«Basorexia» Fic de Haruxita
Capítulo 8: Cuddles & hugs, kisses & fuck (P.2)
Era poco mas de la nueve de la mañana, todos los habitantes de la casa Trümper se encontraban en pie hace mucho, enfrascados en sus labores cotidianas. De hecho sólo Hitomi —el ama de llaves — estaba en casa ese día.
Hitomi y el menor de los Trümper, para ser precisos.
Durante sus vacaciones el adolescente no arrastraba su humanidad fuera de la cama antes del mediodía, a menos que existiera un excelente motivo para semejante «sacrificio».
De manera que no era de extrañar que el chico estuviera a esa hora en su cuarto, durmiendo plácidamente.
O casi…
Un ligero picor en su nariz interrumpió su sueño por tercera vez. Bill —demasiado vago para despertar por algo tan insignificante— manoteó para espantarlo, se dio media vuelta y continuó durmiendo.
Pero la molestia persistió. El supuesto bicho parecía aplicarse con más ganas en fastidiarlo.
Harto y medio despierto ya, el chico le asestó una sonora bofetada, lo que dio como resultado que el mosquito se quejara a viva voz del maltrato. Pero al menos este dejó de incordiar.
Un momento…
«¿Desde cuándo los mosquitos tienen mejillas, y maldicen en alemán?»
—¿Bob Marley? —preguntó, bostezando. Luego de entornar un ojo y encontrarse cara a cara con el aniñado rostro del chico, que lo miraba con resentimiento. Se podía notar nítidamente el lugar en que sus dedos y parte de la palma habían impactado en el cachetito izquierdo de este.—¿Qué haces aquí?
El interrogatorio le cayó mal al visitante, que no se sintió nada bienvenido.
—Exponerme a que me golpeen, por lo visto. —espetó, de mala manera.
La expresión compungida del moreno compensó en algo el mal rato sufrido, aunque no aplacó el dolor y la indignación de Tom.
Bill se disculpó, rosando apenas la zona dañada con la punta de sus dedos.
Tom se mordió la cara interna de la mejilla para no jadear ante el hormigueo que le provocó la suave caricia. Cuando su dulce tormento tenía ese tipo de detalles para con él su corazón bombeaba enloquecido, y dos fuerzas opuestas entraban en conflicto en su interior. A veces ganaba la voz castigadora de su consciencia y él se apartaba culposo, otras —como en esa ocasión— se dejaba llevar por las placenteras sensaciones.
Atribulado y sin saber qué más hacer para que su amigo lo perdonara por la violencia involuntaria, Bill se inclinó hacia adelante y recorrió la mejilla lastimada, cubriendo las huellas rojizas con fugaces piquitos.
«Si esa es su solución universal para los golpes, dejaré que me pegue más a menudo».—pensó Tom, sin poder evitar que una sonrisa ladina asomara en sus labios.
Bill, más tranquilo al ver que su amigo no rechazaba su peculiar petición de disculpas, se apartó y palmeó el colchón para que Tom comprendiera que lo estaba invitando a ponerse cómodo.
—Entonces… ¿Qué haces aquí? —preguntó, arrellanándose en las almohadas. Su cerebro aun estaba medio adormilado, no conseguía dilucidar que rayos había llevado a Bob Marley a aparecerse a esa hora en su habitación.
—Ya me lo preguntaste. —Respondió este, dejándose caer pesadamente sobre la cama.
—Y aun no obtengo una respuesta —insistió, volteando de medio lado para enfrentarlo y agregó con cautela— ¿Perdiste tu trabajo, otra vez?
Tom hundió su cabeza en las mullidas almohadas y cerró los ojos un momento, con un suspiro de placer. Estaba realmente extenuado, sus miembros adoloridos clamaban por un descanso.
Con gusto se hubiera dormido en ese preciso lugar, pero la curiosidad de Bill era insaciable y le picó las costillas chillando —Te hice una pregunta, Bob Marleeeeyyy— hasta que no tuvo otra alternativa que complacerlo
No había perdido su empleo, muy por el contrario, Tobías estaba más que satisfecho con su desempeño y entusiasmo. Ambos habían pasado la noche anterior re tapizando una Chaise Longe Louis XVI. Apenas acabaron, su jefe se marchó con el mueble a la tienda y a él lo envió a casa a dormir. Pero el agotamiento le impidió conciliar el sueño, luego de dar vueltas inútilmente en la cama durante un buen rato volvió a vestirse y condujo hasta la casa de los Trümper, rogando para no toparse con el modelo.
Al encontrar al moreno aun dormido, no resistió la tentación de hacerle cosquillas con una de sus rastas, con los resultados ya señalados.
Mientras Tom relataba su periplo, a Bill —que tenía menos tacto de lo usual, a causa de su cerebro adormecido— se le escapó un comentario desafortunado: «¿Preferiste visitarme, en lugar de ir a enredarte en las sábanas de alguna de sus chicas?»
Como era de suponer, el de rastas no se tomó a bien sus palabras.
—Tienes razón, no debí venir a ver tu cara desagradecida. Para colmos me pegaste.
Pero Bill ya no se tragaba tan fácilmente los berrinches con que el otro chico intentaba ocultar sus momentos de debilidad
Enredó una mano en su camiseta con una sonrisa sincera. Precisó tan solo de cuatro palabras para que Tom bajara la guardia y dejara de estar a la defensiva:
—Yo también te extrañé, idiota.
Un inoportuno bostezo se cruzó por su boca en ese momento, Bob Marley se incorporó se despidió con un: «mejor te dejo dormir». Pero Bill aun lo asía por la camiseta y no tenía intenciones de dejarlo marcharse.
—No jodas, te he visto en cinco malditos días, además te caes de sueño, quédate.
Y para reforzar sus palabras hizo amago de levantar las cobijas. Tom moría por meterse en su cama, sin embargo, tenía sus reservas.
—¿Ya no duermes con pijama?—inquirió, el torso desnudo de Bill lo perturbaba.
—¿En pleno verano? Sólo cuando Val no está en Berlín.
De solo imaginar lo que se ocultaba bajo la sábana, su cuerpo reaccionó, detuvo la muñeca del moreno antes de que levantara la cubierta.
—Yo creo que mejor dormiré sobre la cama
Bill adivinó sus cuitas y, sin dejar de sonreír, apartó la sábana con un rápido movimiento.
Las palpitaciones de Tom se dispararon… innecesariamente, Bill vestía bóxers.
Se dijo que aquello no era decepcionante y se acostó, a unos veinte centímetros del otro cuerpo. Una distancia prudente considerando lo que había sucedido entre ambos las últimas dos veces que se vieron.
No tardaron en dormirse.
~*~
Bob Marley era una sorpresa constante, desde que comenzó a conocerlo — conocerlo realmente, a Tom Kaulitz: el chico bajo las ropas de rapero e impostura de player— sintió una profunda empatía por él.
Tom era un chico de una personalidad áspera y lleno de conflictos. Siempre se dice que tras todo bully se esconde un niño maltratado, pero Bill no se había detenido a pensar en ello hasta que su amigo se derrumbó en su sala de baño, días atrás.
Bill, quien creció en un ambiente mayoritariamente «gay friendly» —salvo por su ultra católica abuela Petra— y guardaba cálidos recuerdos de sus padres, no conseguía comprender cómo funcionaba la mentalidad de los padres de Tom.
Para Bill la familia era a quienes acudías en busca de refugio, quienes te protegían cuando el mundo exterior se volvía hostil y te llenaban de cariño cuando tu espíritu andaba falto de energías.
Le costaba imaginar la niñez de Tom, el niño frágil detrás del disfraz de player, no porque su imaginación se lo impidiera sino porque dolía.
Bill era práctico, el duro pasado de Tom no podía modificarse, su presente era otro cantar.
Se había propuesto una sencilla y secreta cruzada, darle el cariño que Tom estaba necesitando con urgencia.
Aquello lo había aprendido de su hermano, no había banditas para el alma, pero las carantoñas eran un excelente analgésico.
~*~
Bill despertó sudando, no solía ocurrir pese a que los últimos tres veranos fueron infernalmente calurosos. La explicación —mejor dicho «el culpable»— de tal fenómeno dormía plácidamente aun, abrazándolo firmemente por la espalda como un koala bebé.
En consideración al notorio cansancio del de rastas, Bill salió de la cama con sigilo para no despertarlo. O al menos esas eran sus intenciones, porque, por más que intentara escabullirse de esos brazos flacuchos, estos se aferraban a él con determinación y lo regresaban a la cama.
Bill tenía calor, y la urgente necesidad de vaciar la vejiga, sin embargo debió permanecer atascado en su cama hasta que Tom descansara lo suficiente.
Con un suspiro —más bien un bufido de resignación— se acomodó para intentar volver a la tierra de los sueños.
Bill no era adepto a dormir con otro ser humano (aparte de su hermano mayor, claro está). En las ocasiones que folló con alguno de sus novios, o algún ligue esporádico, no permitió que se generara una atmósfera de intimidad más allá del acto mismo.
Dormir con alguien o siquiera compartir la cama con otro le suponía el más fastidioso de los suplicios. Soportar su charla anodina, los comentarios sobre el desempeño, las preguntas sobre sus tatuajes que muy pronto le hacían arrepentirse de haber sucumbido a la necesidad física.
Por otra parte —en una galaxia muy, muy lejana— se encontraba Bob Marley quien se aferraba a él como su oso de peluche personal y, a juzgar por su respiración regular, dormía muy a gusto.
Probablemente nunca conseguiría comprender a alguien tan contradictorio como él.
Frotó suavemente su pulgar sobre la mano que descansaba en su cintura, en respuesta Bob Marley afianzó el agarre y se movió a sus espaldas. Bill se alegró al creer que este había despertado y por fin podría levantarse, pero fue solo una falsa alarma. El otro chico se reacomodó y…
Bill experimentó un escalofrío en su espalda, innegablemente placentero, pero no por ello menos inquietante.
Ellos llevaban unos días con ese juego coqueto de besos y caricias sobre el cual no se referían en ningún momento, pero que acababa inevitablemente ocurriendo cada vez que Tom conseguía escaparse para visitarlo.
Empero, en ninguna parte de ese juego encajaba el cariñoso tono en que Bob Marley murmuró, aun dormido, «mi Mauschen».
~* ~
Cuando Tom finalmente despertó Bill no hizo mención alguna a lo acontecido esa mañana.
No quería darle vueltas infructuosamente a algo que probablemente no poseía significado oculto alguno. No quería sacar conclusiones erróneas y luego joderla. Después de todo, Tom sólo experimentaba.
El de rastas despertó en una situación más que incómoda, y no sólo por la posición en que se encontraban.
El abrazo en que ambos se enredaron durante el sueño era estrecho y demasiado íntimo, su mejilla reposaba contra la espalda del moreno, en tanto que las manos derechas de ambos se hallaban inexplicablemente entrelazadas sobre el abdomen de este último.
Tom deseó tener tan siquiera una pequeña parte de la calma de Bill, quien no le dio mayor importancia al asunto. Si tan sólo hubiera sospechado que actitud relajada de Bill era una impostura para quitarle hierro al asunto y que la situación no se viera aún más rara.
Bill estiró su largo y delgado cuerpo sobre la cama para quitarse los últimos resabios de modorra, algo que Tom se quedó mirando, embobado.
«Es tan sexy, el muy maldito. ¿Lo hará aposta para torturarme?»
Aun bostezando ruidosamente, con el cabello levantado y rascándose la panza a Tom le parecía precioso. Apenas escuchó cuando este avisó que se metería en la ducha antes él.
Habían pasado muchas cosas desde la última vez que estuvo en esa misma situación. Su relación había tomado un giro impresionante, en apenas un par de semanas.
Tom estaba cagado de miedo, sentía cosas que no se suponía que sintiera, para más inri su terapia le generó un conflicto con las enseñanzas de su padre.
Ya no estaba seguro de qué era lo correcto, ni de que su medicación estuviera siendo efectiva.
Irónicamente, el infierno en su cabeza se apaciguaba en parte cuando se encontraba con Bill. Probablemente porque Bill no le exigía nada, ni intentaba poner ideas en su cabeza. Bill sólo era Bill, un chico tonto que creía que un beso podía curar cualquier tipo de dolor.
~*~
El sillón aparentaba ser cómodo, sin embargo para las actividades que se desarrollaban en el en ese momento tanta flexibilidad resultaba molesta. Una extremidad (no se supo cuál, ni a quién pertenecía) pasó a llevar los controles y el bergère retornó bruscamente a su posición erguida. La sorpresiva interrupción los distrajo apenas unos segundos, el tiempo que tardaron en averiguar lo sucedido y reacomodar sus cuerpos para que encajaran perfectamente.
El sonido del cuero al frotarse se confundía con los gemidos entrecortados de los dos adolescentes y el ruido húmedo de sus besos.
Ambos permanecían completamente vestidos, algún remanente de cordura les debía restar para recordar que se encontraban en la sala, después de todo.
No obstante, aquella fue su única consideración con la decencia, puesto que sus caderas se frotaban con desesperación, apuradas por la urgencia de aliviar la presión que acicateaba sus bolas.
Tom era más bien brusco, no sabía cómo tocar a Bill, después de todo este era un chico y no se suponía que necesitara ser cuidadoso con él. Sin embargo Bill lo acariciaba con delicadeza, hasta se podría decir que con cariño y eso lo confundía muchísimo.
El toque de Bill era suave, tal vez precisamente por ello iba cargado de electricidad. Los delicados trazos que sus dedos dibujaban en su abdomen, bajo su camiseta, quemaban intensamente.
A Tom le pareció que la belleza de Bill alcanzaba su punto cúlmine en medio de la pasión. Sus labios, desprovistos ya de gloss por los besos hambrientos, lucían en cambio enrojecidos e inflamados. Los jadeos entrecortados que de estos escapaban ponían de punta cada vello de su pequeño cuerpo. Tom se encontraba completamente perdido en Bill, y la diminuta brizna de lucidez que le restaba lo sabía muy bien. Aquel era sobrado motivo para acojonarse.
Porque, a pesar de las palabras alentadoras de Pauline, de su férrea negación y del ánimo juguetón que llevó a su amigo a enredarse con él en ese sillón, Tom secretamente intuía que lo que Bill Trümper provocaba en él hace mucho había dejado de ser una simple repuesta hormonal. Pero aquel era un asunto en el que no deseaba profundizar.
Que Bill actuara de forma afectuosa, aún en esas circunstancias, sólo empeoraba su situación.
Ajeno al infierno que Tom cargaba en su cabeza, Bill disfrutaba del momento sin complicarse.
El sexo con Tom (al menos los cachondos escarceos que habían tenido) era muy diferente al resto de sus experiencias. Por Tom sentía un profundo cariño, sus caricias eran una manifestación natural de este. No había planeado que las cosas terminaran de esa manera, pero no se arrepentía de ello ni por asomo.
Tom era torpe y la mayor parte del tiempo daba la impresión de no saber qué hacer con sus manos, en la intimidad no se comportaba como el fanfarrón experto en sexo que fingía ser el resto del tiempo. Empero, en lugar de fastidiarle, ello sólo enternecía a Bill.
Como las dos veces anteriores, Tom se corrió increíblemente rápido. Escondió su rostro colorado de rubor y excitación en el cuello de Bill, farfullando una maldición.
Las simpatías que el rubio despertaba en Bill pesaron más que su incombustible afán de jugársela y se guardó el comentario que bailaba en la punta de su perforada lengua «¿Ninguna de tus chicas se ha quejado de tu poco aguante?».
Tom lucía tan avergonzado que Bill se alegró de su prudencia, deseó que realmente hubiera una explicación para aquél penoso fenómeno que no fuera «Bob Marley es un eyaculador precoz». Agradeció que el otro chico no pudiera leer lo que pasaba por su mente en ese instante, porque la idea de cómo sería Follar con él cruzó fugazmente por esta.
El silencio de Bill pronto obtuvo su recompensa, Tom lo acabó con su mano, y aunque el cansancio era patente en sus movimientos algo flojos, este no se detuvo hasta que su mano fue bañada por su corrida caliente.
Permanecieron en silencio, salvo el sonido irregular de su respiración, disfrutando de la plácida complicidad que habían conseguido. Se quedaron echados en el sillón en la misma posición exánime en que acabaron: Bill medio sentado, Tom pegado a su costado con su mejilla sobre el hombro del primero y su mano embarrada reposando cerca de la estrella.
Bill movió suavemente su pulgar, acariciando las mechitas que escapaban de las rastas que aun agarraba con su diestra.
Aquel se había convertido en un pequeño ritual, desembarazar las rastas del otro chico antes de besarlo, para poder tocarlas libremente sin gorras, bandanas o cualquier otro obstáculo que se lo impidiera.
Todavía en algún punto recóndito de su corazón Bill sentía que estaba traicionando a Markus, no podía evitarlo, eran costumbres demasiado arraigadas para eliminarlas de la noche a la mañana. Pero algunos progresos había logrado, hasta no hace mucho el sexo casual no era algo que consiguiera disfrutar a cabalidad. Siempre había «algo» que faltaba.
No iba a mentirse, inventando una inverosímil fantasía romántica en su cabeza en la cual se habría enamorado de Bob Marley de forma fulminante. Pero era innegable que entre su amigo y él había un grado de intimidad que nunca tuvo con chico alguno. Y no se circunscribía exclusivamente al plano sexual
De hecho, no tenía muy claro cómo fue que acabaron convertidos en una suerte de «amigos con beneficios».
Sucedió todo tan rápido que no le dio tiempo a pensarlo, pero sería un gran hipócrita si negara cuanto disfrutaba con ello.
Tom por su parte aún tenía que lidiar con la fastidiosa voz de su homofóbica consciencia, si bien a ratos conseguía aplacarla, esta jamás se iba del todo. Los mimos de Trümper ayudaban bastante a calmar su acelerado corazón (en parte por la excitación, en parte por sus miedos sempiternos).
Tom no estaba acostumbrado a los mimos, todavía los rehuía aunque desde que vivía con Nick aprendió a «tolerarlos». Aprender que representaban una muestra de afecto costó un poco más.
Esa era otra de las cosas en las que no desea profundizar.
Se negaba rotundamente a analizar tanto sus propios sentimientos como los de Bill. Como le repetía Pauline con frecuencia debía dar «un paso a la vez», para él las caricias y toqueteos con Bill representan un paso enorme, casi un salto al vacío
El caso era que aunque Tom se empeñara en negarlo, se había vuelto dependiente de Bill. Textear a diario, incluso hablar por teléfono cada noche no le bastaba, precisaba verlo, que pusiera el mundo de cabeza con sus besos, aunque más tarde debiera soportar las pesadillas y los reclamos de su consciencia.
Ya no podía dejar sus encuentros a la suerte, como el de esa mañana, requería sacar tiempo de algún lado para verlo. No podía faltar a su trabajo ni a las terapias, solo le quedaban libres un par de horas al atardecer. Pero había un inconveniente, un gran y barbado inconveniente que debía sacar de en medio si quería ver a su Mauschen a diario.
Continuará…