«A dos bandas» Fic de rubelangeltwc

Capítulo 9

– Lo siento, tío – le dije a Georg una vez más, rascando con insistencia la parte interior del bolsillo del pantalón, donde estaba guardada la cajetilla de cigarrillos, deseando fumarme uno y sentar el sabor del tabaco agrió en mi boca.

– Joder, llevas ya un puto mes sin venir a las fiestas que monta Reber cada fin de semana, ya te la has tirado una vez y se escuchan rumores de que quiere llevarte a la cama en la fiesta y no para dormir. Venga, tío, que es la tía que más buena está de todo el instituto – me guarde el suspiro y me apoyé contra las taquillas, desde el día que empecé a salir con Bill no volvía a juntarme frecuentemente con mi panda para irnos de fiesta, fumar y beber, simplemente no me apetecía, prefería estar tranquilo por un puto momento con Bill . Hablábamos de mierdas mientras él hacía la tarea, la cual seguía haciendo de Georg y ahora se le había sumado unos cuantos más de mi panda también. El siempre me decía que no le importaba con una sonrisa, y lo único que se me pasaba por la mente cuando le escuchaba decir eso era una simple pregunta que seguía sin respuesta «¿Cómo puede ser tan bueno?»

– Hace un par de días salí con vosotros por ahí a fumar y beber. Además las fiestas de Reber no me gustan, son aburridas y ya me la tire una vez, paso de repetir plato. Además ya te he dicho que mis viejos el domingo… – todo eran excusas, por supuesto que me encantaría ir a una fiesta de Reber, eran las mejores, y por supuesto que me encantaría volver a tirármela, pero me encantaba mucho más, últimamente, estar con Bill.

– Tus viejos me tienen hasta la polla, los míos por culpa del pringado maricón casi no me han dejado salir de casa por la puta expulsión, l evo dos semanas expulsado y quiero emborracharme en alguna fiesta para descargar la puta irá de no ir a por el maricón de mierda y su amigo y molerle a golpes hasta dejarle inconsciente – esta era la primera semana que Georg volvía al instituto y el primer día, cuando vio a Bill , casi le explota la cabeza de lo rojo de irá que se puso, yo tuve que controlarle un par de veces sin que se notara demasiado que estaba protegiendo a Bill, yo prácticamente era el jefe de la banda y Georg me hizo caso porque sabía las consecuencias que surgirían si no me lo hacía.

Dejé que siguiera hablando sin prestarle mucha atención, ni siquiera supe de que estaba hablando, de chicas o de coches supuse, mientras sentía que en cualquier momento haría un agujero en el bolsillo de tanto rascar y apretar en busca de una vía de escape. Esa mañana no había saludado a Bill, o no debidamente. Había cogido la manía de llegar siempre unos cuantos minutos antes, cuando aún no había nadie dentro, para poder llevarle a alguna de las aulas que a alguno de los dos nos tocaba y besarle un momento para después soltar alguna que otra burrada, deseándole un buen día que le hacía sonreír y así empezaba un nuevo y, gracias a eso, perfecto día.

Esta mañana no le había visto, así que mi vista divagó un par de veces por su taquilla sin que Georg se enterara de que me sudaba la polla de lo que estuviera hablando, y justo un segundo antes de que sonara el timbre, vi su cabello negro como la noche junto al rubio pasar por los pasil os mientras hablaban alegremente, como siempre. El se dio cuenta de mi mirada y se giró, conectando su mirada con la mía, para después continuar su camino, se me formó una pequeña sonrisa y saqué la mano del bolsillo justo cuando el timbre sonó, Georg y yo habíamos decidido no comer nada ese descanso, simplemente porque siempre alguno de los dos invitaba al otro a comer, pero esta vez ninguno llevaba dinero, así que nos tuvimos que conformar con lo que Georg le robo a un chico de primer curso, yo ya estaba acostumbrado, así que no me sentó del todo mal. Nos despedimos y yo me fui a mi última clase de ese día, hoy hacían un evento, así que las clases terminaban una hora o dos antes, y eso lo agradecí eternamente.

La clase de historia, como siempre, pasó aburrida, pero esta vez lo único emocionante que tuvo es que el profesor no se había preparado la clase, así que nos puso un documental de la primera y Segunda Guerra Mundial en la cual me quede gloriosamente dormido después de entretenerme sacando un trozo de celo que había pegado debajo de la mesa.

Me desperté cuando el timbre sonó y el profesor quitó el documental que nadie le puso atención, me cagué en todo cuando las luces se encendieron y tarde mucho más de lo habitual en guardar el único estuche que llevaba al instituto en la mochila, todos ya habían salido, incluso el profesor, obviamente aprovechaban los gloriosos minutos de más que teníamos de libertad.

Ojalá yo los hubiera aprovechado también.

Me entretuve a sacar un cigarro, deseándolo después de una hora, lo encendí y me lo fumé mientras seguía intentando despertarme, afortunadamente el sabor del tabaco acabo de hacerlo y cuando lo acabe, tire la colilla fuera de la ventana y hundí la cajetilla dentro del bolsillo de nuevo, me puse la mochila sobre el hombro y salí por la puerta, bajé las escaleras y vi a gente entrando por la puerta del instituto junto a todos los profesores habidos y por haber ahí, hablando seguramente del evento que era de algo que no me importaba en absoluto, todos fueron pasando a una sala grande que había y yo me quedé ahí, mirando como un imbécil hasta que cerraron la puerta y reaccioné. Si no andaba y no escuchaban mis pasos contra el suelo, parecía que había un gran silencio, y en ese silencio pude reconocer la voz de Georg muy lejana. Fruncí el ceño, ¿Que coño hacía Georg estando más minutos de lo habitual en esta cárcel que todos odiábamos? Menos Bill, está claro.

Salí al recreo, y cuando abrí la puerta para salir a este, la voz se intensificó. Miré a la derecha y ahí, en medio de un par de bancos donde normalmente se sentaban los de primer curso, estaba un nervioso Georg con los puños apretados mientras escuchaba que insultaba a alguien, y cuando pestañeé un par de veces supe que ese alguien era Bill. Oh, no.

Me quedé en blanco y tan solo pude fijarme de que Bill no tenía sangre en la cara ni en ninguna parte de su cuerpo, así que Georg no le había pegado, quizá tan solo quería amenazarle y no pegarle. Si, seguro que era eso.

¿Pero desde cuando Georg hacía eso?

Georg era como yo, actuaba antes de hablar.

La cara de Bill era, sorprendentemente, neutral, no distinguí miedo en ella, miraba hacía abajo, seguramente para no mirar los ojos llenos de irá de Georg, la voz de este se intensificó, y como Bill no respondió, vi en cámara lenta que subía uno de sus puños y lo impactaba contra su nariz. Me mordí con fuerza la parte interna de las mejillas y apreté las uñas de mis manos contra las palmas de estas.

No podía hacer nada.

Era Bill o mi reputación, mi vida. Y elegí mi reputación.

Fallo.

Me quedé allí, impactado por la situación, eso era acoso, y yo, por muy sorprendente que sonara, nunca había hecho ni visto acoso hacía alguien dentro de este instituto. Bill era el pringado, pero nadie se acercaba a él para burlarse, quizá los gilipollas de turno de siempre, que eran uno o dos, pero ya está, jamás había pasado a las manos, unas cuantas palabras sin importancia y ya está.

La mirada de Bill, como si él fuera un mago y supiera que estaba allí, volteó y se encontró con la mía. Mierda, mierda, mierda. Enseguida, en ese mismo segundo, aparté su mirada de la mía y me fui de allí, esperando que al haber reaccionado tan rápido, no me hubiera reconocido.

Otro fallo.

Llegué hasta mi coche, y el ranció sabor del cigarrillo ya ocupaba de nuevo mis labios, y esta vez no tan solo eso, sino que volvía a hincar mi dedo contra el bolsillo. Tiré la mochila contra el asiento y salté la puerta.

No acababa de pasar nada, por supuesto que no…

Intentaba convencerme a mí mismo de que nada había ocurrido, pero sí que había pasado. Había pasado que Bill estaba acorralado por Georg mientras este le decía miles de adjetivos y palabras no precisamente bonitas, las cuales seguramente, conociendo a Bill, le dolerían, y ya no solo eso, sino que le pegó, le pegó justo en su perfecto rostro, y encima me vio… Tan solo esperaba que no supiera que era yo, a pesar de saber que no había muchos en el instituto que se vistieron con ropas tan anchas como yo y tuvieran rastas.

Le di una calada al cigarro que de la mitad, pasó a llegar al principio de este, así que lo tiré y saqué todo el humo de mis pulmones, saqué la mano del bolsillo arrastrando con ella la cajetilla que, cuando la abrí, estaba vacía.

Estaba nervioso y evité ponerme a darle patadas a mi precioso descapotable, así que tiré también la cajetilla y encendí el motor, pisando con fuerza el acelerador mientras hacía patinar el plástico contra el asfalto, oliendo un poco a plástico quemado antes de salir de allí con la música que Bill había comprado al máximo, me daba igual que no fuera rap, tan solo quería olvidar esa situación y la sensación de asco que tenía hacia mí mismo por no poder hacer nada contra ello, por no poder romperle la cara a Georg en ese preciso instante.

Porque la cruda realidad era que los dos estábamos a dos bandas y ninguno podía sobrepasar su línea.

No sé realmente qué hice los siguientes treinta o sesenta minutos de mi vida, era algo que se sumiría en el olvido, tan solo conduje por las calles de la ciudad y no pensé en nada más que en si tenía que frenar en un stop o si tenía que girar a la derecha. Paré un momento en una gasolinera y me compré una pasta que me fui comiendo por el camino, como si de una ruta turística por una parte de Múnich se tratase, hasta que inconscientemente estaba conduciendo por la calle que Bill vivía, y entonces esos minutos o horas gastados al estar perdido en algún lugar recóndito de la ciudad y de mi mente me pasaron factura.

¿Estaría ya en casa? Conduje lentamente hasta llegar a ese jardín lleno de vida y de juguetes, aparqué a un lado y me apreté con el dedo índice y pulgar la curvatura de la nariz. Quería verle más que nunca. Qué irónico.

Me bajé del descapotable y como siempre hacía salté la valla, ayer me dijo que hoy no iba a haber nadie en su casa, últimamente sus padres tenían mucho trabajo y llegaban siempre tarde, y sus hermanos se quedaban con algún amigo hasta que sus padres llegaban y Bill los iba a buscar, así que si picaba a la puerta, quien me abriría sería él.

Subí las escaleras que daban al porche y con la mano temblorosa piqué un par de veces a la puerta. Él sabía que era yo, siempre era yo, cada tarde era yo, pero esa vez, cuando abrió la puerta, se impresionó al ver que una tarde más, quien estaba frente a su puerta, era yo.

Se pasaba suavemente el dedo por la frente, como si le picase un lugar de ella, pero sabía que lo había para ocultarse tras su mano y no dejarme ver su rostro. Cuando conectó sus ojos contra los míos, supe que sabía que era yo.

Yo le aparté la mano y vi su nariz amoratada.

– ¿Qué ha pasado? – pregunté con falsa impresión, me limitaba a actuar a pesar de saber que él me había visto, y su contestación me lo afirmó completamente.

– ¿No se supone que deberías saberlo? – preguntó, dándose la vuelta para no mirarme, dio unos pasos al frente y yo me adentré en su casa, cerrando la puerta. Quedó por unos segundos un profundo silencio, y a ninguno de los dos nos gustaba el silencio, pero esa vez, tan solo esa vez, yo lo encontré necesitado.

– Bill… – murmuré su nombre, pero él era más listo que yo, siempre había sido más listo que yo.

– No hace falta que me lo vuelvas a repetir, Tom. Lo sé – y una vez más dio en el clavo, como siempre.

– No podía hacer nada, era Georg y su hacía algo…

– ¡He dicho que lo sé! – me dijo en un tono más fuerte que el anterior, pero aún así su tono seguía siendo cansado – Sólo… – fue un susurró que dejó escapar, como si realmente no quisiera decirlo, pero aún así yo lo escuché, y al dejar la frase en el aire yo le incité a que siguiera hablando.

– ¿Sólo…? – murmuré, intentaba que él me entendiese a pesar de no entenderme yo ni a mí mismo, sabíamos que en el instituto nos teníamos que ignorar, ambos lo sabíamos, pero esto… esto era muy diferente.

– Si… Sólo hubieras sido tú a quien le habrían pegado, te juro que… – le costó decirlo, seguramente por el nudo que ahora mismo atacaba su garganta lo cual deduje al escuchar que su voz se volvía a cada palabra mucho más aguda y chirriante. Me sentí peor, peor por haberle hecho llorar, por haberle hecho indirectamente algo que una persona como él, tan bueno, no se merecía.

– Bill… – susurré una vez más su nombre, y di unos cuantos pasos hacia él, sin saber qué hacer con seguridad, pero supuse que ahora más que nunca necesitaba apoyo, mi apoyo, así que enredé mis brazos entre su cintura y él se dio la vuelta, abrazándonos.

– Yo no quiero sufrir acoso, Tom. De verdad que no quiero… – apoyó su cabeza contra mi hombro al ser unos centímetros más alto que yo, y sentí que estaba llorando en silencio – Yo estoy bien estando solo con Gustav y ya está, pero no quiero…No quiero que se burlen de mí ni que me peguen como…

como Georg ha hecho… Se siente… Me he sentido como una mierda, Tom. Yo no quiero eso, suficiente tengo – masculló.

– Yo tampoco lo quiero, créeme. Te juro que me hubiera encantado romperle la cara a Georg en ese momento, pero sabes que no puedo, Bill, los dos estamos a dos bandas – sabía que no era lo que quería escuchar, quería escuchar algo cursi, pero él sabía que probablemente nada de eso saldría alguna vez de mis labios, así que se conformó callándose y tan solo asintiendo. Así, abrazado a él, a pesar de que mi orgullo ya no existiera después de besar y estar con Bill, se sentía bien. Estuvimos unos segundos largos así, hasta que Bill se separó y dejó un beso en mi mejilla, diciéndome que iba a ir al baño. Yo le miré a la cara antes de que se fuera, comprobando de que no tenía algún rasguño más que no hubiera visto, y no, afortunadamente no, su nariz no estaba rota y tan solo tenía un pequeño moratón que él seguramente sabría tapar muy bien con maquillaje y que no duraría mucho -. Tu nariz es de hierro, eh – dije riendo.

– Joder, por un momento creía que me había metido la nariz en la cara – le saqué una sonrisa y sin más se fue al baño, yo caminé hacia las escaleras y las subí, yendo hacia su habitación y cuando llegué, abrí uno de sus armarios, donde siempre guardaba la guitarra, y ahí estaba. La agarré y la saqué de allí, colocándola en mi regazo cuando me senté en su cama.

Probablemente había tocado casi tantas veces la guitarra de Bill que la mía propia. Saqué una hoja de mi bolsillo que tenía ahí para enseñársela a Bill, la hoja donde estaba escrita la letra de la canción que Bill compuso, a la cual le estuve poniendo en todo este mes una melodía que por fin había acabado y ya me sabía de memoria. Así que mientras él regresaba del baño, yo fui tocando los primeros acordes, sin llegar aún a la parte del cantante.

– ¿Qué canción es? – escuché la voz de Bill desde el marco de la puerta, y subí la cabeza, mirándole mientras dejaba de tocar y apoyaba mis manos en el cuerpo de la guitarra.

– Es tuya – dije sonriendo. Él titubeó por un momento, pero enseguida lo entendió.

– Así que fuiste tú quien me arrancó la hoja de la libreta, al final sí que vas a ser un espía – dijo riendo mientras negaba con la cabeza, entrando en el cuarto y sentándose en la silla del escritorio con el respaldo al frente, abriendo las piernas y colocando la cabeza sobre él – ¿También me quitaste la conversación con Gus?

– ¿Le has dado ya los 50 euros? – pregunté, y él volvió a reír.

– Pues sí, pero se los gastó en un restaurante con Caroline, así que se lo perdono – asentí y con la mano derecha pasé suavemente los dedos por las cuerdas de la guitarra, y esa pregunta que me estuvo rondando desde que leí esa conversación salió de nuevo.

– ¿Crees que pienso con la polla?

– Oh, venga – suspiró mientras reía y apoyó todo su peso contra el respaldo –. No lo sé, Tom. Ya te dije que siempre se escuchaba que tenías muchas novias en el instituto y tal, pero tú me dijiste que solo eran ligues de una noche.

Pero desde que estamos juntas sólo nos hemos besado y ya está, y no sé si es porque tienes miedo o porque te doy asco, o porque te sigues viendo con tías.

– Oh, por favor. Claro que no – no tuve que preguntar, joder, porque ahora mismo me moría de la puta vergüenza -. No sé, yo nunca lo he hecho con un hombre y… es… raro – no tenía miedo, y mucho menos tenía asco de Bill, tan solo era extraño, y una vez más me pregunté cómo sería hacerlo con Bill.

Quizá sí que tenía ganas de hacerlo con él.

– Bueno, ¿Tocas la canción? – dijo suave para romper el hielo, yo asentí y le pasé la hoja – Tú la cantas y yo toco – el sonrió, haciendo que sus ojos brillasen, y comencé a tocar los primeros acordes antes de darle el comienzo a Bill y que él comenzase a cantar esa letra que iba sobre amor. ¿Se habría inspirado en mí? No lo sé.

Yo tocaba la guitarra absorto a todo, escuchaba su voz junto a la melodía que salía de mis dedos y la verdad era que con su voz, con su tono, con él, quedaba jodidamente perfecto. Tenía una voz suave y aguda cuando debía, era la primera vez que hacíamos la canción los dos, y la verdad, es que quedó perfecto, era como si ambos nos complementáramos a la perfección. Era una melodía lenta y Bill la acompañó maravillosamente con su voz.

Y cuando acabó, ambos nos miramos.

– ¿Nunca has pensado en cantar? – pregunté.

– ¿Nunca has pensado en componer? – preguntó de la misma forma.

– ¿Un tío con pinta de malo tocando la guitarra?

– ¿Un futuro médico cantando?

Ambos reímos y una vez más, así pasó la tarde, pero esta vez sentía algo más mágico entre los dos. Pero sabía que Bill tan solo me gustaba, no estaba enamorado de él… ¿Aún?

Siempre recordaba ese momento tan especial con una sonrisa que, sin yo querer, aparecía siempre en mis labios.

Fue la primera vez que hicimos algo los dos, algo mágico. Era mágico porque los dos amábamos la música, y si encima la música la hacíamos juntos… Era una combinación tan perfecta…

Cada día me enamoraba más de él, pero ese día, ese día me enamoré el doble de lo habitual.

Perdóname por ser tan idiota, lo siento por no ayudarte cuando más lo necesitabas.

Nunca merecí a alguien tan bueno como tú.

Y tú nunca mereciste a alguien tan idiota como yo.

Continúa…

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