“Destino” Fic de Maggot

Capítulo 1: Necesitado

& Corinto &

POV Bill

La palma de mi mano izquierda envolvía mi polla siguiendo un frenético ritmo que lograba dificultar una buena percepción del mundo, no yendo muy lejos, una buena percepción de algo que sea ajeno a la imagen que tenía frente a mis ojos: mi sirviente castaño le brindaba lametones al lóbulo de la oreja del rubio (éste último también sirviente mío) el cual, a su vez, gemía mientras subía las manos por debajo de la túnica blanca y corta que traía el contrario.

Imposible, quizás de creer, que algo tan burdo como ver darse placer a mis sirvientes bastara para ponerme en este estado de excitación y auto complacencia (dándole un mejor término) pero no es que sea algo para sorpresa mía. En lo que respeta a un nivel mayoritario soy yo el que da por finito algún asunto, pero ésta vez haré una de mis pocas excepciones para que se terminen de dar placer entre ellos.

No es que hoy tenga ánimos de dármela de bondadoso sino que tengo a una muchachita atrás, que mientras yo me pajeo, deja besos y lamidas ansiosas, paseando sus pequeñas, finas y suaves manos por sobre mi torso cubierto aún por ropajes esperando a que la complaciera y ha este paso no la haría esperar mucho.

Volteé mi rostro para dar encuentro con sus labios húmedos y tomé el control de su boca, penetrándola con la lengua sin pudor alguno, ofreciendo un mejor encaje al sujetarla por la nuca. Su piel caliente y con cristalinas gotas saladas. Sus labios sin saber como seguir mi ritmo sólo correspondían de insípida forma a mis expertas aptitudes; le jalé de la melena permitiéndole respirar y gritar por el dolor. No permitiéndole ejecutar alguna otra acción la tendí con violencia sobre el suelo y la despojé con facilidad de sus ropajes, no es que tenga poca experiencia.

Me había llegado a tirar más de veinte tíos y tías en mis dieciocho años de Príncipe, porque sí, eso de ser el próximo basileus era una idea que me parecía de lo más absurda pero que servía como tener derecho ilimitado a «socializar» por así darle otro término a «follar».

Me posicioné sobre su cuerpo que por obra y gracia de los dioses lograba solapar su pésima forma de besar. Acaricié sin cuidado uno de sus bien formados pechos dando jalones a su pezón, endureciéndolo y haciendo que sus jadeos se intercalen con grititos de súplica. Mi otra mano se encargaba de sujetar sus muñecas por sobre su alborotada cabellera, es una manía que tiendo a tener. Permito que me den placer de distintas formas pero al momento de dejar los juegos yo soy el que exige el mando, y es de forma absoluta. Bajé mi mano del tacto con su busto para dar con la estrechez curvatura de su cintura, que bien poca cosa me podía dar si se trataba de un tío que no posee curvas y más bien da pocas opciones de juego. Seguí el recorrido por sus muslos, pasando por sobre ellos mis uñas, subiendo de nuevo por la parte interior para dar con su parte baja la cual froté con mi erección logrando hacerla gemir. Tras su gemido siguieron los de mis sirvientes, cosa que no hacía otra cosa que ponerme, si es que se puede, más burro.

De nuevo mi mano acarició la zona húmeda. Palpé hasta hallar lo deseado, y sin previo aviso, ingresé dos dedos mirando a la par la expresión en su rostro: ceño fruncido y su labio inferior siendo atrapado por sus dientes.

Imposibilitada de hacer algo…, así me gusta.

Los saqué e ingresé de nuevo, aumenté uno más. Demasiado fácil, algo no está bien. Hice círculos dentro notando la interrogante que ya suplió su función, la respuesta está hallada.

– ¡Detengáis todo esto! ¡Paráoslo ahora! – el sirviente rubio, con nombre Gustav, me miró asustado y el castaño, con nombre Georg que estaba en cuatro patas, también, aunque en esa posición me era difícil ver sus ojos los cuales ocultos estaban por sus cabellos; el brinco que dio lo delató. Malditos sean.

– ¿Qué sucede mozo? – me preguntó el rubio.

– Sucede que ésta… ¡NO ES PURA! – ya en pie, lo dicho estaba anexado a los zarandeos que le brindaba a la mujer que terminó chocando contra la pared aun desnuda – presto a que no os importa engañarme y osáis a traerme una manchada, por ello cada uno será amonestado. Empezando por la mujer – señalé a la mencionada – ejecútenla…y ustedes – los señalé a ambos – largaos a mis aposentos. Ésta celebración acabó.

Silencio absoluto. Salí de la salilla especial y dejé órdenes precisas sobre la manera en la cual se llevaría a cabo la ejecución: morir atravesada por una lanza era lo que merecía.

El resto detuvo sus «asuntos» al ver mi retirada. No quería que nadie disfrutara después de que a mí me habían interrumpido por culpa de un detalle, uno específico que le había pedido a mi sirviente Georg: una de cuerpo inmaculado. Una que no ha sido tocada sólo era digna de que la posea, un cuerpo ya poseído y tocado por otro u otros no era para mí real presencia, lo ya mancillado y no puro no ejerce ningún sentimiento de satisfacción para el momento cumbre de mi clímax.

Odio que mis órdenes no sean acatadas por estos simples sirvientes, soy el Príncipe y uno no debe dejar pasar ésta clase de desobediencia; deben respetarme, DEBEN hacerlo, tengo poder absoluto en éste lugar, todos mis deseos son órdenes que al salir de mis labios deben cumplirse. Al sucesor del basileus no se le niega nada, si esta gente come es por mí.

Seguí el recorrido del pasadizo. Mi padre me observó al pasar, con mis ropajes removidos de su posición original y mis cabellos alborotados de seguro se hacía una idea de lo que estaba haciendo, sin conocer que no pude finiquitarlo. A él mis asuntos no deben interesarle, nunca antes le interesó mi vida, le pareció de lo peor que mis condiciones físicas no sean como las del resto, dejó que eso sea más importante que mis altos puntajes entre los maestros sofistas. Lo único que él siempre ha visto en mí es al que ocupará su puesto, sólo eso, entonces ¿no empezaría a tomarme en cuenta ahora, no?

– Hijo…- vale, lo admito, tiene huevos éste para llamarme ahora hijo. Apreté mis puños girando en mi eje para encontrarme con su porte «majestuoso» de todo tipo al trono, indiferente a su entorno, indiferente de hasta su propio hijo ¡NI ME MIRA AL HABLARME!

– Padre, ¿no es que sólo soy Príncipe Wilhelm para ti?, oh mea culpa, está mal que lo insulte diciéndole padre, usted es «Vuestra Majestad» ¿cierto? – no pude evitar decir lo anterior aún estando consciente de lo que haría a continuación, después del impacto un ardor recorrió mi mejilla al su tacto alejarse de ella; posé mi palma sobre mi latente mejilla. Me repudia, soy su vergüenza, sólo me ve como su sucesor y no como su hijo. Quizás haya sido todo lo contenido lo que me hizo responderle, saber que aquel dolor cogido en mi pecho es más grande que los golpes de vuestro señor basilewe.

– Eres una vergüenza para la familia real, estas…degradantes fiestas no son dignas de nuestra estirpe, sin contar con el hecho de que osáis tener «menesteres» con los plebeyos – escupía las palabras como haciendo el rechazo palpable en demasía ¡¿Es que acaso se pudiera hacerla más palpable?! ¡Si a mí me plazca os daré por culo a mis sirvientes! ¿Qué acaso vuestra majestad osa imperar en mi vida? ¡Poco permiso que le daré!

– «Vuestra Majestad», si así preferís que os llame… ¡No atrevéis a husmear donde no os importa! – grité con furia. Era mi vida, MI vida, MI mundo, MIS sirvientes, MIS cosas, las cuales porque no se le dio la reverenda gana no se enteró, no le interesó nada de mí; si tan sólo mi madre pudiera observar todo esto, si aquella piadosa mujer viviera para ofrecerme el cariño que no me ha sido dado, el cual me ha sido negado. Vivir entre los plebeyos como si ellos tuvieran razón alguna para conmigo, no te lo perdonaré nunca – ahora dejadme ir a concluir mis «menesteres» con MIS concubinos – dicho este término no antes existente volteé la mirada y pasé de alguna cosa que pueda hacer o decirme.

Caminé de paso apresurado observando de reojo los detalles de los muros y el ruido de los desgarradores lamentos desatados tras mi petición, aquella mujer recibía lo correspondiente. Aunque sé que luego irá a dar en el mundo de los vivos sin cabeza.

Trato inútilmente de no pensar en mi padre pero las lágrimas no saldrían de mis cuencas, no lo permitiría.

<< El Basilewe desde su posición incrédula lo miró con asco ¿Acaso su hijo se había vuelto un monstruo?, ese calificativo era el único que encontraba para describir las actitudes de su hijo, desde sus fiestas donde abunda la bebida e intimar con quien sea es cosa común hasta que lo haya encontrado con un «quien sea», aparte de las mujeres y hombres con sus sirvientes pero para él eso era algo de lo que aún no quería discutir mas pronto debía heredarle el puesto y enseñarle a regir y dejar de intimar con lo más bajo de la sociedad y plebe del castillo >>

Mis pasos tenían un punto fijo donde caer, eran rápidos y seguros. Veía a todos los lugares para aparentar tranquilidad y disimular de aquella forma aquel encuentro con mi…, padre, pero sus palabras eran como un memorando constante en mi mente, debo pensar en algo más…

Quizás el brindarles un castigo mis sirvientes re-ofrezca algún tipo de desfogue puesto que se merecen uno por haberme engañado. En su caso no los mataría, sería algo demasiado fácil y sus miserables vida de momento me sirven para ofrecerme un placer fijo, que al chasquear los dedos los tenga apoyados en sus codos y con el culo levantado a ambos. Ejercer el poder me sienta bien, creo que siendo un Príncipe es algo nato.

Las paredes se fueron volviendo más oscuras por carencia de alguna abertura que me permita ver el cielo iluminado con los dioses centellantes, aquella era mi habitación, la cual por petición mía en las noches mi balcón era cubierto por un telar que dejaba todo en penumbras, así que hablando de esa forma no es que careciera de una abertura, sino que estaba «tapada». Empujé la puerta de par en par encontrándome con un panorama la mar de deleitante: el de cabellera rubia y el otro de castaña yacían posados de cuclillas sobre el suelo de mármol, todos indefensos a mí, con las cabezas bajas en señal de respeto; en ese instante recordé que por culpa del castaño no había gozado de una noche placentera, pasé por encima de mis ropajes la palma de mi mano notando ya mi entrepierna despierta creo que entre la vista, las ansias, furia y el coito inconcluso se podría decir que en esta ocasión los castigaría de muy mala manera, una humillante donde yo sea el único al mando y con derechos de exigir algo.

El castaño como leyéndome el pensamiento levantó la mirada de a pocos con las dos esmeraldas brillando ante mí dando un símil entre un cordero frente a su victimario que podría terminar por degollarlo lentamente y el rubio ohhhh…, ese personaje no necesitaba poner expresión alguna, su papel de estoico me incitaba a buscarle algún punto débil mediante la violencia al sodomizarle. Observarlos, un deleite que provocaba en mí gran excitación y sacaba a relucir mis más bajos instintos.

Rebusqué entre mis pertenencias hasta encontrar lo requerido para la ocasión: un látigo. Usualmente usado para sonsacar alguna información a los que son de tierras ajenas al territorio de mi padre o también para castigar a los que han cometido algún acto grave pero que no merece la muerte, yo no sería tan piadoso pero el hecho es que conseguí este objeto con sólo decir mi nombre; solté una carcajada al sentir esta sensación, una que te llena, que te hace sentir fuerte, donde nadie puede dañarte ni destruirte, un calor que te recorre, una razón para llenarte de gozo. Soy invencible y lo tengo todo, acaricié el látigo y azoté el suelo sólo para verlos estremecerse al notar lo que se les viene, otra sonrisa se asomó por mis comisuras, la cual no reprimí e hice que se volviera una risa sonora que capaz y la escuchara mi padre, que sepa que también puedo tener el control y sus palabras no surten efecto conmigo, que no le temo, que soy libre.

Me acerqué a paso lento para apreciar su miedo, sus cuerpos temblar, observar aquel manto de sudor bañar sus cuerpos mientras que el temor al dolor se hace presente; cicatrices de antes les hacen el recordatorio de lo mucho que puede doler. Sujeté por el mentón a mi rubio sirviente con una mano elevándolo hasta mi altura, por más que la mía sea superior, y con la otra bajé palpando su espalda hasta que encontré mi preciado juguete el cual acaricié por encima de la túnica y en señal de posesión lo estrujé; luego lo apoyé de espaldas hacia mí contra uno de los pilares y expulsé todo el odio que podía sentir en esos momentos en el azote que cayó fuertemente sobre su espalda pero que aun así no logrando que gritará, no, hoy no estoy para jueguitos, no…no quiero que lo aguante ¡Quiero que grite!

¡Que demuestre que le hago sufrir!

– Anda, ¡Grita! ¡No te reprimas que si no le daré lo más duro a tu ojiverde! – otro sonido se hizo presente al chocar la piel desnuda y el látigo; en ése instante el grito fue expulsado de su garganta, claro, su mayor punto débil, por más estoico que éste sea él podía soportar todo menos que lastimen sin piedad a Georg. Esa relación que poca importancia lleva para mí pero que sirve para poder manipularlos y hacerlos sufrir.

– Mozo, por favor…detengáis todo esto, el que engaño a su presencia fui yo – dejé de torturar al rubio para observar al dueño de esa voz grave pero repleta de dolor, poco me interesa. El castaño de ojos tal cual lago verdoso, trasparentes y brillosos, yo no soy quien para rehusarme a brindar el dolor a alguien cuando está en mi posibilidad. Me acerqué a él y lo puse boca abajo sobre la cama; acaricié su parte baja así como hice con el rubio pero en esta ocasión la dejé al descubierto escuchándolo a él jadear frente a mi roce, sonreí y lo azoté, el otro calló, ya sabía que si algo decía o hacía iría la cosa a ponerse marrón para su castaño.

Después de hacerlo chillar con uno que otro azote más terminé por penetrarle rudamente, sin preludios; ya tenía un empalme que rogaba por ser atendido y cubierto por una cavidad caliente, así que dejé que mis caderas chocaran contra la pelvis del castaño que gemía sin parar, alguna que otra lágrima se asomaba por sus mejillas al hacerlo de esta forma, pero a mí eso no me interesaba, era su deber atenderme.

Seguí con el vaivén sintiendo su estrechez envolverme, ese calor más la sensación de poder: perfección; mientras que el otro se dilataba la entrada a si mismo cerrando los ojos para no observar, aunque él escuchaba todo y por eso sabía que su turno pronto llegaría. Puse los ojos en blanco al sentirme casi llegar, todo esto bajo mi control, oh sí, adoro tener el poder.

Continúa…

Se agradecen los comentarios de antemano y no si se preguntan dónde está Tom, mejor no lo hagan, en el siguiente capítulo se sabrá. Gracias por leer

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