«Circus» Fic de Archange

Capítulo 1: El payaso

Haber nacido en aquel pueblo remoto, perdido entre montañas, era para Tom una mala jugada del destino. La broma pesada de algún dios.

El invierno en Loitche se alargaba durante meses interminables, helando las casas, sepultándolas bajo espesas capas de nieve hasta que alumbraba el pálido sol del verano. Sólo en la estación cálida los caminos eran más transitables, aun así muy pocos se atrevían a cruzar las montañas entre el fango y los escarpados precipicios.

Hace años llegó al pueblo un hombrecillo con un cine ambulante, y estuvo proyectando películas en la plaza mayor. Eran cintas gastadas, recortadas y mal montadas,  pero durante una semana los aldeanos soñaron en blanco y negro con amores desgarrados y venganzas imposibles. Se recordaba como un gran acontecimiento.

El golpeteo de la lluvia contra los cristales y el ulular lastimero del viento habían sido la banda sonora de sus primeros años de infancia. A veces su madre ponía un disco en el viejo gramófono, y mientras planchaba la colada, cantaba canciones que hablaban de lejanos arcoíris, besos y nostalgia. Tom la escuchaba arrobado desde un rincón, sintiendo el corazón golpeando fuerte al ritmo de su voz.

Pocas diversiones se podían encontrar en un lugar que no era centro de nada y que estaba lejos de todas partes.

Tom no conocía la primavera, pero estaba seguro que lo más parecido a ella era su hermano gemelo, Bill. Cuando sonreía hasta la nieve parecía arder. Lo amaba.

Lo amaba más que a la luz del sol.

Cada paso que uno daba, el otro lo seguía. Había sido así desde que se miraron por primera vez, reconociéndose. Ambos eran rubios, sus ojos eran color ámbar profundo y compartían el mismo dibujo de nariz recta y algo respingona, pero cuando Bill hablaba todo el mundo se paraba a escucharle. Tom en cambio no destacaba en nada ni interesaba a nadie más allá de las puertas de su casa. Le costaba caer bien a sus compañeros de escuela, algo que su gemelo conseguía sin esfuerzo por su deslumbrante forma de ser.

Él intentaba encajar de otro modo: Inventaba chistes y bromas (a todo el mundo le gustaba reír, ¿verdad?) pensando que siendo divertido los demás chicos lo aceptarían… Pero por más que se esforzaba sus chistes no tenían gracia. Si veía a un grupo charlando y riendo, se tragaba su timidez e intentaba integrarse en la conversación. Con los puños apretados, lanzaba la frase que había preparado durante la noche y esperaba durante un angustioso segundo esa explosión de carcajadas que lo salvaría del patetismo y la vergüenza.

Nunca llegaba. Nunca.

A cambio recibía humillantes miradas de incredulidad y algunas burlas veladas que lo obligaban a marcharse por dónde vino.

‘Lárgate… Payaso’

Sólo Bill, el amigo de todos, se reía con fuerza de sus ocurrencias.

Reía hasta las lágrimas, y su hermano lo agradecía con una sonrisa triste y un beso a escondidas. El extraño humor de Tom era como un lenguaje cifrado que sólo los gemelos parecían entender.

Su madre les decía que eran distintos desde que estaban en su vientre. —Cuando uno daba pataditas o se impacientaba, el otro se mantenía muy quieto, como si quisiera calmarlo —les decía siempre.

Lo que más les gustaba a los gemelos en los oscuros días de invierno era sentarse  junto al fuego y escuchar de sus labios anécdotas del lugar y antiguas leyendas que pronto quedarían olvidadas. Pero su historia favorita entre todas, la que siempre le pedían  y nunca se cansaban de escuchar, era la de sus nacimientos.

Simone, que así la llamaban los extraños, les contaba la historia como un cuento, usando una y otra vez las mismas palabras que ellos ya se sabían de memoria.

“—Hace muchos años, pronto serán diez… ¡Pero qué grandes sois ya! —les decía, subiéndolos a su regazo,  haciéndoles cosquillas y riendo con ellos— Bueno, pues hace casi diez años, cuando sólo faltaban dos semanas para daros a luz, llego a nuestro pueblo     una insólita caravana de carricoches pintados de colores. Una musiquilla de acordeón y una voz en grito anunciaban su llegada… ¡Era el circo! Recuerdo como si fuera ayer el enorme elefante que abría la marcha ¡tenía una trompa larguísima! Lo seguían la carreta de los payasos, que tocaban la bocina y reían con sus rojas narizotas, luego los tragafuegos, los enanos malabaristas, y cerrando la comitiva aparecieron estrechas jaulas sobre ruedas que guardaban fieras terribles tras sus barrotes ¡La magia del circo había llegado a Loitche! Imaginad la emoción de todos, ¡algo así no ocurría desde que yo tenía vuestra edad! — Los gemelos escuchaban absortos, recreando en su mente una vez más cosas que nunca habían visto y repitiendo con ojos grandes ‘¿y qué más pasó, mami?’.

—El pueblo entero acudió la noche siguiente a la gran carpa que habían instalado en la antigua explanada, junto a las ruinas de la iglesia. Aunque, un momento… —Simone frunció el ceño, colgada de sus recuerdos— Ahora que lo pienso, no todos fueron a la representación.

—¿Por qué? —preguntó Tom, extrañado. Ese detalle no había aparecido antes en la historia.

—Me acuerdo que los más viejos del pueblo cuchicheaban entre ellos y se hacían cruces cuando llegó el circo ambulante, parecía que habían visto un fantasma —dijo bajito, casi para sí misma—. Nuestra antigua vecina, La Señora Listing, vino aquella tarde a pedirme que no fuera al show de la noche por no sé qué tonterías de los peligros y del destino — Tom se removió, inquieto— La pobre era muy anciana y no sabía lo que decía… La prueba de que se equivocaba es que estamos aquí juntos, felices y calentitos ¿a que sí? —La joven madre rió suavemente y los pequeños se tomaron de la mano, alborozados.

En ese momento, sentado frente a las crepitantes llamas de la chimenea, resguardado de la tormenta de nieve que golpeaba las casas de Loitche con su furia helada y con los tibios dedos de Bill entrelazando los suyos, Tom se sentía protegido, a salvo de cualquier maldición inventada o no.

—Además, es curioso… ¡Los Siete Dioses sabrán por qué me he acordado de eso después de tanto tiempo! —riendo, se alisó el largo delantal que resguardaba su vestido de lana gruesa— Y hablando de los cielos, ¿habéis preparado vuestras ofrendas de la noche? —los gemelos asintieron pesadamente— Bien, pues cumplid los ritos y a dormir, que mañana pronto será el ahora.

—¡No mami, no! ¡Aún es temprano! —gimoteó Bill— Además no has terminado de contar la historia… Lo prometiste… —Tom miró la nieve caer a través de la ventana y sintió frío.

—Bueno, os contaré que pasó después, pero en cuanto termine hacemos la ofrenda y a la cama, ¿de acuerdo? —‘¡Sí!’, chillaron a coro, contentos de disfrutar unos minutos de prórroga. Simone sonrió al ver sus caritas sonrojadas—. Como decía, el circo había instalado su gran carpa en la explanada. La noche era hermosa, casi de verano, y la mayoría de los vecinos habían sacado entrada para ver las atracciones. Fue asombroso y asfixiante a la vez. La gente se agolpaba en las gradas aplaudiendo ruidosamente a los funambulistas que volaban sobre nuestras cabezas como pájaros gigantes, luego a la mujer barbuda con sus caniches bailarines… y para cuando salió a la pista el domador de leones el público rugía más fuerte que las propias fieras. El aire era cada vez más caliente y espeso, se pegaba a la garganta como engrudo. Me sentía un poco mareada y vosotros, granujillas, estabais tan nerviosos que no parabais de darme patadas ni un segundo —los niños se tomaron de la mano aún con más fuerza, compartiendo una brevísima mirada de complicidad— El fuerte olor de los animales, el agrio sudor en las gradas, los gritos que retumbaban en mi cabeza, el humo… Todo el ambiente bajo aquella carpa me enfermaba, cada vez estaba peor. Necesitaba salir a tomar un poco de aire fresco, así que me levanté del asiento y baje las escaleras, buscando la salida.

Por un megáfono anunciaron que llegaban los payasos, los gritos agudos de los niños subieron de intensidad y llenaron el recinto. Yo quería verlos, ¡siempre me han gustado los payasos! Con sus enormes zapatones y sus ropas de mil colores, siempre alegres, siempre con ganas de hacer reir… así que me acerqué a pie de pista con idea de verlos un momento, sólo un momento…—Tom se apretó contra su hermano, un escalofrío serpenteó por su espalda. De pronto no quería escuchar más. Le encantaba oír la historia de su nacimiento y el de Bill, pero esa parte le daba un extraño vértigo y una angustia que no podía explicar.

—¿Y qué pasó? —insistía Bill, emocionado a pesar de saberse el cuento de memoria.

—Pues yo estaba allí, al borde de la pista, con el abrigo en el brazo y mi barriga de ocho meses y medio, viendo a los payasos lanzarse tartas de nata —rió— Pensaba en vosotros, en el día que pudierais disfrutar de un momento así. Recordaba que tendrían que pasar muchos años para que el circo volviese a pasar por nuestro pueblo, y entonces…

—¿Qué? —casi chilló Bill.

—No mami, déjalo. Mejor nos vamos ya a la cama —. Saltó Tom como un resorte, sintiéndose al borde de un pánico inexplicable.

—A ver, ¿queréis que os lo cuente o no?

—¡Sí! — Protestó Bill, tironeando el delantal de Simone— Es muy pronto ¡cuéntanos el final! Por favor… —Tom lo miró con los ojos muy abiertos, tratando de hacerle entender la rara angustia que le aceleraba el corazón, pero su gemelo le devolvió una mirada suplicante. Tom no pudo resistirlo.

—De acuerdo —dijo, y cayó derrotado junto a Bill, que le dedicó la más dulce de las sonrisas.

—Bien, prosigo: Estaba distraída viendo a los payasos, cuando de pronto uno de ellos, el más alto y desgarbado, se detuvo. Me miró. Sus ojos negros recorrían mi cara  reflexivamente, como si me conociera o como si encontrara en mis rasgos algo que le resultase fascinante. Se acercaba despacio, aplastando la pista de albero con sus enormes zapatos, tan rojos y brillantes como su peluca encrespada. Me mostró todos los dientes en una fugaz sonrisa, y dando una torpe voltereta y un par de pasos de baile se paró frente a mí, haciendo una profunda reverencia. Yo me quedé inmóvil de la impresión. ¿Se estaba burlando de mí? No lo sabía. Sentí una fuerte presión en el vientre y el mareo se agudizaba por momentos, así que me giré para marcharme… Pero no pude hacerlo. El payaso me había tomado del brazo, su guante sucio aferrando mi muñeca. Intenté liberarme y él aflojó su agarre… Entonces miré sus ojos. Una profunda tristeza encharcaba su mirada, una tristeza tan arrasadora que no puedo expresarla con palabras. Pude sentir su dolor aquí, ¿me entendéis? —dijo señalando su pecho. Tom intentó ignorar su propio corazón desbocado—. Levanté una mano temblorosa y rocé apenas su mejilla pintada con la punta de los dedos. Una lágrima negra como el petróleo se deslizó por su rostro. Frente a frente, acarició mi abultada barriga con una suavidad extrema. Los gritos cesaron. Todo mi mundo se redujo a las caricias de esa mano enguantada. Una amarga risa palpitó en lo más profundo de mi mente… Y ya no supe más. Me desmayé —dijo sonriendo.

 

‘Una amarga risa palpitó en lo más profundo de mi mente’

‘Una amarga risa…’

Esa risa…

Tom cerró los ojos, los apretó hasta ver chispas de colores bajo sus párpados. No quería ver, no quería oír, no quería saber.

Pero sabía.

Él conocía esa risa. La había oído en sueños, o quizás en esa duermevela en la que el sueño juega a ser una realidad distorsionada por el subconsciente. Era una carcajada vieja y rasposa, cargada de algo parecido a una rabiosa resignación. Le provocaba un terror sordo, arraigado en cada una de sus fibras nerviosas.

Comenzó a temblar, y Bill lo notó enseguida —‘¿Tienes frío, Tomi?¿Quieres una manta?’ —le preguntó con dulzura, atrayéndolo hacia su cuerpo con un cálido abrazo. Tom negó en silencio.

¿Era posible que Bill no supiera lo que le ocurría? Ellos se amaban y se entendían más allá de las palabras ¿No se daba cuenta que estaba aterrado?

De pronto le asaltó una idea envenenada: ¿Habría sentido su gemelo alguna vez esa horrible carcajada taladrándole la cabeza? Nunca habían hablado de ello, pero rogaba a todos los Dioses que lo mantuvieran lejos de cualquier temor.

—Bueno, ahora llega la parte de la historia que más os gusta —dijo la joven madre, risueña. Los ojos de Bill brillaron como luceros—. Al despertarme del desmayo estaba en nuestro pequeño hospital con dolores de parto. Me había adelantado dos semanas, la partera dijo que por la emoción del circo. Todo sucedía muy despacio, las contracciones eran terribles y vosotros, mis niños, no queríais venir al mundo. ¿Qué ocurría?

—Yo lo sé —dijo Bill, feliz y emocionado. Simone rió y le animó a que hablara con un gesto de la mano—. Tomi y yo nacimos abrazados, ¿verdad, mamá?

—Es verdad, mi cielo. La comadrona no había visto jamás unos gemelos abrazados en el vientre de su madre, y juraba y perjuraba que eso debía ser una señal. Intentó separaros pero fue imposible, os aferrabais el uno al otro de un modo que aún hoy no entiendo. Al final nacisteis juntos, prácticamente a la vez;  y al colocaros llorando sobre mi pecho, tan pequeñitos y blancos, tan frágiles, aún seguíais abrazados. Y ese es el fin de la historia… al menos por hoy. A la cama.

Bill y Tom hicieron sus ofrendas nocturnas y se fueron a dormir.

Compartían una cama enorme que había sido de sus abuelos, vestida con las sabanas bordadas a mano del antiguo ajuar. Era costumbre en la región que los niños durmieran juntos para protegerlos mejor del viento helado de las montañas.

Ya con sus pijamas blancos y bien abrigados bajo las mantas, charlaron y rieron  muy bajito para que no los pillasen, pero Tom seguía preocupado.

—Bill… tú… —quería preguntarle si él también había sentido algo ‘raro’ dentro o fuera de sus sueños. Quizás él también estaba asustado y no se atrevía a contarlo, pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo expresar algo que ni siquiera él entendía?

—Ummm, dime —su cuerpo delgado estaba vuelto de lado, sus piernas sobre las de Tom, sus ojos entrecerrados por el sueño.

—Tú… —No, no podía hacerlo ¿Y si al hablar de sus temores se los contagiaba de algún modo? Eso nunca podría perdonárselo a sí mismo.—. Tú… no dejarías de quererme, ¿verdad? —dijo con un hilo de voz.

—Ni por nada ni por nadie —afirmó sin dudar.

—¿Nunca?

—Nunca jamás.

—¿Jamás de los jamases?

—Tomiiiii —regonzó haciendo un pequeño puchero, adormilado— ¡Sabes que no!, ¿porqué…? —Tom no le dejó terminar. Atrapó sus labios en un beso cargado de una ternura infinita. Se estremecieron con el breve roce de sus lenguas y suspiraron. Bill tocó de nuevo sus labios en un gesto liviano, y cuando Tom miró sus ojos radiantes y puros entre las sombras supo que su gemelo no sabía lo que era el terror.

Estaba a salvo.

—Estaremos juntos —murmuró, luchando contra un oscuro presentimiento que le carcomía por dentro

Durmieron uno sobre el otro, enredados como el día que nacieron.

Como creían que lo harían siempre.

Para siempre.

Continúa…

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