«Por ti me convertí en Princesa» Fic Twc de Haruxita
Capítulo 7: Fuera de personaje
Cerró la puerta y se estiró, arqueando su espalda, la que crujió reclamando el maltrato. Irse de juerga en mitad de semana no había sido una buena idea, máxime cuando su trabajo implicaba exigencias físicas. Moría por una larga ducha y una siesta.
No importaba cuán pesado se pusiera Geo, esa noche no saldría.
Arrastró su aporreada humanidad escaleras arriba, deseando que Bill estuviera en casa, si lo pillaba de humor quizá podría convencerlo de darle el masaje que le debía.
Al doblar en el rellano un aroma familiar lo puso alerta, un olor demasiado específico para ser confundido. Con el corazón latiendo acelerado, e ignorando el cansancio, subió el último tramo de escaleras de tres en tres.
En la segunda planta el olor se volvió más intenso y, lo que confirmó su mal presentimiento, parecía provenir de su habitación. Ya en el pasillo intentó no hacer ruido, afinó el oído pero no escuchó sonido alguno.
Apretó las manos en dos puños antes de entrar, preparándose para un encuentro desagradable sin embargo, y para su alivio, Bill estaba sólo. Al verlo, su hermano le sonrió con pereza, dejando salir el humo lentamente.
—¡Tomi! Llegas temprano.
—Terminé con el Mustang. —farfulló. Arrojando la mochila al piso y dejándose caer pesadamente sobre la cama de su hermano.
Bill se había tomado la suya por asalto — otra vez — y acariciaba lánguidamente la estrella en su costado. Su cara de satisfacción era envidiable. Los ojos, brillantes y de pupilas aun dilatadas, eran indicativos de que había acabado no hacía mucho.
—¿Por qué mierdas siempre tienes que pajearte en mi cama?
—La vista es mejor que desde la mía. — arguyó en un ronroneo, sin borrar su amplia sonrisa.
“Por supuesto, el jodido Max Chilton”.
Se cuestionó si no era hora de despegar el póster y regalárselo a su hermanito de una buena vez. Al fin y al cabo, al menos él le daba una utilidad práctica.
En ocasiones envidiaba la naturalidad con que Bill vivía su sexualidad. Él, en cambio, ni siquiera conseguía masturbarse en paz sin que un espeso sentimiento de culpa lo embargara tras el orgasmo.
Bill giró sobre sí mismo con una contorsión gatuna, dejando la mano en que sostenía el cigarrillo colgando del borde de la cama y la otra bajo su barbilla. Sus ojitos entrecerrados se le quedaron mirando fijamente.
Tom — más bien su conciencia intranquila — no le pudo sostener la mirada y la desvió hacia el techo. Nunca había tenido inconvenientes con la parcial desnudez con la que Bill solía transitar por la casa, especialmente cuando Simone no se encontraba, pero luego de lo sucedido la noche anterior era mejor guardar distancias.
Para su jodida mala suerte su movimiento no sirvió de mucho. La voluptuosa imagen de Bill, retozando en bóxers sobre su cama, se rehusaba a dejar su retina. No podía prohibirle que lo volviera a hacer, él no tenía la culpa de las cosas que pasaban por su cabeza.
Esa mañana en el taller se había pescado rememorando los jugueteos y besos de Mina con una sonrisa estúpida en el rostro. Incluso se le ocurrió que sería una gran idea invitarla al cine el próximo finde. Hasta que recordó que había de extraño en aquella ecuación, su euforia y tranquilidad se esfumaron como ceniza en una ventisca.
Dios debía tener un perverso sentido del humor. Durante años había rogado poder enamorarse de una chica – cualquier chica – y ser un tipo «normal». Ahora resultaba que cuando por fin había sucedido, la chica en cuestión era…
“¡Scheiße!”
Mejor no le daba vueltas a ello, eso no era…
De ninguna manera…
Se le ocurrían mil cosas, cariño, familiaridad, cercanía, pero no…
Química, atracción, deseo…
¿Enamoramiento?
Estaba más que jodido si acababa de pensar en la palabra con «E» y Mina involucrados en la misma frase. Porque no existía ninguna Mina, sólo era el idiota de Bill con tacones y maquillaje, en la mejor actuación de su vida.
Era imperativo poner distancia entre ellos y pronto. ¿Cómo pretendía conciliar el sueño siquiera en una cama que aun olía a sexo, al de su propio gemelo? Necesitaba separar las cosas, al menos en su mente. Segregar los… lo que fuera que estaba empezando a sentir por Mina, del afecto y cuidados que siempre había prodigado a su hermanito.
Y con respecto a esto último…
—Bill. ¿Qué haces fumando esa mierda? — masculló, el olor lo estaba volviendo loco. — Apestó toda la casa.
—No te enfades, es sólo tabaco con menta y un poco de miel.
—Bill, son los cigarrillos que fuma Nat. ¿De dónde carajos los sacaste? —insistió, exteriorizando toda su crispación.
—Ella me los hizo.
—¿Qué? —exclamó, incorporándose en la cama, asustado.
—A mí no, tonto. Mina se lo pidió y como Nat haría cualquier cosa por ella, le regaló una cigarrera llena. Descuida, a Mina no le importa que le haya sacado uno.
—No es gracioso. Te lo he dicho mil veces, no me gusta esa familiaridad que Mina tiene con Natalie.
—¿Acaso temes que Nat te levante la novia?
—¿Todo es una broma para ti? ¿Qué no eres capaz de calibrar el peligro?
—Tom, ya no soy un niño. Tengo el criterio suficiente para saber cuándo una persona intenta dañarme.
—¿Criterio? — bufó, se agachó y recogió su pantalón de pijama del suelo, embarrado con la corrida de su hermano. — ¿A esto le llamas criterio?
—Era lo que estaba más a…
—“Era lo que estaba más a mano, es más fácil de limpiar que la colcha” —le reclamó, arrojándole la prenda al rostro, repitiendo la excusa que el chico siempre esgrimía. —¡Esta vez lo lavas tú!
Acto seguido despegó el poster del corredor de F1 de su pared y lo rasgó ante la mirada desconcertada del moreno.
—¿Pero, por qué…? — balbuceó, incorporándose como un resorte.
—No vuelvas a meterte a mi cama, y ventila esto, no quiero dormir en un lugar que huela como esa zorra.
El chico bajó la mirada y susurró — “Si, Tomi”. — lucía bastante amilanado por su comportamiento repentinamente violento.
Al diablo el descanso, necesitaba aire.
Azotó la puerta al salir y dejó la casa a toda prisa. Se sentía mal por descargar su frustración con su hermano, que no había hecho más que ayudarlo en todo ese embrollo y no tenía la menor idea de lo que su presencia le provocaba. Pero el daño ya estaba hecho.
&
Condujo sin rumbo fijo por un rato, inevitablemente llegó al cordón industrial.
De día, sin las luces y la algarabía que rodeaba el ambiente de las carreras, lucía aún más deprimente y abandonado.
Recorrió “el circuito” un puñado de veces, hasta que consiguió descargar su ira y despejar su cabeza lo suficiente como para encontrar una salida alternativa a su problema.
Volvió a casa, pero antes hizo una parada en el centro comercial.
&
Su hermano, ahora vestido apropiadamente, estaba en su escritorio, navegando en la laptop.
No sólo había lavado su pijama y cambiado sábanas y colcha, sino que también aseó. Ahora tanto la habitación, como el resto de la casa olían al aromatizante de lavanda de Simone.
—Te compré algo — Bill, que usualmente hubiera dado saltitos y palmeado sus manos con entusiasmo, se limitó a esbozar una tímida sonrisa. Sonrisa que se trocó en un puchero cuando le aclaró que no eran gomitas. Al menos había ciertas cosas que jamás cambiarían.
—De acuerdo. —dijo, extendiendo la mano.—Dámelo.
Tom escarbó en el fondo de su mochila el esquivo paquetito, tardó más en encontrarlo que el chico en rasgar el papel de regalo. El ceño del moreno se frunció al examinar el colorido objeto entre sus dedos.
—Es para Mina. Sé que dijiste que a ella no le interesan ese tipo de cosas, pero se ve raro que llevando tanto tiempo de novios yo nunca le haya…
Bill estiró su sonrisa hasta transformarla en una tensa línea. Metió la pulserita de lazos en un bolsillo y, esquivando su mirada, apagó el lap.
—Gracias, Tomi. — dijo, con voz neutra, cogiendo su mochila. —No es el estilo de Mina, pero si tú se lo regalas ella lo usará.
Tom se alzó de hombros. No tenía idea de que cosas podrían gustarle a una chica, se había sentido un poco tonto pidiéndole a la vendedora que escogiera por él.
—¿Adónde vas?
—Quedé de juntarme con Hildy, estoy atrasado.
—¿Te voy a dejar?
—Gracias, no es necesario.
—¿Te espero para cenar?
—No voy a regresar a dormir, Tom. No te preocupes, tú novia te estará esperando para ir a las carreras, cuando vuelvas del taller mañana por la tarde.
No le pasó desapercibido el áspero tono implícito en la respuesta. Bill se marchó, dejándolo con la certeza de que la había cagado en grande, pero sin saber exactamente cómo.
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Tal como había asegurado Bill, cuando llegó a casa ese viernes Mina aguardaba por él viendo una película en la sala. El brazalete de Simone – supuesto regalo de su padre – había sido reemplazado por la pulsera de lacitos rosas. Al verlo, la chica se llevó una mano al cabello y lo acomodó, innecesariamente, en su opinión lucía perfecto.
Si se concentraba no era tan difícil dejarse llevar por la ilusión, fingir demencia temporal y tomar lo que el momento le ofrecía.
La tarde anterior se había hecho el propósito de separar aguas, de lo contrario enloquecería de verdad, o algo aun peor. Desde ahora y en más, en su mente Bill y Mina eran dos seres autónomos, independientes y cuya única conexión entre sí era el mismo.
Y Hildy, que en ese momento salía del baño de visitas.
—¡Hey! ¿Qué no es el novio del año, que nos honra con su presencia?
—Hola Hildy.
—Hola dulzura.
Mina solo dibujó un pequeño atisbo de sonrisa cuando la pelirroja se puso en puntillas para robarle un pico y darle un jalado a la gruesa cola de caballo en que acomodaba sus rastas cuando trabajaba.
—¡Auch! ¿Y ahora que hice?
—Lo peor es que ni siquiera te das cuenta.
Miró a su novia en búsqueda de respuestas pero la chica estaba anormalmente concentrada en un comercial de alimento para gatos. Ahí estaba ocurriendo algo y no le gustaba nada ser mantenido al margen. La morena de nuevo se llevaba la mano al cabello, en un gesto que él juraría era de nerviosismo y que su hermano no poseía. Se amonestó por pensar en ello. Necesitaba evitar esos pensamientos automáticos.
Cuando consiguió quitarse a la amiga de su hermano de encima, fue con su novia, que en ningún momento hizo además alguno de levantarse a saludarlo, y tomándola con delicadeza del mentón se inclinó para darle un beso. Beso que ella no correspondió con el entusiasmo usual.
—¿Nena, ocurre algo? ¿Estás bien?
—Todo bien, Tomi. Quizás un poco cansada, eso es todo.
Mentira.
Él no era muy observador, pero resultaba evidente que algo le ocurría a la chica. Empero, si ella no deseaba contarle no había forma de convencerla.
Aró el cabello de la morena con sus dedos, deseando estar a solas para poder abrazarla hasta que se relajara. No se sentía cómodo haciéndolo con la pelirroja cotilleando.
No podía seguir dilatando más el momento, se excusó con ambas chicas y subió a darse una ducha y prepararse para la salida de esa noche.
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Mina estuvo ausente, viendo por la ventanilla con la mirada perdida durante todo el trayecto a las afueras. Volvió a hacer ese preocupante gesto con su pendiente, incluso Tom creyó oír un pequeño suspiro.
No le gustaba verla así, sentía impotencia de no poder hacer nada, porque ni siquiera sabía qué demonios estaba ocurriendo. Todo intento de conversación era abortado con desinteresados monosílabos.
—Nena, si no te sientes bien podemos regresar a casa. — tanteó una vez más, obteniendo una inesperada respuesta.
—¡He dicho que estoy bien, por un carajo! — espetó, con un brillo de furia en sus ojos, que se apagó tan solo un segundo después. — Lo siento. ¿Decías algo sobre el taller?
Tras el notorio esfuerzo de Mina por desviar el foco de atención optó por seguirle la corriente. Por ese lado no obtendría respuestas, insistir en ello solo conseguiría que la chica se cerrara aún más.
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Aún era demasiado pronto para regresar a los piques. Era probable que las patrullas continuaran rondando un par de semanas más. Pero las manos le picaban por vencer al imbécil de Rölf y hacerle tragar toda la mierda que este se encargó de diseminar durante esa semana. De manera que días antes había enviado un mensaje a todos sus contactos, lanzando el desafío. Él acudiría esa noche dispuesto a correr y asumir las consecuencias, si alguno las tenía bien puestas aparecería, sino… mejor que no intentara asomarse por el lugar cuando el peligro hubiera pasado.
Se asombró de la respuesta que tuvo su convocatoria, había aún más gente que en días normales, incluso algunos que estaban un tanto alejados del ambiente habían regresado sólo por ver el duelo principal de esa noche.
Se sentía eufórico, la única sombra en su felicidad era el extraño comportamiento de Mina. Abandonado el enfrentamiento directo optó por intentar ganarse su simpatía, pero nada funcionaba. Necesitaba estar al cien por ciento de su rendimiento y no podría hacerlo si su mente estaba puesta en otro sitio.
Como un tiburón que huele una gota de sangre en medio del océano, Natalie apareció.
«Como si no tuviera suficientes problemas».
Para colmos, tuvo que tragarse sus reclamos, no quería tensar aún más la situación con Mina.
Por lo que, cuando la chica se alejó de su lado – en ningún momento ella le había permitido cogerle la mano – para ir con la corredora, no pudo hacer nada para evitarlo. Nada, más allá de un «cuídate, Princesa» que ni siquiera estaba seguro que la chica hubiera atendido.
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—¿Nubarrones en el paraíso?
—Sólo un mal día, Andy. Y deja de ver a mi mujer con ojos de coyote. —advirtió, en un tono un punto menos que amigable.
El rubio sólo se encogió de hombros y, con una sonrisa, le ofreció de la RedBull que estaba bebiendo.
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Esa noche fue insoportablemente larga, la suya era la carrera de fondo y por algún motivo parecía que todos tenían ganas de correr.
Ya se había fumado casi una cajetilla completa y aun, en un estimado somero, tocaba esperar media hora más.
Así y todo, lo que más nervioso lo tenía no era la carrera en sí. El número uno en su chaqueta no era gratuito. Él era el mejor indiscutiblemente y sabía que esa carrera era poco más que un trámite. Mina era su verdadera preocupación. No había regresado con él desde su arribo. Luego de pasar un largo rato con Natalie -incluso, cuando esta ganó sus dos carreras, la morena le dio un abrazo que hizo que a Tom se le revolviera el estómago.- se había dedicado a hacer vida social con el resto del equipo. Los mismos a quienes Bill consideraba unos Neardenthales con aires de grandeza.
—¿Tan poco te duró tu nueva novia, Kaulitz? —dijo, una voz a sus espaldas.
Estaba seguro que el retintín en la penúltima palabra no era producto de su imaginación
—No estamos pegados por la cadera Rölf. -dijo, encendiendo el enésimo cigarrillo, deliberadamente evitando voltearse. Lo que obligó a su rival a rodearlo para hablarle a la cara.
Erika, colgada del brazo de su novio lo miraba con superioridad. A saber qué cosas suyas reveló y otras tantas inventó.
—¿En cuánto se fija la apuesta? —preguntó la chica, como si fuera ella y no su novio quien iba a correr.
—Lo usual, 50€
—¿Tienes miedo de quedarte sin dinero, nuevamente?
—Nada más no me parece justo quitarle de manera tan fácil su plata a tu noviecito. Pero si están dispuestos a regalarme su dinero. ¡Hey! Por mí no se detengan.
—200€.- fijó el corredor, sacando el fallo de billetes y exhibiéndolo.
—Como quieras.
—¿Y lo tuyo?
—Nunca cargo dinero en las carreras, a diferencia tuya, nunca lo he necesitado.
—¡Espera! Tu chaqueta. — agregó la rubia.
—¿Qué?
—Cuando pierdas no tendrá sentido seguir llevándola.
Eso ya se estaba volviendo ridículo. Confiaba en sus capacidades, pero no iba acceder a semejante niñería. Iba a responderles cómo se merecían cuando un rostro familiar y, por fin, sonriente disipó mágicamente su enojo.
—Tomi, los chicos están planeando un fin de semana en la playa. ¿Iremos, verdad?
—Por supuesto, nena.
Respondió al abrazo «espontáneo» de la chica con más fuerza de la necesaria. Había extrañado el contacto físico, pero no imaginaba hasta qué punto. Un desangelado susurro en su oído lo trajo a la realidad, aquello era sólo actuación.
—No caigas en sus provocaciones, sólo buscan alterarte. Concéntrate en la carrera.
A regañadientes se separó de la morena, que lo cogió firmemente de la mano.
—Tomi. ¿Quiénes son tus amigos?
—Este no es un amigo, es sólo Rölf. El idiota que nos costeará el viaje a la playa. A Erika ya la conoces.
—Ahora que lo dices, creo que su cara me suena de alguna parte.
—Nos conocimos el viernes pasado. Yo fui novia de Tom, aunque por lo que oído, ambas lo fuimos simultáneamente.
El apocalipsis estaba por desatarse, podía adivinarlo por la forma en que Mina apretaba su mano hasta casi cortarle la circulación. Quizás esa noche no tuviera tanta suerte como la semana anterior, después de todo.
—Sí, supe esa historia. ¿Eras tú? Que pequeño es el mundo.
—Llévate tu veneno a otro lado, Erika. Le conté todo a Mina y ella me perdonó.
—En Wiesbaden deben ser más liberales, acá no perdonamos las traiciones.
—En casa tampoco sin embargo, cuando hay coacción de por medio, no se puede considerar infidelidad. ¿No crees?
—¡No sé qué te haya dicho ese embustero pero…!
La diatriba de la chica fue cortada con el sonido de varios bocinazos simultáneos
—Esa es mi señal. Princesa, lamento la demora, por fin podrás ver al campeón en acción.
La rubia les dio una mirada de enfado a Tom y a Mina, cogió a su novio y le comió la boca de una manera que, en palabras de Mina «una chica decente jamás haría en público».
—Para la suerte, tigre. -agregó, con el labial corrido y aun recuperando el aliento. Mirando a Mina de forma desafiante.
El corazón de Tom se aceleró, sin motivo, Mina se limitó a recordarle que él nunca había necesitado de amuletos para ganar y que los esperaban en la largada.
Pese a la reciente performance ante su rival, seguía notando a su novia algo distante y fría. Sólo deseaba terminar con todo ello pronto para poder regresar a casa y aclarar todo de una buena vez.
Mina no lo besó, ni le deseó suerte, su «ve y bórrale esa sonrisa de hiena de una buena vez» bastó para inflamarlo. Esa noche no correría por ganar, ni por dinero, lo haría por algo mucho más importante.
Cuando vio la silueta de la rubia en medio de ambos autos no podía creerlo, pero ya había esperado bastante como para dilatar aún más la carrera por una discusión estéril. De manera que subió a su auto y dejó que su ex hiciera su pequeño show con la pañoleta.
Los motores rugían con anticipación, los ojos y las cámaras de todos los asistentes puestos sobre ellos. En esa carrera se jugaba más que el premio en metálico, era la lucha de un par de egos que por fin sería resuelta.
Apenas la pañoleta tocó el suelo Tom se olvidó de todo lo que había fuera del Chevy Nova y arrancó.
A diferencia de su auto, el Honda Prelude de Rölf tenía bastantes menos kilómetros encima. Pero el chico de rastas tenía a su favor conocer a ese viejo auto como a la palma de su mano, había invertido en él todo el tiempo libre que le dejaban la secundaria y su empleo (y a veces le había escamoteado tiempo a la primera), sin contar con la cantidad de mañas que había aprendido en el taller.
Tras cada segundo de ventaja que le lograba sacar a su oponente había trabajo y dedicación.
Sonrió antes de atravesar la línea que marcaba el punto de meta, Mina lo conocía tan bien, la suerte no tenía nada que ver.
Se sintió un poco descorazonado cuando el resto del equipo, incluyendo a Natalie, lo estrujaron felicitándolo mientras su novia se mantenía a prudente distancia. Cuando los abrazos, vítores y palmadas en la espalda cesaron Geo le guiñó y se encargó de apartarlos al grito de “la cerveza corre por cuenta de Tom”.
Mina se le acercó con parsimonia, sin la efervescencia que se esperaría de la novia del campeón.
—Nena, gané. – dijo, inexplicablemente tímido, casi esperando oír el “lo sé, majadero, siempre lo haces” típico de su hermano.
La chica se mordió el labio inferior, deteniéndose junto al automóvil, a escasos centímetros suyo. Aparentaba estar tan nerviosa como él mismo. Tom ya no se aguantaba, ¿Qué diantres estaba pasando ahí?
—Felicidades. — dijo, por fin.
Cruzó los brazos tras su cuello y, tomándolo por sorpresa, le dio uno de esos besos que le hacían temblar las rodillas y lo llenaban de dudas y culpa.
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Tenía muchas ganas y motivos para celebrar, pero el estado dubitativo de su novia le preocupaba mucho más. Sin embargo ella le había dado una de esas sonrisas tristes que la acompañaron toda la noche, asegurando que nunca se perdonaría si se perdía la fiesta por su culpa. Bajo esa premisa accedió, no del todo convencido.
Evidentemente fue un error.
Estuvo al pendiente de la chica en todo momento. Sin embargo bastaron apenas diez minutos, en los que la dejó charlando con Ingrid para ir por un par de cervezas, para que el desastre ocurriera.
A lo lejos la vio empalidecer abruptamente, la sonrisa falsa vacilar y su mano volar al pendiente con su nombre.
Maldijo que la casa estuviera a rebosar de gente, lo que le impedían llegar con premura.
La cogió de la mano apenas las alcanzó, temblaba y estaba fría.
—¿De qué hablan?
—Le preguntaba a tu novia por el piercing en su lengua.
—Mina no tienen ningún… — respondió, con diversión, pensando en que aquello era sólo un mal entendido. Pero al mirarla, la morena bajó la mirada.
“Oh-oh”
¿Sería posible que su hermano hubiera cometido semejante descuido?
Con un nudo en el estómago la tomó de la barbilla, intentando no ponerla más nerviosa de lo que se veía.
—¿Nena, puedo ver? — pidió, con suavidad.
Ella se dejó hacer, abriendo la boca y mostrando su lengua. En efecto, ahí estaba, la brillante bolita plateada que su hermano se había puesto años atrás.
Deseó que el piso se abriera y los tragara a ambos. Aquél era el cabo suelto que Bill tanto temía.
Debía pensar rápido como salir del paso, no podía contar con el ingenio de Mina en ese momento, parecía totalmente superada por la situación. Si no la sacaba de ahí pronto podría dejar el estadio de pasividad y tener un ataque de histeria.
La abrazó con fuerza, murmurando bajito – “Tranquila, un error lo comete cualquiera”. Sin apartarla le besó la coronilla y le dijo, en voz alta para que Ingrid oyera perfectamente.
—Gracias, nena. Me encantó tu sorpresa. — y agregó, para la otra chica, que no acababa de creerse su mentira. — Llevaba tiempo insistiéndole que se hiciera un piercing, pero Mina es un poco reacia a las perforaciones. Creo que ella esperaba que yo me diera cuenta por mí mismo. ¿No es así, nena? — La chica sintió, con la cabeza aun apoyada en su hombro. — Bueno, nosotros nos retiramos.
—¿Tan pronto?
—Mi mujer y yo tenemos una celebración en privado. — arguyó, con un guiño. Esperando que la chica se creyera semejante paparruchada y no hiciera más preguntas.
Usualmente Mina se habría opuesto a cualquier alusión a su vida privada de forma tan burda, pero se veía absolutamente descolocada.
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El camino a casa fue aún más silencioso que el de ida. Mina se había limitado a mascullar — “Lo siento, Tom” — al subir al automóvil, para luego encerrarse en sí misma.
Al llegar, Tom le ofreció un café que fue rechazado con educación. Le pidió que le bajara la cremallera y luego la dejara a solas.
Aguardó el tiempo prudente para que se quitara el disfraz, luego le dio cinco minutos más antes de ir por él. No fue necesario que forzara la puerta, estaba sin seguro. El sonido del agua corriendo lo asustó, su hermano no era de duchas largas.
Corrió al baño de su madre, Bill estaba sentado en la tina, abrazando sus rodillas, temblando a causa del agua fría. A juzgar por sus ojos enrojecidos, llevaba largo rato llorando.
Cerró la llave, lo envolvió en una toalla y lo cargó hasta su habitación. Intentó acostarlo, pero Bill se agarró con fuerza de su camiseta y no cesaba de salmodiar “lo siento, Tom, es mi culpa, lo siento”.
Le partió el corazón verlo de esa manera. Imaginaba como debía estarse sintiendo, después de todo su trabajo, la farsa puesta en juego por un tonto error de su parte.
Intentó calmarlo pero él seguía insistiendo en que era su culpa.
—Bill, escucha bien, por favor. — repitió, intentando ser paciente. — Ya pasó y no hubo repercusiones.
—Pero es mi culpa.
—Los errores sólo suceden, no es culpa de…
—¡Es que no fue un error! ¡Yo saboteé a Mina!
—¿Qué? —inconscientemente se apartó, Bill respiraba agitado por la boca.
—No fue de forma deliberada, necesitaba sentirme yo mismo al menos por unas horas, con el enojo supongo que luego olvidé quitarlo.
—¿Enojo?
— Yo… yo… estaba celoso.
—¿Celoso?
Ahora sí que no entendía nada. ¿Celoso de quién?
—Tom, durante los últimos días he sido casi invisible. Todo gira en torno a Mina.
—Pero Mina…
—Déjame terminar, por favor. — ante su asentimiento, prosiguió. — Nunca me ha molestado que me ignoren, no es lo ideal, pero lo prefiero a ser insultado. No me molestaba porque te tenía a ti, te tenía, ya no.
—Bill, eso no es…
—Tom, ahora sólo tienes ojos para Mina. Yo soy nada más que el sujeto tras el disfraz.
Las piezas comenzaron a calzar en su cabeza, lentamente.
—¿Lo dices por la pulsera?
—¡Por todo! Antes de la llegada de Mina hubiera sido impensado que me gritaras de la forma en que lo hiciste ayer. A ella en cambio la tratas como si fuera de cristal. — y agregó a media voz. — Al final si resultaste hetero.
—Bill, ¿qué estás…?
—Te enamoraste de ella. ¿Lo vas a negar?
Se le secó la garganta, ahora quién temblaba era él. Bill había descubierto su vergonzoso secreto.
Estaba perdido.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario.
Aaahhh, Tom ¿cómo te metes en estos problemas? (Face palm)
Mi pobre Bill TnT me duele lo que está pensando. Rápido Tom, haz algo y soluciónalo.
Kyaaaaa!!!!!
Bill esta celoso de Mina 🤣🤣, pero si es su creación 😅 y ahora resulta que Tom esta enamorado de Mina y Mina es Bill y, y..y todo esto es un drama del bueno. Besos.