«458 Italia» Fic de Shugaresugaru
Capítulo 32: Autógrafo
By Bill
El médico de Dom parecía un jodido James Bond italiano. Pero daba igual, por fin me sentía un poco más tranquilo. Andy ni se lo creía cuando le dije que ya podía traer al médico, y después me echó prácticamente a patadas, pero estaba idiota si pensaba que iba a irme.
Estaba de pie en la entrada de la terraza viendo como el famoso James Bond hablaba a cuchicheos con Esperanza. Dom me miraba desde su cama con una mirada acusadora y Andy permanecía cerca de mí. Aquello me rompía los nervios.
—Bueno señorita, veamos que pasa, me alegro que por fin hayas accedido a verme— ahora se dirigía a ella. Los ojos de Dom revolotearon hasta posarse brevemente en él, luego bajó la mirada. Me desesperé y Andy lo notó.
—Te calmas— me amenazó en voz baja.
—Que te den — farfullé. Nadie nos escuchó. Vi que Andy endurecía la mandíbula a causa del coraje.
Todo estaba en silencio mientras el jodido doctor hacía su trabajo y la revisaba a fondo. La presión, la oxigenación, la temperatura, los ojos, los oídos, la nariz, los reflejos. Me entraron náuseas cuando la hizo recostarse sobre la cama y le enrolló hacia arriba la blusa verde, acomodándola bajo sus pechos. Las costillas sobresalían aterradoramente, y debajo de ellas estaba el precipicio de su estómago hundido, muy hundido.
Andy me lanzó una mirada de furia enloquecida. Apenas pude tragarme el nudo que se me había formado en la garganta. El medico toqueteó delicadamente la piel de su vientre y después usó el estetoscopio para escuchar atentamente su estómago, su corazón y sus pulmones.
Yo ya estaba medio hiperventilando, pero ella mantenía una mirada apagada y perdida en algún punto lejano.
—Bueno — el médico se enderezó y la miró, pasándole dos pequeños vasos de plástico envueltos en bolsitas de plástico — ya sabes lo que debes hacer…
Dom se puso colorada hasta la raíz del cabello y me miró cómicamente. Le sonreí para darle ánimos, ya que era obvio que le resultaba vergonzoso el tener que llenar de orina los pequeños vasitos de muestras.
—¿Los dos? — casi trinó con voz aguda. El médico le sonrió y asintió.
—Me temo que sí. Necesito hacer algunos análisis.
Ella frunció los labios y su rostro se llenó de pena y abatimiento.
—Vamos Dom, solo debes apuntar bien — comentó Andy, haciendo que a ella se le subieran más los colores y lo mirase de una forma casi asesina.
—Está bien, ya vuelvo.
Resignada, ella se metió en su cuarto de baño, con Esperanza revoloteando detrás, pero ni a ella la dejó pasar.
Entonces, el médico reparó en mí.
—Yo te conozco — murmuró, evaluándome con la mirada. Levanté una ceja.
—No creo que lo conozca — arguyó Andy de inmediato mientras me daba un empujón, pero el médico negó y se levantó, caminando hacia donde estábamos el rubio de los cojones y yo. Se acercó tanto que involuntariamente di un paso hacia atrás.
—Claro que sí, eres un cantante de rock ¿Qué haces aquí?
En el acto puse mala cara. ¿Qué leches le importaba que hacía yo ahí?
—Pues creo que eso no es algo que le importé— le dije con voz cortante. Andy carraspeó y negó casi imperceptiblemente. El medico levantó las dos cejas.
—Me sorprende, eso es todo. Un cantante de rock, bastante popular según creo. ¿Es pariente de ustedes? — cuestionó hacia Andy.
—Desde luego que no, él está aquí por Dom ¿No Billy? Vino a visitarla porque la quiere mucho — dijo cínicamente. A la mierda con Andy. Lo fulminé con la mirada.
—Tengo una hija que es una gran fan tuya — dijo ahora, haciéndome suavizar un poco mis facciones.
—Le pido por favor, que no diga que él está aquí — saltó Andy en el acto — no queremos que nadie lo sepa o la villa se inundará de fans y paparazzis y eso sería muy malo, tratándose de este lugar.
El medico asintió.
—Le daré mi autógrafo para su hija— ofrecí de modo muy serio.
—Te agradezco, y ahora dime — ahora me miraba de nuevo con atención —¿te has atendido ese golpe en la cabeza?
—Si — miré a Andy ahora con rabia — no me duele.
—¿Has tenido temblores? ¿visión borrosa? ¿náuseas? ¿mareos? ¿dolor intenso?
Ah sí, que era medico el jodido.
—No, nada de eso — descarté. Sí que me había dolido la cabeza como si me la hubieran aplastado con una maldita prensa hidráulica, pero ya estaba mejor.
En ese momento la puerta del baño se abrió y Dom salió con paso ligero. Esperanza, que no se había movido de la puerta le recogió los vasos, llenos más allá de la mitad con un líquido color amarillo suave.
—Muy bien— el medico tomó los dichosos vasos y Dom seguía colorada y ofuscada. ¿tanta pena le daban las muestras de orina? Era algo natural. ¿no?
—Le da pena porque estás tú aquí, imbécil — me cuchicheó Andy que parecía haberme leído el pensamiento. Que se jodiera.
—Vete a la mierda— rezongué muy bajito.
El medico abrió uno de los vasitos y dejó caer en él un dispositivo alargado, con una punta absorbente.
Oh mierda santa. Me puse lívido. Eso era una prueba rápida de embarazo.
Miré a Dom en el acto, y ella desvió la mirada, perdiéndola en algún lugar del techo.
—Debo hacerlo por protocolo y para saber que medicinas puedo recetarte — se disculpó el médico.
—Mas te vale que eso salga negativo Billy, o te arrancaré la polla y te la meteré por el culo — bisbiseó Andy casi en mi oído.
Casi temblé, no por la amenaza de Andy, sino porque me había tomado desprevenido totalmente. Luego de un minuto el médico desechó la prueba. Había salido negativa.
—Bueno, admito que me agrada el cambio — dijo entonces, sacando cosas de su extraña maleta negra, muy de estilo medieval. Se dirigía en especial a Andy y a su madre — la temperatura está bien, la presión también, su corazón late como tambor, muy fuerte y acompasado. La oxigenación en sangre es la correcta, los pulmones están limpios y los sonidos digestivos me sugieren que has comenzado a comer…— ahora se dirigió enteramente a ella
—Si, un poco— admitió — pero todavía siento muchas náuseas.
—¿Por qué siente tantas nauseas? — quise saber. No tenía ni puñetera idea y quería comprenderlo, ya que claramente ella no estaba embarazada.
—Verás Bill, es como un círculo vicioso— me respondió el tipo aquel — los ácidos gástricos bajan igual a hacer su función, pero como no hay alimento, entonces dañan las paredes estomacales, irritándolas, y eso provoca las constantes náuseas. Pero no te preocupes Dominique, te pondré algunos medicamentos y si sigues comiendo, aunque sea poco, las náuseas van a desaparecer.
—Ok y ¿qué hay del vómito sanguinolento de hace dos días? — triné, haciendo que el médico alzara la ceja y mirara hacia Andy.
—Dom tuvo un episodio violento de vómito hace dos noches, y de repente el líquido se volvió espumoso y sanguinolento.
—¿Qué aspecto tenía la sangre? ¿rojo vivo?
—Marrón, con varios coágulos, Dom dijo que había sufrido quizá una hemorragia nasal…
Puse cara de imbécil, ¿eso que tenía que ver?
—Puede ser…— el medico iluminó el interior de la nariz de mi duende con su lamparita. Se vio un tanto cómico, como la hermanita pequeña de Rodolfo el reno — sí, hay una herida cicatrizada aquí, un vaso sanguíneo, y si la sangre irrita un estómago sano, era de esperarse que el estómago de Dom no tolerase para nada ni una gota de sangre, si era marrón y con coágulos, es que ya había comenzado a coagular y por eso fue expulsada. Podría programar una laparotomía exploratoria para descartar alguna úlcera o sangrado interno, pero no creo que sea necesario.
—¿Pero hemorragia nasal? ¿Por qué?
—Por la anemia, pero no hay que preocuparnos de más, le daremos hierro y con una dieta alta en proteínas y alimentos verdes, en menos de seis meses la anemia será cosa del pasado.
Casi se me salieron los ojos cuando el tío ese sacó un bote de solución salina, una manguerita y un catéter. Joder no. ¿es que la iba a canalizar?
—¿Qué es lo que pretende hacer? — gruñí. Estaba mosqueado.
—Hay que meter el medicamento en las venas— respondió como si fuera lo más lógico del mundo — su estómago no va a tolerar ningún químico por ahora. Si todo sigue así, quizá esta sea la última vez que le ponemos suero.
Suspiré audiblemente, haciendo que la mirada de odio del puñetas de Andy se intensificara. Dom pareció no inmutarse ante su suerte. Como si estuviera acostumbrada a eso. Quise morirme ahí.
El médico aquel le levantó un poco la manga izquierda, pero ella apartó el brazo y le lanzó una mirada extraña a Andy, quien sin miramientos me remolcó a empujones hasta la terraza.
—¿Qué coño te pasa, anormal? — vociferé, plantándome frente a é luego de recomponerme. Por mucho que fuera un guardia, no pudo alejarme un milímetro más.
—Dale privacidad, joder, ella no desea que veas como le pinchan las venas para meterle la medicina, que, por mí, deberías verlo y presenciar con tus propios ojos las consecuencias de tu estupidez, pero ella se apenaría y no queremos que sufra mas ¿verdad?
Hice un gesto de dolor. Andy acababa de asestar justo en el blanco de mi punto débil. Me había quedado sin voz con la cual responder a la fría mirada azul que me evaluaba.
—Le prometí a Dominique que no volvería a tocarte — dijo Andy. Se repetía demasiado para mi gusto, pero parecía decírselo más a sí mismo como recordatorio — pero eso no elimina las ganas que tengo de machacarte con mis propias manos, como tampoco quita la culpa que siento por haberte ayudado a encontrarla, porque por más que quiera, no puedo deshacerme de ti a estas alturas, y tú eres la única puñetera persona que puede lograr cambios en ella, y eso hace que te odie más, porque tienes el perfil de un jodido maltratador. Solo ver tu sangre regada por el piso podría llegar a calmarme, bastardo, y ni siquiera a eso puedo aspirar.
Mi mandíbula se fue al suelo. Mis pulmones se quedaron sin aire. ¿un maltratador? ¿eso era yo? Si, la había maltratado, no había escuchado ninguna de sus súplicas, no me habían conmovido sus lágrimas, y la había odiado durante meses, mientras ella sufría sola y en silencio, siendo totalmente inocente. Me entraron arcadas, me puse verde. Andy parecía regodearse en mi agonía, y yo no podía culparlo.
Pero no, yo aprendía de mis errores, sacaba la esencia de ellos, por eso estaba ahí, porque no me interesaba nada sobre mí mismo, solo hacerle saber lo jodidamente arrepentido que estaba. Estaba seguro que jamás volvería a dejarme llevar como aquella vez. Aprendería a ser cauto y le ofrendaría mi vida si ella quisiera tomarla.
—Ya basta Andy— la voz de Dom llegó amortiguada pero firme. Aunque no nos hubiera escuchado, ella sabía cómo se las gastaba su guardia. Pasé de él, interpretando su voz como un aviso de que podía regresar con ella, que seguía sentada en su cama con las piernas cruzadas. Un pegote transparente mantenía el catéter adherido a la piel de su antebrazo derecho, mientras el suero goteaba con perezosa lentitud.
Mis facciones crispadas parecieron ponerla en guardia por la ansiosa mirada que me lanzó, así que traté de recomponer mi rostro, sin embargo, ella le dirigió una mirada envenenada a Andy.
—Todo va bien Dom, solo estábamos charlando— mentí, y ella no se lo tragó. Me moría por acercarme y tomarla de mano, por hacer algo aparte de estar de pie como gendarme en la entrada de la terraza.
—¿Qué es lo que le puso? — cuestionó Andy, pasando a mi lado, ya sin mirarme.
—Vitaminas, hierro, calcio, un antiemético para las náuseas, no necesita antibióticos porque no hay infección, y los electrolitos del suero. Si sigue comiendo, este será el último suero que necesitará. Las transfusiones de sangre ya no serán necesarias de igual forma. Le dejaré medicamentos tomados que protegerán el estómago e intestino, además de un complejo multivitamínico y con eso debería estar bien.
Por mucho que mi mente estuviera vagando en los más oscuros rincones de mi infierno personal, estaba lo bastante atento para captar eso ¿transfusiones?
Miré a Dom con pavor. ¿Había necesitado transfusiones de sangre? ¿Qué coño le había hecho? ¿Cuánto había sufrido por mi culpa? Me empezaba a faltar el aire. No estaba seguro de cuantas maneras había logrado afectar a mi pobre duende, que me dirigió una mirada vidriosa y un tanto apenada.
La pistola negra me pesaba cada vez más en la parte trasera de la cintura de mi pantalón, y solo la mirada de mi duende impidió que la sacara para volarme los sesos de una buena vez.
—¿Bill? — Andy, que estaba junto al médico, me miraba como si esperase algo de mí. Entonces lo entendí, el médico me extendió su block de recetas.
—¿Cuál es el nombre? — farfullé, tomando maquinalmente el papel y el bolígrafo del médico.
—Giuliana.
Entonces, con un garabateo distraído le dediqué mis saludos a la hija del médico. Puse mi nombre y una firma aleatoria, la misma que plasmaba siempre en las firmas de autógrafos. “Saludos de tu amigo Bill” dudaba que se lo creyera, pero daba igual. Jamás habría esperado que, en este lugar, hubiera tenido que firmar algo siendo quien era, pero ya lo había hecho, dos veces.
Le devolví el recetario al médico y Dom me miró frunciendo el ceño. Sus ojos de alquitrán estaban agitados, curiosos.
—¿Qué sucede? — preguntó con su voz cantarina.
—Ah sí, que Bill ha cubierto los honorarios del médico— replicó Andy de modo socarrón. Me entraron ganas de volarle a él los sesos — le ha obsequiado su autógrafo a la hija del médico.
Dom parpadeó y su semblante se tornó melancólico.
—Bueno, me retiro— mencionó el médico, haciéndome lanzarle una mirada de alarma.
—¿Qué se retira? — gruñí —¿y quién rayos va a quitarle esa porquería del brazo? — cuestioné, señalando con la mano la manguerita transparente que mi duende tenía pegada en su delgado brazo.
—Yo lo haré— Esperanza abrió la boca por primera vez — de cualquier forma, el goteo tardará algunas horas.
Suspiré entrecortadamente. El medico se esfumó en compañía de Esperanza, de modo que solo Andy y yo nos quedamos con ella, por fuera estaba Giovanni, atento a cualquier orden de Andy.
—Vamos Bill, dejemos a Dom descansar— murmuró el rubio pollo, esperando que me pirase de una vez por todas, pero joder, no quería irme, a menos que ella así lo quisiera.
Ignoré a Andy, y me acerqué un poco a la cama de Dom.
—¿Estarás bien? — cuestioné, nada seguro. Preferiría morir antes que dejarla sola.
—¿No te puedes quedar? — respondió, derribando mis defensas. Sus ojos eran un espejo de agua agitada, llenos de temor y desesperanza.
—Me quedaré todo el tiempo que quieras— ofrecí, haciendo que Andy pusiera mala cara. Una expresión de rabiosa resignación le distorsionó el rostro.
—¿De verdad Dom? — cuestionó, incrédulo y molesto — debería largarse por donde llegó.
—Andy… — ella suspiró, dejándose caer sobre las almohadas muy lentamente — por favor…
Y su guardia se fue, dando un portazo.
—Déjalo que me joda bien — mi voz era fúnebre — me lo merezco.
—No frente a mí.
Me senté a los pies de la cama, mirando sin parpadear su rostro sonrosado, de ojos cerrados.
—Gracias— murmuré, haciendo que ella me lanzara una mirada de interrogación — por dejar que el médico te haya atendido.
—Duele — suspiró. ¿Le dolía? ¿Qué le dolía? Me levanté sin saber que hacer. Me sentía más torpe que útil.
—¿Qué te duele? — mi voz sonaba ansiosa.
—El suero… arde— miré en trance como respiraba entrecortadamente, pero no la podía tocar… ¿o sí?
—¿Puedo? — cuestioné, acercándome un paso a su costado derecho. Quería reconfortarla durante el tiempo que durase su tratamiento.
Me lanzó una mirada evaluativa de ceja levantada y sonrió. Se había decidido.
—Puedes…
Me senté sin apenas hacer más movimiento a su lado, para pasar mis manos calientes sobre su antebrazo helado. Me parecía estar viviendo un sueño. Estaba ahora a su lado, y ella me lo había permitido, aun después de todo… no me merecía semejante premio luego de haber hecho lo que hice.
—Oye Bill…
—¿Sí?
—¿Me darás también tu autógrafo? — cuestionó, haciendo circulitos sobre la frazada con la punta de su dedo.
—Te daría mi vida si me la pidieras…
—¿Por qué? — Claro, ella desconfiaba de mí, y era normal, yo no había hecho otra cosa que defraudarla —¿Por qué yo? ¿Qué tengo de especial?
Ah, ella no se veía a sí misma con claridad.
—¿Por qué no tu? — regresé la pregunta, sin dejar de pasar la punta de mis dedos por su brazo, donde podía sentir perfectamente la forma del catéter debajo de su blanca piel.
—No lo sé… ¿Qué tengo de especial? Millones de chicas sueñan de día y de noche con tenerte…
—Eso no importa— deseché, sintiéndome cortado por estar a su lado, me quede tan quieto como un muerto — no digo que no aprecie a mis fans, por ellas somos lo que somos, pero es un poco abrumante…
—¿Qué puede ser abrumante? Tienes tu libertad…
—Pero no olvides que también debo ir de aquí para allá con mis guardaespaldas, los que deben estar muy cabreados, por cierto.
—Te puedo entender muy bien — ella rio sin ganas.
—Bueno, ninguno de mis guardaespaldas es tan salvaje como los tuyos
—Eso solo es cosa de Andy, pero es normal, le he hecho mucho daño…
Mi rostro se deformó. ¿Qué me estaba contando?
—¿Daño tú? — cuestioné — ¿a Andy?
—Algún día te contaré— murmuró, indicándome con su tono que aún no estaba preparada para abordar ese tema. No la presioné.
—Bueno, retomando el tema — hice un gesto mundano con la mano hacia el frente, como tratando de explicarme — no es que me gusten todas las chicas del mundo, en realidad, no me había gustado una sola hasta que te conocí.
Ella se puso colorada y frunció los labios, claramente desconfiada.
—No tengo nada de especial…
—Es eso lo que te hace especial… mira, siempre resulta un tanto fastidioso que a donde voy las chicas quieran dejarme casi en pelotas, y no solo a mí, a mi hermano y mis amigos igual, y tu… — me callé, encogiéndome de hombros — tu no hiciste ni por asomo algo que yo me esperase. Eres totalmente impredecible. Me tomas siempre desprevenido. No eres ni de cerca igual al resto. Me dejaste alucinado desde la primera vez que te vi…
—Basta — su voz tembló, al igual que su cuerpo — no sigas Bill…
—Es la verdad — me enderecé para poder mirarla mejor, pero ella había desviado la vista. Me sentía desesperado. Necesitaba que ella volviera a confiar en mí, pero no encontraba alguna forma de lograrlo. Entonces recordé mi visita exprés al fraile, y el pequeño brazalete que me había dado. Yo no era católico ni creyente ni nada por el estilo, pero aun lo llevaba en el bolsillo, así que lo saqué. Su peso en mi mano era reconfortante. Tomé el delgado brazo de mi duende, levanté la jodida manguerita transparente y ante sus ojos mudos y curiosos, cerré el delicado brazalete en torno a su muñeca. Los colores rosas y lilas contrastaban hermosamente con su piel.
—Es muy bello… — ella parecía en verdad extasiada con mi pequeño obsequio. Entonces caí en la cuenta de que yo jamás le había dado casi nada, y ella a mí me lo había dado todo, y no solo a mí, también a mi hermano pasota y a mis amigos burlones. Me sentí un sinvergüenza miserable, pero no por no haberle dado nada… ¿Qué puedes darle a alguien que lo tiene todo? Y, sin embargo, ella continuaba mirando embobada el sencillo rosario de plata — en verdad… me fascina
Lo acarició con la punta de los dedos, dejando caer el pequeño angelito de cristal, que se balanceó sobre su piel. El embobado ahora era yo.
Dom se llevó la mano izquierda al cuello, y apretó en su mano el delicado dije de oro blanco y diamantes con la forma del logotipo de Ferrari. Ese collar tan cargado de significado. Yo había gozado del privilegio de llevarlo encima por algunos días y la sensación había resultado maravillosa.
Al caer la tarde, me había asegurado de que ella estaba mejor. Casi sin problema comió todo aquello que le habían servido, y a pesar de las quejas de Andy, me había pasado todo el tiempo con ella y ahí mismo había comido. El famoso goteo terminó y ahora Esperanza se dedicaba a quitarle la vía, mientras aquel rubio cansino y yo discutíamos otra vez en la terraza.
—Estas como una puta cabra Bill, totalmente chalado. ¿Cómo rayos te atreviste a aceptar algo así?
—¿Qué tiene de malo? — defendí, con la misma mala hostia que él se cargaba. Nos fulminamos con la mirada.
—Pues que es una jodida estupidez. ¡Ella no puede salir!
—¿Quién dice que no? Ella está así porque aquí nadie le da un respiro, joder. Si quiere ir a la playa irá a la playa, como si quiere mis dos cojones servidos en una bandeja de plata, los tendrá también ¿estamos? Capullo.
—Arg te odio Bill — Andy comenzó a manotear al aire como un desquiciado, haciéndome pensar que en realidad ya estaba afectado de sus capacidades mentales, o quizá era porque no podía deshacerse de mí el muy petardo.
—Aunque me odies, imbécil.
La mano de Andy se movió casi involuntariamente hacia su arma, la cual cargaba en el cinturón, pero mi mano fue más rápida y saqué mi propia pistola negra de detrás de mi espalda, apuntándole derechito a la cabeza.
—Te estas volviendo lento — me burlé ante su cara de shock. Nunca, ni en sus más locos sueños habría imaginado que yo le respondería de aquella manera, pero es que ya me tenía cansado, había aguantado lo suficiente de él.
—¿Pero tú de que vas eh? Deberías largarte ahora que tienes la maldita oportunidad de salir airoso de esto. Aprecia el regalo que te estoy ofreciendo, joder. ¿Qué pretendes? ¿Por qué sigues aquí? — se acercó, totalmente confiado, apartando mi mano con la pistola de un manotazo.
—Tú sabes porque estoy aquí— murmuré, con sus ojos a cinco centímetros de los míos.
—En realidad no, mira Bill — Andy se rascó la sien con el cañón de su arma, a ver si en un descuido no terminaba volándose los sesos el mismo — considérate perdonado ¿vale? Y lárgate, y ya viste lo que sucedió con el médico, que tú no eres cualquier persona y para tu jodida suerte llamas demasiado la atención con tus poses tan chulas, tus fachas psicodélicas y tu estatura de poste ¿Por qué te empeñas en complicar más las cosas? Mañana vamos a tener una horda de fans locas por todo el exterior de la villa y paparazzis queriéndote fotografiar hasta cuando vayas a cagar, y eso no puede suceder. ¿Qué esperas de aquí? Lo que se viene es algo jodido. Piero estará encima de Dominique para que acepte esa estúpida boda, y tú tienes que pirarte a Alemania con tu jodido hermano y tu bandita de subnormales, sigue tu vida, carajo.
—¿Pero es que tú crees que estoy aquí por gusto o porque soy un masoca perdido? ¿eh? He aguantado cada uno de tus insultos y tus golpes, he soportado todo, hijo de perra, y si estoy aquí es porque amo a Dom y no pienso volver a dejarla, o ¿porque crees que dejo que me putees cada que te viene en gana?
—Porque te lo mereces, actuaste como un maldito cavernícola, agresivo y estúpido y maltrataste a quien según tú dices amar. Eso no es amor Bill, no te confundas.
—Un terrible error no me convierte en una terrible persona — murmuré, y Andy se quedó callado, evaluándome con la mirada. — Se que la cagué, pero deja que al menos intente remediarlo.
—No sabes ni lo que dices Bill, estás metido en la boca del lobo y…
—Te repites demasiado — lo interrumpí, poniendo los ojos en blanco, guardé de nuevo mi arma y me crucé luego de brazos — ya deja de repetirlo ¿quieres?
—No digas que no te lo advertí — amenazó, aun con el rostro enrojecido.
—¿Ya van a dejar de pelear? — trinó la voz de Dom a nuestras espaldas.
Me quedé mudo cuando me di vuelta para verla. Joder, parecía otra. Cuando llegué a la villa, un fantasma parecía tener más sustancia que ella, pero ahora casi nada de eso quedaba. Sus ojos resplandecían, brillantes y curiosos, tan vivaces como yo lo recordaba, de mirada atenta y rápida. Una delgada blusa blanca se pegaba a su torso. Llevaba una camisa de franela a cuadros azules y blancos, de manga larga, abierta sobre la blusa blanca, unos jeans, y una rosita amarilla en el pelo, donde los rizos que comenzaban a ser más y más definidos, rebotaban atados en una coleta alta. Aun se apreciaba espeluznantemente delgada, pero parecía tener mucha más energía que incluso esa mañana.
A pesar de conocerla bien, su extraña y abstracta belleza conseguía dejarme aturdido. No, ella no era una belleza despampanante, no tenía un cuerpo lleno de curvas sugerentes ni los ojos azules o los labios hinchados. Ella era distinta, su encanto enigmático era de esos que ves de una ojeada, y luego regresas a mirar para ver si es real y luego no lo vuelves a ver en la vida. Así era su esencia, etérea, volátil y muy frágil.
Ella levantó una ceja, esperando por nuestra respuesta.
Y yo seguía mudo.
—No estamos peleando— respondió Andy, pasando olímpicamente de mí y yendo hacia ella — te ves mucho mejor— le dijo en voz baja, sonriéndole igual que me sonreía Tom cuando me decía lo mucho que me quería y luego le tomó de las manos.
—Me encuentro mejor— ella añadió, enfocando sus ojos en él, haciéndolo evaluarla con atención — ya deja de pelear con Bill.
—Imposible concederte eso — repuso el muy cabrón, haciéndome ponerle mala cara, la misma cara que puso ella — ¿estás segura de que deseas salir?
—Muy segura— respondió de inmediato, mirando hacia el cielo, donde un cálido atardecer pintaba de dorado el cielo. La tarde era rematadamente perfecta.
—Vale— la voz de Andy era super resignada, pero entonces volvió la cabeza y me miró — es tu día de suerte capullo— la voz era amigable pero su expresión resultaba aterradora. Me acerqué, teníamos prácticamente la misma estatura, sin contar con mi alocado cabello, contando eso, le llevaba diez centímetros por lo menos. No le quedó más remedio que hacerse a un lado.
—Te ves encantadora— murmuré hacia Dom, bajando la mirada, ella era muy chiquita. Me deleité mirándola de cerca, un conocido aroma dulce flotaba a su alrededor. Volvía a usar ese champú con aroma a vainilla, y su piel resplandecía, tan suave como un pétalo de rosa. No la toqué, me daba miedo volver a dañarla de algún modo.
Me seguía extrañando el cambio en sus atuendos, pero quizá le avergonzaba mostrar cuanto peso había perdido.
Volví a maldecir el día de mi nacimiento.
—Gracias — murmuró con inseguridad, y luego sonrió un poco —y gracias por aceptar llevarme a pasear.
—Lo que tú quieras, lo tendrás— respondí, deseando que me quisiera solo a mí, pero su actitud vacilante echó un poco de tierra en mi confianza. Ella sabía tan bien como yo que nuestro tiempo se agotaba. Otra vez.
Continúa.