«My Guitar Teacher» Fic de LadyScriptois
After Lesson 1
—Bill apúrate. – le decía Andreas a su amigo quien llevaba casi dos horas en el baño.
— ¡Un momento! – gritó desde el lugar.
—Llegaremos tarde y será toda tu culpa. – le reprochaba el platinado mirándose por séptima vez al espejo en apenas una hora. — Es más, ni siquiera sé por qué estás tan esmerado en verte bien. Según tú, ya olvidaste a Tom.
—Ya estoy listo. Deja de quejarte.
—Bill estas…
— ¿Me veo mal? – preguntó a juzgar por la cara de su amigo.
—No, solo… Creo que tendré que cuidarte mucho hoy. – dijo sonriendo para alivio del pelinegro. — Te ves absolutamente genial.
— ¿Tú crees?
— ¡Claro! Creo que no dejare que Adam te vea. Me sentiría inseguro. – bromeó.
—Eres un tonto.
Aun que realmente el menor estaba hermoso. Traía puesta una camiseta de tirantes blanca bajo otra negra que le quedaba un poco holgada y los tirantes resbalaban dejando la piel de sus brazos y hombros expuestos; en la parte inferior un jean blanco pegado y unas converse negras. Añadió algunos anillos y pulseras de plata y dos collares largos. Su pelo estaba levemente levantado y su maquillaje tan impecable como siempre.
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Los chicos no solo ganaron el campeonato, uno de sus jugadores, Tom, ganó el premio al mejor jugador y al mejor delantero, y también fueron nombrados como el mejor equipo de la competencia. La escuela estaba más que orgullosa por los logros del equipo y del resto de los estudiantes, quienes en todo los partidos estuvieron animando eufóricamente, y como recompensa se organizó una fiesta para celebrar el triunfo y halagar a todos.
Los jugadores, obviamente, serían los protagonistas y sin embargo cuando llegaron ya estaba más de la mitad de la escuela y sin falta Sara y su sequito de porristas.
— ¡Tomi! – le dijo Sara colgándose del brazo del capitán y dejando en su mejilla una marca de labial rojo, al igual que su vestido exageradamente ajustado y corto para el gusto del de rastas.
— Suéltame. – le pidió con brusquedad y limpiándose la marca que dejó la chica en su rostro.
Algo de lo que podía hacer gala Tom era de su caballerosidad y respeto hacia las mujeres, pero sencillamente Sara no se lo merecía. Desde hace semanas se alejó totalmente de ella, y ella simplemente se rebajaba más y más para que volvieran.
No podía tener respeto hacia una persona que no lo tenía por sí misma.
No era un secreto que el rey ya no tenía reina, que Sara ya no era la reina.
Tom al principio intentó hacerlo muy sutilmente, de todas formas tampoco quería herir el orgullo de Sara, así que más de una vez contuvo sus ganas de rechazarla en público. Sin embargo, la porrista se lo puso muy fácil luego de haber sido encontrada en la parte trasera de la escuela brindándole sexo oral a un chico. Por lo cual ahora Tom se sentía más libre que nunca e incluso tenía el apoyo de todo el colegio.
Quienes una vez los miraron como la pareja perfecta, ahora miraban a la chica como la hechicera mala que hirió el corazón del príncipe.
Tom les devolvió el saludo a todos los estudiantes quienes lo hacían y le felicitaban, incluso una que otra chica quería tomarse una foto con él y él no se negaba. El lugar estaba lleno de estudiantes que vestían de manera casual. Sin embargo, Tom no se fijaba en ello, solo buscaba entre la multitud a su ex alumno.
Siempre fue así, esperaba poder verlo y hablar con él, ya estaba harto de toda esa mierda que era no poder tener contacto con él.
El día de la final el pelinegro fue, pero apenas terminó el evento se marchó. Ese acto de presencia Tom lo tomó como un rayo de luz, y no le importaba si sería rechazado, no quería dejar ir al menor sin haberlo intentando.
—No está aquí. Deja de buscarlo que aún no han llegado. – le dijo Adam, quien se posicionó a su lado y le entregaba un vaso de lo que aparentaba ser un inocente ponche, pero que estaba cargado de un alto contenido alcohólico que lograron añadir unos estudiantes.
— ¿Cómo sabes? – ya no le importaba hablar libremente con su amigo sobre Bill.
Siendo sincero consigo mismo, gracias a Adam, y a que le recordaba diariamente que fue un tonto al dejar ir a alguien como al pelinegro, se dio cuenta de que era un idiota y tomó la decisión equivocada, que fue un cobarde y prefirió mantener una imagen falsa que entregarse a los sentimientos verdaderos.
—Mi novio me acaba de escribir diciendo que venían en camino. – dijo sonriente. Quería ver a Andreas.
—Te escuchas tan marica diciendo: mi novio – le bromeó.
—Estoy enamorado, no puedo hacer nada.
—Créeme que lo sé, lo descubrí cuando te encontré comprándole caramelos. ¿Sabes que creo?
— ¿Qué cosa?
—Ese par tiene problemas con la azúcar y sus derivados – le comentó sobre la conclusión a la que llegó un día mientras observaba con disimulo a Bill.
—Claro que no. No generalices – rio. — Querrás decir Bill. Andreas solo lo hace moderadamente. Además, no puedes quejarte porque tal vez fue la dulzura de Bill lo que te tiene tan enamorado. – le guiñó el ojo.
Tom iba a decir algo cuando Adam lo cortó.
— Al menos Andreas no viene con una lolipop a la fiesta. – dijo sonriendo y señalando al par de chicos.
Andreas se dirigía a ellos y Bill se quedó con un grupo de compañeros riendo, mientras sostenía su dulce de fresa en la mano.
Tom se perdió por un momento en lo hermoso que se veía Bill esa noche y luego dirigió toda su atención a como llevaba el dulce acorazonado a su boca y lo saboreaba dejando en sus labios una capa de color rojo y húmedos. Sintió su pulso acelerarse y unas ganas, más de las normales, de apoderarse de esos labios.
—Demonios. – susurró.
— ¿Disculpa? – preguntó Andreas.
— ¿Ah? Que hola. – se corrigió.
— ¿Esta hermoso no crees? – le preguntó refiriéndose a Bill para luego abrazar a su novio.
—Absolutamente…– respondió.
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Pasaron varias horas y Bill, aunque sabía que Tom estaba allí, no se acercó, simplemente se dedicó a observarlo como lo hizo los últimos tres años, pero esta vez, habían miradas reciprocas.
Se sentían como cuando estaban empezándose a conocer, se miraban desde la distancia y eran correspondidos, Tom le sonreír y Bill se sonrojaba, pero nunca se acercaban.
La fiesta casi llegaba a su fin cuando Bill fue jalado del grupo de amigos con el que estaba.
— ¿Qué sucede? – le preguntó Bill.
—Adam me invito a cenar.
— ¿A cenar? – preguntó el pelinegro juzgando la hora.
—Bueno, a desayunar no sé.
—Pues ve, te doy permiso. – decía sonriente y alegrándose por su amigo.
—No seas tonto. No es por eso.
— ¿Y porque? – preguntó confundido.
—Estas invitado.
—Sabes que no me gusta ser mal tercio. Paso.
—No, va Tom. Bueno, va si tú vas. – dijo mordiéndose el labio. Sabía que posiblemente su amigo se reusaría. — Por favor – pidió anticipando un rechazo. — Sabes que no puedes llegar a tu casa sin mí. Tu mamá habló con la mía y saben que me quedare contigo. – alegó.
—Supongo que no me queda de otra. – aceptó no seguro sobre si era lo mejor o no.
Se despidió de sus acompañantes y se fue con el platinado, dirigiéndose al estacionamiento donde le esperaba Adam recostado en su camioneta blanca y Tom en su nuevo Audi negro.
—Hola. – saludó con un beso en la mejilla al novio de su amigo.
—Hola Billi, no estuviste con nosotros en toda la fiesta. – le reprochó.
—Lo siento. – se disculpó y luego miró a Tom, tardando unos segundo en acercarse para saludarlo y besarle la mejilla. — Hola. – dijo con un notable sonrojo.
—Hola. – le devolvió la sonrisa sin poder evitarlo cuando notó el efecto de carmesí que generaba en el menor y por el olor agradable que tenía.
— ¿Nos vamos ya? – propuso el novio del platinado.
—Vale, te sigo. No sé a dónde vamos. – dijo Tom sacando los seguros del auto a través del pequeño control que tenía en su llavero.
—Listo. Yo voy con Adam. Bill ve con Tom. – decretó Andreas sin dale tiempo de replicar.
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—Lindo. – dijo ganándose la atención de Tom para dar su opinión con respecto a su auto. — Es lindo. – rompió el silencio que se formó.
—Gracias. Me alegra que te guste. –le sonrió. — ¿Cómo te va con Georg?
—Bien. Hemos rotó nuestros records en videojuegos. – dijo sintiéndose más cómodo.
—No has cambiado. – rio Tom haciendo reír también a Bill.
—Ni un poquitito.
—Me agrada que nada de ti cambie. – dijo.
Bill captó la indirecta y se sonrojó.
Me agrada que no cambies, incluyendo tus sentimientos por mí, había sido la traducción.
Llegaron rápidamente a una linda cafetería de veinticuatro horas de servicio, sin decir otra palabra que no fueran las anteriores.
El platillo de Bill venía acompañado de una ensalada que al principio dudó en comer, pero que terminó comiendo por petición del de rastas.
— ¿Por qué no la pruebas?– le pidió.
—No quiero. – decía haciendo un tierno mohín con su nariz.
—Tom, deberías darle de comer. – pidió Andreas.
Bill estaba muy concentrado asesinando con la mirada al platinado y solo se percató de las acciones de Tom cuando notó que tomaba su tenedor y lo dirigía a su boca.
—Di: “A”. – le pidió sonriendo.
— No. ¿Qué haces? – murmuró sonrojado, esquivando las miradas de las mesas continuas.
— Solo una vez. – insistió.
— Una vez. – aceptó esperando dejar de ser el centro de atención, separando sus esponjosos y rosados labios.
Sin embargo, cuando le sirvieron el postre, que constaba de una deliciosa porción de pastel de fresa, no fue necesario que alguien le pidiera que la comiera.
Y al parecer el postre estaba lleno de melosidad, ya que Andreas y Adam se pusieron bastante cariñosos, lo que hizo poner incomodos a Bill y a Tom.
— ¿Por qué no vamos a conocer el jardín del lugar? – le ofreció al pelinegro recordando lo que un empleado le dijo con respecto al paisaje que se encontraba alrededor.
—Eh… Sí. – decidió rápidamente Bill.
No era como que le encantara ver a sus dos amigos besándose.
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—Eso fue incómodo. – dijo Tom cuando estaban conociendo el jardín lleno de árboles y pequeñas cadenas de luces en ellos.
—Bastante. – le secundó Bill.
—Y dime ¿Cómo te la llevaste con tu ensalada?
—Debo decir que estaba rica. – sonrió. — Pero me gusto más el pastel. – recalcó sonriendo.
—Lo supuse. – Tom suspiró.
—Tom, me alimento bien, no tengo anemia ni nada de eso. Te lo aseguro. – le dijo al ver la cara de rendición de Tom.
El menor sabía que el mayor estaba preocupado y se le hacía muy lindo, pero también sabía que estaba preocupado por nada.
— Lo que sucede es que la mayoría de las veces que nos vemos es en la escuela, y la comida de la cafetería no es rica. Desayuno en mi casa. – continuó explicando.
— ¿Me lo aseguras?
—Si… Te lo aseguro. – le dijo y regaló una sonrisa, de esas que solo le dedicaba a Tom.
—Me gusta verte sonreír así, estando conmigo. – recalco la última frase y deteniendo su caminar. — Hace tiempo que no estábamos juntos.
— Algo. – concedió. — ¡Dios! En ese tiempo todo ha cambiado, ¡La escuela parece de locos! – dijo apoyándose en el árbol que estaba al lado de donde Tom se detuvo y dejándose abrigar por la luz que emanaban las cadenas de luces en el árbol.
— ¿Qué tanto? – preguntó divertido ante la exageración de Bill y apoyándose a su lado.
—Pues, Adam esta con Andreas, ahora son más populares en el colegio por haber ganado. – dijo recordando todo lo sucedido. — Ya no estas con Sara, así que supongo que la porrista ha decaído un poco en su popularidad. Y lo verdaderamente genial: el nuevo director es un suave, porque es decir, él sabe que el ponche esta alcoholizado y que posiblemente mañana todos tengan resaca y nadie estudie para la semana de exámenes que comienza el lunes. – apuntó con una divertida sonrisa. — Y bueno, Georg volvió. Ya no eres más mi profesor. – dijo triste, pero luego le sonrió forzadamente. — Creo que solo nuestra relación se mantiene intacta. Tú el capitán de futbol y yo el chico de los rumores.
—Dime. Ahora, ¿Qué tan ciertos son? – no recibió respuesta. — ¿Eso también cambió?
—No lo sé. – mintió. Claro que hoy esos rumores eran más ciertos que nunca.
— Por favor. – lo pidió silenciosamente y decidido.
Se posicionó frente al pelinegro y acaricio sus mejillas encendidas haciéndolo estremecer.
Extrañaba tanto el contacto con Tom.
Con suma delicadeza retiró algunos cabellos de su rostro y los posiciono tras su oreja, mientras se acercaba más sus cuerpos hasta lograr sentir los rápidos latidos del corazón de Bill. Se permitió observar el rostro del menor y luego se perdió en sus ojos que lo miraban suplicante porque lo besara, que lo miraban confundido, que lo miraban con amor.
—Permíteme ayudarte a aclarar un poco. – le pidió con la voz demasiado profunda por la tentación.
Tocó los rosados y esponjosos labios de Bill con la yema de sus dedos y volvió a mirarlo. No quería que ese beso fuera como los primeros, actuados por impulso. Quería que este fuera en pleno consentimiento de ambos. Solo necesitaba que Bill mostrara una pizca de desaprobación y se detendría aunque no lo quisiera.
La desaprobación nunca llegó y ambos recorrieron el camino con ojos cerrados hasta unir sus labios en un suave y necesitado beso para ambos. Tom viajó con sus manos desde el rastro del menor hasta su cintura, y las manos de Bill no se quedaron atrás posicionándose en el cuello del mayor y profundizando más el beso, recorriendo sus labios, rememorando sus sabores y texturas.
Tom lo apegaba más a su cuerpo casi como si fueran imán y metal, y sus labios no se querían despejar en ningún momento.
—Deseaba repetir esto desde el primer día que te besé. – le confesó mirándolo a los ojos cuando terminaron de besarse, aun manteniendo sus manos en la cintura de un ruborizado Bill.
—Yo también. – le confesó sin pensar.
Sabía a qué se arriesgaba. Nada le aseguraba que Tom estaría solo con él, pero no le importaba. Porque ya lo vivó una vez y no sabía que sería peor, si estar con Tom esporádicamente o no tenerlo.
—Entonces ¿Fue de ayuda? – le preguntó ansioso y feliz. Sabía la respuesta.
—Lo estoy dejando todo. – le dijo Bill, porque creía que Tom estaba con alguien más, así que estaba abandonando su propia dignidad y respetó. — Solo haz que sea bonito, por favor. – le suplicó mirándolo a los ojos.
—Lo será, te lo aseguro. – le dijo sincero y luego sonrió.
El corazón de Bill se aceleró.
Tom quiso besarlo, pero se contuvo al recordar lo que le había dicho Adam acerca de las dudas que tenía Bill.
—Seremos tú y yo. Nadie más. – le declaró alejando las dudas de Bill, y lo besó nuevamente. — Mierda, creo que estoy enamorado. – lo besó castamente con una sonrisa imborrable en su rostro. — Adam me dijo que tu dulzura era lo que me tenía atrapado. Y creo que es cierto. – dijo contra los labios del menor para luego volverlos a unir. — Sabes a caramelo.
Bill no sabía si sus labios sabían dulce, lo único que tenía claro era que Tom sabía a amor.
Continúa…
Gracias por leer.