VIII: Cuddles & hugs, kisses & fuck I

«Basorexia» Fic de Haruxita

Capítulo 8: Cuddles & hugs, kisses & fuck (P.1)

Bill gemía quedito, con esa especie de ronroneo sexy que ponía su sangre a punto de ebullición. El deseo no concretado de besarse lograba el comprensible efecto de maximizar hasta el más sutil de los roces.

Tom debió detenerse rato atrás, antes de que el chupetón en el cuello de Bill se hiciera acusadoramente notorio, también habría sido recomendable que mantuviera sus las caricias alejadas de las áreas bajas. Pero controlarse siempre era difícil cuando se trataba de su Mauschen.

Los dedos juguetones entre sus rastas elevaron su temperatura, deseó que esa estúpida prohibición acabara pronto. Pero el que acabó en ese momento fue Bill, corriéndose en su mano.

Providencialmente, segundos más tarde sonó el timbre.

Antes de ir a atender la puerta Tom recogió la camiseta del otro chico, que estaba tirada en el piso y se limpió la corrida reciente.

La sonrisa satisfecha con que abrió la puerta se convirtió en un segundo en un gesto de desagrado. El hombre de pie en el porche era la última persona que esperaba (y deseaba ver) en ese o cualquier otro momento.

¡Cuánto has crecido! Con tu madre te hemos extrañado mucho.—Tom se quedó de piedra, parado en la entrada sin saber muy bien cómo reaccionar.—¿No vas a saludar a tu padre?

Tom frunció el ceño, abrió la boca, luego la cerró y la abrió nuevamente. ¿Qué hacía ese hombre en su casa?

Sé que tuvimos algunos desencuentros en el pasado, pero aún estamos a tiempo de arreglarlos.—Tom se jaló una de sus rastas, mirando hacia el interior de la casa, incómodo y un tanto nervioso.—¿No me invitas a pasar?

El rostro sonriente de su Mauschen se asomó por el pasillo, este se abrazó a su cintura y le besó la mejilla al llegar junto a él.

La mirada de su padre fue del cabello revuelto, al rostro maquillado, pasando por el torso desnudo hasta la franja de bóxers que se asomaba por el jeans desabrochado.

Él no tiene aspecto de repartidor, Tomi. —señaló, agregando con entusiasmo—Si no llega en ocho minutos la pizza es gratis.

Jorg Kaulitz sumó dos más dos, su rostro enrojeció haciendo patente su cólera. Cogió a Tom de sus brazos y lo azotó contra la pared.

¡Finalmente te convertiste en lo que tanto temía! ¡Eres un puto, un asqueroso maricón! ¡Me avergüenzas, me das asco! Eres un maldito maricón, igual que tu hermano. Ya no tengo hijos, ambos están muertos para mí. ¡Un asqueroso puto!

Tom gritaba asustado en medio de los zarandeos, hasta que consiguió abrir sus ojos y se encontró con el rostro asustado de su hermano

Intentó en vano convencer a Nick de que estaba bien, su aspecto refutaba sus palabras, tenía los ojos llorosos y temblaba como una hoja en otoño.

Una prueba de lo asustado que se encontraba fue que no apartó a Nick cuando este le dio uno de sus abrazos de oso.

Al igual que hizo el día que fue a por él a la estación de policía, el adulto lo dejó llorar en silencio, sin dejar de frotar suavemente su espalda

Tom sabía que su pesadilla se debía a aquel acto reprobable que había cometido con Trümper la tarde anterior. El Jorg de su sueño era una manifestación de su subconsciente, echándole en cara su grandísima falta.

No fue sino largo rato después que consiguió calmarse, su hermano se ofreció a hacerle compañía lo que quedaba de noche pero él se negó. No era una nenita como Trümper, que dormía con su hermano cuando estaba asustado y hasta se besaba con él. Él era todo un hombre, y cómo el hombre que era enfrentaría sus pesadillas, sólo.

~*~

Tom estaba teniendo unos días bastante pesados. Tenía que aguantar en casa que su hermano —con una sonrisa permanente en el rostro— tarareara en todo momento la misma aburrida melodía que él ni siquiera conocía.

La señora Trümper y su hermano no se habían hecho novios, como el idiota pensaba, pero era casi como si lo fueran. Nick se veía más enamorado que nunca.

Tom sabía que era solo cosa de tiempo para que esa relación se formalizara, el modelo parecía dispuesto a todo con tal de tener a su hermano. Lo que Tom no conseguía comprender era: ¿Qué demonios lo detenía? A esas alturas medio Berlín sabía que Nick Kaulitz suspiraba, comía y dormía por Valentino Trümper. ¿Por qué no simplemente este no tomaba lo que le pertenecía? ¿Qué carajos esperaba? Tom no tenía un pelo de ingenuo para creer que el modelo había tomado en cuenta su opinión y esperaba su anuencia. (Aunque estaba haciendo considerables méritos por ganar su favor).

Tom dejó a su hermano disfrutar de su nubecita de felicidad.

Que él aun tuviera varios reparos con respectos a esa relación no implicaba que fuera a «hacerle la guerra» al mayor de los Trümper, al menos no de forma directa. Una cosa que el modelo dijo este esa noche de la cena le había conmovido: él al igual que Tom deseaba que su hermano fuera feliz, de una vez por todas.

Nick merecía que ese gran caudal de amor que prodigaba le fuera devuelto en la misma cantidad e intensidad, sino más.

Tom NO se estaba ablandando por esa fabulosa biblioteca, ni el libre acceso a la casa Trümper. Seguía sin confiar en ese hombre, pero lo dejaría actuar y observaría con atención, preparado para defender a su «bro» ante el primer traspié del señor elegancia.

Además, otros asuntos ocupaban su mente por esos días…

Luego del susto de muerte que se llevó la madrugada del martes,  las palabras de su padre se repetían sin descanso en su cabeza, derribando de un mazazo la placentera sensación que lo embargaba cada vez que el recuerdo de los mimos y los besos de su Mauschen asomaban por sus pensamientos.

Y habría continuado atormentándose sin descanso, de no mediar la oportuna intervención de Pauline.

~*~

El miércoles lo pilló buscando la mejor excusa para escaquearse de la terapia.

De alguna manera presentía que Pauline lo sabría nada más verlo. Como si de algún modo llevara la ignominia tatuada en su frente.

Finalmente acudió, únicamente porque cualquier ausencia suya sería reportada sin dilación a su tutor y si había algo que Tom no quería era preocupar, aún más, a su hermano.

La mujer tenía un agradable timbre de voz y una forma calmada de expresarse que conseguía que él, sin proponérselo, bajara sus revoluciones y se abriera lentamente.

La sesión fue agotadora. Después de lo ocurrido esa madrugada creyó que no le quedaban lágrimas, pero su cuerpo no dejaba de sorprenderle.

Entre sollozos lo confesó todo, su encuentro sexual con Trümper, sus sentimientos confusos, la sensación de plenitud y entrega en el momento culmine y el terror que lo embargó como consecuencia de su sueño, al racionalizar su falta.

Más que una expiación fue una suerte de vómito verbal. Precisaba expulsarlo de su sistema, puesto que se estaba sofocando y si no lo descargaba en terapia explotaría. Hacerlo ante Nick era mil veces peor.

Su terapeuta repitió aquellas frases que se habían convertido casi en un mantra: «Tom, explorar tu sexualidad no es algo de lo que debas avergonzarte. Es absolutamente natural a tu edad, y saludable si lo realizas con responsabilidad. La culpa que experimentas no es más que un remanente de la formación entregada por tu padre, y ese sueño lo deja muy en claro”.

Se sintió un poco traicionado cuando la mujer le hizo oír un fragmento de audio: «…él tiene la sonrisa más bonita del mundo, cuando sonríe sus ojos brillan y lo iluminan todo. La vida es una mierda, pero cuando me mira y sonríe de esa forma, casi vale la pena vivirla».

Eran sus palabras, un par de sesiones atrás, en un momento de debilidad.

«Sea cual sea el sentimiento que despierte ese chico, consigue que aflore lo mejor de ti. —concluyó su terapeuta|— No lo reprimas por el  odio que tu padre implantó. No te hagas cargo de sus propios prejuicios y temores».

La manera simple y directa en que ella le explicó su situación se le hizo tan coherente. Lo que Tom no necesitaba en ese momento era una etiqueta sobre su frente.

Pauline de cierta manera había dejado la puerta abierta al darle «permiso para experimentar».

Lo que Tom más temió, meses atrás cuando les comunicaron el diagnóstico, fue que su psicóloga lo acosara de forma implacable para obligarlo a asumir una hipotética homosexualidad (por esos días él estaba convencido de que lo suyo era nada más que calentura, una calentura específica y concreta por Bill  Trümper)

Sin embargo la mujer no imponía sus ideas —algo a lo que el chico estaba habituado que hiciera la gente a su alrededor—, la mayor parte del tiempo sólo oía y tomaba notas, esporádicamente formulaba una pregunta. Solo daba su opinión al final de la sesión, a modo de corolario y para darle su «tarea» para los días faltantes hasta la siguiente sesión.

Antes de dejarlo marchar la mujer sacó una piruleta del primer cajón de su escritorio, de las que reservaba para sus pacientes más pequeños y se la regaló. Tom iba a protestar, odiaba con todas sus fuerzas ser tratado como un crío, además estaba todo ese asunto del «refuerzo positivo», él no era ningún perro entrenado al que se premiaba con una golosina tras hacer un truco. Pero la piruleta era de cereza, y él no podía resistirse a nada que supiera a cereza.

Él no iba a andar por la casa sonriendo bobamente de la nada, pero ahora que Pauline le había proporcionado calma volvía a atesorar sus encuentros con su Mauschen.

~*~

Él siempre ha sido reacio a los achuchones y besos de Val cuando regresaba de alguno de sus frecuentes viajes. Ahora lo comprendía, Bob Marley le hacía sentir así.

Era casi de conocimiento general que por las venas del desangelado y temperamental top model fluía sangre fría y que en su pecho cargaba un bloque de hielo en lugar de corazón

Bill se descojonaba cada vez que se topaba con algún artículo en una revista de moda o chismes en un programa de farándula. Ellos no conocían al verdadero Val como él lo hacía

No sabían cuan meloso, casi al punto del hostigamiento, podía llegar a comportarse su hermano con quienes realmente le importaban.

Nunca lo había visto saltar desacompasadamente de entusiasmo, ni acurrucarse como un gatito cuando se sentía melancólico

Bill no era de mimos, por ello no comprendía que rayos le sucedía con el idiota de Bob Marley que le despertaba una incomprensible ternura y le daban ganas de achucharlo.

No se había sentido de esa manera por nadie, nunca.

Siempre había tenido a un pequeño ejército de personas ocupándose de su bienestar, su hermano a la cabeza, seguido de Hitomi, Markus, Denis, Saki, inclusive Isabella.

Siempre fue el pobre chico al que había que cuidar (por ello fue un cambio agradable cuando Val autorizó a Markus a enseñarle autodefensa).

No entendía por qué de pronto la seguridad del idiota de Bob Marley le importaba tanto  No se explicaba cómo fue que sucedió, solo pasó.

Quizás fue el momento en que vio al chico enterrado en su miseria y se dio cuenta que estaba solo, acorralado y sin esperanza.

Con Val era diferente. No era un iluso, nunca fue capaz de protegerlo del dolor, ni evitar que le rompieran dos veces el corazón.

El resto del tiempo, su hermano era completamente autosuficiente. No lo necesitaba como su guardián

Y ahora tenía a ese tonto de Nick…

¡¡¡El sujeto había cruzado medio bosque cargándolo sobre su hombro por todos los…!!!

No podía culpar a Val por haberse enamorado de él. Muy en el fondo, su hermano aun creía en el príncipe encantador

Y ahora lo había encontrado.

Un príncipe torpe y despistado, que haría cualquier cosa por él

Por otra parte, el idiota de Bob Marley no tenía a nadie que cuidara de él

Estaba su hermano, que lo había acogido en su casa. Pero, según Bill lo veía, Nick trataba a Bob Marley como a un niño.

Si, había cariño y preocupación, pero Bob Marley no necesitaba condescendencia. Necesitaba de alguien que se ocupara de él, como un igual.

Él nunca fue del tipo obsesivo o controlador con sus nov…

No quiso hacer esa analogía, Bob Marley no era su novio. Era un amigo cercano y muy querido que llevaba días sin dar señales de vida el muy cabrón

No se había aparecido por casa en toda la semana y apenas contestaba sus mensajes.

No quería pensar que su ausencia guardaba alguna relación con lo ocurrido el lunes por la tarde.

Al marcharse se veía bien, alegre. Más que eso, parecía como si se hubiera quitado una gran mochila de su espalda.

Sin embargo después de eso el chico se había esfumado.

Bill se preocupó, la figura autoritaria de su padre aun pesaba en su vida. Temió que el chico se estuviera torturando por haber cedido a sus caricias.

Él había hecho lo que creyó conveniente en ese momento, Bob Marley precisaba liberarse de su estrés y angustia. Bill no conocía mejor forma de vencer los miedos que enfrentándolos.

Temió haber cometido un gran error.

~*~

Sábado por la mañana significaba dos cosas para Tom.

Una de ellas era la culpable de que subiera las escaleras que conducían a la terraza de los Trümper con paso ligero y el corazón aleteando enérgicamente en su pecho.

La segunda le dio la seguridad de que disponía de casi todo el día para pasarlo con Trümper sin interrupciones.

Esperó que el moreno no se tomara su tardío mensaje de la noche anterior: «¿Podemos vernos mañana?» como una muestra de cuán desesperado estaba por verlo.

Porque no lo estaba.

De verdad.

Los cinco días en que no se vieron transcurrieron en un parpadeo, estuvo demasiado ocupado como para perder tiempo dedicándole un pensamiento, una paja o un completo sueño húmedo al otro chico.

Apenas si notó su ausencia, no echó en falta su sonrisa maliciosa, ni sus dulces labios sobre los suyos.

¡Qué tontería!

¿Por qué haría algo así? Su vida no giraba en torno a Bill Trümper, el chico era tan sólo un amigo cualquiera. La gente no piensa en sus amigos empleando ambas manos mientras está en la ducha, ni acarician su rostro tamaño 3:1 pintado en el muro de su dormitorio.

Los simples amigos tampoco sonreían como idiotas al reencontrarse tras casi una semana sin verse en persona.

—¡Entra, el agua está deliciosa! —le invitó el anfitrión, agitando un brazo, antes de nadar hasta la orilla más cercana, yendo a su encuentro

—¡Dejé el traje de baño en casa!—Explicó brevemente, sentándose en el césped junto al borde de la piscina.

Estiró los bajos de su camiseta de modo que cubrieran sus rodillas, ante el cuerpo mojado de Trümper cualquier previsión resultaba insuficiente.

—No lo necesitas, ya he visto lo que hay bajo tu ropa, no es la gran cosa. —replicó, guasón, salpicándolo de agua.

La maniobra no le sentó nada bien al de rastas, el cloro en su cabello siempre era un problema.

En venganza contra tan alevoso ataque, Tom intentó zambullirlo, pero el moreno se movía bastante bien en el agua y se alejó entre risas y chapoteos—»No seas rencoroso, Bob Marley»

Después de varios tiras y aflojas, Bill ganó la partida y consiguió tirarlo al agua.

—Eso no hubiera sucedido de haberte quitado la ropa cuando te lo sugerí. —terció, ante sus quejas por sus ropas empapadas. Asiéndolo por la espalda, con innegable diversión.

Tom agradeció que el agua estuviera lo bastante helada para que su cuerpo no evidenciara las reacciones que la excesiva cercanía del moreno provocaban normalmente en él.

Sin embargo, si continuaban juntos en el agua no se responsabilizaba de sus actos. Por lo que, usando sus rastas como excusa, salió prontamente de la piscina. 

~*~ 

Bill probablemente se metería en problemas más tarde, cuando alguno de los adultos encontrara el sendero de humedad que ambos trazaron desde la terraza hasta su habitación. Pero el chico no estaba pensando en las consecuencias de sus actos en ese momento, sino en el último y enigmático mensaje que su amigo le envió:

«Tenemos que hablar».

Esas palabras, una suerte de clave universal para las malas noticias, lo tenían en vilo desde la noche anterior, por el mismo motivo regresó muy temprano de casa de Georg esa mañana.

Sea lo que fuere, Bill tenía el temor de que no le agradaría averiguarlo.

Mientras Tom se metía en la ducha él buscó en su armario algo que el otro chico pudiera usar. Sin embargo toda su ropa era del mismo estilo, negra y ajustada, nada que su amigo hubiera usado en su vida.

Una sonrisa maliciosa apareció en su rostro al toparse en uno de sus cajones con una camiseta en particular: «la camiseta». Aquella que Bob Marley le prestara la tarde que se encerraron en la cava.

Meses después el chico aun no la reclamaba, Bill supuso que este se marchó demasiado ebrio como para recordar que él la tenía en su poder. Pasó de la prenda y continuó buscando, tramando una pequeña travesura. Por fin su curiosidad sería saciada, siempre se preguntó cómo luciría el chico de rastas con ropa «normal».

Dejó las prendas seleccionadas sobre el vanitorio, junto a ropa interior, calcetines y zapatillas. Metió la ropa mojada en el cesto de la ropa sucia y se la llevó al cuarto de lavado.

Pero Bill jamás había realizado ninguna labor doméstica por su cuenta, los temores desmesurados de su hermano mayor de que pudiera accidentarse primero, y su pereza más tarde dieron como resultado que no supiera siquiera cómo echar a andar la secadora.

Y ahí estaba, desconcertado porque el aparato en cuestión surtía agua copiosamente y, por más que él presionaba botones, no conseguía cancelar el programa.

—¡Nooo! ¿Qué haces? ¡Debes secarla! ¡¿De dónde rayos sale tanta agua?!

No le agradó el sonido que la máquina producía. Sin embargo, no quiso pedirle ayuda a Hitomi y quedar como un inepto ante Bob Marley, quién de seguro no desperdiciaría la ocasión para tratarlo de «niña bien». Pero tuvo que reconocer que las labores del hogar no se le daban bien, mejor dicho no se le daban, a secas.

Por fin oyó pasos a sus espaldas y exhaló con cansancio, si no quedaba más remedio se tragaría su orgullo.

—¡Kuroki saaan! —Gimoteó, volteándose— ¡La secadora se descompu…!

—La secadora es la de la izquierda.

El recién llegado, como pudo comprobar con decepción, no era quién esperaba

—Ahh, eres tú.

—¿Aun estás enojado conmigo?

Bill se puso a la defensiva de inmediato, cruzándose de brazos y mirando a cualquier sitio menos al rostro del adulto, pese que este le ofreció su ayuda.

—Supongo que puedes deducir la respuesta fácilmente.

—¿No te parece que el berrinche por ese delincuente ha ido demasiado lejos?

—No es un berrinche.—alegó, aunque su gracioso mohín de enfado no ayudaba mucho a borrar esa impresión — ¿Y quieres dejar de llamarlo así?  No lo conoces.

—Tú tampoco, Bibi. Yo sólo quiero evitar que te haga daño.

—¿Actuando como uno de los gánsters de las películas viejas que le gustaban al abuelo? Y no necesito que me cuides, se hacerlo muy bien, tú me enseñaste. —eso último lo agregó entre dientes y desviando la mirada.

—No lo pongo en duda. Es este tipo de heridas las que me preocupan.

Bill se sonrojó cuando el índice del adulto tocó suavemente su pecho.

Era irónico y cruel que precisamente Markus hablara de corazones rotos.

—La ropa es de Bob Marley—escupió, cambiando bruscamente el tema— ¿aun así quieres ayudarme?

Markus no respondió, al menos no con palabras, programó la lavadora en silencio y se marchó con un: «Probablemente me odies ahora, pero todo lo que hice fue para protegerte. Cuídate, por favor».

La charla no había durado mucho, pero le dio a Bill aún más en que pensar.

~*~

Cuando regresó a su cuarto Tom estaba vistiéndose ante el espejo de pie, con sus rastas esponjadas y ropa varias tallas menos de la acostumbrada, sin embargo tuvo que hacerle dobladillo a los pantalones porque le iban un poco largos. A Bill le semejó un huerfanito, un adorable huerfanito de cachetitos rellenos

Recordó la primera vez que lo vio. Le había parecido tan lindo, con su carita de muñeca y ademanes ampulosos.

Hasta que al día siguiente tuvieron su primer encontrón en los pasillos y todo se fue a la mierda.

El moreno suspiró, Bob Marley era un gran farsante.

Ahora que tenía ante él al chico lindo y de apariencia desvalida, completamente desprovisto de su fachada de malote, todas las piezas calzaron en su cabeza. Bob Marley debía recurrir a las ropas de mafioso para cubrir su cuerpo esmirriado, así como su lenguaje soez y ademanes intimidantes tenían como objeto desviar la atención de la dulce expresión que dejaba entrever cuando estaba feliz o calmado.

El chico se percató de que estaba siendo espiado y lo increpó con acritud, como era lo usual, rompiendo la magia del momento.

—Déjate de mariconeos, llevas rato mirándome el culo.

Bill tuvo que reconocer que, aunque su contextura era escuálida, el chico tenía un trasero digno de admirar.

Pero no iba a darle a Bob Marley el gusto de pavonearse de ello.

—El mérito le pertenece por completo a mis pantalones, crean el engañoso efecto de que tienes buen culo.

Había una respuesta fácil, rápida y borde para ese comentario —«Lo que explica por qué los compraste»—. Pero las palabras de Pauline aun rondaban su cabeza. Experimentar un poco no lo convertiría en marica, era solo una etapa natural de la adolescencia. ¿Verdad?

Pudo notar claramente el instante en que sus mejillas se encendieron cuando la respuesta alternativa cruzó por su cabeza.

—¿Me estás coqueteando?

El cambio en el semblante del moreno fue casi gracioso, de desafiante y divertido pasó a asombrado para detenerse en «malicioso».

—¿Por qué? ¿Te pongo nervioso?

«Cuando me miras de esa forma, me pones más nervioso que la mierda».

Pensó, pensamiento que jamás saldría a la luz.

Chasqueó la lengua y se cruzó de brazos, ufano. —Hace falta mucho más que un marica en plan cachondo para ponerme nervioso.

Su corazón emprendió una apresurada carrera cuando el moreno se acercó despacio, vestía solo su traje de baño pero irradiaba una seguridad que Tom envidió. El otro hico se mordió el labio inferior y con una coqueta caída de párpados hizo que sus rodillas perdieran fuerza.

—No lances un desafío si no estás dispuesto a llegar hasta el final, Bob Marley.

Tom tragó saliva. Sus oídos zumbando por culpa de los nervios.

—¿Quieres averiguar qué tan lejos puedo llegar?

Bill dudó. No quería que las cosas entre Tom y él se pusieran raras por culpa de un tonto juego de egos. Pero era solo eso, un juego, un inocente coqueteo sin consecuencias.

Ya se habían besado (incluso metido mano) con anterioridad, un simple beso no tendría por qué cambiar las cosas.

Si una horda de hormigas salvajes hubieran recorrido el cuerpo de Tom, de pies a cabeza, no habría sentido tantos escalofríos como los que le acometieron los escasos segundos que Bill tardó en llegar frente a él y…

No pudo controlarse… Sencillamente no hubo fuerza en el mundo que evitara que cerrara sus ojos y jadeara cuando el tarado de Trümper metió los dedos entre sus rastas recién lavadas y le acarició su cabeza con sus yemas, tocándola apenas.

—No eres rival para mí, Bob Marley. Mejor te evitas el papelón y te rindes.

Tom se encontró por primera vez sin saber que táctica emplear para seducir a alguien, aunque fuera en tono de chanza. Trümper no era una chica, parecía, pero no lo era. Le constaba bastante bien. Los conocimientos que poseía de él no le eran de ayuda en esa área.

Lo tomó con suavidad de la barbilla, rozó sus labios (agradeciendo que Bill aun anduviera descalzo, de esa manera la diferencia de estatura no era tanta), al contacto el moreno entre abrió sus labios. Tom se tomó un momento antes de musitar bajito y muy calmo: —Me debes un móvil nuevo.

Bill se mostró desconcertado por un momento, luego reaccionó riendo y le dio un suave golpe de puños en el hombro.

—Bien jugado, Bob Marley.

~*~

Bill se cambió de ropa para ir al centro comercial y Tom quiso creer que el vestuario lo escogió específicamente para enloquecerlo (y lo consiguió).

Los accesorios de cuero y sus cadenas le daban morbo. El contraste que se producía entre su rostro angelical y lo agresivo de su atuendo no era más que una proyección del mismo chico, que podía ser tanto dulce y comprensivo como violento y vengativo.

Tom no podía dejar de mirarlo y Bill se valía de ello para continuar con su juego. Iba perdiendo sonadamente, pero había dejado de importarle el resultado hacía mucho. Así de embelesado se encontraba.

~*~

Ya con el nuevo móvil en su poder regresaron al pent-house, no se encontraba en condiciones de permanecer más tiempo en público, ni siquiera para ir por una pizza al patio de comidas. (Por causa de su antiguo trabajo acabó cogiéndoles manía a las hamburguesas).

Bill no había parado de hablar desde que salieron de casa, siempre inseguro sobre sus dotes de conquista. Estaba convencido de que el de rastas lo vencería en ese desafío. No dejó de sentirse como un actor, un mal y sobreactuado actor. Bob Marley tenía más experiencia en ello, él seducía chicas todo el tiempo y no experimentaba culpa al dejarlas tiradas. Él no, seducir le requería esfuerzo y no lo desperdiciaba en cualquiera.

No en pocas ocasiones se arrepintió de haber lanzado ese tonto desafío, sin embargo su orgullo le impedía retractarse.

Finalmente Bob Marley se detuvo frente a la puerta principal de su edificio. ¿Era todo, no? ¿El juego acababa ahí? ¿Bob Marley se marchaba a su casa, él subía a la suya y no se volvía a tocar el tema?

Bill se mordió el labio. ¿Por qué apestaba tanto en eso? Su hermano ya tendría al chico en cuestión comiendo de su mano y piando si se lo ordenaba. Pero no era Valentino Trümper, era sólo Bill. Y Sólo Bill no tenía ni puta idea de cómo enloquecer de deseo a un chico.

Y se rindió. No era un juego divertido para jugar de todas maneras.

—Puedes regresar cuando quieras por tu ropa —terció, desabrochando el cinturón de seguridad para bajar cuanto antes de «Zorra».

—¿Puede ser ahora? Si Nick me llega a ver vestido así tendré que dar muchas explicaciones.

Tom también iba serio, no le sostenía la mirada y evitó hacer cualquier broma sobre su ropa.

Bill accedió y «Zorra» descendió suavemente hasta el estacionamiento subterráneo.

Sería breve, sólo tomaría sus ropas y se iría.

~*~

Mientras Bob Marley se cambiaba de ropa, encerrado en su vestidor, Bill aprovechó de curiosear en el nuevo móvil de su amigo

Aun le dolía la substancial mengua en sus ahorros. Pudo pagarlo con su tarjeta de crédito, pero su hermano controlaba minuciosamente cualquier gasto superfluo y un IPhone nuevo (cuando el suyo tenía apenas una cuantos meses) sería un gasto más que llamativo que no tenía manera de justificar sin meterse en problemas.

Bob Marley abrió ambas puertas de forma teatral y se estiró hasta hacer crujir sus falanges. —¡¡Por fin vuelvo a ser yo mismo!! Me sentía disfrazado con tu ropa.

Bill no estaba de acuerdo, ese atuendo de maleante daba una idea errónea del chico de rastas. Bob Marley estaba más cercano a ese niño vergonzoso que, un par de horas más temprano, le cogió una sudadera pese a ser verano, para ocultar sus brazos delgados.

 Si alguien le preguntara, Bill respondería que prefería al otro Bob Marley, al que se sonrojó cuando él le besó su mano lastimada y se atrevía a mostrar su debilidad ante él.

Su amigo dejó la ropa que se había quitado en un ordenado montoncito sobre la cama y cogió la bolsa con su nuevo móvil, que Bill había regresado a su lugar antes de que este notara su intromisión.

Tom se jaló una rasta y jugó un rato con su piercing con la lengua, como si fuera a decir algo pero no se atreviera. Bill suspiró, sabía que algo así podía suceder. Bob Marley nunca antes había dudado al momento de despedirse.

Para ponérselo sencillo se acercó y le dio el usual besito en la mejilla. Nada había cambiado entre ellos dos luego de lo sucedido el lunes pasado, no quería que el otro chico se distanciara por su culpa. Incluso temió que su ausencia la semana anterior se debiera a esa causa, se obligó a pensar que estaba ocupado, estudiando para aprobar la prueba en su nuevo empleo. Deseó que lo consiguiera, aunque eso significara que ya no lo visitaría tan seguido, se veía muy entusiasmado con eso.

Lo escoltó al ascensor en silencio, él no hizo mención al trabajo, bien podía haber comenzado y Bill sin enterarse. Apretó los puños a los costados, enterrándose las uñas en las palmas, tal vez si había jodido las cosas entre ellos. Debió ser más cuidadoso, debió considerar cuán paranoico era Bob Marley con respecto a su sexualidad. En su momento le pareció lo más acertado, ahora ya no estaba tan seguro. Supuso que pedir disculpas sólo agravaría la falta.

Una vez se cerraron las puertas se quedó parado ante el ascensor, sintiéndose como mierda. Ya no había nada que pudiera hacer para remediarlo. Dio media vuelta, y enfiló cabizbajo hacia su cuarto cuando la campanilla del ascensor se dejó oír.

—Dejé mi mochila en el estudio. Tengo las llaves de casa dentro, no quiero quedarme dando vueltas con “Zorra” por todo el barrio hasta que Nick regrese.

Tom lanzó esa parrafada corriendo hacia el nivel superior, Bill no pudo evitar sonreír, Val «secuestraba» al jodido veterinario cada sábado y no lo liberaba hasta bien entrada la tarde.

Corrió tras él, tenía algo urgente que preguntarle y no era ni remotamente el que hacía su mochila en el estudio de Val.

—¿Podrías decirle a tu hermano que no los guardé por qué no supe dónde iba cada uno?— pidió, en cuanto Bill puso un pie en la biblioteca.

—¿Por qué no usaste el catálogo?

—No estaba encima del escritorio, no quise… ¿Podrías decirle, por favor?

El moreno asintió despreocupadamente. Al menos eso resolvía el misterio de la mochila perdida. Pero había algo que moría por saber y no lo dejaría marcharse sin averiguarlo.

—Si devolviste los libros supongo que ya te hicieron la prueba.

—Sip, ayer por la tarde.

La enorme y espontánea sonrisa de Bob Marley disipó su duda. Bill estiró sus labios en una sonrisa forzada, debía alegrarse por su amigo, aunque ello significara que de ahí en más lo vería muy poco.

Se adelantó a abrazarlo y murmuró «te felicito».

Mierda, extrañaría tanto ver a ese idiota a diario.

—Aun no te he dicho como me fue.

—No es necesario, eres demasiado evidente. Ahora, ¿vas a decirme de que va ese fantástico empleo super misterioso, o tendré que espiarte para averiguarlo?

Bob Marley rio, haciéndole cosquillas en su oído.

Él no se apartó y Bill no tenía intenciones de soltarlo todavía.

Pocas veces… nunca antes, Bill lo vio tan entusiasmado con algo. Le contó sobre su vecino anticuario, un tanto misántropo, y cómo por casualidad se enteró de que su anterior aprendiz había renunciado.

Necesitaba el dinero y aunque no tenía experiencia en restauración esperaba cobrarle la palabra al sujeto. Si es que este aun lo recordaba.

Tobías estuvo más que dispuesto a darle el trabajo, pero las simpatías que Tom le despertaba no lo salvaron de ser sometido al conducto regular. Tobías requería una demostración, más que de sus conocimientos, de su real interés y compromiso para con el taller.

—No estaba seguro de lograrlo, había mucho por aprender en muy poco tiempo. Y para colmos me equivoqué en una tontería, pero supongo que hice algo bien, porque tengo el empleo.

Relató, entusiasmado, con esa sonrisa que le marcaba los hoyuelos.

Al verlo tan feliz, Bill se sintió culpable por querer retenerlo a su lado.

—¿Y cuando empiezas?

—Mañana.

—¿Mañana? ¿Mañana domingo?

—No hay problema, el taller está en su casa, eso es a una cuadra de la mía, además…

—¿Además?

Bob Marley se mordió el labio y aflojó los brazos que rodeaban su cintura. Bill no tuvo más alternativa que dejarlo ir.

—Comenzaba hoy, pero tenía un compromiso importante esta mañana y tuve que negociar con él.

El estómago de Bill dio una voltereta, le asustó como sonó aquello. Comenzó a hiperventilar, necesitaba hacer algo que rompiera el momento.

—Déjame adivinar. ¿Tuviste una cita con una chica antes de venir hacia acá? —bromeó, intentando quitarle seriedad al asunto.

—Una pelirroja de tetas enormes.

Bill rió con nerviosismo, no muy seguro de si deseaba averiguar la verdad.

—¿Entonces, no te veré hasta el…?

No quiso sonar desesperado, pero la semana anterior se le hizo interminable y la certeza de que el resto del verano transcurriría de la misma manera se le antojó agobiante.

Trümper no podía hacer comentarios tales como «me dejaste tirado toda la semana» o «¿entonces ya no tendrás tiempo para mí?» y esperar que él no reaccionara en absoluto

Máxime luego de lanzar ese desafío y luego pasarse toda la tarde jugando a coquetearle.

Tom ya había perdido el control en su presencia, el moreno sabía lo que era capaz de provocarle.

Y sin embargo continuaba…

Con sus largos y hermosos dedos manicurados enrollándose en su camiseta, jalando despacito, y rogando por qué no lo abandonara ahora que su tiempo sería más que escaso a causa de su reciente empleo.

Se odió por no tener los cojones de confesar la verdad desnuda y verse obligado a maquillarla.

—Pedí las mañanas de miércoles y sábados, pero tengo compromisos que cumplir.

Trümper había suspirado y estirado sus labios en un triste pucherito.

—Supongo que no soy competencia para tus chicas.

—No es mi culpa, esta polla tiene vida propia.—acotó, por acto reflejo.

Tom soltaba ese tipo de frases hechas todo el tiempo, era parte de su impostura como Player.

Lo que él quería decir en realidad era que no había chica alguna, que él…

¡Joder!

 Siquiera pensar en mencionar la terapia estaba fuera de discusión,

Mucho menos contarle que él habitaba en cada uno de sus sueños húmedos, que la erección del lunes pasado no fue un hecho aislado y que él…

Que él también sufría cuando estaban mucho tiempo separados, solo que sus motivos eran muy diferentes a los del moreno

Y no guardaban relación —al menos no del todo— con las palabras de su psicóloga

Porque aunque pensaba en sexo todo el día (con él específicamente), su mayor temor no provenía del interior de sus pantalones, sino de la forma en que se aceleraba su corazón cuando recibía un mensaje de su parte u olía a cerezas.

Intentar odiarlo, borrarlo del mapa, olvidarse de su existencia no había funcionado. Y ahora que ambos se habían convertido en una parte importante del otro, Tom se sabía perdido por ese chico.

—Procuraré desocuparme pronto, sé que no puedes vivir sin mí.—Bromeó a sabiendas que la situación era exactamente a la inversa.

Pauline le aconsejaba dejar atrás las culpas y el propio Bill cuestionó la necesidad de reprimir sus deseos

Tom cargaba con un infierno dentro de su mente, donde quiera que fuera. Hacer exactamente aquello que venía deseando desde que llegó a casa de los Trümper esa mañana no aliviaría su sufrimiento, pero ya que estaba pagando el precio por ir contra de las enseñanzas de su padre, tomaría lo que anhelaba con fervor

Mordió el carnoso labio inferior que lo estuvo tentando todo el día y cogió las manos que aferraban la camiseta entre las suyas

Trümper no se lo impidió, sólo reaccionó con algo de sorpresa, para luego dejarlo a cargo. Esta vez Tom fue él de la iniciativa y el moreno sólo se limitó a responder las caricias

Tal vez su padre tuviera razón y él no fuera más que un asqueroso marica,

Apartó esos pensamientos, ya habría tiempo para torturarse, más tarde en casa.

En ese momento, solo importaba el aquí y el ahora,

Sin separarse de sus labios, Trümper le quitó la gorra y la bandana y las dejó caer al piso. El bendito moreno lo besaba con tantas ganas que por un momento Tom quiso creer que él también esperó con ansias ese momento.

Tom realmente no tenía puta idea de cuando se verían nuevamente, lo que dijo anteriormente era cierto. Tobías le concedió dos mañanas libres a la semana, pero apenas el tiempo necesario para ir a terapia.

Con esa idea en mente y la necesidad de llevarse la sensación del tacto en su piel, su sabor, sus olores, fue que sus caricias se tornaron más demandantes a cada momento.

Si al menos el moreno hubiera opuesto aunque fuera la menor resistencia, a Tom le habría fallado el coraje para llegar tan lejos.

Pero el lenguaje corporal del otro chico lo alentaba de forma silenciosa, acariciando las raíces de sus rastas, en la forma que descubrió recientemente le causaba gran placer.

Casi tanto como los escalofríos de electricidad que recorrían su polla, ya despierta, al rozarse contra la entrepierna del otro chico en cada vaivén de sus caderas.

Trümper tenía un trasero pequeño, blanco de las burlas de sus amigos, las que Tom oyó en más de una ocasión. Pero para él tenía el tamaño adecuado para sus pequeñas manos

El beso fue muriendo despacito, con leves roces. La indefectible expresión maliciosa del moreno consiguió que su pulso se disparara. Ese rostro era el preludio a una enorme travesura y Tom quería hacerlo, con todas sus fuerzas

Trümper se apartó del abrazo y lo guió de la mano hasta el sofá más cercano.

Todo lo que Tom podía sacar en claro del barullo que había dentro de su cabeza era: «Mierda, sí; ¡si, por favor!»

A diferencia del lunes pasado Trümper le cedió el control absoluto recostándose sobre el sofá, invitándolo a unírsele con un coqueto gesto de su diestra. Se veía condenadamente hermoso, Tom se hubiera quedado para siempre junto a él, mirando extasiado sus labios, sus ojos felinos; besando su nariz, el lunar bajo su labio, el hueco en sus clavículas.

Pero no había tiempo para delicadezas, la urgencia en sus pantalones exigía actuar con celeridad, no fuera que en el último momento Trümper se arrepintiera

Un gran caudal de sangre viajó de golpe hasta su miembro en el instante en que el otro chico separó sus piernas, haciendo espacio suficiente para recibirlo

Tom no estaba seguro de como proseguir. El moreno, que pareció notar su titubeo, bajó su cremallera y guio con calma su mano hasta su propia e hinchada erección bajo sus bóxers

Era la primera polla ajena que Tom tenía en sus manos, tuvo el impulso de quitar la mano y salir huyendo.

Trümper, con el rostro sudoroso y las pupilas dilatadas por la excitación, le sonrió comprensivo. Retiró su mano de entre su ropa interior y la sostuvo entre la suya.

—Si no estás a gusto podemos detenernos y continuar otro día, si lo deseas… O no continuar en absoluto. —sugirió pacientemente, mientras frotaba el pulgar contra su mano, como si quisiera confortarlo con ese pequeño gesto.

¿Ese era el predador sexual contra el cual su padre pasó media vida previniéndolo?

—No me trates como una chica, una chica virgen para colmos.

Trümper le regaló una de sus preciosas risas cantarinas.

—Me queda muy claro que no lo eres, Bob Marley.

Y él tampoco era una chica, porque ninguna chica con la que estuvo antes le hizo sentir de esa forma. Como si su cuerpo fuera a estallar al siguiente roce

Tal vez fuera un marica, tal vez no fuera digno de ser considerado un hombre de verdad, pero cobarde no era. Se inclinó para besar los labios enrojecidos del moreno, arreglándoselas para liberar su mano y bajar las ropas de ambos a jalones, sin mirar.

El moreno le rodeó el cuello, regresando a acariciar sus rastas, al tiempo que alzaba sus caderas yendo al encuentro de Tom, quien empujó contra ellas, con algo de temor.

Al primer recio contacto tuvo que ahogar un gemido dentro de la boca del moreno, quien aseguró sus largas piernas férreamente alrededor de su cintura.

—¿Esto es para que no huya?— inquirió divertido

—Si quisieras huir no te detendría, Bob Marley.

En el fondo de su corazón Tom pensó que se debía ser muy estúpido para huir de un chico como Trümper, que lo miraba con infinita calidez en sus ojitos almendrados y acariciaba sus rastas de forma tan cuidadosa.

Y esa se agregó a su ya interminable lista de motivos por los cuales despreciaba al guardaespaldas.

Le acometió la familiar sensación de estar a punto de confesar algo indebido y bochornoso, no se le ocurrió mejor manera de evitarlo que ocupando sus labios, invadiendo los del otro chico de nueva cuenta.

Trümper cerró los ojos y respondió al beso con entrega, comenzando a frotar acompasadamente sus caderas bajo las suyas.

Tom se dejó llevar por placer que lo embargaba, sus temores y cuestionamientos acallados por las caricias del otro chico.

La piel de su vientre era suave y cálida, en un feroz contraste con su polla ardiente y rígida.

A cada segundo que ambas entraban en contacto Tom veía chispas de colores estallar tras sus párpados cerrados. El cuerpo de Trümper hacía arder el suyo en una manera que nunca experimentó.

Sus embestidas se tornaron más y más enérgicas, empujando con ambas manos las caderas del moreno contra las suyas con fuerza y avidez. El deseo de entrar en él tomó forma en su cabeza, si así de delicioso se sentía sólo frotarse…

Su clímax sobrevino sin previo aviso, lo pilló en medio de sus fantasías, con sus dedos enterrados en las nalgas del otro chico, los que probablemente le dejarían marca.

Tras correrse con un ronco quejido se desplomó contra el pecho del moreno, agotado y deseoso de que este le permitiera dormir en sus brazos nuevamente.

En medio de la modorra post coital pudo notar con claridad como una mano reptaba por su abdomen, entre ambos cuerpos.

Entornó sus ojos para encontrarse con la sonrisa de Trümper.

—Yo necesito un poco más de tiempo.

Ocultó su cabeza en el hombro del chico, avergonzado por haberse abstraído al punto de no prestar atención al placer de su compañero.

Las dos veces que habían tenido sexo, él se corrió sorprendentemente rápido. No se precisaba de mayores estímulos, era Trümper, un par de caricias suyas lo ponían duro como roca.

El sueño casi lo vencía, pero peleó para no sucumbir a ese tentador abrazo, Trümper le había regalado el más delicioso de los orgasmos, tenía la obligación moral de compensarlo. Se incorporó a medias entre sus piernas y, apartando los largos dedos, se dio a la tarea de masturbar una polla que no era la suya por primera vez en su vida.

El espacio en el sillón era restringido, el moreno alzó su espalda violentamente al primer bombeo, sosteniéndose como pudo del apoyabrazos. Tom se percató rápidamente que podía controlar la frecuencia e intensidad de sus gemidos con el tipo de movimientos que él empleaba para estimular la erección.

A diferencia de cuando se masturbaba en su cuarto, de madrugada, Tom no quería apresurarse. Deseaba que Trümper disfrutara el mayor tiempo posible, por la razón más egoísta de todas: oír los sonidos de placer que este emitía y disfrutar como un vil voyeur de sus sensuales contorsiones.

Algo salió desastrosamente mal en sus planes, no contaba con lo que tan larga y voluntaria exposición al factor Trümper le provocaría.

De manera que para cuando el chico suplicó con voz estrangulada: «por favor, Bob Marley, hazme acabar». Tom volvía a estar imposiblemente duro, como si no se hubiera corrido apenas unos minutos atrás.

Dentro de su profunda inexperiencia sobre el sexo entre dos chicos, hizo lo primero que se le vino a la cabeza —a la cabeza pensante— replicó lo que Trümper le enseñó el lunes pasado. Esperando hacerlo de forma al menos aceptable para complacerlo.

~Bonus~

En su caminata de regreso Nick se había encontrado con un paciente y su familia.

Mientras el veterinario mimaba al hurón y charlaba con la joven pareja, Val los observaba a una corta distancia. Una vez se aseguró de que allí no había peligro —la chica sólo tenía ojos para su esposo y su hijo peludo— desbloqueó su IPhone para efectuar la revisión de rutina de las cámaras de seguridad.

Todo parecía en calma hasta que chequeó su estudio.

Aunque apartó el móvil casi de inmediato, la impresión jamás se borraría de su memoria.

El veterinario se despidió de sus conocidos y le dio una mirada preocupada no bien llegó a su lado.

—¿Estás bien? Luces un poco abochornado.

El modelo abrió la boca para asegurar que se encontraba de maravillas, pero recapacitó en el acto.

Desafortunadamente Nick carecía de la osadía de su hermanito pequeño. Si el modelo deseaba un mayor acercamiento físico, debía pedirlo.

—Estoy un poco indispuesto —aseguró, bajando el tono de voz, lo cual no era del todo mentira— ¿puedo apoyarme en ti hasta llegar a la camioneta?

Como era de esperar, el veterinario accedió sin reparos a su petición.

Val suspiró, asiéndose de la camiseta de Nick con resignación. ¿Podía existir algo peor que enamorarse de un hombre que no tomaba la iniciativa en ningún aspecto de su vida?

Desde luego que lo había, ser él mismo fastidiosamente impaciente.

El par de kilómetros que les restaban para llegar a la estación se le antojó el más dulce de los suplicios.

Continúa…

por Haruxita

Escritora del Fandom

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