
“Destino” Fic de Maggot
Capítulo 6: Desgraciado
& Corinto &
Rechazo, esa era la, según él, única reacción recibida por parte de su entorno durante toda su existencia.
Se catalogaba a sí mismo como un ser indigno de estadía en el mundo de los mortales y deseaba con
fervor pertenecer a la tierra del luctuoso Hades pero aquellos deseos se habían quedado en aquel
estado anhelante; había veces en las cuales a la luz del Sol, él poseía una mente perturbada que lo
nublaba por completo no permitiéndole estar en contacto con algo ajeno a él, cerrándose siendo uno
solo con sus pesares sin dar lugar a un respiro, perdiendo cualquier ensoñación o trozo de realidad
panorámica; tal era aquel turbamiento que creía que un castigo divino había recaído sobre él por algún
acto impío de sus antecesores, pero todas esas hipótesis eran desechadas perdiendo el sentido, puesto
que él decía que ni merecía tener tamañas atenciones, por más trágicas que sean éstas. Ahora el ambiente paradójico se repetía: un Sol anunciando su ocaso pero contradictoriamente mantiene un
brillo cegador y sin embargo para los ojos del joven Andreas todo estaba bañado en una dominante
oscuridad, oscuridad carente de un escape de luz que la haga más resaltante, oscuridad con tantos
porqué en su interior que se pierde el fundamental y yace absoluta con su poder axial, sin un alma, sin
sentido y sin salida. Todo lo que creyó poseer en un momento determinado, sus ideas sin sustento
válido mas que puras fantasías, le había sido arrebatado por un tercero que recién dio aparición en
escena, eso no lo entendía, simplemente él no podía hacerlo.
Un Arturo atrás, su débil mente había buscado procesar la vejación recibida en palacio dando como
conclusión el sentir un apego frente a ese ser que posó la vista en él cuando antes nadie lo había hecho,
un pequeño amago de atención fue su abnegación, pobre desdichado que había tomado tal búsqueda
egoísta de saciar un capricho carnal por estar necesitado de afecto , a pesar de que no tuvo voz lo veía
de esa forma, quizás por la misma negación al sufrir ese ultraje, cual haya sido la razón, el joven nunca
olvidó lo sucedido y lo resguardó como un recuerdo valioso. Lo buscó con reticencia mas le fue
denegado el acceso a palacio, es más, le dijeron que debería estar complacido con que le hayan
perdonado su miserable existencia; pero él no se rindió y, al no reinar la oscuridad, sus ojos ansiosos
añoraban tener a su alcance, si quiera por un lapso pequeño, la figura del dueño permanente de sus
pensamientos, a la causa constante de la aceleración del pulso y el rojizo en sus mejillas, aquella sudoración que lo empapa recreando aquel encuentro, trasformando algo tan insensible y perverso en una muestra de amor.
Toda la situación pudiera entenderse mejor si la viéramos en función de cada orbe, la percepción es distinta puesto que necesitamos a ambas para que se complementen y tener una visión más completa, pero ése no es el ítem del asunto, sino que así como, a pesar de lucir iguales, cada orbe tiene una vista
distinta, la mente es igual: cada persona tiene una percepción distinta de todo lo que le rodea, de las
sensaciones y todo lo que le acontece, cada cosa lo relaciona con la información que dispone, de
acuerdo a su crianza y forma autodidacta de aprender del mundo. Entonces, si tomamos en relación a lo expuesto, ¿Quién es Andreas?
Es el resultado de una mezcla deplorable entre un guerrero valeroso y una hetaira muy conocida en su pueblo. Como catalogué en un principio no era muy bien visto el tener descendencia con una sangre tan
manchada como la de una obrera de ese ámbito, eso estaba en los conocimientos de la mujer así como
también una infinidad de métodos para que las semillas no germinen en ella, pero muy a pesar de ellos y
no en obrar erradamente sucedió lo en un principio dado en mención. Hasta ahí se puede colegir que
fue un acto dolo, pero no es algo tan sencillo como posar toda la culpa en una mujer en busca de juzgar
a alguien por su condición, va mucho más allá. Aquello tuvo lugar desde la primera vez que sus ojos
azulinos intercambiaron breves miradas con los de cabellos dorados, Nyx, la que ama, de entre todos los
reyes, ministros, emperadores y demás, que tuvo oportunidad de conocer debido a sus labores, vio a
Timeus, el guerrero, como el elegido. Su gran porte, su melena resplandeciente, y su sonrisa, aunque
para ella no fuera dedicada, le robaron cada uno de sus suspiros; aquella valentía con la cual se dirigía a
hacer respetar la corona real, la forma con la cual manejaba a masas, logrando lo que muchos a un
puesto más alto no logran, cautivaron el corazón que yacía frío debido a las durezas de la vida con la
cual tenía que afrontar, el puesto que tenía era, en lo suyo, algo de alto rango, pero viéndolo como lo ve
el resto perdía importancia y sólo era una sucia perra muy concurrida por más hombres que las demás, y
eso Nyx lo sabia, pero no le quedaba más, estaba sola y para una mujer muchas opciones no quedan al
estar desamparada, pero ahora trataría de borrar todo; su muy ingenua mente creía que al tener una
criatura a su lado podría sacarla adelante, tener esa inspiración que le permita surgir del profundo
charco en el que había estado sumida durante casi toda su existencia sin memorias de algún pasado en compañía de alguien que proteja sus sueños y mantuviera su inocencia.
Porque en cada embestida ella sentía que él rozaba en lo más profundo de su ser, que cada una de sus
terminaciones nerviosas vibraban a aquel compás incesante que mantenía Timeus; y sus lágrimas caían,
porque ella lo denominaba amor, porque no era la primera vez que el guerrero de cabellera dorada
requería sus servicios, y siempre ella creía que era distinto, distinto a lo que mantenía con el resto.
Normalmente su cuerpo perdía conexión con su ser al mantener un coito puesto que era una rutina,
algo que tiene que pasar le guste o no, lo que le da de comer y causa envidia en muchas, sólo eso,
durante aquello ella se convertía en una autómata, nada más le quedaba, la resignación era la única
opción. Pero con él no, con él ella percibía todo, porque lo admiraba, porque deseaba que la
permanencia de él dentro de ella fuera eterna. Y en cierta forma lo cumpliría; esa noche Nyx rechazó a todo aquel que se le puso en frente, recibió golpes, insultos, escupitajos e innumerables humillaciones pero no se dejó poseer.
La Luna estaba en su cuarta fase alumbrando en esa oscuridad, fecundando campos y féminas.
Y lo esperó, Timeus se presentó frente a ella y dejando unas cuantas monedas la sujetó en brazos
desconociendo que mucho más que metal habría quedado con esa mujer…
De esa manera nació Andreas, un niño deseado por su madre pero detestado por la comunidad ¿Cómo
Timeus, el poderoso guerrero, ha podido tener un hijo bastardo con una hetaira?, esa pregunta fue
trasmitida al niño desde que estaba dentro de su madre. Nacido en pleno frío con tan sólo mantas sucias
cubriéndolo de la inmundicia de la calle, pues Nyx, muy a pesar de sus deseos, había ido a parar allí, sin
poder conseguir un refugio y alimentándose con falsa caridad de gente sin una mínima inclinación
humana, ofreciéndoles viandas en mal estado y agua que parecía sacada de un hervidero de insectos,
algunos no les bastaba eso y abusaban de ella con tal violencia que la sangre seca impregnaba sus
muslos internos entremezclándose con la mugre cuando aún estaba fresca y perdiendo la nívea y suave
apariencia que poseían. Toda su belleza se había esfumado, pero a ella eso no le interesaba. Sólo tenía
ojos para su hijo, aunque éste al nacer estuviera destinado a dejarla en su oscuridad. Sí, Andreas,
cansado de las humillaciones, maltratos y vida indigna dejó su ciudad como polizonte en una
embarcación con sólo diez años, no quería a su madre, la sociedad le había enseñado demasiado que en vez de estar del lado de su progenitora lo estuvo de ellos, avergonzándose de su origen y buscando huir, hasta que así fue.
De Nyx no se supo más, de Timeus, nunca lo conoció y en cuanto a él, su vida era en las calles y ellas le enseñaron su arte. Siempre a hurtadillas oía cuando los maestros Sofistas instruían a los nobles y de ahí
aprendía a hablar y escribir correctamente, hasta que se convirtió en un aedo. En un principio no muy
conocido y, guiado por su latente inseguridad, demostraba timidez pero eso le brindaba un misticismo
que la gente denominó en su ignorancia como estilo nuevo y así lo oían recitar los versos de su triste
vida, en la cual más triste es ver como un hijo deja a su madre, pero al estar viéndolo como él en ese
trance lírico se perdía la culpa y se entretejía otra versión. Consiguió una lira con las monedas recibidas y
fue a infinidad de bacanales, reuniones de nobles, y otras de menor categoría y así es como regresamos
al comienzo, donde el aedo no comprendía como su Príncipe se interesaba tanto por ese miserable, y lo
que mellaba más en él era la similitud ¡Pero si el Príncipe lo había rechazado! ¿Cómo era posible que ese
arpista, que al igual que él, no era de Corinto, no conociera a su padre y, lo más probable, es que su
madre haya sido una sucia hetaira como la suya, tuviera la mirada que el aedo tanto deseaba sobre sí?
Callad vuestros chillidos, no pruebo algo dos veces seguidas…
Que la salida es por allá hombre…
Marchadse ya…
Aquellas palabras acompañadas de la expresión despectiva del Príncipe hacia su persona le hacían girar
y girar sobre sus aposentos sujetándose la cabeza al sentir toda esa presión hacerse palpable y latirle en
esa zona al no hallar coherencia en la realidad con su realidad. Y sintiendo los movimientos bruscos y
sonoros que se llevaban a cabo en su propia casa, pero que él, al estar sumido en sí, lo consideraba
como parte de su entorno, otro detalle que haga más lamentable su vida, una excusa más hacerse el
miserable y desdichado. Pero por más que sus deseos fueran unos, en el momento dado salía a favor de
su causa y solución de su ahogo, ¿por eso tenía al extranjero arpista en su hogar, no?
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El joven arpista había escuchado, muy a su pesar, aquel íntimo momento del blondo aedo. Como las lágrimas eran silenciosas pero los jadeos no, su respiración entre cortada buscando ocultar de manera inconsciente los sonidos guturales del dolor en una cruda expresión. El cambió de posición de su ligero cuerpo retumbaba en todo el vacío lugar. Ya alcanzado ese máximo punto de incomodidad decidió salir, buscar un empleo aunque ya le había sido dicho que todo correría por cuenta del tan mencionado Príncipe Wilhelm, pero él se repetía a sí mismo que no podría acarrear con tamaña deuda moral, así que algo tendría que hacer en beneficio del blondo sodomita, como lo había denominado él.
Las calles en ese lugar poseían más ruido, y la diferencia no sólo residía en ello. No había cadáveres por
allí, los niños hambrientos si estaban pero en minoría, cosa que para él no disminuía el efecto; sabía
muy bien lo que era ser uno de esos niños, pero en vez de rogar por comida él siempre hacía algo, de lo
que no conocía, aprendía y de lo que sabía, se esmeraba, pero claro, siempre viendo la expresión de la
gente; eso era algo que había aprendido, cuando la gente frunce el ceño significaba golpes sin comida o
cualquier otra humillación, cuando escrutaban el trabajo era para dar un consejo con comida o
simplemente dar comida sin nada más que decir. Pero él valoraba todo, los consejos y la comida, porque
tenía a su madre y sabía, desde pequeño, que su padrastro no ayudaba a su madre en nada, aquello
también le sirvió, cuando su madre estaba tan mal que no podía decir palabra él tenía que entender lo
que necesitaba o la molestia que sentía, aunque ella no se quejara de ninguna, o de Gordon que tenía
que ver con el rostro que venía para esconderse con su madre o sólo pasar de él.
Los recuerdos no gratos los alejó momentáneamente, puesto que persistían en su mente aunque no
fuera aquello lo deseado, y se centró en lo que haría. ¿Qué hacer en un lugar no conocido por él?, solía
cargar todo lo que los barcos llevaban, le daban poco pero le servía de algo y ¿aquí?, frente a él está el
mercado y todos le miran con desconfianza, es de esperarse. A salido de la casa del aedo sodomita y
para algunos esas actitudes son consideradas liberables y reprochables, pero él sentía otra sensación y
seguía malinterpretando las miradas, como mencioné, su pasado siempre persistirá con reticencia en su
vida. Frunció el ceño y miró al suelo, la arena se adhería a sus pies brindándoles una capa extra, que él
no consideró incomoda por dos razones: la primera, es por la costumbre que ya no le es molesto; la
segunda, es una especie de protección, según él, y mientras esté protegido, de una u otra manera,
siente que puede con sus problemas, al menos por un instante al ver esos detalles le llega ese placebo.
Siguió ensimismado barajando las posibilidades de empleo, hasta que sintió un ligero jalón que no le iría
a detener por fuerza pero sí al ser acompañado por un sonido ininteligible para él, provocándole
curiosidad al comparar su procedencia con la de una voz infantil, al girarse lo comprobó. Una pequeña
criatura mucho más por lo bajo de él, con ropajes sucios y rasgados haciendo una armoniosa
combinación con lo descuidado del rostro del infante, orbes dilatadas y amarillentas, rostro aún
poseyendo la común redondez típica de esa edad, dándole un toque de vida, emitiendo ternura muy a
pesar de lo demás, y sus labios partidos recitaban la frase una y otra vez, éste no lo entendía por lo que
se acercó, poniéndose a su altura, al dueño de las manitas firmemente sujetas a sus ropajes.
– ¿Qué es lo que vos recitáis? – preguntó el mayor. Los labios del infante se estiraron formando un gesto
aterrador, sus iris poseían un rojo muy resaltante en aquel amarillento fondo ¿en qué momento esa
inocente figura había mutado en tamaña y atrayente forma digna del inframundo? Se quedó inmóvil.
– Vos caerás en perdición, sufrirás la maldición impuesta en sus telares, nadie huye de la voz pítica…, nace en miseria y perece en ella…- un escalofrío recorrió su espalda y una luz le irrumpió la vista
obligándolo a cerrar los ojos por el resplandor; al abrirlos, ese ser había desaparecido, dejándolo
inmerso en dudas y con un discordante frío frente aquel Sol.
¿Había sido su conciencia jugándole trucos? ¿Había sido, quizás, el espectro de su padrastro al asecho
de estropear su momento de tranquilidad?, esas preguntas rondaban la mente del joven que, buscando
establecer conexión, miró a su entorno para encontrar alguna reacción de la gente que demostrara que
haya visto lo mismo que él, pero no, la gente seguía atenta en sus asuntos, el bullicio persistía cuando
instantes atrás, en presencia del singular infante (si es que se le puede asignar aquel título), no existía
ruido ajeno a su amenazante voz gutural. No comprendía sus palabras y decidió no ahondar más en
aquello por más mella que haya ejercido en él. Sus ojos viraban en cualquier lugar buscando distracción,
un tema específico el cual considerar amplio para ocupar su confundida mente.
Su mirada se clisó sobre una singular silueta negra, según él, aquél parecía pertenecer a una de las tribu
esas que comenzaban a invadir Grecia, los llamados moros, no le encontraba otro porqué a la forma en
la cual vestía: túnica negra con mantos por sobre la cabeza. Su figura no se perdía tan fácilmente entre
el gentío debido a su elevada altura, su forma no se podía entrever pero esa persona había logrado
ocupar los pensamientos de Thomas sin querer.
– ¡El Príncipe! ¡Ahí viene el Príncipe! – gritó una mujer con un desesperado semblante utilizando toda su
energía señalando a un carromato próximo a ese lugar. Lo distintivo era el material del estaba hecho
aquel transporte, eso ponía en evidencia la presencia del próximo a basilewe.
El grito y la conmoción que causó el mismo, al la gente esconder a sus hijas e hijos menores de la vista
de aquel móvil, hizo que Thomas desviara la vista del de túnica negra. No entendía cómo todos se
alarmaban ante la presencia del Príncipe y, según su juicio ignorante, encajó a aquel personaje en el
rango de los buenos ¿él lo era, no?, a pesar de tener mucha experiencia y haber rozado de frente con
aquel mundo miserable en el cual todas las almas se venden a cambió de un poco de pan Thomas poseía
aún una inocencia casi extinta, por eso se supone que siga considerando a los que se encuentre en su
vida en dos casillas: los buenos y los malos, desconociendo el desdichado que las personas son mucho
más complejas.
La gente seguía moviéndose desolada, pero el carromato ya se encontraba frente a ellos.
Con pasos lentos los caballos andaban, les era indiferente si aquello fuera un simple e inofensivo paseo u otro asunto, sólo obedecían a cambio de comida, tal cual pobre en desgracia. Los pasajeros podría, si lo desearan, admirar el paisaje, aunque éste careciera de belleza, la lentitud era tal que podrían permitírselo.
El joven arpista pudo observar que dentro se encontraba el que lo curó en otra ocasión, el cual
recordaba con el nombre de Gustav, y también vio a su acompañante, el de los bellos ojos verdes que
rememoraba en una mirada carente de afabilidad, mas no encontró a la causa del terror colectivo;
bueno, no es que él tuviese una imagen clara de algún rasgo físico que pudiera poseer el Príncipe. Restó
importancia al asunto y buscó de nuevo a la persona de ropajes negros, no la encontró «quizás era hijo o
hija de alguien que en su ignorancia lo esconde del Príncipe», se decía a sí mismo.
– Hola… – esa palabra fue emitida a través de un aliento caliente que le rozó sorpresivamente en la nuca.
Una voz que le era familiar, baja adrede pero poseyendo una especie de poder que infundía sobre el que
lo escuche; tal era el nerviosismo que él sentía que su garganta se secaba y, a fuerzas, ingería sus
propios fluidos para encontrar algún alivio, aunque éste no le fuera entregado.
Thomas frunció el ceño ¿en serio se ponía así por un simple saludo?, aunque él estaba por demás de consciente que no sólo era un simple saludo puesto que seguía sintiendo esa presencia tras suyo, podía
sentir, por sobre su ropa, el calor corporal que emitía esa persona ¡y ni si quiera se había atrevido a
voltear! Por más extraño que pareciera él prefería mantenerse así, pero era un hombre y no existe aquél
que lo sea y no sepa afrontar situaciones, cuales sean. Se giró y fue como sentirse desgraciado y glorioso
a la vez; esas maravillosas perlas almendradas las reconocía, y ahora podía admirarlas de una manera
mucho más cercanamente peligrosa, seguir extasiándose con ese brillo que infundían, aquella
profundidad en la cual era capaz de perderse en infinidad de ocasiones, ¿era posible? ¿Era posible que
esos labios carnosos formando una sonrisa sean reales? ¿Era posible si quiera imaginar que tamaño ser
perteneciera a la tierra de los mortales? Muchas de esas preguntas se formulaban en su mente sin estar
consciente que para ese ser las expresiones de su rostro resultaban de lo más excitantes, que crecían
ansias en su ser egoísta al observarlo, que lo miraba todo mejorado y se le antojaba de lo más
provocativo, de lo más puro e inocente que si no estaría en aquel lugar por diferentes asuntos se lo
llevaría de inmediato a palacio para satisfacerse con él de todas las formas existentes, mancillando su
apetecible naturaleza, manejando su dulce inocencia hasta dejarlo débil, maltrecho e usado, él creía que
aquel interesante niño del Este perdería importancia para él al probarlo, otro ingenuo.
– Eres…- no saldrían frases coherentes de sus labios al estar tan anonadado, el de túnica negra se limitó a posar sus dedos por sobre los labios húmedos del arpista para evitar ser descubierto.
El pueblo conocía las razones que tenía para llegar al punto bajo que significaba para él ir donde ellos,
buscaba presas; buscaba saciar sus necesidades carnales, reclutaba jóvenes de su edad
aproximadamente para que le sirvieran como aperitivo por así darle un eufemismo a las atrocidades que
cometía el heredero con ellos, razón por la cual engaña a los ilusos pobladores mostrando su movilidad
con sus sirvientes dentro, pero él asechaba a las próximas víctimas desde abajo, vestido de negro tal
cual mal augurio, y señalaba con uno de sus largos y finos dedos a los que elegiría. Todo esto lo
desconocía la gente, así que cuando ellos recién reparaban en la presencia del carromato, el Príncipe ya
llevaba contando diez de los que irían a palacio.
– Pensé que vos estabais con el aedo – y esa voz le seguía estremeciendo todo el cuerpo. Era su sueño,
era el Dios del cambio, de la transformación pero ¿era real en verdad?
– ¿Quién…sois vos? – se atrevió a preguntar por fin y para el más alto aquello le pareció de lo más
gracioso, tanto así, que su reacción fue reírse sonoramente y allí el arpista notó que era un sonido de lo
más hermoso que se sonrojó, pero a la par, notó que el alargado cuello ya descubierto del otro tenía un
detalle, un pequeño bulto, es decir: era hombre. Se quedó frío, estático ¿Acaso se atrevía a sentir toda
la variedad de emociones por un…tío?, imposible de entender para él puesto que tenía fuertes
conceptos instruidos por él mismo: no ser sodomita y esto iba en contra de su manera de plantearse
cualquier otro concepto, es que ese ser le parecía tan divino y no terrenal que no podía resistir el
sentirse atraído hacía él, pero también cabe decir que en un principio, aunque no lo definió por
completo, se permitió catalogarlo como un ella, y omitiendo ese «minúsculo detalle» no podía ocultar
esa sonrisa tímida que esbozaba al contagiarse por la de él y sí, quizás en ese momento no sabía lo que
pensaba con claridad pero sus prejuicios le importaron poco al mirarlo y sentirlo a su lado. Era imposible
dejar pasar aquello; en su vida no había recibido nada y ahora se encontraba con algo así, una situación poco común pero totalmente atrayente, estaba comprobado, ha pesar de haber pasado instantes poco le importaba el resto.
– Pues veo que vos sois muy distraído, ¿eh? – le dijo a modo de respuesta el otro aún manteniendo una sonrisa.
– ¿Por…por…qué lo dice usted? – preguntó temeroso el de Tebas pensando que dejó pasar algún dato, una ceja levantó el contrario frente a tal falta de respeto ¿es qué el niño no se enteraba de nada?
Tendré que amaestradlo.
– Vos me resultáis de lo más curioso – entrecerró los ojos mirando los labios de Thomas que se abrían y cerraban balbuceando de nuevo cosas ininteligibles. Definitivamente iba a disfrutar éste nuevo capricho – lo mejor es que regreséis donde el aedo puesto que como eres extranjero aquí puedes perderte o correr alguna clase de peligro ¿vos no queréis que eso suceda, verdad? – su sonrisa no era sincera, puesto que el mayor peligro que podría enfrentar el joven se encontraba frente a él enmascarado.
– Pues yo… ¿Cómo sabéis con quién me quedo? – su entrecejo se frunció mas no demostraba disgusto
por el hecho de que ese bello ser sepa cosas suyas, o al menos que conozca las que formó en ese lugar,
pues las otras preferiría que permanecieran en penumbra, en especial frente a él.
– Muchas preguntas forastero – mucha iniciativa por parte del arpista incomodaba al Príncipe, ya iba
dándole muchas atribuciones a algo que terminaría con una simple copulación, y si era necesario
(aunque él prefería que no) matarle sería una opción, pero se decía a sí mismo que su muerte no la haría
tan dolorosa, o quizás dejarle vivir una vida carente de la misma, una en la cual su naturaleza esté tan
manchada que para él sería un deleite observar al nivel bajo que quedan todos los mortales por más
hermosos que sean, por más que posean cualidades que él desearía obtener. Sus pensamientos se estaban tornando incómodos así que dio por concluida la conversación alejándose, pasando de los llamados de su entretenimiento. Él no era nada, no es nada ni lo será, sólo es un mortal más para mi lista.
– ¡Hey! ¡Vuelve! – ni una respuesta, y lo más increíble era que ni conocía su nombre. Era un tipo raro con
vestidura negra y rasgos hermosos, nada más, y había sobrepasado las barreras que Thomas se había
impuesto ¿Cómo?, él prefería no responder a eso.
Dejó de perseguirlo y lo visualizó mucho más allá haciendo señas con las manos en distintas direcciones
¿Por qué lo hacía? ¿Eran para él?, por más que siguió la señas no encontró más que lugares oscuros
donde se hallaban los hijos de las personas del lugar, los que habían sido escondidos. Aquel mensaje
carecía de sentido para él y al regresar la mirada había desaparecido de nuevo el chico.
Había olvidado por completo la razón por la cual se encontraba allí, que si no fuera porque se escuchó a
una mujer ofreciendo semillas no hubiera reaccionado. Decidió comprarle algunas, se lo pensó bien;
había reparado en un huerto inutilizado por el aedo, él podría trabajar con esa tierra dejando allí algo en
forma de agradecimiento, puesto que desconocía el tiempo de la duración de su estadía con él.
Al regresar no pudo borrar de su mente todo lo vivido: su aroma, sus ojos, su risa, su todo. Sería mentir
el negar que al Príncipe no le pasó lo mismo, puesto que a cada tortura asignada a cada joven, en cada
embestida, en cada brote de sangre y suplica escuchada su mente rememoraba la inocente expresión
del rubio arpista, menuda situación.
Continúa…
Uno más…