Fic Toll de RubelangelTwc

Capítulo 9

– Había una vez, hace mucho tiempo. En una pequeña montaña pérdida entre los bosques, se encontraba un pueblo humilde, con un rey devastador. El rey vivía en su gran castillo, rodeado de dinero y fortuna, viviendo con su mujer y sus dos hijos. Para el poblado, era un buen rey, pero para la familia, era el peor de todos. El príncipe mayor, un día se escapó del castillo, cansado de vivir la misma tortura día tras día. Se fue al pueblo, ya que sentía mucha curiosidad por lo que allí podría haber. Miró con curiosidad cada una de las calles de ese poblacho, descubiriendo a gente maravillosa la cual no se preocupaba por la fortuna, la cual repartía ese pequeño sueldo que había cobrado con sudor y lágrimas a los más pobres, y aun así, sonreía como las personas más felices del mundo.

Vio a niños jugando con el barro, divirtiéndose y riendo, a las personas mayores hablando de balcón a balcón, riendo por los chismes que se contaban entre ellos. A gente de mediana edad siendo felices con su familia, aun cuando no podían costearse siquiera una mísera barra de pan.

Entonces, el príncipe, cohibido por tanta alegría, se dio cuenta de una cosa que no olvidaría jamás; el dinero, no te hacía feliz. Tan solo necesitabas una familia unida para poder sonreír tan puramente como esos niños.

El príncipe se dio cuenta de que preferiría vivir de esta manera, antes que estar encerrado en el castillo, rodeado de caprichos, pero ausente de amor.

Cabizbajo, volvió a su hogar, pero ideó un plan. Después de observar a toda esa gente con ropas tan sucias y rotas, optó por conseguirles una vida un poco mejor.

Al cabo de unas semanas, el príncipe tenía el suficiente dinero como para poder dar unas cuantas monedas de oro a cada familia. Las repartió por todo el poblado en nombre del rey; su padre.

Él se sentía feliz por aquella ofrenda, pero su progenitor no. Esa noche, le dio una bofetada y lo encerró en su habitación durante un día entero, en el que no pudo ni comer, y ni siquiera dormir. El príncipe estuvo llorando toda la noche al no sentirse aceptado por lo que realmente él era.

Pero cometió un grave error al darse cuenta tarde, de que ser él mismo, estaba bien.

Después de un mes transcurrido, cohibido por las miradas de odio de su padre y las melancólicas por parte de su madre, cayó enfermo. El príncipe no podía respirar una noche, sentía que se ahogaba lentamente y que poco a poco la vida se marchaba de entre sus manos, pero por suerte, consiguió gritar justo antes de caer inconsciente.

Doctores de todos los lugares más inesperados fueron a visitar al hijo del gran rey, pero uno por uno, les anunció que el príncipe se estaba muriendo lentamente. Su padre se enfadó con todos y cada uno de ellos, echándolos y desterrándolos del mapa. La reina no podía hacer nada más que llorar por su hijo, mientras que la pequeña princesa, no sabía lo que le ocurría a su gran hermano.
El príncipe, al darse cuenta de que se moría, rompió a llorar, sintiendo que una parte de él lo abandonaba, sintiendo que había dejado de ser él mismo. Dejando tan solo dolor.

El rey, decidido a no tener un hijo enfermo, se marchó por la noche sin avisar, dejando a su familia abandonada en el castillo, llevándose consigo todo el dinero y la fortuna, dejándolos a ellos sin nada. Rumbo a otro país, a otro poblado el cual poder reinar.

El príncipe, roto por dentro, tuvo que ser el rey a una temprana edad, después del desaparecimiento de su padre, al cual odió con todas sus fuerzas.

El poblado lentamente también le fue odiando a él, al príncipe, ya que no hacía nada por su poblado el cual ya estaba devastado. Lo insultaron e intentaron incluso atacar contra él.
El pequeño príncipe ahora tan resquebrajado, intentó morir para acabar con su sufrimiento pero, lamentable o afortunadamente, no lo consiguió.

Un día como otro cualquiera, salió al monte después de mucho tiempo sin hacerlo, para aclarar sus ideas y poder dejar de llorar por un tiempo. Sabía que los hombres no debían llorar, pero él no podía dejar de hacerlo, simplemente todo le superaba.

Le costaba respirar cada día más, y parecía que el viento del monte le relajaba.

Conoció allí a un humilde pastor que venía de otras tierras lejanas. Al principio, no le fue de muy agrado para el príncipe ese pastor, pensó que sería una persona despreocupada, que simplemente vivió en el campo sin ningún problema, trasladándose ahora a nuevas tierras las cuales poder cosechar e irse, pero, a cada minuto que pasaba, a cada palabra que decía y cada mirada que compartían, se dio cuenta de que se equivocaba en sus palabras.

Tenía una buena vista del mundo, diferentes a las suyas pero con razonamiento dentro de su gran caos, exactamente a como él era.
Sonreía cada vez que él lo hacía, como si tuviera magia y con ella podría hacerle feliz inconscientemente.

Lograba sonreír con naturalidad, después de años enteros sin poder hacerlo. Pudo reír siendo él mismo, y sentir que, por una vez en su vida, le caía bien a una persona siendo él mismo.

Invitó al pastor a quedarse en su castillo si así lo deseaba, ya que le contó que no tenía de momento ningún hogar al que poder acudir y establecerse, lo cual el pastor, muy agradecido, aceptó.

Cada día que pasaba, el príncipe se quedaba más tiempo encerrado en su habitación, donde se encontraba esa persona humilde. Hablaban y carcajeaban sobre su pasado, como si nada de ello importara ya. Hasta que, tocaron un tema delicado.
El príncipe le contó sobre su enfermedad y sobre los acontecimientos más recientes en su vida, con un deje de tristeza, y un poco de miedo, al pensar que, al igual que su padre, lo abandonaría por estar enfermo. Sin embargo, se sorprendió cuando el pastor le contestó que no pasaba nada, y que él mismo lo cuidaría para que no enfermase más. Le agradeció dándole un tierno abrazo, del cual se separó en el mismo momento en el que sintió algo removerse dentro de él, una sensación extraña. Pero no dejó de sonreír al darse cuenta de que al principio, imaginó muy mal a esa persona que en esos mismos instantes estaba delante de él.
El pastor era muy buena persona, maravilloso y, simplemente, hermoso.
Pasó un mes entero, la gente del poblado pareció calmarse después de un tiempo, la reina después de la pérdida de su marido, casi no salía de su alcoba, tan solo lo hacía para darle un mínimo de atención a su pequeña hija, la princesa. Y eso, enojaba mucho al príncipe, ya que no entendía como su madre, podía extrañar a una persona que tan solo conocía la violencia, y no el amor. Su padre el cual la maltrataba, y el cual lo maltrató a él mismo psicológicamente. Pero no guardaba rencor, a él nunca le gustó hacerlo. No quería ser como su padre.

Después de ese mes, el príncipe volvió a recaer en su enfermedad. Esta vez, no podía coger siquiera un ápice de aire, ahogándose mucho más rápido y sintiendo que su vida de esfumaba a cada intento por intentar respirar. Por un momento, le dio pánico morir.

«Morir» lo que siempre imaginó como un alivio, ahora parecía una pesadilla.

Cuando despertó, después de estar durante más de una semana durmiendo sobre su cálida cama, lo primero que consiguió distinguir fue un bello rostro, mirándolo desde arriba, con una mirada diferente a todas las que vio alguna vez de él. Sonrió al darse cuenta de que vivió, y se alegró de poder seguir compartiendo sus días contados con el pastor que, en ese instante, lo cogía de la mano y lo miraba con miedo. Como si tuviese miedo a que él muriera.

El pastor, cuando vio que el príncipe lo miraba con una sonrisa en el rostro, se sintió la persona más afortunada por tener a un ser tan maravilloso, el cual se estaba muriendo lentamente. Y eso le dolía, se incrustó un dolor permanente en su pecho que no lo dejaba tranquilo cuando no lo podía sentir cerca suyo.
Pero él, a diferencia del príncipe, sabía perfectamente el por qué de esa sensación.

Se quedaron los dos por un momento en silencio, tan solo mirándose a los ojos. Hasta que, el príncipe decidido a hablar, abrió la boca, pero no consiguió articular nada, cuando sintió los cálidos labios del pastor sobre los suyos, en una sensación demasiado rara para él, pero que se sentía demasiado bien.

El pastor, gracias a su verdadero amor, pulcro y puro. Pudo sanar al príncipe, dejando atrás todas sus penurias y, viviendo tan solo por, y para ellos dos. Sanó su enfermedad por ese sentimiento real que los inundaba.

Porque su amor, era tan real. Que fue capaz de hacer vivir a una persona, tan solo para quedarse a su lado.

Porque su amor era tan puro, que no les importaba ser dos hombres. No les importaba la gente o el dinero. Solo le importaba el otro.

– ¿Ahora viene la parte en la que tengo que curar al príncipe? – pregunté riendo, Bill me miraba con una sonrisa plasmada en la cara y un brillo en los ojos que me volvía idiota. Tenía un brazo apoyado en la camilla mientras alzaba mi cuerpo mínimamente para mirar a Bill desde arriba.

– Dudo que eso pase – susurró casi sobre mis labios al estar tan cerca. Su sonrisa se transformó en una mueca graciosa que me hizo reír.

– ¿Por qué no lo intentamos? – pregunté, chocando nuestras narices. Teníamos los ojos completamente conectados el uno con el otro, sintiendo cada movimiento que hacíamos para acercarnos lentamente. Su caliente respiración la sentía cada vez más cerca de mis labios, hasta que ladeé un poco la cabeza y terminé por juntar nuestros labios en un beso agridulce.

Lo sentía titubear sobre mí y sonreí por su inocencia. Sentí en ese mismo instante muchas más sensaciones juntas de las que alguna vez sentí a lo largo de mi vida, en un solo beso. Un beso diferente a cualquier otro, demasiado especial y significativo como para solo significar hambre hacia su cuerpo.

No sentía hambre hacia su cuerpo como normalmente sentía hacia todas esas chicas con las que me acostaba, sentía hambre hacia su corazón, eso que jamás probé y que se sentía tan jodidamente bien.

Solo en ese instante dejamos de mirarnos para cerrar nuestros ojos y dejarnos llevar. Me permití llevar esta vez yo la acción al sentir que estaba cohibido. Abrí la boca y saqué mi lengua, chupando su labio inferior para después dejarme entrar a su boca. Abrió también su boca y nuestras lenguas se unieron, un poco vergonzosas de seguir pero, enseguida, el beso se tornó húmedo, en un juego excitante que me hacían desearle completamente. Nos besamos calmadamente, sintiendo totalmente el beso sin segundos pensamientos de llevarlo mucho más allá.

Era tan jodidamente satisfactorio estar besándole en este momento que si ahora mismo moría siquiera me enteraría.

Había esperado tanto este momento que se sentía surreal, como si fuera producto de mi imaginación, como si ahora mismo no estuviera besándole.

Pero supe que era realidad cuando abrí los ojos al separarme de él, y vi sus hermosos ojos contra los míos.

Su respiración era irregular por quedarnos sin aire, y sentí que por primera vez en mi vida mis mejillas se coloreaban de un rojo intenso por la vergüenza, pero aún así, seguimos con la mirada conectada.

– ¿Me quieres? – preguntó de repente, cortando la conexión y el silencio que nos unía.

– Yo… – me costaba decirlo, simplemente porque nunca se lo había dicho a nadie y, abrirme completamente a alguien para mí era totalmente nuevo. Pero no podía mentir a Bill, no podía cuando realmente le quería muchísimo – Sí, t-te quiero… – titubeé, pero me sentí orgulloso de haber podido decirlo.

Sus ojos se tornaron mucho más brillosos hasta el punto de emanar una diminuta lagrima que ni siquiera bajó por su mejilla. Se abalanzó contra mí, pasando sus brazos por mi cuello y juntando nuestros labios de nuevo, en un nuevo beso mucho menos tímido que el anterior. Bill se sentó a horcajadas sobre mí y yo le sostuve de la cintura para que no cayera al suelo.

Su ansia era tanta que ahora el que parecía principiante era yo. Sentí contra mi rostro pequeñas gotas de agua que no me importaron demasiado hasta que vi que eran lagrimas que Bill emanaba.

– No entiendo por qué me quieres… – susurró de una forma casi inaudible muy cerca de mi oído al romper de nuevo el beso. Yo le abracé contra mi pecho y él soltó un suave ronroneo.

– No importa el por qué, lo único importante es que lo hago – susurré de la misma forma.

– Cuando te vi creí que eras un rapero de pacotilla muy creído – me reí y él también lo hizo -. Y no me equivoqué, sí que eres muy creído.

– Oh, gracias. Intento de rockero – se carcajeó y en este momento me sentía en una calma absoluta, una calma que no quería que jamás acabase. Una tranquilidad tan profunda que incluso podría dormir despierto.

– Pero en lo que me equivoqué fue en pensar que no durarías mucho conmigo, como la mayoría de personas – suspiró -. Creía que jamás encontraría a alguien, todas mis esperanzas se fueron a la mierda, pero el rapero creído de pacotilla me las ha devuelto. Además, tenías todo el semblante de chico malo y muy hetero que está con todas, por ello mis esperanzas de estar así contigo… simplemente no existieron

– Yo también creía que era así, pero de repente un niño que intentas ser una estrella de rock se cruza por mi camino y me cambia sistemáticamente todo – se encogió de hombros y el silencio volvió a ser presente, hasta que su voz me hizo estremecerme por completo.

– Te quiero – murmuró -. Y lo peor es saber que no debería hacerlo – en ese momento probablemente sentí muchos más sentimientos encontrados que en ese beso que ya extrañaba volver a probar. A lo largo de mi vida no recordaba ninguna ocasión en la que alguien me hubiera dicho que me quería, quizá mis padres cuando era pequeño, pero siquiera me acordaba de ello.

– Me da jodidamente igual lo que deberías hacer, solo déjate llevar como yo. He llegado a un punto en el que todo me da igual, solo busco mi puta felicidad y no lo correcto, así que no lo hagas tú – dije, aún abrazándole pero separándome un poco para poder mirarle a los ojos.

– Debo hacer lo correcto por ti, sabes cómo acabará todo esto. No vamos a ser una pareja normal, el para siempre es algo totalmente inalcanzable para nosotros

– Me da igual, entonces seremos un cuento. Como ese que has contado, ¿No? Pequeño, pero a la vez muy grande

– No creía que podías llegar a ser tan cursi, eso me encanta – sonrió y asintió. Acercó una de sus manos a mi mejilla y comenzó a acariciarme, mientras yo sentía que mi pulso se disparaba. Hubo de nuevo un silencio acogedor y totalmente cómodo, lleno de parsimonia – ¿Y ahora qué? – preguntó él, conectando de nuevo su mirada sobre mí. La veía cambiada, como si ese brillo que me encantaba hubiera aumentado, como si su sonrisa ahora jamás desaparecería. Me sentí jodidamente afortunado de tenerle, no entendía por qué nadie se daba cuenta de que alguien tan hermoso como Bill estaba a su lado, no entendía por qué la gente en un pasado le tachó de loco cuando era el único cuerdo en este mundo. Era tan perfecto que no podía existir. Y ahora era mío… O al menos dentro de poco sería mío.

– Bill Kaulitz, intento de rockero y la persona que se enfada cuando se burlan de la moda… – le hice reír y yo junté nuestras frentes. Cogí aire un poco aturdido y sin más lo hice – ¿Quieres ser mi novio consentido? – él se quedó por un momento estático, hasta que comenzó a asentir sucesivamente.

– Sí, joder, sí – sonreí y nos volvimos a besar, juntando nuestros labios y nuestras lenguas, compartiendo esta inmensa felicidad que nos llenaba. Curvé mis labios sobre los suyos y ataqué a su labio inferior, mordiéndolo un poco y tirando hacia atrás de él.

– Los niños buenos no dicen palabrotas – escuché su risa y sus manos subir hasta mi cabeza, dejando sus codos recostados sobre mis hombros, y sus manos jugueteando con los mechones de mi cabello.

Parecía un sueño, ese tipo de sueños del que jamás quieres despertarte, y lo mejor era que ese sueño ahora era una realidad, una realidad que jamás quieres que termine.

– ¿Cuándo te operarán? – me preguntó Bill después de habernos dejado de besar y acabar recostados de nuevo en la camilla, ahora con él sobre mi pecho, abrazándome alrededor de este. Yo jugaba con su cabello, y él pasaba sus uñas por mi duro abdomen.

– Creo que la semana que viene, si todo va bien. Pero primero me dijo que me querían hacer un PET para ver si todo estaba controlado, últimamente me siento fatal, como si el cuerpo me pesara.

– Será cansancio – me dijo, eso quiero creer, pensé.

– ¿Sabes? Tú hermana que dijo que yo te gustaba – cambié radicalmente de tema y Bill rio.

– Esa pequeñaja siempre contando todo – me abrazó más fuerte y bostezó.

– Y tu madre ahora que me doy cuenta dice demasiadas indirectas demasiado directas, pero a veces no me daba ni cuenta de ellas. ¿Cómo quiere que las entienda? ¡Soy un hombre! Yo no entiendo de eso – se carcajeó. Y su risa me apreció mucho más bonita que cualquier canción de rap que siempre escuchaba.

– Estaban en complot – murmuró.

– Bueno, me alegra de que lo hayan estado – besé su frente y cerré los ojos – Deberíamos dormir, tengo un sueño que si me pongo de pie me caigo al suelo.

– Está bien, yo estoy igual – asintió y dejé de jugar con su cabello para dejar mi brazo alrededor de su cuerpo -. Buenas noches, rapero, te quiero.

– Lo mismo dijo, rockero, yo también te quiero.

Y lo mejor era saber que, al despertar, todo esto seguiría siendo real.

Continúa…

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