«Blame it Tom Kaulitz» Fic de Haruxita
VII: El cerillo
Deseaba olvidarlo.
O cuando menos, poder odiarlo.
Pero aparentemente sacar a alguien de su corazón era más difícil que deshacerse de una plaga de jardín. Aún nadie había inventado un exterminador de amores frustrados, o una trampa para capturar malas experiencias, erradicarlas y soltarlas luego en medio de un bosque.
Pésima elección de palabras.
Se preguntó si algún día podría regresar a ese lugar…
—Val. ¿Tú no solías ir a correr a Grunewald?
…O al menos escuchar mencionarlo sin que su corazón se saltara un latido.
Desde luego, su novio no tenía la culpa de ponerlo en tal predicamento. Andreas no estaba al tanto de la existencia de cierto veterinario en su pasado reciente. Infortunadamente ponerlo en antecedentes era una alternativa tan viable como saltar desde la Torre Eiffel en bungee.
Tuvo que fingir indiferencia cuando el rubio subió el volumen del televisor, interesado en la noticia que había pescado a la mitad haciendo zapping.
—Ignoraba que ese bosque fuera tan peligroso. ¿No es en ese lugar donde encontraste a Pumba?
Apretó con dureza la mandíbula, intentando resistir la avalancha de recuerdos que aquella mención provocó. Decidió que era mejor ponerle fin a ese incómodo cuestionario antes de que las preguntas se tornaran aún más dolorosas.
—Pumba es adoptado, Andy. Fuimos a Grunewald apenas un par de veces, el clima en esta época es demasiado crudo para exponerlo.
—Eso supuse.
—¿A qué viene la pregunta?
—Ocurrió un accidente, un labrador cayó al lago.
«¡Scheiße!»
¿Acaso era mucho pedir un poco de tranquilidad?
Val fingió que esa noticia le era indiferente. Había perfeccionado sus dotes actorales en el último tiempo. Muy en el fondo rogaba para que ese labrador no tuviera el pelaje negro ni gustara de perseguir ardillas.
—No comprendo cómo hay gente irresponsable que sale con sus mascotas con este clima. —Agregó el rubio, arrellanándose contra las almohadas.
Sin un cabello fuera de lugar, el modelo preguntó como por casualidad, haciendo un esfuerzo supremo por controlar el leve temblor en su labio inferior.
—¿El perro sobrevivió?
—Casi muere de hipotermia, de no ser por ese sujeto que se arrojó a salvarlo…
Desde ese punto Val no recuerda palabra sobre lo que Andreas dijo o hizo.
Según su novio, él estuvo ido apenas un par de minutos, a él se le hizo una eternidad en la que se repetía en bucle la misma escena. Tan vívida como si estuviera sucediendo ante sus ojos. Scotty —asustado por algún animal salvaje— corría hasta el lago congelado, caía por una fractura en el hielo, acto seguido el hombre cuyo nombre deseaba no volver a oír, se quitaba las botas y la chaqueta y saltaba al agua fría.
Cuando Val volvió en sí, el rubio aun le daba palmaditas en el rostro para que reaccionara.
No debía preguntar, sabía que no le haría ningún bien confirmar sus sospechas, pero sus labios se movieron con voluntad propia.
—¿Qué sucedió con el hombre?
—¿Con el agua del lago casi a punto de congelación? Debió coger pulmonía, eso seguro.
Al modelo se le escapó un inoportuno jadeo; su novio lo abrazó, acunándolo contra su pecho, malentendiendo su preocupación y lanzándose en un largo discurso sobre la tenencia irresponsable.
—Yo ni loco arriesgaría mi vida sólo porque una chica creyó una excelente idea patinar con su cachorro en el lago.
A su pesar el modelo sonrió. Aliviado de que el accidentado no fuera Scotty. El resto de la historia sonaba a algo que sin dudas «él» haría.
Su curiosidad era aún más fuerte que su prudencia y acicateó para continuar con el interrogatorio.
—¿No dijeron el nombre de ese providencial desconocido?
—Rehusó identificarse, aunque algunos de los testigos aseguraron que era un visitante habitual. Él y su labrador negro.
Sí, aquello tenía la firma de Nick Kaulitz por todas partes.
Se preguntó lo mismo que aquella vez —ahora tan lejana— en que se encontraron en el bosque, por causa de Scotty. ¿Cómo alguien que se desvive a tal punto por los animales, puede ser un cretino con los humanos?
*
—Lleva observándome quince minutos en completo silencio. Temo preguntar que pasa por su cabeza. —había dicho el veterinario, revolviendo su cappuccino.
Enfadado por ser puesto en evidencia, el modelo finalmente verbalizó lo que le estaba molestando.
—¿Cómo un hombre puede golpear a su propio hermano y dormir en paz con su conciencia?
La cara de estupefacción que puso el veterinario era realmente muy cómica.
—Señor Trümper —El aludido emitió un bufido. Estaba visto que el sujeto no comprendía cuanto le molestaba aquel mote—. Me sorprende su facilidad para emitir juicios a la ligera. Ignoro si es su comportamiento habitual o soy sólo yo el afortunado.
—Usted reconoció que castiga con frecuencia a Tom—le recordó, acariciando la oreja de Pumba, que no se había movido de su regazo desde que se sentaron en la terracita.
—Recurrir a golpes como método de castigo es bastante medieval, ¿no le parece? Hay otros tipos de castigos físicos que se pueden emplear con un adolescente. —Eso le sentó aun peor. El otro hombre debió adivinar qué cosas pasaban por su cabeza porque se apresuró en agregar—: Me refiero a cosas como pintar una cerca, encerar el auto o podar el césped.
—Esos son castigos ridículos.
—Veo que comprende la idea. —había agregado, con una enorme sonrisa de ojos chinos. Aquella que Val detestaba reconocer que añoraba—. No he conseguido que Tom enmiende su conducta, pero al menos está aprendiendo a realizar labores de provecho.
—¿No cree que al hacerlas obligado su hermano termine por odiarlas? Si asocia cortar el césped con castigo, no deseará hacerlo por cuenta propia.
La sonrisa radiante se esfumó, dejando una sombría expresión de preocupación.
—No lo había visto de esa manera. —murmuró pensativo, jalándose suavemente un mechón de su larga barba, luego se encogió de hombros y agregó—: ¿Usted cómo castiga a su hermano?
—Bill nunca hace algo tan serio que amerite castigo.—aseguró el modelo, irguiéndose con una pose de superioridad que le hacía sentir tan bien.
—¿Esta seguro? ¿Fracturar la nariz y dejarle un ojo en tinta a un compañero no califica como «comportamiento reprobable» para usted?
Val abrió la boca, escandalizado. ¿Es que a ese sujeto nadie le había dicho que era de mala educación ponerlo en entredicho?
—Dos fines de semana sin salir y rebaja en su mesada–confesó finalmente. No porque se sintiera presionado, sólo no deseaba que el otro sujeto se creyera que estaba criando a Bill como un salvaje, al igual que Tom.
*
Val cerró los ojos, espantó los recuerdos y se acurrucó en los brazos de Andreas, deseando con todas sus fuerzas odiar a Nick, o al menos poder olvidarlo.
***
Su corazón latía desbocado. Habían pasado casi seis meses desde que el infortunio puso a Bill Trümper en su camino y Tom ya no podía aguantar más. Estaba extenuado, física y emocionalmente.
Había olvidado cuándo fue la última vez que tuvo una noche de sueño sin sobresaltos.
El entrenamiento ayudaba en parte, a gastar toda esa energía que se acumulaba dentro cada vez que veía al moreno (y no se refería sólo a las ganas de partirle la cara).
No podía darle de golpes a su punching-ball a las tres de la mañana. No porque no lo deseara, sino porque la última vez que Tom lo hizo, Jorg le dejó un vistoso recordatorio en su espalda con el cinturón, a ver si así aprendía a no hacer ruido mientras ellos dormían.
Desde que su hermano lo había expulsado de su casa, por culpa de«las putas Trümper»,Tom pasaba la mayor parte de su tiempo libre en el sótano de Bertolt, pero su madre exigía que las noches las pasara en casa. Tom no comprendía el motivo, hasta un idiota se habría dado cuenta que él estaba más seguro en cualquier otro sitio.
Era lunes, trece de febrero. La fecha no era fácil de olvidar puesto que todas las chicas alborotaban con la víspera de San Valentín. Tom odiaba esas fechas, las mujeres siempre le parecieron ruidosas, pero en ciertas fechas del año ese defecto en particular se potenciaba. Por eso él no tenía novia, había una sola cosa que buscaba en una chica y para ello no necesitaba «atarse» a ninguna.
Hasta eso había arruinado «la puta Trümper». Su humor —antes irónico pero a pesar de ello divertido— se había tornado cada vez más denso. De esa manera no era fácil conseguir candidatas para un polvo de desahogo.
Tachó una cuadrícula más en su calendario, aunque el día recién iniciaba. Ocho días más y su tormento acabaría por fin.
Sin embargo, ese ventoso lunes trece de febrero ocurriría un pequeño incidente —desconocido para casi toda la secundaria— que obligaría a los miembros de «La Familia» a adelantar sus planes.
***
Kirsten Jageriba en 12 grado, era la presidenta del club de debate y jamás había perdido un duelo. Motivo por el cual muchos chicos (y algunas chicas) se referían con sorna a su «lengua privilegiada«. Lengua que en esos momentos empleaba en intentar extraer las amígdalas de Georg Listing.
—Dicen que si miras fijamente más de cinco minutos eres un voyeur. —Comentó Gustav con aparente seriedad, cerrando su locker para darle más dramatismo a sus palabras.
A Bill y a Mandy la estadística no podía importarles menos.
—Me pregunto cómo consigue respirar —inquirió la chica, apoyándose en el hombro del moreno, para no perderse detalle.
—Supongo que usa alguna técnica de respiración especial, ya sabes, por lo de la oradoría.
—Se dice «oratoria», Bill. Y al menos disimulen, todo mundo se da cuenta que están espiando.
—Vamos, Gus-Gus. No seas aguafiestas.
El chico rodó los ojos y se marchó a clases con un bufido, no hacía sentido pedirle a su amigo que no usara ese apodo, sus reclamos parecían sólo alentarlo.
La pareja se separó a regañadientes con el timbre que marcaba el inicio de las clases. Bill aun estaba boquiabierto y no se cuidaba de ocultar su entusiasmo.
—Es la tercera este mes, y aun no llegamos a la quincena. ¿Cómo diantres lo haces?
—¿Interesado en pasarte a nuestra acera? —bromeó el chico de cabello castaño— Porque sé de unos cuantos que estarán desconsolados.
Bill pasó de su comentario. No era la primera vez que su amigo insinuaba que tenía a más de un chico suspirando por sus huesos, pero él prefería ignorarlo. El corazón del moreno ya tenía dueño y no estaba interesado en distraerse de su objetivo.
—Es sólo curiosidad. No creo que sea solamente por tus músculos de Thor. Algo debes hacerles.
—Te aseguro que les hago «más de algo«.
El moreno se ruborizó furiosamente, pero no claudicó, ni siquiera cuando llegó su profesor.
Bill era una piedra en el zapato.
Una molesta piedra que miró a Georg con cara de perrito apaleado y lo tapizó con mensajes de «Por favooor» durante toda la clase de química.
El castaño resistió estoicamente el asedio hasta el receso del almuerzo, ocasión en que Bill no cesó de jalonearle la manga de su chaqueta, aun cuando eso significaba desatender su propia comida. Y la comida era algo sagrado para Bill.
—¡Está bien, pequeña peste! ¡Te lo diré! Ahora, ¿me dejas acabar mi sándwich?
—Si me dices primero.
Georg miró a sus otros amigos buscando apoyo, pero estos estaban bastante satisfechos de no estar en la mira de Bill esta vez. De tal manera que el chico de melena no tuvo mas alternativa que confesar su gran secreto de conquista.
—Soy el mejor besador de la secundaria.
—Ya, en serio.
—Es verdad.
—¿Qué no viene de un poquito cerca la recomendación?
—¡Bill! ¡Déjame en paz! Tu preguntaste yo respondí.
***
Si Georg Listing creyó que con su confesión al almuerzo se había quitado a su amigo de encima, estaba muy equivocado.
Bill lo acosó con renovados bríos el resto de la jornada. Tanto así que el profesor de deportes los reprendió por distraerse en básquet. La falta no ameritaba detención pero debieron quedarse luego de la clase recogiendo los balones y guardándolos en sus sacas.
—Reconoce que te estás pavoneando.
—No lo haré ¿Tan difícil es creer que soy bueno besando?
—Humm… no. Pero tanto como «el mejor»…
—¡Hey! No es invento mío, las mismas chicas me lo han dicho.
—Nah. No ha de ser para tanto.
—Gracias por darme crédito, amigo —bromeó y agregó la última palabra con retintín.
Le arrojó un balón con tanta fuerza que Bill debió saltar para cogerlo.
Georg dio una rápida ojeada alrededor del gimnasio, no estaba dispuesto a que esa discusión absurda continuara el día siguiente (y el sucesivo, nadie podía asegurar cuando se cansaría el moreno).
Si no hubiera tenido tanta prisa por terminar con aquel asunto y, en lugar del fugaz vistazo, se hubiera dado el tiempo de revisar bajo las gradas habría descubierto a un par de ojos marrones que los espiaban.
Su idea impulsiva requería de un pequeño “sacrificio”, pero todo valía en aras de su paz mental.
Se acercó al moreno con decisión y lo apuntó con su índice justo en el pecho.
—Que conste, que esto jamás sucedió. —decretó. Bill tardó un momento en comprender sus palabras, hasta que su amigo puso una mano en su nuca y lo acercó a su rostro suavemente.
Bill tragó saliva, no había planeado que aquello acabara así. No estaba ciego, reconocía que Georg era muy atractivo y, si las circunstancias fueran otras, él esperaría ansioso ese beso. Pero, si algo había aprendido en su no muy vasta experiencia, era que un beso (o algo más) con la persona errónea le dejaban con una sensación de desasosiego en el pecho.
Bill soltó la saca —que cayó con un ruido pesado al piso, desparramando un par de balones—, y se dejó besar.
Hacía tiempo desde la última vez que Bill había estado con alguien, quizás aquello influyó en que respondiera el beso con más entusiasmo del debido. Se agarró con ambas manos de la sudadera del castaño y buscó abrirse paso hasta el interior de su boca.
Georg se apartó jadeando.
—Mierda, me había olvidado del piercing.
Bill estaba completamente ruborizado, pero no apartó la mirada.
—De acuerdo, te concedo que no besas mal. Sin embargo…
—¿Sin embargo?
—Creo que debería besar al resto de heteros de la secundaria para comparar y así formarme una idea más acertada.
—¡Bill! ¡Eres un…! -alegó, pero sus palabras murieron ante las explosivas carcajadas del moreno.
El chico de melena castaña le dio una amistosa colleja y le ayudó con los balones que se habían caído.
Ambos juraron que ese beso sería un secreto que se llevarían a la tumba.
Esa sentencia estaba pronta a ser puesta a prueba.
*
Algo agitado aún por el beso, Bill subió al asiento del copiloto de muy buen humor. Arrojó su mochila al piso y le dio el beso en la mejilla de rigor a Markus.
—Estás muy contento hoy.
—¿Tú crees? Ha de ser porque es lunes.
—Tú odias los lunes.
—Por eso, la clase del lunes ya acabó. Estoy libre de esa pesadilla por toda una semana.
El guardaespaldas meneó la cabeza y condujo suavemente.
—Así que… ¿tienes novio? —tentó, aludiendo a los labios del moreno que delataban la actividad reciente.
—No. Ya te lo he dicho mil veces. Yo te soy…
—Bill. Escúchame.
El moreno puso mala cara y se llevó ambas manos a las orejas, de forma infantil.
—Bill, por favor. No actúes como un bebé.
—Ya no soy un bebé. —chilló, bajando las manos y cruzándose de brazos. Si me dieras la oportunidad te lo demostraría.
—¿Te das cuenta de lo que estás sugiriendo?
—No hay nada que yo desee más. No me interesa ninguno de mis compañeros, yo sólo te quiero a ti.
—Bill lo hemos discutido mil veces. Eres como un hermano pequeño para mí.
—¡Pero no lo soy! ¡Mírame! Ya no soy un niño, hace mucho que dejé de serlo.
—Yo jamás te veré de otra forma. No quiero que desperdicies tu adolescencia persiguiendo una ilusión. He tomado una decisión: si mi presencia es nociva le presentare mi renuncia a tu hermano.
—¡¿Vas a dejarme!?
—Si no me dejas alternativa.
—¡Pero yo no quiero que te vayas! —las lágrimas del chico corrían sin control, manchando su carita angustiada con ríos oscuros.
—Bill, puede que ahora no lo comprendas y que me odies…
—Yo no sería capaz de odiarte. —aseguró, sorbiendo.
—Si hago esto es por tu bien.
—Haré lo que me pidas, pero no te vayas. Por favor.
Markus hizo el ademan de secarle las lágrimas pero se contuvo, ese gesto sólo agravaría la situación.
—Quiero que vivas la vida de un chico normal, abre tu corazón. Estoy seguro que hay un montón de chicos que están locos por ti pero tú te rehúsas a darles una oportunidad.
A Bill ninguno de esos chicos le interesaba, pero si no accedía al menos a fingir intentarlo, su amor se marcharía quién sabe adónde y no volvería a saber de él.
—Está bien —aseguró con un nudo en la garganta—, te prometo que al próximo chico que se cruce en mi camino no lo rechazaré. Pero no te marches.
***
Fue una discusión bastante larga y altisonante. Alexa y Bertolt se opusieron terminantemente. Pero Tom continuó presionando, jugándose su carta más desesperada.
—Si no aceptan me largo de aquí.
Uwe, que había permanecido en silencio y sin intervenir tomó la palabra, apoyando las exigencias del chico de rastas.
—Estamos listos, no podemos darnos el lujo de perder un miembro de la familia. El plan se llevará a cabo mañana durante la tercera hora.
*
Tom chequeó el arma junto con el cargador. Uwe había enviado un mensaje con una última orden esa mañana. Esa orden tenía a Tom intranquilo, pero no defraudaría a su hermano.
Arrancó la hoja de su cuaderno en que había anotado la lista de su puño y letra, dibujó una estrella triple junto al segundo nombre en ella, la dobló en cuatro y la metió en uno de los bolsillos de su pantalón.
La espera había quedado atrás. Pronto la puta Trümper y sus condenados ojos almendrados dejarían de torturarlo, para siempre.
Continuará…