
Temporada I. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 4
Sé que pude haber mandado a Bill a casa y yo me hubiese unido a Jace y Amara en un apartado para los tres. En estos momentos una parte de mí se arrepiente por haberle hecho caso a Bill en cuanto a regresar, pero quería demostrarle que en verdad no voy obligarle a nada y que puede confiar en mi palabra. Quería que él se diera cuenta de que soy capaz de detenerme solo porque me lo pide, y en verdad espero que lo note porque… ¡Me muero!
¡No me lo creo! ¡Jamás mi deseo por jugar con alguien había llegado de esta manera! En estos momentos deseo jugar con él.
Me sentía tan abochornado por pensar en Bill. Él no abandonaba mi mente, estaba ahí, cerraba los ojos y veía su rostro ruborizado ante el espectáculo que vimos hace unas horas. El corazón se me acelera.
Miles de recuerdos sobre mis encuentros me hacen alucinar. Pienso en Bill.
Pienso y pienso, y no quiero abandonar mis fantasías.
Lo acaricio; pruebo sus sabores, le miro a los ojos, susurro a su oído cosas calientes e imagino que mis manos recorren el tatuaje en sus costillas, que mis labios llegan hasta la estrella de su oblicuo y sus ojos castaños conectan con los míos antes de que mi boca le de placer.
Me pone.
Bill es todo lo que jamás tuve.
Deseo experimentar conmigo mismo en estos momentos, pero debo resistir y alejar todo de mi mente.
¡Joder! Necesitaría meterme a la piscina para poder calmarme, de otra manera podría salir a por Bill y hacerlo mío.
Extasiado, me muevo en la silla, tomo un profundo respiro y clavo la mirada en el suelo. Quisiera estar en mi habitación y bajo el gran espejo con bordes dorados que yace en el techo para así ver cuán caliente estoy. Si Bill estuviera conmigo, le tocaría y él a mí.
La piel se me eriza al imaginarlo.
¡No, basta!
Me siento sofocado. Si sigo fantaseando podría llegar a la masturbación, entonces me levanto de la silla y merodeo cerca de la piscina. Me apetece entrar y calmar ese fuego interno que ha crecido en mi interior, podría sacarme la ropa justo ahora y nadar un rato, pero pasan de las 3 am y no creo que sea lo adecuado, me limitaré a subir a mi dormitorio y esperar a que esto que siento desaparezca por sí solo.
Tomo la cajetilla de cigarros de mi bolsillo junto con un encendedor y me dispongo a fumar el último cigarrillo de la noche. La suave brisa desacomoda los cabellos que tengo sueltos. Dejo escapar el humo después de haber dado una calada profunda, quito las cenizas mientras bajo la mirada y rodeo la piscina hasta terminarme el cigarrillo. No puedo dejar de pensar en él, siento la necesidad de ir a mi habitación, ese espejo me tiene tentado. Tomo el saco y la corbata de una de las sillas y ando hasta la puerta lateral para entrar por la cocina, pero antes de siquiera acercarme, escucho la puerta corrediza de la sala. Vuelvo un par de pasos para ver de quién se trata. Alguien pasea cerca de los arbustos y estira su mano para acariciar las hojas de éstos. Inspecciona el jardín, como buscando algo hasta que se vuelve y se acerca a la orilla de la piscina. El movimiento del agua se refleja en su ropa oscura por las luces blancas de abajo, entonces al ver que se quita la capucha del suéter, me doy cuenta de que es Bill ¿Por qué está vistiendo eso?
Necesito saber por qué está levantado a esta hora.
Cuando me acerco un par de pasos, él se sienta a modo indio —ha metido la mano y creado unas ondas— y la luz de la piscina junto con el movimiento del agua, llegan hasta mí. Avanzo con sigilo hasta la silla del juego de jardín y suelto el saco en el respaldo, así como antes. Bill me da la espalda, ajeno a mi presencia.
—Si fuera tú, entraría al agua— murmuro. Aquello lo toma por sorpresa. Se incorpora de un salto para mirarme, llevándose una mano al pecho—. Anda, que ésta noche se siente como para nadar un rato y aclarar las ideas. Es más, entro a la piscina contigo— termino por proponer.
—Ya no… no tengo ganas de estar afuera— su gesto no cambia y decide evitarme por el susto que le he dado. Pero antes de regresar dentro le detengo del brazo.
—Lamento haberte asustado. Te vi llegar. Bill, no es hora para querer conocer el jardín, pero tal vez quieras nadar un poco— me vuelvo hasta una de las sillas para tomar el sol y me siento—. Ven, por favor, siéntate— palmeo el lugar junto a mí y él no muy convencido se acerca, pero toma asiento en la silla de enfrente—. Creo que no estás aquí para dar un paseo nocturno, así que dime la verdad
¿Ibas a escapar?
No responde. Desvía la mirada y se abraza a sí mismo después de que la brisa fresca le acaricia el cuerpo. Le miro con curiosidad, él se peina los cabellos que se le han desacomodado y aprieta los labios para evitar decir algo.
—¿Qué haces despierto a esta hora? Y no digas insomnio, porque no lo creeré. ¿Te ocurre algo?
—Tengo preguntas, sólo eso. Y no, no iba a escapar— se encoge de hombros—. Dijiste que me dirías todo y al final solo regresamos a casa.
—Claro, y las respuestas están entre los arbustos, ¿cierto? Me lanza una mirada furibunda y tuerce los labios.
—Tú tampoco mencionaste nada en todo el camino— digo retomando lo último que dijo.
—Ah, ¿esperabas que fuese yo quien preguntara? —finge indignación, o tal vez sea real. No quiero pensar que se sintió acosado cuando estuvimos en el apartado.
—Vamos a ver, dime la primera duda que se te venga a la mente— le aliento, pero al mirarme, luce confundido.
—¿Cuánto tiempo estaré aquí?
—Acabas de llegar, ¿ya te quieres ir? —no me responde, así que añado: — Unos días— su mirada esperanzada se clava en la mía—, y conmigo, todo el tiempo que yo quiera. No me gusta la idea de dejarte ir.
Rompo sus ilusiones, las veo destrozarse a través de sus ojos y desvía la mirada para contener lo que siente.
—Me haré anciano a tu lado, porque no pretendo complacerte si se trata de algo como lo de esta anoche— ahora está molesto y su carita me pone.
—Estás en negación. Sé que disfrutaste un poco al estar en el apartado, a mí no puedes engañarme.
¿Qué pasa contigo? ¿Tienes un retroceso? Esta noche parecías dejarte llevar por todo, incluso cuando estuvimos a solas en ese lugar y ahora vuelves a cómo te comportabas antes de salir de la mansión.
—Escaparé— me encara.
—Te buscaré, tenlo por seguro.
—¿Eres traficante y mandarás a tus amigos a cazarme?
—¡¿Qué?!
En serio, esto rompió por completo lo que comenzaba a formarse dentro mío para darle paso a la risa. No lo evité, su ocurrencia era tan monumental que podría ponerme de pie, hacerle una reverencia y aplaudirle por la idiotez más grande que ha dicho. Pero quiero escucharle y me mantengo atento.
—No existe otro modo en que tengas una mansión así de grande y me hayas llevado a ese lugar tan lujoso después de comprarme no sé cuántas cosas.
—Tengo curiosidad por saber si pensabas en eso mientras estabas probándote cuanta prenda veías— me burlo.
—¿De dónde sacarías dinero tú? No tienes pinta de empresario, artista o nada por el estilo. ¿De dónde sacas tanto oro? ¿Cómo pagaste por mí?
—¿Es eso lo que te pone nervioso? Crees que soy un sujeto del que no se debe fiar, ¿eh?
En serio estoy debatiéndome sobre ponerme de pie, hacerle reverencia y aplaudirle mientras me parto de la risa.
—¿En realidad te parece que soy tan malo?
—¡No! ¡No lo sé! ¡Calla!
—Entonces déjame adivinar, antes de llegar a la subasta te llenaron la cabeza de historias poco realistas.
—¡No te burles de mí! —se levanta inmediatamente, echando la silla hacia atrás y cruzándose de brazos.
—Pero no me estoy burlando— levanto las manos en gesto de rendición e intento disminuir la carcajada—. Me parece muy tonto lo que has dicho y francamente no entiendo a qué va.
—¡Exijo que me digas de donde sacaste esta mansión!
—Puedo asegurarte que no del sombrero de un mago— me levanto controlando la risa, me detengo a su lado y le hago sentarse nuevamente—. ¿Quieres bajar la voz? Entiendo que tengas preguntas y quieras saber todo…
—¡Necesito saberlo, Tom! Necesito saber si eres de los buenos. Lo hizo. Bill acaba de pronunciar mi nombre.
Estoy en blanco, repaso mentalmente lo que sucedió segundos atrás.
«Tom», el eco de su voz suena dentro de mi cabeza.
— ¿Me lo vas a decir? —inquiere, y me vuelvo para mirarle.
—¿El qué?
—Lo que prometiste antes de la cena y…
—Si te retractas por tu comportamiento, te llevaré conmigo mañana para que veas por ti mismo de dónde es que salió este palacio— condiciono en un tono de burla y él se cruza de brazos tal cual un chiquillo.
Duda por un momento sobre que responder hasta que se rinde.
—Lo lamento.
—Acepto tus disculpas— le dedico una sonrisa. Me aclaro la garganta y estoy listo para hablar de lo que es necesario—. Bien, insisto… no sé qué ideas te metieron sobre qué es tener un amo pero te aseguro que no va conmigo. Soy diferente, así que cambia de idea a partir de ahora. Si hay alguien a mi disposición, éste hace lo que le digo y de manera inmediata— empiezo a decir y veo que tiene intenciones de hablar—. Primero escucha, por favor.
—Bien.
—Mira, cualquier clase de encuentros en la habitación, se dan cuando yo lo agende o cuando me apetezca. Dije que contigo sería hasta que tu interés creciera y esta noche me dijiste que tenías curiosidad, ¿lo olvidas? —Bill suelta la respiración y niega con la cabeza—. Pocas son las reglas que tengo para ese tipo de encuentros y las sabrás después.
—¿Te va el sado?
—Eso, el intercambio y en ocasiones lo más convencional— respondo de inmediato—. ¿Sabes qué es?
—No, dime.
—Supongo que te das una idea del sado, pues debes saber que conmigo es diferente. No lastimo a la gente sólo por hacerlo, y espero que recuerdes cuando te dije que no tenía intenciones de herirte y mucho menos obligarte a algo.
—Ya, sí me acuerdo.
Me da gusto escuchar eso, aunque haya sido casi de mala gana. Ahora todo debe estar casi claro y quizás sea suficiente para poder fiarse de mí al menos por ahora.
—Pero si el sado no te parece atractivo, pasamos de él y nos olvidamos de esto, aún tenemos el intercambio, que es más bien consensuar con algunos otros y eso te gustará, lo sé.
—¿Por qué crees que será así?
Le miro directamente a los ojos y llevo una mano a su mejilla para después tomarle con dos dedos por la punta de la barbilla.
—Tu mirada me lo dice. El morbo es algo que te gusta, ¿me equivoco? Además, me di cuenta de algo muy importante esta noche.
—No me lo vas a decir, ¿cierto?
—No, pero debo aclarar que pocas de las personas con las que me he involucrado, han permanecido el tiempo suficiente para conocerme, ahora tú eres uno de ellos y te considero así dada la petición que me hiciste. Ninguno había vivido conmigo desde el primer día y tampoco vinieron a mí de la manera en la que lo hiciste tú— me acerco a él—. No sé cómo deba definirse esto, a todos les he dicho que eres un viejo conocido mío, por eso estarás conmigo todo el tiempo. Eres el único al que he traído a vivir conmigo desde el primer instante, así que deberías sentirte especial.
—Pues no lo creo así— se encoge de hombros.
—Vamos, olvida tu mala leche— le pido.
—Lo voy a considerar.
Este chiquillo sí que puede llegar a dirigirse a mí de la manera en la que yo lo hago. No me molesta por ahora, me divierte. Sé que quiere verse valiente e inquebrantable, pero es tan inocentón que no puedo visualizarlo de otro modo, aunque me gustaría comprobarlo.
—Bueno— me inclino hacia él y cambio de tema—. Y por si esperabas que preguntara sobre ti, no lo haré. No voy a preguntar sobre qué era de tu vida antes de llegar a la dichosa subasta, cómo llegaste ahí y por qué. Si tú quieres, me lo dirás, y si no, no tengo problema. Quiero saber de ti, pero de una manera diferente, ¿me estás entendiendo? —le veo asentir—. Bien, entonces dime que después de esto no vas a escapar.
—No me tientes.
Joder, que mi conejito se siente peligroso y eso me gusta.
—Mira, Precioso, tengo algo mejor que ofrecerte y hoy pudiste darte cuenta de ello, ¿en serio quieres irte y dejar todo esto para volver a lo de antes? Solo tú sabes cómo era tu situación, así que dime.
Se queda pensativo y desvía la mirada.
—Es difícil de procesar— menciona abatido—. Pero si me das solo está noche, tal vez no me vaya.
—¿Es un trato?
Se pone de pie y anda hasta la piscina. Le miro desde mi lugar, tentado en acercarme lo suficiente cómo cuando estábamos en el apartado.
—Sí, es un trato.
—Excelente, entonces la noche es toda tuya, Precioso— me animo y le sigo hasta donde se encuentra.
—Empecemos de cero, no tuvimos la oportunidad, supongo— propone al volverse a mí.
Su mirada me gusta, está pidiéndome que acepte, o tal vez es mi imaginación y me mira de una manera provocativa. No, son solo figuraciones. Bill se ve justo como aparece en mis fantasías.
Alejo estos pensamientos por un momento, veo que mis palabras lograron hacerle cambiar. Ahora estoy seguro de que piensa que no oponerse es la mejor opción. Sólo hay que aceptarlo y dejarse llevar.
Sonrió para calmarme, supongo, o tal vez fue su respuesta a lo que he propuesto.
—Tom Kaulitz, un placer— le tiendo la mano y él me mira con diversión. Ha de creer que no era necesario retroceder tanto para empezar de cero, pero para mí sí lo era.
—Bill— responde ocultando su sonrisa y me tiende la mano.
Ese suave apretón dura hasta que él así lo decide. Se ve apenado y oculta las manos en los bolsillos.
—¿Te animas? —llevo una mano hasta su brazo, dándole confianza con una caricia para que saque la mano del bolsillo y pueda dármela.
—¿A qué te refieres?
—¿Vienes conmigo a la piscina? —le pido cuando logro hacer que me tienda la mano.
—¡¿Ahora?! P-Pero es muy tarde, Tom.
¡Oh! Que diga mi nombre logra encenderme.
—¿Temes al amanecer? Vamos, no me hagas preguntarte de nuevo— le hago seguirme, se resiste de poco en poco, pero deja de hacerlo y va detrás de mí.
—Pero… mi ropa.
—Si te preocupa no tener la adecuada para nadar, créeme que no importa— le lanzo un guiño—. No me des excusas, Precioso.
Me detengo a unos pasos de los escaloncillos, lo rodeo sin despegar la vista de él. Luce cohibido.
—¿Y qué si quiero conservar toda mi ropa seca?
¡Oh joder! Si bien interpreto, Bill quiere nadar desnudo.
Me muerdo el labio. Lo visualizo en base al recuerdo de la subasta y ese momento en la mañana cuando le vi en la cama. Quisiera ver sus tatuajes justo ahora, tocarlos y que mis labios los recorran. Deseo ver su blanquecina piel y que mis manos recorran su cuerpo para encontrar sus puntos sensibles. Me mata la idea de poder friccionarme contra él. En serio me carboniza.
Una oleada de éxtasis recorre mi cuerpo y me eriza la piel. ¡Dios! Me mira y me mira, es tan inocentón que me pone.
No quiero corromperlo, aún no es tiempo, pero al menos puedo tener un acercamiento caliente con él. Me acerco, le digo al oído lo bonito que aún se ve y cuánto me complace que haya decidido a empezar de nuevo, pero que no he podido olvidar lo ocurrido después de la cena. Le digo que durante todo el día ansié verlo y que me encanta lo que es de él. Que me gusta, que me prende y que me encantaría tener su compañía dentro de la piscina. Mis manos se dirigen a la cinturilla del pijama para quitárselo, Bill se remueve, pero aprovecho para atraerlo a mí.
—¿No te gusta?
Se queda callado, me aparto un poco para mirar qué clase de reacción tendrá, pero está estático. Llevo ambas manos a mis prendas para poder quitármelas. Bill entreabre los labios, quiere decir algo, quizá sus palabras sean: «¡Que descarado!», pero se queda mudo cuando ve que no he intentado quitarme los calzoncillos, se cruza de brazos y al final desvía la mirada. Intenta no mirar, los segundos transcurren con lentitud y una sonrisa cínica permanece en mis labios, pero veo que no puede contenerse. Está nervioso, quiere olvidarse del pudor, lo sé, su lenguaje corporal lo delata.
—Si no vienes, seré yo mismo quien te traiga.
Él parece indignado, abre la boca formando una «O» y niega con la cabeza.
—No te atreverías.
—Yo soy capaz de cualquier cosa, ¿quieres ver que digo la verdad? —avanzo hacia él, pero retrocede.
—Creo que prefiero verte desde la orilla— señala un lugar cercano y se agacha hasta poder sentarse.
Sin quitarle la mirada de encima, entro al agua, me sumerjo y nado hacia él de forma despreocupada. Bill me mira desde la orilla, sigue mis movimientos. Se remueve con incomodidad porque causo algo en él. No por nada desviaría la mirada y frotaría sus manos con nerviosismo, además de que aprieta los labios y sus mejillas se ruborizan.
Quiero comprobar que su piel arde bajo mi tacto y que él siente lo mismo que yo, aunque piense que no me conoce.
Al sumergirme me siento como un tiburón al acecho, buscando a mi pececito. Cuando salgo del agua y estoy frente a él. Bill me mira con algo de asombro y temor, quiere huir, su mirada lo delata, pero no se mueve. Tengo a mi presa justo en frente y él ya no tiene escapatoria. Ni siquiera se mueve porque lo entiende.
Extiendo los brazos para alcanzarlo, le sujeto del trasero y acerco con rapidez para hacerle entrar.
—No, no, no…— me suplica poniendo resistencia una vez que le tengo entre mis brazos y el color en sus mejillas se intensifica—. ¡Tengo la ropa puesta, idiota! —me recrimina, pero eso no me hará distraer.
—Yo te la puedo quitar.
Me las arreglo para sacarle el suéter con capucha, la acción hace que él quede totalmente empapado y sus cabellos se alboroten, los aplaco con mis manos húmedas y gira el rostro a la izquierda, dejándome ver su apetecible cuello.
—Tus preguntas te quitaban el sueño, pero yo no te dije qué hacía aquí— murmuro al acercarme. Bill se estremece ante la cercanía.
—No quiero saberlo.
Está cohibido y su carita me pone. Mi mano va hasta su mejilla y mi pulgar acaricia sus tentadores labios. Apuesto que saben a gloria, pero yo no soy del tipo de sujeto que una sus labios a los de un sumiso antes de nuestro primer encuentro, no hasta que ellos hagan lo imposible porque eso pase o si yo lo decido primero.
—Pensaba en ti— le digo al momento en que él entreabre los labios y siento lo caliente que es su boca. ¡Me prende! Le hago volver la vista a mí, retiro su cabello a un lado y lentamente me acerco a su oído—. Pensaba en lo de esta noche— digo en un susurro y él deja escapar un leve jadeo al sentir como me fricciono contra él—. Tú y yo en el apartado, mirando a esas personas tener sexo, recordando cada palabra que dije, cada una de tus expresiones…, recordaba cómo se te detenía la respiración al escuchar sus gemidos. Pensaba en lo delicioso que te verías en una posición semejante— pongo distancia para mirarle. Bill es incapaz de decir algo—. En ese momento quería que entendieras el deseo que sentía por ti, lo excitado que estaba y lo mucho que me prendes con tan solo mirarme.
Estoy alucinado. Mi diestra se dirige a su hombro desnudo, sintiendo bajo mi tacto como su piel comienza a calentarse, desciendo hasta su pecho, mis dedos atrapan el aretillo en su pezón para jugar con él. Bill vuelve a jadear. Lo estoy provocando. Me gusta cómo responde a mí. Ahora sus manos están inertes en mi pecho, con cada caricia medio entierra sus uñas en mi piel, y eso, es jodidamente excitante. Quisiera que terminara por encajarlas, eso me indica que estoy haciendo un buen trabajo, significa que está deseoso como yo. Si el dolor se fusionara con el placer, todo sería maravilloso.
—Me gusta lo suave y blanca que es tu piel y como lucen los tatuajes en tu cuerpo— lo acorralo, su espalda queda a tope y hago ligeramente presión sobre él.
Mi mano deja su pezón, desciendo por su tatuaje hasta llegar a la cadera. Aún bajo el agua, su piel se siente caliente ante mi tacto. Introduzco mi pulgar en su pijama, luego sumerjo mi mano izquierda y con ambos pulgares deslizo pijama y ropa interior hacia abajo. Siento el nacimiento de su miembro, se alarma y quedamos cara a cara uniendo nuestras narices.
—N-no…
Pobrecito. Me suplica que no continúe. Está abochornado, igual que yo. Ya siento que mi miembro exige ser liberado de entre la única prenda que prohíbe el contacto con él.
—Eres tan divino, perfecto y sublime, y yo… ¿crees que soy perverso? —le tiento al acercarme y rozar con mis labios las comisuras de su boquita entreabierta—. Me gustas mucho, Bill, y no puedo contra eso. Me matas de deseo.
Deslizo un poco más sus prendas. Parece asustado, pero sé que en el fondo está excitado. Se moja los labios y ¡joder! Aquello me prende más. Me acerco, acaricio con la punta de mi lengua el borde de su labio inferior y desciendo en besos húmedos por su barbilla.
¡Está excitado!
Me encaja las uñas mientras sigo bajando, beso su cuello, llego hasta su pecho y tomo una profunda respiración para sumergirme y seguir los besos bajo el agua. A medida de que voy bajando, deslizo sus ropas hasta que mis labios llegan a la parte baja del abdomen, recuerdo donde es que se encuentra su estrella y la beso. En un movimiento le quito la ropa y ésta se queda flotando en la superficie, me deshago de mi ropa interior. Mi miembro libre se eleva al igual que siento como lo hace el de Bill. Salgo escurriendo, aplaco mis cabellos mientras le veo.
¡Joder! Que no me canso de decirlo. Él me prende.
Niega con la cabeza cuando me acerco. Se ve tan inocente diciendo que no. Eso solo me hace desearlo más
—Te gustará— digo junto a sus labios. Vuelve a negar.
Mis manos van a sus nalgas, las estrujo con saña y le atraigo para poder friccionarnos, pero me detiene.
—N-No quiero. Dijiste que no me obligarías a nada que no quisiera y no quiero, Tom— se encoge. No deja de mirarme.
Ha sido suficiente. He probado que sí causo algo intenso en él y volvería a hacerlo. Aunque me pese, voy a respetar aquellas palabras que dije y no intentaré nada si él no quiere. Sé que puede disfrutarlo, pero necesito que él sea capaz de entregarse. No se sentiría bien siendo de otro modo.
—Y así será, precioso— digo después de un corto silencio, acaricio su rostro y seguido me acerco a su oído—. Si quieres que me detenga, lo haré, aunque muera de deseo. Si dices «alto» yo no haré el menor intento por seguir. Lo hago porque me lo pides.
Pongo distancia y me mira extrañado, no creyendo en mis palabras. Intentando comprender si mi decisión es real o le tomo el pelo.
—Luego serás tú quien me incite de esta manera, o quizás mejor…, lo sé. Tarde o temprano vendrás a por mí— me acerco a las comisuras de sus labios y le doy un beso diminuto—. Acabo de probarte que puedes confiar en mi palabra, no pienses siquiera en dudar de mí después de esto, ¿de acuerdo?
No dice nada. Aparta sus manos de mí y me mira avergonzado. El rubor en sus mejillas le hace ver irresistible. Tengo ganas de volver a plantarme frente a él y atreverme a tocarle bajo el agua, pero me contengo. Me jode tener que limitarme.
Me acerco a la esquina donde se encuentran las escaleras y salgo de la piscina sin pudor alguno, mostrándole mi desnudez. Me vuelvo para mirarle, Bill se esconde en el agua, intenta no mirarme, pero la curiosidad lo mata. En realidad, la curiosidad mata a cualquiera. Sus ojos se detienen escasos segundos en mi pene y yo sonrío con malicia. Observo que detrás de él yacen nuestras ropas flotando en la superficie hasta volver a encontrar aquellos ojos castaños que provocan fuego en mi interior, le dirijo mi mirada especial: una cargada de morbo.
—Sal de ahí— le digo.
Me acerco a donde yacen mis prendas en el suelo, las levanto y me dirijo al juego del jardín. Bill no se ha movido de donde está. Vuelvo a decirle que salga de la piscina y tras medio volverse a verme, lo piensa hasta salir del agua. Escurriendo su cabello, se acerca a paso lento. Mi vista va a sus tatuajes y como cada gotita de agua se desliza por su cuerpo, incluso bajo la mirada, su miembro casi erecto es cubierto con sus manos una vez se da cuenta de que le estoy mirando.
Mis ojos conectan con los suyos, le dirijo una sonrisa desvergonzada y le rodeo con dos prendas en las manos hasta detenerme detrás. Le pongo mi camisa sobre los hombros y ato su cabello con la corbata, dándole un par de vueltas para que ésta no quede tan larga. Vuelvo a plantarme frente a él y, sin dejar de mirarle, tomo su mano derecha y la llevo a la altura de mis labios para darle un beso al interior de la muñeca.
—Buenas noches, precioso.
Entro a casa escurriendo, excitado y sin nada más que decir. Sé que puedo continuar con esto por mí mismo en la comodidad de mi habitación. Llegaré hasta el exceso pensando en este momento.
Continúa…
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