«My Guitar Teacher» Fic de LadyScriptois
Lesson 4
Tom recorrió lentamente y con delicadeza cada rincón de la boca del menor. El pelinegro se desvanecía en dulces y tiernos suspiros que se lograban colar entre el beso, mientras su inocente lengua intentaba devolver las caricias de Tom tímidamente.
—No se suponía que tendría que enseñarte esto. – le dijo Tom sonriendo e intentado llenar sus pulmones del oxígeno que les negó durante segundo.
—Yo… lo siento.− dijo Bill completamente avergonzado por lo que hizo.
La valentía que tuvo hace minutos se esfumó y ahora se sentía como un joven adolescente recibiendo su primer beso por su amor platónico. Se sentía como lo que era.
—No lo sientas tanto. – le pidió y lo besó castamente para luego regalarle una dulce sonrisa.
&
Hace minutos que el mayor se marchó, su madre lo solicitaba en casa para la hora de comer, pero no lo hizo sin antes pedirle el número de teléfono a su alumno, alegando que era para que no sucediera lo del viernes.
Luego de aquel beso no hablaron de lo sucedido. Sin embargo, el mayor no paraba de obsérvalo de una forma indescifrable para el menor.
Bill no dejaba de pensar en el beso, ni en la mirada de Tom. El pelinegro esperaba que luego de besarlo lo miraría como veía a Sara, pero no fue así, ese no era el mismo mirar. Era una mirada más bien… ¿Tierna? ¿Alegre? Dudaba en catalogarla el menor, pero si en algo no dudaba era en recordar lo dulce que fue aquella mañana.
.
—Es muy halagador que tengas una foto de mí.− le comentó, mientras él trataba de recordar todo lo que estuvo practicando, pero la presencia del mayor no le ayudaba en nada.
Estaba nervioso; el carmesí de sus mejillas y el temblar de sus manos lo delataban. Cuando el mayor le informó que vio la imagen en su espejo rasgó mal las finas cuerdas de la guitarra y una de ellas se soltó dejando una pequeña rojiza herida en el dedo índice del alumno.
— A ver. − el quejido lastimero de Bill le hizo notar el daño así que retiró la guitarra del regazo del menor y tomó el dedito herido para examinar. — A mí me ha sucedido varias veces. No es nada grave. ¿Tienes Cure Bands? – le preguntó sin esperar respuesta y dirigirse al baño.
El pelinegro se quedó sin habla, podía jurar que el mayor estuvo husmeando en su habitación, pero estaba tan embobado con la amabilidad de Tom que no dijo algo.
—Con esto estará bien. – le colocó la bandita y luego besó castamente el dedito. — Tiene que estar bien. No me gusta que mi alumno este lastimado.− le confesó.
&
Pensando en todo lo sucedió aquel día, llegó la noche. El pelinegro contaba con emoción e impaciencia las horas que faltaban para que llegara el lunes y poder compartir nuevamente con Tom.
No podía dormir sintiendo el agradable cosquilleo aun en sus labios. No conciliaba el sueño recordando el suave y caliente tacto de Tom en sus caderas.
Pensaba si estaría bien contárselo a Andreas. Le restó importancia y concluyó que mejor sería preguntarle primero a Tom…
« TOM… TOM… »
El sonar del celular lo sacó de sus delirios.
“Fuiste un muy buen alumno el día de hoy. ¿Cómo va la herida? Espero que se mejore rápido. Deseo que descanses y sueñes tan dulce como tú. Un beso. Buenas noches.
Tom”
Si hubo alguna esperanza de dormir aquella noche, definitivamente desapareció.
&
Miró su celular con ansias por primera vez en sus diecisiete años. El solía enviarles mensajes de ese tipo a esas personas. Sin embargo era la primera vez que cada una de aquellas palabras eran sinceras, pero ¿Desde cuándo tanto interés por la respuesta? ¿Desde cuándo le importaba si estaría bien hacerlo, o si no estaría siendo muy lanzado?
« ¿Y SI NO LE GUSTÓ EL MENSAJE?… IMPOSIBLE, YO LE GUSTO ASÍ QUE DE SEGURO RESPONDE. » Se debatía mentalmente el de rastas. « ¿Por qué no responde?… ¿Lo habré enviado a un número errado?»
Una alerta deseada tomó toda la atención de Tom.
“Es porque tú eres un gran profesor. Estará bien, gracias por preocuparte. También deseo que duermas bien y sueñes lindo. Un beso.
Bill”
El rubio estaba totalmente seguro que dormiría bien. Si es que su loco corazón se calmaba.
Era primera vez que sentía que su corazón trabajaba tan frenético y que se interesaba tanto en alguien. Todo pasó tan rápido que sentía miedo. Hace apenas días que se estaban conociendo y ya se sentía así. Porque era cierto, su alumno no lo conocía del todo, y el tampoco conocía bien al menor. No sabía su color favorito ni de que sabor prefería el helado, es más, ni siquiera sabía si al menor le gustaba el helado. Sin embargo, todas y cada una de las cosas que sabía del menor le gustaba. Sabía que era muy impaciente e impulsivo, que tenía una hermosa sonrisa; que era muy tierno y sensible en las mañana, le gustaba dormir mucho, siempre tenía un olor a frambuesas y a algo más que aún no sabía que era. Simplemente le gustaba su olor y el dulzor labios.
&
Hoy era lunes, y hace siete días también. Hace siete días también se despertó tarde, perdió el transporte, tenía clase de actividad física a primera hora y estaba ansioso por ver al de rastas. Sin embargo, era diferente. El lunes anterior su profesor no era su amor platónico, y ni siquiera cruzaba palabra con él. Hoy podía decir que el de rastas estuvo en su casa, y que además de hablar con él también lo besaba. Sentía sus mejillas arder al pensar en ello.
“Te ves hermoso.
Tom”.
Leyó el mensaje sonriendo bobamente y luego dirigiéndole una tímida sonrisa al chico de rastas que lo observaba desde el otro lado del comedor.
— ¿Tienes fiebre? – le preguntó Andrés, mientras dejaba una bandeja de comida al lado de Bill.
— ¿Eh? – le preguntó confundido.
—Estas rojo.− le informó.
—Eh, sí, puede ser por el sol. – le regaló una sonrisa forzada.
—Eres muy raro. – le dijo el platinado frunciendo el ceño. — Pero no importa ¿Sabes que los chicos ganaron el partido? – suspiró. — Tom estaba tan guapo, tuviste que haberlo visto.
—Sí, una lástima. – le siguió con pena falsa. Él hizo algo más que ver al capitán del equipo.
—La muy zorra de Sara también lo notó. Casi se le ofrece delante de todos. – comentó haciendo muecas raras. — Esos dos se traen algo.− alegó.
— ¿Tú crees? – preguntó con un ligero tono de tristeza.
—Pues, dime tú. Tampoco es como que se cortan para no dar a pensar eso. – le dijo señalando a donde Sara y el de rastas se besaban.
Continúa…
Gracias por leer.