Largo invierno 5 (P.2)

Mit dir, in die Nacht II: Largo Invierno

Capítulo 5: I used to dread (P.2)

Bill

Habíamos decidido ir a tomar un café al centro, e intentar apaciguar el mal ambiente que nos inundaba. Ya no sólo por mi mal estar constante, si no por que ya estábamos a sábado doce. El lunes nos teníamos que enfrentar a la vida universitaria una vez más, y eso era lo más próximo a la palabra horror que experimentábamos.

En realidad no era nada fuera de lo común el presentarse en esa cafetería, ya que no sólo nos habíamos hecho amigos de Carol, sino que entre Ashley y yo, empujábamos a Georg a que éste le pidiera una puñetera cita de una vez por todas.

Mi vida había cambiado un poco en sólo una semana. Por una parte tenía el corazón dividido en dos. En primer lugar ya no sentía esa angustia que me había hecho sufrir tantísimo este mes de Agosto porque ahora ya sabía cómo podía contactar con Tom, y eso era un punto importante. Por otro lado, el conocer lo que Jörg me había explicado en su casa de cómo su hijo había simplemente decidido pasar del echo de que yo no había contactado con él, me aliviaba un poco.

A ver, me explicaré. Me costaba horrores dormir sobre todo por imaginarme a Tom, preguntándole al mundo porqué yo no le hablaba. Me asfixiaba pensar que Tom no entendía nada de la situación, y que estaría a todas horas pensando en porqué no me ponía en contacto con él. Como si intentara pedir mi ayuda y yo nunca hubiera llegado a dársela. Eso me hacía sentir culpable, haciendo que el agujero de mi estómago cada vez se hiciera más y más grande.

Supongo que pensar ahora que en ningún momento se llegó a sentir “abandonado” por mi persona, hace que esa angustia me abandone.

Aunque claro, aquí viene mi otra parte del corazón.

Toda esa angustia que había desparecido, era reemplazada por simple tristeza. Por enterarme de todas esas cosas y simplemente saber que Tom jamás llegó a pensar en mí poco más que un par de días al llegar del campamento.

Sinceramente, eso es lo que más me estremecía. La frialdad con la que se había desligado de mí. Yo aún me levanto por las noches, llorando desconsoladamente y con muchísima falta de respiración. Me pongo la mano en el pecho y le suplico al tiempo que pase tan deprisa como pueda, para hacer desaparecer ese dolor. Pero en realidad parece que suceda todo lo contrario, haciendo un efecto opuesto a la atenuación.

Es como si cada vez me costara respirar más.

A veces me abrazo un poco a una camiseta que le robé.

…Ah, eso no lo había mencionado.

Vale, puede que esté un poco psicópata, lo admito. Simplemente… No quería que su recuerdo desapareciera para siempre y bueno, le robé una de las camisetas que más me gustan suyas. Tiene tantísimas que no creí que la pudiera echar en falta, sinceramente.

El caso es que hay veces en los que la cojo de una caja dónde la mantengo aislada para que no pierda el olor –vale, esto también es muy psicópata– y bueno, intento calmarme así, pero olerle sin que esté presente a veces nada más que agrava la situación.

En pocas palabras, que llevo un tiempo muy jodido.

Nos fuimos sentando en la mesa y nada más poner el culo en esta, la figura esbelta de Carol salió de la cafetería y se puso en marcha hasta nuestra mesa. Desde lejos, Georg ya la saludaba con cara de imbécil.

Le di una pequeña patada por debajo de la mesa.

-Hazte un poco el duro joder, que no note que se te empalma nada más verla.- dije muy bajito, intentando no deshacer la sonrisa con la que saludaba a Carol de lejos.

Georg simplemente se puso rígido y alzó una ceja, poniendo una sonrisa de lado. ¿Pero qué mierdas está

haciendo? Ni que fuera James Dean en plan conquistador rebelde. Me reí por no llorar y simplemente esperé a que llegara la susodicha.

-¿Lo de siempre chicos? – dijo dedicándonos una amplia sonrisa a todos.

-Hoy no Carol. Estamos de luto. Así que vamos a alegrarnos la mañana con cervezas para todos. – por primera vez Ashley se dirigió a la camarera “como a una igual”. Al principio como no se conocían apenas intervenía en las conversaciones cuando ésta estaba, pero más tarde a base de que la misma Carol le fuera preguntando cosas y sacándole tema directamente, parece haber conseguido crear el lazo.

-¿Y eso? ¿Qué pasa? – preguntó esta, algo triste.

-El lunes ya empezamos la universidad. Nos vamos a pegar un tiro como no nos emborrachemos un poquito.

– soltó Georg esta vez.

-¡Oh! Pues a ésta ronda invito yo. ¡Hoy me han alargado el contrato! – dijo pegando un pequeño salto. Todos pusimos cara de sorpresa y realmente no supe si alegrarme o no. Durante una milésima de segundo pensé en si los padres de la pobre chica no podían más que pagarle algo más que la comida y por eso tenía que trabajar, ni siquiera sabía si tenía padres, si estaba ahorrando para los estudios… Ni siquiera sabía si realmente ya era feliz haciendo esto y simplemente le habían alargado el sueño.

Como no supe la respuesta y ésta ensanchó una gran sonrisa simplemente me levanté y le di un abrazo dándole la enhorabuena. Todos siguieron los mismos pasos y cuando me fui a sentar de nuevo en la silla, una vibración me sobresaltó de golpe.

Me miré el bolsillo y vi como algo se iluminaba debajo de éste. No era ningún misterio saber que se trataba de mi móvil y de éste teniendo una llamada entrante. Pero un sudor frío me recorrió la espalad al saber que las únicas personas que suelen llamarme estaban justo delante de mí. La única posibilidad era o mi madre, o…

Jörg.

Me alejé de ellos sacando el móvil del bolsillo para indicarles que estaba apunto de ponerme a hablar y éstos simplemente asintieron y se sentaron. Yo me alejé más y más y con el pulso tembloroso miré la pantalla.

Unas letras brillantes indicaban un nombre corto de cuatro letras. Mi ex-suegro parecía solicitarme desde la otra punta de Alemania. Eso, o ya había llegado Tom.

Desde que me fui de Düsseldorf, este hombre me había estado enviando un mensaje diario diciéndome que su hijo aún no había llegado, y preguntándome cómo estaba. Yo le contestaba que estaba mejor, pero pensar que Tom estaba de vacaciones con una rubia y que a demás había sido durante una semana más a mi llegada a su casa, era algo que encendía una chispa que amenazaba con prenderse.

Con el corazón en un puño, descolgué el teléfono.

-¿Hola…? – pregunté.

-¿Bill? ¿Eres tú? Ya pensaba colgar con lo que estabas tardando… – la inconfundible voz de Jörg emergió del aparato, hasta llegar a mis oídos. Se me escapó una pequeña sonrisa nerviosa, y pensé que la mera presencia de este hombre, aún siendo telefónicamente, me animaba. Supongo que ya he explicado que tiene ese “nosequé”.

-Oh, Hola Jörg, sí soy yo. – intenté decir lo más sereno posible. La verdad es que un tembleque me ascendía desde los tobillos a la cabeza y no tuve más remedio que buscar con la mirada un banco que remediablemente no pude encontrar. Esto es imposible, debo de estar tan nervioso que no veo más allá de mi. Simplemente me senté en la mesa más alejada de toda la terraza. Carol se dio cuenta de ello, y pareció acercarme al cerveza al sitio. Me hizo gestos con la cara preguntándome le porqué estaba tan ofuscado y simplemente intenté indicarle que después se lo iba a explicar. – Esto… ¿Jörg, a qué debo la l amada? –¿Había sonado como un puto retrógrada de principios del siglo XX, verdad? Nada más que pude escuchar una pequeña risilla de fondo, después pareció tornarse serio de golpe.

-Ya sabes porqué te llamo. Te dije que lo haría en determinado momento. – soltó, poco a poco.

-Oh… Esto… ¿Tu hijo ya ha llegado a casa? – el pulso me iba tan deprisa que casi me estaba entrando la risa floja para querer disimularlo. Bill, cálmate. Por favor.

-Sí, ha llegado hace un par de horas. Se acaba de ir a ver a sus amigos. – una pequeña sonrisilla se escapó de entre mis labios de imaginármelo con sus dos mejores amigos, que probablemente habría echado de menos. Me entraba algo así como añoranza ya no sólo por el de las rastas, si no por los tres chicos en si.

Realmente habían llegado a calar hondo. No sé, simplemente me entristeció al mismo tiempo pensar en ellos de una manera lejana.

-Oh, y… Em… – no sabía muy bien qué hacer ni qué decir. Simplemente estaba en shock. ¿Debería yo preguntarle o él me sacará el tema? ¿Pareceré muy desesperado si empiezo ya a preguntar por él? Oh dios mío. Estoy incluso nervioso por no poder analizar del todo el tono de voz que está poniendo.

¿Será posible? No hay ningún tipo de emoción ahí. No había manera de adivinar los siguientes acontecimientos porque era todo tan neutral que no sabía qué iba a pasar. Un sudor frío me recorrió el cuerpo.

-Sí Bill. He hablado con él. – y de pronto, la teoría anterior dejó de parecer un misterio a ser claramente una mala señal. Su voz era seria y demasiado funesta. Algo malo había pasado. Empezaba a notar como incluso el pulso temblaba tanto, que hacía que el móvil se balanceara en mi oreja sin llegar a estar quieto del todo.

Haciendo algo de malabarismos conseguí sacar un cigarro del bolsillo y prenderlo. Le pegué una buena calada y un buen trago a la cerveza. – ¿Bill? ¿Sigues ahí?

-Sí, sí. Perdona. Es solo… Da igual. Dime. – volví a pegarle una calada tan fuerte al cigarro que sentí mil deseos de ponerme a toser. Después de aguantar un poco la respiración, fui soltando el humo poco a poco sintiendo como mi alma se iba con éste. Jörg empezó un relato al otro lado del teléfono que deseé no haber oído nunca.

-Em bueno, primero de todo se ha instalado en casa y eso, y bueno me ha visto viendo la tele y se ha sentado a mi lado. – toda esa información extra me estaba pareciendo peor que el relleno de una serie demasiado larga. ¡Al grano, joder! – He intentado hablar con él como si nada, preguntándole qué tal el viaje, pero bueno.

Ya sabes que no me habla.

-¿No te ha dicho ni con quién ha ido? – pregunté, rompiendo su relato.

-Oh bueno, ha mencionado el nombre de una chica, pero no sabría decirte exactamente cual, perdona… Soy muy malo con los nombres. – aquella afirmación simplemente había sido como una ducha de agua fría. Algo en mi interior simplemente esperaba que fuera Andy, pero no. La realidad era demasiado obvia, y no sé ni cómo pensé en que fuera diferente.

-Vale. – en realidad no quería ni contestarle nada, pero tampoco quería que se notara la decepción y el mal estar.

-El caso es que cuando se sentó a mi lado y no me quiso responder a ninguna de mis preguntas sobre el viaje, le solté directamente algo como “Bill vino a buscarte”. – en cuanto dijo eso, mi pecho se llenó de aire hasta el máximo de ocupación y no quiso salir de ahí. Me había quedado estático, impaciente y muy pero que muy nervioso. – Durante unos instantes no dijo nada pero realmente se puso muy tenso.

Las palabras que a partir de entonces fueron saliendo de la boca de Jörg se proyectaron en mi mente como si se tratara de una película. Sus palabras se fueron convirtiendo en diálogos y casi pude meterme en la piel de aquel pobre hombre que cargaba con la culpa de una mala decisión para el resto de su vida. De golpe, todo lo que decía se transformó en una escena de una obra de teatro en mi cabeza; -Tom, Bill vino a buscarte. – El silencio que ocurrió después de esa frase inundó la habitación. Tom me miró de soslayo y luego tensó la mandíbula. Pensé que iba a salir de ahí cuando lo vi incorporarse, pero parece que solamente estaba buscando la compañía de uno de mis cigarros. Lo encendió y simplemente esperó a darle la primera calada.

-¿Cuándo? – preguntó, muy serio.

-Hace una semana. – contesté apresuradamente.

-¿Y qué quería? – la verdad es que no era capaz de sujetarle la mirada. Cada vez su semblante abandonaba la calma para darle paso a un sentimiento algo más fuerte. Apretaba el filtro del cigarro entre los dedos de una manera que parecía que se fuera a partir.

-Bueno, por lo visto perdió el teléfono y sólo le quedaba la opción de venir. – comenté algo así parecido. No recuerdo muy bien mis palabras, pero le quería dar a entender que Bill realmente quería encontrarlo y hablar con él.

Suspiró fuertemente.

-Dile que se olvide de mí. – me quedé petrificado en ese momento. ¿Cómo? ¿De verdad?

-Pero hijo, él sólo…

-Que no. Me da igual los motivos por lo cuales no me llamara. Ni siquiera me importó que no lo hiciera. Un par de días después ni me acordé de él. Repito, dile que se olvide de mí.

-Le di tu teléfono… Le dije que esperara a que yo hablara contigo. – comenté, como quien no quiere la cosa.

-¿Que hiciste qué? ¿Eres gilipollas o qué? ¿Y no le dijiste que me había ido con la rubia de viaje o qué? –comentó mientras se levantaba y le pegaba una buena calada al cigarro.

-Pues sí, le enseñé la nota y todo. – contesté.

-¿Pues para qué coño le diste el teléfono? Estoy ocupado. Felizmente ocupado. – dijo con una sonrisa cínica.

Por unos instantes me imaginé que el Tom de siempre volvía a resurgir de la oscuridad en la que se había escondido, y pensé que esto estaba siendo una mala idea. El nuevo Tom, el Tom del campamento era mejor que el original. Había evolucionado para bien, y ahora simplemente parecía estar dando pasos de gigante en la opuesta dirección.

-¿Y qué le digo…? –pregunté algo desconcertado.

-¿Estás sordo o qué? Que pase de mí. Que ni se le ocurra llamarme. No mira, tengo una idea mejor. Dame su teléfono y lo bloqueo de las llamadas entrantes… El gilipollas este seguro que no te hace caso y empieza a bombardearme de mierda. – Agarró el teléfono que había en medio de la mesa y que me pertenecía y empezó a hacer cosas con él a la par que con la otra mano también trasteaba pero con su propio móvil.

Lo observé atento y no pude más que dejarle hacer. Me entristecía la situación pero al fin y al cabo ni podía más que aceptar todo lo que mi hijo quisiera hacer. Si lo había perdido como padre, ya poco servían mis palabras de consejo.

Cuando finalizó su tarea me lanzó el móvil y éste cayó en el sofá de muy mala manera, estando apunto de precipitarse contra el suelo. A Tom no pareció importarle una mierda y se quedó de pie, mirándome.

Esperando a que le dijera algo.

-Creo que Bill se merece que hables con él, hijo. – dije seriamente. No podía simplemente ver como las cosas sucedían así. Era injusto.

-Mira viejo, sinceramente me alegré de que no me llamara cuando llegó a casa. Pensé que ni siquiera me envió un triste mensaje para decirme que estaba bien, y eso me molestó. Pero a los dos días simplemente me di cuenta que todo era mucho mejor así. – esta vez hablaba de una manera más tranquila. Incluso con un tono irónico y hasta educativo. Como si estuviera enseñando a una clase como hacer raíces cuadradas un día que el profesor se había despertado feliz y con ganas de enseñar. – Dile de mi parte, que pase de mí y que no intente contactarme porque será peor. Se dará cuenta que lo he bloqueado y además si por las casualidades consigue que hable con él, sólo habrán gritos de mi parte.

Me quedé mirándolo algo triste, y finalmente asentí ante sus palabras. Parece que se había mantenido terco con esa idea, y no la pensaba soltar.

En cuanto Jörg calló, toda la escena que se había formado en mi cabeza empezó a desvanecerse a tal velocidad que casi podía ganar la carrera que llevaban algunas de mis lágrimas hacia el suelo. Todo lo que había escuchado simplemente pareció ir apuñalándome tantas veces que a la decimotercera ya ni se sentía.

Yo ya me había convertido en un peso muerto al que por mucho que prendas en pura llama, ya no conseguirías revivir nunca más.

El silencio que hubo por parte de mi línea desató unas palabras amables que no me sirvieron de nada.

-Bill cielo, siento todo esto. De verdad que yo no quería que todo acabara así… Igual tendrías que haberlo llamado tú enseguida nada más haber obtenido el número… No sé.

-No… No importa. – dije muy lento, completamente metido en un trance. – No sé si… Habría soportado eso del propio Tom… – reflexioné en voz alta. En realidad claro que importaba. Importaba muchísimo, pero el pobre Jörg no tenía la culpa, y no podía pagarlo con él. Su padre había sido muy amable con nosotros tres y encima seguía dándome noticias suyas cada día. Yo… simplemente no podía más que agradecérselo, aunque al final, el sentimiento que realmente estaba reinando en mi interior era un dolor insoportable. – Jörg, te tengo que dar las gracias por todo esto… Por lidiar con tu hijo cuando se está portando así contigo, y por comunicarme tantas cosas, y por portarte tan bien conmigo… Yo… – la voz se me quebró en ese instante. No pude continuar y de pronto me derrumbé. Creo que mucha gente a mi alrededor pudo ver como me venía abajo por instantes y al final enterré la cabeza en la mano que estaba libre. Estaba intentando como fuera que el resto de personas que habían sentadas en las mesas de mi alrededor no pudieran verme llorar.

-Bill… No llores. No llores por él. – era muy extraño que el padre mi ahora-más-que-nunca ex, me estuviera consolando acerca de mi ruptura con éste, pero sinceramente, ahora él era lo más cercano que tenía a Tom, y no quería colgarle. Aunque otra parte de mí simplemente quería salir corriendo y tirarse de algún puñetero barranco.

-No lo puedo evitar, Jörg. No me esperaba para nada todo esto. – dije sinceramente. Y era verdad, no creí que escucharía una negativa tan grande hacia mi persona. No sé yo… Creí al menos que me dedicaría unas bonitas palabras para enviarme a la mierda… Yo que sé, algo como “dile que fue importante, pero que al final nos hemos tenido que separar”. Alguna mierda que sonara bien aunque al final quisiera decirme lo mismo…

No podía simplemente creer que se estaba portando tan mal conmigo. – Oye… ¿Crees que me ha bloqueado de verdad? – recordé esa parte de la conversación, que me había dejado simplemente alucinado.

-Pues… No lo sé. Sinceramente. Igual en ese momento simplemente encontró tu número y lo guardó. Quizás aún no lo ha bloqueado… Ni idea, Bill. – de pronto cambió de tema repentinamente, y me hizo enrojecer de la vergüenza con lo que añadió. – Oh y… Vio el tanga destrozado, Bill… Soltó algo como que había sido una niñería.

Me quedé petrificado ante eso, y simplemente empecé a balbucear.

-Yo… Esto… Eh… Ni siquiera tuve… No era mi intención… – ordena las ideas Bill.

-Tranquilo muchacho, a mí me da igual. Pero Tom no se lo ha tomado demasiado bien.

-Pero es que, le prometo que fue sin pensarlo… – mierda, mierda, mierda… ¡Que alguien me pegue un tiro por Dios! Lo que me faltaba, abandonado por un chulo playas que ahora se piensa que soy una niña de quince años destroza-tangas… Estupendo.

-Oye Bill, me estaba preguntando… ¿Quieres que deje de enviarte los mensajes? – hizo una pausa que me permitió pensar un instante. Hombre, los mensajes que me enviaba eran poco sustanciales. Apenas un “No ha llegado aún” y un “¿Cómo estás?”. Igual me intentaba decir que no le importaba mantener el contacto conmigo… – Me refiero. No sé, igual no cada día, pero puedo llamarte una vez a la semana o algo así y… –¿Llamarme una vez a la semana? Esto estaba empezando a ser raro. – … no sé, te explico qué tal está mi hijo, qué hace con su vida y eso. Y de paso pues seguimos hablando y eso.

La verdad es que la propuesta sonaba cada vez peor. ¿Es que se había encariñado conmigo o qué diablos le pasaba? No entendía del todo qué interés tenía él sobre mí como para dejar de hablarnos a partir de ahora. Sí que es verdad que era un hombre carismático y muy amable conmigo, pero… ¿De qué iba a hablarle a partir de ahora?

La idea de que me hable de Tom se posicionaba en mi mente en dos distintos polos. Por un lado era contraproducente y más allá… ¿Cómo iba a superar esto si su padre me lo recordaba cada semana? Por otro lado, saber de Tom realmente me llevaba la mente de algo parecido a la emoción. Me tranquilizaba saber de él, supongo… Al menos podía vivir un poco de su recuerdo de vez en cuando… ¿no? Igual no era tan malo.

-Yo…

-Da igual Bill , ha sido una tontería. Ni que yo tuviera veinte años otra vez… – la voz tan triste de ese hombre me llenó el corazón de ternura y casi tuve ganas de abrazarlo si estuviera delante.

-No no, por favor Jörg. Me alegraría mucho seguir hablando contigo. – intenté sonar lo menos forzado posible, porque aunque no era una cosa que me acabara de disgustar, seguía siendo raro. Por otro lado, la constante imagen de Tom diciendo que me olvide de él, hacía que no pudiera expresar emociones por encima de la rabia o el dolor. – Los viernes por la mañana no tengo universidad, puedes llamarme y “hacemos el café juntos”. – dije casi haciendo que se me escapara una pequeña sonrisa. Esto estaba siendo algo extraño.

-Oh, claro Bill . Sería genial. Bueno, ahora te tengo que dejar. Espero que no estés mal… Nos hablamos el viernes a la mañana. Te llamaré sobre las 11. Espero que sea buena hora. Adiós. – dijo esto muy deprisa y justo al colgar creo que oí otra voz de fondo. El corazón se me paró del todo. ¿Sería Tom?

Tom… Tom… Tom…

Volvemos a la puñetera realidad en la que Tom ha decidido simplemente tirar por la borda todo lo que habíamos vivido.

Como si de un cubo de agua fuera, todos los recuerdos sobre la conversación volvieron a aflorar nuevamente inundando mis ojos con lágrimas. ¿realmente ese hijo de puta se alegraba que no lo hubiera llamado jamás?

¡No me lo podía creer! Simplemente… Era imposible.

¿Y cómo que le molestó que no lo llamara nada más llegar? ¡¡El mismo me dijo que no lo llamara en un par de días!! Eso realmente me había desconcertado en un grado muy alto.

La verdad es que toda esta semana había creído que iba a ser capaz de aguantar cualquier cosa que me pudiera decir, pero realmente ahora me daba cuenta que no. Que el más mínimo desprecio ya me iba a hacer llorar, y… La verdad es que con todo lo que había soltado, ahora me debatía con mi puñetera respiración, en una mesa de un bar en el centro de la ciudad.

Tenía las manos en la frente y la vista fija en una mesa demasiado borrosa por el agua acumulada en mis ojos. Cada vez intentaba respirar más fuerte porque cada vez notaba más falta de oxigeno. Me estaba ahogando y empezaba a hacer ruiditos agudos de completa desesperación. ¿Iba a morirme ahí en medio?

No lo sabía, pero desde luego que sentía que la podía palmar en esos instantes sin que poco más me importaba que el hecho de que Tom ya no quería ni que lo llamara.

Me estaba empezando a asfixiar en medio de la calle, como si las paredes de una habitación se fueran cerrando a paso agigantado y cada vez me fueran dejando con menos oxígeno. Mi mundo se estaba reduciendo a penas un metro cuadrado, lleno de ruido y confusión. No pude escuchar nada más que gritos y sonidos muy fuertes durante unos instantes en que la cabeza me daba vueltas sin censar. ¿Qué me pasa…?

¿Qué me pasa…?

-¡Bill! ¡Bill! – el zarandeo de una mano en mi hombro me hizo poner los pies en la tierra, aunque sólo en un tanto por ciento. Si me descuidaba volvía a oscurecerse todo y a llenarse de gritos. – ¡Bill contéstame! ¡¿Qué diablos te pasa?! – las manos de Ashley me agarraron las mejillas y me obligaron a mirarla directamente.

-Hola Ash. – dije automáticamente. La pelirroja pareció calmarse por haberle respondido pero luego estuvo apunto de darme una bofetada.

-¿Cómo que Hola Ash? ¿Bill, qué mierdas te pasa? – Parece que tanto Georg como Ashley habían trasladado sus cosas a la mesa en la que estaba yo, y se estaban empezando a sentar a mi lado.

Georg me miraba con confusión, y con el ceño fruncido. Parecía que estuviera sintiendo un porcentaje de mi dolor, y creo que sí era así. No por nada es mi mejor amigo… Me levanté de mi silla, haciendo caso omiso a mi amiga, y me lancé a los brazos del castaño. Éste al principio se quedó un poco estático, supongo que por el cambio de persona tan repentino, pero al cabo de un instante noté cómo se le relajaba el cuerpo y me abrazaba fuertemente.

-Cómo se nota que eres gay… Mira a qué brazos has ido a consolarse… – dijo Ashley entre risas, haciendo que incluso yo, soltara un chasquido que se intentaba asemejar a eso. Ash puso su mano en mi espalda y después apoyó la mejilla en esta, intentando también rodearme por detrás.

No sé cuanto tiempo estuvimos así, sólo sé que no fue suficiente. Realmente necesitaba ese abrazo y no lo quería soltar. Finalmente, acabamos todos sentados en nuestras sillas de nuevo, y yo mientras agarraba otro cigarro, intentaba como fuera no volver a ponerme a llorar.

-¿Qué ha pasado, Bill? – dijo Georg, rompiendo el silencio tan tenso que se cernía sobre nosotros. – ¿Con quién hablabas? ¿Era Tom? – preguntó cuidadosamente. Después de encender el cigarro, dejé el mechero en la mesa y mientras le daba una fuerte calada, negaba lenta y profundamente. Georg asintió a eso.

-Era… Jörg. – no les miré a los ojos, pero supe que se habían sorprendido. – El primer día que dormimos ahí y que vosotros desaparecisteis rápido, él y yo… estuvimos hablando. Me dio su número de teléfono y me dijo que me esperara a que hablara con él con Tom para que intentara llamarlo. Me dijo que se pondría en contacto conmigo cuando Tom volviera del viaje y… Bueno, ya ha hablado con él. Ya le ha dicho que estuvimos ahí. – dije muy seriamente esas palabras, como intentando dar a entender qué es lo que estaba pasando para que todo fuera tan difícil de explicar.

Durante los siguientes minutos intenté explicar lo mejor que pude todo lo que aquel hombre me acababa de decir y noté cómo poco a poco los rostros de mis mejores amigos se empezaban a crispar como si estuvieran viendo una película de miedo.

-Qué hijo de puta… Jamás creí que Tom pudiera ser así. – dijo Georg, apretando los puños fuertemente, como si estuviera evitando pegarle un puñetazo a alguien.

Yo simplemente me encogí de hombros y miré a Ashley, a ver si pensaba decir algo al respecto. Me sostuvo la mirada un instante y luego suspiró.

-Si lo veo, lo mato. – me reí ante sus palabras, y no pude evitar darle un beso en la frente.

Me sentía abatido, pero acompañado y eso me hacía notar un poco de fuerza recorriéndome las venas.

Incluso parecía que el corazón había empezado a latir de nuevo al menos en baja frecuencia. Quizás no iba a morir después de todo.

Aunque sintiera esas ganas fluir por mis venas.

-¿Has probado de llamarle? – preguntó el moreno.

-Me ha bloqueado…

-Ya ya, pero digo igual no te ha bloqueado aún. ¿No te ha dicho algo así su padre? – me lo quedé mirando e intenté calmarme a medida que pensaba en esa posibilidad.

-¿Y si me contesta…? ¿Qué pasa si me contesta? – dije casi a punto de quebrárseme la voz por milésima vez esa mañana.

-Pues que me lo pasas, que a ver si a base de chillidos al menos lo dejo sordo de un oído. Es el daño físico más grande que le puedo hacer desde aquí… – Esta vez volvió a hablar la pelirroja. Eso nos hizo reír a todos, y le sonreí con tristeza.

Bajé la mirada al teléfono que permanecía rígido y frío como un muerto sobre la mesa, justo al lado del cenicero, y lo arrastré justo delante de mí. Lo miré con la respiración totalmente estancada en la inspiración, y después lo agarré entre mis dedos, soltando el aire finalmente.

Busqué su teléfono en la agenda yendo contacto por contacto, lo más lento que pude, alargando el momento al máximo. Pronto llegué a la M, y más tarde a la P, y finalmente, mi pulso se empezó a acelerar cuando la S estaba llegando a su fin.

-Tom – leí en voz alta. Me temblaba tanto el pulso que casi tuve que leer aquello de intuición, porque no era capaz de mantener la pantalla recta, haciendo que todas las letras que había en esta, bailaran a un ritmo frenético, como si estuvieran drogadas con speed.

Sin intentar pensármelo dos veces le di al botón de marcar y me puse el teléfono en la oreja. Esperecé paciente a que empezaran a sonar los timbres de marcación, pero antes de que nada de eso sucediera, ya me salió una voz de una operadora. Ni siquiera pude dejar un mensaje de voz.

Se volvieron a inundar mis ojos en lágrimas.

-Envíale un mensaje. – dijo Ashley, rápida. La miré algo sorprendido porque yo no había caído en hacer algo así y enseguida volví a mirar hacia el teléfono.

Apresuradamente marqué la frase “Hola Tom, soy Bill” e introduje el destinatario del mensaje. Con el corazón en un puño le di a enviar. Durante unos instantes me quedé con la mirada fija en la pantalla sin notar nada más que los latidos de mi corazón, intentando no estallar.

Error en el envío.

Tras leer esa frase al menos diez veces, les enseñé la pantalla a mis amigos. Georg estuvo apunto de agarrar el teléfono y estamparlo contra el suelo pero simplemente se levantó de la silla, y se giró, dándonos la espalda. Después lo escuchamos suspirar profundamente y cuando pareció calmarse volvió a sentarse en donde estaba.

-Prueba de llamarle con mi móvil, Bill – dijo él, ya metiendo la mano en el bolsillo.

-No, no… – dije, cansado. – No importa, Georg. Me ha bloqueado. No quiere saber nada más de mí… No quiero… arrastrarme.

-Bill tiene razón, Georg. Tom no se merece que después de esto él siga intentando contactar con él. –reflexionó Ashley.

-Pero es que yo… No me lo creo… – dijo el castaño, dentro de shock. Creo que como amigos que eran, esto es algo que también le estaba afectando.

-Tiene mi número Georg, si realmente algún día se da cuenta de lo que ha hecho… Que me llame. Supongo que seré tan gilipollas de aceptar todo lo que me quiera decir, así que… – le puse la mano en el bolsillo, ahí dónde él tenía su mano metida, y le indiqué que dejara el teléfono donde estaba. Que esta guerra necesitaba una tregua, sobre todo si el contrincante había estado jugando tan sucio. – Necesito… Recomponerme. No sé, lo que sea. No puedo enfrentarme a él así. – intenté razonar.

Georg asintió ante eso y luego miró la mesa. Algo lo perturbó ya que noté cómo fruncía el ceño, y después alzó una de las cervezas, que ya estaban vacías. Se cercioró de que realmente no tuvieran nada dentro y agregó algo; -Yo invito a la siguiente ronda. – dicho esto, se alejó de nosotros y le fuimos siguiendo con la mirada, sin saber muy bien qué iba a hacer. Como debió ser evidente, éste se metió dentro de la cafetería, y no salió de ahí hasta que no tuvo entre sus manos, tres cervezas bien frías.

.

Tom

No pensaba volver a casa antes de cortarme el pelo, pero ayer intentando ponerme en contacto con Karen, no pude encontrar el teléfono en ningún sitio. Así que probablemente me lo había dejado tirado por casa o algo así. Mario me dejó quedarme a sobar a su casa, pero seguía necesitando el teléfono móvil así que esta mañana en cuanto me he despertado he venido enseguida.

Entré en casa sigilosamente pero volví a encontrarme al viejo de cara. ¿Es que este hombre no tiene vida o que? Ni me molesté en dejar las llaves en el cuenco que hay en el recibidor. Entré en mi habitación y me puse a buscar el móvil. ¿Dónde coño estaba? Revisé encima de la cama, de la mesa, en los cajones, estanterías…

Nada. ¿Cómo era eso posible?

Salí y lo empecé a buscar por la cocina, igual ayer haciéndome le desayuno lo dejé encima del mármol de la encimera… Yo que sé. Nada, ahí tampoco estaba.

-¿Qué haces? – preguntó mi padre, de fondo.

-¿Has visto mi móvil? – pregunté a desgana.

-Te lo dejaste ayer en el sofá, te lo dejé encima de esta mesa. – miré hacia su posición y me lo encontré en el sofá, echado para adelante, y señalando con el mando le pequeña mesa de cristal que había delante de él.

Ahí estaba mi móvil.

No recordaba habérmelo dejado ahí con anterioridad, así que simplemente me encogí de hombros y lo recogí.

-¿A dónde te vas? – dijo al verme ir de nuevo enseguida hacia la puerta.

-Me voy a cortar el pelo. – dije secamente, sin esperar ningún tipo de comentario al respecto.

-Pues diles que de paso te afeiten un poco… – me reí cínicamente de eso y acabé saliendo por la puerta sin añadir nada más. ¿Que me afeite? Qué pesado todo el mundo con que me afeite. Le van a dar por culo a la cuchilla al final…

Igual me dejo barba una temporada.

Llegué a casa de Karen acompañado de mis dos mejores amigos. En realidad era raro involucrarlos con mi “otro mundo”, porque en realidad normalmente siempre estábamos los tres solos. Si alguna vez yo no estaba con ellos me iba con el “resto de amigos”, que más que nada los tenía por conveniencia. Por ejemplo con Karen, ya que ella era algo así como mi asistente personal.

Ellos también tenían otra gente más del mundo gay, y en el fondo no compartíamos demasiados amigos.

Como mucho ahora, Gustav. Y ni siquiera lo veía durante el resto del año.

Así que digamos que nosotros tres éramos en sí nuestro propio grupo de amigos, pero que por separado teníamos algún que otro colega suelto. Y sinceramente, ya me estaba bien porque prácticamente sólo confiaba en ellos.

Los presenté rápidamente y estos se dieron la mano de una manera tan varonil, que casi creí estar soñándolo cuando vi a Mario ser tan serio. Oh vamos, esto tenía que grabarlo. ¿Quieren fingir no ser gays o que? Pero si es una chica, podéis ir a darle dos besos.

-Hola Key ¿Cómo te va? – yo fui el último en saludarla, usando el mote cariñoso que le había puesto todo el mundo. Vi que esta vez había decidido pasarse la maquina de afeitar por uno de los dos lados de la cabeza y llevaba todo el pelo peinado hacia el lado contrario de este. Le daba un estilo hardcore-hipster que no me esperaba ver en ella.

-Pues mira… Me estoy sacando un curso para poder hacer piercings profesionalmente. Si tengo suerte y consigo un local y un tattuador, igual me monto algo del estilo… – dijo mientras nos ofrecía asiento. La chica tenía cinco años más que yo pero ya hacía casi diez que vivía sola. Tenía un pequeño apartamento en una de las partes más pobres de la ciudad pero que extrañamente, no era demasiado conflictiva. La verdad es que tenía la casa patas abajo, pero estaba más higiénica que de costumbre. Quizás por fin había empezado a madurar.

-¿Y qué harás con tu “peluquería”? – dije esa palabra entre comillas porque aunque cobraba por todo lo que hacía en el pelo, tampoco tenía un lugar al que se le pudiera llamar como tal. Ella atendía en su casa, y la verdad es que el baño tenía aparatos muy caros con los que hacer virguerías, pero tampoco era nada del otro mundo.

-Oh, eso no lo dejo. Haré peinados de todo tipo, piercings, tattoos… Salón de belleza. – dijo entre risas. – nos indicó con la mano que siguiéramos sus pasos y nos llevó hasta una habitación con butacas, y un par de espejos. Vaya, había intentado habilitar un espacio para su trabajo, no estaba mal…

Andy y Mario se sentaron en un sofá y el pelinegro enseguida se adueñó de una revista que había en este.

Vaya, así le va a ver el plumero enseguida. Andy por su parte, estaba demasiado entretenido jugando a algo con su móvil.

Yo me senté en la butaca y miré a una especie de estantería alargada con ruedas, que podía moverse al antojo de la peluquera. En cada nivel tenía cosas diferentes. Peines, tijeras, botes de laca y mierda de esa para el pelo… Incluso parecía que tenía maquillaje en una de las estanterías. Joder, esta chica le daba a todo tipo de arte estético. Igual si me descuido veo un maniquí con un vestido a medio hacer… No me sorprendería.

Me colocó una toalla alrededor del cuello y se dispuso a quitarme la gorra. Tuvo ciertos problemas, pero después de un rato consiguió quitarme todas las opresiones que llevaba en el pelo haciendo que todas mis rastas cayeran en cascada por mis hombros, libres de gomas para sujetarlas, ni pañuelos… Nada.

-Virgen santa, Tom. ¿Tanto hace que no nos veíamos o esto te crece desmesuradamente? – dijo poniéndose una mano en la boca, sorprendida. Yo la miraba desde el espejo con algo de vergüenza. La verdad es que hacía tiempo que no me ponía sólo el pañuelo porque las raíces se podían ver. Lo tenía tan largo que hasta tenía miedo que se viera con la coleta y la gorra.

Karen empezó a coger rasta por rasta y las inspeccionaba. Parecía que estuviera midiendo alguna cosa. Las elevaba, ponía un peine al lado – supongo que para usarlo de medidor – y después bajaba la rasta otra vez a su posición original, viendo exactamente dónde quedaba y por dónde iba a llegarme.

-Cielos, lo tienes muy largo. – dijo dándole una vuelta a la silla y poniéndonos de cara. – Voy a tardar casi dos horas en poder hacerte bien todas las rastas. – miró el reloj con cara preocupada. – y la verdad queda muy justo mí. Después se pasará Rudy para que le haga una cresta y…

-Me las quiero cortar. – solté. La verdad es que Karen siempre había tenido predilección por mis rastas, y tenía miedo que si se lo contaba por teléfono me dijera que se buscara a otra peluquera para esa carnicería.

Así que simplemente decidí decírselo.

-¿Cómo? ¿Tú estás loco? ¡Pero si hace mil años que las llevas! Tom, no te las cortes… – puso cara de perrito abandonado y eso no hizo otra cosa que enternecerme. Suspiré fuertemente y me giré a mirarme. Lo que antes tenía tan seguro, ahora era un mar de preguntas. La verdad es que… Me daba mucha pena deshacerme de mis rastas, pero sinceramente, ya era hora.

-Key, no lo hagas más difícil. – intenté transmitirle con mi tono de voz, que realmente era lo que quería hacer así que simplemente agarré una de las tijeras de la estantería móvil y se la puse en la mano, diciéndole simbólicamente, que me cortara el pelo. – Yo sabía que no ibas a querer, pero me he arriesgado porque sólo me fío de ti… Por favor.

-Está bien… ¿Como lo quieres? – preguntó a desgana.

-La verdad, lo quiero lo más largo que las raíces me dejen. Quiero seguir pudiéndome hacer coletas y cosas.

No quiero que me lo cortes con maquina. Ni se te ocurra. – sentencié. Esto le pareció gustar a Karen ya que alzó las cejas sorprendidas y luego puso una sonrisa de lado.

-¿Puedo… teñirte de castaño oscuro? Creo que te quedaría genial. Mejor que el rubio que tienes ahora –preguntó sutilmente. La miré con los ojos como platos.

-No me lo puedo creer… – esto lo dijimos Mario y yo al mismo tiempo. Yo con disgusto y él prácticamente chillando, sacando a la marica que llevaba reprimida. Mierda…

-¿¡Ves Tom?! ¡Hasta ella lo dice! – se levantó de golpe y me puso en la cara la bolsa de plástico blanca, que llevaba en la mano todo el rato.

-¿Qué… está pasando? – preguntó Karen, muy desconcertada.

-Llevamos toda la mañana discutiendo sobre eso… Mario me ha sugerido teñirme de oscuro, y yo le he dicho que ni flipando. No me ha hecho ni puto caso y… – cogí la bolsa con desgana y saqué una caja de esta. – …ha comprado el tinte igualmente.

-Pensaba sugerírtelo e intentar convencerlo entre los dos… – dijo esto Mario, con una mano en la nuca y riéndose algo avergonzado. – De hecho, si te negabas pensaba teñirlo por la noche si era necesario… ¡Ha de teñirse de oscuro si o si! Le quedaría genial, joder.

-Puta marica… – dije para mis adentros. Aunque puede que se me escapara un poco en voz alta. -¡AUCH! – la hostia que me propinó el moreno, casi me dejó tonto. – Cómo te pasas… – me quejé. Mario simplemente me miró de reojo y luego se volvió a sentar junto con Andy, sin llevarse consigo, el tinte.

-¿Entonces sí? ¿Te tiño de oscuro? – intentó concluir Karen.

-A ver, mira. Hacemos una cosa. Primero me cortas el pelo y veo como me queda, y luego vemos si me tiño o no me tiño… – sentencié.

Noté cierta acogida de la idea (a excepción de un bufido de lejos, que probablemente pertenecía a mi amigo moreno), y sonreí. Pronto Karen empezó a coger las rastas y se disponía a hacer el primer corte cuando de pronto, paró las tijeras.

-Tom, ¿te gustaría vender las rastas? – dijo de pronto.

Me quedé algo sorprendido con sus palabras, y a través del espejo, la miré algo interrogante, ¿pero ahora qué dice esta?

-Sí, hoy en día hay mucha gente que quiere hacerse rastas, y que no quiere esperar a que se hagan largas, así que simplemente compran las rastas, o compran extensiones para transformarlas más tarde… etc. Seguro que por las tuyas te pagarán un pastón. Y no es broma. Seguro que te sacas como 500 pavos por ella si sabes a quién vendérselas.

La boca me cayó al suelo del susto. ¿¡DE VERDAD?! ¿Tantísima pasta? Durante un instante me quedé petrificado por ello y tardé en responder la tontería más grande que pude haber contestado.

-¿Enserio? – estupendo Tom, alguien que te dé un premio por el comentario del año.

-Te lo prometo. Yo te puedo buscar al comprador. – poco a poco la sorpresa fue disminuyendo hasta que al final la miré seriamente.

-¿Cuánto? – dije, como si supera ya que esto no iba a salirme gratis.

-Cien pavos. Con que me des cien euros de lo que ganes, te facilito la compra. En una semana tendrás 400 para ti, igual un poco más. ¿Te parece? – la verdad es que no me importaba tener el dinero para ya mismo, pero sí para dentro de medio año, e igual yo no sabría cómo venderlas para sacar tanta pasta. La miré seriamente y luego asentí.

-Hecho. – Karen sonrió ante eso, y se dispuso a cortar. ¿Me haría daño con las tijeras? Ya no recuerdo cómo era cortarse el pelo. Llevan tanto tiempo ahí, que igual mis nervios se han extendido a ellas y ahora son parte de mi cuerpo. Igual están apunto de mutilarme, y yo sin enterarme de eso…

Tom, cállate ya, y deja de pensar en tonterías.

Durante los siguientes diez minutos fui notando como la cabeza dejaba de pesarme tanto. Karen dijo que primero iba a cortar las rastas de abajo por el mero hecho de que así no iba a ver la evolución del experimento hasta que no me cortara las que tenía delante. Eso estaba dificultando en cierta medida el trabajo, pero parecía estar dándole igual.

Podía ver las caras de asombro de Mario y Andy en el fondo, y cada vez se levantaban más veces hasta dónde yo estaba para dar un vistazo. Notaba que a la par que cortaba el pelo por detrás, pasaba un peine después. Oh dios, esto es muy fuerte. ¡Están pasando un peine por mi pelo! Increíble.

Poco a poco los dedos de Karen subían de nivel y ya pasaban por las rastas que había cerca de mis orejas.

La verdad es que eran tan finas, que habían bastantes, y costaba ir subiendo. Esto era genial, cada vez notaba menos peso en la cabeza. Miraba al suelo como podía, intentando mantener la cabeza recta y podía ver algunas de mis rastas, que parecían víboras serpenteando por el suelo. A partir de cierto momento, Mario las empezó a coger, y las guardó todas en una bolsa. La verdad es que me rompía el corazón verlas ahí, como si se trataran de basura. Menos mal que alguien iba a poder hacer un buen uso de ellas.

Cuando llevábamos quince minutos entreveía por detrás de mis orejas los mechones lisos y “cortos” en los que se estaba convirtiendo mi pelo, y no podía más que empezar a sonreír por ello. Me gustaba como me estaba viendo.

Se fue acercando al final de la frente y acabó de cortar los pocos mechones que quedaban.

-Rastas fuera. – dijo sujetando en una mano las tijeras, y en la otra, la última que me había cortado. Sujeté la respiración fuertemente mientras me observaba algo confuso. Dios, parecía otra persona realmente distinta a mí. Me fijé en que ya no tenía aquel rubio de pequeño tan claro y tan nítido. Ahora era un poco más oscuro y no me acaba de agradar. Era raro. – ¿Qué te parece?

Tardé un poco en contestar. Me pasé la mano por el pelo y sentí algo muy diferente a lo que estaba acostumbrado. Sentí hasta cosquillas en las palmas de las manos. También sentía el fantasma de mis ex compañeras, como si aún me pesaran en los hombros, pero no. No estaban.

¿Me gustaba? ¿Me gustaba como me quedaba?

Me cogí todo el pelo con una mano y me cercioré de que los mechones de delante aún no llegaban a hacerse coleta, pero no me importó. Casi no podía ni sujetar el resto del pelo, pero… tampoco me importó. Aunque no me apetecía llevarlo suelto. Supongo que aún no estaba lo bastante largo.

¿Me gustaba? ¿Me gustaba como me quedaba?

La verdad es que sí.

-Aún estoy en shock pero simplemente… guau. Está genial. Muchas gracias. – me levanté y fui a abrazar.

-¡Eeeh, eeh! ¿Dónde vas tan rápido? No sólo no te vas a ir de aquí sin teñir, si no que ahora empieza la juerga. Ahora toca lavarte el pelo, igualarte las puntas, peinarte… – dijo mientras se reía. Al mismo tiempo que decía todo eso, yo la miraba cada vez con los ojos más abiertos.

-¿Igualarme las puntas? ¿Más tijeras? ¡No lo quiero más corto! – sentencié.

-Tom, es básico. Y no te preocupes que no se notará casi nada. En dos semanas te parecerás a Braveheart, ya verás. – dijo haciendo que tanto ella como mis amigos, empezaran a reírse descontroladamente. Yo no pude más que hacer una mueca.

-Muy graciosa… – me miré el pelo con miedo, y recé para que no acabara pareciendo un puñetero crío de los noventa estilo Nick Carter. Odiaría acabar así. Antes me rapo al cero…

-Muy bien, tenemos poco tiempo si hay que teñir, así que ¿te tiño o no? – preguntó tajante.

-Sí – respondió por mí, Mario. Lo fui a mirar con ojos de asesino y agachó la cabeza. – ¿Verdad…? – dijo tímidamente. Suspiré muy fuerte y casi sin tener otra opción asentí lentamente. –¡¡SIIII!! – Mario empezó a dar saltitos y palmadas como si fuera un puñetero crío, y después se acercó. – Si no te importa, me quedaré por aquí para poder verlo bien.

-Claro – contestó Karen – de hecho, te puedo dar un pincel y me vas ayudando a teñirlo más deprisa. – Los ojos de Mario se abrieron de par en par y pareció que se le iluminaban como si fueran unos faros en medio de la noche más abierta del año. Ni una nube que tapara esa felicidad convertida en luz.

-¡Si! ¡Por supuesto!

Pude ver con horror como el moreno agarraba el pincel al mismo tiempo que Karen empezaba a hacer una mezcla de unos tubitos extraños que había extraído de la caja. Un olor muy fuerte me inundó las fosas nasales y casi creí que podría colocarme si me acercaba más el bote de la mezcla. Santo dios, esto es para yonkis por lo menos.

Key empezó a darle unas indicaciones a Mario mientras me colocaba una crema transparente alrededor de la cara. Según ella era para que ésta no se manchara de tinte en el caso de que Mario pudiera sobrepasar el límite del pelo. Las orejas me las embadurnó completamente. Vaya miedo…

Empezaron con las raíces y la verdad es que en poco tiempo ya lo tenían todo completamente cubierto. Más tarde, alargaron hasta las puntas y finalmente, Karen colocó el resto de mezcla en sus manos, que estaban cubiertas en guantes, y lo esparció por todo mi pelo haciéndome un masaje muy relajante. Me estaban embadurnando completamente. Después me colocaron papel de plata por la cabeza y me pegaron una pequeña colleja a la vez. ¿Pero qué coño…? Me giré y los vi riéndose.

-Estás muy gracioso Tom… – dijo Andy, aguantándose la risa.

-Ahora has de estar así media hora. – dijo Karen, yéndose a limpiar las manos que parecía que aún teniendo guantes, se las había manchado un poco.

-¿¡Media hora?! – dije asustado. – Joooodeeeer. – me quejé. – Dime que tienes una revista porno o algo para cascármela de mientras…

Karen fue la única que se rió ante eso, y me sentí un poco incómodo. ¿Qué pasa? ¿Uno pasa un verano un tanto marica y ya no es el mismo de siempre o que? Negué con la cabeza y empecé a mirar cosas en el móvil.

Era tan viejo que no tenía más que el juego de la serpiente, y tenía un récord tan alto, que hacía siglos que no conseguía ni acercarme.

Aburrido empecé a mirar cosas para matar el tiempo, y acabé en la agenda. Mirando a quién tenía yo guardado por ahí. Reconocí a todo el mundo, y cada vez que aparecía el nombre de alguna chica, me tenía que parar a pensar en quién era para haber acabado en mi lista de contactos, pero al final siempre acababa descubriendo quién era. Me pasó en todos los casos, excepto en uno. Había una tal Emma que no llegaba a encontrar en mis recuerdos. ¿Quién mierdas era Emma? Simplemente dejé de pensar en ellos. No pensaba ni llamar porque me daba miedo que fuera alguna loca que después de habérmela tirado me robara el móvil mientas dormía y se hubiera auto guardado en él. Dudé en borrarlo pero después pensé que quizás si que debía de estar en la lista de contactos.

Cabe admitir que cuando me llevó al baño y me empezó a masajear la cabeza mientras que Mario aguantaba la alcarchofa de la ducha para quietarme el tinte empecé a sentir los placeres de este mundo de la belleza.

Karen tocaba en unos puntos exactos que me llevaban al cielo. Primero me quitaron los excesos de tinte y luego empezó a ponerme el champú. Fue justo en esa acción en la que empecé a experimentar tanto placer que creí que me iba a dormir ahí del puro gusto. Era tan relajante que se me cerraban los ojos y se me erizaba el bello de los brazos. Oh dios, a mi próxima/¿o? novia/¿o?, le pediré que me haga cosas de estas a diario… Diablos qué gustito.

Me aclaró el pelo y me llevó de nuevo delante del espejo. No me veía demasiado raro porque al tener el pelo mojado ya era normal tenerlo oscuro pero a medida que me peinaba y se me iba secando, el color oscuro no desaparecía y eso si que empezaba a ser bastante raro.

Pasó la tijera por sitios contados, y me pidió perdón al excederse un poco con los pelos de delante. No tuve más remedio que encogerme de hombros.

Finalmente, me quitó la toalla del cuerpo y la tiró al suelo, junto con todo el pelo.

-Et voilà. – me levanté y de nuevo me pasé la mano por el pelo, sorprendido por todo lo que estaba pasando.

Agarré una de las gomas de pelo que tenía en la muñeca, e intenté hacerme un pequeño nudo en la nuca.

Apenas pude agarrar el pelo que había ahí y detrás de las orejas. El resto aún caía por mi cara dándome un aire de rebelde que empieza a madurar. Bueno, al menos no soy Nick Carter…

-Estás genial, Tom – dijo Mario, poniéndome una mano en el hombro y mirándome con cara soñadora. – Yo se de alguien a quién se le caerían… las bragas. – esa última palabra la dijo con rin tintín, como diciéndonos que no era exactamente la palabra bragas la que estaba buscando. Le dediqué una mirada fúnebre ante esas palabras. Desde luego este hombre no sabe escoger bien lo que dice. – Lo… lo siento. – dijo apartándose. Me sentí mal por que sabía que ahora el moreno se sentía culpable por el comentario y simplemente le guiñé un ojo. ¿Realmente le gustaría este look a Bill? Yo creo que le gustaban mucho mis rastas… Mierda Tom, otra vez pensando en él.

Saqué un billete de veinte pavos y se lo entregué a Karen en mano, que me devolvió una sonrisa. Más tarde salíamos por la puerta de su casa, sintiéndome un chico completamente nuevo. La verdad es que estaba un poco nervioso por el cambio que había sufrido, y no sabía cómo se lo iban a tomar ahí fuera.

Por lo pronto, ahora sólo quería ir a cenar algo.

Continúa…

Gracias por leer.

por administrador

Publico con autorización del autor

3 comentario en “Largo invierno 5 (P.2)”
  1. Aggg maldito Jorg, QUE LE PASA?? No estoy entendiendo por que estan mustio, y mis otros minis tratando de cambiar y todo por el PUTO PAPELLLLL, todo sale mal todo mal YA ME DESPEREEEE😭😭😭😭😭
    GRACIAS POR EL CAP⭐️

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