«Por ti me convertí en Princesa» Fic Twc de Haruxita
Capítulo 1: Hechos consumados
Pese a haberse ido a la cama bastante tarde, Tom abrió los ojos – completamente espabilado – a las siete de la mañana. Maldijo a su cuerpo que aún no conseguía abandonar el horario escolar y se arrastró fuera la cama.
Sin nada de sueño y con un gran apetito mañanero bajó a la cocina. No había rastros de Bill o de Hildy, ni en su dormitorio ni en el resto de la casa. Por su salud mental esperaba que no se hubieran liado.
Bill era más marica que Un unicornio rosa, pero con unos cuantos grados alcohólicos encima su osadía desbordaba los niveles usuales lo que, sumado al poco sentido común de la pelirroja, la mayor parte del tiempo resultaba en una combinación nefasta.
Con ese par ya nada lo sorprendía. En honor a la verdad no importaba mucho de quien partiera la idea, ese par actuando mancomunados eran de temer. Eran el mejor ejemplo de que no siempre inteligencia va de la mano de la cordura necesaria para saber administrarla.
Todavía le daba escalofríos cuando recordaba esa ocasión – un par de años atrás – en que descubrió a Bill sentado en la cama, con los bóxers bajados y la chica arrodillada entre sus piernas. Ambos se voltearon al oír la puerta cerrarse y lo saludaron con alegre «hola Tomi», casi al unísono.
Lo peor del caso es que Hildy no se la estaba chupando a su hermano (como él creyó a primera vista) Eso hasta hubiera sido catalogado de «normal» dentro de sus estándares.
Por ese tiempo, Bill llevaba días con el desvarío de tatuarse su nombre en la polla y su amiga (infame secuaz de cada una de sus malas ideas) no tuvo ningún inconveniente en – rotulador en mano – ayudarlo a comprobar cuál de los diseños que este había escogido le iba mejor. La pelirroja se burló, asegurando que si a alguien le quedaba aún una remota duda sobre la homosexualidad de Bill, luego de esa tarde quedaba completamente descartada. Ello porque, luego de manipular su miembro por más de una hora, este no reaccionó en lo absoluto.
Tom tuvo que dar gracias a Dios porque su hermano no quedara satisfecho con el resultado. «Después de todo, mi nombre es demasiado corto y sobra espacio. Mucho, espacio». El que afirmara que esperaría hasta encontrar un nombre que ameritara semejante honor no lo calmó en lo absoluto, por mucho que el moreno asegurara que era sólo una broma.
La excusa que siempre daba su hermano para justificar tanta burrada junta era que tenían el deber moral de aprovechar la adolescencia, porque cuando salieran del colegio deberían volverse adultos responsables y aburridos por el resto de sus vidas. A un par de meses de empezar el último año de colegio Tom no estaba muy seguro que ese par fuera a madurar alguna vez.
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Una de las ventajas de que sus padres anduvieran de vacaciones y tener la casa para ellos solos, era que podía beber directamente de la caja de jugo (y luego rellenarla con agua, sólo por joder. Aunque Bill acabara persiguiéndolo por la cocina, escupiéndole agua cual surtidor, bien valía la pena).
Iba por el segundo trago cuando ocurrió algo que lo dejó congelado de la impresión. Tardó un eterno momento en reaccionar y tragarse el jugo de naranja que tenía en la boca. Esta vez los idiotas se habían pasado un par de pueblos. Empero, antes que abriera la boca siquiera, su hermano se le adelantó, poniéndose a la defensiva.
— No puedes negarte. Sé que es estúpido y es llevar las cosas demasiado lejos. Pero situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.
Eso era aún peor de lo que había pensado. No solo era un tonto pero inofensivo intercambio de prendas. Si había entendido bien… ¿Bill se estaba ofreciendo para fungir como su barba?
Lo miró con más detenimiento, pero todo lo que conseguía ver era al burro de su hermano metido en la ropa que la pelirroja traía puesta la noche anterior. Esa no solo era una pésima idea, que además no tenía la menor oportunidad de resultar, sino que iba a empeorar todo de una manera estrepitosa.
Sí, Bill tenía algo de pluma; Se sentaba con las piernas juntas y equilibraba su pierna derecha sobre la rodilla izquierda con más elegancia que la mayoría de las chicas de su salón, pero de ahí a hacerse pasar por una mujer ante todo el mundo había una distancia abismante.
Se jaló un par de rastas mientras escogía muy bien sus palabras ante semejante locura. A Bill nunca le agradó que lo trataran de “mujercita”, de hecho se enojaba bastante cuando él lo llamaba “princesa”. Si había accedido a ello – ya no le cabía duda quién había sido la mente maestra tras esa idea. – no debió ser por otro motivo que lo acorralado que él se había mostrado la noche anterior.
Estupidez o no, Bill sólo trataba de ayudarlo y ello lo conmovió. Ese fue el único motivo por el que se tragó la larga explicación de porqué semejante “genialidad” jamás de los jamases resultaría.
— Yo… denme unos días para pensarlo, el viernes les daré mi respuesta.
Hildy y Bill no quedaron conformes con sus palabras, pero no las cuestionaron. Lo miraron con una profunda tristeza y eso lo enardeció aún más. Debía concentrarse, tenía poco menos de una semana para encontrar una solución alternativa.
No importaba lo que hubiera dicho, prefería enfrentar las consecuencias de salir del closet ante sus amigos tuercas y compañeros de trabajo antes que exponer públicamente a Bill.
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Debió sospechar, tuvo mil indicios para ello.
El principal, que Bill se fuera a pasar la noche de sábado a casa de Hildy y que luego llamara la tarde siguiente para decir apenas: “fui secuestrado, pero no te preocupes, creo que mi plagiaria piensa liberarme en un día o dos”. Conociéndolos como lo hacía, debió oler que allí había gato encerrado.
Pero, en honor a la verdad, sus problemas personales demandaban todas sus energías, como para prestar atención a lo que ese par de críos estuviera tramando ahora. Sólo suspiró y rogó que Bill no decidiera correr desnudo en el parque de noche, otra vez.
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Tenía medio cuerpo bajo un Escarabajo del ´67, intentando concentrarse en encontrar la fuga de aceite y no en el problemón en el que estaba metido y del cual no tenía esperanzas de salir con bien.
Un par de puntapiés en el tobillo lo arrancaron de sus divagaciones. Él conocía de sobra al portador de esos puntapiés, los había padecido bastante en su infancia y en maneras menos gentiles que esa por demás.
Bill nunca iba al taller mecánico si podía evitarlo. En los casi cuatro años que Tom llevaba trabajando en ese lugar su hermano apenas se había asomado, a regañadientes, un par de veces.
Se deslizó en el carrito con algo de inquietud, temiendo que hubiera ocurrido una desgracia, pero nada lo preparó para lo que encontraría fuera.
De no ser por el incidente del sábado pasado, hubiera creído que la chica ante él era alguna suerte de gemela perdida, porque aquella criatura no parecía en lo absoluto un hombre intentando pasar por mujer. Si no hubiera tenido la certeza que esa preciosa chica era en realidad el gamberro de Bill habría caído redondito en el engaño.
Las piezas comenzaron a encajar rápidamente en su cabeza, ahora comprendía qué tanto estuvo haciendo su hermano cuatro días completos en casa de la pelirroja.
El tiempo que tardó en dejar el carrito e incorporarse lo empleó en observar disimuladamente – o al menos eso creyó – al chico/chica.
Debía sacarse el sombrero ante Hildy. Había hecho un muy buen trabajo, no había descuidado ni el más pequeño detalle. Desde el delicado broche al costado de su cabello hasta la manicure francesa.
Aún tenía fresca en su retina la imagen de Bill disfrazado de Hildy y no se asemejaba en nada a lo que ahora tenía ante él. Ese día en su cocina Bill llevaba su pelo como siempre, suelto pero aplastado por la indefectible marca de la gorra que rara vez se quitaba. Ahora se veía suave y con volumen, tanto que tuvo que tocarlo para cerciorarse que no era una peluca.
Supuso que aquél milagro debió tomarles mucho tiempo. Sin contar con esas cejas en las que no había un solo pelo fuera de lugar y… ¿esas eran pestañas postizas?
De alguna manera, ya fuera la ropa, el maquillaje o todo en conjunto, lograban crear la apariencia de una chica dulce, inclusive frágil. Definitivamente algo que no iba muy acorde al perfil de sus anteriores “conquistas”, pero no le importó mayormente. Si aquella iba a ser su “novia», la farsa podría ser hasta soportable.
El cabrón de Bill sólo sonreía y le dejaba hacer, ya fuera cuando le acariciaba el pelo, le tomaba de la barbilla para observar su maquillaje desde distintos ángulos o inspeccionaba sus manos con uñas postizas también.
La mirada de Tom fue atraída por el pecho de “la chica”, en donde descansaba una cadenita de oro con un sobrio pendiente con su nombre en el.
Iba a hacer la típica broma cuando cayó en cuenta de algo.
— ¿No es gastar mucho dinero para un disfraz?
Bill suspiró y lo miró de esa forma que anticipaba que lo iba a decirle con seguridad no le agradaría.
— No lo compré para el disfraz. En realidad no es mío, me lo prestaron.
Bill no tenía muchas amistades, al menos no muchas que le prestaran joyería así como así.
— No le pongas tanto suspenso, que me está dando mala espina.
— Creo que Hildy no ha superado del todo el crush que tenía por ti, encontré esto guardado en un joyero. Tuve que jurarle por mis bolas que no lo perdería, para que accediera a que yo lo usara.
Tom tragó grueso, no parecía que su hermano bromeara esta vez. Era cierto que la pelirroja estuvo toda la primaria coladita por sus huesos, pero cuando crecieron ello pasó a ser sólo una broma, “cosas de niños”. Ahora se preguntaba si en realidad la chica lo había olvidado o sólo optó por ignorarlo cuando descubrió que a él le iban los chicos tanto como a ella.
Aquello explicaría muchas cosas, partiendo por la inquina que le tomó a Erika desde el primer minuto. Un poco por no saber qué hacer para romper el incómodo momento (culpa de tamaña revelación) y otro tanto por curiosidad, puso sus manos sobre los pechos de su «novia». Se sorprendió al notarlos extrañamente naturales.
Si, para su desgracia tenía bastante experiencia catando pechos y siempre era un predicamento: poner expresión de calentura cuando lo único que deseaba en esos momentos era quitar las manos y salir huyendo.
Pero esta vez fue diferente. Lo intrigaba sobremanera su textura, eran suaves pero firmes, y de verdad parecían reales. Sin contar con su procedencia, no imaginaba a su gemelo eligiéndolas en una tienda de entre muchos otros modelos. ¿Dónde vendían tetas falsas, para empezar?
Pero la diversión le duró poco, Bill lo apartó con una mirada de advertencia y un airado. «¡Hey, no soy de esas chicas!».
Alzó ambas manos, aguantando malamente la risa. Bill se estaba tomando el personaje bastante en serio, había que concederle eso.
Continuó con la inspección – sólo visual, esta vez – dirigiendo su mirada un poco más al sur de su cintura, en donde el vestido se ensanchaba. La tela era lo suficientemente ligera para caer con naturalidad sobre sus formas engañosamente femeninas. Absolutamente femeninas, de hecho. Supo que Bill había adivinado lo que estaba pasando por su cabeza en ese preciso instante, porque su risa cantarina se elevó en el garaje y luego acercó los labios a su oreja para susurrar un par de palabras que lo dejaron con los ojos un tanto desorbitados.
— ¿Y duele? – preguntó finalmente, arrugando la nariz en un mohín que sugería que él no haría algo así ni en un millón de años.
— Es un poco incómodo, pero no, no duele.
Tom se quedó pasmado y sólo reaccionó cuando Bill con su tacto característico le dijo:
— Si no cierras la boca acabarás babeando tu camisa.
La verdad costaba creerlo, pero lo había comprobado con sus propios ojos (y manos). Ese par de locos lo había conseguido, habían transformado a su peleonero y desastrado hermano en el prospecto más factible de barba que pudiera conseguir.
Y lo que tampoco podía creer era que se estuviera planteando seriamente aceptar el ofrecimiento. Se esforzó por encontrarle pegas al asunto; era un riesgo muy grande el que correrían y, más que por él mismo, temía por lo que pudiera sucederle a Bill si el ardid llegaba a descubrirse.
— Tu-tus pies… son muy grandes para una mujer – dijo, verbalizando lo primero que había pasado por su cabeza el sábado pasado –, cualquiera se va a dar cuenta. Y tus caderas…
— ¿Qué hay de malo con mis caderas, señor sabelotodo?
Bill, lejos de rebatirlo, se acomodaba el cabello y sonreía de forma más que sospechosa.
— Son estrechas, demasiado estrechas para una mujer.
Ahí estaba de nuevo, la risa cantarina que rápidamente devino en esa carcajada que le achinaba los ojos de su hermano. Señal de que era auténtica y no una manera de remarcar su sarcasmo.
— El disfraz ya fue puesto a prueba, y es cien por ciento efectivo, para tu información.
Tom experimentó un violento escalofrío y extravió un latido ante esas palabras.
— ¿A-a qué te refieres con eso de “el disfraz es cien por ciento efectivo”?
— A nada de lo que está pasando por tu pervertida cabeza – repuso, alzando una ceja, enfadado –. Sólo me di una vuelta por el taller, fingiendo que buscaba a mi novio.
Tom temió lo peor.
Años atrás, cuando llevaba apenas unos días trabajando en ese lugar, Bill se dejó caer para hacer la broma un rato y fue hostigado a tal punto por los mecánicos que él tuvo que salir en su defensa, arriesgándose a ser despedido por amenazar al encargado con una llave inglesa. Al final el incidente no pasó a mayores y mantuvo su trabajo; al parecer les había gustado el que tuviera cojones, pero le advirtieron que “tu hermanito el maricón” no era bienvenido.
De no haber necesitado el trabajo habría renunciado, de hecho estuvo a punto de hacerlo, fue el propio Bill quién lo convenció de lo contrario. No había sido fácil que lo aceptaran como ayudante, a su edad y con más entusiasmo que conocimientos. Nunca volvieron a tocar el tema, pero era evidente que pisar ese lugar lo ponía más que nervioso, y los otros mecánicos no hacían nada para evitar que ello sucediera.
Pero esta vez no había trazas de temor en esos ojos almendrados. Muy por el contrario, su hermano se veía radiante, satisfecho de sí mismo. Ni un gesto en su lenguaje corporal que se pudiera leer como un atisbo de tensión, ni un comentario soez presto a ser disparado por sus labios. De hecho, Bill intentó animarlo a él, poniéndole ambas manos en los hombros y dándole un apretoncito que intentaba ser reconfortante.
— No te preocupes, nadie me ha insultado ni tampoco metido mano.
— No tenías que hacerlo, de alguna manera me las iba a arreglar para…
— Si debía. Lo pensamos mucho y no existía otra opción, salvo salir del closet. ¿Y qué mejor forma que probar si la caracterización realmente era efectiva que ante un montón de «machos» que aseguran saber mucho de mujeres?
Tom hizo una mueca de fastidio, odiaba aceptarlo pero Bill tenía razón: estaba tan acorralado que no quedaba más que recurrir a la alternativa más desesperada.
— ¿Estás bien?
— De hecho, me siento genial. No lo planeé así pero fue una suerte de pequeña venganza.
— Bill ¿Qué demonios hiciste?
— Nada – ante su mirada incrédula corrigió sus dichos-. Casi nada. Sólo jugué el papel de chica desvalida.
— ¿Y…?
— Y tal vez les coqueteé un poco.
— ¡Bi…! – su «novia» se apresuró a callarlo con dos dedos sobre sus labios.
— De nada sirve todo esto –murmuró – si me llamas por «ese» nombre. Ante todo el mundo soy una chica, y tu novia.
— De acuerdo, pero ¿Cómo mierda se explica que me aparezca una novia de la nada?
— Todos esos detalles están cubiertos. Hemos estado bastante atareados por culpa de Mina pero valió la pena.
— ¿Mina?
— Es «mi» nombre, será mejor que lo recuerdes y lo empieces a usar.
— ¿Por qué “Mina”? ¿De dónde sacaste ese nombre?
Bill suspiró, de forma que denotaba que tal vez no estaba del todo conforme con la elección.
— No preguntes, Hildy lo impuso. Prerrogativas de haberme conseguido el guardarropa.
Por primera vez el chico de rastas vio con más detenimiento la ropa que traía su «novia». Un veraniego vestido de tirantes, un par de medias claras y sandalias de medio tacón.
— Lindo vestido ¿De dónde demonios sacó Hildy ropa como esa? -. Si de algo estaba seguro era de jamás haber visto a la pelirroja con algo que no fuera negro, mucho menos un vestido.
— Asaltó un banco.
Tom rodó los ojos. Eso se ganaba por preguntar.
Bill se puso repentinamente serio y se acercó lo suficiente para hablar en susurros, jugueteando con los bajos de su camisa.
— Tomi. Te dije que yo me encargaría de resolverlo. No planeaba que fuera de «esta» manera, pero no importa el cómo. Lo importante es que funciona. Me paseé un rato por el lugar, hablé con todos y no sólo nadie me reconoció, sino que mi disfraz obtuvo una aprobación unánime.
Esas últimas palabras no agradaron nada al chico. No dejaba de ponerlo nervioso que Bill le coqueteara al atado de cachondos que tenía por compañeros.
Al parecer, esa nueva apariencia de su hermano disparaba su instinto sobreprotector a niveles más elevados de lo usual.
— No vuelvas a hacerlo.
— ¿Por qué? Fue divertido verlos babear por mí. Al menos fue un gran cambio comparado con la última vez.
Exactamente lo que Tom temía.
— Es peligroso.
Bill arrugó su pequeña nariz y compuso un gesto de resignación, que le duró un instante antes de comentar alegremente.
— Lo que el guapo de mi novio ordene.
Quiso revolverle el cabello, por payaso, pero hubiera sido una lástima. No tenía ni pajolera idea de que menjunjes se había puesto, pero lucía brillante y ligero. No tenía nada que envidiarle a la melena de Nadja, la capitana de las porristas.
Bill llevaba un rato mordiéndose un extremo del labio inferior, como hacía cada vez que estaba nervioso. Pero ¿Por qué estarlo? El mismo había recalcado que todo estaba saliendo perfecto.
A menos que… ¿Bill esperaba su aprobación? Sonrió. Había cosas que no cambiaban.
No debería, cada vez que lo hacía alimentaba un monstruo de proporciones épicas, pero esta vez Bill se lo tenía más que merecido.
— Te felicito. Es un disfraz muy… convincente
— ¿Y…?
— Y… ya debes irte.
— Anda, dilo.
— No hamacaré tu ego, bien sabemos que no te hace falta.
— Anda, Tomi, no seas mezquino. Son sólo dos palabras. – insistió, dando sonoros saltitos, merced a los tacones.
— Eres una peste ¿Te lo han dicho? -. Se acercó a su oído y susurró «luces sexy» – ¡Ya Vete!
— Se supone que soy tu novia debemos despedirnos de forma apropiada.
— Eres la barba más molesta que he tenido jamás.
— Pero la más sexy, acabas de reconocerlo.
— Y pagaré por ello el resto de mi vida.
“La” cogió de la cintura con fuerza pero un par de manos en su pecho lo detuvieron.
— Alto ahí semental. No quiero que me manches el vestido con grasa.
— No es grasa… es aceite de motor.
Bill rodó los ojos haciéndolo sonreír. En vistas que su «novia» no se marcharía sin su beso de despedida, no tuvo más alternativa que quitarse la camisa de trabajo (en donde estaba la injuriante mancha) y quedarse en la camiseta que traía debajo.
— ¿La Princesa está satisfecha?
Bill hizo una mueca, detestaba ese mote y él lo sabía. Sacó un pañuelo desechable de su bolsa y le limpió la nariz.
— Tenías una mancha. – arguyó. Tom no supo si aquello era cierto o sólo una treta para joderle. – ¿Qué? Es lo que se supone que hacen las novias.
— Bill, tu nunca has tenido novia.
La “chica” desvió la mirada de forma sospechosa, antes de agregar.
— Me he documentado.
— Ahora… ¿Puedo besarte de una vez por todas, para que te puedas largar y mis compañeros puedan burlarse a gusto de mí?
— ¿Burlarse? ¿Por qué burlarse?
— Por lo dominante que eres.
— No es la primera vez que me lo dicen. Aunque no comprendo por qué todos se sorprenden.
A Tom no le pasó desapercibido el tono malicioso empleado por Bill, hubiera deseado no enterarse de aquella manera (ni de ninguna otra) sobre los pormenores de la intimidad de su hermano. No era algo sobre lo que hablaran ni en lo que le gustara pensar. Se dijo que lo mejor era no caer en la provocación del moreno y darle el puto beso de una vez.
Su único consuelo era que al menos su falsa novia no era una chica detestable sino el tarado de Bill, así que supuso que ese beso no sería muy diferente de los besos en la frente o la mejilla que se daban ocasionalmente. Bill subió las manos de su camiseta hasta su cuello, acariciando sus rastas de paso. Estaba tan cerca que pudo comprobar el efecto del maquillaje, no sólo resaltaba sus ojos de lejos, sino que de cerca lograba que se vieran increíbles. Algo que Bill moriría sin saber, porque de verdad el cabrón no necesitaba que le inflaran todavía más el ego. Tuvo que darle la razón, jamás hubiera encontrado una barba más hermosa que él.
En vista que no se decidía, su «novia» tomó la iniciativa y cerró la distancia entre ellos, pero él le detuvo a un par de centímetros de sus labios para preguntar:
— Ese labial que traes no es de cereza, ¿verdad?
Bill sólo sonrió, y jalándole del cuello le ordenó que se dejara de mariconadas y lo besara.
Cualquier incongruencia en esa frase pareció no importarle al moreno.
Fue un beso dulce, y no porque supiera a cereza precisamente. Tom recordó cuando eran pequeños y solían abrazarse y darse besos de mariposa donde cayeran, no importaba si fuera la oreja o la boca.
Hacía tanto que dejaron de hacerlo que había olvidado lo suaves que eran los labios de Bill y lo reconfortante que era estar abrazados sólo porque sí. Por ello, terminado el beso, se quedaron abrazados un momento, con la suave melena de su gemelo haciéndole cosquillas en la mejilla y su corazón latiendo calmadamente junto al suyo.
—Todo saldrá bien, Tomi – repitió Bill por enésima vez. Pero no fueron las palabras las que ayudaron a poner a raya la ansiedad que lo inquietaba desde el viernes pasado, sino la determinación que se desprendía de ellas, la que decía que su hermanito haría todo lo que estuviera en sus manos para conseguirlo.
Le costó separarse de él, en especial porque inadvertidamente una de sus manos se había hecho de su nuca y la acariciaba de forma tranquilizadora con el pulgar. Pero era tiempo de regresar al trabajo si quería tener el auto reparado para esa tarde.
Alzó el mentón de su «novia» y le dio un leve besito en los labios.
Y, a sabiendas que luego se arrepentiría de ello, le dijo a Bill lo excelente barba que era.
— La mejor, y la más sexy. – repuso “ella”, alzando una ceja.
Despachó a la «chica», fingiendo que le había robado tiempo valioso, pero en el fondo sintiéndose mucho más reconfortado.
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Bill estaba en lo cierto cuando afirmó que absolutamente todo el taller se había tragado el cuento de su novia. Al rato que su hermano se hubiera marchado Ernst, el supervisor, se acercó a hablar con él.
Tom se puso un poco a la defensiva; estaba retrasado con el Escarabajo y tocaba quedarse horas extras si quería terminarlo a tiempo, por lo que se sorprendió cuando el hombre le dio de palmaditas en la espalda acompañadas de un “así se hace, campeón”.
No tuvo ni tiempo de abrir la boca para sacarlo de su error porque, para cuando la entusiasta parrafada terminó, tenía el resto de la tarde libre y un billete de 50 euros en la mano.
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Cuando llegó a casa, Bill esperaba por él, derramado en el sillón viendo tele.
Se había quitado el maquillaje, deshecho el peinado, hasta se había sacado los tacones y las medias, sólo conservaba el vestido. Viéndolo así, se perdía toda la magia.
— ¡Tomi! ¡Tomiii, ayuuuudaaaa! –Gimoteó, extendiendo sus brazos hacia él.
— Luego. Primero me daré una ducha y me cambiaré de ropa.
— Por favooor. He estado atrapado en este puto vestido toda la tarde.
El moreno se veía tan miserable que se apiadó de él, descendió el par de escalones que los separaban y le bajó la cremallera.
— Gracias, eres un ángel.
— ¿Por qué no llamaste a Hildy?
— ¿Y darle material para que me joda hasta el fin de los tiempos?
Al verlo sin el vestido, la curiosidad por las tetas falsas regresó. Esas cosas tenían una suerte de imán, porque no pudo contenerse y hundir su índice en una de ellas.
— ¿Qué eres? ¿Un bebé en la etapa de tocarlo todo?
Pese al supuesto regaño Bill parecía divertido con la situación porque, ya fuera de personaje y sin testigos observando, lo dejó hacer.
— Parecen reales. ¿Dónde las compraste?
— En ningún sitio, las hice yo.
— ¿Tú? ¡Wow!
— Puedo fabricarte un relleno para tus bóxers también.
— Ja-ja. Por dártelas de gracioso te quedas sin salir.
— ¿Salir? ¿Dónde? ¿Tomi? ¡Tomiii, no te vayas y me dejes hablando sólo!
Continúa…
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