A dos bandas 13

«A dos bandas» Fic de rubelangeltwc

Capítulo 13

– ¡Me voy! – grité antes de salir por la puerta con una sonrisa en el rostro que no era común un lunes por la mañana. Anduve hacía el descapotable que gracias a que los asientos eran de cuero, ya estaban secos. Me subí y hoy hacía un sol radiante, totalmente diferente al día de ayer. Metí las llaves y puse la mochila sobre el asiento, la cual, sorprendentemente, estaba llena de libros esta vez. Miré el césped que comenzaba a crecer cada vez más y que, al parecer por la lluvia, había salido un poco más antes de pisar el acelerador y dirigirme al instituto.

Mi móvil estaba lleno de llamadas perdidas de ayer de Georg y mi panda de amigos, y alguno que otro mensaje insultándome por no haber ido. Ja, con la noche que tuve, ni de coña hubiera ido.

Cuando llegué a mí casa sobre las cuatro de la mañana, dormí muy poco en cuando toque la cama, me quede despierto muchas horas dando vueltas incesantes pensando en Bill, creo que tan solo dormí una, y por suerte.

Giré a la derecha y antes de que acabara una de las canciones, ya estaba en el aparcamiento y saltando la puerta del coche con la mochila en mis hombros. Me coloque bien la bandana que tenía sobre la frente y anduve hacía la puerta, esperando no encontrarme a nadie de mi panda de amigos, básicamente porque seguramente no vendrían después de haber estado de fiesta un domingo por la noche, nunca veníamos cuando íbamos a beber un domingo, preferíamos quedarnos en casa para que se nos pasara la resaca.

Crucé la puerta cinco minutos antes de que tocara el timbre, como normalmente hacía estos meses, me dirigí hacia mi taquilla y justo cuando toqué el frío hierro de el a, sentí una mano en mi hombro que me hizo girarme, sabiendo perfectamente que no era Bill, pues no nos acercábamos en las horas de instituto.

– ¡Tom! – gritó esa voz femenina que me taladro con fuerza los oídos, haciendo una mueca de disgusto con la cara.

– Ah, Reber, hola – forcé una sonrisa y el a me dio dos besos en la mejilla, muy cerca de los labios.

– Qué desganado, por favor. Ayer Georg montó una fiesta, creía que ibas a venir – puso cara de pena, haciendo morritos como sí eso la dañara, y solo pude reírme de lo mal que lo hacía, Bill si que lo hacía bien. Me puso mis manos en sus caderas y el a paso sus brazos por mi cuello. Curvando un poco su espalda para pegar sus redondas tetas contra mi pecho. Llevaba un cortop con escote y unos pantalones cortos que no dejaban utilizar mucho la imaginación para saber cómo era su cuerpo.

– Ya, me quedé dormido – forcé una sonrisa y tuve ganas de quitarla de mi cuerpo, joder, estaba incómodo con el a encima.

– Hoy mis padres están fuera y… como ayer no viniste a la fiesta, he pensado que te gustaría venir y… No sé, podríamos ver alguna película – dejé de mirar a la entrada del instituto, esperando que apareciera Bill, y enfoqué mi vista de nuevo a el a, quién usó un todo de voz demasiado provocativo, dejándome ver las claras intenciones que tenía. Sin duda en un pasado hubiera dicho que sí, me estaba brindando la oportunidad de tener sexo con una de las tías más guapas de todo el instituto, pero justo cuando abrí la boca para negarme e inventarme alguna excusa, vi el delgado cuerpo de Bill con ropas que tanto llamaban la atención entrar por la puerta del instituto. Le miré entonces tan solo a él y pude ver que su rostro tenía el perfecto maquillaje que tanto usaba junto a esas gafas. Él se dio cuenta de que yo le estaba mirando y también lo hizo, pero tan solo un milisegundo en el cual sonrió, pero eso bastó para que se formara una sonrisa en mis labios también. – ¿Hola? ¿Tom? – vi que una mano me impedía la vista hacía Bill, quien se acerco a su taquilla para guardar sus cosas. Deje de mirarle y vi que fue la puta quien estaba llamando mi atención.

– Lo siento, pero mi viejo quería hoy una comida familiar de esas de mierda. Así que no podré, otro día, muñeca – le sonreí falsamente y aparte mis manos de su cuerpo casi al instante.

– Pero… – puso una cara de decepción e intentó replicar.

– Me tengo que ir, nos vemos luego – me separé y ella soltó sus brazos de mi cuello, indignada por haberla dejado plantada.

– ¡Hijo de puta! – me gritó cuando comenzó a andar, y las pocas personas que habían por allí la miraron y comenzaron a reírse de ella – ¿y vosotros de que coño os reís? ¡Idiotas! – gritó, yendo hacia el lado opuesto al mío. Yo me reí de lo sumamente infantil que Berner podía llegar a ser, y mientras andaba miré a Bill, quien también tenía una sonrisa en los labios mientras guardaba los libros y tan solo cogía los que tocaba para su materia. Miré alrededor y me apoyé justo en la taquilla contigua a la suya, sin ver su cara porque tenía la puerta pequeña de hierro abierta. No había nadie preocupante, tan solo eran de primero.

– ¿Y tú de qué te ríes, eh? – pregunté sin mirarle, tan solo con los brazos cruzados y el pie contra una de las taquillas, mirando al frente.

– Le has roto el corazón – susurró.

– Que se joda, ha hecho el ridículo – volví a escuchar una dé Bill risa de él que me hizo sonreír – ¿Te gustó la clase de inglés? – pregunté con un tono de voz pillo. Él me devolvió un codazo entre las costillas que me hizo explotar de risa.

– Cállate, mis padres me han hecho un cuestionario cuando me he levantado, que vergüenza he pasado – aún así, podía ver su sonrisa, y cuando cerró la puerta y sostuvo entre sus manos un libro y una libreta, me lo confirmó.

Él comenzó a andar hacia el aula que le tocaba, y yo fui detrás, mirando alrededor.

– ¿Sabías que tus padres perdieron la virginidad a los 17 años? En esa época con lo vírgenes que eran debían de ser los discriminados o algo así – me reí yo mismo de la mierda que había dicho y nos adentramos en un aula que todavía estaba vacía. – Los escuché hablar mientras estábamos durmiendo.

– ¡No me importa cuándo follaron mis padres! Es asqueroso saber eso, ugh.

– Te lo acabas de imaginar – dije apuntándole con un dedo mientras me descojonaba.

– Imagínate a tus padres follando – me dijo con una sutil sonrisa y agrandando esos ojos color chocolate. Enseguida una imagen vino a mi cabeza de ellos dos follando y…

– Qué asco.

– Pues casi llegan a explicarme cómo fue su primera vez. Te juro que quería que la tierra me tragase en ese instante, y encima estaba solo, cabrón, cuando me desperté no estabas.

– Me fui a mi casa, no quería que mis padres me hicieran un cuestionario de por que no había ido a dormir –murmuré. – Estás super rojo, pareces un tomate – informé mientras me reí de lo tierno que se veía.

– Hoy vienes a mi casa, no me vas a dejar el marrón solo a mí.

– No, no, no. Ni de coña – dije.

– Venga… No van a preguntar nada, seguro – joder, esa mueca no.

– Si me dejas hacerte la cara del pez siempre que yo quiera – chantajeé antes de caer en sus redes por esa cara que ponía.

– Tom… – acentuó sus ojos y sus labios en esa mueca, pero yo también la hice y él acabo riendo – vale.

– Y también me dices que te gustó mi clase de inglés.

– ¡Tom! – gritó mi nombre con una sonrisa que se le escapo mientras el color se le subía a las mejillas y colocaba su cabeza contra mi pecho.

– Sólo quería ponerte rojo – le abracé de la cintura y escuché que ronroneaba de gusto cuando me separé un poco y besé sus labios. Justo el timbre sonó y entonces me separé de él, pronto empezarían a entrar a clase. Dejé un beso de despedida suave en sus labios y antes de abrir la puerta y volverla a cerrar, escuché su voz.

– Y sí, me encantó la clase de inglés – sonreí y le miré por última vez antes mientras admiraba lo rojo que se ponía y después de que todos comenzasen a entrar, yo me fui a mi respectiva aula.

Como predije, ninguno de mi pandilla vino al instituto en todo el día, las horas pasaron lentas como cada día, hasta que el timbre final sonó y todos comenzaron a salir de clase, yo incluido.

En el pasillo había un gran cúmulo de gente, así que me puse en una esquina mientras me sacaba un cigarro del bolsillo para poder fumármelo cuando pudiera salir. Esperé un par de mi minutos hasta que lo pude encender y aspirar ese veneno que tanto me gustaba sentir en mis pulmones para soltarlo en forma de humo, y volví a esperar otro par de minutos en ver que Bill salía del instituto con la mochila sobre sus hombros y mirando el móvil.

– Eh, mira por donde vas – dije intentando parecer rudo mientras chocaba con él apropósito.

– Lo sien… – susurró, despegando la vista del móvil y dejando de hablar cuando me vio – Eres tonto – me insultó, yo me reí y afortunadamente todo el mundo ya estaba comenzando a irse, y nadie nos prestaba atención, así que le pasé las llaves de mi descapotable y le dije que me siguiera – Ni de coña –murmuró cuando ya estuvimos allí y entendió a lo que me refería.

– Venga, me van a comprar otro coche, así que me da igual si lo estrellas, sino no te lo dejaría – dije sonriendo.

– Oh, gracias por tu sinceridad, Tom – me dijo sarcástico. Me reí y me metí en el asiento del copiloto, Bill me miró titubeante y también se sentó en su asiento de piloto. Buscó el sitio por donde se metía la llave, y cuando la logró meter, la giró y el motor rugió -. Joder, nos vamos a matar, yo solo jugaba a videojuegos con esto y siempre me chocaba y moría el primero.

– Entonces ve mandándole un mensaje a tus padres para decirles que les quieres – dije riendo, él me enseñó el dedo del medio con una sonrisa, y puso la mano sobre el freno de mano.

– A ver, primero lo quitó… – susurró, yo asentí y él lo quitó – Pongo la primera marcha… – volví a asentir, mientras veía sus movimientos.

– Y aceleras, hostia – completé yo, él apretó el acelerador y nos movimos un poco hacia delante, volvió a cambiar de marcha y entonces ya salimos del instituto sin, afortunadamente, matar a alguien -. Eres el primero al que le dejo conducirlo, pero aunque me vaya a comprar otro coche a este le tengo mucho cariño, así que procura no matarnos o algo o pagarás las consecuencias – dije de coña, intentando no mostrar esa risa que quería salir de mi garganta.

– Wow, qué halagador. Gracias por hacerme sentir mejor – no quitaba la vista de la carretera, íbamos muy lentos, pero me encantaban los insultos de Bill cuando le adelantaban o cuando había algún semáforo en rojo – ¡Hijo de puta!

Yo tenía preferencia en el cruce – siempre decía cosas así, aunque realmente estuviese equivocado, pero yo solo podía descojonarme de risa. Después de media hora o más, vi su jardín lleno de juguetes, como siempre estaba, e hice que aparcara, por fin habíamos llegado.

– Has tardado como el triple de lo que tardo yo – informé.

– Porque yo soy precavido y no quiero matar a alguna señora vieja de la calle.

– Yo nunca he matado a una señora vieja de la calle – dije saliendo del coche, y alzando una ceja.

– Pero tú tienes más posibilidades de matar a una que yo – dijo haciendo una mueca de superioridad.

Salté la verja del jardín y Bill la abrió para pasar, joder, sí que éramos diferentes.

– ¿Sabes que se puede abrir?

– Es más emocionante saltar, una vez me caí porque estaba mojado, eso es más emocionante que abrir una puerta – demandé, hice que le saliera una risa mientras negaba con la cabeza.

– Joder… – escuchamos un murmullo que provenía de algún lugar del jardín, y enseguida Bill fue hacia la derecha, el contrario de donde estaba su habitación, a su garaje, donde pude ver que estaba su padre debajo de un coche. No me jodas que precisamente hoy estaban todos, me cago en la puta, ahora entendía por qué Bill quería que estuviera con él, para que no le preguntaran cosas sobre la noche de sexo. Hijo de puta.

– ¿Papá? – preguntó Bill cuando estuvimos al frente y vimos a su madre con un skate debajo de su espalda mientras miraba algo de debajo del coche.

– Bill, intenta arrancar, por favor – fruncí el ceño y Bill me miró con la deja alzada sin entender nada mientras se acercaba al coche, intentando arrancar en un intento fallido.

– Eso es el motor – murmuré yo cuando escuché el sonido que hizo, mi padre trabajaba con Cadillac, una compañía realmente importante en una empresa de aquí, de Alemania. A mí siempre me habían gustado los coches, así que sabía bastante de ellos.

– ¿El motor? Este coche está aquí desde que yo tenía tu edad, pero… – salió de debajo del coche y señaló a Bill – tu madre me ha obligado a venderlo, así que estaba mirando si funcionaba bien.

– Los coches antiguos sufrían mucho del motor cuando hacía frío… – murmuré mirando el skate negro que había en el suelo, recordando que me encantaba esa jodida cosa hace unos años, siempre me montaba en uno de ellos… que seguiría seguramente en el maletero de mi descapotable – ¿Puedo mirar? –joder, su puto padre me miraba de arriba a abajo, seguramente estaba pensando que hace a penas unas horas estaba teniendo sexo con su hijo, qué vergüenza.

– Todo tuyo – asentí y abrí el capó, me incliné y me remangué las mangas. A ver, seguramente parecía un experto de esos, pero sabía lo básico de un coche, y lo principal era que ninguna pieza externa al motor debía rozarse entre sí, básicamente porque no iba a poder arrancar. En cuanto lo identifiqué, moví un par de piezas en tan solo unos minutos y después cerré el capó.

– Arranca – le dije a Bill, y joder, quedé como el puto amo porque en cuanto Bill giró la llave, el motor sonó perfectamente rugiendo, y después arrancó.

– Joder, papá, has caído muy bajo – le dijo Bill con una sonrisa mientras me miraba, yo le enseñé el dedo del medio y su padre tenía una cara que me hizo comenzar a reírme.

– Llevo casi dos horas y no arrancaba, vienes tú y en dos minutos lo haces.

– Era solo una pieza que rozaba con otra – dije, cogiendo un trapo que había allí a un lado para limpiarme las manos.

– ¡Jörg! ¿¡Le has dado tú a los niños las pistolas!? – joder, también estaba su madre, mierda.

– Bueno, yo me tengo que ir y… – dije haciendo una mueca con la boca, Bill me agarró de la muñeca y negó.

– No, ni de coña – suspiré y vi que salían los hermanos de Bill corriendo por la puerta con dos pistolas, las mismas con las que me atacaron el primer día que vine a ver a Bill.

– ¡Bill, te he dicho que guardes las pistolas! – genial, ahora también salía su madre de casa.

– Pero que las dejé en la estantería alta del despacho de papá que no llegaba ni yo – se excusó. Yo miré alrededor y me subí al skate que había a un lado, joder, qué recuerdos.

– ¿En mi despacho?

– ¡Sí! – corearon los dos a la vez mientras corrían por el garaje, Simone ya estaba allí, con los brazos cruzados mientras suspiraba. Yo miraba el skate y apoyé un pie en la esquina, haciendo que se levantase.

– ¿Habéis tocado algo?

– ¡No! – gritaron de nuevo.

– Oh, Tom, estás aquí – Simone me miró y sonrió, esa sonrisa no fue falsa, era realmente natural, ¿Ya se les había olvidado o qué? Saludé haciendo un movimiento con la mano y cogí impulso.

– Simone, el coche ya funciona, así que me lo quedaré, lo siento – ahora dijo su padre eso.

– No, esa chatarra la vendes – comenzaron a discutir y Bill suspiró, negando con la cabeza. Yo me bajé del skate y le dije que me acompañara.

– ¿Sabes montar en skate? – le pregunté, y él negó con la cabeza – Pues hoy vas a saber – informé antes de ver la cara de disgusto que puso.

– ¡No! Me voy a matar. Si me mato espero que llores porque… ¡Pero no te vayas! – unos minutos después los dos estábamos en un lado de la carretera con mi skate que, efectivamente, estaba en el maletero del coche. Tenía a Bill cogido de la cintura mientras íbamos cada vez mucho más rápido, pero entonces le solté y me bajé de él, dejándole a él solo que comenzó a insultarme mientras yo me reía. Yo corría a su lado a la vez que él intentaba no caerse y sonrió cuando miró sus pies y vio que iba solo y ni de coña iba a caerse, por ello mismo corría yo a su lado. Lentamente fue cobrando menos potencia y entonces se bajó para volver a subirnos los dos después y regresar a su casa, pero esta vez los dos fuimos sentados así que tuvimos que movernos con el culo.

– ¡Gira a la derecha! – le grité riendo descontroladamente – ¡Esa el la izquierda! – volví a gritar.

– Nos vamos a matar… – susurró.

– Venga, a la derecha, joder, ¡Hay un coche! – grité, y él giró a la derecha.

Yo no dejaba de reírme por lo inexperto que era hasta que se hizo de noche después de estar horas en el skate sin cansarnos. Hasta llegamos a utilizar los dos, nosotros nos sentamos en un extremo diferente del skate y pusimos los pies en el contrario, nos dimos la mano y fuimos rapidísimo por la carretera. Nos caímos un par de veces por, según Bill, mi culpa. Pero aún así fueron las mejores horas con un skate de mi vida. Era tan inocente y patoso que no pude dejar de reír. Sus padres no nos preguntaron nada, a veces nos miraban y se reían, pero les había caído bien, lo sabía. Después de todo cuando me lo proponía podía ser encantador.

– Nunca más voy a coger un skate – murmuró Bill tumbado en el césped mientras yo estaba al lado, mirando el oscuro cielo.

– Eres un pésimo alumno en el skate, eh – dije con una sonrisa.

– No, no, tú lo que querías era matarme y que resultara un accidente. Casi me caigo de cabeza contra la carretera – dijo riendo, yo también reí y le miré.

– Joder, has descubierto mis intenciones – fingí una cara de molestia que acabó convirtiéndose en una graciosa cuando los dos espetamos de risa. De repente mi móvil sonó y lo miré, viendo que era Georg para decirme que si quedábamos para fumar. Suspiré y realmente no tenía ganas, pero no podía seguir negándole, no quería que sospechara algo. Después de todo mi puesto allí… siempre sería más importante que Bill.

– Me tengo que ir – murmuré levantándome del césped, Bill me miró y asintió, comenzando los dos a caminar hacia la puerta de su casa, pero entonces vi que mientras subíamos las escaleras, se quedó parado y no me di cuenta hasta que me di la vuelta al no verle a mi lado – ¿Bill? – pregunté, no entendía por qué le pasaba eso a veces, él me decía que era porque tenía agujetas y le dolía. Pero esta vez era diferente, normalmente se quedaba parado y después seguía andando, pero esta vez, sus manos se convirtieron en dos puños y miró hacia abajo. Se quedó así un par de segundos hasta que me acerqué a él, confundido, y le cogí la mano, comenzando entonces a subir, pero en cuento subió el último, se abalanzó contra mi cuerpo y me abrazó – Bill… ¿Estás bien? – pregunté, abrazándole también. Él me apretó un poco más fuerte, y escuché un sollozo casi inaudible que dejó escapar sobre mi hombro – Bill… – susurré una vez más

– El solo que… siempre que estoy tirado en el jardín me pongo sensible –murmuró, dejando de abrazarme mientras miraba al suelo y pasaba sus dedos por sus ojos. Sonrió y rió, para después mirarme. Yo asentí, conociendo a Bill, sabía lo sentimental que era, así que le creí.

– Entonces… nos vemos – dije, robándole un beso.

– Tom… – susurró mi nombre cuando le di la espalda para comenzar a bajar las escaleras – Te quiero, lo que dije anoche… Era verdad, sé que lo escuchaste – me quedé paralizado en mi sitio hasta que escuché que cerró la puerta, y entonces me senté en la escalera, con las manos en mi cara.

Bill me quería, probablemente era de esas pocas personas que habían en mi vida que me quería de verdad, y sentí pena por él, sentí pena porque yo nunca podría corresponderle y cuando me cansase de él… Le rompería el corazón.

Él acabaría odiándome, mi césped volvería a morir, yo volvería a suspender y a ser el mismo hijo de puta de siempre. Eso volverá de nuevo cuando me canse de él, y ahora mismo, comparando lo feliz que él me hacía con lo hijo de puta que podía llegar a ser, prefería no cansarme de él nunca, una elección imposible.

Bill era tan especial, tan bueno… No me extrañaba que no me gustara, si tan solo el resto se fijase un poco en lo perfecto que era, todos acabarían enamorados de él. Y yo, yo era el menos indicado de que él me entregase su corazón, porque entre mis manos todo se rompía. Era inevitable, siempre me aburría de las cosas que me importaban y volvía a mi rutina, a mi absurda vida que cuando tenía un poco de sentido, volvía a perderlo.

Lo que no sabía era que ese de ahí era Bill Kaulitz, y ya había llegado tan dentro de mí que era imposible aburrirme de él.

Bill Kaulitz llegó a poner mi vida patas arriba, formando huracanes a su paso que no fui capaz de controlar y cuando lo hice, me di cuenta que el tiempo lo era todo, el tiempo me lo arrebató.

Sé que te duele que no conteste tus «te quiero», sé que te dolía que nunca te dijera lo enamorado que me tenías, sé que te dolía que no fuese capaz de ver lo que tú tantos meses esperaste.

El final del curso se acercaba, y con ello, mi final contigo también.

Ojalá tu hubiera hecho más caso y te hubiera preguntado más, sé que me lo hubieras dicho.

Pero tú solo esperabas a que yo te dijera que te quería para decírmelo todo, y no fui capaz de hacerlo, no fui capaz de verlo, de sentir que, joder, te quería con locura.

Ojalá te hubieras quedado, pero claro, tú mismo me dijiste que no podías depender emocionalmente de alguien porque era malo.

Así que no te echo la culpa.

La culpa tan solo la tenía yo.

Por no ver que, ese día, fue el último que sonreí tanto con Bill Kaulitz.

Fue el último día que te vi realmente feliz a mi lado, Bill.

El último día que sonreíste de verdad.

Ahí los huracanes me invadieron.

Y tú dejaste un profundo vacío.

Pero nunca fui capaz de verlo, nunca.

Hasta ahora.

Continúa…

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