“Destino” Fic de Maggot
Capítulo 26: Errare Humanum est
Tenía que volver a su fiesta de compromiso, sabía que debía hacerlo, sin embargo, no deshizo su postura contraída al estar sobre su cama. Sentía que por su pecho no corría aire, inclusive temblaba. Su labio inferior sangraba, por la fuerza con la cual lo presionó entre sus dientes. Aún tenía rezagos del beso, sin poder evitarlo, mezclaba los sabores en su boca y los degustaba con un placer que superaba con creces lo ordinario. No estaba en condiciones de seguir, pese a ello, sujetó a tientas el cristal que refleja, el cual estaba sobre su mesilla. Vio su rostro y frunció el ceño.
Pasó sus trémulos dedos por su plano y frío reflejo, le asqueó la sensación, luego sujetó su rostro y al no sentir lo que deseó, lanzó el objeto al suelo, colisionando contra él para después partirse en diversos pedazos que le enseñaban una imagen rota y difusa. Alcanzó uno de los trozos del suelo y se miró a los ojos, corrigió su maquillaje, dejó caer lo sujeto en mano. Se acomodó la peluca e hizo que sus párpados le cortasen la visión.
No podía mostrarse débil, no enfrente de… ellos. Se espigó y salió de su habitación.
Contradictoriamente a lo que se pensaba, deseaba con urgencia el ver a Thomas.
No se trataba de resiliencia, sino de una acción subrepticia intrínseca en su ser, la de ocultar sus
sentimientos y sensaciones hasta de sí mismo. Creando una hesitación de su probable origen. Sin
embargo, lo que lleva dentro de sí son trozos filudos como los del espejo.
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Bebió, sonrió y se manejó con grácil facilidad. Esa sempiterna actitud que demostraba pese a todo lo sucedido. No obstante, pensaba mucho en alguien en específico, el cual por ahora, se mantendría allí,
como una quimera creada a pulso de sus deseos más insondables y no como lo que es, un ser que
trastocó con todo a lo que Bill estaba acostumbrado.
Esperó, con su atípica cortesía para con su padre, y en el instante en que Lykaios reía con un molesto
gorgoteo, acortó la distancia de su humanidad hacia la de su progenitor.
—Os ruego haga justicia, padre. —El Basilewe se puso rígido al escuchar cómo lo llamaba su hijo. Algo
no cuadraba.
—¿Justicia? —No creía que su hijo buscase un equilibrio de ese tipo.
—Un plebeyo ha osado seducir a mi futura mujer —murmuró Bill.
Jörg frunció el ceño. Esa situación era inadmisible pero necesitaba pruebas.
—Necesito pruebas y un nombre —pidió Jörg.
No es que fuese difícil para el Príncipe el conseguir ambos.
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Sin visión de un mundo que poseyera destellos. Era un lugar de apariencia lúgubre, con la humedad cubriendo las paredes, esas negruzcas que lo mantenían excluido del mundo, de la vida, de la luz.
Había gritado con todas sus fuerzas, pero todo esfuerzo era en vano. Cerraba los ojos de vez en cuando, con la soñolencia ganándole después de tantos acontecimientos. Podría rogar, encomendarse a todos los Dioses, pero si realidad seguiría siendo aquella cruenta.
Un aroma a muerte llenando la estancia, sangre seca no pudiendo ser vislumbrada debido a las
penumbras. Gimoteaba, lágrimas cayendo sueltas por sus mejillas, más que sentir tristeza, sentía furia,
lo del engaño, la traición, lo de terminar solo con miedo a las sombras, con esa sensación apremiante de
falta de aire, la confusión y el dolor… tan físico como interno.
Parecía que la única forma de no desfallecer radicaba en sentir cada uno de los latidos, como con un
placer insano, retumbaba con fuerza contra su pecho, aferrándose a la vida a pesar de todo. Inclusive
teniendo en cuenta el hecho de que se sentía muerto.
Se movió por inercia y sus huesos crujieron por la posición incómoda en la que se encontraba debido a
los grilletes en sus muñecas; le flaquearon las piernas y cayó sentado. Se mordió el labio y absorbió por
la nariz. Sentía sus manos frías y entumecidas, le dolían los brazos y quería ver a su Príncipe a pesar de
todo, eran deseos, de golpearlo, de encarársele, de matarlo, de besarlo, de tenerlo junto a él de la forma
que fuera. No tenía voluntad.
Miraba todo, la Luna en lo alto, el espacio que cubría con su enfermiza luz. En ese instante vio a Bill con
Gustav y un guardia; a penas el rubio dijo ‘Sí’, Tom ya se encontraba, siendo sujeto en brazos por el
guardia, que lo agarró del cuello para luego dejarlo inconsciente…
Ahora estaba allí, en un sucio calabozo, con grilletes y ninguna esperanza que le indique una salida u oportunidad alguna.
Su maldito Príncipe, le dio una tácita despedida con ese beso. No comprendió cómo es que, a pesar de
todo, se pudo perder en esos orbes ausentes. Se golpeó la parte posterior de la cabeza contra el muro,
sintiendo la impotencia. ¿Qué había pasado? Para Tom, lo más probable es que su Príncipe se haya
cansado de él. Cerró fuertemente la mandíbula, alzó los labios al contraer el rostro. Algo le gritaba
dentro de sí que eso no era lo que se había suscitado. Aún le dolía el pecho con la misma intensidad que
antes de ser llevado allí, en los instantes previos cuando poseía una sensación extraña de expectación ligado a un dolor al recordar el rostro de Bill al soltar aquel bramido.
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Bill se sorprendió con la rapidez con que todo pasó. Ahora cerraba los ojos, vería más destrucción, pensamientos explícitos que podrían atormentar a otros; aquellos eran los que azotaban su mente durante las noches. Sin embargo, una de esas personas sin rostro, uno que era desmembrado, frente a sus ojos, por las garras que no sé deslindaba su origen, uno de ellos obtuvo un rostro, y el cuerpo de Bill comenzó a agitarse mientras dormía.
—¡Tom! —gritó tan alto que se despertó a sí mismo. Con el cuerpo perlado en sudor y el pecho
alzándosele.
Se sintió solo, sin ese calor humano al cual se había llegado a acostumbrar gracias a Tom. Negó con la
cabeza y se dejó caer en la cama, para luego rodar quedando bocabajo sobre ella. Lanzó improperios
contra las sábanas y no pudo dormir sin sueños.
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‘¿Por qué?’
Esa pregunta seguía flotando en la instancia, y a cada segundo que pasaba, se ponía densa. No había complicidad, confianza, comodidad, pero en nombre de todo lo que antes existía se había formulado aquella interrogante.
“—Los seres humanos son despreciables —había mencionado Georg—, no dudan un segundo en
lastimar a su semejante.”
Él mismo había sido testigo de la crueldad de las personas. Su madre siendo violentada y degollada
como si no tuviese a nadie tras de sí. Cómo si no fuese un ser que siente. Un obstáculo, es a los ojos de
su verdugo. Un objeto sin vida, es al morir.
El castaño amaba a Gustav. Era la razón por la cual subsistía, no obstante, había llegado a un punto en el
cual no podía reconocer al dulce joven tan timorato del cual se había enamorado. Ahora era uno de
ellos, como el Príncipe, como los asesinos de su madre.
Thomas estaba en el calabozo debido a que Gustav confirmó la versión del Príncipe, la cual decía que el
arpista había seducido a la futura reina. Georg no entendía por qué su amado había dicho aquello.
Wilhelm no había dado amenazas como para temerle, el rubio había accedido con una facilidad
pasmosa. Ahora el futuro de Tom sería la muerte por ingesta de cicuta.
Claro, que Georg no comprendía la postura de Gustav. Ese miedo intrínseco en él con respecto a las
actitudes de Bill, ese recelo, el creer que su vida y la de Georg, principalmente la de este último,
peligrara de alguna forma. Pensaba que al actuar en contra del Príncipe recibiría escarmiento alguno, es
por ello que lo obedecía ciegamente; a pesar de estar consciente de la suerte que correría el menor. Bill, en cambio, no había dejado amenaza alguna en busca de un impedimento, ya que aún no esclarecía lo que debía cometer.
Gustav temía perder a Georg, buscaba su seguridad. Y justamente esa actitud fue la que lo llevó a esto:
un Georg que quiere culminar con el ‘nosotros’.
—Por ti —soltó el rubio después de varios minutos.
Georg sostuvo su mirada. Le suplicó algo más con ojos, una maldita razón para quedarse junto a él, una
promesa, un impedimento al igual que Bill.
Gustav entreabrió los labios pero no salió sonido alguno de ellos.
Como con Bill, el blondo otra vez no reconoció las palabras no dichas. El castaño se retiró con unas lágrimas nacientes que no permitió que fuesen vistas.
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Jörg, ajeno a su sempiterna costumbre, se levantó temprano para observar todo llenarse de luz. Sentía
nostalgia por la decisión de ayer, ese mancebo iría a morir por traición; y lo atormentaba aquello, pero
uno de sus sirvientes había compartido la versión.
Se presionó el puente de la nariz y cerró los ojos. Ese niño tan parecido a su hijo, con una actitud
temerosa; no encajaba. Pero su deber como autoridad máxima era el tomar decisiones, y si incluyen a
más de una persona, debía hacer respetar aquello; sólo los Dioses sabían que tan pésimo ser humano se
consideraba al hacer eso. El joven Thomas… le recordaba de una manera bizarra al amor de su vida.
Sintió en su pecho una molestia y se sentó al pie de la escalinata de la entrada del palacio.
A pesar de esas anémonas ser cuidadas con tanto afán por sus empleados, ya no tenían las misma apariencia que tuvieron las anteriores. Jörg pensó si se verían más hermosas si ella estuviera cerca.
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La despedida de los Kaulitz fue simple. Sin tanta parafernalia como lo fue en la cena.
Al todos irse, Bill eludió con sutileza a su padre y tía. Alysa no se mostró desde que la tildaron de impía.
Lykaios se percató de la actitud de su sobrino; había mandado a encarcelar a su amante sin razón
perceptible. Algo ocultaba, ella se encargaría de averiguarlo; no le convenía que algo ínfimo destruyese
su equilibrio, no ahora que todo parecía miel sobre hojuelas.
Torció la boca mientras seguía con la mirada a su sobrino. No iba en dirección a su pieza, entonces
¿adónde? Sopesó varias posibilidades y su rostro adquirió una expresión inescrutable. Debía ser ilegible,
sin embargo, eso no aseveraba que no pensase nada. Ahora debería apresurar las cosas.
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Las malas lenguas iban destilando su veneno entre cotilleos durante encuentros furtivos en los lugares más concurridos. Todos alusivos a la supuesta infidelidad de la futura reina, y las consecuencia que conllevaría al ser su marido el Príncipe, ¿Torturas a muerte quizá? Se daban por servidos al saber que se mantenía con vida.
—Ellos se van con premura, se van, se van… Han crecido pero mantienen un miedo común, uno de años.
Athanatos dejó sus actividades para verla apoyada en la ventana, viendo a las personas pasar. Frunció el
ceño, ¿acaso Khaete sabía lo de años anteriores? Pensó en ello al escuchar el ‘miedo común’ en su frase.
Se supone que ella no estaba al tanto de los turbios secretos del palacio. La observó durante un instante
buscando ahondar en su expresión, ver más allá de su postura tranquila y su rostro irradiante de
inocencia e ingenuidad. No pudo hacerlo y temió preguntar, sintió miedo de no ser lo suficientemente
bueno para ella como para protegerla del mundo. Como leyendo sus pensamientos, Kaethe se giró para
verlo y ofrecerle una dulce mirada mientras buscaba sujetar su mano.
Athanatos no se rehuyó al tacto. —No os preocupéis, ¿sí? Cuando ella nos vuelva ver quiero que
estemos prestos y con una gran sonrisa.
Mientras que él palideció de inmediato, ella sonrió ampliamente.
—Kaethe… sabéis que…—intentó decir Athanatos no muy seguro de sí.
—¿Será que hoy lloverá? Veo el cielo oscurecer. —Con esa frase cortó todo miedo infundado y el
hombre la abrazó con fuerza.
—Lo veo aún claro—respondió, ella negó.
—Las nubes negras se aprecian a lo lejos, llegarán de a pocos y la lluvia se desatará—murmuró Kaethe
mientras se hundía en el cuello de su marido, el cual miró por la ventana para comprobar que aquello era cierto.
Una hesitación se posó sobre él.
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Tom escuchó unas voces, y reconoció una de ellas. Sus ojos legañosos por tanto llorar se dejaron ver, ya
era de noche, se percató de ello porque el lugar estaba inmerso en la oscuridad.
Un escalofrío le azotó el cuerpo, aún rememoraba como el carcelero le había lanzado agua al suplicar le
den algo por su urgente sed. Su respiración estaba acezada y sentía todos los músculos acalambrados.
Frunció la nariz y el entrecejo frente al estruendoso ruido que provenía del abrir de las rejas que lo quitaban su libertad.
Vislumbró formas acercándose a él. Sintió unas manos de temperatura familiar sobre sus muñecas
heridas, y tras unos sonidos de los fierros entre sí, sus brazos cayeron laxos sobre su regazo.
Movió la cabeza, aún estaba desorientado y forzó sus ojos para que se abrieran de nuevo, ese almizcle tan cerca de él le sonaba demasiado. Parpadeó un par de veces y cuando por fin pudo discernir quién
era esa persona, le dio un empujón con lo poca fuerza que le quedaba.
—¡Maldito! —gritó con voz aguda e intentó levantarse pero fallando en su intento, terminó siendo
auxiliado por el otro, Bill.
Se sentía sucio, débil, humillado, sin embargo no negaba que sentirlo cerca le transmitía un calor dentro
de sí que le hacía sentir mejor.
No duró demasiado su pasividad porque en cuanto se sintió más fuerte se removió con brusquedad del
roce para alejarse y verlo a los ojos. No era el mismo, había algo distinto pero eso no le interesaba ahora
a Tom, por lo que lo postró contra la pared.
— ¡¿Por qué?! ¡¿POR QUÉ?! —gruñó en su rostro.
La voz rasposa del carcelero se dejó escuchar. —Mozo, ¿no necesita que intervenga?
—Os he dicho que no intervenga oiga lo que escuche —respondió con voz grave Bill. Tom se
sorprendió por la fuerza con la cual se expresaba a pesar de estar dejándose hacer por él.
—Sois un bastardo, ¿creéis que no puedo lastimarte? —exclamó Tom indignado y le atestó un sonoro
golpe en la mandíbula, haciendo que el rostro de Bill se gire y que escupa sangre seguido de una
repentina que le vino.
Tom lo soltó y vio cómo se encogía pero no demostraba expresión alguna. Notó otro detalle, estaba de
nuevo con la peluca.
Lo sujetó de nuevo y golpeó el vientre, para luego acerco hacia sí y abrazarse con fuerza.
—¡Eres un maldito! Me dejaste aquí, me traicionaste, yo…—absorbió por la nariz y su voz se vio
interrumpida por sus gimoteos—. Os desprecio principito…
Una risa apagada se escuchó. —¿De qué os reís, menudo tonto? —preguntó, entre sorbidas de nariz,
Tom.
—‘Principito’, suena como algo que vos dirías—susurró entre dientes Bill para luego alejarse del
contrario.
Tom pestañeó un par de veces e intentó acercarse de nuevo para buscar sus labios, no obstante, le fue
negado aquel roce al Bill ponerle una palma sobre su boca y besarlo por encima de esta.
El acto fue tan inesperado para él que intentó alejarse y Bill se lo permitió. El arpista intentó hablar pero
no supo qué decir, Bill lo tomó en brazos y mordió la unión de su cuello con su hombro, haciendo que el
otro dé un brinco.
«Aléjate, dime aquello» pensó el Príncipe al mirarlo con fijeza.
—¿Por qué me hiciste eso? —Se limitó a preguntar Tom.
El Príncipe caminó a pasos inseguros hasta donde se hallaba su objetivo. E hizo lo mismo que la última
vez que se besaron, sentirlo, con leves roces un tanto tímidos, después buscando sentirlo por debajo de
la piel. Tom confundido pero, a la vez, ansioso por volver a sentirlo permitió que sus caricias urgidas le
recorriesen el cuerpo. Otra vez esa sensación en el pecho, cómo unas ganas repentinas de llorar, de gritar.
No se rozaron los labios. Tom aceptó ese acuerdo tácito, y a pesar de no compartir ese íntimo toque, sintió su alma fundirse con la de Bill.
No sería el primero de esos encuentros en penumbras.
Continúa…
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