22: Dos y dos igual sí es azul

Fic Twc / Toll escrito por being_destroyed

Capítulo 22: Dos y dos igual sí es azul

(el mismo momento que en capítulo anterior)

Bill

No sé si alguna vez había pasado tanta vergüenza como ahora. Bueno, supongo que sólo hay que echar la vista atrás un par de horas, en dónde Tom y yo habíamos sufrido un momento de confusión, que rallaba el humor absurdo.

Mario se estaba riendo en mi cara, intentando disimularlo un poco, y creo que yo estaba por lanzarle la comida a la cabeza. ¿Hola? ¡¿Qué hacía?! Representaba que tenía que apoyarme y esas cosas… Entenderme, ayudarme, ser un poco más… ¿cómo decirlo? Ah, sí… Amigo.

-Mario… Por favor… No seas así. – terminé por suplicarle.

Este terminó el teatrillo, respirando fuertemente e intentando calmarse.

-Vale espera, espera que me sitúe… – decía aún entre sonrisillas y suspiros, como si le costara hablar. ¡Se había puesto como un puñetero tomate! – Tom y tú, estáis saliendo… – resumió.

-Ajá…- respondí, asintiendo con la cabeza.

-Pero Tom… Tom no se puede enterar que lo sé. – esta vez, parecía prácticamente calmado.

-¡Sí, exacto! ¡No puede saber que te lo he contado, porque me corta en rodajas! – casi chillé. De pronto, a Mario se le iluminaron los ojos, y me miró tierno.

-Oye… antes de que sigamos con… Tu, em… Bueno, vuestro… Problema. Por llamarlo de alguna manera. – le miré tan siniestramente que ni se atrevió a soltar ni una más de las sonrisillas que anteriormente me habían puesto de los nervios – Me gustaría saber, ¿cómo pasó? Si te soy sincero, lo tuyo me lo esperaba, pero de Tom no me lo esperaba tanto. Me gustaría saber ¿cómo le gustaste? Tratándose de Tom, creo que esta me voy a emocionar con el relato.– Mario se mordió el labio y después sonrió, algo triste.

-¿Porque te emocionarías?

-Por que Tom… Bueno, ya lo has oído antes, es un puton, y un heterosexual tan orgulloso, que me parece imposible que salga como protagonista de una historia de amor. ¡Creo que me enorgullece a mí! ¡Para mí, Tom es mi hermano, y todo lo que tiene que ver con él, me emociona!

Sentí ternura con lo que me acaba de contar. Vaya, sí que había amor.

-Pues… Si te soy sincero, no lo recuerdo mucho. – y era verdad, tenía nuestras vivencias, tan reales como si acabaran de ocurrir, pero aquel momento tan importante, en el que me enamoré de él, y él supuestamente quedó también pillado por mí, no lo sabía colocar en ningún recuerdo.

-¿Cómo os conocisteis? Realmente, ya lo explicaste el día que te conocimos, pero ahora puedes poner muchos más detalles en la historia…– bien, es una buena manera de comenzar… Sí señor.

-Oh… Pues, yo estaba siendo el último en bajar del autobús cuando nos dijeron que teníamos que coger las maletas así que me fui a por ellas. Me estaba peleando con una, porque no quería salir del maletero y… Y de pronto, algo me tocó el culo – Mario sonrió, recordando lo que dije aquel día en que nos conocimos. – Me giré enseguida, algo alarmado, y lo vi a él. Con esa sonrisa socarrona de cuando te quiere seducir y… –suspiré – Bueno, antes de mirarme a los ojos, me miró al cuerpo. Se había confundido, y pensó que era una chica. Pero… – mientras lo iba contando, la imagen se iba repitiendo en mi mente, como si fuera un cuento, como si lo estuviera leyendo en un libro – De pronto… – no pude evitar sonreír. – No sé qué pasó, que… Nos miramos, y nos quedamos un rato fijos en el otro… No…no… ¡No sabría definir exactamente qué pasó!

-Aún me hace gracia que te confundiera con una tía… – Mario sonreía, con diversión – Aunque está claro que lo que cuadra a la perfección es que te tocara el culo si estaba confundido con ese pequeño detalle.- Rodé los ojos, algo cansado de comentarios como este, pero no le di demasiada importancia.

-Bueno, el caso es que supongo que aquello marcó algo, y a partir de ahí, nos metíamos entre nosotros, retándonos a ver quién acababa antes enamorado del otro, y que éramos unas mariconas, y al final… En cierta manera, resultó verdad. No está enamorado, pero, parece que algo si le gusto. ¡Dice que está confundido! ¿Es eso bueno?

Mario ni se lo pensó cuando me fue a contestar.

-Demasiado bueno. Tom, NUNCA, demuestra una flaqueza suya. ¿No ves que es demasiado orgulloso? Jamás admitiría que se siente confundido si esa confusión de verdad no le está volviendo loco. ¡Tío, has pillado a Tom por los cojones! – esbocé una gran sonrisa y sonreí de un lado a otro.

-Es tan gracioso… No sé, a mí sí que me tiene cogido por los huevos. ¡No hago más que pensar en él! Creo que me volverá loco de remate. – volví a suspirar. Dejé de mirar a mi amigo moreno y mis ojos se dirigieron a mi novio. Seguía hablando con Andy sobre algún tema y a mí se me encogió el corazón de golpe. Un flash de un recuerdo demasiado reciente hizo que se me entristeciera el mundo. – Pero lo hemos estropeado tanto… – ¡Ni dos minutos podía estar sin pensar en lo de esta mañana! Tan bien que estaba yo, recordando nuestros inicios y todo, y ahora… Joder.

Mario volvió a la tierra de golpe, y se puso serio.

-¡Cierto, cierto! Dime ahora mismo, qué ha pasado. Pero explícamelo bien, porque no soy tan listo como para seguir adivinando todo lo que se te pase por la cabeza.

Cogí aire y no sé por qué, me puse la mano en le gorra, tirándomela hacia delante, tapándome los ojos. Lo último que vi, fueron las rastas de Tom, y cómo éstas cambiaban de posición. Como si ahora éste, me estuviera mirando. Oh, genial, debe pensar que soy mongolo, tapándome la cara de esta manera. ¡Pero, madre mía! ¡Qué vergüenza hablar con Mario sobre esto!

-¿Qué haces Bill? – de nuevo el moreno.

-Nada. Tú sólo escúchame, ¿sí?

-Ajá… – dijo, no muy convencido.

Ordené mis ideas lo más rápido posible para no trabarme demasiado intentando explicarlo, y resumirlo lo más rápido posible. Veamos, cómo empezar…

-A ver, resulta que ayer por la noche, Tom quería tema, porque… Bueno, porque ya llevábamos saliendo unos cuatro días, y apenas habíamos pasado de un besuqueo. – intuí que Mario había asentido con la cabeza. ¡Bill, déjate de hacer el tonto y levanta un poco la gorra hombre! – Pero… Yo me negué. Porque no sé, no estaba preparado para tener sexo anal. ¿Sabes? Es como que le tengo un poco de respeto a una serie de agujeros. – Levanté la gorra un poco y enseguida vi que Mario hacía una mueca con la cara, como intentando aguantarse la risa. – ¡No digas, nada! ¡Lo sé, es patético, pero sigo siendo heterosexual en muchos aspectos! – sentencié, enseguida.

-No, no… Yo no diga nada de nada. Soy una tumba – hizo ver que se cerraba una cremallera imaginara en la boca y después cruzó los brazos, esperando que siguiera. Mi mirada, se dirigió fugaz, a Tom. Sin poderlo evitar. ¡No, no lo puedo evitar!

Este me miraba, cayado, supongo que sin nada más que explicarle a Andy, y en cuanto vio que yo también me fijaba en el, disimuló y miró a otro lado. Era tan, jodidamente adorable…

-El caso, es que Tom, llevaba tanto tiempo sin follar, que se enfadó conmigo y durmió lo más separado posible. Yo, me empecé a sentir culpable y casi no podía dormir, pensando en hacerlo o no hacerlo. Lo peor de todo, es que… Madre mía, es tan… Estúpido. ¿Cómo iba a pensar que iba a ser tan fácil todo? ¡Yo creía que yo iba a ser el…! ¡El…! – bajé la voz lo máximo que pude como para que me oyera – el activo… – Mario simplemente asintió. Bien, bien, no se ríe. Es un avance. – Total, que he estado toda la noche, pensando en intentarlo y tal, porque claro… ¡Yo no iba a sufrir ninguna intrusión por ningún lado! ¡Ese era Tom! Y claro, cuando quedaba un poco para que le tuviera que sonar el despertador, le he empezado a despertar melosamente hasta que lo hemos intentado. – Mario ponía cara de concentración, como si estuviera viendo una peli de suspense y ahora empezara a sonar la típica musiquita que anuncia que algo iba a pasar. – Entonces ha sido cuando hemos ido a por los condones. Ambos teníamos, yo en el baño y él en el pantalón. En fin, yo pensaba que él iba a buscar un condón para mí, y él pensaba que yo iba a por uno para él. Y ambos diciendo, “¡Nono, tranquilo, yo tengo! ¡No te muevas!” Al final de todo, cuando salgo del baño, con el preservativo puesto, veo que él también lleva uno…

-Un momento, que yo quería llegar a estar parte… ¿La sigue teniendo igual de grande que siempre, no? – abrí los ojos como platos y me lo quedé mirando.

-¡Mario!- solté, más rojo que un tomate.

-¡Ehh! ¡Es sólo una pregunta! Es que hace ya tres años que no nos duchamos juntos y tengo el interés! – ¿se duchaban juntos? ¿Pero qué es esto? Oh bueno, yo aún me ducho con Georg cuando me quedo a dormir a su casa o en el gimnasio… Sí, tiene lógica. Aunque desnudos no… Eso igual no tiene tanta lógica. Bueno, supongo que si es gay y sabe que su amigo está bueno, aprovechará para echar un ojo. ¿Haría yo eso con Georg si hubiera sido gay desde siempre y él me gustara? Da igual Bill, olvídate del tema.

¡Mierda, ahora por su culpa, me estoy acordando del nabo de Georg! ¡No, no! ¡Imagen desaparece, por dios!

Negué con la cabeza fuerte, para quitarme esa película que se estaba formando en mi cabeza, dónde salía con mi osete grade empapado y con jabón, e intenté con todas mis fuerzas prestarle atención a Mario.

-Pues… La tiene muy grande. Muy grande. – enfaticé. Sí, la verdad es que me daba mucha envidia. ¡Y muchos calores! ¿Cómo era eso posible? ¡Pero si eso debía hacerte trizas! Pero entonces, me di cuenta de la expresión que puso Mario. ¡Se había mordido el labio!

-Madre mía… – soltó, algo ido. ¿Se estaba poniendo cachondo? ¿De Tom? ¿Del rabo de Tom? ¿¡De la tranca de mi novio?! ¡¡Será posible!!

-Oye, que estoy delante. – dije, algo irritado. Bueno, quizás la palabra celoso encajaba mejor con la situación. Me parece de puta madre que le guste Tom en ese sentido, pero como mínimo que no lo demuestre delante de mí.

-¡Que no hombre, no! Tranquilo, que Tom y yo, es algo imposible. Él no me gustaría nunca, es mi mejor amigo, y eso marca unas distancias. – asentí simplemente. – Entonces… Tenéis problemas sexuales. – resumió, volviendo al tema principal. Cogí aire y lo solté fuertemente, abatido.

-Sí… – negué lentamente con la cabeza, decepcionado con todo lo que estaba pasando. – Y creo que va a ser así, mucho tiempo. – casi afirmé.

-¿Por qué?- se extrañó Mario. – Todo es cuestión de probarlo. Y cuanto antes mejor, te lo digo enserio. Si no, podéis llegar a los treinta sin haber echado un quiqui.

-¡Si por mí perfecto! Pero Tom… Dudo que Tom se deje tan fácilmente. No creo que decida que por el bien de nosotros se deje sodomizar por mí… Seguro, que no. Tom nos lo pondrá muy difícil. – Vamos, que Tom no se dejará follar tan fácilmente, coño.

-Hombre, visto desde este punto… No, claro que Tom no se dejará ser el pasivo NUNCA. Y a más, es que ese nunca, es un nunca de para siempre. Te lo digo yo, que lo conozco, y que para él, eso es como si se pusiera a la altura del betún. Si miras desde esa perspectiva, te digo yo que no follaréis jamás. – soltó, ni corto ni perezoso. Me dejó de piedra, estático.

Volví a mirar a Tom, y este estaba recostado en el respaldo, con el culo en el final de la silla, muy acomodado y levantándose un poco la camiseta. Se daba palmadas en la barriga, como si hubiera comido demasiado y se estuviera resintiendo. Volvió a fijarse en mí, y esta vez simplemente, se me quedó mirando, aguantando la mirada. Tres segundos después de contener el aliento en una agonía constante, le sonreí de lado, como si le quisiera dar a entender, que no quería estar mal con él, que le quería, que le echaba de menos y apenas habían pasado un par de horas, que… que le sonreía. Tom, después de un instante casi eterno, me devolvió la sonrisa, también de lado y medio apagada.

¿Mario se ha dado cuenta? Le miré.

No, este estaba dándole vueltas al tema. Un tema que me tenía mosqueado. ¿Cómo que no íbamos a hacer nada nunca? ¿Pero se ha vuelto loco? Algún día me dirá de intentarlo, ¿no? Vamos, este se muere antes de no echar un polvo.

-Pero a ver, ¿Cómo que visto desde este punto? ¿Desde dónde lo veías tú?- Solté, cayendo de pronto en ese pequeño detalle.

Mario se puso un poco cabizbajo.

-Bueno, supongo que me vas a mandar a la mierda en cuanto te lo diga, pero por intentarlo… A ver, yo creo, que deberías ser tú el que arreglara las cosas, y dijeras de ser el pasivo. Sé que es caer en las zarpas de Tom, pero… ¡Pero es que te prometo, que os pueden dar las uvas esperando! Él es muy tozudo, y se cree demasiado macho. Y yo a ti te veo un poco más inteligente que él. Inténtalo tú. – creo que me quedé medio ido en cuando empezó a hablar.

-¿Qué?- creo, que no lo había entendido bien del todo… – Espera espera… ¿Cómo? ¿Qué haga yo de pasivo? – abrí los ojos como platos y abrí la boca desmesuradamente.

-Sí… – dijo, como si temiera mi reacción.

Por un instante me lo replanteé. Me vi sin ropa, encima de la cama de Tom. Tom besándome y acariciándome para que me sintiera a gusto y se empezara a calentar el ambiente. La piel me sudaba y ambos respirábamos fuerte.

Pero de pronto, Tom que se hallaba encima de mí, cogía mis piernas y me las doblaba. Después empezaba a separar las rodillas, abriéndome totalmente para él. Como si yo fuera una chica, como si de verdad esta vez, fuera una mujer.

Sólo ese pensamiento ya me frenó la imaginación y me hizo volver al mundo real de una patada. Intenté hablar lo más calmado posible.

-Pero… Yo, Mario… No puedo. De verdad que no. Y te juro que también es por orgullo. Llevo toda mi vida, siendo insultado por gente que no sabían del todo cual era mi verdadero sexo. ¡No sabes la de veces que me han dicho si de verdad era un hombre! ¡Cómo si no se lo creyeran del todo! Y… Abrirme de piernas para un hombre, es secundar todavía más esas dudas.

Mario alzó una ceja.

-¿Pero qué tontería es esa? ¿No era que nadie podía saber que estabais juntos? ¡Entonces nadie te va a decir nada! ¿A más, qué más da lo que piense la gente? Lo que importa aquí, es que seas feliz con lo que escojas. ¿Qué te mola pintarte los ojos y las uñas? Pues de puta madre. Yo también me pinto a veces, y las uñas igual. No tan refinadamente como tú, pero algo es algo. ¡Y yo soy el pasivo!

Un rallo de luz me iluminó el rostro. ¿Qué era ese rayo de luz? ¡La bombilla que indicaba que acababa de tener una idea! ¡Una revelación!

-Hostias, es verdad… Mario, tú eres el pasivo de la relación. – afirmé. Lo sabía, no había ninguna duda, incluso antes de que él dijera nada, yo ya lo sabía, me lo había dicho Tom, pero no me acordaba de ello.

-Sep. Y te puedo prometer, que no te sientes inferior a nadie si estás debajo de un tío. Piensa que sin ti, no pueden follar, y que si te da la gana les puedes chantajear. Pero ojo, es igual a la inversa. Nadie es superior a nadie, el sexo es simplemente sexo, no hay sometidos ni dominantes. A menos que hablemos de sexo sin consentimiento, pero ese ya es otro tema… – dijo, moviendo las manos hacia un lado, como si estuviera apartando ese comentario físicamente hablando. – Lo que pasa, que la sociedad ha querido que el que tenga polla sea más que el que tiene agujero, en nuestro caso, el que use cada cosa. – consideré seriamente sus palabras. La verdad es que tenía razón.

Ahora, en mi fantasía, sólo éramos Tom y yo, envueltos en una sábana, con movimientos frenéticos y sin control, besándonos y con un vaivén increíble. Bien cierto era, que mi cámara mental, no apuntaba a nuestras partes, pero yo ya tenía en cuenta ese detalle. ¿Qué más daba, no? Al fin y al cavo, ambos llegábamos al orgasmo en boca del otro. Felices, exhaustos, y llenos de sudor compartido, saliva y suspiros.

Un pinchazo en las tripas me recordó otro pequeño detalle.

-¿Y… no te dolió mucho la primera vez?- de pronto, el relato se había vuelto rojo sangre.

Mario, cambió la expresión de la cara. De estar serio, hablando de temas como el respeto sexual, pasó a una mueca en la que parecía que sonreía, medio nostálgico. Después soltó aire con la boca, con un ruidito musical, también de media risa y finalmente me miró con los ojos achinados de la sonrisa.

-Te he pillado… – dijo. Yo alcé una ceja, sin saber muy bien qué quería decir. – Lo que te pasa, es que tienes miedo. – ¿Miedo? ¿Pero qué me está contando este? – Estás acojonado – emm… ¿A sí?- Te asusta que lo puedas pasar demasiado mal la primera vez… – aseguró.

De pronto, aquella fantasía sexual que contaba mi mente, sobre la primera vez con Tom, tomó otro rumbo distinto. De ser un momento precioso con mi pareja, haciendo lo que más nos gustaba hacer, pasó a ser el peor momento de mi vida.

Yo, pasándolo fatal, sintiéndome cómo me hacia trizas por dentro, echándome hacia atrás todo el rato, muerto del dolor, sin poderlo aguantar, con lágrimas en los ojos y… ¡Y muerto de vergüenza!

¿Y si… y si finalmente caía en la cuenta de que teníamos que intentarlo, y todo salía fatal? ¿Y sí lo pasaba tan mal, que volvía a dejar a Tom a medias? ¡Sería la tercera vez! ¡Tom me mataría!

-Sí… – afirmé, dándome cuenta de un miedo escondido.

-No tienes nada de qué preocuparte… Sí es cierto que al principio hace daño, pero… Es sólo la primera vez, puede que se alargue hasta la tercera como muy máximo, pero nada más…

-¡¿La tercera?! – chillé, fuera de mí, entrando en pánico. – Pero… Pero… ¡La tercera vez es mucho tiempo!

-A mí sólo me dolió la primera vez, si te sirve de consuelo. – me dijo.

-¿Cómo fue tu primera vez…? – se me ocurrió preguntar. Atento, le hice todo el caso posible, intentado que esa parte de mi cerebro que sólo pensaba en Tom, intentara fijarse en Mario.

-Pues… Normal. Con sus preliminares y esas cosas, pero recuerdo que cuando me la iba a meter, apreté tanto las manos que casi me hice sangre con las uñas en las palmas de las manos. Mi novio intentó prepararme con los dedos, y después… Pues fue normal. No era lo mismo los dedos que el pene, pero me acabé acostumbrando enseguida, y bueno, el vaivén que empezamos a tener hizo que se me olvidara todo.

-¿Y después…? ¿Al día siguiente?

-Al día siguiente tuve unas agujetas increíbles y apenas podía sentarme en ningún sitio, pero tranquilo, son las típicas agujetas de cuando haces un esfuerzo al que no estás acostumbrado, pero… en el culo. Se pasan con el tiempo, o… Con más práctica – dijo, mordiéndose el labio.

Sonreí por el comentario y su significado, pero después negué con la cabeza, pensando que era imposible que eso pasara. Es que… Lo pasaría fatal… Fatal. ¡El recto no está preparado para penetraciones de este tipo, la vagina en cambio sí! ¡No por nada se dilata sola, ¿no?! Me moriré, sé que me moriré de dolor.

-Mario… No sé yo si me atreveré. Lo mismo soy la excepción del mundo, y a mí me duele para siempre… ¡Y si lo paso tan mal que me quedo sin poder defecar! – salté alarmado.

Mario hizo ver que se pegaba hostias contra la mesa.

-¡Tú, eres, gi-li-po-llas! ¿Cómo te va a pasar eso? Anda, vete a una esquina, reflexiona sobre lo que has dicho, y vuelve… – dijo, exasperado.

-Vale, tienes razón… Estoy desvariando. Pero, ¿y si no me siento cómodo con que me penetre nada por el ano? Es que… Mierda, no sé. – suspiré y miré al suelo – Tom me debe de querer mucho como para no haberme dejado ya. No puede vivir sin sexo este tío, según lo que me has contado… Y sin embargo, aún me mira por el rabillo del ojo a la hora de comer. Como un tonto enamorado… – me sonrojé.

Mario soltó aire sonoramente y finalmente me cogió de las manos.

-Inténtalo. – me casi suplicó – estoy demasiado ilusionado con vosotros, odiaría que por una gilipollez como ésta, lo dejarais. – aparté la mirada de su rostro. – Mira, si de verdad crees que lo puedes llegar a pasar demasiado mal, inténtalo antes tú solo. – lo volví a mirar de golpe, con los ojos como naranjas, incrédulo.

-¿Qué? – casi chillé.

-Sí hombre, sí. Puedes intentar meterte los dedos tú solo. Sabrás lo mismo que se siente cuando te van a preparar, y si de verdad ves que es imposible, entonces vale, entonces vas y se lo dices a Tom, que no te ves con fuerzas para hacerlo, pero al menos cerciórate antes. Si ves que te duele demasiado entonces déjalo, pero si no, díselo… A más, conozco a Tom, irá con muchísimo cuidado la primera vez, te lo digo enserio.

-¿Que qué? – le solté de las manos enseguida. – ¡No voy a hacer eso! ¡Qué asco! –sentencié.

-¡Arrg! ¡Me exasperas, muchacho! ¡Que no es nada malo! ¡Y ya te he dicho que si no te sientes cómodo o te duele mucho, que lo dejes! No te estoy obligando a nada… – se cruzó de brazos y miró a otro lado, teatralmente indignado.

Me lo replanteé un instante, y me vi, a mí mismo, encorvado en una esquina de mi cabaña, con una mano en el trasero y mi cara roja como un tomate.

-Joder Mario… No me hagas esto.

Tom

-¡Dooom!

Una vocecilla de niña entrometida, me sacó de mis pensamientos. Estaba tan concentrado mirando como Mario hablaba con Bill, que no me había dado cuenta de que mitad del comedor ya se había ido, y yo debería haber sido de los primeros que debería haberse largado. ¡Tengo clase a las cuatro! ¡Tengo que ducharme, tengo que preparar la clase! Me cago en la puta.

Recogí la bandeja tan rápido como me fue posible y cuando ya me estaba levantando para dejarla en el carro de las bandejas sucias, ese alguien con voz de pito, me estiró de la camiseta. Me sobresalté un poco y miré algo confuso. Una niña con el color de pelo negro azabache y unos ojos verdes inconfundibles, me miraban desde abajo, a nivel un poco más alto que mis rodillas, con cara inocente y de niña buena.

-¡Anna! – grité al verla. Hacía un par de días que no me daba la barra y de hecho, la echaba un poco de menos. Puse la bandeja en una sola mano y me puse a su nivel. La rodeé con un brazo y la alcé, apoyándola en mi cintura y haciendo que se sentara sobre mi brazo. -¿Qué tal pequeñaja? – le dije, sonriente. Me caía tan bien esta niña… ¡Se parecía tanto a Bill! Si mi moreno tuviera los ojos verdes, juraría que tenía esta cara en sus fotos de pequeño.

La niña no me respondió, para variar un poco, y simplemente me abrazó fuerte, sonriente y feliz. Puse los ojos en blanco y caminando, dejé la bandeja en el sitio. Pero cuando estaba dirigiéndome a la puerta de salida, una extraña presencia me dejó parado.

Un aura oscura provenía de un par de metros más alejados de la puerta. Sentado, mirándome, con una ceja alzada, Bill.

En cuanto se dio cuenta que me había fijado en él, volvió a prestarle atención a Mario. Este le dijo algo, y Bill le contestó de una manera extraña, para que finalmente Mario acabara riendo. ¿Qué le estaría diciendo?

Pero de nuevo, Anna intentaba acaparar toda mi atención cuando Bill estaba cerca, y aprovechando que ahora ya no tenía la otra mano ocupada, se las ingenió para que la rodeara con ambos brazos.

Me hizo sonreír, y no me negué. ¡Era una cría! ¿Qué más daba? ¡Era Bill el estúpido celoso! Bah, me pone que esté celoso…

Se fijó en mi total abrazo a Anna y puso cara de perros. Ambos nos habíamos visto y ambos estábamos pendientes del otro, aunque no lo hiciéramos demasiado evidente. Bueno, puede que yo sí. Porque yo debería estar atravesando la puerta y yéndome ya mismo, y sin embargo, estaba estático, a dos metros de la salida, mirándole. ¿Algo si se ha notado, no?

Se tapó los ojos con mi gorra, de nuevo, y se cruzó de brazos. Sinceramente, yo estaba bastante cabreado con él, pero ahora mismo… Ahora mismo mis sentidos se estaban colapsando.

Vale, no realmente estaba enfadado con él, pero sí con el mundo, y con las dos veces que me ha dejado con el calentón. Yo he admitido para mí mismo, que ambos tenemos la culpa, porque ambos afirmamos que el otro iba a ser el pasivo, así que… Los dos tenemos la culpa. Pero los dos somos tan orgullosos que jamás lo admitiremos.

¡Vale, yo, debería estar ya llegando a mi puta cabaña! Negué con la cabeza, como distrayendo el resto de pensamientos, y me dirigí rápido al pomo de la puerta.

-¡Eh, Tom! – ¡¿Pero qué le pasa a la peña?! ¿¡Se han puesto en complot para no dejarme dar la puta clase?! Me giré, exasperado, y miré en la dirección de dónde provenía la voz. Me quedé mudo al cerciorarme de que se trataba de Mario, que se había levantado y se me acercaba.

Alcé una ceja, y lo miré un tanto mal. No me gustaba nada como se había portado conmigo hoy por la mañana, he llegado de muy mala hostia, y en vez de hacerme caso, y largarse se ha puesto chulo. Tsk, sabe que conmigo hay que tener cuidado…

-¿Qué quieres? – le dije, de mala gana. Mario se dio cuenta de mi tono de voz, y suspiró fuertemente. Mientras, Bill se había resignado a levantarse también, ya que si no, se quedaba solo. Cuando llegó a nuestra altura se puso al lado de Mario. Pues sí que se han hecho amiguitos, estos dos…

Bill también captó mi malas vibraciones, y mis maneras de hablar, y frunció el ceño, mirándome. Malditos malos royos entre todo el mundo…

-Pedirte que nos reconciliemos. Evidentemente, no te pediré perdón, pero sí que lo dejemos pasar. Paso de estar así todo el día… – dijo Mario, tendiéndome la mano.

Se la miré apenas un instante y puse los ojos en blanco. Madre mía, ¿cómo decirle que no? Este tío es la hostia. Se la estreché de bueno rollo y después lo abracé a medias, ya que la niña apenas me dejaba moverme. De hecho, después del tiempo reglamentario de un abrazo, Anna empezó a quejarse y a apartar a mi mejor amigo.

-¡Aiii! ¡Anna! ¡Que soy Mario! – le recriminó. Arrugó los labios a un lado, y finalmente dijo algo más. – Si no fueras tan pequeña te diría un par de cosas, criaja… Pero eres demasiado adorable, mirando con esos ojitos tan verdes. – le tocó el pelo y ella se dejó, como si fuera una pequeña gatita. La gatita se me apegó un poco más. – Ei, nena, ni que Tom fuera tu novio… – dijo con algo de rin tintín, como haciéndose notar. Pero desde luego, pasé olímpicamente de cómo lo había mencionado, y me centré en el QUÉ había dicho… En una milésima de segundo mi vista se posó en Bill, que no dudó en acercarse a nosotros, con los puños cerrados.

-¡Claro que no es su novio! ¡Es la criaja esta, que está demasiado mimada por el calamar este de las rastas! – se burló, poniendo el brazo encima del hombro de Mario, apoyándose en él. ¿Qué intenta?

-Eh ehh… ¡Yo no mimo a nadie! Es la niña, que es autista y necesita un cuidado especial… ¡Sólo habla cuando estoy con ella! – me justifiqué.

-Sí sí… – dijo, Bill, mofándose.

Pasaron unos instantes de silencio, en dónde yo había olvidado por completo que tenía clase, y en dónde no hacía más que pensar que estaba cerca de Bill, con esa tensión sexual en medio, en la cual ambos sabemos que somos novios, y el resto del mundo no. Que podríamos estar besándonos en una esquina, y sin embargo ni nos tocamos… Sinceramente, era algo raro y a la vez… Excitante. Sólo hacía que pensar en los momentos que podía estar a solas con él, y hacía que mis ansias fueran mayores, en cambio si fuera una relación normal, con la típica tía que me follo cada día dos veces, y no la suelto en ningún momento, se hace todo muy monótono.

-¡Oye! – dijo de pronto Mario, sobresaltándonos a todos de golpe – ¡Voy a encender mi móvil! ¡Necesito una foto de Tom con la niña! Es importantísimo para mi álbum. – soltó de pronto. Abrí los ojos como platos, y Bill lo miró con la boca abierta.

-¿Qué dices Mario? – Bill parecía que lo miraba como si lo fuera a asesinar o algo por el estilo. Me dio miedo y todo.

-Sí, eso digo yo ¿Por qué quieres una foto con Anna? – pregunté, aún sabiendo que con Mario no se podía preguntar nada. Es esa típica persona a la cual tú le preguntas dos más dos y te responde azul. Lo mejor es que él mismo se entiende, y sus predicciones o conclusiones al final acaban siendo acertadas.

-Porque es la protagonista de este verano. ¡Mírala, siempre estas con ella! Y si no es con ella, es con Bill… Y con Bill ya tienes una foto, bien chula por cierto – nos sonrojamos ambos, de solo recordarla. – Pues te toca con Anna. ¡Aunque, si Bill está de acuerdo, podemos hacer una de los tres! – dijo, sin mirarnos siquiera, toqueteando el móvil.

-Mario… Yo tengo que dar clase – me excusé.

-Oh, vamos es un momento – de pronto nos empezó a enfocar a Anna y a mí, con el móvil, sin pose ni nada.

-¡Ehh Ehh! Pero en medio el comedor no, joder! Vamos a fuera. – y por fin, pude abrir la puerta por la que debería haber salido hacía rato.

Me posicioné con la cría, en brazos, bien sujeta, contra la pared del comedor, ya fuera, y le toqué la mejilla, amigablemente, esta sonrió y yo me mordí el labio. ¡Qué mona!

-Ei, esta foto ha quedado muy bien, es realmente ñoña. – dijo Mario, como si fuera de lo más normal que hubiera sacado la foto ¡Sin haberme enterado yo!

-Me voy a cagar en tu – Le tapé los oídos a la niña – puta – se los destapé – madre. –y después sonreí al fotógrafo.

-¡Jajaj! Ya sé que me quieres mucho Tom… – se rió, tan majo como siempre. – Sabes que cuando se vaya del campamento y lo la vuelvas a ver nunca más, pensarás: ¡Oh, la foto de Mario! Y vendrás corriendo a pedírmela…

-No sueñes tanto… – negué con la cabeza, y después miré a Bill, que nos miraba apoyado en la pared, con los brazos cruzados, algo mosca. – Eh, – le llamé, con un tono de voz suave y sin malos royos. Aún no nos habíamos hablado desde que salí de su cabaña. Le necesitaba, y quería que, como mínimo me dijera algo, aunque ese algo fuese mandarme a la mierda, me daba igual. En cuanto me oyó, me miró, algo sorprendido y con una ceja alzada, supongo que un poco a la defensiva. ¿Sería por lo de esta mañana o… Por Anna? Me hizo sonreír esta última posibilidad – ven con migo, hazte una foto con nosotros. – le tendí mi brazo y éste se lo pensó.

-¡Sí! Va Bill, ¡sería genial! – me ayudó mi mariconcete personal.

Al final aceptó, no de muy buena gana pero lo conseguí. Me pasó un brazo por el cuello y con el otro se agarró al brazo que rodeaba a la niña, sin quererla tocar en ningún momento. Y yo, con la mano libre le rodeé la cintura.

-Tres… Dos… Uno… ¡Decid patataa!

.

Miré mi reloj. Eran las ocho y me día de la tarde, prácticamente noche, y ya había acabado con todas las clases.

Estaba entrando en el edificio de los profesores. Pocas veces en mi vida lo había hecho. No tenía por qué hacerlo ya que yo ya estaba más que a gusto en mi cabaña. ¿Para qué visitar un edificio en el cual apenas tenía un par de pisos con habitaciones normales y corrientes?

Total, estaba buscando a mi padre, por que la señal de internet no iba en mi cabaña, y quería que mirara a ver qué coño pasaba. Claro, estaba yo antes, intentando buscar una cosa en internet, y no iba. Vaya mierda, este puto campamento… ¡¡no tiene ni cobertura para el ADSL!! ¿Se llamará cobertura? En fin, qué más da.

Abrí la puerta con lentitud y lo vi todo oscuro. Seguramente, durante el día no habría nadie y lo dejarían todo cerrado, pero tenía que averiguar si mi padre estaba o no ahí dentro, ¡Tenía de encontrarlo!

Un ruido me llevó hasta la mini sala de estar, dónde estaban las escaleras para subir, en la cual tenían hasta una tele increíble. Sí sí, vivían como reyes, y al hijo del dueño del campamento no le daban ni agua.

En fin. Me guié por el sonido ese tan extraño, como si alguien estuviera resfriado y estuviera sorbiéndose la nariz a cada instante. ¿Entonces habría alguien de verdad por aquí? Acabé por apartarme de la oscuridad, exasperándome de ir con cuidado y encendí la luz en cuanto llegué al interruptor.

Vi una figura en el sofá pequeño, algo encogida y con las manos en la cara. Estaba hiperventilando, causando aquel sonido.

Lo reconocí enseguida.

-¿Papá? – exclamé, algo asustado. El tono de voz me sonó hasta más agudo de lo normal.

Jörg, en cuanto escuchó mi voz se sobresaltó y me miró con los ojos entrecerrados, rojos e hinchados de… ¿llorar? ¿Era eso posible?

De pronto, se incorporó limpiándose todas las lágrimas en un visto y no visto, y escondió algo, no llegué a ver qué, bajo su trasero. ¿Pero qué…?

Mi padre daba lástima. Realmente tenía la cara hinchada de tanto llorar y le temblaba la mandíbula. El pelo, que ya lo tenía por debajo de las orejas, estaba alborotado, como si se hubiera pasado las manos incontables veces, y este hubiera acabado totalmente despeinado. Se me encogió el corazón cuando lo vi, tan… indefenso y deshecho. Sobre todo eso, convertido en una mierda de arriba abajo.

-Eh… ¡Ho-Hola hijo! – dijo de pronto, intentando no resaltar lo evidente, que estaba destrozado, y yo aún no sabía por qué. Se cruzó de piernas y puso un codo en uno de los brazos del sillón, apoyando la cara en su mano. ¿Qué hacía? – ¿Cómo estás? – sonreía y todo, el tío.

Durante un instante no supe muy bien qué hacer, porque preguntarle era más difícil de lo que creía. Jamás lo había visto tan depresivo y en ese estado… Mi padre, el fuerte y decidido Kaulitz padre, abatido. ¿Pero qué es esto?

Opté por ponerme cómodo, y me senté a su lado, en el otro sillón pequeño, con lentitud.

Enseguida noté en su rostro, un pequeño gesto de contracción, cómo si no le hiciera gracia que me pusiera cerca suyo. Me giró la cara, para que no le viera demasiado.

-No te ocultes… Hace rato que te he visto. – sentencié. Era lo primero que le decía después de haber preguntado por él.

Tardó un poco en contestarme.

-¿Qué quieres decir con eso? No pasa nada… – dijo, serio y fúnebre, como una tumba. Nos quedamos en silencio un rato y tardamos en decir algo más. Apenas se oían nuestras respiraciones y quizás alguna mosca que se había colado aquí dentro, y su molesto aleteo.

Opté por decir algo de una puñetera vez.

-Estabas llorando… – solté, con las manos entrecruzadas y mirando al suelo. No pregunté, afirmé, como si ya supiera que me lo iba a negar – y no digas lo contrario – me aseguré. – Tienes los ojos rojos.

Aquello parecía una declaración de muerte inminente. Mi voz sonaba serena y grave, como dictando una sentencia en la que el preso al que juzgaba, era el próximo en morir. Y lo más increíble era, qué él ya lo sabía, sabía perfectamente que no podría escapar de esta, y acabaría colgado en la horca. Le oí coger aire sonoramente, para soltarlo después de un rato, en el que me puso nervioso.

-¿Y qué? – aventuró a responder. Quería dar a entender que yo no era nadie que pudiera cuestionar sus actos, y eso me puso de mala hostia.

-Pues que ya me estás contando ahora mismo qué coño te pasa. – sentencié, ni corto ni perezoso.

-…- no me supo contestar. – No creo que debas saberlo… – dijo por fin.

Carraspeé e intenté conducir la conversación por otro lado, sin saber muy bien cual. Busqué otra manera de sacarle la información, y recordé de pronto aquello que me había escondido nada más verme, y que por lo que parecía, no quería enseñarme.

Pues lo iba a hacer, como que me llamo Tom, que me lo enseñaba.

-Muéstrame lo que tenías en la mano. Ese… papel, o lo que fuera. – sentencié. Noté de pronto como mi padre, se tensaba notablemente y escondía su cara bajo sus manos, abatido.

-Tom… – empezó.

-No quiero excusas, enséñamelo. – le obligué.

-Eh, haré lo que quiera. – murmuró, no demasiado alto. ¿A caso me tenía algo de miedo? Supongo que sabe que si nos enfrontásemos, yo saldría ganado.

Suspiré fuerte e intenté probar con la psicología.

-Te quiero ayudar, papá… Quiero saber por qué estás mal… Lo mismo te puedo ayudar. – la verdad es que no se me daba muy bien el papel de persona buena que se compadece del resto, pero tenía que intentarlo.

-Déjalo Tom… No me vas a convencer… No es tu estilo. – carraspeé, ya de los nervios.

-¿Vale, quieres ver mi estilo? Porque te levanto con un brazo y saco el papel de debajo de tu culo en un instante. – me estaba poniendo de los nervios ya, quería saber qué coño era esa cosa que tenía entre las manos y que me ocultaba. Suspiré – ¿Es otra factura? – me puse serio.

Negó con la cabeza.

-No… No es ningún problema económico. – aseguró.

-De puta madre, me estoy cansando. Papá, o me lo enseñas o me lo enseño a mí mismo arrancándote del sofá de cuajo. Sabes que puedo hacerlo.

Se hizo silencio, durante unos instantes, interminables, en dónde observaba a mi padre, volverse a rascar el pelo, dubitativamente, y aclararse la garganta repetidas veces. Yo estaba en tensión y él parecía que también. Por fin, se alzó un poco del sofá, y buscó algo entre el cojín dónde estaba apoyado. De debajo de este, sacó un pequeño papel, que procuró tapar muy bien por la cara en la que se apreciaba algo. De lo poco que acerté a ver, fue que era una foto. Un poco más pequeña de lo normal, y bastante hecha polvo, doblada y maltratada.

-Es una simple foto.

-Enséñamela. – Jörg esta vez, no tuvo otra opción, sabía que si seguíamos por este camino él acabaría perdiendo, ya que yo se la sacaría de las manos, y finalmente me la puso sobre mis rodillas, boca abajo.

Algo asustado, y con miedo (realmente, sin llegar a entender por qué, era una puta foto, no iba a salir la niña de The Ring ni nada en ella), le di la vuelta. Mi padre no quiso mirar ni mi cara porque noté cómo giraba el rostro hacía otro sitio, evitándome.

Al fin tuve delante aquella incógnita y me detuve a mirar todos los detalles. Era una simple foto, no demasiado antigua, como de los ochenta o por el estilo. Era en este mismo campamento, al lado del lago, esa piedra tan grande que lleva ahí desde tiempos inmemoriales, dónde habían dos jóvenes sentados. Más o menos de unos veinte años. Me fijé en las pintas de ambos, y me resultó muy gracioso. Madre mía, ¡qué ropa y qué peinados tenía la gente!

Pero no vi nada más interesante en esa foto.

-¿Qué le pasa? ¿Quiénes son? – dije, algo incrédulo y extrañado.

Oí cómo mi padre se reía de lado, de una manera sarcástica y de autosuficiencia.

-Somos yo y tu madre… – dijo, como si aquello fuera algo obvio.

El corazón dejó de latir durante un instante. Bueno, de hecho primero pegó un bote que noté a la perfección, tanto, que me hizo daño, y después se quedó parado. ¿Mi… Mi madre? Se me nubló la vista un instante y me faltó respiración.

-¿Qué…? – dije, incrédulo, como si aquello fuera imposible.

Noté enseguida cómo los ojos se me aguaban, con unas lágrimas amenazando en salir. No… No, Tom no llores. Tu madre no te quiso… Te abandonó, se fue sin más, diciendo que no te quería. No puedes llorar por una madre que no te llegó a amar nunca.

¿Pero, es eso posible? ¿Es posible que no te quiera una madre?

-Era guapa, eh… – dijo con tono soñador.

Me fijé en sus rostros después de tragarme las lágrimas a conciencia, y serenarme la mente. Ella tenía el pelo largo y ondulado, medio castaño pelirrojo y su sonrisa era deslumbrante. Se cogía fuerte al brazo de mi padre, que orgulloso miraba a la cámara con superioridad, cómo si lo que tuviera entre las manos fuera lo que más pudiera llegar a desear un hombre en esta vida, esa preciosa chica.

-Mucho… – suspiré. No podía mentirme a mí mismo por muy mal que me lo hubiera hecho pasar, era preciosa y no podía negarlo. – ¿Por qué… estás mirando esta foto? ¿Por qué lloras? – deje, con ese matojo de nervios repentinos, en la boca del estómago.

-Pues porque la echo muchísimo de menos, Tom… – me confesó. Me quedé estático y algo ido. ¿Cómo? ¿Que la qué? ¿Que papá echaba de menos a mi madre? – Estaba tan enamorado… – sollozó.

No entendía nada.

No entiendo nada.

De pronto me colapsé, y chillé.

-¿¡Qué coño pasó cuando yo nací?! ¡Explícamelo de una puta vez!

-Tom, hace nada ya hablamos de esto, no te… – sentía deseos de romper algo, lo que fuera, lo que tuviera a mano, lo que… la foto.

-O me lo explicas, o la rompo. – dije, enfadado como nunca, y hablando totalmente en serio. Pensaba romperla si no me lo acaba explicando, al fin y al cavo, yo debería odiar a esa mujer que se hace llamar “mamá”.

-No serás capaz… – noté pánico en su voz. Noté cómo se estaba muriendo por dentro de sólo imaginárselo. Se levantó un poco de su sitio e intentó cogérmela en un abrir y cerrar de ojos, pero yo era más rápido y tenía buenos reflejos. Enseguida aparté la foto de su alcance y le miré a los ojos directamente. – Tom… No me hagas esto.

-¿El qué? ¿Qué no te haga el qué? ¿¡Exigirte que me expliques el porqué de mi mierda de infancia?! ¡¿Ehh?! ¿¡Es eso?! – me alteré como nunca. Y jamás en todo este tiempo que conocía a Bill, había tenido tantas ganas de verle y tenerle cerca, sólo quería abrazarlo y sentirlo, por muy enfadados que estuviéramos me daba igual, pero… le necesitaba. – ¡Explícamelo!

Cerró los ojos fuertemente, cómo si le pesaran y finalmente se serenó y habló.

-Está bien. – ahora sí noté cómo el corazón se me ponía a mil por hora. Estuvo un par de minutos que no dijo nada, como si estuviera ordenando sus pensamientos y finalmente, habló.– Esto… El otro día, te dije que bueno… Que me enamoré prácticamente nada más verla ¿recuerdas? – asentí – Después del campamento nos seguimos viendo… El caso, es que bueno… – se entrecortaba con las palabras y le costaba mucho seguir.

-¿Cómo se llama? – nunca me quiso decir su nombre, no quería que nadie la nombrara y jamás llegué a sacarle el nombre.

-Si… Si… – se aclaró de nuevo la garganta, y con el dedo índice se quitó una lágrima traicionera que ansiaba salir. – Si… Silvia. – dijo de pronto.

-Silvia… – es un nombre bonito. – sigue.

-Tu madre y yo, nos fuimos a vivir a Berlín y estuvimos viviendo juntos durante tres años. Una de las épocas más felices de mi vida. – Soñador, miraba al fondo cómo si viera su vida en una gran pantalla y reviviera cada momento. Pero de pronto, su semblante cambió y una cara de fantasma transformó esa sonrisa- Tus abuelos me odiaban. Los padres de, Si-Silvia.

Algo de ello me sonaba, un vago recuerdo, de haber preguntado por ellos de pequeño, y que mi padre respondiera algo por el estilo, que ambos eran como mi madre, que me odiaban.

-¿Por qué? – aventuré a preguntar.

-Porque era un pordiosero. Ambos sabían que lo único que realmente me daba dinero era este campamento, y no esos pequeños curros durante el año mientras esto está cerrado, y sabían que apenas daba para comer y poco más. Los padres de Silvia querían lo mejor para ella, y yo desde luego, no lo era.

-Oh…- dije, bastante choqueado. Soy un pordiosero, de puta madre. Y nunca mejor dicho.

-Me lo dijeron tantas veces… Me arrinconaban entre los dos en las pocas ocasiones en las que nos veíamos, como en fiestas o navidades, y me aseguraban que yo no era nadie para ella…

-¿Y ellos que sabían? – me molesté.

-Eso pensaba yo… Jamás les hacía caso, nunca. – aseguró. – Ni tan sólo, cuando empezaron a insinuar que un antiguo compañero nuestro de clase era mucho mejor para ella que yo. Se llamaba Gordon, y siempre había mantenido las distancias con ella porque a él le gustaba, pero ella estaba conmigo. Se ve que era de buena familia y tenía mucha pasta, sobre todo eso último. – dijo, con algo de rencor – pero jamás me importó. Tu madre… Tu madre era increíble, y ella me quería, ella no quería dinero… – aseguró.

-¿Y por qué nos abandonó? – dije, sintiendo algo de pánico al notar tal tristeza en mi voz. Tom, no te pongas tan sentimental por alguien que no lo merece.

-Todo a su tiempo… Déjame seguir. – Asentí, cayado como una tumba. De pronto, su semblante cambió, y volvió a mirar al horizonte, dónde se perdía su vista. Esbozó una amplia sonrisa – Las navidades del ochentaiocho fueron las mejores de mi vida… Llevábamos juntos tres años, y queríamos casarnos, pero no teníamos dinero… Los padres de ella, siempre ponían excusas para no dejarnos dinero, excusas que parecían razonables pero que era evidente de que eran por mí, que por mí no se gastaban ni un centavo…

Suspiré.

>>El caso, es que estábamos bastante deprimidos, porque no había forma de conseguir dinero para una boda decente, con ese vestido blanco con el que soñaba tu madre, y la catedral más bonita de todo Berlín… ¡Tu madre siempre fue muy soñadora! Era, uno de sus encantos… – sonreí de lado, y él compartió mi gesto – Pero… De pronto, el destino nos dio… Un gran regalo.

Yo.

>>Silvia… Estaba embarazada. Fue… Increíble, ninguno de los dos nos lo creíamos. Al principio nos asustamos, porque teníamos que recortar muchos gastos si íbamos a tener un bebé, pero pensamos en que quizás entre mis padres y los suyos nos aportarían una pequeña ayuda…

-Pero, no fue así, ¿cierto? – adiviné, viendo como mi padre asentía lentamente.

-Tus abuelos me odiaban tanto, que me dijeron que jamás aportarían ayuda a un bebé “Ilegitimo”, o algo así dijeron… ¡Yo era pobre! ¿Porqué ayudar a un hombre que tenía que pedir dinero para cuidar a su hijo? – se paró un instante. Instante en que yo ya no era yo, estaba tan en shock, que apenas podía moverme. Tantos años sin saber nada… Y ahora, de pronto… Me entero de tantas cosas. – Yo estaba tan asustado… ¡Te prometo que veía a tu madre en cualquier esquina para poder trabajar! No había tiempo para volver a los estudios, ni mucho menos, dinero… Aquello era el apocalipsis. Mis padres estaban igual que yo, así que mucho no podían hacer…

-¿Qué pasó entonces?

-Los padres de Silvia me dijeron que me largara, que abandonara a tu madre. – ¿Qué? ¿Que mi padre abandonara a Silvia…? ¿Fue realmente así la historia? No me digas eso papá…- ¡Pero yo, no podía! La quería tanto… Ella por supuesto, no tenía ni idea de todo esto, jamás supo que sus padres tenían ese especie de odio enfermizo, y mucho menos que no ayudarían al niño por ello.

-¡Ve al grano papa, me estoy poniendo nervioso! – salté, ya con ganas de pegar a todos los muebles.

-Yo intentaba pensar en opciones para salir adelante, hipotecas o lo que fuera, pero… Entonces, descubrimos algo que me acabó por matar. En las ecografías había algo raro… Ya no eras sólo tú. Erais tú… y tu hermano gemelo.

De pronto todo se quedó en silencio. Yo miraba al suelo con los ojos abiertos totalmente, sin poder evitar que un par de lágrimas se me escaparan, suicidándose contra el suelo.

-¿Cómo? ¿Mi hermano… Gemelo? Yo…Tengo… ¿Tengo un hermano? – sentía que no podía pronunciar ni una palabra más, porque un agujero enorme se me empezaba a abrir en el pecho, tragándose mi corazón y todos mis órganos, sin dejar nada con lo que poder seguir viviendo. La… la respiración, me faltaba la respiración.

-Sí… – no se aventuró a decir nada más. Pero… ¡Pero yo necesitaba muchísimo más que esa simple afirmación! ¡Pero el amor de dios, tengo un jodido hermano gemelo!

-¿Hay alguien, igual que yo… en este mundo? ¿La misma nariz, la misma boca, los mismos ojos…? – No, eso era imposible.

-Sí… – volvió a repetir, con una sonrisa triste. Me estaba, exasperando, me estaba poniendo de los nervios, sentía que… vomitaría ahí en medio. Vi cómo se levantaba y se dirigía a ese papeleo que había encima de una mesa. Entre tanto folio, estaba la cartera de mi padre.

La cogió entre sus manos y la abrió. Estaba un poco desconcertado, ¿me había soltado la bomba y ahora quería mirar cuanta pasta le quedaba en la cartera?

-¿Papá, qué coño haces…? – pero me silenció con un “Shhh”. Enseguida enmudecí, consciente de que… Buscaba algo en esa cartera, y no era precisamente dinero. No sé qué diablos hizo con ese trozo de cuero, que abrió no sé cuantas cremalleras que ni sabía que existían, y sacó, otro papel. Otra… foto.

-Nunca supe quién de los dos eras tú, porque… ¡Erais tan iguales! Que los primeros años intenté descubrir cuál de los dos eras tú, y jamás lo descubrí… – me tembló el pulso cuando Jörg me tendió aquel trozo de papel fotográfico. Se me taponaron los pulmones de tanto aire que llegué a coger.

En la foto, había dos bebés recién nacidos e… iguales, dormían plácidamente uno al lado del otro con los ojos cerrados al completo. Eran tan pequeños que casi se podrían coger cada uno con una sola mano. Se me congeló el corazón.

-¿Somos nosotros? – era tan… Extraño decir “nosotros”.

-Os la hice antes de… Irme. Es la única foto que existe de ambos juntos. – pareció dudar de esas últimas palabras, aunque le di caso omiso. Lo principal estaba siendo demasiado chocante.

-¿Cómo que antes de irte? – me temblaba todo el cuerpo, y de pronto tuve tanto frio que mis dedos se empezaron a congelar. Y no era por la temperatura exterior, era yo.

-Estaba tan asustado de no poder salir adelante que pensé que si me largaba, justo después de que naciera el crío, para que tu madre no pasara tan sola los meses de embarazo, tus abuelos se compadecerían del niño, y aportarían ayuda, muy a desgana, pero… Lo harían. – mi cerebro pillaba la información, pero… Pero no era algo fácil de digerir… Me había calmado, pero mi vista, que seguía en aquella foto sólo iba de un bebé a otro. Mis pulgares acariciaron a cada niño, como si de verdad estuvieran ahí. Casi podía oír sus llantos y sus gritos… Nuestros llantos y gritos.

-Pero aquel contratiempo tan grande, de los dos niños, me hizo volverme loco. Estuve meses pensando qué coño haría. ¡No iban a apiadarse de dos críos! Si uno ya era difícil, dos era imposible… Así que… Bueno, lo hablé con ellos. – abrí los ojos tanto durante un instante que me dolieron.

-¿Qué? ¿Querías contarles que te pensabas largar dejando colgada a una madre primeriza? – se me saltaron los colores y me puse rojo de la rabia. Por muy noble que se pensara que era, alejándose de su familia para que esta sobreviviera, era algo cobarde al fin y al cavo. ¿Quién sabe si después encontraban buenos trabajos y todo acaba feliz?

-Piensa lo que quieras, pero por primera vez en mi vida, los padres de Si… Silvia me miraron con algo de aprecio. En cuanto les dije que me largaría, sonrieron. ¡Sonrieron! No sabes lo mierda que me sentí en aquel entonces. Era como si me hubieran tirado en medio de un circo, y todos los niños me tiraran pasteles a la cara y se rieran de mí. Aquella fue la decisión más difícil de mi vida, antes de… De decidir que me tenía que llevar a uno de los niños. Tus abuelos no querían a dos niños, y me dijeron que como no me llevara a uno de los dos, no se encargarían del otro.

Bum Bum, Bum Bum…

En mi cabeza todo llegó a una misma conclusión.

-Eres un hijo de puta… Mi madre me quería… Siempre me quiso…

-… – suspiró, volviendo al llanto. – En cuanto os hubieron lavado nada más nacer, os hice la foto y te cogí a ti. Pero te cogí casi sin mirar, pude haber cogido al otro niño, pero lo hice tan deprisa que no sé ni cual cogí, si el que nació primero o el último… Nada. Tus abuelos, que tenían mucha pasta, sobornaron al médico jefe e hicieron un parte de defunción. Jamás sabré cómo lo consiguieron. Representa que es un delito de pena muy alta, pero… lo hicieron. Teóricamente según lo que el médico tenía que comunicarle a tu madre, era que se deshicieron del cadáver enseguida, porque estaba enfermo y a más muerto. Nunca llegué a saber la reacción de Silvia, pero tuve pesadillas durante años, muchísimos años… Incluso… Aún hay días en que lo recuerdo. Para no irme… “sin más”, le dejé una carta muy breve en la que le decía que no podía soportar cuidar tantas bocas sin poder llegar a conseguirlo. Que me sentía fatal sabiendo que no podía cuidar a mi familia aunque quisiera. Que en el fondo, era verdad. Se supone que cuando yo le dejé la carta aún no había muerto el bebé, así que no la abandoné “con un hijo muerto”.

No me lo podía creer… Toda la vida, pensando que no merecía la pena pensar en mi madre, porque ella… No pensaba en mí, cuando en realidad, igual se acuerda más ella de mí, que yo de ella. Siempre han dicho que una madre no puede enterrar a su hijo, que es el peor de los infiernos.

Silvia no me llegó a conocer, pero quizás ello era aún peor. Vivir el resto de tu vida, con la sombra de un hijo que nunca llegó a nacer, sin saber si iba a ser futbolista, si iba a ser actor, o si iba a ser… Un pordiosero.

-Mi… Mi hermano. Mi hermano. – dije tan en shock que hablaba como si apenas conociera el idioma, intentando comunicarme con palabras cortas y básicas- ¿Cómo se… se llama mi hermano? – tartamudeé.

Se quedó pensativo.

-A tu madre siempre le gustó el nombre de Tom. – aclaró. ¿No era que casi me llama Bill? – realmente era yo el que opinaba que uno de los dos debería llamarse Bill, siempre me había gustado ese nombre. – dijo, como si me leyera el pensamiento.

-Hummm…

-Nunca supe cómo le puso de nombre. Imaginé que también le puso Tom, porque seguramente, me odió tanto cuando se dio cuenta de que la había dejado, que… Que no querría nada que tuviera que ver conmigo. Imagino que lo último que haría sería llamarle Bill al niño… – reflexionó.

-¿Entonces… tengo un hermano gemelo… que se llama igual que yo?

Se rió por el comentario, pero enseguida se puso serio.

-Ya te he dicho que no lo sé… – respondió.

-¿Y porque me llamaste Tom y no Bill? ¿No era el nombre que te gustaba a ti? – pregunté. No entendía nada.

-Precisamente por eso, yo quería lo que tu madre quería… Si a Silvia le gustaba Tom… Tú te llamarías Tom. Me importaba una mierda lo que yo sintiera. – volvía a sollozar en silencio, mientras se secaba las lágrimas con las manos. – Todavía me acuerdo muchísimo de ella, Tom… Me enamoré de ella nada más verla, aquí en este mismo sitio, y… Y aún no la he olvidado. La veo en cada esquina, en cada recoveco del bosque, mirando los animales y acariciando a las ardillas. La veo mirando al agua y dibujando las montañas. La veo bañándose en el lago y tirándome agua. La veo cogida en mis brazos, asustada de mojarse demasiado el pelo… – sonrió, nostálgico.

-Eres un cabronazo… Ni siquiera sabes cómo les va, ¿cierto? ¡¿Ni tan solo intentase hablar con ella al cabo de los años?! ¡¡Esto empezó a ir bien!! ¡El campamento daba pasta! ¡Podrías haber contactado con ella, o mandarle dinero, o…! ¡¡O decirle que existo!! ¡¡TENGO UN HERMANO Y UNA MADRE, POR EL AMOR DE DIOS!! – me levanté y tiré mi sillón al suelo.

-¡¿Pero cómo le miraba a la cara, después?! – chilló, poniéndose también de pie.

-¡¡Ese es tu puto problema!! ¡No haber hecho que les abandonáramos! ¿Y si ahora viven bajo un puente…? ¡¿Cómo sabes realmente que mis abuelos les ayudaron, eh?! ¿¡Cómo sabes que no era un puto farol?! ¡¿Algo con lo que poder deshacerse de ti?! ¡Quizás mi hermano ahora sea pasto de gusanos! ¡Lo mismo… También sobornaron a la niñera e hicieron que la muerte de Tom… o… o Bill fuera un accidente! ¡ARG! ¡Yo que sé…! – me estaba poniendo de los nervios.

-He vuelto a ver a tu hermano después de lo del hospital. – dijo lo más tranquilo posible. Igualmente, le notaba como apretaba los puños en señal de histerismo. Yo me quedé estático.

-¿Qué…?

-¿Te acuerdas de aquel viaje a Paris en coche? – me preguntó.

-Sí… Yo tenía diez años. – recordé.

-Vale. Pues en una de las áreas de servicio de la carretera, paramos porque yo tenía una urgencia. – asentí. – Tú te quedaste en el coche con Bipa. – ¡Bipa! ¡La perra que me regaló nada más nacer! Era un pastor alemán precioso. Adoraba a esa perra. Murió hace tres años ya.

-Lo recuerdo.

-Bien, pues… Cuando ya estaba saliendo por la puerta, pasó a mi lado, una mujer. Y era… Ya sabes, preciosa. Apenas la había divisado, pero sin poderlo evitar, me giré a mirarla. Era alta, y tenía el pelo corto y liso. Pero aún era morena, medio pelirroja… Ella también se volteó y compartimos una mirada… Creí que me iba a dar un infarto, cuando me di cuenta, de que aquella mujer tan guapa, era en realidad Silvia… Y sin poderlo evitar, mi mirada viajó a ese pequeño acompañante que llevaba, cogido de la mano.

Ni dudé cuando fui a responder.

-Mi hermano. – adiviné.

-Sí. – confirmó – Tenía el pelo más corto que tú en aquel entonces, pero seguía teniendo tu misma cara, quizás la suya era un poco más fina, pero… Era como estar mirándote. Esos ojos, igual que los tuyos, me dejaron sin aliento… De pronto, ella entristeció la mirada y dejó de mantener el contacto, pegó un tirón del brazo e hizo que continuaran hacia delante. Escuché como tu hermano decía: “¿Quién es ese señor, mamá?”, y ella… Ella simplemente contestó: “No lo sé, cariño…”

¿Se desentendió de él? Lo tuvo delante de sus narices y ¿se fue? Después de tantos años… Supongo que es una reacción normal. Te encuentras a un casi marido, que te dejó en el momento más crítico de lo que puede ser toda tu vida y hace que aún todo sea más negro… No, desde luego, mi madre no hizo mal.

-Porque te tendría asco… Porque eres un cabronazo de mierda y un hijo de puta. ¡Porque deberías haber denunciado a mis putos abuelos y haber esperado lo que el futuro nos tenía preparado! ¡Si hubiéramos salido o no adelante! Eres un puto cobarde… Eso es lo que eres, un cobarde.

-Tom…

-¡NO! ¡CÁLLATE, JODER! ¡Eres un cobarde y no me lo puedes reprochar! Te odio… Te odio.

-No Tom… No me odies.

-¡Sí! ¡TE ODIO! ¡POR SEPARAME DE MI FAMILIA!

-Yo soy tu familia, hijo… Yo te he enseñado todo lo que sé. Y eres fuerte y valiente, eres autosuficiente y… Y estoy orgulloso de haberte visto crecer y haberte educado de esta manera.

-¿A sí…? ¿Y qué hay de Silvia? ¿Ella no tenía derecho a verme crecer? ¿Yo no tenía derecho de ver crecer a tu otro hijo? ¡¿A mi hermano?! ¡¡Joder, ¿cómo eres tan insensible?!!

-…

Se hizo un silencio que no me vi capaz de soportar mucho más. De nuevo volvía a sentir esas ganas de vomitar y echarlo todo, de llorar hasta morirme deshidratado y de chillar hasta que mis cuerdas bocales dijeran basta. ¡De saltar de un puto acantilado y matarme! De… De salir corriendo y no volver jamás.

-Nunca te lo perdonaré… Jörg. Nunca. – me temblaba todo el cuerpo, y tenía pequeñas compulsiones de contenerme las ganas que tenía de pegarle y dejarlo en el suelo. Ese que me había cuidado desde que era pequeño, se sentó en el sofá. Pero ya no lloraba. Me miraba directamente. Con los ojos inundados y las mejillas rojas. El labio inferior le temblaba y se toqueteaba los dedos, del nerviosismo. – ¿Algo más que deba saber?

Respiró hondo.

-No…

-¿No? ¿NADA? ¿Ni tan solo dónde viven ahora?

-No sé nada de ellos… Te lo juro.

Cerré los ojos de nuevo y me sentí vacío… Muerto y deshecho. Quería… Quería ver a mi moreno, quería abrazarlo y no soltarlo. Cogí el móvil sin prestarle atención a aquel que se hacía llamar padre y abrí la agenda de contactos.

Encontré el que quería y antes de darle a llamar miré la hora. Eran las diez de la noche, ya… Sí, estarían juntos, seguro.

Le di a marcar y esperé paciente a que Mario me cogiera el teléfono. No quería encontrarme con nadie, y con nada. Sólo quería ver a mi chico y a nadie más… Y no quería entrar al comedor para buscarle. Esperé impaciente mientras daban los tonos de llamada, y empecé a sollozar sin querer. Estaba tan hecho mierda… Dios mío, esto me estaba superando, jamás me habría esperado algo así. En la vida.

De nuevo volvía a sollozar. No mierda… Ahora no, Tom, ahora no, que estás al teléfono…

-¡Hey! ¡Tom, justo iba a…! –La voz de Mario me llegó alta y clara.

-Ma Mario… Esto… – Mierda, mierda… Se me notaba demasiado que estaba llorando.

–¿Tom? ¿Qué te pasa? ¿Estás llorando?– empezó a preocuparse.

-¿Qué…? Eh… No no… – mentira, mi voz nasal me delataba demasiado, y cada dos por tres me estaba sorbiendo la nariz.

–¡Sí que estas llorando!– me recriminó. Escuché la voz de Bill, de fondo, también diciendo algo con voz de pánico, pero no alcancé a escuchar qué era.

-¡Arg, Mario! ¡Déjame! ¡Tú sólo dile a Bill que salga del comedor, que un rato llegaré yo! – no le dejé contestar, ya que le colgué de inmediato. Puse el móvil en mi pantalón y me dirigí a la puerta, sin mirar a tras, dejando una sobra negra, en el sofá, tragándose los años de tortura en una sola tarde, haciéndole recordar toda esa mierda que me había hecho pasar.

Pero, antes de que mi mano alcanzara el pomo, escuché algo último.

-Ese Bill… Parece muy buen chico. – abrí mucho los ojos de lo poco que me esperaba esas palabras. – Se os ve muy bien juntos… Supongo, que ya me lo presentarás ¿no? – me giré tan deprisa que casi pierdo el equilibrio. Me miró, serio, y simplemente asintió con la cabeza. – El amor no se juzga… Y por amor se hacen, grandes locuras. Espero que no salgas demasiado perjudicado de esto, hijo…

No entendí nada de lo que había dicho, pero en cuanto acabó, abrí la puerta, y choqueado, salí de allí con un gran portazo ensordecedor.

Miré a mi alrededor, y pude ver a escasos metros el edificio del comedor, dónde con rapidez, la puerta se abría, dando un poco de luz a este oscuro campamento, que ya empezaba a dormitarse por culpa de la noche.

Mi moreno, de lejos, se apoyaba en la pared, bastante alejado de la puerta, y se tapaba del frio con sus propios brazos.

Bill

Eran las nueve de la noche ya pasadas, y llegaba al comedor. Estaba algo nervioso, me había tirado toda la tarde haciendo, lo poco que me quedaban de los deberes aquellos tan asquerosos que habían mandado para el campamento, y de paso intentaba olvidar la conversación con Mario. Había sido de lo más… frustrante. ¡De esperar que me hablada sobre cómo hacer que Tom se pusiera a cuatro patas, me había intentado convencer de que fuera yo!

En fin, supongo que era algo gracioso al fin y al cavo. ¿Qué más daba? Algo de razón sin tenía, Tom jamás se dejaría hacer nada por mí, y si yo no era un poco más listo que él, nunca pasaríamos de un paja… Y la verdad, es que prefería ser sodomizado a no ser nada…

Abrí la puerta del comedor y lo primero que miré, ya casi por instinto, fue la mesa de los profesores. Pero… No estaba mi nene. De hecho, no estaban ni Mario ni Andy tampoco. Estaban el resto de profesores a excepción de Jörg, pero por ejemplo Dawn sí estaba, y hablaba con el capullo de Erik, para variar.

Cogí mi bandeja, y con la vista baja, empecé a pasar por la barra de metal. Una vez acabé, me dirigí a esa mesa que había considerado como mía desde que me peleé con Georg, y en dónde nadie se sentaba. Esa mesa al final de la primera fila, cerca de la puerta. Abandonada y que ahora era mía prácticamente, aunque estuviera solo casi siempre.

Pero, parecía que hoy… No era el caso.

Esa mesa de seis estaba totalmente llena, ¡no había casi sitio!

-¿Mario y Andy? ¿Qué hacéis aquí? – las dos primeras cabezas que vi eran las suyas. -¿Os sentáis conmigo directamente, sin que esté yo? – les sonreí.

-Sí… pero parece que no somos los únicos… – se apartaron un poco, y detrás de ellos, habían dos personas más. Mis ojos se abrieron como paltos, y mi boca llegó al suelo. Mi corazón empezó a latir tan fuerte, que creí que lo estarían escuchando todo el comedor

-¿Ashley…? ¿GEORG? – De ella aún me lo esperaba un pero… ¿Georg? ¿Al final había aceptado mis disculpas? ¿Iba enserio lo del mensaje de esta mañana? Él me miró algo triste, pero me sonrió de lado. Me dirigí rápidamente hasta dónde estaba él y dejé la bandeja a su lado, justo en uno de esos dos sitos que sobraban. Le casi obligué a que se levantara y le abracé tan fuerte, que oí una queja, algo lejana, ya que yo me había alejado de este mundo, adentrándome en un puto paraíso, del que me dolía pensar, que en breves instantes me separaría.

Él no me abrazaba muy entusiasmado, y ni tan solo dijo nada, pero verle ahí, cerca de mí, justo a mi lado, cenando, era más que cualquier otra cosa que pudiera desear. Cualquier cosa…

-Bueno… Ahora que ya has llegado… – empezó a hablar Mario. – ¿nos presentas? – dijo, sonriente.

-¿Cómo? ¿Lleváis en la misma mesa a saber cuánto rato y aún no os habéis presentado vosotros solos? – dije algo incrédulo y divertido.

-¿Qué quieres? Cada uno se mete en su tema porque el único que teníamos en común eras tú, y ni tan solo sabíamos de qué manera. – rodé los ojos y empecé.

-Veamos. Georg, Ashley, – les hablé. Ella me miró, pero él apenas pareció que se daba cuenta de que le hablaba, o como mínimo hacía ver que no se había dado cuenta – Estos son Andy y Mario, – los señalé conforme decía sus nombres. – Son los mejores amigos de Tom, y bueno, no sé si os habéis dado cuenta, pero… Son pareja. – puntualicé. Mario miró a Andy con aire soñador y después sonrió a mis amigos.

-¡Encantado!- dijeron ambos al unísono.

-Y em… Andy y Mario, – esta vez les hablaba a ellos – estos dos son Ashley y Georg – también les señalé conforme los nombres, aunque no hiciera falta, pero daba igual. –Ellos son mis mejores amigos. Georg de toda la vida, y Ashley desde el bachillerato.

Ambos asintieron, se estrecharon las manos y se dieron dos besos entre todos. Y justo, en ese rato en que se empezaron a saludar, pensé en ese factor que unía a estos dos grupos de amigos; Tom y yo.

Y nada más pensar en él, miré a ese espacio vacío que quedaba en la mesa, justo enfrente de mí pegado a la pared, al lado de Ashley. Una silla sin nadie a quién acoger. Y una duda en mi mente que me sobrecogió un instante.

-Oye… ¿Alguien sabe dónde está Tom? – pregunté, mirando sobre todo a Mario, que era el único que sabía esta historia, cómplice de mis actos.

Todos negaron con la cabeza, el único que habló fue el novio del anteriormente nombrado.

-Qué va, hemos ido hace diez minutos a buscarlo a su cabaña y no estaba, así que hemos supuesto que ya habría llegado, pero nos hemos dado cuenta de tampoco era así, por lo que hemos pensado que llegaría contigo, pero… Parecer ser que tampoco. – dijo, arrugando los labios de lado, como diciendo que no podía hacer nada.

Respiré hondo y asentí. Nos quedamos en silencio y después de medio minuto, en dónde todo el mundo compartía miradas y yo tenía la mía fija en mi plato, empezaron a sonar los tenedores.

Tardé poco en sentir un escalofrío que me recorrió toda la columna vertebral. No sé porqué, pero algo me oprimía el pecho y me hacía que tuviera ganas de llorar. ¿Qué coño está pasando? ¿Qué mierda es esta sensación? Era como si… de repente todo se volviera negro y sin sentido, oscuro y tenebroso. Como si ya no estuvieran mis amigos y me quedara yo solo, en un mundo dónde no salía el sol, donde ni tan solo existía la luna, y la oscuridad era tal, que mi vista no se acostumbraba y no alcanzaba a ver ni mis propias manos.

Me faltaba la respiración, y tenía ganas… de vomitar.

-¿Bill? ¿Bill, estás bien? – de pronto, en toda la noche, Georg se atrevió a decirme algo, y parecía bastante asustado. Me puso la mano en mi espalda y después ascendió y descendió por toda ella, intentando reconfortarme.

-No mucho… Me estoy mareando… – solté, diciendo al azar lo primero que me excusara. Eso no era un mareo… Era un pozo sin fondo.

-¿Quieres salir un rato? – esta vez fue Ashley. Su voz dulce hizo que me tranquilizara un poco. – ¿O prefieres que llamemos a algún profesor? – estaba realmente preocupada.

-No no… Tranquila, se me está pasando ya… – dije, sonriéndole y tranquilizándola.

-Joder macho, te has puesto blanco – y fue Andy el que habló.

-¡Ya ves, que ni el pelo de este es más blanco! – dijo Mario, señalando a su novio. Hizo que me riera, y después hasta solté una carcajada cuando Andy le dio un golpe en la cabeza, como venganza.

-¡Jajajaj! No chicos, en serio. Ha sido un momento – mentira. Aún seguía sintiendo esa sensación tan extraña, pero ya no tan fuerte.

-Vale vale… – el moreno volvió a su plato.

-Oye… ¿No podrías llamar a Tom? A ver si dice dónde está… – le pregunté. Estaba empezando a pensar que le podría haber pasado algo. ¡Sé que era técnicamente imposible, ya que era su propio campamento, pero…! ¡Mejor prevenir que curar!

Mario enseguida, asintió enérgico, y pilló una servilleta. Se lavó rápidamente las manchas de tomate frito de sus labios y el aceite de las manos.

-Ningún problema – dijo mientras hurgaba en su pantalón. Pero de pronto, una canción que provenía de ese mismo sitio, asustó a Mario. – coño, justo ahora me llaman. –Se me ensombreció el rostro en cuanto recordé, que ahora ya no podría llamar a mi chico. Miré a Andy enseguida, como pidiéndole que le llamara él, y lo captó al vuelo. Hasta que… – ¡Hostias! ¡Es Tom! – Andy dejó el móvil dónde estaba y yo puse la mano encima de la de Georg, por debajo de la mesa, asustado y sin esperármelo. Georg tardó en apretármela. Así, puse toda mi atención en Mario, de hecho toda la mesa puso sus dos orejas pendientes en él. – ¡Hey! ¡Tom, justo iba a…! – pero se cortó, supongo porque Tom le estaría hablado. Después puso cara extraña.

-¿Qué dice?- dije asustado, al ver esa cara.

-¿Tom? ¿Qué te pasa? ¿Estás llorando? – dijo, preocupado. ¿CÓMO? Me levanté de golpe de la silla, prácticamente apunto de tropezar e hice que Georg se levantar conmigo, sin soltar nuestro contacto. Me puse de cuclillas justo al lado de Mario, pegando mi oído al móvil, intentando captar algo de conversación. No escuchaba nada más que simples susurros. – ¡Sí que estás llorando! – escuché.

-¿Que qué? ¿Qué le pasa? ¡Tom! – grité. Pero de pronto, Mario separó el teléfono de su oído, haciendo que me separara inevitablemente de él. Me lo quedé mirando, esperando una respuesta.

-Dice… Que salgas del comedor, que ahora en un rato aparecerá. No sé qué coño le pasa, pero… Parece que… estaba…

-Sí sí, llorando – completé. Algo cansado de oír todo el rato lo mismo.

Con el corazón en un puño, me despedí de todos, y abrí la puerta del comedor lo más rápido que pude. Miré a mi alrededor pero no vi a nadie. Cerré tras de mí y me puse, un tanto alejado de la salida, y me poyé en la pared.

Enseguida noté cómo me invadía ese frio casi invernal que pillaba este campamento en las noches de verano, y no pude evitar taparme con los brazos. Intentando darme un poco de calor.

Entonces, viendo que era inútil, me senté e hice que mis piernas intentaran protegerme del frio. Me puse la cabeza entre el espacio de mis rodillas y mi pecho y aún así sentí que el frio me calaba los huesos.

-Toom… Llega ya, por favor… – casi tartamudeé. No quería ni mirar hacia delante por miedo a que una ráfaga de aire me congelara el rostro.

-Baby… Ya he llegado… – una voz familiar me sobresaltó y algo me abrazó fuerte. No le pude ver la cara, pero ese olor era inconfundible, de hecho… Esas rastas recogidas en una coleta, eran inconfundibles. ¿Pero… qué le pasaba en la voz? Era como ahogada y nasal.

No pude ni preguntarle, que ya me estaba alzando. Me agarró de la cintura y me alzó, incluso haciendo que mis pies no tocaran el suelo. Aún sin poder verle la cara ya que estábamos en un abrazo, avanzó hasta meterse detrás del comedor, ahí dónde empezaba una gran mata de bosque, y nunca había nadie.

Se puso contra la pared y se sentó en el suelo, con las piernas abiertas. Le oí un pequeño sollozo, y enseguida me aparté de él, intentando mirarle. Le pillé por sorpresa, y le vi. Con los ojos achinados y llenos de lágrimas, con el rostro rojo, mojado, y lo peor de todo, desencajado.

-¿Tom? ¿Qué…? – me asusté. Le acaricié el rostro y le puse las manos en las mejillas. Intenté limpiárselas y sólo obtuve una especie de puchero, cómo si Tom amenazara con el llanto de nuevo. – ¿Qué te pasa…? – estaba yo a punto de ponerme a llorar con él, sólo de verlo en aquel estado.

-Calla… Cállate… – me dijo antes de cogerme de la camiseta y aproximarme a él. Me besó casi a lo desesperado mientras que abría su chaqueta, y me metía dentro de ella. Puse mis manos en su pecho y una lágrima cayó sobre mis brazos, justo antes de que cerrara la cremallera. Me separé de él, pero antes de que pudiera hacer nada más, me abrazó fuerte de nuevo. –No te muevas… Quédate así… No te intentes soltar… – me suplicó, con una voz que me puso el vello de punta.

Respiré hondo, y me mordí el labio, intentando no decirle nada, no perturbarle, así que simplemente, me acomodé en sus brazos y puse la cabeza apoyada en su hombro. Escuché cómo respiraba y cómo le subía y le baja el pecho. También escuché un pequeño eco, su corazón, que palpitaba más fuerte de lo debido.

Me moría de ganas por preguntarle qué le pasaba, pero Tom parecía no querer responder. Aún así, me calmé al ver que estaba sano y salvo, sin ningún tipo de rasguño en sus ropas o en su piel. Noté cómo de pronto me besaba el pelo repetidas veces, y cómo apoyaba su mejilla en él.

-Chico… – empezó a decir esto, e intuí que quería continuar, pero parecía que, o no encontraba las palabras, os implemente había desistido y lo había dejado ahí. Pero me sorprendió, continuando. – Sé que mañana me odiaré por todas estas cursilerías, porque no es mi estilo pero… – se sorbió la nariz – Oye, creo que te quiero… – noté cómo sus manos viajaban de mi cintura, a mi pelo y se introducían en él. Me hizo que lo mirara a la cara, no demasiado distinta a la mía, la cual mostraba unos ojos llorosos y enormes, que le miraban, casi sin poder creerse lo que acababa de decir. ¿Enserio había dicho aquello? – Oye… Esperaré. O… bueno, espérame. –balbuceó. – No sé, la cuestión es que ambos necesitamos tiempo. He tardado en darme cuenta de que esto es más que una jodida relación, ¿vale? Así que no lo forcemos… Ya tocará. Y si soy yo, el que acaba debajo de ti, pues… pues… – pareció que le costaba tanto hablar… Que le silencié con un beso. Me miró sorprendido y acabó por cerrar los ojos, al mismo tiempo que yo.

Nuestras lenguas se pelearon durante los instantes más… increíbles que recordaba en mucho tiempo. Tom parecía en trance, no sabía ni lo que decía. Bueno, de hecho, él mismo decía que al día siguiente se odiaría por lo que acababa de decir.

Nos separamos un poco más tarde entre besos cortos finales y juegos de lenguas.

-Tom, no lo digas en voz alta… Ya pasará, de la manera que sea. – madre mía, esto era más difícil de lo que parecía. Igualmente, me compensó al ver como Tom sonreía de lado. Se me quedó mirando y después me cogió de la cara.

-Bill… – dijo mi nombre. – Bill… – volvió a repetir. Pero antes de que volviera a nombrarme por tercera vez, se le crispó el rostro un instante. – Mierda… – dijo tan bajo, que casi no lo llegué a escuchar. Me volvió a envolver entre sus brazos. – ¡Me cago en la puta! – chilló esta vez, casi ensordeciéndome y abrazándome demasiado fuerte.

-Tom… Dime qué te pasa. Joder, Tom. Dímelo. – le supliqué.

Noté cómo negaba con la cabeza.

-Ahora no Bill, ahora no. En estos momentos, sólo quiero irme a dormir, y pensar que todo ha sido una pesadilla… -sentenció.

Asentí.

-Vente a mi cabaña otra vez, no soportaré estar durmiendo y pensar que podrías volver a estar mal. – dije, sin pensármelo dos veces.

-Cómo quieras, pero… Ya me he calmado. Quería verte porque… Porque sabía que contigo me tranquilizaría. Sólo contigo.

Le sonreí cómplice.

-Vámonos.

.

Llegamos al cavo de unos veinte minutos, caminando a paso lento, sin apenas decirnos nada, y con las manos entrelazadas. La tensión era notable, pero aún así se podía soportar.

Ambos nos desvestimos y con solamente los calzoncillos puestos, nos metimos en la cama, nos abrazamos fuerte, y yo empecé a besarle el cuello y el pecho. Finalmente le besé en la boca y finalmente puse mi espalda contra su pecho. Él apoyó su cabeza en mi hombro y sentimos que el sueño nos empezaba a invadir.

Pero de pronto, me desperté sobresaltado.

-Eh… – le llamé, haciendo que este también se despertara de golpe- Que… Yo también creo que te quiero. – le dije, bajito y tan rojo que seguro que aún teniendo las luces apagadas, Tom lo había notado.

-Oh… Mierda, ni se te ocurra recordarme todo lo que he dicho. – dijo, consciente de lo cursi que había llegado a ser. No pude evitar reírme – Como se te ocurra mencionar lo más mínimo… ¡Te capo! Y así habremos acabado con el dilema de quién es activo o pasivo. – sentenció. Volví a reírme, había sido ingenioso.

-Buenas noches Tom… – le deseé.

-Buenas noches, baby.

Continúa…

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