BFF 2: Cerezas

Notas de Haruxita: Este es el «Clafoutis de cereza» es un pastel tradicional francés, lleva cerezas enteras (es decir, con hueso).

La Albrecht’s Patisserie, existe realmente en Berlín.

El Spree es el río mas largo que atraviesa Berlín.

«B (F) F» Por Haruxita

Capítulo 2: Cerezas

Su noviazgo con Bill se topó con varios obstáculos, el más impensado vino de parte de sus amigos más cercanos. Ninguno de ellos lo vio con buenos ojos y no trepidaron en hacérselo saber… a Tom. Bill tenía un carácter de temer y no se atrevieron a hacerle frente.

No fue fácil para Tom conseguir que comprendieran por qué aceptó la inusual propuesta, principalmente porque ni él mismo estaba muy convencido de que aquella fuera una buena idea.

—¡Hombre, se trata de Bill! —explicó a Gustav, ya quedándose sin argumentos— Nos conocemos mejor que nadie, nos entendemos casi sin necesidad de hablar. Conoce todos mis defectos, yo los suyos y aun así somos amigos. Si he de estar con alguien, ¿por qué no con él?

—¿Estás dispuesto a darle todo lo que él te exija? Porque Bill no espera sólo abrazos y besos en la mejilla—Tom aplastó el filtro en el cenicero, no había pensado en eso, no había pensado para nada en eso. —. En algún momento este «experimento» va a llegar a su fin y habrás perdido a Bill para siempre. —sentenció.

Las palabras del rubio rondaron en su cabeza por varios días, Tom rogó para que no se convirtieran en una profecía auto cumplida.

 

~•~•~•~

 

El siguiente finde —y pese a que debía leer más de trescientas páginas de un mamotreto que parecía escrito en chino mandarín— organizó una fiesta en su casa, con el grupo de amigos de siempre y los infaltables «colados».

La idea era implementar una suerte de «terapia de shock», para que sus conocidos se fueran haciendo a la idea de que su relación con Bill iba muy en serio. Mientras más pronto lo asimilaran, más pronto dejarían de cuestionarla

No necesitaba a sus amigos sembrando dudas, su consciencia lo hacía bastante bien por si sola.

Sin embargo ellas se disipaban en cuanto veía a Bill achinando sus ojitos, radiante de felicidad. Si Bill era feliz, él también por extensión. ¿Acaso era tan complejo de comprender?

~•~

—¡Wow, que prolijidad!

Tom maldijo floridamente, estuvo a punto de errar el corte y perder un dedo.

—No te oí acercarte. —aseguró, distribuyendo las piezas ya cortadas en las pequeñas bandejas rectangulares.

—Estabas demasiado concentrado. ¿Cómo le haces para que todos te queden exactamente del mismo tamaño? —inquirió, acercando una mano, recibiendo una juguetona palmada de vuelta.

—Quieto, aun no termino.

Tom adivinó lo que venía a continuación, si algo era Bill eso era predecible…

Y por supuesto un adorable manipulador, como cuando hacía esos pucheritos.

Tom nunca había sido capaz de resistirse a ellos.

—Está bien, pozo sin fondo. Pero sólo uno, debo alimentar a esa horda de trolls hambrientos que se dicen nuestros amigos.

Bill le rió la broma y asintió, alegre de haberse salido con la suya.

Tom roció uno de los rolls con salsa de soja, lo cogió con sus dedos y lo acercó a la boca del otro chico. Sabía que se veía un poco como alimentar a un bebé, pero la experiencia le enseñó que si se descuidaba Bill era capaz de dar cuenta de toda una bandeja en un santiamén.

Este cerró los ojos un segundo y emitió un gruñidito de placer al deglutir que le arrancó una sonrisa al anfitrión.

—¿Están buenos?—preguntó, llevándose el índice y el pulgar a la boca, chupando los restos de salsa de forma inconsciente. Gesto que no pasó desapercibido a su novio.

Bill le dio una mirada turbia, se lamió los labios— sin salsa ni vestigios de arroz— le cogió el afilado cuchillo de las manos, lo enterró en la tabla de cortar con un movimiento seco y, acto seguido, jaló al chico de trenzas de su camiseta con decisión.

El beso le supo a algas y a salmón, y un poco a cereza, por el gloss que Bill usaba esa noche. Fue breve, apenas unos treinta segundos antes de que se apartara carraspeando, excusándose en que aún quedaban rolls por cortar.

Bill le guiñó un ojo con picardía antes de sacar una RedBull de la nevera y regresar a la sala.

Tom resopló, sintiendo su rostro calentarse repentinamente.

Tenía años en que nada conseguía ruborizarlo.

 

~•~•~•~

 

Su rutina no varió gran cosa de cuando eran «sólo» mejores amigos.

Estudiaban juntos, se texteaban hasta altas horas, veían películas.

Los sutiles cambios que se produjeron (como los guiños coquetos de Bill mientras le ayudaba con sus maquetas, o que no bien empezaba la película este se acurrucaba cariñoso contra su pecho) aún se enmarcaban dentro de lo que Tom podía considerar «conductas manejables».

A dos semanas de iniciado su noviazgo sui generis este marchaba mejor de lo esperado, salvo por un pequeño detalle: no había mariposas, ni electricidad ni… bueno, todo lo que se supone hay cuando tocas y besas a la persona de quien estás enamorado.

Tom no era un romántico, no era como si nunca hubiera tenido sexo casual con una chica a la que no le sabía ni el nombre y a que nunca más volvió a ver.

Pero de alguna forma sentía que estaba engañando a Bill, intentaba no pensar mucho en ello porque lo estaba matando.

 

~•~•~•~

 

Bill no conducía, ni aunque la vida le fuera en ello.

Tenía licencia y un precioso automóvil automático que permanecía en su cochera hasta que su dueño se decidiera a usarlo (o hasta el día del juicio final, lo que ocurriera primero).

Le era más cómodo ser llevado a todas partes por sus amigos, al menos hasta que se echó novio.

—¡Bill, esa mierda es enorme! ¿Dónde piensas meterla? —alegó, al ver las descomunales proporciones de la maqueta en que el otro chico y su grupo estuvieron trabajando por casi dos semanas.

—Cabrá, lo tengo todo calcula… ¡Hey! ¡Más cuidado, no hay tiempo de hacerla de nuevo!

Tom se frotó el puente de su nariz, a juzgar por la forma en que trataba a sus compañeros se diría que Bill había nacido en la época equivocada, tenía alma de sádico esclavista.

—Bibi, podrías ayudarlos al menos, esa mierda es enorme. —le increpó su novio, bajando del vehículo para darle una mano al par de rubios (Andy y Natalie, si su memoria no le fallaba) que se las veían negras para no dejar caer la delicada estructura.

Pero el aludido se volteó indignado ante semejante insinuación.

—¡Tomiiii! ¡Tengo las dos manos ocupadas! —replicó, alzándolas para probar su punto. En la derecha cargaba un vaso de café mientras que su izquierda asía con firmeza una cajetilla de Camel, un labial y su IPhone. —Además no escucho a los chicos quejándose.

—Algún día lo encadenaremos de pies y manos con sus propios collares y lo arrojaremos al Spree. —le informó Andy en todo conspirativo.

—Se hundirá hasta el fondo, empujado por el peso de su ego. —complementó la mujer, entre risas.

—Demasiada charla y nada de acción, esta nota vale el 30% del semestre y aun no arrancamos.—Apuró el chico, marcando el compás de su enfado con la punta de sus tacones sobre la vereda.

Tom no pudo más que sonreír ante el espectáculo.

Bill podía comportarse como un pequeño tirano con la gente que lo rodeaba y no manifestar el menor remordimiento. Sin embargo con él era chispeante, mimoso, casi rayando en lo infantil. Y no sólo en el poco tiempo que llevaban como pareja, Bill siempre lo trató de forma especial, muy diferente al resto.

Le acometió una extraña sensación en el pecho. Tom se preguntó desde cuándo Bill había estado secretamente enamorado de él y por qué no se dio cuenta antes.

 

~•~

 

Esa tarde cuando Tom fue por él a la universidad Bill era todo sonrisas, saltitos y palmas.

Su grupo no sólo obtuvo un sobresaliente, sino que su trabajo fue seleccionado para la exposición de la facultad a finales del año lectivo.

Natalie había ofrecido su casa para la celebración, su esposo prepararía la cena y Andy deslizó que aportaría con el alcohol, pero que prefería mantener la sorpresa. Lo que en palabras simples quería decir «pasaré por el restaurante de mi padre y veré que puedo tomar prestado».

—Lo que me deja a cargo del postre. —comunicó Bill desplomándose sobre el sofá, con una expresión de fastidio.

Tom adivinó el motivo.

Bill y la cocina jamás se entendieron, de hecho se le quemaban hasta las tostadas (algo incomprensible para el chico de trenzas, pues el tostador de los Kaulitz era una elegante pieza de alta tecnología, a la que sólo le faltaba hablar).

Tom se rascó la nuca, él tampoco era muy ducho en la cocina. Todas sus preparaciones eran platos sencillos o que no requerían de cocción ni horneado.

—La cena es en un par de horas,  tiempo suficiente para intentar…

—¡Ni lo pienses, Tom Trümper! No voy a llenarme las rastas de harina preparando un Pastel que al final no subirá.

El chico se veía realmente afligido, se había dejado resbalar hasta quedar recostado en posición fetal sobre los cojines.

Si había algo que conmovía a Tom era la expresión de impotencia de Bill. Como cuando, en cuarto grado, estuvo a punto de reprobar deportes por no saber trepar la cuerda.

Esa vez se pasaron seis tardes completas practicando en su patio trasero. Al llegar el día del examen su técnica no era la mejor pero le bastó para pasar el curso.

Por desgracia ahora no tenían una semana para practicar.

Tom no era bueno pensando bajo presión, pero no podía dejar que Bill se hundiera en la miseria por algo tan simple como un pastel.

—¿Adónde vas? —le llegó la voz pequeñita del otro chico, al verlo coger nuevamente la chaqueta y las llaves.

—Hay una pastelería francesa a unos veinte minutos —explicó, mostrando la pantalla de su móvil—, las críticas son buenas.

El de rastas se incorporó en el sillón, algo esperanzado.

—¿No será muy costoso?

—Si vamos a llevar un pastel comprado es mejor de que sea de buena calidad. Aunque si prefieres, podemos pasar al supermerc…

No tuvo tiempo de acabar la frase, apenas si alcanzó a ponerle llave a la puerta. Bill había recobrado su presencia de ánimo y —bien cogido de la muñeca— lo remolcaba hasta el ascensor.

 

~•~

 

Luego de repasar minuciosamente las 78 clases de pasteles que ofrecía la «Albrecht’s Patisserie» —y ariscar la nariz ante los de chocolate— se decidió por un Clafoutis de cerezas.

Tom se ruborizó al recordar que los labios de Bill le supieron a cereza las pocas veces que se besaron.

—¿Tomi, estás bien? Te ves un poco descompuesto.

La fría mano de Bill se sintió tan fresca contra su frente, quizá de verdad estaba un poco enfermo.

—Estoy bien, debe ser la calefacción, está demasiado fuerte ¿No crees?

El chico le dio un suave beso en la mejilla, reposando la mano libre sobre su pecho.

—Si no te sientes bien podemos regresar a casa, aún estoy a tiempo de cancelar.

Había tanta preocupación en su voz que lo enterneció, pero lo que más conmovió a Tom era el hecho de que Bill jamás permitía que algo (o alguien) se interpusiera en sus planes y ahora estaba declinando asistir a su celebración sólo por él.

—No es necesario —insistió, cogiendo la mano en su pecho y entrelazando sus dedos—, te lo dije, es la calefacción. En cuanto salgamos a la calle mi nariz se congelará y me sentiré mucho mejor.

El comentario provocó una sonrisa en el chico y le hizo acreedor de una suave colleja.

—Estúpido, eso gano por preocuparme por ti.

 

~•~

 

Pese a conocer a los compañeros de Bill sólo de vista, la velada resultó más que placentera. El esposo de Natalie era un escritor de novela negra un tanto pero reservado, pero en cuanto se soltaba un poco dejaba aflorar su retorcido sentido del humor.

Ante la curiosidad de Tom, la mujer les contó un poco más de su vida. Años atrás debió abandonar sus estudios por culpa de la severa depresión que atravesaba tras la pérdida de su primer (y único) bebé. Le tomó años reunir el valor para regresar a estudiar.

Tom no pudo sino sentir admiración por esa mujer que se había reconstruido luego de un pasado tan doloroso.

Andy era el más joven del grupo, al de trenzas no le pasaban desapercibidas las miradas que le daba a Bill. La curiosidad picó fuerte, ¿su novio estaría al tanto de que no le era indiferente a su compañero? Si lo hacía jamás se lo mencionó, ni manifestó un interés diferente al académico por él.

«Si ese chico fuera más espabilado y hubiera hecho el intento de conquistar a Bill, tal vez yo no estaría en este predicamento»

Se paralizó en el momento en que ese pensamiento mezquino cruzó por su cabeza.

Pero no tuvo chance de detenerse a analizarlo, el grito de la mujer lo regresó violentamente a la realidad.

—¡Por Dios! ¡Alguien haga algo!

Bill, sentado a su lado, se había llevado una mano a la garganta y gesticulaba con desesperación con la otra.

Tom entró en pánico, Bill se estaba ahogando, sus ojos le transmitían una súplica silenciosa.

Le golpeó la espalda repetidas veces pero no fue de gran ayuda, un vaso de agua tampoco parecía ser la solución.

No era el momento de googlear el procedimiento a realizar en esos casos (tampoco creyó que sus dedos respondieran).

Bill comenzaba a amoratarse y Tom a hiperventilar. Nunca en su vida se había sentido más inútil que en esos momentos.

Lo siguiente sucedió tan de prisa que sólo recuerda fragmentos. El esposo de Natalie apartando la silla de Bill y cogiéndolo violentamente de su abdomen ejerció presión con su puño bajo el esternón.

Tom, aun en shock, no tuvo tiempo de reaccionar ante la supuesta «agresión».

Tres certeros apretones consiguieron el milagro, el hueso de cereza atascado en la garganta de Bill salió expulsado y aterrizó a medio metro de una lámpara de pie.

Bill se veía exhausto y más pálido de lo usual, pero aun así se las compuso para esbozar una falsa sonrisa.

—Cre-creo que el Clafoutis no fue buena elección, después de todo. —bromeó. La voz le salió áspera por su garganta lastimada.

—Tú, idiota —masculló Tom, apresándolo en un abrazo desesperado—. No vuelvas a asustarme así.

—Seguro. Porque me atraganté aposta.—repuso este, con ironía, respondiendo el abrazo con sus menguadas fuerzas.

—Pensé que te perdía —susurró bajito, sólo para los sorprendidos oídos de su novio.

—Estoy bien. Pero no quiero ni oler las cerezas en mucho tiempo.

Tom experimentó un aguijonazo de culpabilidad, de haber estado más pendiente de Bill que de las intenciones de Andy para con él, la tragedia se pudo haber evitado.

Ahora sabía que no estaba dispuesto a perder a Bill, de ninguna forma.

 

~•~

 

Esa noche Bill se quedó a dormir en el piso de Tom, por insistencia de este último. Necesitaba asegurarse de que el chico estaba bien, aun no superaba la mirada asustada que le dio cuando ambos pensaron que moría.

El sillón de su sala era muy confortable, Bill dormía en este desde que Tom se mudó a ese apartamento, un par de años atrás. Estaba a un paso de la cocina y muy cerca de su dormitorio. Sin embargo esa noche su preocupación (o su conciencia) lo hicieron invitar a Bill a dormir junto a él.

Su novio le dio una sonrisa pícara y alzó sus cejas de forma sugerente, pero el reciente susto había enfriado su libido —para suerte de Tom—, todo lo que quería era acurrucarse sobre su pecho y dejarse mimar.

—Voy a aprender la maniobra de Heimlich —comentó, con resolución. Pasando sus dedos entre las rastas, en una suave caricia.

—Tomi, no volveré a ahogarme. Fue un lapsus estupidus, seré más cuidadoso en el futuro.

Tom lo dudó, Bill desde siempre fue descuidado y un poco imprudente para comer. Se echaba bocados enormes a la boca sin problemas.

—No pienso arriesgarme. —terció, tozudo.

—Eres jodidamente terco —aseguró su novio, alzando el rostro para mirarlo a los ojos—, pero muy dulce.

—Me muero si algo malo te sucede, sabiendo que estuvo en mis manos evitarlo.

—Awn. ¿Nos pusimos cursis?

—¡Cierra la boca! La próxima vez pediré el pastel con las cerezas más grandes que tengan.

Pero Bill no quitaba la sonrisa de felicidad de su cara. Se incorporó hasta quedar a su misma altura y buscó sus labios, en un beso reposado que Tom correspondió completamente.

 

~•~

 

A la mañana siguiente Tom se detuvo en la facultad de arquitectura para dejar a Bill antes de partir a sus clases.

—Cuídate, y no hagas tonterías.—aconsejó al quitar los seguros.

Bill lo miró un tanto cabreado, Tom llevaba actuando de forma sobreprotectora toda la mañana.

—Tomi, voy a la clase de las nueve, no me enlistaré en el ejército.

—Aun así, nunca se sabe con lo que te puedes encontrar.

—Este bien. Si te deja más tranquilo, prometo no volver a ponerme en peligro de muerte, y si eso sucede, te llamaré para que acudas al rescate en tu corcel blanco. —Repuso, con una enorme sonrisa cínica.

—Hablo muy en serio, Bill.

—Yo también, Tomi. No creas que no me asusté, y mucho. Pero no puedo dejar que el miedo controle mi vida.

Tom se rindió, si buscaba a Bill por las malas este jamás cooperaría.

—Sólo cuídate, ¿de acuerdo? Vendré por ti a las cinco y media.

Cuando el de rastas se acercó para darle un beso en la mejilla, Tom lo cogió de la quijada y le dio un sentido beso en la frente.

Bill suspiró y se alejó despacito, cogiendo su bolso.

Tom pareció cambiar de opinión justo en el momento en que su novio se disponía a bajar de la camioneta.

—¡Espera!

Bill rodó los ojos.

—¡¿Ahora qué?! Vas a venir al almuerzo a asegurarte que no me he intoxic…

El movimiento fue tan sorpresivo que ni el mismo Bill lo vio venir. Tardó casi diez segundos en agarrarse de la chaqueta de Tom, cerrar los ojos y dejarse llevar por el inesperado beso.

Tom no estaba pensando, por un único momento ese día dejó todas sus cuitas y reparos de lado y tan sólo siguió a sus instintos.

Bill no llevaba gloss esa mañana (sólo cargaba el de cereza en su bolso, del que se deshizo con gesto teatral antes de salir del apartamento), el sabor natural de sus labios le agradó a Tom. Bill era bueno besando, demasiado.

Se apartó despacio, cuando recordó que estaban en plena calle y que no se suponía que los besos entraran en el paquete. Después de todo él seguía siendo heterosexual, un heterosexual con novio, pero heterosexual al fin y al cabo, si señor.

—Yo me… Será mejor que baje de una buena… ¿Qué rayos le pasa a esta condenada puerta?

Tom tuvo que contener la risa que le sobrevino al ver al otro chico intentando infructuosamente bajarse de la camioneta. Sus besos no solían tener ese efecto en las chicas, quizás sólo se trataba de Bill en uno de sus días malos.

Le ayudó a desbloquear el cinturón de seguridad y aprovechó de darle la última recomendación.

—Ve con cuidado.

—Sí, mamá. Lo haré. —refunfuñó el de rastas, antes de azotar la puerta, abochornado por su pequeña anécdota con el cinturón.

En la vereda lo esperaba Natalie, con una sonrisa de oreja a oreja. Tom de verdad no quería oír esa conversación, pera estaban en plena hora peak y los vehículos frente al suyo no avanzaban.

—Humm… La misma ropa que llevabas ayer. ¿Alguien tiene algo que contarme?

—De ninguna manera, ¡ni lo sueñes!

—¡No lo has negado! —canturreó alegremente la mujer. Tom se hundió en el asiento mientras esperaba que la calle se despejara para largarse. —¡Te quitó todo el labial! ¡Eso se llama pasión!

—¡Cállate! ¡Todos nos están mirando! Y no me puse labial esta mañana.

—¿De verdad? Pero si tú no asomas la nar…

Tom, cuyo rostro se había pintado de un bonito tono escarlata, se alejó rápidamente de la conversación apenas hubo un hueco suficientemente holgado por dónde meterse. A veces tener un auto semejantes dimensiones era una gran complicación.

¡Había sido sólo un beso!

(Dos, en realidad).

Pero los hechos poco importaban en esa olla de grillos llamada «Facultad de Artes y letras». Pronto todo mundo se enteraría de que Tom Trümper se había estrenado como soplanucas.

Porque una cosa era tener novio, dejando su vida sexual en el ámbito de las especulaciones. Diferente asunto era contar con la confirmación casi expresa de una de las partes.

Su día no podía haber empezado peor.

Continúa…

por Haruxita

Escritora del Fandom

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