Temporada I. Por Amy-Stalinalsky

Capítulo 3

Estaba frente a la ventana, admirando el jardín trasero, la piscina y el perfecto paisaje en el horizonte. Ésta era la tercera vez que me detenía aquí después de pasear por la gran habitación en espera de que Mi Bello Durmiente volviera del mundo de los sueños.

Son las tres de la tarde y si él no despierta, realmente me daré por muerto. Yo que quería llevarle a con mis colegas y presentarlo debidamente en la cena de esta noche. Quería presumir mi nueva joya a todo el mundo, pero creo que no será en esta ocasión. Si Bill no despierta ahora, no alcanzará a hacer todo lo que tenía planeado para él.

Me volví y me detuve frente a la cama, metiendo las manos en los bolsillos y veo a Bill cobijado hasta la cabeza aun durmiendo plácidamente. Me siento un poco mal por haberlo traído drogado a casa, pero realmente no podía hacer nada para evitarlo o despertarle. Al regresar en el jet, lo tenía sólo para mí, desnudo y en mis brazos. La tentación era demasiada, quería acariciar su piel y besar los tatuajes con los que me encontré al apreciar su hermosa piel de porcelana. Unas letras en formas extrañas adornaban sus costillas, había una palabra y dos números en su antebrazo y una estrella realmente deliciosa que robó mi atención. Esa estrella me tuvo fantaseando toda la noche, mis dedos la tocaron y mientras pensaba en besarla, me mordía los labios. Además, le vi un pequeño arete en el pezón. Desafortunadamente yo no tengo tatuajes o perforaciones que él pueda lamer, pero eso no impedirá que Bill deslice su lengua sobre mi piel.

—Señor…— escucho una voz llamarme desde afuera, interrumpiendo así mis fantasías.

Steve está parado bajo el umbral de la puerta, le dedico un asentimiento permitiéndole la entrada y se acerca un par de pasos.

—Robbie Salmon se encuentra al teléfono, ¿quiere confirmar su cita de las cuatro de la tarde o…?

Estaba a punto de pedirle a él que cancele la cita, pero las sábanas se mueven indicando que Bill se está despertando. Sonrío con malicia y niego con la cabeza.

—Dile que asistiré— murmuro y me muevo para estar más cerca de mi Conejito—. Y Steve, que tengan el auto listo. Allá te veo.

—Sí, señor— asintió y salió de la habitación.

Las sábanas se removieron otra vez, escuché un suspiro y enseguida una mano sobresalió de entre las sábanas, después la otra hasta que las sedas fueron deslizadas hacia abajo y una cabeza con cabellos despeinados apareció ante mis ojos. Sonreí. Él parpadeó y restregó sus ojos con el revés de la mano, tal vez cree que lo que ve es algo imposible.

—Guten morgen— saludo en alemán y él retrocede tan asustado como desorientado—. Tranquilo, que no soy el lobo de Caperucita Roja— me muevo alrededor de la cama y él, tal cual un corderito asustado, sale de entre las sábanas y pega la espalda a la cabecera.

—¿Quién eres tú? —logra decir—. ¿Dónde estoy?

Chupo mis labios al ver su pecho desnudo con ese aretillo en el pezón y admiro sus tatuajes. Él luce realmente delicioso. Bill nota mi mirada en su torso y se cubre con pudor. Creo que sí me siento como el lobo de Caperucita Roja mientras observo a Bill.

—Lo que sea que te hayan dado en la subasta, debió ser muy fuerte, ¿estás bien?

Él vuelve a parpadear, luce ligeramente perdido. Me acerco e intenta retroceder, pero no puede hacerlo y tampoco se mueve al otro lado de la cama.

—¿La subasta? Espera… ¿Tú estabas ahí? ¿Tú eres el número tres?

—Definitivamente te dieron algo fuerte, ahora no recuerdas quien soy. Mi nombre es Tom, no Número Tres— le doy una sonrisa para calmarlo—. No muerdo— verle atemorizado me causa un poquito de gracia. Recobro mi posición para no hacerlo sentir amenazado. Tomo un vaso con agua y una píldora pequeña de la bandeja en la mesa de noche (la cual traje hace un par de horas).

—P-p-pero yo…, yo tal vez te muerda— intenta enfrentarme, levantando el mentón, sintiéndose valiente.

—¡Ja, Ja! Que gracioso Bill…— veo la hora en mi reloj de pulso y me acerco para invitarle a salir de la cama y darle la píldora—. Deja de tartamudear, levántate y ven conmigo, por favor.

—¿Dónde estoy? —pregunta mientras mira al rededor. Pone una mano en su cabeza y se queja.

—Tómala— me acerco a él y me mira con desconfianza.

—¡No quiero! Vas a drogarme también. Me harás daño y llevarás con tus colegas secuestradores.

—¡¿Cómo dices?!

Evito reírme como un loco porque eso que dice es realmente tonto.

—¿No te han dicho que tienes una imaginación muy grande? Como sea, si quisiera hacerte daño, ya

lo hubiera hecho y… ¡Dios! No soy un secuestrador, tú viniste a mí en esa subasta.

—Puedes serlo y no verte como uno de ellos.

—¡Esto es ridículo! —dejo el vaso en su lugar y tiro la píldora—. Ya levántate de la cama y ven conmigo.

—¡Quítate! —medio forcejea, pero lo saco de la cama—. ¿Qué haces?¡Estoy desnudo!

—No, no lo estás.

Anoche no podía dejarlo tal y como me lo entregaron, así que le hice vestir ropa interior. Bill mira rápidamente los calzoncillos de color negro y se ruboriza.

—¿Por qué?

—No iba a dejarte así. No iba a aprovecharme de ti y tampoco quería que… bueno, no importa. Soy

de los buenos.

Bill forcejea e intenta apartarme de él.

—Usa esto— le hago seguirme hasta una silla y tomó una bata de color verde para dársela, pero Bill se abraza a sí mismo, agacha la cabeza y se niega a cooperar—. Por favor, úsalo— insisto. No dice nada, ni siquiera me mira—. Muy bien, lo haré yo.

—¿Qué?

Le pongo la bata y anudo la cinta suavemente, pero él se mueve como lombriz porque no me quiere cerca. Bill logra separarse de mí durante algunos segundos.

—Realmente no querrás que use la fuerza, ¿verdad, Precioso?

—No me amenaces.

—Muy bien, tiempo fuera. Estás desorientado y yo solo trato de hacerte sentir bien. Recuerda esto, cuando te pida algo, debes obedecer sin protestar. Esa es la regla de oro que debes seguir. Tal vez no entiendas muy bien lo que está sucediendo, pero lo que te dije sobre usar la fuerza no era una amenaza, sino una advertencia. Te rehúsas a tomar la píldora que aliviará tus malestares, te niegas a que me acerque y que te vista. ¿Qué quieres que haga? —me cruzo de brazos, mirándole en calma, él está agitado—. Yo no tengo intenciones de lastimarte, ¿al menos puedes entender eso?

—¡Tengo preguntas!

—Pues yo tengo las respuestas. ¿Quieres saberlas? Cálmate y haz lo que te pido.

—No quiero ir a ningún lado— el niño caprichoso retrocede hacia la cama hasta sentarse.

—Normalmente soy una persona muy paciente y podría esperarte todo el día si quisiera, pero tenemos cita en media hora y no llegaremos tarde por tu culpa. Yo soy muy puntual. Así que por favor ven conmigo y no digas nada.

—¿A dónde…?

—Lo sabrás cuando lleguemos.

Me acerco e intento tomarlo del brazo, pero me evade y apresura el paso delante mío. Le indico hacia dónde dirigirse, él mira rápidamente cada parte de la mansión hasta que salimos y subimos al auto. El chofer conduce a donde le indico.

La cabeza de Bill parece la de una lechuza, mira hacia todos lados y se mueve en su asiento hasta pegarse a la puerta. No creo que escape, está desorientado. Esto parece ser nuevo para él, al poco tiempo deja de moverse y observa el interior del auto. Su mano acaricia el asiento y entonces mi mano va sobre la suya, la manera en la que me mira me hace pensar que tiene pánico.

—¿Qué? ¿No te gusta?

Bill se ruboriza y aparta su mano lentamente.

—No me tomes de la mano.

—¿Por?

—Debes de tener reglas. En la subasta advirtieron que todos las tenían.

—Sí tengo, ¿ya quieres conocerlas?

Me gusta la idea, así empezaríamos de mejor manera este día.

—No— responde avergonzado—. No lo sé, tal vez no ahora.

—Dime cuando estés listo, pero no te excedas, no voy a esperar más de un par de semanas— advierto al final.

Repentinamente el móvil comienza a sonar en mi bolsillo, parece insistente y lo busco para contestar. Atiendo la llamada entrante sin dejar de ver a Bill.

—¿Sí?

—¡Hola, Tom! Me he enterado que recién volviste a Nevada. ¿Qué tal la subasta de anoche?

Por lo que ha dicho, caigo en cuenta de quién se trata. Su curiosidad llama mi atención y una sonrisa se dibuja en mi rostro.

—La subasta estuvo muy bien, casi me daba por vencido hasta que…

Miro a Bill a detalle, él se ve avergonzado y se remueve en su asiento, pero sigue prestando atención porque hablo de la subasta.

—Adquiriste una nueva joya.

—Una perla preciosa— le corrijo.

—Quiero conocerla. Envíame una foto.

—Tal vez no ahora.

—¡Vamos! Entraste con mi nombre, tengo derecho a saber.

—¿Saber qué? ¿Su nombre o el precio?

Mis palabras atrapan la atención de Bill y se acerca solo un poquito.

—Ambos.

—No lo sé, tal vez él no quiera que lo mencione.

—Espera… ¿es un chico? ¿Te has llevado a un chico de la subasta? Dime quién es y cómo es que le encontraste.

—Es una pena que no pueda mencionar mucho por ahora, pero te llamaré después, quizás podamos vernos.

—Imposible que tengas tanta ventaja justo ahora, Tom, regreso a Estados Unidos el siguiente mes.

—Entonces tendrás que esperar, Noa— menciono en burla. Termino la llamada y guardo el móvil en el bolsillo.

—Tengo curiosidad…— dice Bill.

—¿Sobre quien llamó?

—Sí, bueno no. No realmente— niega con la cabeza y suelta la respiración.

—Dime.

—¿Cómo debo dirigirme a ti? En la subasta dijeron…

—¿Te educaron ahí? No pienses en eso— respondo riendo.

—Y… ¿A dónde vamos exactamente?

—Te dije que lo sabrías cuando llegáramos.

—Entonces dime qué lugar es este.

—Estamos en Nevada.

—¿Nevada?

Se gira hacia la ventana y después de unos instantes se pega como mosca a la ventana.

—¿Esto es Las Vegas?

Pasamos por el bulevar. A esta hora no hay nada de tráfico, los turistas entran y salen tanto de las tiendas como de los hoteles y otros caminan por la acera. Bill mira casi maravillado todo lo que hay al rededor, se vuelve hacia mí y hacia atrás con tal de apreciar las calles y atracciones. De noche es mucho mejor, apuesto que las luces harán brillar su mirada y él estará maravillado.

—Me trajiste a Las Vegas…— me mira detenidamente y su gesto emocionado cambia por uno de asco—. ¡Las Vegas! ¡La ciudad del pecado! ¡La perdición en todos los aspectos! ¡Me vas a prostituir por las noches! ¡Venderás mi carne a todos esos cerdos deseosos por probarme y yo…!

¡Que este niño es gracioso! Me parto de la risa inevitablemente y él detiene su drama en seco. Mi estómago empieza a doler un poco y siento un cosquilleo en el rostro, mis mejillas deben estar ruborizadas.

—¡No es gracioso! —dice molesto.

—Lo es para mí— me vuelvo a carcajear—. ¿Crees que en realidad haría eso?

—O algo peor.

Intento controlar mi risa y bajo la ventanilla para tomar un poco de aire. Cuando casi he dejado de reír, me vuelvo y le hago una señal para que se acerque, pero niega.

—Imagina que soy el genio de la lámpara. Yo sé lo que deseas y hoy todo eso caerá del cielo para ti— ahora me mira incrédulo—. Lo diré una vez más, Precioso… no tengo intenciones de lastimarte. Ni se te ocurra pensar que te haré daño, voy a tratarte bien y tú me darás lo que quiero. Los genios de la lámpara también reciben cosas a cambio.

—¿Qué quieres de mí? —pregunta de inmediato.

Nos detenemos en el César Palace, veo a Steve a través de la ventana y le hago una señal para que espere.

—¿Por qué estamos aquí?

Bill se atreve a echar un vistazo y el lujoso hotel lo tiene muy impresionado. Creo que se ha olvidado de todo por un momento y tan solo es capaz de mirarme boquiabierto.

—El César Palace espera por ti.

Abro la puerta, lo tomo de la mano y le hago salir detrás de mí. Se esconde con vergüenza para que nadie vea lo despeinado que luce y la bata de pijama que viste.

—Te traje al spa— confieso—. Te darán un tratamiento facial, masajes, baños con sales afrodisíacas e iras al salón a que te cambien el look. Te compraré ropa y todo lo que quieras.

—¿Hablas en serio?

Yo sé que una sonrisa se oculta en sus labios y su mirada me dice que no puede esperar a ver si digo la verdad.

—Sí.

—¿Y qué es lo que pretendes que te dé a cambio? —susurra cuando ve que Steve se acerca.

—Vendrás a cenar conmigo, te presentaré a unos amigos míos, te encantará conocerlos y estoy seguro de que ellos también estarán complacidos. Pasaremos un rato agradable y si tú quieres serás cordialmente invitado a seguir con el resto de la velada.

Le miro a los ojos, estiro mi mano para acariciarle la mejilla y me sorprendo de que me deje hacerlo. Sonrío realmente complacido.

—Aceptas?

—Quien eres realmente? — pregunta.

Quizás aún se le hace difícil de entender por qué hago esto. Debe estar confundido y ha de desconfiar en mí, pero tal vez eso cambie hoy mismo. Ahora que está en sus cinco sentidos, hablaremos de ello.

—Soy tu amo, el genio de la lámpara y también el mejor de todos, pero tú llámame Tom.

&

Después de dejar a Bill en el spa, realicé mis actividades del día. Steve me mantenía informado sobre Bill. Sé que valdrá la pena la espera después de tantas horas. ¡Quiero verle ya! Necesito saber cómo es su nuevo aspecto. El corazón me late muy rápido por lo impaciente que estoy.

Camino por un enorme pasillo iluminado, abarrotado de gente y tiendas comerciales hasta que llego al casino y atravieso un camino alfombrado cerca de donde adictos al juego son consumidos por los tintineos de las traga monedas indicando que han ganado unos dólares más. Miro el alfombrado verde por unos instantes, levanto la mirada y continúo así, andando hasta la salida con dos hombres, uno a cada lado. La gente me mira seguro creen que soy algún famoso por la manera que luzco esta

noche, vistiendo un traje elegante y oscuro de color azul, también debe ser por los guardaespaldas que caminan a mi lado. A veces odio esto, pero si deben hacerlo, no interferiré en su trabajo.

El móvil comienza a moverse dentro del bolsillo de mis pantalones y tomo la llamada de Steve.

—Señor, la limusina espera en la entrada.

—¿Él está ahí?

—Así es, señor. ¡Ah! El bulevar parece despejado para su pronta llegada y sus invitados, Jace y Amara ya han confirmado su asistencia al restaurante— agrega con calma

—Gracias. Cuelgo.

Apresuro el paso y en cinco minutos estoy ahí. Los guardaespaldas se detienen dos pasos atrás de mí antes de salir del hotel, me acerco a la limusina y Steve me abre la puerta, entonces entro en el lujoso vehículo y cuando la puerta se cierra, subo la ventanilla para no atraer mirones.

Percibo un aroma diferente. Cierro los ojos e intento reconocer ese suave olor. Escucho un carraspeo leve y miro a mi izquierda, Bill está sentado en el otro extremo del asiento y se mantiene cabizbajo. Sus ya perfectas manos permanecen sobre sus rodillas y noto el pintauñas negro y blanco, sus dedos se mueven y me hace darme cuenta de lo nervioso que está. Acorto la distancia, su aroma llega hasta mi nariz, ese perfume definitivamente le va, huele tan delicioso, extravagante y prohibido. Le miro con atención. Viste de blanco, luce tan inocente y eso me enciende. Su nuevo estilo de cabello me gusta, tiene unas rastas negras y blancas que caen sobre sus hombros, pero necesito que levante el rostro.

—Mírame por favor— le pido. Se reincorpora y sus ojos conectan con los míos al instante en que el auto se mueve—. Te vez muy bien— sonrío con algo de malicia. Se muerde el labio en síntoma de nerviosismo y no deja de mirarme—. ¿A caso me estás provocando?

Le quito el habla. Niega con la cabeza y su mirada cambia.

—Entiendo el look, ¿pero los ojos maquillados? —arqueo una ceja.

Su mirada me gusta y me prende. La verdad es que me deshace por dentro. Las sombras en sus ojos resaltan el color en ellos. ¡Una exquisitez!

Deseo tocarlo, jugar con él y que me mire mientras lo hago. Deseo muchas cosas. Quiero tomarlo, hacerlo mío y quiero que se entregue a mí en todos los aspectos porque él está hecho para complacerme.

—Me gusta así— responde.

—Eso tenemos en común, Bill, me gustas así.

Termino de decir, noto un suave rubor en sus mejillas hasta que su gesto cambia. Ahora se ve confundido.

—Anda, pregunta. Sé que tienes dudas.

—¿Por qué hiciste eso por mí?

—Porque lo mereces.

—¿Ya quieres que te dé algo a cambio? Anda, dime qué es. ¿Quieres que me siente en tu regazo?

—Vas muy rápido— me burlo—. Ahora quiero saber cómo es que ya dejaste de tartamudear.

—¿No quieres que haga lo que deseas? —ignora mis palabras y dice al acercarse a mí. Luce valiente justo ahora y su mirada brilla con una llamarada de fuego.

—Quiero eso y mucho más, Precioso— mi mano va sobre la suya—. Pero deberías esperar al final de la cena, tal vez puedas arrepentirte.

—Quiero saber si tienes reglas…

—¿Sigue sin gustarte que te tome de la mano? Dime… ¿qué pasaría si te beso?

—¿Quieres hacerlo?

Se ve nervioso y avergonzado.

—Tal vez…

Guardo silencio por unos instantes, hemos mantenido el contacto visual y me he acercado más a él. Mi otra mano va a su mejilla y mi pulgar acaricia sus labios, Bill los entreabre y deja escapar un suspiro.

—Antes de que conozcas a mis amigos, debo saber una cosa— rompo el silencio—. Y debes decir la verdad porque ellos pueden preguntar si eres nuevo en esto o si tienes un historial, pero no temas, tan solo será para conocerte.

—¿Qué es?

—¿Has tenido sexo antes? —me mira y no responde—. No voy a preguntarte con quién, cuando fue y cómo sucedió. Sólo dime sí o no.

—Sí.

Imaginaba que un chico totalmente virgen se haría el difícil al inicio, por eso Bill no parecía resistirse tanto. En la subasta mintieron respecto a su historial, pero no importa, fue realmente competitiva y valió la pena porque él es realmente hermoso. Quizás su falta de confianza en mí y el haber estado drogado, le hicieron actuar como lo hizo. Ahora parece decidido en hacer lo que yo quiera, tal vez cree que mientras más rápido lo haga, más rápido se irá de mi lado. Se equivoca y eso se lo voy a dejar claro después de la cena. Ahora solo quiero que vea la clase de vida que puedo ofrecerle y se olvide de lo que ha pasado en su vida últimamente.

—Te dije que esta noche iríamos a cenar y que, si tú querías, serías invitado a seguir el resto de la velada con nosotros. Voy a respetar la decisión que tomes al final, pero si te enseñara la clase de juegos que me gustaría jugar contigo, ¿aceptarías?

Me acerco a sus labios, pero no lo beso, hacerlo sería romper una regla incluso antes de que él tuviese conocimiento de éstas. Me acerco y me alejo de sus labios para tentarle en ser quien de el primer paso y para mi sorpresa sí lo hace, pero le esquivo y beso su mejilla.

—¿Significa que no vas a obligarme a hacer nada? —susurra y pongo distancia para mirarle.

—Sí e iremos tan lejos como tú pidas, pero recuerda algo; el placer es mutuo.

—Creí que tener un amo era diferente.

—No sé qué ideas te metieron en la cabeza, pero debes saber que conmigo no es así. Al final de la noche te explicaré si así lo quieres, confía en mí.

—Acepto, quiero saber todo eso y quiero saber más de ti, ¿cómo podría tenerte confianza o creer siquiera en tus palabras si no te conozco?

—Excelente, Bill Trümper.

Vaya que eso me complace. Quiero tenerlo en mi mano y saber todo de él.

Ahora no me apetece hablar de mí o mis intereses y lo distraigo mostrándole los grandes hoteles que hay en el camino y seguimos hasta el MGM.

Conozco de memoria el camino hasta el Nov Hill. Lo guío hasta allí, pero Bill es como un niño curioso, voltea a ver los jugadores y se deja llevar por los tintineos de las máquinas traga monedas, el 21, y la ruleta. Sé que todo esto es nuevo para él, me hace gracia ver que oculta su emoción, sé que le gusta el lujo y sé que en unos días se acostumbrará.

Llegamos, el Hostess me reconoce y saluda sonriente.

—¡Señor Kaulitz! Bienvenido.

—¿Qué tal, Rick? —le tiendo la mano y nos damos un apretón.

—Todo muy bien, señor. Oh, nuevo acompañante.

Bill, quien observaba distraídamente el lugar, después de escuchar la palabra «acompañante», le dirige una mirada a Rick.

—Sí. Nuevo acompañante— respondo con aires de orgullo y acerco a Bill a mi cuerpo.

—Servicio completo, ¿cierto?

—Puede que nos retiremos al terminar el postre, pero servicio completo está bien— respondo al mirar a Bill.

—Entiendo— asiente y toma un pequeño triángulo color rojo—. El señor Jace y la señorita Amara Michaelson ya han confirmado, ¿gusta pasar hasta su mesa o…?

—Pasamos, Rick.

—Síganme, por favor.

Subimos cuatro relucientes escalones y atravesamos las puertas de cristal. Pasamos por el recibidor que está lleno de gente y continuamos siguiendo los pasos de Rick. Tomo a Bill de la muñeca y le hago avanzar entre un amplio pasillo de mesas. Todo es tan elegante. La iluminación ámbar no ha cambiado, pero sí las lámparas, ahora estas cuelgan del techo y sus cubiertas son de un tono café claro, haciendo juego con las sillas y la mesa en tonalidad beige. En los muros hay verdaderas obras de arte y unas cuantas decoraciones individuales como jarrones costosos y demás.

—¿A dónde vamos? ¿Dónde está nuestra mesa? —murmura Bill detrás de mí e intenta zafarse de mi agarre, pero no lo suelto y tampoco respondo.

Al final se encuentra un largo pasillo, un hombre quita la cinta roja que bloquea al paso a quien no es invitado y seguimos por éste cuando al fin atravesamos dos grandes puertas de color rojo. El lujo se maximiza y la decoración cambia. Hay cerca de cincuenta mesas y al fondo el gran ventanal nos da vista a la ciudad de Las Vegas y a los extremos yacen cortinas que llegan hasta el suelo.

Nos dirigimos al fondo, Rick coloca el triángulo rojo en el centro de la mesa para cuatro personas y le acomoda la silla a Bill.

—En un momento le traen champaña, permiso.

Se retira y enseguida tomo asiento junto con Bill, quien maravillado observa y acaricia el cómodo asiento de cuero negro y pasea la mirada por todos lados. Los ojos le brillan, le gusta, entre abre los labios cuando su mirada se detiene en todas las luces llamativas de la ciudad.

Está absorto ante tanto lujo.

—Cuánto… ¿Cuánto cuesta estar aquí? —me pregunta por lo bajo.

—Miles— respondo al mirarlo.

—¿Sólo miles de dólares o miles de millones?

—Te dejaré con la duda, Precioso— le lanzo un guiño y éste se queda en blanco.

En seguida llega un camarero y destapa la botella más cara y deliciosa de champaña. Bill no se atreve a tocar nada en la mesa, mira con curiosidad la bebida en su copa alta.

—Pruébala, sé que quieres— le aliento cuando tomo mi copa.

—No puedo…

—¡Tonterías! —extiendo mi brazo, tomo su copa y se la doy hasta que acepta—. Brindemos, Bill.

—¿Por qué?

—Porque esta noche me deleitas con tu compañía— choco la copa con la suya y le doy un traguito. Sí, esto sabe cómo el cielo.

Bill prueba la bebida y sonríe esplendorosamente. Sé que quiere describir el sabor y decirme que es lo más delicioso que ha probado, pero se contiene.

Nuestras miradas se unen. Se ve tan inocente que me dan ganas de tomar la iniciativa y corromperlo. No se ve nervioso, tampoco temeroso o avergonzado. Se está dejando llevar por el lujo y la comodidad y entonces pregunta:

—¿Quiénes son tus colegas? ¿Cómo los conociste?

—Jace y Amara Michaelson son pareja y llevan un par de años casados. Amara y yo hemos sido amigos desde hace diez años.

Bill asiente, tal vez no quiere saber más de ellos hasta que lleguen.

Si él supiera que realmente son con quienes más me gusta consensuar. Intercambio, sado…, con ellos todo se vale. No hay reglas o límites y deseo mostrar eso a Bill, pero me mantengo firme, hoy no voy a involucrarlo totalmente en los juegos sexuales, pero sí puedo guiarle por el camino del morbo.

—¡Tom! — escucho una voz femenina llamarme.

Me vuelvo y Amara se dirige a mí, soltando a Jace de la mano. Me pongo de pie para recibirla. Ese vestido entallado en color celeste se le ve de maravilla. Está realmente guapísima está noche.

—Hola, querido— me besa las mejillas y da un abrazo con todas sus fuerzas. Su cabello ondulado me hace ligeramente cosquillas en el mentón.

—Ha pasado tiempo, Amara.

—¡Meses, Tom! No puedo creerlo— se separa de mí—. Me haces echarte de menos…

Jace se me acerca y después del apretón de manos nos damos un abrazo.

—Gusto en verte de nuevo.

—Siempre es un placer encontrarnos. Y vaya que siempre lo es.

—¿Entonces él es…? —inquiere Amara. Me vuelvo hasta Bill, quien ya se ha levantado de su asiento.

—Jace, Amara… Les presento a Bill Trümper.

«Mi delicioso acompañante». Estoy tentado en decirlo, pero me contengo.

Ella se acerca a Bill y besa sus mejillas para saludarle. Jace le tiende la mano y él acepta el apretón ligeramente. Se queda sin habla, quizá por temor a no decir nada inteligente.

Cuando tomamos asiento y el camarero vuelve para servirles champaña a los recién llegados, hablamos de cómo ha pasado el tiempo, incluso hablamos de los hechos más relevantes en meses hasta que llegamos a esto; en cómo intenté olvidar a Alina y Bill ha llegado a mí.

Jace, quien está sentado frente a mí, sigue sorprendido por la manera en como di con él, pero no lo menciona porque ya habíamos hablado de esto por teléfono. Amara hace conversación con mi inocentón acompañante hasta que nos traen el menú y la carta.

—Pide lo que gustes— le digo al oído y asiente.

Minutos después, la cara de Bill es de preocupación, noto que no tiene ni idea de lo que son cada uno de los platillos.

—¿Quieres que ordene por ti?

—No, pero… ¿el salmón tiene pimienta? Es que soy algo así como alérgico, estornudo mucho y todo

eso— me mira con los ojos muy abiertos y choca sus uñas unas contra otras.

—Puedes pedirlo sin pimienta, cielo— menciona Amara, ocultando una sonrisa.

Él asiente con algo de vergüenza y me reincorporo en mi lugar, cruzando miradas cómplices con ella y ocultando una sonrisa detrás del menú.

La cena es agradable. Hay una buena charla, Bill comparte opinión en ocasiones, en otras simplemente se limita a escuchar. Jace y Amara están complacidos con Bill, sé lo que quieren, sus miradas lo dicen todo, pero él no lo nota. También lo quiero. Me gustaría que él jugase con nosotros, al menos algo en el primer nivel, pero me recuerdo a mí mismo que no es el día. La curiosidad me mata e intento imaginar la cara de Bill cuando involucremos algo sexual. Se ve delicioso, apetecible y tan provocativo en mis pensamientos que me obligo a detenerme. Me conozco y podría hacer una locura. Quiero guardar lo mejor para el final.

Jace y Amara se dirigen a la sala especial, planean jugar un poco, mientras yo tomo la decisión de ir tras ellos o regresar a casa con Bill. Pero él realmente me puede, su lenguaje corporal me llama y en instantes me siento acalorado gracias a su mirada. Dije que le enseñaría algo del primer nivel y eso es lo que haré.

Tomo el triángulo rojo que yace al centro de la mesa, le pido que se levante y me acompañe a mi apartado favorito. El encargado me mira de pies a cabeza y después mira a Bill detenidamente, coloca en el triángulo una etiqueta que dice «ocupado», éste se queda en la puerta muy visiblemente, después el encargado nos da el acceso. El lugar no es realmente muy grande, solo hay un sofá, un par de cortinas rojas que ocultan lo prohibido y una lámpara de luz ámbar que ilumina todo el apartado. Él se sienta, luce algo extrañado y yo estoy deseoso por ver su reacción. Totalmente alucinado, tomo asiento y susurro junto a su oído:

—¿Recuerdas lo que vendría después de la cena? —él solo niega con la cabeza—. Dije que si tu querías serías cordialmente invitado a nuestro juego— mencionarlo me pone al cien.

—¿Qué clase de juego?

—Lo sabrás cuando esas cortinas sean recogidas— estar así de cerca, susurrarle y ver que su piel se eriza gracias a mí, hace que mis mejillas ardan y el corazón se me salga del pecho.

Me mira detenidamente, estamos a milímetros de distancia y yo solo puedo pensar en lo que pasará cuando las cortinas sean recogidas.

Automáticamente, y respondiendo a mi plegaria, estas se levantan, sé que viene el clímax frente a nosotros. Bill mira atentamente, el cristal permanece oscuro hasta que un halo de luz comienza a extenderse hasta revelarnos cuatro siluetas; las de dos hombres, una mujer, y la de un diván.

Cuando todo es claro a través del cristal, vemos el espectáculo a la perfección. La mujer permanece a horcajadas sobre uno de ellos, éste se fricciona contra su entrada hasta poder penetrarla profundamente, el otro hombre yace de pie, azotando el culito alzado de la morena, cuando él está listo, la penetra por detrás.

Ver aquello me descoloca. Tengo a Bill junto a mí, me muerdo el labio e imagino que algún momento le veré disfrutar tanto o más que ellos tres juntos. Me muero de ganas por escucharle decir mi nombre, darle a desear que sea yo quien lo penetre. Quiero verle deleitarse con el sexo y los juegos que tengo pensados para él.

Empiezo a carbonizarme. Recuerdo cuando lo vi en la subasta completamente desnudo, apetecible, con esos accesorios simulando un inocente conejito blanco. Se me detiene el corazón.

Lo miro, está inmóvil y con los labios entre abiertos. No hay ruido alguno, excepto el de su pesada respiración.

—¿Te gusta lo que ves?

No dice nada, baja la cabeza y su cabello cae como una espesa cortina impidiéndome así el ver su rostro. Retiro su cabello, llevándolo hasta detrás de su oreja y me acerco para poder murmurar:

—Quiero verte muy pronto participar en algo así— sigue inmóvil, su piel vuelve a erizarse y me pone—. Quiero y deseo muchas cosas en este momento, pero si no te tuviera planes, créeme que te desnudaría aquí mismo, y sin pudor alguno nos uniríamos a ellos— le hago levantar la mirada hasta que sus ojos vuelven apreciar el espectáculo—. Quiero hacerte llegar hasta el exceso y que disfrutes plenamente del sexo junto conmigo. Muero de ganas por ver cómo tu deseo crece incontrolablemente y muero por ver como otros pasean sus manos por tu cuerpo y te hacen delirar de la pura excitación.

Lanza un jadeo y su mirada se une a la mía, los gemidos de aquellos tres inundan mis oídos. Bill de repente no sabe qué hacer, sus ojos se mueven de un lado a otro, incapaz de encontrar un escape. Intenta levantarse, pero le detengo y la acción hace que nuestros labios queden muy cerca. Vuelvo a escucharle jadear, cierra los ojos ante la cercanía y permanece quietecito, casi puedo sentir sus latidos de lo cerca que estamos. Sonrío, sus mejillas ya están ruborizadas y estoy tentado en acariciarle. Lo hago, su piel arde bajo mi tacto. Realmente estoy tan complacido como excitado.

—Quiero que mires como ella desea tanto a esos hombres, y quiero que entiendas cómo es que te deseo yo en estos momentos— digo cerca de su boca, pongo distancia, él abre los ojos. ¡Dios! Que inocente se ve.

Está ligeramente agitado, puedo notarlo. Para ponerle al cien, con mi pulgar acaricio sus labios entre abiertos. Sé que aquellos tres han llegado al orgasmo gracias a sus gemidos triunfales, Bill está atento a sus movimientos porque están en búsqueda del segundo orgasmo.

—Tú y yo— digo al acercarme nuevamente, mis labios aprisionan el lóbulo de su oreja y mi mano desciende como serpiente hasta llegar a su entrepierna—…, vamos a disfrutar mucho, Precioso.

Continúa…

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