«458 Italia» Fic de Shugaresugaru

Spin off N°1

By Bill

Estaba considerando muy seriamente mandar poner cortinas en mi habitación. Nunca antes lo había considerado, pero ahora la idea me seducía demasiado. El sol entraba a raudales por dos de las cuatro paredes, y aunque yo lo amaba después de vivir por años en la espesura cenicienta de Alemania, hubiera matado por dormir un poco más, aunque en realidad no era eso lo que me había despertado.

A mi lado, con el rostro vuelto hacia el enorme ventanal estaba Dom durmiendo, pero no lo hacía pacíficamente. Precisamente me había traído de vuelta un leve gimoteo adolorido nacido de su garganta.

Fruncí el ceño y me incliné hacia ella. Sus rizos estaban esparcidos por la almohada, la espalda estaba desnuda, y podría haberme ahogado en ella, besándola suavemente hasta despertarla con la dulzura de mis labios, pero me sentía un poco preocupado. Su cabeza estaba apoyada sobre su antebrazo izquierdo, ahí donde la larga cicatriz apenas se notaba ya. Hice un gesto de dolor al verla, igual que siempre, y me habría puesto melancólico de no ser porque ella volvió a quejarse en sueños.

Uh, raro en verdad, ya que anoche había estado de maravilla. Levanté la sábana gris claro que la cubría y miré atentamente la suave curva de su espalda baja. El deseo me inundó enseguida, pero entonces reparé en que más abajo, la sabana estaba manchada de sangre.

Mierda.

Volví a cubrirla y la leve vibración de su teléfono móvil sobre el buró me distrajo. En la pantalla relucía una notificación. Alcancé a verla y entonces suspiré, me estiré y salí de la cama.

Pobre de mi duende.

Caminé derechito al baño, sobándome la parte trasera del cuello, y luego de aliviar la pesadez de mi vejiga, me vestí con un conjunto deportivo y manipulé las llaves de la ducha, para que la bañera con hidromasaje empezara a llenarse con agua más bien caliente.

De regreso en la habitación observé que Dom no se había movido, pero aun en su sueño, tenía la frente un poco arrugada. Pero no por mucho tiempo. Aproveché para rebuscar en un cajón del armario que ella utilizaba para guardar algunas cosas, encontrándome con un frasquito de cristal azul ya completamente vacío. Maldije en silencio, cerré el cajón sin hacer ruido y dejé un beso en la frente de Dominique.

Atravesé con paso ligero la enorme estancia, sonriendo hacia la vista del salón. Me encantaba ver las colinas allá a lo lejos, coronadas por un claro cielo azul.

—Buenos días Billy — la voz del bobo de Andy me distrajo de mi contemplación.

Estaba apoyado sobre la isla al centro de la cocina, y sonreía como siempre, de modo burlón.

—¿Es que tu nunca duermes o que cojones? — refunfuñé, percatándome gracias al reloj que colgaba en pared, que apenas eran las ocho de la mañana.

—Viejas costumbres— respondió, y sonrió de nuevo, con la boca y con los ojos. Le sonreí de vuelta, pasando a su lado.

—¿Has visto a los chicos? — pregunté al pasar.

—Para nada, seguirán durmiendo supongo — y suponía bien. Era sábado y era raro que estando en casa, madrugásemos en sábado. Claro que eso no se aplicaba a Andy, que siempre se despertaba casi de madrugada, poniéndome de mala hostia.

En el piso de la cocina, cerca de la puerta estaban Pumba, Capper, Buddy y Jockey tragando como poseídos. Andy siempre les daba el desayuno, y era algo que agradecíamos enormemente, y los cuatro malditos chuchos lo adoraban por eso.

—¿Y que haces despierto a esta hora? — cuestionó el tío ese, arqueando una ceja ante mis movimientos.

Saqué una taza blanca y la puse en nuestra preciosa maquina de café, la que nos había costado un pastón y varios días de espera. Pulsé un botón y comenzó a llenarse con agua muy caliente.

—Adivina— le piqué, haciéndolo fruncir el ceño. Y mientras dejaba que su cerebro comenzara a funcionar, rebusqué en los muebles un contenedor especial con muchos compartimientos todos llenos de bolsitas de té; y mirándolo pensaba en cual le agradaría a Dom tomar. Generalmente amaba el de frutos rojos, pero por la situación que íbamos a vivir por unos días, me decidí por un sabor super acogedor. Manzana con canela. Dejé caer la bolsita en la taza que ya rebosaba agua que humeaba y sonreí cuando Andy me alcanzó el frasco de cristal cortado que tenía jarabe de arce puro, traído desde Canadá.

—Ya veo— musitó. Había adivinado perfectamente — que putada.

—Ya te digo— murmuré, revolviendo el té para que se mezclara con la miel. El aroma resultaba demasiado apetecible — solo hay algo que me preocupa— le dije, mostrándole el frasquito que se apreciaba vacío a contraluz — ¿supongo que no tienes más?

—Supones bien— respondió con tristeza. Esperanza tardaría en llegar y, de cualquier forma, no siempre llevaba encima sus extraños remedios de hierbas. Le tomaba cierto tiempo prepararlos.

—Bueno, supongo que entonces debo ir por un frasco de tylenol.

—Dom te lo lanzará al rostro en cuanto se lo des— se burló, recibiendo como respuesta un corte de manga — pero no perdemos nada con intentarlo. Anda, llévale eso— murmuró, señalando el té.

—Seguro — bostecé, caminando de regreso al dormitorio — ahora vuelvo.

Dom ya no estaba recostada. Nuestro lecho estaba vacío y la puerta del baño cerrada. Sonreí y dejé la taza sobre el mueble de madera que estaba al lado de la cama.

Luego de arrojar las sabanas sucias al cesto de ropa para lavar, extendí un enorme cobertor sobre el colchón, era el favorito de mi duende cuando se sentía así de indispuesta. Mas tarde cuando el equipo de limpieza hiciera el aseo de mi habitación, arreglarían bien la cama.

Decidí darle su espacio, de modo que salí sin hacer ruido.

Afuera, Andy me esperaba tumbado en un sofá, vestido con tanta informalidad que a ratos me parecía irreconocible.

Hace mucho tiempo habían quedado atrás los costosos trajes, las camisas blancas y las corbatas. Ahora vestía una camisa blanca de algodón que podría parecer formal si no estuviera medio desabrochada del pecho y con las mangas dobladas sobre los antebrazos. Llevaba encima unos jeans azul muy claros y rotos, y lo complementaba con unas costosas botas de gamuza café. Aun usaba el rubio cabello largo y suelto, y siempre escondía una pistola entre sus ropas. Guardia una vez, guardia toda la vida.

—Ahora vengo, iré por el medicamento — le anuncié y me sorprendí cuando caminó a mi lado al salir de la casa.

—¿Cuál llevaremos? — cuestionó de pie a mi lado, dos minutos despues. Estábamos parados frente al garaje, indecisos. ¿Por qué diantres teníamos tantos autos? Ahí, tranquilos y a resguardo estaban cuatro hermosos Ferrari. El 458 de Tom y el mío al lado del Enzo de Geo y el Maranello de Gus. Parecían titilar en la oscuridad, opacando un poco a los demás. Al lado de mi 458 negro estaba el lindo Fiat de Dom, ya que su pequeño Ferrari Portofino blanco, su regalo de quince años, estaba en Italia y es el que ella utilizaba cuando viajaba hacia allá. Tom poseía también un sexy Bentley descapotable color ladrillo, que estaba aparcado al lado de su camioneta Land Rover Blanca y un pequeño y potente Cadillac biplaza color gris oscuro me pertenecía. Andy poseía un hermoso Ferrari California T color blanco, que estaba al lado de nuestra más reciente adquisición, una camioneta range rover evoque negra. Todos los autos tenían las llaves de encendido dentro.

—Por comodidad nos queda la evoque— murmuré al cabo de un minuto, y Andy asintió, abrió la portezuela del piloto y se metió. Lo imité y salimos de prisa de la propiedad.

Veinte minutos después, debatíamos dentro del pequeño supermercado que estaba en la estación de gasolina más cercana a la casa.

—Tylenol es lo mejor que le podemos llevar— rezongué, pero Andy ya estaba negando.

—Lo mejor es ibuprofeno — gruñó, mirando atentamente una cajita de medicina color rosa pastel.

—Eso no le hará ni cosquillas— argumenté, cabreado.

—¿Tu que sabes? Nazi apestoso. Yo la conozco desde hace más tiempo que tú.

—Pero nunca tan a fondo como yo — repliqué, sonriendo y arqueando las cejas, poniendo cara de pervertido. Andy se sulfuró.

—Cállate cerdo, o te daré una hostia igualita a la que te dejó medio imbécil allá en Italia— amenazó. Ja, era demasiado fácil hacerlo rabiar. Tan solo una ligera insinuación de que yo me comía enterita a Dominique casi cada noche bastaba para que quisiera matarme.

—Si lo haces te meterás en problemas — dije, muy pagado de mí mismo — además no tiene caso discutir por algo así — dije, tomando las cajas que contenían las píldoras para luego arrojarlas a la canasta que llevaba en las manos— llevaremos ambas hasta que lleguen de nuevo esos extraños menjurjes que Dominique ama tomar — terminé, arrugando la nariz.

—Pues son lo mejor de lo mejor, no lo niegues porque cuando estas que te cagas con una resaca del quince he visto que los tomas y en una hora después estás listo para pillar otra borrachera bestial.

Puse mala cara. Cuanta jodida razón tenía.

—Si claro— farfullé, yendo hacia el área de refrigeradores mientras Andy se perdía en el pasillo de las bebidas preparadas.

Saqué varias botellas de vino blanco. Según recordaba, nos quedaban pocas y no tenía muchos deseos de ir a costco pronto. No quedaba de otra mas que cargarnos de vino barato.

Me reuní en la caja con Andy, que iba cargado a su vez con un montón de latas de San Pellegrino de mandarina. Fruncí el ceño. ¿tantas? Aquella era la bebida favorita de Dominique y de Tom, y pensando, no recordaba en realidad cuantas nos quedaban en la bodega. Supuse que muy pocas por la cantidad que llevaba el rubio pollo. Tomé varios paquetes de dulces y chucherías de la caja y un par de chocolates.

—Tienes un armario a tope de golosinas en casa, y ¿piensas llevar mas? — Andy arqueó las cejas y mostró sus dientes en una sonrisa.

—No me puedo resistir — confesé.

Pagamos todo con la American Express que usábamos para las compras y regresamos a las colinas luego de media hora.

Los chicos ya estaban levantados, tomando café como poseídos y charlando entre ellos. Esperanza, que vivía muy cerca de nuestra casa preparaba el desayuno y Dominique, que estaba recién bañada, hecha bola en el sofá mas cercano a la chimenea encendida. La taza de té estaba ya casi vacía entre sus manos, y me lanzó los brazos al cuello en cuanto me senté a su lado. Tenía a Buddy encima, y Jockey jugueteaba con un hueso de peluche a sus pies.

—Te hemos traído algo— murmuró Andy, sentándose frente a ella en otro sofá y entregándole las cajas con el medicamento.

—Ay, muchas gracias— dijo, abriéndolo el frasco de tylenol en el acto para después darle un buen trago. La miré bizqueando. Se notaba a leguas que estaba adolorida. Jodido periodo de mierda. Lo odiaba porque cada mes la hacía sufrir igual. Andy la detuvo cuando comenzaba a abrir la cajita que contenía la otra medicina.

—No los puedes mezclar— le dijo suavemente, haciéndola poner mala cara.

—Hoy no se podrán portar mal — canturreó entonces Tom, sonriendo como gilipollas. Dom enrojeció y Andy le lanzó una almohada con todas sus fuerzas, la cual mi hermanito esquivó afortunadamente, porque Andy era fuerte como un gorila y aun siendo una almohada, le habría sacado el aire a Tom.

—Podremos dormir bien, al fin— secundó Georg. Puse los ojos en blanco. Eran tan pesados, además de unos cabrones exagerados, porque Dom y yo no éramos tan ruidosos, ¿o sí?

Gus asintió mirándome, adivinando a la perfección lo que yo acababa de preguntarme.

Como sea, no nos dejamos afectar. Desayunamos lo que Esperanza nos había preparado sentados a la mesa. Dom prefirió quedarse en el sofá, y no es que pudiera levantarse, ya que ahora, además de Buddy, Pumba y Capper estaban babeando en el sofá con ella. Curiosamente, Jockey prefería pasar su tiempo con Tom. Algo en verdad raro.

—¿Trabajarás hoy? — le lancé la pregunta a mi duende a través del salón. Ojalá respondiera que no. No me agradaba el hecho de que se fuera sintiéndose mal, por mucho que llevara a Andy convertido en su sombra.

—No, creo que todo lo podré resolver desde aquí — respondió, con los ojos clavados en su tableta electrónica, haciéndome sonreír. Todo apuntaba que íbamos a pasar un día tranquilo y agradable. Grabaríamos un poco de música, y por la tarde podríamos ir a pasear a nuestra pequeña manada, y el pensarlo me hizo sonreír.

Definitivamente amaba lo magnífica que ahora era mi vida.

F I N

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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