«Blame it Tom Kaulitz» Fic de Haruxita
VI: Eichenholz
La habitación se mantenía en penumbras, las luces apagadas y las cortinas cerradas, pese a que pasaba del mediodía.
Val estaba en pijama, recostado en su cama con la misma lánguida expresión que no había abandonado su rostro en días. Pumba, ajeno a los pesares de su padre humano, mordisqueaba un juguete chillón de goma.
Bill cerró la puerta con suavidad para no perturbar a su hermano, se sentó a los pies de la cama y lo observó atentamente. El adulto mantuvo su mirada fija, claro indicio de que su mente estaba muy lejos de allí; en el bosque de Grunewald, tal vez.
Los sábados se habían convertido inopinadamente en el peor día de la semana.
A Bill le estaba matando ver a su hermano en semejante estado y no poder hacer nada para ayudarle.
La vez anterior había sido demasiado pequeño para hacer otra cosa que no fuera abrazarse a él y llorar al unísono. Había jurado que no permitiría que le volvieran a hacer daño, ahora veía con impotencia cómo su hermano se consumía un poco más cada día por alguien que, en rigor, nunca fue siquiera su pareja.
Luego del quiebre de su amistad con Nick, Val se había mantenido fuerte —aferrándose a su rabia para no desplomarse—, durante toda la semana. Incluso realizó el viaje a Milán tal como estaba acordado.
Todo cambió el jueves por la noche, cuando el veterinario se presentó en el apartamento.
*
—…antas veces insistas. Val no está
Bill no tenía intenciones de que Val se enterara de la presencia del “indeseable”, sin embargo su tono extrañamente cortante llamó la atención de su hermano hacia lo que ocurría en el recibidor.
—¿Quién es, Bibi? –inquirió este. Bill maldijo para sus adentros el suspiro esperanzado del idiota que tenía parado enfrente.
—¡Nadie!
—¿Conque Val no está?
—Compramos un loro —aseguró, mirando nerviosamente por sobre su hombro, podía oír los tacones del mayor acercarse—Y dos tiburones, si no te largas te arrojaré a la piscina para que te coman.
—Sólo cinco minutos, por favor.
El hombre de barba se veía absolutamente miserable. Bill deseó obligarlo a ponerse de rodillas, el otro parecía tan desesperado que quizá hubiera accedido, sin embargo no tuvo tiempo de probar suerte porque una suave pero rotunda mano en su hombro le indicó que las cartas estaban echadas.
—Bibi, yo me encargo.
—No es necesario, el indeseable ya se iba.
—Bill, déjanos a solas.
El adolescente se hubiera compadecido del sujeto, si en ese momento no lo odiara tanto. Conocía esa mirada y sabía muy bien lo que vendría a continuación.
—Tiburones tigre… –agregó, antes de marcharse a espiar desde el recodo del pasillo.
—Creo que alguien debe explicarle a tu hermano que los tiburones no sobreviven en agua dulce —le oyó murmurar al veterinario—, mucho menos en ambientes clorados.
—¿Qué quieres?
—Disculparme.
—Ya lo hiciste, ahora lárgate. Yo no tengo tiburones, pero si un guardaespaldas muy eficiente.
El chico —que desde su escondite no se perdía detalle de la conversación— sonrió ante la mención de Markus. Sin duda ese sería un espectáculo mucho más interesante de ver que el ataque de un par de tiburones.
—¡Val, e-espera!
—¿Dejaste algo en el tintero la última vez? Porque me quedó bastante claro lo que opinas de mí.
—Sé que actué sin pensar, y lo lamento. Pe-pe-pero no pretendía ofenderte. Confundí las señales.
—¿Señales? ¿Cuáles señales?
La voz de su hermano se tornó peligrosamente baja, señal de que estaba realmente cabreado.
—Tienes fama de ser una diva insoportable, pero conmigo siempre fuiste encantador y…
—¿Y pensaste que mostrarme civilizado implicaba que estaba flirteando?
—¡No! N-no lo dije en ese sentido. Y-yo…
—Buenas noches Nick. Ohh, y sólo para que quede claro, eso fue una despedida, no una invitación a meterte entre mis sábanas.
*
Luego de eso su hermano no volvió a levantarse de la cama.
Interrogando al ama de llaves, Bill averiguó que Nick se había presentado en el apartamento cada noche desde el domingo pasado. Ella, siguiendo las órdenes de Val, no le permitió subir. Lo único que explicaba su presencia aquella noche era que, en algún momento de las semanas anteriores (probablemente previendo una posible emergencia de Pumba) su hermano debió darle la clave del ascensor, luego de lo ocurrido no tenía la cabeza en condiciones de recordar cambiarla.
El chico maldijo por enésima vez esa semana a Nick Kaulitz. Se lamentó de no haber aprovechado la ocasión de pincharle los neumáticos, aunque ello en nada repararía el corazón roto de su hermano.
—Andy vino a verte —dijo finalmente. Sus palabras sonaron atronadoras en ese inmenso silencio, pese a que fueron dichas a media voz.
—No quiero ver a nadie.
La respuesta carecía de inflexión alguna, aunque la voz se oía un tanto rasposa. Bill tragó saliva y de paso unos cuantos reproches, su hermano no había probado bocado en tres días.
—Ya lo despaché.
—Bien.
—Debes comer algo, Hitomi preparóUnadon.
—No tengo hambre, frijolito.
—Hitomi dice que si le traigo las bolas del malnacido las puede cocinar al jerez.
La única reacción de su mala broma fue una suave exhalación seguida de una orden—: Bibi, déjanos solos, por favor.
Bill abrió la boca, quería protestar, enrostrarle que no podía dejarse vencer por culpa de un hombre. Que él eraValentino Trümper, el más cotizado maniquí del viejo continente. Que el mundo se hallaba rendido bajo sus tacones. Pero nada de eso le importa a su hermano de momento, necesitaba vivir su duelo antes de pasar página y volver a ponerse en pie.
Bill solo rogaba que no tomara tanto tiempo como la vez anterior.
No se explicaba como Val se pudo enamorar perdidamente del veterinario en tan poco tiempo. Por más que Bill lo pensaba no le encontraba sentido, el sujeto ni siquiera era lo bastante atractivo como para dar una segunda mirada.
***
Las palabras del modelo quedaron dando vueltas en la cabeza de Nick sin descanso.
Su autoestima ya había resultado bastante dañada luego de su boda frustrada.
Ser abandonado a tres días de la ceremonia, con el banquete pagado, el centro de eventos decorado, la iglesia lista y un centenar de invitados —de los que con suerte conocía una pequeña parte— era un golpe del que muy pocos salían indemnes.
Él no pertenecía a ese selecto grupo.
Así que canceló el evento, repartió la mitad de la comida entre sus cercanos (Tom estaba feliz por comer pastel toda la semana), la otra mitad fue a parar a un comedor de beneficencia.
Guardó el frac en el fondo del armario, porque tirarlo le pareció un desperdicio y, pese a no creer en cosas como «la mala suerte», no le pareció apropiado regalarlo a alguien más.
Regresó ese mismo lunes al trabajo, a pesar de que Natalie aseguró que tenía carta blanca para tomarse unos cuantos días para despejarse un poco —de todas maneras disponía de las dos semanas libres por su luna de miel— pero él se negó terminantemente. Lo que necesitaba era tener su mente ocupada en algo, cualquier cosa que no fuera su prometida quitándose el anillo de compromiso en el restaurant y regresándoselo acompañado de las palabras «lo he meditado y no eres el hombre con el que quiero pasar el resto de mi vida«.
Él habría agradecido profundamente que aquello lo hubiera dicho antes de firmar la hipoteca por la casa.
De ello había pasado un par de años y aún no se reponía del todo.
Si, recuperó su sonrisa a flor de labios porque era su forma de ser, porque nunca dejaba que los problemas lo abatieran y porque creía firmemente que el resto del mundo no tenía que amargarse sólo porque alguien había jugado con sus ilusiones, estrujado su corazón y bailado alegremente sobre los despojos de éste.
Se miró en el espejo del baño. Las ojeras no mentían: había dormido poco y mal durante toda esa semana. Por más que daba vueltas a la situación no acababa de comprender en qué la había jodido esta vez.
Al parecer no sólo era muy poca cosa para tener una esposa como Isobel, ni siquiera era digno de merecer la amistad de alguien como Val.
***
Val llevaba ya cinco días, con sus noches, encerrado en su habitación. Había dado indicaciones a su asistente de cancelar todos sus compromisos hasta nueva orden.
La última vez que Bill fue a verlo no encontró ningún síntoma de mejoría.
Harto de sentirse impotente para ayudar a su hermano cogió su mochila y avisó a Hitomi que estaría fuera toda tarde.
No tenía ni pajolera idea de lo que buscaba, pero estaba determinado a no regresar a casa sin una solución.
***
—Naty, ¿puedo hacerte una pregunta personal? –preguntó, algo inseguro.
Compartía un café en la oficina de su socia, en su hora de almuerzo. Por esos días ninguno de los dos se encontraba muy apetente.
—Si es con respecto al divorcio, puedes sacar número. La gente a mi alrededor parece no tener otro tema.
—No, es algo personal… que me afecta directamente.
—¡Oh! Si es así, dispara. Siempre es un placer oír los problemas ajenos, es un gran cambio.
El sarcástico entusiasmo de la rubia le debió saber mal, pero considerando el calvario por el que ella estaba pasando no podía culparla por su acritud.
—¿Crees que realmente soy un desastre?
—¿Cómo?
—Quiero decir, ¿luzco realmente tan mal como para ahuyentar a la gente?
La mujer se quitó los anteojos de lectura y lo observó con ojo crítico.
—Supongo que no es una pregunta retórica. ¿Has tenido alguna cita últimamente o…?
—No, es sólo… Sólo responde, por favor. Agradecería que fueras lo más sincera posible, aunque no me agrade lo que vaya a oír
La mujer se puso de pie y lo estudió con seriedad; él intentó no hacer gestos pero no pudo evitar rascarse la barba con nerviosismo cuando ella lo rodeó y exclamó un par de ocasiones «jum».
—¿Y bien? ¿Cuál es el veredicto?
Por toda respuesta, ella le dio una críptica mirada y fue hasta la pequeña biblioteca ubicada al costado de su escritorio. Junto a su nada despreciable colección de libros de medicina veterinaria, había varias fotografías enmarcadas, cogió una en concreto y se la extendió.
Nick suspiró con nostalgia. Reconocía esa fotografía, fue tomada durante la inauguración de la clínica, cinco años atrás. Él era aún un estudiante en prácticas por esa época. Parecía como si hubieran pasado siglos desde aquella lejana noche, ahora todo era tan diferente.
Los ojos de Natalie habían perdido el brillo inmortalizado en la fotografía, ni hablar de su esposo, cuyo rostro estaba oculto bajo un post-it rosa, con una calavera dibujada en tinta azul.
En cuanto al sonriente chico de trenzas negras…
—Eras tan guapo que muchas de mis amigas te traían sus cachorros sólo para tirarte los trastos. Tú nunca te diste por aludido, obviamente. ¿Sabes lo que sucedió?
—Me enfrasqué en el trabajo, supongo.
—Te diré lo que sucedió. Un huracán de nombre Isobel arrasó con todo a tu paso, incluyendo a este lindo chico que quería salvar el mundo, un cachorro a la vez —agregó, dando un par de golpecitos con la uña sobre la fotografía— Mírate…
«Mírate. ¿Siquiera sabes lo que es una escaladora?»
—No necesito que me digas lo fofo que estoy, gracias,
—Iba a decir que tienes unos ojos hermosos y un rostro muy atractivo, si no lo ocultaras bajo todo el Amazonas —para remarcar sus palabras lo cogió de su larga barba y la peinó con sus dedos—. ¿Has pensado trenzarla? Los vikingos lo hacían.
—No soy un vikingo, Naty.
—¡Entonces deja de lucir como uno! El caso no es que no seas atractivo, te has abandonado por culpa de… —Nick le dio una dura mirada, no deseaba oírla mencionar de nuevo— esa “mujercita”. Una cosa es que el interior valga más que la apariencia, y Dios sabe que el tuyo es hermoso. Pero ayuda que esa belleza interna se refleje un poquito en el exterior. No quiero preguntar a qué se debe tu repentino interés en el asunto, pero me alegra que de una vez te decidas a hacer algo por cambiarlo.
—¿Y qué sugieres? ¿Qué me afeite y regrese a las trenzas?
—Creo que deberías empezar por quererte un poquito. ¡Por dios Nick! Te preocupas más por Scotty. Está bien que te ocupes de él, pero deja algo de tiempo para ti mismo. Recuerda que tienes apenas 27 años.
***
Para cuando Bill tuvo medianamente claro lo que necesitaba ya había recorrido medio Berlín, el problema era que su brillante plan tenía un enorme agujero: no sabía dónde carajos conseguir el elemento principal de este.
Ya impacientándose (la paciencia ciertamente no era una de sus virtudes, si se encontraba en juego la salud de su hermano mucho menos) hizo lo de siempre que se quedaba sin ideas: llamó a Mandy, quién le dio las señas del T€di al que ella acudía ocasionalmente.
Antes de esa tarde Bill no tenía idea que existiera ese tipo de tiendas (se había ganado una merecida burla de parte de la chica, por vivir en una burbuja).
Tardó más de lo necesario, no porque no tuvieran lo que andaba buscando, (bastó con preguntarle a una de las dependientas y le indicó el número de pasillo, incluso pudo regodearse escogiendo el modelo más acorde a sus requerimientos), sino porque a cada paso había un montón de mierda extraña que en su vida se hubiera imaginado que existiera. Se retrasó más que nada mirando, presionando botones y apretujando chismes que aún al salir de la tienda seguía sin tener la menor idea para que servían.
***
Apenas llegó al apartamento corrió al cuarto de su hermano. Dejó la caja sobre la cama y le tocó con suavidad el hombro.
Val estaba en uno de sus ya habituales estados de duermevela.
Apretó la mandíbula al verlo en esas condiciones, rogó a todos los dioses porque su pequeño ardid funcionara o debería tomar medidas extremas.
—Te traje jugo de naranja.
—Gracias frijolito, pero no quiero.
—No estoy preguntando.
Sin fuerzas para oponerse el modelo sólo le dio una mirada molesta. Bill le ayudó a incorporarse apenas lo suficiente para beber unos cuantos sorbos. De no ser por sus cuidados su hermano se habría deshidratado, aun así todos los días en ayunas le pasarían factura.
El adulto apartó el vaso con la mano, pero cuando hizo ademán de regresar a la cama (que ya tenía una marca del lugar en que descansaba, puesto que se movía escasamente para ir al baño) Bill lo retuvo.
—Te traje un regalo.
—Gracias, déjalo sobre mi buró
Bill meneó la cabeza, cogió la delgada caja y la puso sobre el lomo de Pumba. El pequeño cachorro no tenía culpa de la terquedad de su “padre”, pero no había otra manera de llamar su atención.
—Ábrelo.
—Supongo que no te irás hasta que lo haga —Con manos débiles quitó el lazo y la tapa de la caja.
Bill pensó en la ironía de que la caja hubiera costado mucho más que el regalo que contenía, pero eso no importaba realmente.
—Oh, mi…
Val no tenía energías para gritar, pero su exhalación se notaba asustada.
—Quizá deba abrir un poco las cortinas para que veas mejor.
Después de tanto tiempo pasado en penumbras, la luz directa le lastimaría los ojos con seguridad. Bill descorrió la cortina y abrió un poco la ventana para dejar entrar aire fresco. El jadeo impresionado le indicó que su plan había funcionado.
—¿Bibi, realmente me veo así?
—Has dormido pésimo, ya sabes lo que dicen de las propiedades de una buena noche de sueño
—No puede ser. Solo han pasado…
—Cinco días
—¿Cinco? Por Dior.
No debería alegrarse del sufrimiento de su hermano, pero este era necesario. Era la única forma de hacerlo reaccionar: picando en su vanidad.
Le tomó buen rato escoger entre la gran variedad de espejos de mala calidad de la tienda, el que tuviera el grado de deformación idóneo para sus propósitos. Lo suficientemente imperceptible como para pasar desapercibido a simple vista, pero el necesario para acrecentar los nefastos efectos que el encierro y la inanición estaban provocando en el cuerpo de su hermano.
Él mismo lo probó en la tienda, sus ojos se veían aún más bizcos. Era como el espejo de ese cuento de Andersen que su madre les relataba de niños. Aquél que aumentaba los defectos de las personas.
—¿Te preparo el baño? —tentó, cruzando sus dedos tras la espalda.
No pudo contener su sonrisa cuando su hermano respondió— Por favor, frijolito… y dile a Hitomi que quiero Tempura.
—Estás muy débil, creo que es mejor empezar con algo más ligero.
—¿Ensalada de fruta?
***
Miró con decisión a su reflejo, giró un poco la mandíbula, tanteando el largo pelambre con los dedos. Cogió una pequeñas tijeras y comenzó a cortar (Natalie habría dicho que estaba podando). Al terminar se sorprendió ante el gran volumen de pelo que llenaba toda la superficie del lavamanos. Al acariciar su barbilla se sintió extrañamente desnudo, le tomaría un tiempo acostumbrarse al cambio.
No deseaba cortarse el pelo. Desde que podía recordar lo llevó largo, primero en esas elaboradas trencitas y luego, cuando (en palabras de su amiga) comenzó a «abandonarse» las deshizo y solo dejaba que el pelo se secara al aire mientras se vestía y desayunaba, luego lo peinaba con sus manos y recogía en una floja coleta baja.
Aplicando espíritu crítico, por una vez tuvo que reconocer que tal vez le daba algo de apariencia dehomeless. Claro, las ojeras ayudaban bastante a remarcar esa apariencia.
Definitivamente no se desharía de su larga melena, pero quizá podría hacer algo por ponerla bajo control.
Con respecto a la caja que reposaba sobre su cama, tendría que lidiar contra su pereza, pero ahora sin Tom de quien ocuparse tendría tiempo de sobra para ello.
***
—No entiendo, Val. ¿Cómo pudiste enamorarte de manera fulminante de un sujeto que venías recién conociendo? –inquirió, frotando suavemente el brazo de su hermano con una esponja.
—No estoy enamorado de Nick –respondió el mayor, con la voz un poco ronca por tanto llanto silencioso.
—¿Y pasaste casi una semana en estado de zombie por un capricho?
Val alzó su rostro cansado, pidiendo tregua.
—No sé si estoy enamorado o sólo me gusta, y eso ya no importa ahora —agregó, con un suspiro de desánimo— No estoy dolido por lo que pudo ser y no fue, sino porque creí conocerlo y que él me conocía, que le agradaba de verdad.Yo, no eltop modelal que todo mundo admira y desea. Que de cierta manera había visto más allá del personaje y que no necesitaba fingir ante él. Pero él sólo veía el mismo atractivo y frívolo cascarón que todos los demás. No es muy diferente de aquellos idiotas que aseguraban ser heteros pero estaban más que dispuestos a «experimentar» conmigo.
El modelo suspiró con amargura.
—Me dejé embaucar por su aire despistado, esa sonrisa amistosa y su supuesta caballerosidad. Supongo que era demasiado bueno para ser cierto.
Bill dejó la esponja a un lado y le besó la coronilla.
—Val. No existe tal cosa como “el hombre perfecto”. Si te pasas la vida besando sapos en busca del príncipe azul, tarde o temprano encontrarás uno venenoso.
—Por eso estoy saliendo con Andy.
—¿Sigues con eso?
—Si me llevo chascos de este tipo es por mi necesidad de tener alguien a mi lado, aunque sea momentáneamente.
—¡No necesitas a ningún imbécil rondando! ¡Me tienes a mí!
Val se las arregló para componer una débil sonrisa, sacó una mano del agua y acarició la mejilla del adolescente, mojándole el rostro y parte de su cabello.
—Frijolito, te amo desde que puse mi mano sobre el vientre de mamá y pude sentirte por primera vez, pero hay ciertas cosas que uno no hace con sus hermanos, por muy lindos que estos sean.
Bill se ruborizó al comprender el significado de aquellas palabras. Hundió su diestra en la bañera y salpicó abundantemente al adulto.
—¡No hablaba de eso! ¡Y deja de decir que soy lindo!
—Pero lo eres.
El chico se encogió de hombros y rehuyó la mirada del modelo.
—Da igual.
Val no se dio cuenta en que momento habían caído en el tema tabú. Omnipresente, pero ignorado la mayor parte del tiempo. Lo mejor era darle algo más en que pensar al chico antes que cayera en sombríos pensamientos nuevamente.
—¿Me ayudas a salir del agua? Necesito afeitarme con urgencia, no había tenido tanto pelo en el rosto desde queChoupetteme saltó encima, en medio de la sesión de fotos paraVogue.
*
Bill había tenido que cargar toda su adolescencia con el peso de ser el hermano menor del “Hombre más sexy del planeta” (por tres años consecutivos, según la revista People).
Valentino había comenzado su carrera casi como un juego. Su madre, Charlotte Trümper —una diseñadora que comenzaba a hacerse conocida en el medio—, lo llevó desde pequeño a cada uno de sus desfiles. A los ocho años Val se metía a hurtadillas a los vestidores a espiar a las maniquís mientras estas se maquillaban. Amaba verlas caminar por la pasarela como hieráticas muñecas de porcelana, hermosas, perfectas y frías. Aunque una vez se bajaban de los tacones (los tacones ejercían sobre él una atracción irresistible) y los peinados de fantasía eran deshechos, las modelos se peleaban el privilegio de mimarlo, halagarle sus pestañas curvísimas, y su hechizante sonrisa.
A los trece años y valiéndose de una estatura engañosa, gracias a la cual aparentaba más edad de la que realmente tenía, desfiló por primera vez ante público —llevaba buen tiempo subiéndose a la pasarela en los ensayos—. A los quince fue «descubierto» por un agente deModel Management. A los diecisiete Alemania estaba a sus pies y el resto del continente no tardó en unírsele.
Con semejante antecedente no era de extrañar que el medio tuviera muchas expectativas puestas en el menor de los Trümper.
Pero Bill resultó ser un adolescente común. Su hermano hizo hincapié en ello, esforzándose porque su agitado tren de vida afectara en la menor medida posible al chico.
LIES —un constante grano en el trasero del modelo— bautizó a Bill como«Griselda»(Por una de las nada agraciadas hermanastras de Cenicienta) e incluso osó insinuar la existencia de un enraizado resentimiento de parte de este por su hermano mayor.
Bill se tomó muy a pecho el título, y Val hizo lo imposible porque a nadie le quedaran ganas de usarlo nuevamente, al menos esa vez le ganó la partida al paparazzi.
Pero el mal ya estaba hecho, no era de extrañar que Bill detestara las comparaciones. Val era un dechado de elegancia y sofisticación, él un chico medio torpe con los modales de un orco en la mesa; Val vestía ropa de diseñador, Bill no cambiaría los jeans y sus sneakers por nada del mundo. La risa de Val era contenida y seductora, la de Bill escandalosa y explosiva.
A pesar de ello, Bill amaba a su hermano por sobre todas las cosas, incluidas las intrigas de un paparazzi de mala muerte.
*
—Sé de algo que te podría animar –afirmó, cepillando el cabello de hermano, sentado a su espalda en medio de la cama—: Seré tu conejillo de indias.
—No, Bibi. No es necesario.
—Siempre has dicho que quieres experimentar conmigo.
—Y siempre te has negado.
—Ahora yo te lo estoy ofreciendo. Vamos, aprovecha. Es una oferta por tiempo limitado.
—Bibi…
—Por favor. Solo quiero verte sonreír de nuevo. Además, ¿cómo sabes? Puede que me guste.
El adulto se volteó. Por primera vez en más de una semana Bill vio sus ojos encendidos con una chispa de entusiasmo en ellos.
—¿Que haría sin ti, Frijolito? –inquirió con una sonrisa, poniendo un dedo bajo su barbilla y dándole un besito en los labios.
*
Su hermano llevaba años tratando de convencerlo de ponerse a su disposición, Bill nunca estuvo dispuesto, hasta que debió recurrir a ello como recurso desesperado.
Durante esos días Bill se convirtió en la pequeña muñeca de su hermano. Val lo maquilló y peinó a diario. Probó innumerables peinados, decenas de pequeños moños y pelucas. Incluso le dibujó una enorme sonrisa de gato Cheshire de oreja a oreja.
Él lo dejaba hacer porque cada pequeña sonrisa del mayor valía con creces el tiempo sentado ante el tocador.
En una de esas ocasiones, Bill cogió el estuche de maquillaje y dibujó un hermoso corazón rojo en el pecho de su hermano, lo rodeó con un círculo y simuló una cerradura, luego se dibujó una llave en su propio pecho.
«Yo seré tu guardián, esta vez no permitiré que nadie te lastime de nuevo».
Val le había dado un abrazo rompe costillas y un beso sobre una trenza pelirroja decorada con flores de papel.
No dijo palabra, Bill sabía que tenía la garganta cerrada y su voz se quebraría al decir algo.
A la larga Bill tuvo que reconocer que él también lo pasó bien esos días.
*
Una de las cosas que más admiraba Bill de su hermano mayor era su resiliencia.
Y pensar que había gente que al ver su apariencia etérea, casi femenina, lo pensaban débil.
“¡Ja!”
Luego del accidente de sus padres, su abuela materna insistió en encargarse de Bill. Val lo había cogido de la mano y asegurado que nadie los separaría jamás:«lo siento ‘Oma’, Bill no se mueve de mi lado».
Val era un roble. Por lo mismo, las pocas veces que flaqueaba, no le gustaba que su hermano pequeño lo viera llorar. Él era el tronco sólido que se mantenía siempre enhiesto, con sus raíces bien sujetas a la tierra, no importaba lo fuerte que los azotaran las tormentas.
Y ahora lo estaba demostrando nuevamente. Luego que Bill lo rescató de las garras de la depresión en que comenzaba a sumirse, al modelo no le tomó más de un par de días en recomponer su careta de frialdad y fuerza. Aunque el chico sabía que su hermano cargaba con los pedazos rotos de su corazón en su bolso, le gustaba verlo caminar con paso seguro sobre sus tacones, haciendo sentir su presencia.
*
Ese fin de año tenían planes de pasar las festividades en París, sin embargo Val pospuso el viaje por unos días. La careta era convincente, pero Bill sabía que por dentro aún se encontraba algo frágil, como esos marshmallows con cascara de chocolate sólido.
Navidad fue solitaria, en familia, solo ellos dos (tres si contaban a Pumba, Val insistió en que así fuera). El modelo no invitó a su novio, Bill olvidó convenientemente mencionarlo.
Se tomaron la semana siguiente para estar juntos, esas ocasiones no se daban a menudo y, aunque fuera a causa de una tragedia, ellos la estaban disfrutando.
Hacía alrededor de un año Bill decidió salir por fin del closet en su antigua secundaría. No era como si realmente lo necesitara, no era un gran secreto después de todo, se notaba en sus gestos y en su manera despreocupada de actuar. De forma casi automática fue sometido a una campaña sostenida de bullying por un grupo de matones, él lo ocultó todo en casa, para no causarle daño a su hermano.
Lo conocía muy bien como para saber que comenzaría por culparse.
Su abuela no dudaba en hacerlo, cada vez que les caía de visita: «Estás criando a ese niño tan afeminado como tú«.
Pero su abuela no comprendía que se nace amando distinto, no es algo que se enseñe, como el álgebra (no que él hubiera aprendido muy bien álgebra, después de todo).
Pero llegó un día en que ya no pudo ocultarlo más, porque los golpes ya no se limitaban a las costillas, piernas u otros sitios que cubriera su ropa.
Lo golpearon en la sien al empujarlo contra su propio locker y su sudadera acabó empapada en sangre.
El golpe en sí no fue tan terrible —cómo le explicaron en la enfermería— pero, debido a la gran cantidad de vasos sanguíneos que hay en el cuero cabelludo, las heridas en la cabeza sangran de manera escandalosa.
Ardió Troya, Val increpó a todo el mundo, incluso Markus y Hitomi fueron víctimas de su ira. El primero por no mencionar la cantidad de veces que lo había visto subirse rengueando al auto (a petición del mismo Bill), y la segunda simplemente porque tuvo la mala suerte de cruzarse en el rango visual del modelo cuando daba el sermón.
El adulto no se detuvo hasta que los chicos causantes fueron expulsados de la secundaria, pero Bill no se sintió seguro para volver.
Ese año lectivo lo acabó con exámenes libres. Fueron cuatro largos meses en que su hermano bajó la intensidad de su agenda y pasó más tiempo en casa, ahí fue cuando tuvo la gran idea de pedirle a Markus que le enseñara defensa personal. Él se encargó de la otra parte.
Debió haber acudido a un especialista, un psicólogo infantojuvenil o alguien más capacitado, pero su hermano quería estar presente porque sentía que había fallado en esa parte de su educación.
Le recordó que era libre de ser quien era, pero esta vez no olvidó agregar que debía sentirse orgulloso por ello.
Markus le enseñó a devolver los golpes, Val a no bajar la mirada y siempre sonreír«nada molesta más a tu adversario que ver que sus palabras no tienen efecto en ti».
Le contó partes de su vida que nunca creó oír: partes dolorosas, anécdotas tontas y otras graciosas. Le mostró que ser gay significa diversión y también responsabilidad, que la palabra «maricón» era usada como insulto, pero que quienes la esgrimen les temen.
Le repitió mil veces lo hermoso que era (Bill seguía sin creerle, pero agradeció el gesto).
Esta vez los papeles se habían invertido y fue Bill el que insistió en mimar a su hermano mayor. Esta vez el roble era quien necesitaba cuidados.
***
La desmontó una vez más y desplegó cuidadosamente cada una de las piezas sobre la mesa. En realidad, una vez le pillaba el chiste ya no era tan difícil, después de todo no eran tantas piezas. Era sólo cuestión de maña lograr desarmarla y rearmarla en el menor tiempo posible. Uwe le dio dos palmaditas en el hombro y agregó un«bien hecho, Tomichu, tienes habilidad innata para esto».
No era muy grande, de hecho se disimulaba perfectamente en su mano. Se podría decir que era femenina, pero cuando vio lo que era capaz de hacer, toda posible duda o reparo sobre ella se disipó.
No habían sido sencillas de conseguir, ninguno de ellos contaba con la edad legal aún, pero Bertolt tenía ciertos contactos. A final de cuentas, todo se consigue si se sabe a quién recurrir y se tiene el dinero.
Tom tuvo que echar mano a sus ahorros, no era una cantidad despreciable y Jorg hacía demasiadas preguntas.
Uwe le prohibió llevarla a clases, temía que en un momento de ofuscación la usara y arruinara todo antes de llevar a cabo el plan.
Como siempre, Uwe tenía razón, por supuesto.
***
Cuando Val sintió que volvía a ser el mismo, hicieron las maletas y enrumbaron hacia la ciudad luz.
Aunque el estudio que poseían en laAvenue Montaigneera hermoso, Bill prefería el apartamento de Berlín. Sin embargo, luego del mes desastroso que tuvieron, el cambio de aires les vino bien a ambos.
La mañana de ese 31 de diciembre, al acabar el desayuno Val cogió un puñado de invitaciones, las desplegó en abanico y extendió ante su hermanito.
—Escoge una.
—Ok. Pero si la fiesta resulta ser un fiasco no me culpes.
—Ya me encargué de eso —aseguró, indicando un pequeño montoncito con papeles rasgados a un costado de la mesa.
*
La embajada británica estaba ubicada en laRue du Faubourg Saint-Honoré, la que no sólo era una de las calle más lujosas y exclusivas de Francia, sino que casualmente quedaba a un par de calles del hogar de los Trümper.
Val estaba en su elemento, revoloteando entre los demás invitados, derrochando encanto por doquier. Bill rogaba porque aquello no fuera sólo una excelente pantomima y pronto dejaran la pesadilla atrás.
Se escabulló a uno de los balcones para fumarse un cigarrillo a escondidas, pero sin descuidar la vigilancia sobre su hermano.
Cerró los ojos un momento, disfrutando del choque de nicotina en su sistema, cuando los volvió a abrir un rostro familiar lo observaba a un palmo del suyo.
—Creí que lo habías dejado —comentó su acompañante, con ese acento cerrado, del que no se había deshecho pese a sus años viviendo en Alemania.
—Lo dejé… sobre mi mesita de noche —bromeó.
La verdad era que ahora fumaba mucho menos, pero había ocasiones que ameritaban un buen cigarrillo.
No era necesario advertirle que no le fuera con el cuento a su hermano, él guardaba todos sus secretos, incluso aquellos que ni Val conocía.
—Pensé que te quedarías en Berlín, ¿tus amigos no estaban organizando una gran fiesta en la casa de ese tal…? ¿Cómo se llamaba? ¿Gerhart?
—Georg –corrigió, dando una nueva calada— Pero hubo un inesperado cambio de planes —agregó, indicando con su mirada a Val, que bailaba despreocupadamente con una chica de cabellos platinados.
—¿Piensas quitarme el trabajo?
—No te vendrían mal un poco de refuerzos. Haríamos un gran equipo.
—Excelente, yo los reduzco y tú los eliminas a base de chistes sin gracia —El chico hizo una mueca tonta y apagó el filtro contra el borde del barandal—. Estará bien —agregó el hombre, adivinando el hilo de sus pensamientos—. Ya ha salido de otras aún peores.
—Son las secuelas las que me preocupan.
—¿Secuelas con nombre y apellido?
Si Bill no estuviera coladito por sus huesos se enamoraría de nuevo. Había ocasiones en que estaba casi seguro que él era capaz de leerle la mente, había otras en que deseaba que no fuera posible.
—¿Has oído aquello de que hay soluciones que son peor que el problema que pretenden resolver?
—Val ya no es un niño… aunque a veces actúe como uno —Bill sonrió— debes dejar que tome sus propias decisiones y cometa sus propios errores.
—El último error casi me cuesta perderlo. No quiero volver a verlo tirado en la cama sin deseos siquiera de respirar. ¿Qué hago sin Val? Me muero si algo le sucede.
El hombre lo miró con afecto y le revolvió su melena. No era dado a sentimentalismos, pero tenía otras formas de demostrar sus emociones. Bill apreciaba aquello.
—Te queda bien ese nuevo peinado, ya no pareces un puerco espín.
No quería sonrojarse, no quería parecer un estúpido crío enamorado ante él. De todas maneras siempre que estaban a solas sucedía, y de todas maneras él lo sabía hace mucho, cuando el mismo Bill se lo confesó.
Esa noche Bill decidió que hablaría con Val, ya no habría más experimentación, ese peinado se quedaba.
*
—Wow, Bill… no sé qué demonios te hiciste, pero casi me haces dudar. Si no fuera porque careces de un par de atributos a los que les tengo bastante apego…
—¿Tetas?
—Y un buen culo.
—¡Hey! Culo si tengo.
—Probablemente, sólo que olvidaste desempacarlo y aún está en tu armario.
Le sacó la lengua a Geo, pero ello no le quitó su enorme sonrisa del rostro.
Bill no esperaba ese tipo de atención de sus amigos, secretamente la deseaba, pero no esperabarealmenteobtenerla.
Gustav no era muy demostrativo; se limitó a asegurar que agradecía que no fuera bi, de esa manera, aunque su novia le pusiera los ojos encima, no corría riesgos de que él se la levantara.
Mandy, fue más directa, le pidió el secreto de cómo consiguió domar su cabello, ella tardaba buenos 30 minutos cada día ante el espejo y jamás conseguía que su cabello cooperara.
En realidad el secreto no era suyo, sino de las manos mágicas de Val.
Sin embargo, Bill no estaba del todo satisfecho con su apariencia. Coqueteaba y fingía que los halagos lo satisfacían, pero aún continuaba mirándose el espejo y viendo a «Griselda«.
***
Era la primera clase de vuelta del receso de fin de año y«la puta»había regresado con nueva apariencia. Su cabello ya no estaba rígido por kilos de fijador, elevándose en puntas en todas direcciones. Parecía dócil, levemente ondulado e incluso se veía algo más largo.
A Tom le enervaba la algarabía, la forma tan natural con que todos aceptaban de buen agrado la anormalidad de “la puta”.
Hasta Georg se prestaba para ese juego. No podía soportar la forma en que los ojos del chico se arrastraban por el esmirriado cuerpo del moreno. Incluso lo cogió de una mano y lo hizo dar una vuelta.
¡Y “La puta”estaba feliz con ello, por supuesto!
En ocasiones como aquella, en que el arranque de ir donde la puta Trümper y hundir los dedos en su cabello —que se le antojaba sedoso al tacto— era insoportable, un arma era una solución demasiado tentadora para poner fin a su tortura.
Si, Uwe era sabio, jo-di-da-men-te brillante.
Pero faltaba poco, tan poco para llevar a cabo el plan, que era mejor no arruinarlo con prisas.
No podía creer como todos alborotaban a su alrededor.
Mandy, esa pequeña mierdecilla que le elogiaba su nuevo maquillaje.
¡Huy, si! Ya no llevaba los ojos rodeados por una pesada línea negra, ahora estos resaltaban, e incluso se veían más grandes, con esa mezcolanza de pinturas que sólo el diablo sabía que eran y que le daban una apariencia casi gatuna.
Tanto que no paró de dibujarlos durante toda la hora de alemán.
En la cafetería Georg casi se lo comía con la mirada, tanta insistencia le hizo desconfiar. Se preguntó si Bertolt tenía razón y su amigo ya se habría follado a“la puta”.
Intentó quitarse esa imagen mental de encima.
“La puta” con los ojos cerrados, apretados de placer, jadeando un«humm, más duro, Georg».Y su amigo… no, su ex- amigo, dándole más duro, contra su cama.
Si, Uwe era un genio.
No era su imaginación, ¿verdad? Mientras él aún estaba atascado en el 1,63 la puta había crecido un puñado de centímetros más.
¿Podía haber algo aún más vergonzoso?
Por si sus labios no lo desesperaran lo suficiente, ahora había comenzado a usar brillo de labios. ¿Qué acaso pensaba irse convirtiendo lentamente en una mujer?
Y se lamía el labio inferior en clase, en ocasiones jugaba con su piercing entre sus dientes.
Deseaba averiguar a qué mierda sabía ese brillo, saber cómo se sentía esa bola de metal contra su propia lengua. Qué se sentiría cuando era su nombre el que esa boca obscena gemía cuando era aplastado contra el colchón.
Uwe era un puto genio, al mantener todas las armas en su poder.
Nuevamente dio gracias a Uwe. ¿Qué sería de él sin su mentor? ¿Sin su hermano?
Era el único hermano que valía, Alexa y Bertolt eran sólo piezas en la maquinaria, peones, pero Uwe era su único hermano.
No como Nick,
Uwe, que todo lo sabía, había sabido advertirle, Nick tarde o temprano lo cambiaría por el par de putas Trümper, y así ocurrió.
Aun no podría creerlo, se había resistido a hacerlo.
Pero lo había echado de su casa. Aparentemente hasta había bloqueado su número, porque lo llamó en un impulso irracional y su llamada se fue directo al buzón.
No importaba, no dolía. Uwe tenía razón
Tenía a Uwe, y esos dos que le ayudarían a llevar a cabo el plan, purgar sus pecados y salir renacido del plan
Dio gracias a Dios por haber puesto a Uwe en su camino
Continuará…
Eichenholz: Roble
Bill es un amor con Val, amo a estos hermanos 💕💕💕💕💕