, mirándome de arriba abajo. Cualquier otra persona se habría cohibido, pero yo ya estaba acostumbrado, y sí que había puesto especial cuidado en mi arreglo personal ese día con el afán de desviar la atención de las molestas heridas. Me había levantado el cabello en una alta y alucinante cresta tan negra como la brea, brillante y sedosa, y mis ojos ahumados mantenían una mirada tan vigilante como insondable.

—Te agradezco el cumplido.

—Ya se quién eres en realidad— murmuró con el rostro serio. Levanté una ceja, algo divertido. —No eres un guardaespaldas.

—En efecto, no lo soy— acepté.

—Eres un famoso cantante de rock, antes no lo sabía…

—¿Y cómo es que ahora lo sabes? — cuestioné, sonriendo.

Giovanni dejó escapar una sonrisita cómplice, y sacó del bolsillo interior de su traje, el último CD de mi banda.

—¿Me lo firmarías? — cuestionó, poniendo sobre la caja de plástico del cd un rotulador negro

—Seguro— acepté. Aquello era lo último que hubiera esperado hacer en esa casa. Le puse una dedicatoria especial, y se lo devolví. Claro que ahora él sabía de mí y de mi banda, por fin habíamos logrado hacernos notar no solo en Alemania, sino en todo el continente europeo, y esperábamos volvernos un hit en América.

—Dominique escucha de forma obsesiva una canción de este disco— confesó, haciendo que mi mandíbula se fuera al piso por la sorpresa.

¿Dom me escuchaba? ¿Me miraba? A pesar de que millones de chicas en el mundo hacían lo mismo, el saber que Dom lo hacía, hizo que se me dibujara una sonrisita de gilipollas en toda la cara.

—¿Cuál canción? — quise saber. Quería saber con qué locuras mías ella se sentía identificada, o lo que fuera.

—World behind my wall— dijo, distraídamente — y el video lo observa de forma aún más obsesiva Bill, ella está completamente perdida por ti. A decir verdad, el video me parece bastante malo, pero a ella le gusta — entonces su voz adquirió ciertos matices amenazadores — no vuelvas a lastimarla, o te mataré — y al darse media vuelta, añadió — gracias por el autógrafo.

Fui vagamente consciente de que Giovanni se había marchado, pero mis cinco sentidos se centrifugaban a la vez en lo que me había dicho. World behind my wall… Esa canción tan cargada de verdades.

Esa canción estaba llena de significado. La había comenzado a escribir en Alemania, entre el periodo de haberla visto por primera vez, con mi 458 Italia bien resguardado en el garaje de mi casa… y la había concluido al volver.

El video oficial lo habíamos grabado cuando volví de Italia, luego de abandonarla. Era un concepto diferente, el fuego, las chispas y el agua representaban lo que había sentido estando con ella. Mi hermano y mis amigos coreando mi voz, ellos eran mi más grande sistema de apoyo. Y por último el hecho de mostrar breves fragmentos de nuestra vida entre conciertos, viajes, actuaciones; nuestra casa, nuestro perro, nuestro mundo… El Audi de Tom y mi camioneta negra, incluso aquel ridículo e hilarante episodio antes de salir a grabar cuando jugamos cual críos con autos de control remoto. Las cenas, las pizzas, las siestas, los juegos, las risas… La pantalla estuvo perfectamente bien montada, por algo nos habíamos llevado el comet de ese año… Y a Dom le gustaba verme. Me pregunté qué pensaría al ver el video. Sin duda pensaría que mi grupo y yo la pasábamos de puta madre mientras ella caía más y más hondo en un espiral de depresión autodestructiva.

Sacudí la cabeza para deshacerme de esos pensamientos, cuando la puerta volvió a abrirse con estrépito, revelando la engreída figura de Andy.

De modo automático puse mala cara, gesto que el imitó a la perfección.

—¿No te enseñaron a tocar?

— Me alegra saber que sigues vivo— murmuró, esbozando una sonrisita siniestra.

—¿Qué es lo que quieres? — pregunté agriamente, porque en realidad no sabía que era lo que aquel tipo quería de mí, probablemente torturarme física y psicológicamente, haciéndome sufrir endiabladamente durante todo el proceso.

Andy no me respondió, se dedicó a evaluarme con la mirada, del mismo modo en que Giovanni lo había hecho.

—Sácate la ropa— espetó, haciendo que el aire escapara de mis pulmones de manera muy audible.

—Ni hablar, te has vuelto loco— respondí, mandándolo a la mierda.

—Mira capullo — dijo, sacando una jeringa llena que tenía guardada en el bolsillo — podemos hacerlo por las buenas o por las malas, tu escoges.

—Escojo que te vayas a la mierda.

—Pero qué fastidioso eres Bill, lo juro — murmuró, abriendo los cajones de la cómoda que estaba cerca de la puerta. Sacó un paquete de algodón, gasas, esparadrapo y antiséptico — deberías agradecer que estoy aquí para evitar que te mueras de una jodida infección. Si por mi fuera, te mataba en este mismo momento, pero le prometí a Dominique que no iba a volver a tocarte y voy a cumplir — dijo sin mirarme, dejándome sin habla — además, creo que, ya que estás aquí, tu presencia podría servir de algo, así que sácate la ropa, te cambiaré la curación.

Tras deliberar un par de segundos, me quité la chaqueta, y con un movimiento fluido, el cual me dolió bastante, mi playera estuvo fuera de mi cuerpo. No me apetecía que aquel salvaje volviera a destrozarme otra prenda.

—Eres más alto que un jodido poste— se quejó, señalándome el sofá que estaba cerca de la ventana.

—Puedo tirarme al piso— ofrecí de forma sarcástica, pero él ya estaba negando.

—Quédate quieto, debo dejarte lo suficientemente presentable— dijo, comenzando a pasar una enorme bola empapada por las costuras de mi espalda. El ardor me hizo sisear — Mierda, esto está en proceso infeccioso— dijo, limpiando sin descanso la herida, mientras yo apretaba los dientes, tratando de soportar lo mejor que podía el escozor que carcomía los bordes de mi sistema nervioso — creo que no será necesario cambiar las suturas — murmuró, mientras toqueteaba los bordes enrojecidos e inflamados de la herida. Suspiré cuando sentí algo húmedo y frío siendo embadurnado sobre los puntos. Andy terminó colocando otra compresa gruesa fijada con esparadrapo.

—Está mejor— reconocí, sintiendo mucho menos dolor, pero Andy no me respondió. Comenzó a revisar el corte de la cabeza, pero ese apenas si lo sentía gracias a las píldoras que me había tomado con el desayuno.

—Bueno, lo que sigue— murmuró, mostrándome ahora dos jeringuillas llenas, una de contenido transparente y otra con un líquido aceitoso y opaco.

—¿Qué es eso? — pregunté, mosqueado.

—Morfina — dijo, levantando la del líquido transparente — y esta de acá es medicamento, si sientes mucho dolor puedo drogarte, pero estarás fuera de combate durante varias horas.

—Definitivamente no— rechacé. Ni loco me iba a pasar quien sabe cuántas horas frito. Ese tiempo podía aprovecharlo para estar con Dom.

—Supuse que dirías eso, para ser una pija estrella de rock, tienes cojones — murmuró, sacando del mismo jodido cajón una liga de hule bastante gruesa. Volví a mosquearme.

—¿Qué demonios pretendes? — cuestioné, mirándolo con sospecha.

—Si te pongo esto en el culo, tardará tiempo en hacer efecto — dijo, levantando la jeringa de contenido opaco — voy a metértelo directo en la vena. Espero que no seas alérgico a ningún medicamento porque no tengo tiempo de enterrarte si te mueres de un choque anafiláctico.

—No soy alérgico a nada — rezongué, viendo como aquel tío raro le daba unos golpecitos a la jeringa para deshacerse de las burbujas de aire.

Joder, aquello iba a doler asquerosamente, pero mil veces lo preferiría así.

Ni rechisté cuando Andy ató fuertemente la liga arriba de mi codo. Casi de inmediato una gruesa vena verde azulada se levantó.

—Mejor que mejor, más te vale no moverte, sería una pena que entrara aquí una burbuja de aire — dijo como si nada, y después de pasar un algodón empapado en alcohol sobre mi piel, sentí un pinchazo molesto, seguido de un ardor atroz. Era como si un rio de lava me estuviera corriendo por el brazo, chamuscándome la vena.

—Eso ha dolido— murmuré. Andy ya estaba colocando el tapón sobre la aguja —¿Qué fue lo que me metiste?

—Un buen coctel de antibióticos, analgésicos y antiinflamatorios — quitó la liga de un ligero tirón y una extraña sensación de frío me subió hasta el hombro.

—¿Puedo preguntar por qué?

Andy puso los ojos en blanco.

—Eres de lento entendimiento Bill, ya te dije porque hace un momento.

—Pero, ¿porque le has prometido semejante cosa a Dominique cuando sé que tu deseo más vehemente es asesinarme de forma lenta y dolorosa?

Los ojos de Andy se tornaron conflictuados, al parecer ni él sabía porque lo hacía, y yo me moría de ganas por saberlo todo.

—Hace un rato, por fin ella me contó lo que pasó ese último día, cuando tan estúpidamente te tragaste toda la mierda que Gioaccino te soltó — palidecí y una sensación de nauseas revoloteó hasta anidarse en mis tripas — ella no había querido decirme nunca nada, pero al parecer tu presencia está ayudándola a soltar eso que se ha guardado tanto tiempo, así que le prometí no volver a joderte, pero a cambio quiero algo… Bill… ¿Bill? Reacciona ¡idiota! — dijo, alzándome la voz y manoteando frente a mi cara, trayéndome de regreso al presente, porque yo había empezado a divagar por los rincones más oscuros de mi infierno personal, el monstruo de mis entrañas se estaba dando un festín y los remordimientos me arañaban la nuca.

—¿Qué? — murmuré, apenas, sin enterarme de mucho.

—Que debes hacer algo por ella, porque la amas ¿no? ¿aun la quieres? — presionó.

—Mas que a mi propia vida— murmuré, fijando la vista en mis manos — haría cualquier cosa por ella.

Andy asintió, aparentemente satisfecho con mi respuesta.

—Pues verás, Dom es más necia que una mula — refunfuñó, haciéndome poner mala cara — pasa de nosotros con una facilidad insultante, porque finalmente estamos a su servicio, pero tú no, tú tienes esa ventaja — Andy parpadeaba mucho al hablar, dejando traslucir así la preocupación que sentía, y yo ya sabía más o menos por donde iba — necesitamos que ella coma bien, y que acepte la visita de su médico… si Piero la ve así, quizá nos mate a todos por incompetentes.

—Bueno— mi voz era sepulcral — bastaría con decirle que todo es culpa mía…

Andy me dirigió una mirada insondable, sus ojos me evaluaban brillando intensamente. Parecía a punto de decirme algo, sin embargo, luego de unos segundos de vacilación, dejó escapar un suspiro.

—No todo es culpa tuya— dijo al fin

—Lo que me digas, lo haré.

—¿Cómo te encuentras? — la pregunta me sorprendió, pues me di cuenta que ya no sentía tirantez ni ardor en el cuello.

—Bien — anuncié, moviendo un poco la cabeza.

—Bueno, entonces hay que llevarle a Dom el desayuno, a ver si contigo quiere comer algo.

[…]

Me sentía un poco tonto y fuera de lugar ahí de pie en la entrada de la enorme cocina. Andy estaba ligeramente delante de mí y Giovanni, que estaba detrás y con los brazos cruzados, me miraba fijamente, podía sentir la fuerza de su mirada clavada en la nuca. Esperanza se afanaba en acomodar prolijamente sobre una charola plateada algunos platillos, de los cuales yo reconocía varios, pero me extrañó el hecho de que acomodara porciones ínfimas sobre cada plato. Yo sabía que a Dom no le gustaba mucho toda aquella pompa, ella prefería las cosas simples y sencillas, como cuando desayunábamos juntos en su terraza bebidas a base de yerbabuena y jazmín y trozos de fruta cristalizada, empalagosos hasta extremos poco sanos, pero aun así deliciosos.

Luego de unos minutos seguí a Andy y a su madre, que llevaba la charola de comida, la cual contenía cinco bolitas de arroz dorado sazonado con azafrán, un plato de pasta de olor más bien fuerte, una taza de té, una bebida de jazmín con hielo y una pequeña porción de frutas cristalizadas.

—Espera aquí— dijo Andy secamente, y opté por hacerle caso y quedarme afuera, con la espalda apoyada en la puerta. Curiosamente, me sentía muy inestable. Mi pulso latía alocado en mis oídos y me sudaban las manos. ¿Desde cuándo me sentía yo así? Solo era Dom. Si, la chica a la que había maltratado sin piedad. Me volvieron a entrar náuseas.

—Ya entra— cuchicheó Andy al aparecer de repente en la puerta. Esperanza salió en ese momento, con las manos vacías y rostro de abatimiento, el ojo saltando.

Asentí, tenía la boca seca.

—De acuerdo— musité.

—Eh — me detuvo — no hagas comentarios estúpidos acerca de su estado, solo limítate a charlar de cualquier cosa insustancial sobre lo fabulosa que es tu vida.

—Oye Andy— rezongué, mientras me cruzaba de brazos — ¿acaso te has vuelto loco? Claro que no le hablaré de mí, joder, debería ofrecerle mi cabeza en esa charola de comida que tu madre acaba de dejarle. Pero ¿en qué mundo vives tú?

—Bueno— los ojos azules mostraron una chispa de ánimo — admito que tienes razón en lo de tu cabeza, pero no lo haremos, seguro que Dom se vomita, solo trata de que coma algo, y que lo retenga dentro ¿estamos?

—Lo que digas— bufé, pasando a su lado y entrando en el luminoso dormitorio de Dom. Para mi sorpresa, Andy salió, cerrando la puerta discretamente tras él. Increíble pero cierto, iba a darme privacidad.

Dominique no estaba en su cama, como esperé. Tras buscarla con la vista, la encontré sentada en su terraza. Se hallaba sobre una mullida manta y sobre ella tenía otra manta blanca, cubriéndole las piernas. Una delicada blusa verde olivo, escotada de los hombros y con mangas largas, se pegaba a su largo torso de forma muy favorable, pero dejaba traslucir lo consumida que estaba.

Ella no me miraba, tenía la barbilla apoyada sobre su mano y su vista estaba perdida en el horizonte, y a pesar de lo delgada que estaba, la belleza seguía desbordándose de forma trágica desde cada poro de su piel blanca y los suaves rizos rojizos, que comenzaban a mostrar leves curvas más definidas. Frente a ella estaba la mesa con la comida intacta.

—Hola Dom— saludé suavemente. Ella dio un adorable saltito en la silla y sus enormes ojos se enfocaron en mí.

—¡Bill! — claramente no esperaba verme, y sus mejillas se colorearon adorablemente.

—Lamento haberte asustado— añadí, sentándome en la silla contigua a la de ella. Entonces sus ojos se agrandaron a verme.

—Ay no— se lamentó, llevando su mano directo a la herida de mi sien. Su toque fue suave como el roce de las alas de las mariposas, pero hizo que mi corazón se acelerase al máximo — Andy me va a oír.

—No pasa nada — tomé su mano lejos de mi herida, pero le retuve entre mis manos. Por primera vez, su mano estaba tibia y no helada, sus ojos estaban brillando con una confianza que yo no me merecía en absoluto — créeme, es lo menos que me merezco — dije, bajando la mirada, totalmente avergonzado y asqueado de mí mismo.

Su mano tembló entre las mías, y la liberé en el acto, volviendo a mirarla profundamente, pero Dom ya no me miraba. Había desviado la vista, pareciendo muy nerviosa.

—Sé que no tengo derecho, pero… ¿me harías un favor?

En el acto sus ojos revolotearon hasta mi rostro. Su mirada de alquitrán se mostraba interrogante.

—Come un poco— pedí, mirando su comida con una mirada significativa, pero ella hizo un puchero tristón.

—No puedo— se lamentó, acercándose a la comida, para después, con el tenedor remover un poco del tradicional plato siciliano a base de pasta con berenjena y tomate — no soporto el aroma, me da náuseas.

Mis alarmas brincaron en el acto y mis ojos la estudiaron cuidadosamente, pero ella solo lucía cansada y muy delgada. Hacía tan solo cuatro meses que me había pirado de ahí. ¿A los cuatro meses se notaba un jodido embarazo?

Ella se percató de mi reacción y soltó una sonrisita melancólica.

—No Bill, no estoy embarazada— soltó, y yo enrojecí hasta las orejas — ojalá lo estuviera, pero no es así.

¡¿Qué?!

¿Ella deseaba eso?

Era casi una niña.

¡Por Dios!

¿Y por qué la idea me sonaba además tan tentadora?

¡No Bill!

—No estás hablando en serio Dom — sentencié.

—¿Por qué crees que bromearía con eso? — gruñó, alzando una ceja oscura. Una débil flama de ira titiló en sus ojos.

—¿Por qué te gustaría estarlo? — respondí su pregunta con otra pregunta, algo en verdad estúpido, pero es que no la comprendía.

—Porque así tendría algo precioso y valioso a lo que aferrarme— susurró, poniendo sus delgadas manos sobre su estómago, que de tan delgado, se curvaba hacia su columna vertebral. Un mareo raro me invadió — pero admito que no sería lo más sensato en estos momentos— dijo, dejando caer las manos sobre su regazo.

—Tu vida es lo más precioso y valioso a lo que aferrarte.

Ella negó con displicencia y volvió a mirar la comida con apatía. Comencé a desesperarme, pues extrañaba sus modales chispeantes y su platica alborotadora de siempre. Ahora estaba tan callada…

Y todo era mi culpa.

—Aunque lo coma, en un rato estará de nuevo fuera de mi cuerpo.

Me clavé las uñas en las palmas. Andy tenía razón, ella necesitaba urgentemente un médico, pero yo no tenía ninguna ventaja, todo lo contrario ¿con que cara iba yo a pedirle nada?

—Además — prosiguió, mirándome con sospecha — tu tampoco has comido nada, me lo ha dicho Esperanza, así que no puedes venir a obligarme, hay que predicar con el ejemplo Bill— dijo ella, con esa frescura altanera que yo tanto había amado antaño. Casi automáticamente mi boca sonrió en respuesta a su picardía.

—Eres una chiquilla inteligente— alabé — haremos esto — tomé una pelotita de arroz rellena de queso y la mordí — compartiremos el desayuno entonces — y en un acto estúpido e irreflexivo, le ofrecí entonces lo que quedaba de pequeño volován que acababa de morder, acercándolo a sus labios pálidos.

Ella frunció los labios en una mueca divertida, pero antes de que yo mismo pudiera reaccionar ante la idiotez que estaba cometiendo, ella le clavó los dientes a lo que quedaba de la pelotita perfumada de azafrán, engulléndolo después.

Imaginé que Andy, de estar presente, estaría vitoreando lo que acababa de suceder.

—¿Has venido solo? — cuestionó, tomando por iniciativa propia la bebida fría con olor a jazmín y sabor a menta.

—No, Tom no quiso separarse de mí— murmuré, pensando en mi hermano, quien seguramente estaría revolcándose ya con alguna italiana que se le hubiera cruzado por enfrente, pero Dom se tensó, y miró hacia el jardín, como si mi pasota hermano estuviera paradote ahí.

—No, no ha venido hasta aquí — aseguré.

—Es una pena. Me habría gustado decirle hola— agregó de forma trivial, pero después dejó caer otro de esos comentarios suyos que me hacían quedarme más helado que su bebida hecha a base de hielos triturados.

—Debe ser muy lindo tener un hermano y saber que cuentas con él, así como tú tienes a Tom. Yo tuve dos hermanos, me habría encantado conocerlos, que crecieran conmigo, que me hicieran bromas y se preocuparan por mí, pero ahora ambos están muertos y enterrados en las catacumbas de Palermo…

Sentí que me mareaba.

Yo sabía por Andy acerca de los enfermizos hermanos mayores de Dom: Dino y Bruno, si mal no recordaba, fallecidos hacía mucho tiempo.

—Tus hermanos están contigo, aunque no puedas verlos.

—Andy te ha informado sobre ellos ¿no es verdad?

Asentí lentamente, pero ella no parecía molesta por que yo supiera la verdad.

—De cualquier manera, bien puedes escribir en Google el nombre de mi padre y tendrás toda la información que desees.

—Lo que sé de ti es por ti, o por Andy— dije, sin saber en realidad lo que estaba diciendo, ya que mi mente buscaba el mejor modo de abordar aquello que había venido a decirle, aquello que tanto daño me había obligado a causarle.

—Dom… yo… — joder, que difícil era. Ella me miraba sin expresión en el rostro, mientras masticaba los restos del cuarto y último arancini del plato. Incluso ahora, sus mejillas tenían un poco de color. Pero probablemente, luego de que le dijera la bajeza que iba a sucederle, definitivamente acabaría por vomitar todo lo que se había comido y su estado iba a deteriorarse aún más.

—Relájate Bill— ella sonrió. ¿Cómo rayos podía decirle lo que tenía que decirle cuando me estaba sonriendo de aquella manera tan dulce? Tan encantadoramente infantil, con los ojos abiertos, brillantes, y la pajita de su bebida apretujada entre sus labios redondos como conchas de mar.

—Puedes pedirme todo menos eso— resoplé, dejando escapar una gran cantidad de aire, dispuesto a enfrentar al elefante que había en la habitación — debo decirte algo.

Ella esperó, pareciendo muy tranquila, sus ojos se tornaron soñolientos.

—Andy me lo ha contado todo— soltó entonces, y mi mandíbula se fue directo al piso, mis ojos se desorbitaron. ¡¿Qué jodidos le había dicho ese capullo entrometido de Andy?! ¿Por qué demonios se metía? No podía ser por mí, el tipo me odiaba, pero quizá supo suavizarle las cosas a Dom. Supuse que no estaba en posición de enojarme con ese idiota.

—¿Ah sí? — tartamudeé patéticamente, y sostuve mi propia cara con mi mano, buscando darme apoyo porque sentía que iba a desmayarme.

—Ahora sé que Gioaccino te engañó— susurró, bajando la mirada. Me llevé la mano a los ojos, demasiado avergonzado para seguirla mirando — y sé porque lo hizo…

—No tengo palabras que puedan decir lo jodidamente arrepentido que estoy…

—Gioaccino es muy hábil al manipular a la gente Bill… no fue tu culpa, solo fue un día bastante desafortunado para los dos.

¿Qué no había sido culpa mía? Pensé que Dom estaba volviéndose loca. ¡Claro que había sido culpa mía! Me había comportado como el peor cretino del mundo.

Ella prosiguió.

—Me habría gustado que me informaras lo que ese tonto te había dicho, aunque quizá no habría servido de mucho, no me habrías creído, aunque te lo negara con vehemencia…

Hice un gesto de puro dolor. Aquello era infinitamente peor al coraje, a los insultos y las blasfemias que yo me merecía. Los lamentos apagados de aquella criatura me desgajaban el corazón y me destrozaban el alma.

—Daría mi vida por regresar el tiempo y no haberle creído como un imbécil a ese maldito, que, por cierto, en cuanto lo vea, lo mataré.

Dom negó suavemente.

—No Bill, él es una serpiente traicionera, júrame que no te acercarás a él.

Yo estaba dispuesto a no hacerle el menor caso, pero sus ojos húmedos de lágrimas rompieron mi resolución.

—Lo intentaré, pero de una vez te digo que no pienso irme porque… si sabes lo que me dijo ese maldito entonces también sabes…

—¿Qué mi padre pretende que me case? Si lo sé, pero ya no estamos en el siglo dieciocho. Está flipado si piensa que lo haré — refunfuñó.

Suspiré. Ojalá fuera tan fácil como decir que no, pero definitivamente no lo era.

—Vente conmigo— ofrecí sin meditarlo siquiera — en Alemania podemos escondernos.

Ella me miró, divertida.

—¿Quieres que me fugue contigo Bill? ¿Y qué haremos?

—Mirar películas, comer comida basura, crear nueva música, molestar a Tom y a mis amigos, te ofrezco una vida entera de servidumbre, pero con la condición de ser tratado muy mal.

Ella se carcajeó, pero se le notaba algo incrédula.

—Me encantaría en verdad…

—¿Pero? — adiviné, con el ánimo decaído.

—Por fortuna o por desgracia, no lo sé, tú no eres alguien que pase precisamente desapercibido, eres famoso, tu hermano es famoso, tus amigos y tu familia también, sabrían dónde encontrarnos — mierda, cuánta razón tenía, pero es que mi plan me seguía pareciendo fenomenal — además, creí que ya no me querías…

—¿Cómo no voy a quererte? — mi voz era dulce.

—No digas algo que podría no ser verdad, tu amor se volvió hacia mí con una facilidad aterradora y podría volver a suceder — sentenció, sus ojos se endurecieron como rocas que se clavaron en mi alma.

Se levantó, dejando caer la manta y se acercó al límite de la terraza. La vista al mar desde ahí era espectacular, pero yo bajé la mirada al verla. La mayor parte de su musculatura natural se había desvanecido, ni hablar de la grasa corporal que debería tener. Era casi un esqueleto.

Me entraron ganas de clavarme el cuchillo plateado que estaba en la mesa, directo en la tráquea.

—Oye Bill— su voz me distrajo, por lo que, en un momento, estuve de pie al lado de ella. Su cabeza apenas me rozaba el hombro — ¿podríamos ir mas tarde a la playa?

¿A la playa? Teníamos malos recuerdos de la playa. ¿Aguantaría un paseo por la arena que a veces era demasiado densa al pisar? Ni hablar, con su menguada energía se cansaría incluso antes de llegar. ¿Pero cómo jodidos le decía eso sin lastimarla?

Permanecimos varios minutos en silencio, con el sol bañándonos la cara y el viento despeinándonos el cabello.

—La playa eh…— murmuré, haciéndome el desentendido.

—Andy no quiere llevarme, a veces me vuelve loca — refunfuñó, dándome una ojeada fugaz.

—No puedo culparte, es demasiado cansino ese tipo — estuve de acuerdo con ella, que sonrió.

—De acuerdo, te llevaré — de repente se me iluminó el cerebro — con una condición.

Los hombros de Dom se hundieron, y me fulminó con la mirada.

—¿Mas favorcitos Bill? — rezongó.

—No es nada difícil— acoté riéndome como idiota, peligrosamente embobado ante el encanto de su enojo.

—¿Qué es lo que quieres? — interrogó, su voz destilaba coraje, y entonces estuve de acuerdo con Andy y conocer esa extraña “ventaja” que tenía sobre ella, me hizo sentir un poco sinvergüenza.

—Debes dejar que te examine tu médico.

Me hice el idiota que estaba super interesado en el mar para no ver como ella se volvía hacia mí, despidiendo chispas por los ojos.

—No — sentenció.

—Míralo por este lado — murmuré, decidido a utilizar la psicología inversa ya que claramente los ruegos ella se los pasaba por la piedra — las caminatas a la playa requieren de un buen esfuerzo físico, hasta yo necesito un subidón de vitaminas para poderlo soportar, y de esa forma, si te sientes bien, podemos ir todos los días…— terminé, dejando que mi estúpido monólogo tratara de hacer efecto en ella.

No me respondió, se cruzó de brazos y suspiró. Conté mentalmente hasta cien.

—Te odio Bill— dijo al fin, dándose la vuelta en dirección a su dormitorio — pero acepto.

Sin que ella me viera, me permití una sonrisa triunfal.

Continúa.

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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