«A dos bandas» Fic de rubelangeltwc
Capítulo 3
Podría haber gastado mi tiempo desde un principio con él, podría haberme acercado mucho más, podría haberte querido.
Podría haber sido un poco menos cobarde y darme cuenta de que, joder, tus ojos me encantaban, y eran los únicos que quería ver todos los días.
Pero siempre mi ego acababa dando marcha hacia atrás.
Siento no haber apreciado todo mi tiempo contigo.
Sabes que soy un idiota.
Y ahora es cuando me lamento de serlo.
James, el hermano de Bill, ya sabía ir perfectamente en bicicleta. Tan solo estuve un día para enseñarle, un par de caídas y rasguños en la rodilla, pero cada vez que se caía volvía a levantarse e intentar seguir, yo le sostenía del sillín y decía cómo debía pedalear y mantener el equilibrio. Y así aprendió.
Bill no bajo, pero aun así podía sentir perfectamente su mirada, sintiéndome más que observado. Así que tuve cuidado de que su hermano no se cayera mucho, porque si se hacia algún rasguño importante, sería capaz de cortarme el cuello con esas uñas que siempre llevaba perfectas.
Había momentos en los que le quería arrancar la cabeza a James o fumarme un cigarro para aminorar el estrés que pillaba como profesor, pero gracias a dios aprendió pronto, y fui el primero en sentirme bien por haberle enseñado en no mucho tiempo, y no acabar con el paquete de cigarrillos y un cáncer en los pulmones.
Ahora la balanza de lo bueno y lo malo que había hecho, estaba casi igualada.
James se quedó afuera yendo con la bicicleta de un lado a otro, y Simone cuando lo vio me lo agradeció eternamente, pero sin duda lo mejor de ese agradecimiento fueron las galletas que preparo. Joder, estaban buenísimas.
Esta semana Bill falto un par de días al instituto, y eso, sin saber el por qué, me preocupo levemente.
Así que ese día fui a su casa, y después de abrirme la puerta y decirme que estaba bien con una sonrisa que no se creía nadie, casi me echó de allí. Y digo casi, porque yo no lo dejé Iba con muletas, me dijo que se torció el pie, sus pasos eran pesados y me acuerdo de lo tremendamente nervioso que me puse cuando vi que iba muy lento subiendo las escaleras.
– ¿Podrías ir más rápido? No se, tienes el otro pie bien y puedes ir con uno solo – le dije suspirando desde atrás, Bill se giró y me miró con una mirada no muy buena.
– Nadie te ha dicho que te quedases – vale, el señorito sabía jugar. Puse los ojos en blanco y vi cómo tardaba la vida en subir un puto escalón, yo me estresaba muy fácilmente, así que enseguida puse nervioso.
– Si no me quiero morir esperando me temo que tendré que ayudarte – murmure, y después de recibir una extraña mirada por parte de Bill, subi el único par de escalones que había alcanzado a subir, pase uno de mis brazos por debajo de sus rodillas, y el otro por la espalda. Subiendo su cuerpo y haciendo que Bill me agarrase del cuello cuando le alce.
– ¿Eres tonto? ¡Nos vamos a caer, imbécil! Bájame – pero ni siquiera le presté atención, afortunadamente era fuerte por las horas que hacía ejercicio, y el no pesaba nada.
– No pesas nada, Bill. Créeme que no te vas a caer – dije, comenzando a subir las escaleras con él en brazos mientras, resignado, suspiraba.
– Gracias por contribuir en la comunidad de «estas muy flaco, Bill» – dijo, y no pude evitar sonreír – De nada – contesté, aún con una sonrisa en la boca.
Ya se había vuelto rutinario venir todas las tardes a ver a Bill, pero estos días como falto, no vine. No entendía realmente el por que yo venía la mayoría de tardes, pero luego, cuando me iba y estaba con mis amigos, mi cabeza es como si siguiese aquí aún. Y al llegar a casa, la charla de mis padres que tan monótona se había vuelto.
Al llegar por fin al último escalón, abrí la puerta de la habitación de Bill y le bajé de sobre mi cuerpo, pude ver que se agarró a la pared, y arrastró los pies hasta la cama, sentándose en ella.
Ambos nos miramos en ese silencio, y aseguró el dolor que vi en sus ojos, no tenía ese brillo o ese entusiasmo cuando me miraba. Veía pena, y mi sonrisa enseguida se esfumó. El silencio se hizo más fuerte en ese espacio de tiempo, y me sentí incómodo. Bill no decía nada, y no entendía el por qué este comportamiento tan brusco de repente.
– ¿Pasa algo? – le pregunté, pero él miró sus pies e intento moverlos, pero no pudo, tan solo un leve movimiento de un centímetro como mucho. Quizá le dolía mucho la torcedura.
– ¿Puedes irte? – me preguntó mirándome ahora, de nuevo con esos ojos…
– ¿Qué? – pregunte, sin lograr entender la situación.
– Por favor, vete, Tom – tragó saliva y cerró fuertemente sus ojos, viendo que una lágrima salía de sus ojos. Oh, no, no, no. En ese momento no supe qué hacer, Bill comenzó a llorar muy levemente, y yo enseguida me quedé estático, sin saber cómo consolarle, o si simplemente irme de allí como él me había pedido. Me quedé en esa esquina de la habitación, inmóvil, viendo que esa alegría que había visto en Bill todas las tardes que fui se esfumaba completamente, viendo ahora un lado jamás hubiese querido ver.
-Bill…
– Vete, te lo pido por favor – subió sus ojos rojos hasta conectarlos con los míos, y supe que jamás había visto unos ojos tan tristes como los suyos en este preciso instante. Me puse enseguida nervioso, con la mente confusa, sin saber qué coño hacer. Era muy malo para estas cosas, y encima era con Bill , con una persona que prácticamente desconocía.
Así que sin más, tras una débil mirada, me fui de al í como él me pidió que hiciera.
Me fui, sin más.
Desde ese día no pisé la casa de Bill, ya iban dos días más, y hoy sí que había venido al instituto. Pero ni siquiera le dirigí la palabra, en el instituto actuábamos como debíamos actuar, él en su puesto y yo en el mío.
Bill no podía acercarse a mí, no podía porque hundiría mi reputación, porque él era el mayor pringado del instituto.
Si Le hubiese apoyado, quizá me hubiera confesado lo que leí en esa carta. Pero yo siempre fui un idiota, y decidí irme.
Hice todo mal, no sabía valorar el tiempo con él. No sabía entender por qué yo pasaba tanto tiempo en su casa cuando la respuesta estaba entre nuestras miradas. Bill me gustaba, pero tarde demasiado en comprenderlo, y muchísimo más en darme cuenta de que le quería.
Y ahora cuando te has ido, me doy cuenta del por que de tus lágrimas, y me doy cuenta de que mi tiempo contado contigo fue lo más valioso que tuve, aun así no lo supe apreciar.
El día de hoy había sido una completa mierda, sin duda alguna. Me pasé la mano por la nariz y sentí un dolor inmenso, encontrando sangre en ella.
Suspiré y escuche el rugido de una moto mientras el gran hijo de puta se iba, casi ileso. Puse una de mis manos sobre el asfalto y vi mis nudillos sangrando. Me quejé por el dolor y puse un pie en el suelo, poniéndome de pie. Mire a un lado y a otro, y apoye sobre una pared, viendo todo borroso y desenfocado.
Cerré los ojos y me llevé una mano al abdomen, a esa parte del cuerpo que tanto me dolía. Un mareó me golpeó fuertemente y me incliné hacia adelante, sintiendo la bilis salir por mi garganta, quemándome la garganta y sintiendo un asco enorme. Después de vomitar lo poco que había comido, me llevé los dedos a la sien y comencé a masajearla, esperando que el dolor de cabeza insufrible aminorara un poco.
Me había peleado con un tío de dos metros de alto y ancho, estaba fumándome un cigarro en el parque mientras una tía que me ligué el otro día me besaba.
Sin embargo, de repente apareció ese hijo de puta con su moto frente a mis narices, le cogió a ella del cabello y a mí me dio un par de puñetazos en la cara. La tía comenzó a gritar y el hijo de puta decía que era su novio, preguntándome que qué coño hacía son su novia.
Yo no tenía ni puta idea, y me defendí como pude, pero claro, era mucho más grande que yo, y el perjudicado en esa pelea fui yo, acabando echo mierda por una puta.
Así que ahora estaba aquí, apoyado sobre una pared, sintiendo que el cuerpo me pesaba y me dolía horrores. Sentí que una gota calló sobre mi mano, y miré el cielo, viendo lo nublado que estaba. Encima iba a llover… Joder, la desgracia me perseguía.
Me solté de la pared y anduve hacia mi descapotable, el cual estaba a unos metros, cerca. Di unos cuantos pasos y me sostuve de él, pero enseguida vi que las ruedas estaban reventadas, las había petado.
– ¡Joder! – grité, dándole una patada al coche. ¿Y ahora qué coño hacía? Mi casa estaba bastante lejos, y sin el descapotable, sin poder casi andar, y con la lluvia comenzando a caer, me moriría en alguna esquina, y era demasiado joven para morir, joder.
Levanté la cabeza y me puse la capucha de mi sudadera, sintiendo que las gotas caían del cielo con más insistencia, comenzando a mojarme.
Miré a un lado y a otro, reconociendo las calles, pensando qué podría hacer.
Miré mi móvil y, efectivamente, al no haberlo cargado ayer, no tenía batería.
Grité de frustración y apreté los puños, sintiendo el dolor muy fuerte. Pero, como si de repente todo se iluminase para mí, encontré una salvación.
Me separé de mi descapotable y anduve cojo para cruzar la calle, miré a la izquierda, y comencé a andar hacia allí. Bajé la calle hacia abajo, mientras el dolor en mi cuerpo cada vez incrementaba más. La lluvia ya era muy fuerte, empapándome por completo, sintiendo el frío calarme los huesos. Intenté taparme con la enorme sudadera que llevaba, intentando darme un poco de calor, pero no resultó efecto. Miraba las casas, esperando llegar a la adecuada, deseando llegar ya para dejar de andar y sentir este puto dolor en la cara y en el cuerpo.
Divisé en la segunda casa de esa calle esos juguetes que ya me sabía de memoria tirados en el jardín, y fui más rápido para llegar cuanto antes. Al llegar a la valla, me apoyé sobre ella, y abrí la puerta, andando por ese camino hasta subir ese par de escalones. Dejé de mojarme gracias al porche que había, y sacando mi mano ensangrentada piqué en casa de Bill.
Esperaba que su madre no abriera la puerta, no quería que me viese lleno de sangre, con moratones en la cara y empapado por la lluvia. Normalmente me abría Bill, y esperaba que ahora también lo hiciera. Esperé unos largos segundos, los cuales se convirtieron en un minuto, pero nadie abrió la puerta, ni Bill, ni su madre, ni sus hermanos.
– No me jodas, vamos… – murmuré, picando con insistencia. Pero nadie abrió.
Apreté la mandíbula y bajé las escaleras, volviendo a mojarme por la lluvia, ahora andando por el césped de ese cuidado jardín, yendo a la parte de detrás de la casa, donde estaba la habitación de Bill.
Di la vuelta con ese puto frío y dolor sintiéndolos más fuertes que nunca, y pude ver que la persiana estaba abierta, viendo perfectamente a Bill haciendo la tarea con los cascos. Suspiré de alivio, y agarré una piedra que encontré en el suelo, tirándola a la ventana de su cuarto, le di de pleno, y enseguida se quitó los cascos, mirando a través de ella y, en consecuencia, viéndome a mí. Abrió los ojos y yo le miré, enseñándole mi rostro demacrado, alcé la mano y le saludé, Bill frunció el ceño, y enseguida pude ver su cara de preocupación, desapareciendo de la ventana.
Yo volví por donde había venido, yendo de nuevo hacia la puerta, apoyándome en las paredes. Llegué al porche otra vez y vi a Bill ya con la puerta abierta, subí las escaleras y él se acercó a mí, agarrándome de los hombros.
– Ah, joder – me quejé.
– ¿Qué te ha pasado? Estás sangrando – tiró de mí para que entrara en su casa y sentí la calidez de esta, ya no hacía tanto frío como fuera. Le miré y fruncí el ceño.
– ¿Enserio? No me había dado cuenta – dije, pero más que reírse me miró con muy mala cara – ¿Y tu madre?
– No hay nadie en casa, mis padres están trabajando y mis hermanos se han quedado en casa de un amigo suyo – asentí y Bill me agarró por la cintura, guiándome hacia las escaleras – ¿Te duele? – me preguntó cuando me quejé mientras las subía, yo asentí y llevé de nuevo una de mis manos a mi estómago
– ¿Qué te ha pasado, Tom? – me preguntó mientras nos adentrábamos en su cuarto. Me llevó hasta su cama y me senté allí, suspirando de alivio por estar en algo blando y cálido – Quítate eso, está empapado – me dijo mientras tocaba la sudadera -. Creo que tengo algo por ahí que me va grande – dijo, yendo hacia su gigante armario mientras abría las puertas de par en par.
– ¿Qué tienes, una tienda en tu casa? – pregunté mientras intentaba quitarme la sudadera de una forma en la que no me doliese mucho.
– Solo me gusta la ropa – contestó, cogiendo una sudadera mucho más pequeña que la mía, pero que sin duda me valía. Cerró las puertas y se giró con ella en la mano, dejándola sobre la cama. Bill me ayudó a quitarme la sudadera mojada y cuando me la quité la tiró al suelo.
– Puedo yo solo – le dije, intentando quitarme ahora la camiseta. Me miró con una ceja alzada y suspiró.
– No seas tan orgulloso, tus amigos no se van a enterar – y me calló la boca, ayudándome de nuevo a quitarme ahora la camiseta, quedándome con el pecho al descubierto. Me miró de arriba a abajo y entonces recordé lo que habló con su madre; Bill era gay, le molaban los tíos -. Tienes un morado en el estómago –dijo mirándome, con un leve color rosado en sus mejillas el cual intentó disimular con su cabello.
– He vomitado precisamente por el dolor de estómago que tengo – murmuré, buscando su mirada para que dejara de mirarme el pecho y me mirara a los ojos.
– Tengo una crema – dijo, dándose la vuelta y andando hacia el baño que había en su habitación. Yo puse los ojos en blanco y me recosté sobre su cama, sintiendo que el dolor disminuía. Bill no tardó mucho en venir otra vez con un botiquín, del cual sacó cosas que desconocía. Me limpió las heridas del labio con alcohol y me quitó la sangre que tenía en el rostro con él también.
Me quejé, pero lo pude soportar. Después hizo lo mismo con mis nudillos y los curó, tapándolos con una gasa para evitar cualquier golpe y, finalmente, me puso esa crema en el estómago mientras yo me mordía el labio y evitaba mirar ese morado que tan mal color tenía – ¿Ahora me vas a decir qué te ha pasado?
– preguntó cuando acabó y recogió todas las cosas. Estaba sentado en una silla mientras yo pasaba mis dedos por la crema de mi estómago suavemente, sin llegar a hacerme daño. Le miré y enseguida subió la mirada a mis ojos.
– ¿Por qué lloraste el otro día? – pregunté ahora yo, esquivando su pregunta.
Bill se removió en la silla y puso los pies sobre ella.
– Cosas personales – siempre usaba ese puto término cuando se refería a algo importante – ¿Y a ti por qué te han pegado? – dijo.
– Cosas personales – respondí igual que él, y me gané un suspiro de su parte
– ¿Por qué sabías cómo curarme? – dije rompiendo el leve silencio que se formó.
– Quiero estudiar para ser médico – respondió y yo alcé una ceja – ¿Qué? –preguntó al verme esa cara.
– Nada, solo que… no te veo siendo médico, ¿Sabes? – contesté, y él se encogió de hombros.
– Hace unos años quería ser músico, me gusta mucho cantar y tocar el piano.
Mi madre me dice que lo hago muy bien… Y Gustav también me lo dice, pero bueno, tampoco hubiera tenido mucho futuro – murmuró.
– ¿Cantas? – pregunté impresionado, cada vez iba descubriendo más cosas de Bill que me impresionaban. Él asintió y arrastró la silla de ruedas hasta su escritorio, cogiendo una libreta.
– La hoja que leíste son cosas idiotas que escribo cuando me aburro – me dijo, entregándome esa libreta donde, al abrirla, pude ver muchas letras en inglés.
– ¿Les has puesto un ritmo? – dije ojeando esas hojas, todos esos párrafos llenos de palabras, alcé la mirada y Bill negó – ¿Tienes una guitarra?
– Por supuesto – contestó con una sonrisa, levantándose de la silla mientras se dirigía a uno de sus armarios, abrió una puerta y agarró una cosa antes de volver a cerrarla. Era una funda negra con la forma de una guitarra, la abrió y me dejó ver ese instrumento que tanto me gustaba. Sonreí e intenté inclinarme para cogerla, pero el dolor atacó mi cuerpo y me quejé -. Toma –me dijo Bill, pasándomela. Yo la miré y me senté correctamente en la cama, pasando los dedos por sobre sus cuerdas, viendo que era guitarra no era de ninguna marca -. Me la hizo mi padre hace unos años, por eso no es de ninguna marca – informó, y enseguida supe que esa guitarra era muy importante para él.
– ¿Está afinada? – pregunté.
– No la tocó desde que me la regaló, así que sí – dijo, y toqué todas las cuerdas de la guitarra, escuchando en sonido que hacían y, efectivamente, todas sonaban como debían.
Toqué un par de acordes con ella y, cuando acabé, Bill y yo nos miramos y sonreímos.
Teníamos algo muy importante en común, y nos gustaba a los dos.
Si ya me gustaba tocar la guitarra, recuerdo que con Bill me gustaba muchísimo más.
La música nos unió más.
Y es ahora cuando me doy cuenta de que siempre estuvimos destinados a estar juntos.
Tú enamorado de mi odiosa sonrisa, y yo de tus jodidos ojos.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario.
Creo que ya leí está historia 😢😢😢😢😢
Es probable, es bastante famosa, pero como es TOLL la eliminaron de Wattpad, junto con la mayoría de los fics de Rubel
Es triste, pero te prometo que al final vale la pena 😉