EXTRA. Promesas

RESUMEN: Hay promesas más difíciles que otras. Hay una que a Tom le está costando el mundo cumplir.

«PROMESAS»

(Capítulo especial)

Bob esponja y Patricio estrella, metidos dentro de una caja de cartón, le explicaban a Calamardo como funcionaba la «IMAGINACIÓN»… arcoíris marica incluido.

Tom bufó, como si estar en ese lugar, rodeado de bulliciosos niños (¡considerado uno más de ellos, para más inri!) no fuera castigo suficiente, estaba obligado a soportar un capítulo tras otro de la más amariconada de las caricaturas.

Excepto tal vez por Bugs Bunny.

Ahora que lo pensaba… el maldito conejo aparentaba ser muy macho la mayoría de las veces, hasta que le daba por vestirse de Valkiria y corretear por el bosque con Elmer.

El mundo estaba invadido por bujarrones. No era de extrañar que hace rato se hubiera ido a la mierda.

La sensación de sofocación regresó. Agarró firmemente el grafito en sus manos, los trazos se volvieron más gruesos en la medida que cargaba la punta del lápiz contra la hoja de papel.

Le acometieron unas incontenibles ganas de salir huyendo, pero tenía un buen motivo para obligarse a controlar sus temores.

Un pequeño, pero muy hermoso motivo que esperaba por él en el estacionamiento.

&

—¿Estás de broma, verdad? —escupió, entre fastidiado y escandalizado— Sólo las chicas conducen un Golf.

—Es práctico.

—Es un auto de mujer. Antes que me vean en esa mierda prefiero una patineta.

—¿Y escalabrarte contra la banqueta?

—¡Bro! ¡Hablas como la abuela!

—Mientras lleves esos pantalones de pandillero no te subirás a una patineta.

—De acuerdo, nada de patinetas -repuso de mala gana, pateando una piedra invisible.

No solía rendirse tan rápido, especialmente cuando se trataba de conseguir sus caprichos. Aunque, en honor a la verdad, Tom no quería la patineta. No estaba tan loco como para conformarse con una cuando su hermano le había prometido un auto a cambio de que él, a su vez, se comprometiera a acudir a terapia.

Pero si no podía tener a su amado Escalade al menos escogería algo cool. Algo que un Golf definitivamente no era.

El adolescente se detuvo —boquiabierto— en medio del concesionario.

—¡Joder! Es hermosa. —suspiró, sin despegar los ojos de las brillantes curvas.

—Sí que lo es. —convino su hermano, al llegar junto a él.

Ambos babearon, imaginando como se sentiría montarla. Menos de cinco minutos más tarde se les acercó un vendedor, dándoles una detallada descripción de ese modelo, así como de los convenientes planes de pago y un bono especial «sólo porque me agradan».

—Bro… —pidió el chico, alargando la vocal y juntando sus manos frente al rostro  en ademán de súplica.

Hacía muchísimo tiempo que el veterinario no veía a su hermano poner ojitos de borrego. Sin embargo, aunque el gesto despertó sus simpatías y le trajo nostalgia, esa era una responsabilidad demasiado grande para alguien tan inmaduro como Tom.

—No voy a comparte una Harley, enano.

—Cómprala para ti, y me la prestas.

—Buen intento. La respuesta sigue siendo ‘no’.

El tierno borrego se convirtió en Grouchy Smurf en un santiamén, y así se mantuvo en lo que tardaron de recorrer el concesionario de punta a cabo. Sólo se limitaba a seguir los pasos de su hermano con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos, mascullando maldiciones por lo bajo, sin mirar siquiera los modelos que el vendedor les proponía.

Finalmente las voces de Nick y el vendedor dejaron de oírse. Disimuladamente alzó la cabeza un par de centímetros, para espiar. Beneficios de usar gorra a todo evento.

Su hermano estaba en la oficina, cerrando el trato.

El corazón se le fue a los pies.

¡Nick había comprado el auto —Su auto — sin su consentimiento!

Empuñó las manos, iracundo ante semejante acto de traición.

Odiaría ese auto, de eso estaba seguro.

No había forma de que lo obligaran a subirse a un…

—Un Mini Cooper —le informó su hermano, tintineando las llaves ante sus sorprendidos ojos marrones. —. No tiene tracción en las cuatro ruedas, pero no pasarás inadvertido. ¿Qué dices? ¿Te gusta?

El de rastas sólo fue capaz de articular —»Azul. Es azul»— antes de abrazar teatralmente el capó.

&

—¡Qué bonita! ¿Es tu novia?

Tom apartó su croquera de los curiosos ojos de la pequeña sentada junto a él.

Estaba tan concentrado en su boceto que no se percató cuando la niña se sentó a su lado.

Iba a cambiarse de lugar, pero el resto de los asientos estaban ocupados. Parecía que todos los críos de Berlín habían escogido ese día para ir al loquero.

El solo pensamiento de qué asunto pudo llevar a una niña de cuatro años al psiquiatra le dio escalofríos.

Ignorarla tampoco dio resultado, la pequeña no dejaba de parlotear alegremente acerca de zombies, cerebros y gusanos. ¿Que no se suponía que todas las niñas querían ser princesas?

Guardó la croquera y el grafito en su mochila, la pequeña entrometida arremetió con su concentración y, de todas maneras, se había prometido a si mismo dejar de dibujar a la puta.

Algo mucho más fácil de decir que de realizar.

Era infinitamente más fácil odiar a Trümper cuando era un grano en el culo, derramaba aceite a raudales o se liaban a golpes en medio del pasillo. Pero luego de todo lo sucedido —su empatía con él el día del tiroteo, el beso robado y la manera en que el chico se las ingenió para salvar su pellejo—, este se había metido tan profundo en su corazón que no importaba lo que intentara dibujar, inevitablemente su inconsciente lo traicionaba y acababa con el mismo rostro mirándolo sonriente desde la hoja de papel.

La puerta de la consulta se abrió y por ella salió una chica con la mitad de la cabeza rapada y el resto de su cabello celeste. Iba llorando pero con una expresión —Tom esperaba— de alivio.

Se despidió de la psicóloga con un «hasta la semana próxima» y lo llamó.

—¿Es a mí?

—¿Eres Tom Kaulitz? Pauline dice que puedes pasar.

Tom cogió su mochila y se apresuró a la puerta. Por fin lo atenderían, estaba más que fastidiado de esperar.

Pero, al llegar, se detuvo con la mano en el pomo.

—¡Hey! —llamó a la chica, que se volteó a mirarlo. —¿Qué tal es Pauline?

—Es una bendición —replicó con una pequeña sonrisa—. Pero debes ser completamente sincero, o la terapia no funcionará.

A Tom se le escapó una mueca de desagrado.

«Sincero«.

Llevaba un buen tiempo negando la existencia de cierto vergonzoso problema —aunque su éxito en tal empresa resultaba discutible—, ¿y ahora debía contárselo a una extraña?

La chica debió adivinar la batalla que se desarrollaba dentro de su cabeza, porque se acercó y —algo indecisa— le habló muy bajito.

—Es muy buena. El proceso es duro, pero vale la pena.

Tom se quedó pensativo, viéndola marcharse. Hasta que la psicóloga salió a averiguar que retrasaba tanto a su paciente.

Tom entró de una vez, estrujando los bajos de su camiseta con nerviosismo. Aterrado, pese a ello aferrándose a las palabras de la chica.

«… vale la pena».


Fin del especial

por Haruxita

Escritora del Fandom

Un comentario en «EXTRA. Promesas»

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