«About money» Fic de LadyScriptois

Capítulo 2: Dos millones de euros

Bill estaba un poco asombrado con lo inmensa y lujosa de aquella mansión y con la variedad de costosos autos.

Tomaron una Cadillac de último modelo y subieron a ella. Tom se sentó junto a él y le dio una específica indicación.

“—No negaras algo de lo que diga”.

Llegaron a un casino y fueron recibidos. El pelinegro estaba un poco nervioso e inseguro y el trenzado lo notó, así que le ofreció su mano, la cual no soltó en ningún momento.

— Lo esperábamos, Joven Kaulitz. – saludó un hombre en traje. —Por favor sígame.

El hombre se detuvo ante dos grandes puertas y las abrió indicándoles pasar

— Que de tiempo, Tom. – se acercó un señor canoso. —Bienvenido, Bill. – le sonrió escalofriantemente acercándose a él con intenciones de besar su mejilla, pero el cuerpo de Tom se lo impidió.

—No lo toques, Dan. – le ordenó sereno el trenzado.

Dan controlaba gran parte de los casinos de Berlín y, como tantos, odiaba a Tom.

Lo consideraban un chico arrogante que corrió con la suerte de la familia, pero realmente lo que más odiaban era que a su corta edad era más difícil de lo que creían, no era el chico que podrían dominar, como habían creído, y que por lo tanto aún seguían bajo él.

Era el líder de Europa después de todo.

Si bien su relación con Kaulitz en negocios no era directa, muchos de sus socios si eran dependientes de Tom, y si el trenzado lo quería, esos negocios terminaban y por lo tanto él se veía afectado.

—Comparte un poco Tom. – rio. —Siempre tan posesivo. No cambias.

—A lo que hemos venido. – solicitó.

—Relájate. – le pidió. —Pasen. – ordenó el hombre canoso.

Al lugar entraron dos hombres con maletines que se posicionaron al lado de Dan, entre ellos Georg.

—Georg…– le llamó Bill y fue ignorado. —Georg…– le volvió a llamar con deseos de ir con él, pero Tom le sujetó fuertemente la mano y se lo impidió.

—Queremos negociar. – dijo el de pelo cano.

— ¿Contigo? Tú no sabes negociar. – sonrió Tom.

—Tómalo como quieras. Solo quiero hacer un trato pacifico contigo. – continuó el hombre mayor. —Iré al grano. Quiero que me regreses a Bill. Por supuesto, no espero que sea gratis. Te devolveré tus quinientos millones más un extra de cien. ¿Qué te parece el trato? – finalizó sonriendo.

—Ya veo. – dijo Tom. — ¿Estas planeando revenderlo? Entonces, si es cierto que encontraste un nuevo comprador que te ofreció más.

—Es lamentable que pienses eso de mí. – dijo ofendido Dan. —No me malinterpretes, Bill. Apareció un caballero que quiere ayudarte. – le dijo.

—Acepta Bill, es un buen hombre. – apoyó Georg.

Bill confirmaba que su comprador tenía razón y sintió miedo, miedo de Georg, de su propia sangre. Apretó más la mano de Tom inconscientemente. No sabía por qué, no entendía el porqué, pero aun que se sentía nervioso por su presencia y desnudo ante su mirada, sentía que aquel hombre lo protegería.

—Vamos Bill, confía en mí y acepta la oferta. – insistió el hombre. —Es un señor fino, de alta sociedad…

—Eso es solo apariencia. –  interrumpió Tom encendiendo un cigarrillo. —Es solo un hombre que compra una presa y la convierte en su esclavo. Ni siquiera los tratan como personas. Y aun así quieres hacerle eso a Bill, ¿No es así, Georg? – decía sereno, ganándose una mirada de odio por parte del castaño. —Mientras puedas salvarte y ganar más dinero no te importa lo que le pueda suceder a tu primo… – escuchó un ligero sollozo y calló. Nuevamente hacia llorar a Bill por la forma en la que le recordaba su realidad.

—De cualquier manera, ya es muy tarde. Te recuerdo que Bill no elige por sí solo. Él ahora me pertenece.

Bill sabía que no podía desmentir eso.

— ¡Esa transacción no es válida! – alegó Dan. —La venta es solo para miembros. Fue un error desde el principio entregarte al chico. Así que, acepta el dinero y vete. – le ordenó y el trenzado enarcó su ceja con su aire arrogante.

—Ja. – rio irónico Tom. —Debes hacer algo mejor que eso. – le comentó pisando su cigarrillo en la alfombra de aquel lugar. —Ellos aceptaron en el momento, no tengo nada que ver. Ya pague el dinero y me hice cargo de él. Es mío.

Dan sabía que posiblemente se negaría, así que estaba preparado.

Tom tenía esa fama de no haberse negado a las apuesta, al principio le era divertido, ahora las aceptaba solo por esa reputación que le gustaba mantener; al igual que la misma fama de haberlas ganado todas. Sin embargo, Dan consideraba que la experiencia podía contra la suerte de Tom.

—Ahora. ¿Qué te parece esto? Apostemos. – propuso ganándose la atención de Tom. Había dado en el clavo. —Si ganas, declinó la oferta de compra, te reembolso lo que pagaste por el chico y un extra de otros quinientos millones. No solo obtendrás a Bill gratis, sino que ganaras más dinero sin mover un dedo. – continuó ante la atenta mirada de Tom y de Bill, quien estaba nervioso. No quería que Tom aceptara. — Pero si pierdes, me devolverás al joven y claro, no hay reembolso. ¿Qué dices? – finalizó.

—Si gano, me pagaras un extra de mil millones más los honorarios. Y me venderás a Georg.

— ¿Yo… yo por qué?

—Si aceptas la condición, haré la apuesta. – dijo pasando por alto la interrogante del ojiverde.

Tom pensaba que si no podía sacar a Georg del corazón de Bill, al menos le aseguraría que estaba bien.

—Muy bien, entonces agregaré unas condiciones. – indicó Mr. D — Si pierdes, tendrás que dejar de hacer tus negocios en Alemania y me dejarás todo el país a mí. Y como disculpas por faltarle el respeto a un veterano, no como tú, un joven maleducado, no esperes salir ileso.

—De acuerdo. – aceptó el trenzado, con su sonrisa ladina y victoriosa que ofendía a Dan y hacía temblar a Bill. —Empecemos con esto.

&

—Aquí están los mil quinientos millones. – le señaló una fila de maletines asegurados. —Y la trasferencia de Georg. – le entregó unos papeles.

La gente de Tom verificó cada maletín y los documentos, y le indicaron a su jefe que todo estaba en orden.

—Ven, acércate a la mesa. – le pidió Dan.

Se habían dirigido a unas de las áreas de juego de aquel casino. De eso se trataba la apuesta.

—Esta mañana el establecimiento está reservado para ti, Thomas. Ambos somos hombres muy ocupados. Estoy seguro que prefieres un juego rápido. Te explicaré las reglas. – dijo sacando un arma de su saco que puso en alerta a los hombres de Tom. — Son muy simples. – la descargó dejando caer seis balas en la mesa que lo separaba de su oponente. —Esta bala es de tinta. – le mostró la que le tendió Georg. —Solo se cargara una bala y cada uno tomara un turno para jalar el gatillo. Obviamente, no puedes tirar del percusor sin que el cilindro rote. – indicó. —El desafortunado será el perdedor.

— ¿Podría pedir que las balas fueran de verdad? – solicitó riendo, haciendo que los vellos de la piel de Bill se erizaran.

—No desafíes tanto chiquillo. Tengo armas y balas exclusivas para esto. Dale un arma. – le pidió a uno de sus guardias. —La cargaras tú mismo, no quiero que pienses que hago trampa.

—Gracias. – la tomó ante los húmedos ojos de Bill y ante los curiosos de Georg.

“Debe ser una broma. Como si fuera posible que en este casino se hicieran apuestas legales.” Pensó Tom, mientras cargaba el arma y notando un extraño  y casi imperceptible detalle en el sistema de rotación. Se hizo el desentendido y lo corrigió antes de cargar el arma.

—Solo espera, Tom perderá todo. – le dijo Georg a su primo que en estos momentos estaba al borde de una crisis de nervios.

Dan intentó no sonreír al darle inicio al juego. Todo estaba perfectamente planificado, Tom perdería la apuesta.

—Voy primero. – dijo  D  y se llevó el arma a su sien disparando.

Tom le secundo, jaló el gatillo y nada. Bill suspiró aliviado.

— ¿Te importaría si te pregunto algo, Tom? – cuestionó Dan. — ¿Por qué estás tan preocupado por ese chico? Si hubieses aceptado el dinero sería mejor para ambos, y mucho más beneficioso para ti. – Mr. D rotó el cilindro y disparó en su turno, y también corrió con suerte. — ¿Qué razones tienes para arriesgar tanto?

Bill miraba a Tom fijamente esperando una respuesta. Era cierto, Tom estaba arriesgando sus negocios por él.

—Tengo una razón. – dijo restándole importancia  y accionado el arma.

El pálido pelinegro sentía sus pulsaciones aceleradas y cerraba los ojos fuertemente. No sabía porque lo hacía, de igual forma no eran balas de verdad, pero no quería perder a Tom como dueño, aunque sonara patético.

—Deberías. – el otro jugador presionó el gatillo. — Queda solo tu turno. – continuó sonriente.

 —Despídete de Tom. – le susurró Georg a Bill haciéndolo estremecer. — Tan tonto.

—Detente. – le pidió a su primo.

— Las rotaciones están programadas.

—Detente, por favor. – volvió a pedirle con un nudo en la garganta.

— Pero si de seguro te hizo vivir un infierno. – rio. — ¿O acaso te gustó que Tom te follara? ¿Ahora eres su perra? – le preguntó burlo.

Bill tenía claro que Tom lo compró y ahora le pertenecía, pero aun así Tom no le había tocado con alguna mala intención. Todo lo contrario, había sido muy bueno con él.

— ¡No dispares! – interrumpió a Tom tomando su mano. —Por favor. – lagrimeó.

El trenzado se sorprendió por la abrupta interrupción y por lo desesperado que estaba Bill.

—No te preocupes. – le pidió. —Solo siéntate y observa. Hoy tengo mucha suerte. – le susurró al oído y acarició su diminuta cintura para luego sonreírle cálidamente  haciéndolo sonrojar. —No voy a perderte. – ante la atenta mirada de Bill llevó el arma a su sien y disparó.

El sonido del gatillo hizo sonreír a Mr. D.

Sonrisa que fue borrada cuando vio a Tom sin rastro de tinta.

— ¿Ves? Hoy tengo mucha suerte. – sonrió recibiendo un desesperado abrazo de Bill.

—No… no puede ser. – dijo enojado Dan. — ¡Eso es imposible! ¡Kaulitz, desgraciado! ¿Qué diablos hiciste?

— ¿“Eso es imposible”? – le preguntó con una ceja enarcada. Se estaba delatando. —Suena como si mi derrota fuera inevitable. ¿Eh, D?  Siento que esto no haya resultado como lo planeaste. Tomen el dinero. – le ordenó a sus hombres. —Y tú también vienes, Georg.

— ¡Ya veo! – le dijo Dan. —Se lo que hiciste. Solo pretendías cargar la pistola desde el inicio, cuando nunca cargaste. Que engaño tan simple. ¡Ni pienses que saldrás de aquí!

— ¿Quién me lo impedirá? – le dijo apuntándolo con el arma que utilizó en la apuesta.

— ¿Qué crees que estás haciendo?

—No lo sé. Dime tú. – le pidió mientras sacaba de su bolsillo la bala de tinta que se le fue dada.

—Lo sabía. Está vacía. – rio tomando el arma que lo apuntaba e intentando moverla de su lugar.

— ¿Quién dijo que no estaba cargada? – le preguntó deteniendo los movimientos de Dan. —Yo no cargué el arma con una bala de tinta, pero la cargué con algo más. ¿Sabes qué es?

Mr. D miró hacia la mesa y contó las balas que había en ella.

Una, dos, tres, cuatro, cinco… Faltaba una.

— ¡Pusiste una bala real! ¡Maldito suicida!

—Blah, blah, blah. Adivinaste. – sonrió. — A que no adivinas esta. Si modifique las rotaciones y le queda una, – decía, acercando más el arma a la sien de Dan y girando el cilindro. — ¿Sabes que sucederá si jalo el gatillo? – la recién adquirida palidez de D le dio la respuesta a Tom. — Si se mueven le disparo a su jefe. – amenazó a los hombres de Dan. —Tú y yo daremos un paseo. – le susurró al cano.  

&

Bill hace un mes que estaba en casa de Tom. Era demasiado tiempo, tanto como para él, como para Tom que hace días debió haberse ido de Alemania. Sin embargo, su pelinegro se mostraba con deseos de volver. Sabía que Bill quería irse, y si podría ya se hubiera ido, y Tom aun no sabía qué hacer para retenerlo.

Estaba frustrado y sin saber qué hacer,  lo compró, podría decirle eso, pero no quería hacerlo. Por más tonto que sonara, no quería obligar a ese pequeño ángel, pero sí tendría que hacerlo, lo haría. Aún estaba en peligro

No dejaban de llegarles reportes de gente que estaba merodeando por la universidad, se habían comunicado con Georg para que funcionara como intermediario con Tom, e incluso le ofrecieron una buena cantidad de dinero a los tíos de Bill para que le mantuviesen al tanto de alguna noticia.  Con la posibilidad de que tomaran a la madre de Bill como chantaje, tuvo que mover sus contactos del gobierno para que le negaran información a cualquier persona acerca del paradero de Simone, no quería que fueran por ella, además de haberle establecido protección, a distancia obviamente y estaba tomando acciones para asegurar su situación, de una forma muy discreta, claro.

Tenía montones de sobres anónimos que le estaban proponiendo una reventa, compra de fotos eróticas de Bill y en el más extremo de los casos estaban dispuestos a pagar fortunas solo por escenas de Bill siendo penetrado.

Se suponía que luego de tanto tiempo el interés por el menor debió haber desaparecido, pero no, cada vez eran más los compradores que contactaban a Dan, y ya no eran solo hombres que buscaban satisfacerse, sino dueños de prostíbulos, organizaciones dedicadas al entretenimiento de adultos y de más.

Mr. D no era tonto y sabía que Bill era una minita de oro, y parecía que a nadie le importaba pagar miles de millones por él.

Todo estaba fuera de control y no le permitiría al menor asomar siquiera su cabello a la calle sin que fuera seguro y definitivamente actualmente no lo era. Sin embargo, tampoco quería que Bill se sintiera encerrado, así que, con la toma de diversas medidas de seguridad, algunas veces por semana salían a cenar,  daban cortos paseos por un parque cercano, iban a tomar un postre o a un centro comercial.

Hace un par de días fueron a un centro de comercial, a Bill siempre le gustó la moda, pero no tenía dinero para ello, y parecía que Tom supiera leer completamente a Bill y decidió comprarle cada prenda que al pelinegro le gustara, aunque no lo manifestara.

Al principio al menor le incomodó el hecho de que Tom le dijera que debía cambiar un poco su aspecto, pero Tom era su dueño, no iba a decir que no, así que ahora utilizaba un estilo más elegante e indiscutiblemente costoso. Sin embargo, no podía negar el hecho de que algunas veces deseó vestir de esa manera.

Pasaban por una tienda de cosméticos y una trabajadora no pudo resistirse a colocar un poco de maquillaje en el perfecto rostro de Bill. A Tom le encantó como la mirada angelical de su pequeño era acentuada por sombras negras y sus labios cubiertos por una fina capa de brillo. Así que, no dudo en comprarle un kit completo de cosméticos.

&

El pelinegro desde hace días estaba presentando síntomas de fiebre. Tom se preocupaba, pero ya lo había visto un médico y le asignó un tratamiento que Tom, en lo que su trabajo le permitía, vigilaba su cumplimiento.

Faltaban pocas horas para la cena y para que llegara Tom, así que el menor terminaba de bañarse. No sabía si era porque a Tom le gustaba como se veía  o que a él le gustaba que a Tom le agradara, pero ahora solía maquillarse, además de que no podía negar que  él mismo sentía que lucía bien.

Terminó de maquillarse y salió del baño en un albornoz blanco llevándose una sorpresa.

—Llegaste temprano. – le saludó acomodándose mejor el albornoz. Se sentía un poco expuesto ante Tom, quien lo miraba terminando de colgar una llamada.

—Si bueno, soy el jefe. – sonrió.

A Tom le empezaba a gustar pasar tiempo con Bill. Le empezaba gustar Bill, no solo atracción y deseo como lo que siempre sintió por él, y que parecía haber aprendido a controlar. Aún estaba sorprendido de sí mismo, no sabía cómo no había tomado el cuerpo de Bill.

—Acerca. – le pidió. —Necesito comentarte algo. – Bill lo hizo un poco nervioso.

Era cierto. El albornoz era un poco corto y dejaba al descubierto las libres de vello y delgadas piernas de Bill. A Tom se le antojaba retirar la prenda y admirar aquel cuerpo que protagonizaba sus sueños desde hace muchas noches.

—Es acerca de Georg. He decidido dejarlo libre, que haga con su vida lo que quiera. – dijo serio. —Solo por esta vez, y por lo que significa para ti, le perdonaré la vida, pero si vuelve con Dan e intenta hacerte algo aseguro que venderé sus órganos.

— ¡Muchas gracias!– dijo sonriente Bill y detuvo el impulso de abrazarlo. Tom lo notó y decidió hacer eso el contacto con su pequeño. —Gracias. Gracias. – le correspondió abrazándose al cuello del mayor y el otro abrazando su diminuta cintura, oliendo el aroma que emanaba la piel de Bill.

Bill se separó un poco y se topó con la sonrisa de Tom y sin saber exactamente por qué, la correspondió, sintiendo sus mejillas sonrojar. Tom se perdió en un momento en lo hermoso que era Bill sonriendo y sus dedos actuaron por si solos, tentado por lo cremosa de la piel de su rostro.

Uhn… – gimió Bill ante el contraste de aquellos finos, largos y fríos dedos contra su piel que sentía ardiente.

A Tom le gustó aquello y continuó acariciando su rostro. Tocando sus labios y sintiendo su suavidad. Aquel chico era lindo. Demasiado lindo.

El menor  puso su mano sobre la de Tom y detuvo sus caricias apoyando su frente en el hombro del mayor intentando ocultar su vergüenza.

Besó la piel del hombro de Bill que le quedaba accesible y lo hizo estremecer. Marcó un camino de delicados y cuidadosos besos hasta llegar a su mandíbula, la cual recorrió también con sus labios.

Tomó con posesividad la cintura del pelinegro y acarició con su perfilada nariz la mejilla de su adquisición.

—Eres mío ahora. – le susurró, mirándolo directamente a los ojos y haciéndolo temblar.

Tom acercó más sus cuerpos y conectó sus labios con los de Bill. El menor no lo correspondía, solamente estaba inmóvil entre los brazos del mayor y sintiendo como el trenzado mordió ligeramente su labrio inferior pidiendo entrar.

Eso no estaba bien.

—No… por favor. – le pidió separando sus labios de los de Tom.

El trenzado alejó sus manos de Bill. Se sintió rechazado y al mismo tiempo un imbécil. Se estaba aprovechando.

No era cierto, no podía sentir a Bill suyo si él no lo quería serlo.

El menor solo se quedó allí, viendo como Tom se marchaba de su habitación.

&

Tom no podía concentrarse en los negocios. Su padre lo estaba presionando para que se marchara. Tenía que atender un último asunto en Alemania y marcharse a Estados Unidos, no podía posponerlo más. Y para irse tenía que marcharse con Bill.

“–Haz lo que tengas que hacer.” fueron las palabras de su padre.

“¿Cuándo podre ir a la universidad?” “¿Podría trabajar? No me gusta estar totalmente a tu cargo”  y “¿Cuándo volveré a casa?” eran las preguntas que Bill le hacía con mucha frecuencia desde que ocurrió aquel incidente del beso.

—Debemos hacer un corto viaje. – le informó.

— ¿A…a dónde?

—Lo sabrás cuando lleguemos.

Bill había sentido muy distante en los últimos días a Tom, exactamente desde que le rechazó, pero es que eso no estaba bien. Eran hombre, no podían besarse, pero también sabía que, tal y como Tom lo dijo, él le pertenecía, y aunque lo sabía no podía dejar de preguntarle sobre cuando lo dejaría ir.

Tenía miedo, no de Tom, de lo que pudiera sentir por él. Lo extrañaba y eso no era precisamente lo que debería sentir por ese ser que le está prohibiendo de libertad. Le gustaba su tacto, su presencia que ocasionaba que su corazón se acelerara y volvía loco a su estómago, no podía sentir eso, no era correcto.

Sin embargo, el pelinegro estaba emocionado de que Tom estuviese sentado a su lado en el auto  y prácticamente abrazándolo cuando pasó su brazo por el respaldar. Su simple presencia le hacía bien.

Últimamente solo lo veía durante la cena, donde no cruzaban más que un buenas noches. Y en estos momentos de viaje, Tom se encontraba verificando unos documentos, mientras distraídamente acariciaba el hombro de Bill, quien se sonrojaba.

No podía dejar de observarlo. Su dueño era muy apuesto y joven. Sabía que solo tenía tres años más que él y que era muy poderoso.

Aprendió a sentir cierto gusto por las facciones varoniles del trenzado y su mirada penetrante y seria. Su carácter recio y autoritario, que solo era suave y paciente con él. Su voz tan masculina, grave y profunda que en más de una ocasión lo había hecho estremecer. Su casi imperceptible olor a cigarrillo ligado con perfume del más fino.

— ¿Qué tanto me observas? – le preguntó al sentir la insistente mirada de Bill en sí.

—Yo… No… Na… nada. – se ruborizó y bajó su mirar.

&

Llegaron a un extraño pueblito y se alojaron en una pequeña casa que tenía Tom. Allí mismo tenía su oficina, así que veía siempre a Tom, y a diferencia de Berlín, el trenzado compartía las comidas con él.

Dos días después desde que estaban ese lugar, Bill se encontraba entretenido en el videojuego portátil que le compró Tom, cuando Gustav fue por él.  Se dirigieron a la oficina del mayor y el rubio le pidió que esperara, mientras le informaba a su jefe de su presencia.

—Siento haberte hecho esperar Bill. – se disculpó cuando el pelinegro entró. — ¿Qué quieres almorzar?  – le preguntó.

—Ah… Cualquier cosa esta bien. – dijo incomodo, sintiéndose observado por una mujer que estaba allí.

—Entonces este es el chico. – sonrió la señora de al menos unos treinta años, se acercó a Bill y tomó su rostro. —Es bastante inesperado que sea de tu tipo, pero es innegablemente lindo…– ¿Cuál es el tipo de Tom? se preguntó Bill. — ¡Oh! ¡Olvidé presentarme! – sonrió risueña la mujer. —Soy Anabela, esta es mi tarjeta. – se la tendió y Bill leyó el contenido. Trabajaba en un club nocturno. — ¿Te gustaría trabajar conmigo? – le ofreció la chica. —Manejo un sitio bastante popular y pagarían mucho por verte bailar.

—No le digas esas cosas. – Tom le pidió tapando los oídos de un sonrojado Bill y quitándole la tarjeta.

— ¿Cuál es el problema? Solo te lo estoy pidiendo prestado un momento.

—No te lo voy a prestar. – se negó sonriendo.

—Sí, claro. Lo quieres para ti solito. Egoísta. ¡No puedo creer esto! Eres tan heterosexual por donde te vean y mírate. – señaló. — Así por un niño. Tengo que hacerle una reverencia. – Tom rio ante los comentarios de Anabela.

—Espérame en el comedor. Ya voy para allá. – le pidió al más bajo con suavidad.

—Entonces, ¿Qué fue lo que te hizo?– preguntó interesada cuando el pelinegro salió.

—Hablemos de negocios. – ignoró.

— Si no me dices, no dejare pasar a los traficantes a mi local. – negoció.

—Nada. Él es especial. – contestó. —Ahora si, en lo que estábamos.

Era especial para Tom. Sonrió alejándose de la puerta.

Continúa…

Gracias por leer

por Lady Scriptois

Escritora del Fandom

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