
El alba despuntó en Calabria con los alegres trinos de las golondrinas estacionales, que piaban sin cesar mientras tejían sus nidos con las ramitas espinozas del jazmín.
Pese a que el sol apenas se estaba asomando por el horizonte, la actividad era constante en los vastos pasillos del fastuoso palacio, pero en el dormitorio mas grande de la torre norte, el que tenía una gran terraza y pulidos pisos de mármol, reinaba el silencio.
Sin embargo, el príncipe Thomas ya estaba despierto, aun desnudo, metido en sus sábanas, meditando y recordando, mientras sus ojos recorrían la espalda desnuda de Bill, tan clara y suave como el plumaje de un cisne blanco. Le gustaba su espalda, no había cicatrices ahí.
Lo único que lo mantenía quieto eran las rítmicas oscilaciones del respirar de su hermano, que estaba perdido en sus sueños. Tom deseó que Bill estuviera soñando cosas bonitas, porque la realidad le parecía espantosa.
Lo acontecido la noche anterior daba vueltas en su mente con vertiginosa velocidad. La cena, tan pomposa y ridículamente elegante, los invitados que no cesaban en miradas groseras, sin contar con la presencia de sus nuevos invitados, a los que apenas si toleraba. Y lo peor de aquel maldito día fue la culminación de todo, con una agria discusión con Bill, que le retaba por su falta de tacto y educación al dirigirse al Duque, y las constantes provocaciones hacia su escolta, pero Tom no se arrepentía de nada, y en su sangre aún ardían los deseos de venganza.
Y sorprendido, se daba cuenta que su mayor tormento ni siquiera era aquel sujeto insoportable al que anhelaba destripar con sus propias manos, ni el estúpido engreído príncipe Adam con sus modales fanfarrones y actitudes soberbias, sino la joven princesa Ambrosía.
Realmente la odiaba, detestaba su frágil perfección y su voz femenina, suave como el roce de una pluma, que tenía una muralla etérea como de sonidos nostálgicos del mar. Todo odiaba de ella, y al mismo tiempo reconocía que su hermano se sentía arrastrado por aquellos mismos y encantadores aspectos. Deseaba que Ambrosía fuera igual de fuerte, altiva e insolente que la princesa Felitza, así Bill sentiría la misma repulsa hacia ella y todo estaría en orden.
Hastiado, el príncipe se levantó sin hacer el mínimo ruido, no deseaba aún la compañía de Bill, quería que siguiera durmiendo hasta que su ímpetu se hubiera calmado un poco.
Después de envolver su cuerpo en la delgada bata de seda negra que estaba al pie de la cama, entró al fresco cuarto de baño, accionó el moderno sistema de tuberías de cobre y esperó, mientras su bañera sostenida por garras de oro se llenaba de agua ardiente.
Cuando Tom entraba en el agua perfumada, Bill intentaba decidir si volvía al mundo de los vivos. Finalmente, el joven príncipe se irguió con erótica lentitud y se desperezó, tensando los músculos para eliminar la rigidez del sueño. La puerta del cuarto de baño estaba entreabierta, Tom siempre la dejaba así, temeroso de que su hermano fuera a desaparecer de su vista en cualquier momento, así que tuvo una buena panorámica de la piel clara de Bill, de sus lustrosos labios rojos y de la elegante curva de su largo cuello. Se volvía loco de deseo en el sentido más literal de la palabra.
El cielo se estaba iluminando cada vez mas deprisa; Bill se percató de su aparente soledad, y con la rapidez del relámpago sus ojos buscaron los de su hermano, conectándose en medio segundo con ellos, pues Tom le miraba fijamente, los ojos inundados de pasión.
—¿Has dormido bien? —preguntó el mayor, en cuanto Bill estuvo de pie frente a él con su mechón de negros y rebeldes cabellos adornando su frente, envuelto a medias en una bata idéntica a la de Tom, que el príncipe no se molestó en cerrar.
—Bastante bien…— respondió, sonriendo hacia abajo, donde los ojos de su hermano se habían vuelto metálicos de pura excitación.
—¿Que? ¿no tienes veinte reclamos para hoy?— cuestionó, sonriendo con oscura perversidad, una mirada seductora alargaba sus ojos.
— Mira Tom, ya te dije que no me gus… — pero la voz de Bill se volvió un ronco jadeo cuando sin previo aviso, Tom lo acercó a él, apresándolo por las piernas con sus fuertes brazos, y engullendo de un bocado el miembro medio despierto de Bill, que se estiró en toda su longitud al segundo siguiente.
El menor de los hermanos ahogó un ronco gemido de sospesa en el fondo de la garganta, mientras miraba a Tom con fascinación. Su estómago se contrajo, e instintivamente sus manos se movieron por la sedosa cabellera trenzada, para después traerla hacia el centro de su cuerpo con un ansia cada vez mayor.
Su hermano no le daba tregua, le recorría con la punta de la lengua, para después profundizar y torturarlo con la apretada humedad de su boca. Bill se sentía en el cielo, sus jadeos eran mas intensos a cada momento, y cuando se sentía a punto de estallar, la boca de Tom se volvía dulce y suave, mas lenta. Era una completa tortura. Pero Tom no lo hacía por perversidad, lo hacía por puro placer, y Bill siempre estaba por la labor. Los afilados ojos de Tom lo observaban con una fascinación que rayaba en lo insano, grabándose cada gesto del rostro de su hermano, distorsionado por el placer.
Los movimientos y sonidos de succión, sazonados por los jadeos medio enloquecidos de Bill se hicieron mas y mas rápidos. El menor de ellos echó la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados y la boca abierta, jadeando de pasión, hasta que la boca de Tom se abrió, liberando el dolorido y pulsante miembro del menor de los príncipes, justo en el momento en que un espeso chorro de semen salía como una fuente, las gotitas blanquecinas volviéndose pesadas como las perlas a contraluz. Bill sintió que las piernas le fallaban, y hubiera caído al suelo de no ser por que su hermano saltó desde el agua, rodeándolo con los brazos para rodar por el suelo después, empapándolo todo.
Rodaron un par de veces, y Tom quedó estratégicamente sobre él, acomodado entre sus piernas, y con tiento le besó el cuello y los hombros, aspirando su delicado aroma antes de preguntar:
—¿Te has hecho daño?
—En absoluto— respondió, sonriendo y enredando las largas piernas en torno a la cintura de Tom, que aprovechando la intensa humedad que reinaba en el lugar, gracias a la combinación del vapor de agua, el agua que empapaba su cuerpo en forma de sudor y la simiente que aun emanaba de Bill, realizó la conexión para la que, estaba seguro, habían sido creados.

—El cuarto de baño ha quedado hecho un desastre — comentó Bill, ya vestido pulcramente, después de tomar una ducha que se llevó el rastro de los besos de Tom y de su propia semilla.
—Como cada mañana hermanito, menos mal nuestro servicio es discreto — murmuró el mayor, mirándose en el ornamentado espejo para acomodar el ancho cuello blanco y almidonado de su camisa de seda.
—Quizá se deba a que si dicen algo, has jurado cortarles la cabeza — retó Bill de buen humor, mientras se abotonaba la casaca.
Los atuendos de aquel día eran verdaderas obras de arte. Terciopelo azul oscuro, casacas de seda con bordados de plata, y capas laterales forradas de satén plateado, ajustadas sobre el hombro derecho con un gran broche redondo hecho de plata, que tenía el escudo de armas de Calabria grabado en él.
—¿Es lo mejor de todo, no lo crees?
—No Tom, nunca es bueno abusar del poder — dijo Bill, queriendo parecer serio, pero el brillo de sus ojos lo delataba.
—Algunas veces sí que lo es.
En cuanto ambos terminaron por colocarse las omnipresentes coronas, que aquel día eran de oro macizo, Tom ordenó que sus guardias fueran en busca del Duque de Montpensier. Bien sabía que Bill estaba ansioso por tener aquella charla privada con el extraño muchacho de ojos cansados, y él disfrutada de esa chispa de curiosidad que titilaba en los ojos de su hermano. Era imposible resistir el impulso de darle gusto en todo lo que quisiera.
Tras una breve espera en su sala de recepciones privada e inundada de luz del sol, el Duque fue anunciado por el escriba.
Ambos príncipes sonrieron y lo esperaron de pie. El joven francés iba perfectamente envuelto en un elegante conjunto de lino color verde olivo, con ceñidos pantalones que se amoldaban a la perfección a sus piernas, camisa blanca de algodón puro, botas lustrosas y levita ribeteada con diminutas florecillas de hilos de oro. Su joven rostro mostraba interés, y la sonrisa resplandeciente contrastaba en armonía con los ojos azules como zafiros y los negros y largos cabellos.
—Saludos Billam — la voz del menor de los príncipes estaba cargada de emoción — espero que haya pasado una noche grata — dijo, en cuanto estuvieron sentados.
El Duque sonrió de forma condescendiente, mas no respondió enseguida, ya que en ese momento entraron las doncellas y sirvientes de los príncipes, dejando un desayuno ligero, para después retirarse.
El aromático té de cardamomo y hierbabuena humeaba sin cesar, pastelillos confitados y croissants rellenos de chocolate llenaban un gran platón, fruta fresca salpicada de miel, panecillos rellenos de nueces y avellana y omelette de huevos revueltos condimentados con pimienta de cayena, relleno de frescos brotes de cebollines eran el menú de aquella mañana; todo en tres porciones idénticas. Aquel desayuno tenía un marcado toque francés.
—Saludos Altezas — respondió el Duque en un italiano perfecto, luego de sentarse en la silla que el mayordomo sostenía para él. Tom entonces hizo un gesto con la cabeza, y todo el servicio se retiró — ha sido una de las mejores noches que tenido en mucho tiempo — consintió.
—Me alegra que haya podido descansar, aun después de la cena de anoche, la cual se prolongó quizá demasiado, y hablando de eso — Bill se llevó la mano al pecho en un claro gesto de vergüenza — ni siquiera tuvimos oportunidad de preguntar si prefiere hablar en francés, o en italiano, espero pueda disculparnos la descortesía.
— Antes que nada, si me permiten el atrevimiento — dijo, mirando a ambos hermanos y su desconcertante parecido — quisiera que nos habláramos en un tono menos formal ¿quizá?
Ambos príncipes asintieron al unísono, acentuando su parecido. No había problema en la petición del duque, pues los tres eran miembros importantes dentro de la realeza y podían tutearse.
— Será como tu desees entonces, Billam — murmuró Tom, luego de ponerle un terrón de azúcar al té de hierbabuena que humeaba delante de él, y tres en el té de cardamomo de su hermano. El Duque sonrió en respuesta.
—Y en cuanto a los idiomas, en realidad podemos hablar en el que deseen, tengo la fortuna de dominar ambos gracias a la educación que tuve, aunque siento un poco de añoranza por mi país y todo lo suyo, menos la comida claro está, ya que he sido halagado de más aquí con todos los platos deliciosos que he podido probar.
—Nuestro deseo es que te sientas como en casa Billam, sabes que siempre serás bienvenido en Calabria, y puedes quedarte todo el tiempo que sea tu deseo — respondió William en un francés impecable, para luego bajar la mirada hacia la mesa que estaba servida con abundante comida, dispuesta en lindos platos de porcelana blanca ribeteada de oro.
Durante algunos minutos, reinó un tranquilo silencio, hasta que Tom notó algo. Billam no llevaba una espada, ni daga, ni cuchillo o arco ni nada que se le pareciera, algo que tanto él como su hermano, portaban siempre. Una espada siempre resultaba algo muy útil.
—Me preguntaba, Billam — comenzó Tom, aun en francés. El Duque le dirigió una clara mirada de curiosidad — el porque no portas una espada.
Los ojos azules se llenaron de desconcierto. Billam no esperaba que aquellos príncipes fueran tan observadores. Tom lo miraba con una ceja alzada, claramente esperando por la respuesta, mientras Bill se dedicaba a cortar su omelette.
—En Montpensier, rara vez portaba un arma, mi hermano me decía que no tenía nada que temer, que siempre estaría a salvo — respondió un tanto lacónico, haciendo una mueca que no pasó desapercibida para Tom — de modo que cuando partí, olvidé traer la espada que recibí en mi décimo quinto cumpleaños.
—Siempre es bueno portar un arma que sea digna de tu rango — murmuró Bill, sintiendo el peso de su propia espada atada en el cinturón. Aquello resultaba extrañamente reconfortante. Era de las pocas cosas que en verdad amaba de la realeza.
El Duque no respondió, se quedó sumido en sus pensamientos, así que no prestó atención al gemelo mayor, que se levantó y desapareció por la ornamentada puerta que comunicaba el salón de recepciones con el enorme dormitorio. Bill sonreía cálidamente, adivinando enseguida lo que Tom estaba haciendo.
Cuando el príncipe mayor volvió, Billam no comprendió del todo lo que estaba pasando, hasta que Tom le tendió una funda color escarlata, decorada con filigranas de oro, en cuyo extremo estaba la empuñadura plateada de una espada.
El Duque se ruborizó, pero tomó la espada, sabiendo que era muy mal visto no aceptar regalos de algún miembro de la realeza.
—Un Duque como tu, Billam, siempre debe estar bien armado — comentó Bill, luciendo orgulloso por el gesto que su voluble y un poco egoísta hermano acababa de tener. Definitivamente a Tom le agradaba aquel muchacho en demasía, lo mismo que a él, pues Billam hacía derroche de elegancia, gracia y estilo en todo momento y aquello era imposible de pasar desapercibido.
—No tengo palabras para expresar mi gratitud — murmuró el Duque, un poco deslumbrado. Con mucho cuidado, deslizó la hoja de la espada fuera de su funda, admirando el complicado diseño a base de diamantes y rubíes que estaban engastados en la empuñadura de plata, sin contar con el increíble filo de la hoja, que brillaba intensamente bajo el sol de la mañana — estoy un poco atrasado en el manejo de la espada, debo admitir.
—Ese no es problema — respondió Bill casi de inmediato — Tom y yo practicamos juntos cada semana, y sería un placer poder practicar juntos esta misma tarde, si te parece Billam.
—Me encantaría — los ojos azules se mostraban brillantes por la emoción. Billam guardó la espada y la ató a su cinturón, pareciendo muy orgulloso de su regalo.
—Es un hecho entonces — agregó Bill, para luego morderse el labio al mirar a su hermano de reojo, algo indeciso de la pregunta que quería formularle al Duque — disculpa mi arrojo Billam, pero tanto Tom como yo hemos notado cierto nerviosismo en tus modos, y en tus ojos siempre hay cierto desasosiego, espero que no lo tomes a mal, pero cualquier problema que pudieras tener, siéntete libre de solicitar nuestra ayuda, en lo que sea.
Tom asintió, mostrándose muy serio y deseando que Billam solicitase que su escolta fuera degollado como cerdo en el matadero.
Ante las sinceras palabras del menor de los príncipes de Calabria, Billam cerró sus ojos; parecía estar muy cansado, y fue como si en ese momento, sus hombros fueran liberados de una aplastante presión.
—Lamento dar esa impresión en mi primera visita a estas hermosas tierras, pero en realidad, Alteza, no me había percatado de ello, he sentido mucho cansancio, pero a la vez mucha energía al estar aquí — el Duque bajó la vista al hablar, sus cabellos se deslizaron por sus hombros y terminaron enmarcando su delgado rostro, que de repente volvía a estar ruborizado — el viaje en alta mar ha sido largo y agotador, y comienzo a echar en falta, quizá demasiado, la vida en mi palacio — de repente, las mejillas del Duque se encendieron más — quizá también se deba a que mis pensamientos se encuentran invadidos por una persona…
Al escucharlo, ambos príncipes compartieron una mirada divertida.
—Billam ¿acaso estás enamorado?
—No sabría contestar eso — respondió, luciendo perplejo — he leído historias de amor, pero experiencia propia no tengo — comentó, haciendo que ambos príncipes pusieran una expresión de ternura ante su ingenuidad — solo puedo hablar desde lo que siento al estar con… esa persona.
—¿Y que es lo que sientes? — cuestionó Tom, claramente entretenido.
—Bueno… — Billam dejó escapar una risita nerviosa — me siento extraño, me siento ligero, siento que todo fluye con mas facilidad pero… — la sonrisa del Duque desapareció — es algo que no puede ser, es algo prohibido — dijo mas para sí mismo que para los chicos que lo contemplaban fijamente, y se extrañó al ver en ambos príncipes una mirada de tranquila comprensión. Si alguien sabía acerca de amores prohibidos, eran aquellos príncipes gemelos que compartían un amor intenso para nada fraternal.
—Lamentablemente Billam, personas como nosotros no podemos poseer la libertar de enamorarnos de quien quisiéramos — comentó Bill, con una profunda nostalgia, mientras miraba las manos de Tom, que se habían crispado sobre la mesa — sino de quien debemos.
—Lo sé — la voz de Billam era tan tristona como la de Bill, sin embargo luego de cinco segundos, su expresión cambió — y hablando de eso… ¿estáis entonces comprometidos con las princesas de Mónaco y Normandía?
Al escucharlo, Tom dio un respingo y el mal humor le inundó la boca del estómago, provocándole náuseas, y Bill sonrió mientras negaba suavemente.
—Lamento si mi pregunta os a incomodado — se disculpó el Duque al ver la ponzoñosa reacción de Tom.
—No tienes porque disculparte, en absoluto — respondió Bill de forma displicente, aparentando que todo estaba bien — sus Altezas han venido de visita solamente.
El rostro de Billam denotaba que no creía una sola de aquellas palabras, pero no ahondó en el tema, el cambio operado en ambos príncipes lo desalentó a seguir explorando aquel espinoso terreno.
Por unos minutos nadie habló, hasta que tres golpes discretos en la puerta los hizo voltear. Tom ni se sorprendió de ver a Georg, que hacía una reverencia y saludaba.
—Buenos días Altezas — dijo al inclinar elegantemente la cabeza.
Billam y Tom respondieron con un gesto idéntico, y Bill le dedicó su total atención a un pergamino que Georg le mostró.
Mientras aguardaban, el Duque terminó su desayuno al parecer disfrutándolo al máximo, con la vista perdida mas allá de los enormes ventanales abiertos que dejaban entrar la brisa fresca y desde donde se apreciaba parte del lago y de los inmensos setos recortados de uno de los jardines del palacio.
Tom, que había apartado su plato casi vacío, se retrepó en la silla acolchada y se dedicó a lo que mejor sabía hacer, contemplar a su hermano. Estaba perdido en sus ensoñaciones, mirando a Bill concentrarse, fruncir el ceño y mover sus blancas manos de largos dedos sobre aquel papel que su consejero sostenía cerca de él.
—Bueno — dijo Bill al cabo de dos minutos — Geo, encárgate de que el campo de tiro esté libre esta tarde por favor.
Georg asintió y se retiró luego de despedirse, y Bill suspiró.
—¿Problemas?
—Para nada —descartó el príncipe — asuntos de gobierno.
El Duque que ahora podía tutearlos y estar mas cerca de ellos que ningún otro miembro de la realeza en aquellos momentos, miraba a Bill con demasiada curiosidad, y Tom entendía porqué. Para Billam, y para todos los demás miembros de la realeza, durante muchos años hubo solo un príncipe en Calabria, y en la actualidad había dos, que eran totalmente idénticos además. Ese tipo de cosas gestaban una profunda curiosidad en las personas, y era algo que Tom odiaba.
Pero muy a parte de aquello, a Billam le causaban cierto repeluz las cicatrices que el menor de los príncipes tenía decorando su delicada faz. Al principio no se había percatado muy bien de ellas, pues el príncipe nunca se acercaba demasiado a nadie, pero ahora, sentado a menos de un metro frente a él, con la luz de la mañana entrando a chorros por las ventanas, aquel espeluznante conjunto al alto relieve de heridas ya cicatrizadas era perfectamente visible. Las cicatrices, delgadas como las patas de una araña blanca, surcaban delicadamente el pómulo y la ceja izquierda y subían perdiéndose entre el cabello de las sienes, donde el príncipe llevaba muy corto el negro cabello. Y aquello conseguía erizarle a Billam los vellos de un modo para nada agradable. Se preguntaba como era posible aquello, e intuía que era un pasado muy oscuro el que William arrastraba tras de sí, sin mencionar el dolor que seguramente aquellas heridas le habían causado.
Quizá alguna batalla había librado, era lo único que se le ocurría.
—Espero que mi pregunta no sea mal recibida — se lanzó Billam, con evidentemente mucha mas confianza que antes, sin embargo, se quedó en blanco, sin saber como preguntar lo que deseaba saber, sin incomodar — durante toda mi vida crecí escuchando sobre este lugar y…
Su voz se perdió, y ambos príncipes sonrieron.
—¿Y como es que hay dos príncipes ahora y no solo uno? — adivinó Tom, ayudando al Duque.
Billam asintió, temeroso de haber vuelto a irritar a aquel par de hermanos tan enigmáticos.
—Bueno, esa es una historia muy larga — murmuró William, volviendo lentamente el rostro hacia los ventanales, de modo que Billam pudiera ver como las cicatrices se alargaban decorando su cuello, hasta perderse en la nuca y bajaban por el cuello. El Duque se puso verde.
—El pasado de mi hermano es muy doloroso para él — dijo Tom suavemente, al ver que el Duque parecía estar a punto de llorar, de gritar o vomitar, o todo al mismo tiempo.
—Lo lamento tanto — dijo Billam, sin saber que otra cosa podría decir.
—Nadie podría lamentarlo mas que nuestra familia — Tom parecía acudir en rescate de su hermano, quien se había perdido en sus recuerdos — es demasiada la vergüenza y la rabia que siento, pues fue nuestra propia abuela la causante de todo lo que estás viendo — el color verde del rostro de Billam se acentuó al escuchar aquello, parecía claramente arrepentido de haber preguntado. Pero Tom no se detuvo — fue ella, presa de la ignorancia y la estupidez, quien mandó asesinar a mi hermano apenas al nacer, orden que fue gloriosamente desobedecida por una mujer de incalculable valor. Ella no mató a mi hermano, ella lo salvó, cuidándolo como si fuera su propio hijo por casi veinte años, temerosa de mostrarlo al mundo, pues Lucila era un ser letal que no se detendría ante nada ni nadie para matarlo… lo cual, como puedes ver, casi logró.
Los príncipes no solían hablar de la etapa mas oscura de sus vidas con absolutamente nadie, pero el Duque les provocaba mucha simpatía, y le permitieron conocer la aterradora verdad de su pasado.
—Pero ¿como…?— la voz del duque fue casi un jadeo involuntario.
—Me encontró en el mismo momento en el que me enteraba, por medio de una carta escrita por mi madre, la que me salvó, que en realidad ni siquiera era hijo suyo, sino que era un príncipe, y que mi vida, desde que inició, había estado en el filo de la navaja. No supe cuidarme así como ella me lo advertía, no tuve tiempo Billam, y me vi encadenado y a merced de mi propia abuela en una cámara de torturas, donde ella disfrutó jugar conmigo y con mi vida durante varios días, sin saber que yo ya conocía toda la verdad… y cuando lo supo no le importó. Se enfureció al darse cuenta que yo conocía mi origen, y ordenó que mi vida terminase, algo que fue impedido por el que ahora es mi guardia personal, quien avisó a Tom…
—Y por poco no llego… — Tom volvió el rostro hacia el suelo, con la mandíbula apretada por el coraje — luego de una frenética búsqueda, encontré a mi único hermano secreto, estaba roto y medio muerto, bañado en sangre y colgando como un animal en el matadero — la voz de Tom fue un murmullo roto, y miró al petrificado Duque a través de las pestañas — no te haremos escuchar el resto Billam, es demasiado doloroso — añadió, sujetando con fuerza la mano de Bill por debajo de la mesa — Lucila fue castigada con la guillotina por su blasfemia y William pudo recuperarse, y disfrutar de aquello que por veinte años le fue arrebatado, sin embargo — hizo una pausa y repasó la punta de sus dedos sobre las cicatrices de la mejilla de Bill, quien cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia la mano tibia que le tocaba — algunos recuerdos, como lo ves, no pueden ser borrados.
El Duque lucía consternado, estaba pálido tanto por lo que acababa de escuchar, como por el gesto que acababa de presenciar, como si no creyera que el fiero príncipe Thomas pudiera tener tales despliegues de cariño y de ternura hacia con su hermano.
—No tengo palabras que puedan describir lo que siento…
—No hay palabras que puedan describir algo así, pero helo aquí, entero y sano, disfrutando de lo que es suyo, eso demuestra que hasta en los mas oscuros problemas hay un rayo de luz.
Billam asintió ante las palabras del príncipe Thomas, mirándolo con concentración.
—Aún así, por poder tener mi libertad y a mi familia, lo soportaría todo otra vez.
El Duque miró al príncipe William, pensando que ya estaba un poco loco, pero Tom atrapó su mirada y le guiñó, dándole a entender que su hermano era así, un tanto extraño.
La reunión no se prolongó mucho más tiempo; Billam había quedado un tanto pensativo después de conocer el turbio pasado de sus anfitriones, quienes a pesar de todo parecían estar muy a gusto y tan conectados entre ellos, que incluso el Duque sospechaba que podían comunicarse mentalmente, casi sin hablar.
Vaya criaturas extrañas eran los hermanos gemelos.

Al caer la tarde, después de que cada familia se reuniera para comer en la intimidad de sus propios aposentos, los príncipes gemelos lograron escabullirse hacia el solitario jardín que utilizaban para sus prácticas de tiro con arco.
El sol estaba oculto por una capa de algodonosas nubes blancas, y la brisa fresca era mas bien fría, con un leve aroma a sal de mar. Aquel jardín era su refugio secreto, guardado celosamente por densas paredes verdes de frondosos pinos y alcornoques.
Silenciosos como de costumbre, ambos en posición de lance, medían las distancias.
Eran capaces de acertar diez de diez tiros a la diana que estaba ubicada a más de cien metros de distancia.
La pericia de ambos mejoraba día con día, en incluso practicaban dos veces por semana mientras corrían en sus caballos, riendo y haciéndose bromas, acertando siempre en el blanco.
Lo novena flecha de Bill se clavó con un golpe sordo en el centro de una diana que colgaba de la rama de un pino, y de la cual apenas si era visible un pequeño círculo blanco.
—Vaya — silbó Tom — directo en el blanco.
Bill sonrió con modestia y luego suspiró, esperando que Tom hiciera su tiro. El acre olor de la madera quemada, el frío picante que se enroscaba en sus cabellos, la frescura de los pinos circundantes, la magnificencia del palacio que se alzaba a sus espaldas y la reconfortante presencia de hermano, lo sumían en un estado nostálgico muy particular.
— Es tu turno — respondió, entornando los ahumados ojos hacia Tom, que le sonreía embobado.
Tom tensó la flecha en su arco, imprimió fuerza hacia atrás y la dejo volar en trayectoria libre. Ambos príncipes miraron el elegante arco que la flecha describió, hasta clavarse en la misma diana del mismo árbol donde se había clavado la de Bill. Estaban separadas por apenas medio centímetro.
—Fabuloso como siempre — murmuró Bill con añoranza.
—Ni de cerca tan fabuloso como tú — dijo Tom con la voz vibrante por la emoción al mismo tiempo que se preguntaba cuando se acostumbraría a la desmesurada perfección de su hermano menor.
Esperaba que nunca.
— Estimas mi valor demasiado alto — respondió, con la mejillas coloreadas.
— Nada de eso, debo controlarme a cada minuto que estoy contigo Bill, tanto para no saltar encima de ti para comerte a besos, como para no matar a los que te rodean y te miran de modos que no me gustan en lo absoluto.
William río quedamente, y se acercó un paso a su indomable hermano, mientras se relamía los labios, ansioso por probar el frío aliento de Tom, que creaba volutas de vapor que se enroscaban en el aire cuando hablaba. Se contuvo apenas, al saber que aunque estuviesen bien resguardados por la muralla de árboles, siempre podría haber alguien no deseado, que viese cosas que no debería ver. El resto del mundo no estaba preparado para un amor tan sagrado, y probablemente nunca lo estaría.
—Debo ir por Billam, recuerda que prometimos practicar con él — susurró Bill muy cerca del rostro de Tom — pero en la noche me pagarás el sustito que me diste esta mañana.
—No creo que no te haya gustado — jadeó Tom con cierto run run en la voz; su respiración estaba acelerada.
—Debo concederte la razón en eso, y por eso mismo, esta noche te lo compensaré…
— Espero entonces que la noche caiga en este mismo momento — dijo con la voz apenas contenida.
—Tendrás que esperar un poco más, hermanito — murmuró Bill, sonriendo con dulzura — ahora vuelvo.
— No tardes — pidió el príncipe mayor, besando la blanca mano de su hermano, renuente a dejarlo ir.
Cuando Bill finalmente se marchó, Tom sacó la décima flecha de su carcaj de cedro, la acomodó en el arco remachado en oro y la lanzó con tanta fuerza, que el arco se partió en dos dentro de su mano. Se estaba trastornando, y la tensión lo consumía, en especial cuando estaba solo. La paranoia le dominaba a ratos, y aquel refugio natural que tanto amaba, le parecía extrañamente profanado… El olfato de perro cazador del príncipe le advertía algo, o quizá estaba ya enloqueciendo, en el sentido mas literal de la palabra.
Arrojó el arco al suelo, donde terminó por hacerse pedazos, exactamente igual a los once arcos anteriores, que habían terminado por alimentar el fuego de su chimenea.
—Así que… meterse mano con el hermanito menor… — se burló una insolente voz a sus espaldas. Tom cerró los ojos, su garganta se atascó en un nudo. Aquel no era Bill, definitivamente. Aquella despreciable y deshonrosa voz no podía ser el chorro de oro que escuchaba cuando su hermano hablaba — ya me parecía que ambos estaban un poco enfermos pero ¿eso es también parte del protocolo?
El príncipe sintió frío, y un temor glacial le congeló la sangre. Y no era temor por sí mismo precisamente. Pero finalmente, pensó, que quizá había llegado la oportunidad que necesitaba para desfogar el ardor salvaje que le chamuscaba las venas. Lo único que le hacía encogerse de preocupación, era cuanto había logrado ver aquel ser detestable. El haber puesto tan estúpidamente a su hermano en manos de aquel cretino era algo que le hacía temblar de pavor y de rabia, y era algo que no se perdonaría nunca.
—Al parecer no tuviste suficiente durante la cena — repuso Tom de forma astuta. Si aquel canalla quería jugar, el príncipe estaba encantado de participar en ese perverso juego, el cual sin duda, saldría ganando — incluso has seguido mis pasos, profanando este lugar que es sagrado para mi… — añadió, dándose la vuelta con garbo, la pesada capa forrada revoloteó tras él, rodeando su esbelto cuerpo, que con corona puesta, se irguió en su impresionante estatura.
A casi cinco metros, mucho mas cerca de lo que tenía permitido cualquier mortal, estaba el tipo que se consideraba a sí mismo un guardia, pero que para Tom no era mas que una alimaña peligrosa que debía ser exterminada. Los ojos grises, entrecerrados como los de una serpiente venenosa se notaban calculadores, e inundados de rabia. Tom le devolvió la mirada con la misma furia mortífera.
—No todo gira a su alrededor, majestad — dijo aquel hombre, con una nota de burla escondida en su tono, mientras acortaba mas la distancia, algo que ya le hubiera valido terminar en el piso con una lanza en la nuca, de estar el príncipe con sus guardias — es bastante inteligente venir aquí — repuso, con un deje de admiración fingida, mientras miraba a su alrededor, apreciando lo mágico de aquel lugar, sin embargo, su rostro era una máscara de pura maldad — no sería adecuado si los demás supieran acerca de su sucio secretito.
De nueva cuenta, un poderoso estremecimiento de pánico sacudió el alma de Tom, a pesar de que su semblante se mantenía mortalmente sereno y evaluativo.
—Ni siquiera sabes de protocolos — escupió, fulminándolo con la mirada — soy tu alteza imperial, no majestad — repuso, parodiando su tono con burla — por lo que deberías estar postrado ante mi como el perro callejero que eres.
—¿Entonces si? — evadió Theo, ignorando la velada orden que acababa de recibir — ¿Es parte de los extraños protocolos reales el pervertir al príncipe menor, su alteza? — preguntó, con la voz inundada por el sarcasmo, algo que Tom no toleraba.
—Es tanta tu vulgaridad que ni siquiera debería molestarme en mirarte, tu sola presencia ensucia el aire que respiro — dijo el príncipe, haciendo gala de todo lo siniestro que podía volverse. Su ira estaba a punto de desbordarse cual lava de un volcán a punto de explotar. Sin notarlo, ambos comenzaron a caminar muy lento, formando un círculo mortal — tu imaginación ha llegado muy lejos, pero lo que mas me intriga es el hecho de que te atrevas a hablarme, no eres más que un pobre bastardo, indigno de mi.
—Por lo que pude ver, a nuestro querido príncipe William, le encanta esa forma tan descarada que tiene de acariciarlo — eludió de nueva cuenta aquel peligroso individuo, sin darse cuenta del error que había cometido al hablar en forma burlona del menor de los príncipes herederos, justo frente a su vehemente, lunático y protector hermano mayor.
La reacción de Tom fue totalmente virulenta, se le dilataron las pupilas y las aletas de la nariz al mismo tiempo. La adrenalina le inflamaba los músculos, y se podía apreciar perfectamente el ritmo casi enloquecido de su vena carótida al circular la sangre que le ardía como ácido y le chamuscaba las neuronas, matando cualquier atisbo de cordura que pudiera haber salvado a Theo. Con un movimiento lento, llevó su mano hasta su dorada corona, para arrojarla al piso un segundo después.
—No ha nacido la persona capaz de hablar así de mi hermano, y mucho menos una sanguijuela salida de algún desagüe, alguien así como tu, de modo que este atrevimiento lo pagarás con tu vida, no es mucho, pero no puedes seguir respirando ante mi presencia, no mereces ni siquiera mi desprecio…
Por toda respuesta, Theo solo levantó una ceja, irónico y burlón.
—¿Te gustan las líneas horizontales, Theo? — cuestionó la aterciopelada voz del príncipe, rabia apenas contenida.
Su acompañante frunció el ceño, divertido ante tal cambio.
—¿Horizontales?— cuestionó, algo extrañado.
—Si, horizontales, como la que te arrancará la cabeza — murmuró el príncipe en voz baja y contenida, desenvainando su espada en una fracción de segundo, rasgando el aire en dirección al corazón de su oponente, donde el filoso acero desgarró la librea y la camisa, dibujando una fea y honda línea horizontal en el pecho de Theo, desde donde comenzó a manar la sangre. Hubiera querido sacarle el corazón en ese mismo momento, pero aquel hombre fue igual de rápido al saltar hacia atrás, salvándose por poco — antes de que puedas llenarte esa vil boca hablando de mi hermano, haré que vomites la nauseabunda sangre que te corre por las venas — amenazó, con voz siniestra, los ojos ardiendo de furia y coraje.
—Ya veremos quien será el que derrama mas sangre el día de hoy — respondió Theo, su apuesto rostro estaba distorsionado por una extraña sonrisa medio enloquecida. Cuando el príncipe volvía a la carga, con un movimiento experto, él desenvainó su propia arma, una espada grande y curva, de filo mortal.
Cuando ambas armas se encontraron, saltaron chispas anaranjadas. El sonido al entrechocar se escuchó como un relámpago, y el combate a muerte comenzó.
Ambos lanzaban estocadas letales, que bloqueaban blandiendo sus armas, que siseaban al cortar el aire. Tom sintió una fuerza renovadora incendiando su sangre y los músculos que utilizaba para desviar las mortíferas estocadas que aquel hombre le dirigía se calentaron, y sonrió al haber encontrado un rival digno al cual poder hacer pedazos.
Su mirada de cobre chocó con los plomizos fanales de su contrincante, mientras caminaban en un círculo cerrado, atacando y bloqueando sin descanso.
Tom exhaló, mientras el sudor le humedecía por las sienes, la capa le revoloteaba a la espalda, y se concentraba en el sonido de las espuelas de sus botas, que marcaban en ritmo al que combatía con Theo, que lo miraba con los ojos que solo un demente podría tener.
—Esto solo reafirma lo que digo, aquí se guarda un pecaminoso y obsceno secretito — musitó con la voz agitada y jadeante, pero aún así inundada de burla, lo que le valió un fuerte golpe de la espada de Tom, que apenas si pudo contener — incesto, ¡que fuerte! me pregunto que opinarán mamá y papá sobre todo esto… — continuó sin descanso.
—¿Y quien va a creerle a una inmundicia como tu? — Tom no se había sentido tan furioso hacía mucho tiempo, una niebla roja le empañaba la vista, y lanzó un feroz ataque frontal que Theo pareció adivinar, ya que cuando el príncipe retiraba la espada para bloquearse el pecho, el filo de la espada le ocasionó un profundo corte que iba desde la clavícula hasta el hombro izquierdo, pero el príncipe apenas si sintió el ardor de su carne al ser cortada.
—Que decepción — se mofó Theo, sonriendo ante la visión de la espesa sangre casi negra que goteó lentamente en el suelo — habría jurado que por sus venas corría sangre tan azul como el océano, su alteza.
El príncipe no respondió, el dolor le había despejado la mente. Sin vacilar apenas un segundo volvió a embestir de frente a su adversario con un movimiento envolvente, tan rápido y experto, que la cimitarra de Theo salió volando desde su mano para aterrizar sobre el césped, a un par de metros.
Tom no daba tregua alguna, volvió a lanzar su espada buscando el cuello de su oponente, que, rápido como un rayo, consiguió esquivar saltando hacia la derecha, y rodeándolo, se encaramó a la espalda del príncipe y lo atrapó anudando sus brazos en torno a su cuello, comenzando a apretar.
La falta de aire exasperaba y debilitaba a Tom. Aquel tipo era un incordio, y el príncipe se dejó caer de frente, soltando su espada manchada de rojo. La herida del hombro chorreó copiosamente. No lo dejó saber, pero aquel era un astuto movimiento evasivo. Viéndolo desarmado, el guardaespaldas del Duque le asestó a traición dos potentes puñetazos que le amorataron las costillas, pero Tom no sintió el dolor, la rabia lo cegaba, de modo que cuando vio la poderosa patada que estaba a punto de recibir de lleno en la cara, calculó con astucia y amortiguó el golpe encogiendo el pecho, sujetando a la vez, con fuerza titánica, el tobillo de su rival, haciéndolo caer con firmeza en el piso.
El príncipe estaba en un trance salvaje totalmente descontrolado, dominó a Theo colocándose sobre él y descargando con toda su furia varios salvajes puñetazos sobre su rostro, para después tomar la espada que había quedado a menos de un metro de él, dispuesto a degollar a aquel sujeto de una vez por todas, para después usar sus restos como comida para las ratas, sin embargo, Theo se hizo con su espada, alcanzando a bloquear la espada de Tom, quedando el filo a solo un centímetro de la piel sudorosa y palpitante de su cuello.
—¡Te mataré! — juró Tom, empujando su espada hacia abajo con todas sus fuerzas, con suerte conseguiría que su oponente fuese degollado por el filo de su propia arma, empero la resistencia de Theo era similar a la de una roca. Haciendo fuerza con el brazo izquierdo, empujó hacia arriba su arma, y en un segundo, ambos estuvieron nuevamente de pie, mirándose de frente, con las armas al delante de ellos, jadeando para recuperar el aliento, y mirándose como dos fieras salvajes.
Durante el fragor de la batalla, ni el príncipe heredero ni el guardaespaldas del Duque se preocuparon de nada más. Se olvidaron del tiempo y del lugar, ocupados en descubrir quien sucumbiría primero, quien derramaría mas sangre, quien sería el vencedor, mas de haber estado un poco mas atentos, o quizá menos enloquecidos, hubieran escuchado los pasos y las voces que se acercaban en línea recta hacia ellos.
El príncipe William, y el Duque de Montpensier, seguidos por su comitiva de guardias y escribas, caminaban lentamente, platicando sobre las diferencias del clima entre Italia y Francia, y también de cómo estaba disfrutando el Duque aquella visita, del palacio tan tranquilo, de la comida, el servicio y la vista a los hermosos jardines. Bill estaba preguntándole si se sentía ansioso por la llegada del Rey Valdric, mas su alegre conversación cesó en un segundo al escuchar claramente lo que era el clamor de un feroz combate.
La sangre de Bill se congeló en sus venas, y el rostro del Duque perdió totalmente el color. Se miraron por medio segundo antes de correr al sitio de donde provenían los metálicos choques de las armas, y los resuellos y resoplidos los combatientes.
El menor de los príncipes se quedó a cuadros al llegar al lindero del jardín de tiro. Su gemelo y el guardia del Duque se miraban como si fueran a matarse, ambos jadeantes, ambos heridos, chorreando sangre.
El Duque tampoco se lo podía creer. Miraba la escena como si esperase que de repente fuese a cambiar, o como si todo se fuera a desvanecer. Su mirada era la de alguien que intentaba negarse a si mismo lo que sus ojos miraban, y lentamente, en su apuesto rostro se dibujó un gesto de horror. Pues el sabía perfectamente que su guardia había firmado ya su sentencia de muerte al luchar contra un príncipe de tan alto rango, sin importar cuales hubieran sido los motivos.
Pese a todo, el Duque permaneció alejado, inmóvil y en silencio, y, poco a poco, un gesto de enfado se cinceló en su joven rostro, y no hizo nada por detener ni la pelea, ni por abogar por su guardia. Sin embargo, sus ojos azules buscaron los ojos del príncipe William para obtener alguna respuesta, pero el príncipe ya no estaba a su lado, sino caminando resuelto hacia el centro de la pelea, sobrecogido de temor al ver que del hombro de Tom chorreaban gruesos hilillos carmesíes.
Bill sacó su propia espada de la funda dorada que colgaba de su cinturón, la cual estaba tachonada de zafiros en la empuñadura y con su nombre grabado barrocamente en la hoja de acero.
Haciendo un movimiento digno de un experto, rodeó el punto exacto de unión entre la espada de su hermano y la de Theo, obteniendo como resultado que ambas armas salieran volando hacia arriba.
—Es suficiente — declaró, con una autoridad que en contadísimas ocasiones utilizaba, y que logró sacar del trance a los enloquecidos combatientes. Al segundo siguiente, ambas espadas se clavaron en el césped con un golpecito sordo.
En ese mismo momento, Marcus, seguido por Lucca, Nico y dos guardias más, se lanzaron fieramente sobre el guardaespaldas del Duque, lanzándolo al suelo sin piedad y arrodillándolo frente a los hermanos con la afilada punta de una lanza en el cuello. Tom se enderezó, aceptó su espada, la que un guardia le ofreció después de levantarla y limpiarle la sangre a toda prisa y la guardó lentamente en la funda. Su mirada de cobre demostraba la incomodidad que sentía al ver a su oponente humillado ante él y su hermano, sobre todo cuando había combatido tan ferozmente segundos antes.
Dentro del campo de tiro reinaba un silencio opresivo, y las miradas de todos los presentes estaban posadas sobre el príncipe William, en cuyos ojos ardía un extraño fuego salvaje. Lo primero que hizo el príncipe fue guardar su espada y volverse hacia Tom, quien en silencio, hacía un recuento mental de sus heridas. El hombro comenzaba a punzarle de dolor con cada latido que hacía chorrear su sangre hacia el exterior, y sentía un escozor molesto en el costado izquierdo.
—Esto es inaudito Tom — murmuró Bill con la voz estrangulada de ira, pringándose los dedos al revisar la herida, mirando la sangre rojiza de su hermano empapando su brazo, ahí donde el costoso traje de terciopelo estaba desgarrado y la piel empurpurada de carmín. Aquello le resultaba estremecedor, nunca antes había visto la sangre de Tom expuesta, y el hecho lo hizo enfurecer como nunca lo había hecho nada antes.
Se volvió hacia su escriba para ladrar una orden rápida.
—Busca a Georg, que llame enseguida a Jean — murmuró, apretando el brazo de Tom por debajo de la gran herida, para impedir que más de su valiosa sangre fuera desperdiciada. El escriba hizo una rápida inclinación de cabeza y se fue para cumplir el encargo.
—Quizá esto sirva, alteza — habló Billam al fin, sacando su fino pañuelo de seda del bolsillo izquierdo de su casaca, para observar como el príncipe lo ataba con fuerza a modo de torniquete, pero era inútil, la sangre chorreó en exceso. El semblante de Tom se crispó a causa del desconcertante dolor.
El príncipe menor entonces se volvió hacia el guardia del Duque, le dio una ojeada de furia y sacó su espada acercándole la afilada punta a la garganta, haciendo cada vez más presión sobre la piel sudorosa de su cuello. Solo se necesitaba un poco más de presión para que el afilado acero rompiera la piel. Un delgado hilo de sangre ya empezaba a escurrir desde la punta de la espada.
—Has osado derramar la sangre de un príncipe heredero, y ahora tendrás que pagar por ello.
Tom vio con asombro lo enserio que hablaba Bill, y supo que no se iba a tocar el corazón para matar a aquel individuo. Una vena palpitante se había levantado en el cuello del menor de los príncipes. El orgullo le hizo sentir a Tom otro subidón de adrenalina por el hecho de que Bill también estaba dispuesto a matar por él. Pero no, no deseaba que su amado hermano se manchase así las manos, no derramando una sangre que, para él, valía menos que nada.
Buscó entonces la mirada del Duque, quien aún estaba algo alejado y se mantenía distante, con una expresión entre perpleja y pensativa, para averiguar si iba a interceder para salvar a su empleado de una muerte inminente, pero el Duque no abrió para nada la boca, y en su rostro no hubo expresión alguna. Sus ojos permanecieron impasibles y distraídos. Aquello desconcertó a Tom, e hizo que sus sospechas aumentasen aún más
El menor de los hermanos apenas se enteraba de nada, un rugido grave le inundaba los oídos, la sangre le burbujeaba igual que el ácido, y el cambio en su siempre sereno semblante a uno de rabia homicida había petrificado a todos.
—Basta — adelantó Tom, manteniéndose erguido a pesar de sentir como su sangre caliente manaba de la herida abierta; puso su mano derecha sobre el hombro de su hermano — suéltenlo — ordenó a los guardias, que obedecieron, aflojando la presión con la que sometían al guardia del Duque y buscando la mirada de Bill.
—¿Se puede saber qué es lo que te pasa? — bramó el menor, con la cólera brillando en los ojos, zafándose del toque y encarando a su hermano — ¡ha estado a punto de matarte!
—No fue así — tajó Tom, mirando como incluso el desconcierto llegaba a los ojos grises que lo miraban desde el suelo con rencor. La aparatosa herida sangrante que el tal Theo tenía en el pecho debería estarle doliendo tan jodidamente como a él le dolía el hombro. Ese hecho hizo sonreír a Tom.
—¿Ah no? — rugió William caminando hacia él — ¿y esto que es? — siseó, tomándole del antebrazo izquierdo, haciendo que su hermano frunciera el ceño a causa del dolor — y aunque no lo mate yo, en cuanto los Reyes lo sepan lo mandarán a la guillotina sin siquiera pensarlo, si es que bien le va, así que yo solo le ahorraré los trámites.
—Nadie tiene porque decirles— insistió Tom, tratando de apaciguar la furia de su hermano. Le lanzó una mirada medio exasperada a Billam, pero este no reaccionó — y ya basta Bill, tengo que ir a curarme esto o se infectará y ya sabemos lo que pasa con las heridas infectadas ¿no es así? ¿quieres que muera? ¿eh? Me duele mucho, que lo sepas.
Y el rostro de Bill se transformó, pues Tom acababa de recordarle aquel espantoso episodio en donde la herida que le causara el príncipe Andreas había terminado por infectarse. Por supuesto que el preferiría morir antes que ver a Tom pasar por la misma agonía.
—Descuide Alteza— Billam por fin había reaccionado. No miraba ni por error a su guardia, pero inclinó la cabeza levemente hacia William. Su mirada seguía siendo pensativa — averiguaré que es lo que ha sucedido, y mi guardia tendrá su castigo.
—Eso espero Billam. Infórmame del resultado que obtengas — el príncipe menor respondió el gesto del Duque con uno idéntico y después, clavó su feroz mirada en Theo. —Esto no se va a quedar así— escupió venenosamente ante el guardia del Duque, mientras guardaba su espada y lo miraba con verdadera rabia — suéltenlo ya— ordenó, y de inmediato los guardias lo dejaron completamente libre.
Tom se volvió hacia uno de los escribas.
—Verifica que le curen la herida, nadie quisiera que se muriera de una infección ¿no es así? Billam, sé de buena fuente que son muy dolorosas — dijo, señalando con la cabeza el pecho de Theo y haciendo que el Duque parpadease rápidamente. Después volvió su rostro de nuevo hacia el escriba — y que el Duque de Montpensier no se quede a solas con él en ningún momento, no sea que pierda la cabeza y lo mate — agregó, mirando con cinismo al hombre arrodillado que lo miraba con gélido rencor — y tú, espera pronto mi visita.
El escriba asintió, y Tom entonces se acercó mucho a Billam, quien lucía un poco confundido y apenado. Estaba tan cerca que ambos pechos se rozaban.
—Escucha Billam, si haz de utilizar esto — le dijo, sujetando con vigor la empuñadura de la espada que colgaba del cinturón del duque, la misma que apenas horas atrás le habían obsequiado — utilízalo bien y no temas por nada.
El duque le dedicó un asentimiento y se alejó un poco, quedando por detrás de sus propios guardias.
Dicho aquello que impresionó a todos, Tom se retiró, llevándose a Bill casi a rastras con él, bien sujeto por el brazo, pues sentía que su hermano aún ardía en deseos de degollar a aquel tipo y bailar alrededor de su cadáver, y eso no lo podía permitir.
Los guardias, escribas y sirvientes de los príncipes fueron tras ellos, salvo Nico, aquel ladrón que ahora era uno de los mejores guardianes de los príncipes; había sido elegido para cuidar del Duque y no dejarlo a solas con su propio guardaespaldas.
Continuará…