«458 Italia» Fic de Shugaresugaru
Capítulo 39: Cambios
By Bill
Tom y yo llegamos a Alemania las primeras horas del domingo, durante la madrugada. El jet del pijo de Piero nos dejó en un hangar privado, en donde, sin darme cuenta, estaba aparcada muy discretamente mi camioneta Audi negra en un parche de sombras. El hecho debió sorprenderme, sin embargo, me sentía vacío. La vida, el amor, el sentido de las cosas, todo estaba vacío para mí. Tom caminaba a mi lado, su expresión era vigilante y sombría. De la camioneta bajaron solo Geo y Gus. Sentí al verlos una chispa de alegría, pero muy pequeña, porque se apagó enseguida. Tom me remolcó hacia los asientos traseros, y se metió detrás de mí, cerrando de un portazo.
Nadie me habló, mis amigos estaban tan sombríos como mi hermano, y Georg condujo deprisa por bastante rato, hasta que oí que alguien me llamaba.
—Hemos llegado a casa Bill— murmuró Tom, pero yo estaba tan tieso que tuvo que sacarme a remolque del auto — sí, estaremos bien chicos — su voz se escuchaba en sordina, así que supuse, hablaba con los chicos — no te preocupes Gus, no sé bien que ha sucedido — un silencio — sí, sé que está herido, ya lo vi, no soy idiota, en cuanto me enteré que ha pasado les aviso… — Gus cuchicheó algo que no pude distinguir, estaba de pie en el frío y el cuerpo me temblaba a pesar que Tom tenía su brazo sobre mis hombros — lo sé, sé que la gira está casi encima… joder, de milagro salimos de ahí así que no me toques los cojones… sí, descuida, ya váyanse, adiós.
De nuevo, me apoyé en Tom. Él era lo único que me quedaba, ya nada más tenía valor, ni sentido ni proporción ni nada.
En silencio nos metimos a nuestra familiar casa, y de repente me hallé de pie en medio de mi habitación. De repente recordé algo.
—¿Y mamá? — había extrañado a mamá y me habría encantado verla.
—Está dormida Bill, no te preocupes, ahora quítate la chaqueta — y le obedecí. Cuando estuve desnudo de la cintura para arriba, los ojos de Tom se dilataron de pánico y después de ira.
—¡¿Qué rayos te ha pasado?! — casi gritó y yo recordé que tenía un reciente rozón de bala en el brazo, una horrenda cicatriz a medio curar en la nuca y que las otras cicatrices de mi cuerpo, mi hermano no las conocía.
—Shh, calla idiota — Tom se apresuró a mirar de cerca mi brazo, examinándolo, para después pasar los dedos por la cicatriz que surcaba mi cuello— ya te contaré, no es el momento ahora — le dije, zafándome de sus manos y yendo hacia mi armario. Me puse una camiseta negra, un pantalón suelto y tomé las dos píldoras que me ofreció Tom.
—Son para el dolor — murmuró — ¿quieres estar solo?
Lo pensé por un momento.
—No, no te vayas… no me dejes solo — sonaba patético, pero presentía que mi derrumbe se acercaba con vertiginosa velocidad, y si no tenía a mi hermano conmigo, usaría la jodida navaja para imitar a Dom. Una auténtica agonía me recorrió por dentro cuando pensé en ella, arrancándome un escalofrío.
No supe en qué momento Tom se había quedado solo con un pantalón de pants y una de sus enormes playeras, pero fui bien consciente cuando apagó la luz y me arrastró a la cama. Me acurruqué en sus brazos, debajo de las mantas, y mi hermano dejó que le estropeara, durante el resto de la noche, la camiseta con mis lágrimas.
LA mañana siguiente llegó con cierto aire de tranquilidad y un poco de resignación, me sentía más sereno y lo suficiente dueño de mí mismo como para comenzar a retomar mi vida. Necesitaría mucho tiempo y muchas lágrimas para aceptar lo que había ocurrido y ponerlo todo en perspectiva. De momento, prefería ir paso a paso.
Tom se enteró, gracias a mis estallidos de culpa y remordimiento, de todo lo sucedido, y lo vi por primera vez realmente descompuesto, acojonado y preocupado, sobre todo cuando supo que Dominique había intentado suicidarse por culpa mía, por mucho que nadie afirmase eso.
Pero con la luz del sol llegó algo de sosiego a mi alma.
Salí a rastras de la cama, respiré el aire que entraba por la ventana, saludé a mi madre con un gran abrazo, Gordon me palmeó la espalda y ninguno preguntó el porqué de mis ojos hinchados, lo cual agradecí en el alma, porque no estaba listo para contarles nada. Ya habría tiempo para que supieran todo lo que había pasado. A fin de cuentas, estaban acostumbrados a nuestra vida de idas y venidas y no les parecía nada raro. Y no habíamos estado fuera más de una semana. No era nada comparado con los meses que nos tomaban las giras.
Tom estaba convertido en mi sombra, temeroso de que fuera a iniciar otra vez, pero le aseguré estar bien. De alguna u otra forma tendría que aprender a vivir con aquel desgarre en mi alma. Y cuanto antes mejor.
—Oye Bill— Tom parecía caer en cuenta de algo mientras salíamos hacia nuestro garaje. El Ferrari color plomo de mi hermano estaba ahí, bien cubierto por una lona, sus líneas fieras parecían lacónicas y tristonas por estar en calma— nos dejamos un montón de cosas en Italia.
—Cierto— ni se me había pasado por la mente eso. Había dejado todo allá, absolutamente todo lo que había llevado, incluido mi auto y mi corazón — ¿no sacaste nada del hotel?
—No— murmuró, mientras nos subíamos a su Audi blanco. Sakí se puso detrás de nosotros ni bien salimos a la calle, y yo suspiré ante tanta normalidad.
Pero llegando al estudio, nos aguardaba una sorpresita.
En el garaje techado, nos esperaban Gus y Geo de pie, con los brazos cruzados y caras de perplejidad, y al lado de ellos, exhibiéndose descaradamente, estaba mi hermoso deportivo negro.
Mi corazón estalló a todo galope y deseé fervientemente que una pequeña silueta de cabello cobrizo bajara del auto, temblando en la oscuridad, lista para ser tomada por mi abrazo, pero nada de eso sucedió.
Tuve que frotarme los ojos con fuerza, bajarme del Audi y acariciar la carrocería con la punta de mis dedos para asegurarme que era real. El auto estaba completamente vacío de almas.
—¿Quién lo ha traído? — cuestionó mi hermano, mirando hacia todos lados, mientras yo abría la portezuela del piloto. No estaba asegurada.
—Cuando llegamos estaba ya aquí, habrá que revisar las cámaras para saberlo — contestó Geo.
No les presté atención, suspiré y me metí al auto, sintiendo la añoranza morderme por dentro con tanta fuerza, que me sorprendí. De pronto me vi a mí mismo conduciendo a toda velocidad, deseoso de llegar a Italia, y después me vi conduciendo con las ventanillas abajo, con un brazo asomado al sol y con una criatura alucinante sentada a mi lado, atenta a lo que le iba contando.
Me alejé temeroso de esos recuerdos.
Dentro del auto estaban todas nuestras cosas, las mías y las de Tom, acomodadas con esmero. Las maletas con nuestra ropa, el estuche de la pistola, con la pistola acomodada dentro. En la consola central estaba la llave del auto con su B plateada titilando en la oscuridad. Andy había sido concienzudo. Suspiré, quedándome flojo ante el volante, acariciando con las manos el lujoso cuero color negro. Acto seguido saqué la navaja de mi bolsillo y la apreté con fuerza. Al menos tenía algo de Dom conmigo, aunque fuera algo tan bizarro como su sangre, y el auto que me había regalado.
Como bien supuse, Andy había dejado el auto en el garaje, a saber, como coño lo trajo desde tan lejos y tan rápido. No me interesó saberlo, pero sonreí al ver la grabación del circuito cerrado de vigilancia, ya que luego de parquear el auto, el rubio pollo se acomodó el traje, miró hacia la cámara, guiñó un ojo y sonrió, consciente de que yo iba a verlo tarde o temprano. Después se retiró como un espectro, donde otro auto lo esperaba en el callejón de atrás del estudio.
—Qué cosa más rara— murmuró Geo detrás de mí — ¿Cómo ha burlado a la seguridad?
—Ah pues es una interesantísima pregunta — respondió Tom detrás de mí, estirándose — pero para esos tipos nuestra seguridad es igual a niños disfrazados de policías.
Coño, cuánta razón tenía.
Me levanté para ir a la sala del estudio y al llegar me tiré en uno de los sofás, no tenía ánimos de nada. A nadie engañaba, menos a mí mismo, me sentía condenadamente vacío por dentro. Al menos solo teníamos encima la gira, porque no me sentía capaz de componer ni una línea de absolutamente nada.
—Bill — Gus vino detrás de mí y se sentó frente a mí, sus ojos ardían con sinceridad — de verdad sentimos lo que ha pasado, no lo sabemos pero lo intuimos — Geo asintió detrás de él, y Tom miraba hacia el techo, me ocultaba sus ojos para que yo no pudiera ver la compasión en ellos — y no pretendemos desestimar tu duelo, pero lo cierto es que te necesitamos, tú eres el alma y el corazón de la banda, sin ti, Tokio Hotel no es nada. De modo que sabes que puedes contar con nosotros para lo que sea, porque somos hermanos y te sostendremos hasta que puedas volver a andar por ti mismo. No estás solo, lo sabes…
No respondí porque el nudo que se instaló en mi garganta me lo impidió, pero le di una sonrisa de verdadero agradecimiento.
El día en el estudio pasó con agónica normalidad. La mayor parte del tiempo la pasamos sentados en los sofás. Tom y Geo practicaban con la guitarra y el bajo, mientras Gus leía y yo veía hacia la nada.
Después del mediodía nos trajeron el almuerzo, comida que yo conocía de sobra, y comí por puro acto reflejo.
—Apenas si he podido conducir mi Ferrari — se quejó Geo mientras tomaba una papa frita del empaque al centro de la mesa.
Estaba sentado al lado de Tom, y me frotaba suavemente el brazo herido. Me había cambiado la gasa por la mañana, dentro de una semana debía conseguir alguien lo suficientemente discreto que me sacara los puntos sin preguntar ni la hora.
—¿Por qué? — cuestionó Tom, lanzándome una mirada de preocupación ante la mención de cierta marca de superdeportivos.
—Pues, siento que atropellaré a un puñado de fanáticos cada que salgo.
—Joder — Tom arrugó el ceño — ¿qué pasará cuando Bill salga con el suyo?
—Sinceramente yo recomendaría que no lo haga, se lo van a desmontar a plena luz del día — añadió Gus, poniendo una cara graciosa.
—Las cosas están que arden chicos — Geo se retrepó en el respaldo mientras se sobaba la barriga. Había comido como un cerdo — y la semana que se tomaron fuera complicó las cosas, hubo especulaciones, ya saben…
—Pero ya estamos de vuelta, seguro en un par de días todo se calmará, aunque estuve pensando en que cambiemos de residencia…
Y ese dato me interesó mucho más que su cháchara… mudarnos, pero ¿A dónde?
—¿A dónde iríamos? — cuestioné.
—Ya lo hablaremos luego— se salió por la tangente.
Por la tarde decidimos hacer un ensayo, el cual me costó lo suyo, pero pese a todo, Tom, quien manejaba a ratos los sintetizadores y las computadoras, aseguró que había estado perfecto, y para rematar la sesión del día, nos tomamos una muy convincente foto, en donde todos sonreíamos, para poder subirla a redes sociales y fingir que estaba todo perfecto.
Al menos me consolaba el hecho de por ser quienes éramos, los días no se volverían una rutina monótona, es todo lo que podía esperar de momento en mi vida.
Y el tiempo, inexorable, comenzó a pasar. Y yo llevaba mi pena a cuestas con toda la dignidad que podía. Algunos días me fallaban las fuerzas, y la pena me consumía y me dejaba agotado. Otros días me sentía capaz de abrir las ventanas, de reír un rato, de pasear, de cantar, pero casi siempre llovía en mi interior.
Y no volví a tener noticias de Dominique. Decidí no buscarla, no investigar nada acerca de ella, y sabiamente, mi hermano y mis amigos evitaron tocar el tema en absoluto. Quizá más adelante pudiera recordarla, pensarla, hablar de ella sin sentir que me ahogaba la pena.
Me tocaba solo intentar sobrevivir con la certeza de que el ayer nunca volvería, el mañana nunca llegaría, y el presente es el único que será. A veces no sabía ni de donde salían tantos comederos de cabeza.
A mi memoria, la alimentaba de restos, con lo que odio hacer eso, pero era lo único que quedaba de lo que fue. Su ausencia me aplastaba las entrañas con una fuerza demoledora, y me sentía como en una cárcel sin rejas. Alemania me estaba enloqueciendo en el sentido más literal de la palabra.
De a poco, todo mejoró. La gira terminó con llenos totales y fui lo suficientemente fuerte como para soportarla de cabo a rabo con una falsa sonrisa en la cara. Y Tom y los chicos cumplieron su promesa, fueron mis pilares, no dejaron que me derrumbara y llenaron el tiempo con sus locuras y su compañía. Y mientras lo hacían, deseaba fervientemente que Andy sostuviera a mi duende así como ellos me salvaban a mí de enloquecer.
Y después, nos mudamos, pero no de casa, ni de ciudad, sino de país y de continente.
La soleada Los Ángeles nos esperaba con los brazos abiertos, y es donde volví a disfrutar de la vida, por la vida misma.
Al cabo del primer año, en una hermosa casa nueva, alejada, amplia, soleada, con una envidiable vista al mar, sin fans acampando en la entrada ni seguridad pegada a los talones, nos sentíamos más dueños de nosotros mismos que nunca.
Dejar a nuestra familia fue algo duro, pero nos visitaban seguido y las videollamadas eran cosa de todos los días. Tom aún estaba pegado a mi como mi sombra, como siempre habíamos estado y probablemente como siempre lo estaríamos. Desde luego que Geo y Gus se mudaron con nosotros, hubiera sido imposible seguir unidos con el océano de por medio. También me dolió dejar de vivir en mismo continente que Dominique, pero era necesario retomar mi vida, me lo debía, y se lo debía a Tom y a mis amigos, que con sus locuras y ocurrencias de día y de noche me hacían olvidar mis desgracias.
Me sentía casi a medio camino de mi resurrección. Seguía pensando en Dom todos los días, muchas veces al día, y las ansias y las ganas por saber de ella seguían siendo peligrosas, pero fui fuerte y solo la recordaba con un cariño gigante y un deseo loco por volver a verla.
No volví a enamorarme, ni a salir con nadie. Las fiestas eran abundantes claro está, los proyectos de trabajo nos llenaban los días, y aunque la inspiración parecía haberme abandonado, teníamos la creatividad suficiente para grabar ciertas partes de nuestra vida y compartirla con el mundo como si fuera un programa de televisión.
Tom me obsequió un perro, y el perro era mi segunda adoración. A ratos, mirándolo, me hacía recordar al pequeño perrito de Dom, y lo simpático que era. Y mi perro, como a ella, me acompañaba a todos lados y nuestra actividad favorita era pasar tiempo juntos sentados frente a la chimenea.
Mi bello Ferrari me acompañó en la nueva etapa de mi vida, pero no solía usarlo casi nada, temía que se desgastara, y Tom volvió a sentir añoranza por los Cadillac y los Land Rover, de modo que poseíamos un par de bellas camionetas de esas marcas en donde podíamos viajar con amplitud y comodidad con nuestros perros. Tom aseguraba que solo por ellos es que ahora conducía una camioneta.
Para mi sorpresa, Tom dejó de ser el macho cabrío reproductor que siempre había sido. Intentó algunas relaciones que fracasaron, y casi todo su tiempo lo invertía en mí y en nuestros proyectos.
Era la mayor felicidad que había logrado arañar luego de dejar mi alma y mi corazón en manos de aquella adorable muchacha italiana.
Al cabo del segundo año la inspiración me comenzaba a llegar en leves oleadas. Aun sentía un profundo dolor anidado en el pecho y a veces amanecía con los ojos enrojecidos e inflamados. Acostado entre mis sabanas me preguntaba cuando pasaría esa sensación de duelo y pérdida que me impedía ser yo mismo.
Me había abierto un Instagram personal para mostrar fotos de mi adorado bulldog y unos pocos fragmentos de mi vida, ya que, en California, sí que podíamos llevar una vida casi normal sin ser acosados cada cinco minutos. Resultaba muy agradable poder hacer cosas sencillas como pasear a los perros, comprar café e ir por chucherías al supermercado sin que una horda de fans asesinas nos quisiera engullir como al pobre tarado protagonista de la peli de perfume.
Casi no publicaba fotos mías, pues según mis amigos, mis ojos estaban constantemente opacos y tristes, y de expresión distante. Así que opté por las fotos con gafas de sol por un tiempo, y después me volví hábil en esconder mis sentimientos tanto, que en las fotos apenas si se notaba mi dolor.
Tanto Georg como Gustav consiguieron parejas, y me alegré en verdad por ellos. Sus chicas eran lindas y agradables, pero me sentía incapaz de estar con ellos cuando estaban de plan romántico, por lo que me aislaba constantemente. Tom era el único que pasaba su tiempo conmigo sin quejarse, y cuando lo instaba a dedicarse a otra cosa, me decía que no le molestaba, pues nos habían creado para estar juntos.
Me preguntaba cuanto tiempo seguiría así…
Quizá lo más notorio de mis cambios tan fluctuantes de ánimo, eran los cambios de imagen.
Al despedirme de Alemania, me despedí de mi faceta punk. El cabello negro, la ropa negra y los accesorios góticos quedaron atrás. Dejé que mi cabello se tiñera con el color que había nacido conmigo. El rubio cenizo. Y al verlo, invariablemente recordaba la pregunta de Dom cuando yacimos juntos. Y esa era la respuesta. Me consolaba pensando en que le daba gusto en algo, aunque fuera algo tan estúpido como aquello.
Durante el tercer año de su ausencia, experimenté de nuevo el cabello largo, rubio y alborotado, parecido a la melena de un león. Muchas revistas nos ofrecieron entrevistas y sesiones de fotos. Y por desesperación, yo aceptaba todo. Era una forma de mantenernos juntos y presentar una imagen de la banda unida al mismo tiempo que me mantenía con la mente ocupada, por mucho que los demás se quejaran por las cargas a veces agobiantes de trabajo, pero era necesario hacerlo, ya que nuestra ausencia musical provocaba un potente grito de protesta entre nuestros fans. Pero al menos, vernos juntos en sesiones de fotos y en videos de YouTube los lograba apaciguar casi tanto como nuestras vacías promesas de sacar nuevo material discográfico.
Quizá nuestro cambio más notable fue en lo físico. Tanto Tom como yo embarnecimos de manera casi idéntica. Aumentó el volumen nuestros cuerpos, que estaban ahora llenos de músculos resaltados y varoniles, resultado de horas de ejercicio y quizá el cambio de dieta, ya que nos volvimos vegetarianos.
Me gustaba mi nuevo físico, la forma cuadrada de mi mandíbula y los músculos de mis brazos. Tom ahora lucía una larga melena castaña con un estilo mucho más desenfadado y fresco, y dejó que la barba cubriera su mentón. Yo apenas la dejaba crecer por unos días y la recortaba, me gustaba mucho mas así, ya que de ese modo podía lucir mis piercings mucho mejor. Y ni hablar de los tatuajes. Tom y yo íbamos tachonados de tinta por todos lados, los brazos, las manos, el torso, la espalda, y en lo personal, me encantaban. Geo también había cambiado. Se despidió de su envidiable melena castaña y ahora se le veía mucho más sobrio con el cabello recortado y sus ojos que brillaban como piedras preciosas. Gus siguió siendo Gus.
Después de darnos cuenta de ciertas cosas demasiado aberrantes, habíamos mandado a David a la mierda por cretino, y Tom se había montado un estudio profesional en nuestra casa. Nuestro próximo álbum sería producido por él y eso lo llenaba de emoción.
Si al menos pudiera escribir algo decente…
Y al comienzo del cuarto año de haber perdido al amor de todas mis vidas, la inspiración volvió paulatinamente. No sabría decir en qué momento, pero de repente me encontré garabateando letras y frases en cualquier espacio en blanco que encontraba, y Tom me animaba más que nunca a recuperar al unicornio azul de mi inspiración. Por fin sentía que mi corazón comenzaba a salir de las profundidades de la tristeza, comenzaba por fin a sanar. Entendí que no volvería a tener un amor como el que había perdido, pero empezaba a querer moverme más y añoraba a ratos un abrazo o una sesión de mimos y arrumacos románticos. O quizá, era otra forma de engañarme a mí mismo, ya que las letras que salían de mi cabeza eran superficiales y un poco desesperadas, pero me aferraba a cualquier cosa que me trajera del abismo.
Las sesiones de fotos se hicieron más intensas, las grabaciones iban a marchas forzadas, mi grupo y yo apenas si podíamos dormir. Deseché mucho material ya escrito porque reflejaba demasiada amargura, y por las noches, a la tenue luz de mis lámparas y al abrigo del alcohol, me enfrentaba cara a cara a mis recuerdos, y tras algunos meses, nació el resultado de hacer aquello. La canción la titulé “Not over you” * y sonaba a grito desesperado mezclado con una resignación casi absoluta. Y al grabar el video, según las palabras de todo aquel que estuvo presente en la filmación, la pena en mis rasgos era indisimulable. Y me gustó, precisamente porque decidí por fin soltar mis recuerdos y ahogarme en ellos para permitirles irse. Sorpresivamente, a Tom y a los chicos les encantó. Al menos me consolaba que la evidencia de mi dolor fuera tan bien recibida por todos… y me permití fantasear con que quizá, Dom, en donde sea que estuviera, me vería, o me escucharía y volvería a rescatarme del infierno en el que vivía. Aquella era la más hermosa de las fantasías, y la más inalcanzable también.
Conforme pasaba el tiempo, pensaba más intensamente en ella, pero la culpa empezaba a desvanecerse, y era cuestión de tiempo en que me rindiera y la buscara como un desesperado. Pero cuando pensaba en eso, yo mismo me detenía. No debía meterme en su vida… ¿Se habría casado con el niñato pijo ese? ¿Tendrían incluso… hijos? ¿Cómo serían sus hijos? Sin duda alguna hermosos como ella. Cuatro años eran bastantes y Dom ya estaba por cumplir veintidós años, y yo volaba directo hacia los veintiséis. ¿Llegaría a morirme sin volver a saber de ella?
Todas esas incógnitas me atenazaban el alma en cuanto bajaba la guardia, por lo tanto, solía consumir alcohol y a veces sustancias más fuertes para dopar mi mente y atontar mis recuerdos, mientras fingía soltura y alegría fuera de las cuatro paredes de mi habitación.
Pasaron algunos meses más y nuestro nuevo álbum había salido por fin al mercado, y pronto nos fue fijada una nueva gira que iniciaría en la misma Los Ángeles. Me emocionaba un poco el hecho de volver a viajar, teníamos un solo concierto en Italia… estaríamos de vuelta en el viejo Milán, donde todo había comenzado…
Continúa.