«Por ti me convertí en Princesa» Fic Twc de Haruxita
Capítulo 9: My personal Kriptonite
Antes de abrir la puerta ajustó la palestina por sobre su nariz y le dio un jalón a la bandana para cubrir la ceja derecha. Sabía que solo dilataba lo inevitable, pero necesitaba conseguir algo de tiempo en lo que inventaba una excusa creíble.
Tomó aliento y entró a su casa.
Estuvo a punto de quitarse los lentes para ver mejor. Esa que subía las escaleras era…
—¿Mina?
No, no era Mina. ¿En qué estaba pensando? Sólo era el idiota de su hermano que, por algún motivo perfectamente coherente, consideraba que los tacones eran el calzado más cómodo para andar por la casa.
—¡Tomi! ¿Qué haces de vuelta tan temprano? -preguntó, bajando la escalera con asombrosa rapidez.
Genial, adiós al tiempo para pensar con calma la mentira.
—Salí antes del trabajo.
—Pero son apenas las doce.
—No había mucho que hacer.
Bill desconfiaba, casi lo podía palpar. Era capaz de oler sus mentiras hasta bajo el agua. Lo que no era un gran mérito tampoco, él era un terrible mentiroso.
Al llegar al primer piso el moreno dejó el sándwich y el vaso con coca cola sobre el arrimo. Por supuesto, necesitaba ambas manos libres para interrogar al sospechoso.
—Tomi… ¿Por qué traes puesta la palestina?
—Siempre traigo puesta la palestina –. Y, como si no se viera suficientemente culpable, comenzó a retroceder despacito.
—Sabes a lo que me refiero ¿Y por qué traes tus lentes de sol?
—¡Es verano!
—Solo los usas cuando andas en plan de ligue.
“Oh joder”.
Él conocía muy bien ese tono bajo y pausado. Estaba seguro que el día que se desatara el apocalipsis zombie, una voz como esa sería la encargada de dar la noticia.
—¿Tomi, qué me estás ocultando?
«Debes guardar reposo» -había dicho Ernst-, «en casa te cuidarán bien». Con lo que Ernst no contaba era que el mini agente de la Stasi que tenía en casa no le permitiría descansar hasta averiguar qué diantres pasaba.
De pronto, la manoseada frase «sobre mi cadáver» no le pareció tan descabellada. La tendencia al drama de su gemelo debía ser contagiosa.
—Bill, no es nada de lo que estás pensando -dijo, aunque el esquivarlo cuando éste hizo ademán de sacarle los anteojos no vino a apoyar muchos sus palabras.
—No sabes lo que estoy pensando, Tomi –canturreó el moreno.
—Pero tienes una gran imaginación. Hasta donde sé, podrías estar pensando en cualquier cosa —.Tom ya no se escabullía, había arrojado la mochila y puesto en práctica aquello de «corre por tu vida».
Su hermano le iba pisando los talones.
—¿Si no ocultas nada por qué arrancas?
—¡Porque hay un loco persiguiéndome!
Bill lo siguió hasta la cocina, él logró esquivarlo deslizándose bajo la mesa, pero no pudo llegar muy lejos. Al regresar a la sala fue jalado por los bajos de la camiseta y ambos acabaron cayendo pesadamente sobre la alfombra.
—Nunca… intentes huir de un… hombre en tacones -dijo triunfalmente, entre jadeos-, somos mucho más ágiles.
A juzgar por la forma en que lo había visto saltar por sobre la mesa ratona, no le cupo duda de ello. Aunque sus largas piernas lo favorecían bastante.
Por mucho que forcejeó no pudo evitar que su hermano lo pusiera de espaldas al piso y se sentara a horcajadas sobre su abdomen.
—Tom, te irá mejor si no te resistes.
—¿Por qué me suena a sentencia de muerte?
—Eso dependerá de la gravedad de tu delito – dictaminó, alzando una ceja.
Con una palma fuertemente apoyada sobre su pecho para evitar que escapara, Bill se irguió para tomar aire y acomodarse la melena, revuelta durante la persecución.
El cómo su hermano podía verse sexy aun en medio de ese desastre era uno de los misterios del universo.
«Estoy TAN jodido».
Y cinco segundos más tarde lo estuvo aún más, cuando Bill le quitó su burdo disfraz.
—¿Pero qué demonios…? – el jadeo esta vez fue de sorpresa, teñido con un poquito de pánico.
Necesitaba calmarlo de alguna manera, sus hermosos ojitos almendrados se estaban poniendo acuosos.
—Bill, puedo explicarlo. De verdad, se ve peor de lo que es, por eso no quería que me vieras. Estoy bien, en serio –dijo, atropellándose con las palabras, y agregó tomándole las manos que permanecían cubriendo su boca. -, nada que un poco de descanso no arregle.
—¡Y yo te perseguí por toda la casa! ¡Te arrojé al piso!
«Genial, Tom. Gran trabajo.»
—Bill, estoy bien -repitió, buscando las palabras más apropiadas para quitarle hierro al asunto-. Sólo fue un accidente tonto.
No, la sutileza nunca fue lo suyo.
—¿Accidente? ¿En el auto? ¿Por qué no me avisaron?
—¡Mierda, Bill! ¡¿Quieres dejarme hablar?!
Su hermanito asintió con la cabeza, secándose las lágrimas con la mano.
—Estábamos reemplazando el motor de un Cadi, me distraje por cinco segundos pensando en otra cosa y… -con un gesto de su mano abarcó las heridas que ocupaban gran parte del lado derecho de su rostro. Y agregó, intentando sonar gracioso-: La buena noticia es que tengo tres días de licencia.
—¡Eres un idiota! ¿En qué demonios estabas pensando?
Se ruborizó furiosamente. No fue necesario que se viera al espejo, lo supo porque de pronto notó su cara mucho más cálida.
Bill pareció comprender, porque sólo dijo -«Ohh»- y se le quitó de encima, aunque no consiguió ocultar una pequeña sonrisa. No se necesitaba ser adivino para saber que tarde o temprano – cuando sus heridas no lucieran tan impresionantes -Bill se burlaría a gusto.
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Lo único bueno de su lesión fue que consiguió un solícito enfermero, que lo obligó a realizar su reposo en el sillón de la sala, de esa manera estaba más cerca de la cocina y lo podía vigilar en lo que preparaba los alimentos.
Bill se veía bastante cómodo cargando charolas y compresas de un lugar a otro, al parecer cuidarlo y darle órdenes lo ponía de muy buen humor. Sin embargo a él le parecía estar metido en una porno de bajo presupuesto.
—Bill, ¿podrías vestirte?
—Estoy vestido.
—Para un club de strippers gay.
El moreno le regaló una risita y una generosa vista de sus amígdalas.
—Tomi, tu nunca has estado en un club de strippers, de ningún tipo.
—Da igual. Ponte algo de ropa, ¿sí? ¿Lo harías por tu pobre hermanito convaleciente?
—Hace calor.
Que no lo culparan, él había intentado ser sutil esta vez. Como no dio resultado fue forzado a ser directo.
—Bill, bóxers y tacones no es el atuendo apropiado si intentas bajarle la fiebre a alguien. -omitió el «alguien que fantasea contigo», por considerarlo implícito en sus palabras.
—De acuerdo – replicó, de no muy buena gana –, me vestiré y me quitaré los tacones, dejaré la práctica para otro momento.
—¿Practica? ¿Cuál práctica?
—La belleza es innata, pero la perfección requiere una ardua práctica – respondió, con un guiño, marchándose escaleras arriba.
Nadie mejor que él podía atestiguar que la constante práctica de su hermano estaba dando excelentes resultados.
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Al día siguiente Bill insistió en que si le habían dado reposo por conmoción cerebral debía acatarlo al pie de la letra, pero él ya no aguantaba un minuto más relegado en ese sillón. Tenía un par de días “libres” y planeaba disfrutarlos. Había sido un paciente cooperante por 24 horas, era más de lo podían esperar de él. Además quería presumir sus heridas ante sus amigos mientras parecieran escandalosamente serias.
—¿Cachorros? ¿En serio?
—Tomi, deja de jugar y dame mi vestido.
—No sabía que Sophie tenía tan mal gusto.
—No es de los que le tomamos prestados a la hermana de Hildy. Este lo compré yo para Mina.
—¿Pagaste por esta horterada?
—Es lindo. Lo que pasa es que tu sentido de la moda deja bastante que desear.
—Bill, teníamos un pijama idéntico cuando éramos niños.
El moreno lo cogió del brazo y, entre risas y empujones, lo obligó a permanecer recostado en su cama en lo que tardaba en ponerse el disfraz. Al parecer se había tomado demasiado en serio su papel de enfermero.
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Largo rato atrás Mina se había excusado para ir al baño. Comenzaba a preocuparse por su ausencia cuando inopinadamente ésta se dejó caer en sus piernas y le echó los brazos alrededor del cuello. El suave aroma de su perfume almizclado era opacado por un olor bastante más mundano.
—¿Princesa, has estado bebiendo?
Ella negó con la cabeza, pero una sonrisa delatora escapó de sus labios.
—Tal vez un poquito.
—Nena, sabes que sólo debes beber lo que yo te dé.
—Lo sé, Mina es una buena chica – dijo, dándole besitos en el cuello. Sin embargo no alcanzó a relajarse con las caricias, porque luego ella le susurró entre risitas -, pero hice trampa.
Un escalofrío recorrió su espalda. Él conocía bien a sus amigos, pero las fiestas de Andreas convocaban a mucha de gente y no toda era de fiar, por ese motivo él le había impuesto aquella única regla. Se obligó a contar hasta diez antes de perder la calma, si le daba por su lado era probable que consiguiera averiguar más que si se enfadaba.
—¿Qué trampa, preciosa?
—Te lo digo si prometes no enfadarte.
Suspiró y la acomodó mejor en su regazo.
—Prometido.
—Robé tu vaso cuando te descuidaste.
—Imposible, lo he tenido en la mano toda la…
Echó un rápido vistazo a la mesita ratona, en efecto faltaba un vaso, pero no el suyo.
Al menos eso explicaba un par de cosas.
Tomó nota mental de no beber una gota más esa noche, su voluntad estaba bastante socavada por los avances de Mina, que se comportaba extremadamente mimosa esa noche, y el alcohol sólo hacía más dificultoso el resistirse.
Las cosas se caldearon rápidamente, Mina parecía haber olvidado su frase dorada porque estaba más entretenida jalando las rastas de su nuca que evitando que su mano se metiera bajo su vestido.
Alguien que pasaba, no supo quién, les gritó «¡consigan un cuarto!». Con su última brizna de lucidez siguió el consejo.
Mina estaba demasiado inestable para caminar, tuvo que llevarla cargando. Ella lo chinchó con el mote de «mi príncipe», aunque en ese momento se sentía más bien como un sapo tonto, incapaz de evitar que su novia se embriagara bajo sus narices.
Se encerraron en el primer cuarto desocupado. Mina intentó continuar con lo que habían dejado a medias y él estuvo a punto de caer, la tentación era demasiado fuerte. Ella se veía tan hermosa con los ojos brillantes y las mejillas rosadas. Totalmente dispuesta para lo que él tuviera en mente.
Se obligó a correr al baño y meter la cabeza bajo el chorro de agua fría para, de una manera bastante literal, enfriar sus pensamientos.
Su libido, despertada con la llegada de Mina, se había desbocado producto de los recientes jugueteos con Bill. Cada vez se le hacía más dificultoso mantenerla bajo control.
Se sobresaltó con el llamado de la chica, que lo reclamaba desde la cama.
Ya había pasado por una situación muy parecida, apenas un par de semanas atrás, sin embargo las circunstancias habían cambiado de forma abismal. No había lugar para malos entendidos en la manera en que la chica lo invitaba a acostarse a su lado en la cama.
Aquella sería su mayor prueba. Si conseguía pasarla exitosamente, el paraíso sería suyo.
Era tiempo de recurrir a trucos sucios.
Se recostó pegado a su cuerpo y la besó con determinación. Ella no estaba ebria, pero si lo suficientemente achispada como para abortar sus intentos de desvestirlo y dejarse llevar por sus caricias.
Cuando ella tuvo la guardia suficientemente baja la cogió de la nuca y presionó los dedos medio y cordial en una suave pero constante caricia.
En menos de cinco minutos la chica se había dormido.
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Luego de haber dormido poco más de una hora Mina descansaba sobre su pecho, considerablemente más despejada.
—Sé algo que tú no sabes –canturreó, dibujando arabescos con el dedo sobre su camiseta.
Se puso alerta, inconscientemente asociaba secretos a malas noticias.
—Nena, prefiero no saberlo.
—No seas aguafiestas. Es un chisme, un chisme bien gordo.
Un chisme… eso era algo diferente, siempre tenía tiempo para un buen chisme.
—De acuerdo, echa fuera.
—Sé de alguien que no es todo lo virgen que asegura.
—Mina, nadie del grupo es virgen.
—Tú lo eres.
—Y me lo restregarás hasta el día en que me muera.
—Eventualmente dejarás de serlo.
—Eventualmente, seguro -la idea de tener sexo “eventualmente” con una mujer le provocaba asco y con un hombre… eso estaba absolutamente fuera de discusión. Repitió una última vez «eventualmente» en su cabeza, como conjurando un fatal destino-. Pero como no hablamos de mí… –hizo una rápida lista mental de sus conocidos y abrió desmesuradamente los ojos al dar con la posible respuesta-: ¡No jodas!
—La misma a la que desvisten, descalzan y le dan por el camino viejo.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Los vi por accidente, ni siquiera se molestaron en poner llave a la puerta. Creo que ella esperaba que alguien los descubriera.
Tom se mantuvo silente por un largo momento, digiriendo la noticia. Uno de los más grandes mitos de la secundaria había caído (y quién sabe hacía cuanto).
—¿Por qué tan callado?
—Estaba pensando en algo.
—¿El nombre del sujeto? Lo siento Tomi, no lo había visto nunca.
—Estaba pensando en Andreas.
—¿Piensas irle con el cuento?
—Por supuesto que no. Aunque no estoy seguro de que no lo sepa ya.
—¿De que hablas? El sujeto se transforma en un energúmeno cuando alguien se atreve a rondar siquiera a su hermana.
—Ya no estoy tan seguro. Creo que todo ese asunto de «al que se meta con mi hermana se la corto» no es más que una pose. Si realmente hubiera tenido intenciones de cuidarla no habría convertido su casa en el epicentro de todas las fiestas.
—Pero, según me contaste, él tenía mucho que perder. ¿No?
—No tanto como Ingrid. Si sus padres se enteran son capaces de enviarla a un internado en Timbuctú.
—Tomi, eso sólo pasa en las películas americanas. Y ni siquiera sabes dónde queda Timbuctú.
La chica se puso seria y se incorporó, quedando recostada frente a él. Se mordió el labio inferior y frunció el ceño, dudó por un minuto completo hasta que finalmente se decidió a hablar.
—Bill siempre bromea sobre que eres un exagerado y demasiado sobreprotector, que te tomas demasiadas atribuciones por esos diez minutos de diferencia y que se las puede arreglar perfectamente sin tu ayuda, pero la verdad es que adora que te preocupes por él. Y cómo sé que probablemente él nunca se atreva a decírtelo, lo haré yo. Gracias, Tomi.
Aquello de verdad lo tomó desprevenido, al punto que se le formó un pequeño nudo en la garganta. Sin saber muy bien cómo actuar, le dijo al oído-: Siempre has sido lo más importante en mi vida, Bill.
El momento fue roto por un fuerte golpe de puños es su pecho.
—¡Auch! ¿Y eso por qué fue?
—Vas a hacer que se me corra el maquillaje, idiota.
Cogió aprisa una pañolera que había sobre la mesita e intentó contener las lágrimas de la chica antes que se convirtieran en oscuros hilos salados bajando por sus mejillas.
—¿Soy un panda? -preguntó ella entre hipidos.
—Un pandita muy lindo -Se las arregló para esquivar el nuevo golpe y retenerla por las muñecas-. Creo que estás mucho mejor. ¿Regresamos a la fiesta?
La chica se alzó en la cama y miró hacía la ventana.
—Está por amanecer.
—¿Amanecer? – repitió, eso le dio una repentina idea.
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—¿Así que aquí traes a todos tus ligues? -inquirió Mina, quitándose los tacones y subiéndose al capó del Chevy.
El innegable tono de celos que permeaban sus palabras no dejó de causarle mucha gracia a Tom, considerando las circunstancias. Todas las circunstancias.
—A las más afortunadas, sí. -respondió, sentándose a su lado y tendiéndole una botella- La mejor cura contra la resaca.
—¿Por eso siempre andas con cervezas en el auto?
—¿Qué no has leído el manual del conductor? Son parte del kit de primeros auxilios.
La chica le rio la tonta broma mientras él se preguntaba por enésima vez esa noche qué demonios estaba haciendo, exponiéndose deliberada e innecesariamente a su kriptonita personal.
Las luces del amanecer le daban a Mina cierto aire etéreo, sin mencionar esas pequeñas gotitas de cerveza que quedaban en sus labios y que le provocaban a Tom unos incontenibles deseos de quitárselas a lamidas. Ella se había acomodado el cabello hacía un costado, como a él le gustaba, pero la brisa del alba insistía en revolvérselo, lo que le daba la excusa perfecta para ponerlo tras su oreja y, de paso, acariciárselo.
No bien bajaron del auto él le había cedido su chaqueta, argumentando que el vestido que ella traía era demasiado delgado. Empero, si tenía que ser honesto, aquella historia que ella le había contado en su primera ida a los piques, sobre las chaquetas como símbolo de propiedad, le había quedado gustando. Ver a su novia arrebujada en la suya –con su nombre y su apellido para más señas- llenaba su pecho de una enorme satisfacción, que nada tenía que ver con presumirla ante sus amigos, puesto que se encontraban completamente solos en el mirador.
Aunque en su actual estado de embobamiento la hubiera encontrado deseable aun usando el sucio mono de Vic, el mecánico más viejo y cascarrabias del taller.
Esa cercanía era imprudente. Más aún, peligrosa. Su conciencia no paraba de hacer sonar las alarmas y gritar que jugaba con fuego, que más temprano que tarde lo lamentaría… Pero le costaba oírla, su corazón latía ensordecedoramente cada vez que estaba junto a ella (o él).
Algo más fuerte que su voluntad se había apoderado de él.
Estaba tan jodido… porque no importaba cuantas veces se repitiera en su cabeza cuán inapropiados eran sus sentimientos y deseos, no había hecho nada por alejarse de Mina ni de su hermano.
Bill, su querido Bill, quien luego de esa noche en que él le acabó confesando su vergonzoso secreto, en lugar de apartarlo asqueado por su «perversión», lo había comprendido y aceptado. Quizá demasiado, porque no sólo estuvo dispuesto de buen grado a continuar con la farsa, sino que se comportaba de forma más cariñosa que antes, si algo así pudiera ser posible.
—¿En qué piensas, Tomi?– preguntó la chica, interrumpiendo sus cavilaciones,
—En el DKW que me espera en el taller -mintió-. Tardaré al menos dos semanas en quitarle toda la mugre, y nada asegura que consiga que funcione nuevamente.
No supo si ella se tragó la mentira o si sólo lo dejó estar, porque cambió grácilmente de tema.
—¿Esto siempre es tan solitario?
—A esta hora sí, la gente no viene precisamente por la vista -dijo, sin pensar. Cuando su novia sonrió con picardía deseó haberse mordido la lengua-. Quiero decir, no todos. Yo no, ¡digo sí! Yo sí vine por la…
Mina parecía muy divertida con su bochorno. Si tan sólo Bill se permitiera salir de personaje cuando estaban a solas él no se pondría tan nervioso.
—Tomi, no hiperventiles. Me alegra que me hayas traído, por la vista -y luego agregó en su oído, de forma juguetona, enviándole un estímulo directo a su entrepierna-.Y por todo lo demás…
—¡Nena, no bromees con eso!
Le encantaba verla reír, pero no cuando lo hacía a su costa.
—No puedo evitarlo, te ves adorable todo embrollado, intentando explicar lo inexplicable y enredándolo aún más.
—Nos tienes a todos engañados con tu carita de niña buena, en el fondo eres mala.
Ella le sonrió y le dio un sorpresivo besito en la mejilla.
—¿Y eso por qué fue?
La morena no respondió, sólo acomodó la cabeza sobre su hombro de forma que, por acto reflejo, él pasó su brazo alrededor. Tom juraría que la oyó susurrar – «Ay Tomi, nunca te enteras»- pero pudo estar equivocado y tratarse sólo un suspiro.
Se quedaron abrazados, observando la salida del sol en un silencio calmo, interrumpido sólo por ocasionales caricias y besitos que él le prodigaba en su cabello.
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Esa mañana se había negado en redondo a volver a acostarse en el sillón. Su hermano acabó cediendo, pero a condición de que no pusiera un pie fuera de la cama, excepto para ir al baño. Y lo había cumplido de forma impecable, por un par de horas.
En algo tenía razón Bill: era mucho más práctico tener la cocina a la mano, en especial cuando sobrevenía el bajón de hambre. Todo lo que guardaba en su mesita era goma de mascar y una cajetilla de cigarrillos medio vacía.
Llamó con insistencia al móvil de su “enfermero” pero todas las veces le saltó el tono de ocupado. Bufó, maldiciendo a Hildy por retener a su hermano tanto rato al teléfono; no le quedó otra alternativa que ir él mismo por algo de comer, y que Bill se tragara sus reproches, eso se ganaba por haber descuidado sus deberes.
Al llegar al primer piso se quedó de piedra al oír los gritos. Eran contadas las ocasiones en que su hermano y la pelirroja se habían peleado, pero jamás los vio discutir de forma tan áspera. Se acercó con cautela y se quedó escuchando a un lado de la puerta de la cocina.
—¡…enso hacerlo! ¡Tú no lo conoces tan bien como yo! – hubo una pausa tensa, Tom supuso que la chica estaba haciendo sus descargos, por lo visto no quedaron en buenos términos a juzgar por la dura respuesta del moreno antes de colgar.- ¡Vete tú al carajo… y no me vuelvas a llamar “Princesa”!
Se asomó con cautela para no ser visto, su hermano estaba sentado en el piso, abrazando sus rodillas, con la espalda baja apoyada contra el refrigerador. Le partió el corazón verlo haciendo ese pucherito de cuando se esforzaba por contener el llanto.
Se preguntó qué cosa tan terrible podía haber sucedido para enemistar de forma tan fea a ese par.
Indeciso entre acercarse (y ponerse en evidencia que había escuchado toda la pelea) o darle un momento de privacidad, dejó pasar minutos valiosos en que el chico pareció reunir valor para coger nuevamente el móvil y remarcar.
—Naty, yo de nuevo. –dijo, secándose una única lagrima molesta con la manga.- Está bien, tú ganas. Lo haré.
Continúa…
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Qué es lo que hará? Dio mio, porque está hablando con Nat? No sé xq pero obvio le echaré la culpa a Tom porque mi bb Bill es demasiado adorable y no puedo juzgarlo por nada de lo que haga.