Temporada I. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 6
No es que Bill se hubiese olvidado de todo, pero había empezado a soltar más la lengua y eso era un avance, aunque se la pasó haciéndome preguntas de cómo es que el hotel es mío y si fue de ahí de donde salió el dinero para pagar por él en la subasta. No era como si le ocultara la verdad, pero fue mejor que no lo supiera. Incluso se atrevió a decirme lo genial que le pareció el Bellagio. Comienzo a dar por hecho que él es incapaz de ocultar cuando está maravillado por algo. El hotel le ha gustado, medio reclamó cuando le hice ir con alguien más en vez de enseñárselo por mí mismo
—él dijo que no era reclamo—, y finalmente aceptó que se había equivocado y que me dirigiría la palabra. Bill estuvo muy parlanchín desde entonces.
Para cuando dejamos el Bellagio después de comer, fuimos al aeropuerto y Bill al ver que no subiríamos a un avión como los demás, se impresionó demasiado. Saber que tenía un jet privado disponible para llevarme a donde lo deseara, le hizo mirarme de manera diferente. Incluso al despegar expresó que jamás había tenido una sensación parecida o que hubiese abordado un avión, al menos conscientemente porque de regreso a Las Vegas le traje en el jet, pero venía dormido.
Ver su gesto me hace algo de gracia, solo me indica que esto le gusta.
—¿Por qué nunca dices a dónde vamos?
—Es sorpresa— respondo de inmediato.
—Ya, pero quiero saber.
Le miro unos instantes y lanzó una sonrisa mediana. —Me gusta tu curiosidad…
Bill no sabe qué decir, se queda mudo y espera a que siga hablando. Tal vez no tarde mucho en bajar la mirada. Oh, sí. Ahí está, ha bajado la mirada e intenta distraerse al ver la revista que tengo en las manos.
—California— digo entonces y él me mira sin entender—. Los Ángeles. Ahí es donde vivo.
—¿Eso queda muy lejos?
Niego con la cabeza. Su pregunta me hace pensar que no tiene el más mínimo conocimiento de las ciudades en este país. Me hace recordar la noche que cenamos con Jace y Amara, en donde Bill se veía perdido cuando hablamos de los lugares en que fueron las pasadas reuniones y alguno que otro comentario de los lugares que el par de mis amigos habían visitado en encuentros discretos.
—¿En serio vives ahí? ¿Tienes una casa en Beverly Hills? Creo que así se llama, ¿no? He visto algo de eso en televisión— levanta una ceja y suelto una leve carcajada.
Tal vez no sabría el nombre de ese barrio de ricos de no ser por la tv.
—No, mi casa está en Malibu. Ya lo verás…, es una casa grande y con vista al mar.
—¡¿Bromeas?!— se sobresalta del asiento, pero enseguida es enviado de regreso gracias al cinturón de seguridad, lo desabrocha y se vuelve por completo hasta mí.
—Ni siquiera la has visto y ya se te salen los ojos. Te impresionas muy fácil.
—¡Cómo no voy a hacerlo! Puede que tengas la playa cruzando la calle.
—Técnicamente es como patio trasero— menciono y su mirada se enciende aún más.
—No me estarás mintiendo, ¿verdad? He visto tanto en películas, pero jamás en mi vida he estado en una playa.
Su desenfrenado entusiasmo me causa gracia, pero también la curiosidad se instala en mí. Sus palabras dejan mucho en que pensar.
—Asumo que te gustan mucho.
—¡Muchísimo!
&
El vuelo fue bastante rápido. Otra de las cosas que me hizo perder la noción del tiempo fue hablar con Bill. Conocí más de él, en resumidas cuentas. Me gustó escucharle, cada palabra y cada gesto parecían nuevas para mí. No había disfrutado tanto de una charla con alguien así. Pregunté algunas cuantas cosas que tenía ganas de saber, luego me limité a escuchar porque él no paraba de hablar.
Cuando sobrevolamos la ciudad, Bill estaba pegado en la ventanilla admirando cada detalle.
—Los autos son tan pequeños que lucen como un montón de juguetes de colección— dice al palmear mi mano para llamar mi atención y que le imite. No lo hago, le dejo disfrutar de ello.
Pronto descendemos hasta aterrizar. Una sonrisa se acentúa en los labios de Bill y me mira con diversión. Ya quiero mostrarle la casa, quiero ver su inocentona cara de impresión cuando estemos allá. Algo se instala en mi interior. Es un cosquilleo bastante extraño que desaparece de poco en poco.
Cuando bajamos del jet, un auto está no muy lejos esperando por nosotros. Steve nos acompaña y toma el lugar de copiloto, Bill y yo vamos en la parte de atrás, le indico por las calles que transitamos, la infinidad de atracciones que hay en la ciudad y antes de llegar a Malibu damos un corto paseo por el bulevar de Hollywood. El paseo de las estrellas se extiende un par de kilómetros después del mayor centro de atención, el teatro chino.
Llegamos a casa después de algunos minutos. Steve se baja para abrirnos la puerta y espero a que Bill salga del auto. La casa luce impresionante, los colores de la puesta de sol se reflejan en toda ésta y los ojos de Bill se abren a su máxima capacidad. Le ha gustado, no tiene palabras para describirlo y lo entiendo. Mira cada detalle de la fachada hasta que nos adentramos y su impresión aumenta.
—¡Mira eso! —se mueve rápido por la sala y toma asiento en el acojinado sillón—. Que suave es…— sonríe y me mira.
—Vamos, Bill, te impresionas fácilmente. No es para tanto— me burlo. La casa es linda, sí, pero la mansión en Las Vegas y la de los Hamptons son mejores—. Levántate y cierra los ojos.
—¿Qué pretendes?
—Tú hazlo, anda— le ayudo a levantarse y me mira extrañado hasta que cierra los ojos.
Lo muevo un poco para que su vista quede al frente y me acerco al ventanal para correr las oscuras cortinas.
—Ya puedes abrirlos— le indico y lo hace.
Su cara cambia por completo ante la preciosa vista del mar. Los colores de la puesta del sol se reflejan en su rostro ilusionado y lentamente se acerca. Las olas se mueven lento y los rayos de sol que iluminan el agua hacen aparecer destellos en la superficie. Me vuelvo a él y su gesto no cambia. Me gusta verle impresionado. En verdad me gusta.
—Maravilloso— dice al acercarse un último paso más y su mano toca el cristal.
—Puedes salir si quieres, las escaleras están de lado izquierdo.
—¿En serio? —me mira. Su inocentona cara me puede. Le dedico un asentimiento y hago ademán de encaminarme a las escaleras—. ¿No vendrás conmigo?
—Es tu momento, Bill, no el mío— le lanzo un guiño.
Lo que más quisiera es salir con él y ver que disfruta, pero no me lo permito. Sé que, si le doy más libertad, él confiará en mí plenamente. Así que lo hago, eso me ha funcionado antes.
Voy escaleras arriba y entro a mi habitación, detrás de mí viene Steve, se adentra a dejar mi equipaje sobre la cama y yo me dirijo a la terraza.
—¿Se le ofrece algo más?
—Sí. Que preparen algo de cenar para Bill— le indico y salgo para recargarme en el antepecho. Steve se acerca hasta mí, escucho sus pasos.
—¿Algún menú en especial que tenga en mente?
—Comida alemana, ya sabes, algo sencillo.
—Hace mucho que no pide algo así.
—Sí, bueno… quiero que él se sienta cómodo— digo sin prestar tanta atención porque estoy concentrado en Bill.
Está lejos de la orilla del mar, confundido por no saber qué hacer. Mira casi en todas direcciones y lleva una mano a su mejilla, luego se cubre la boca y se mueve de lugar hasta que se saca los zapatos y sus dedos tocan la arena. Camina muy cerca de donde la arena es más húmeda y firme, deja un camino de huellas que recorre una y otra vez ida y vuelta, se ve divertido al momento en que las olas borran sus huellas en la arena y vuelve a empezar.
—¿Señor…? —inquiere Steve. Por un momento me había olvidado de él. Me vuelvo para verle.
—¿Desea algo más?
—No, puedes retirarte.
Asiente y sale de la habitación. Me dirijo hasta una de las sillas en la terraza para poder sentarme y ver a Bill divertirse allá abajo. El sol se esconde y en el transcurso del tiempo él sigue presentándose frente al mar. Después le veo alejarse hasta que se sienta en la arena y mira el horizonte. Quiero saber lo que pasa por su mente y aclarar sus ideas.
Observarle se convierte en un espectáculo hasta que mi móvil suena, he recibido correo de Luche y debo leer todo lo que me ha mandado en cuanto a los empleados. Sin más remedio, vuelvo adentro por el portátil y me sumerjo en la cantidad de información que ha enviado. Para cuándo voy a la mitad, el tiempo ha volado y ya es la hora de la cena. Me dirijo al comedor con el portátil en las manos y me doy cuenta de que Bill ya está ahí, ha tomado una ducha y se ha cambiado de ropa.
Tomo asiento poniendo el portátil a mi izquierda. Quiero ver esto, sé que Bill estará impresionado.
—Pero si es…
— ¿Te gusta?
—Luce muy bien— sonríe al mirar el plato frente a él—, y huele delicioso.
—Sabe mejor, según recuerdo— me acomodo la servilleta y tomo el tenedor para probar un bocado. Incluso hay cerveza, que detalle el de Steve.
—¿Según recuerdas? — inquiere, cortando su salchicha con lentitud.
—Hace mucho que no como esto. Han pasado años, muchos en verdad— le confieso y empiezo por el puré de patatas. Una manía que tengo es siempre empezar con la guarnición.
Esto sabe verdaderamente delicioso, mejor que la última vez, supongo.
—Di-Dijiste que eras alemán, ¿verdad? —me vuelvo a mirarle y le dedico un asentimiento—. Y si lo eres… ¿Qué haces aquí?
—Larga historia— me encojo de hombros y sigo con el portátil. Quiero acabar antes de irme a la cama.
Estamos solos. En la casa no se escucha otro ruido que no sea el de los cubiertos chocar contra la vajilla o el suave crujir de los panecillos. Bill ha carraspeado varias veces para llamar mi atención, sé que quiere hablarme, lo veo en sus ojos cuando le miro fugazmente. El silencio se extiende un rato más hasta que él en verdad no lo soporta.
—Estoy aquí, ¿sí sabías?
¡Vaya! Pero qué carácter.
Suelto una leve carcajada y sigo con lo mío.
—Estamos cenando y tú haces no sé qué cosas en el portátil— está enojado. Me reclama el que no le preste atención—. Si no vamos a compartir palabras, puedo terminar mi cena en otro lado.
—Es curioso, Bill, porque esta mañana creí que eras alérgico a mí— digo con humor, pero sólo logré enfadarle un poco más.
—Eso fue en la mañana.
— ¿Entonces solo eres alérgico a mí por las mañanas? —me rio, y sin mirarle, siento su mirada inquisitiva.
—Ni siquiera haz probado la comida— denota.
—Lo hice, pero no tengo mucho apetito. Pedí que cocinaran esto para darte gusto.
Se queda mudo y yo también. Casi siento que no debí decir eso. Me estoy retractando desde el interior hasta que estira su cuerpo sobre la mesa para cerrarme el portátil de un manotazo. Está enfadado, ¡pero ¡quién se ha creído! ¿No ve que estoy ocupado?
No voy a discutir y tampoco quiero que se moleste. Determinado a continuar la cena en paz, me disculpo y lo miro con detenimiento. Si quiere mi atención la tendrá.
Bill está en su asiento, intenta seguir comiendo, pero mi mirada comienza a impacientarle y lo hace notorio.
—Ya no me veas así— pide antes de comer un bocado.
—Querías mi atención y la tienes, ¿ahora no te gusta?
—Increíble…— piensa en voz alta con aires de ironía—. Usualmente en la cena es cuando hablas de tu día y esas cosas.
—Tu viste lo que hice, ¿debo darte más detalles? —respondo de manera cortante y por lo visto no le ha gustado.
—No, pero…
—Entonces no sigas— le corto e intento tomar el portátil, pero se vuelve a estirar sobre la mesa y deja su mano inerte sobre el aparato.
—Tan solo hablemos— pide. No soy capaz de negarme a esa carita inocentona. Bill regresa a su asiento y nos miramos en silencio.
—¿Quieres saber un poco de mí? —pregunto y él asiente de inmediato—. Sí soy alemán, antes vivía
en Múnich…
—¡Cielos! ¿Qué tal es ahí? Cuéntame, tu vida es más interesante que la mía— me interrumpe un tanto entusiasmado por escucharme.
Suelto una carcajada y le digo: — Yo no lo considero así, Precioso.
—Para que estés enterado, yo no tenía absolutamente nada, por eso acabé en la subasta. Me lo preguntaste y ahora lo digo, Tom— su voz cambia—. Tú lo tienes todo ¡Eso es vida! Y yo… Bueno, mírame, no tengo nada.
—Bueno, por eso estás aquí, ¿no es cierto? —se queda pensativo y finalmente asiente—. Tu vida, Bill, cambiará de ahora en adelante. Lo prometo. ¿Y sabes por qué? —pobre, niega débilmente con la cabeza. Yo continúo: — Porque dije que te daría todo lo que quisieras, porque lo mereces y has
soñado con esto— sus mejillas se ruborizan, desvía la mirada y asiente con la cabeza—. Yo lo haré realidad, solo debes complacerme.
Se queda mudo, estático y ligeramente abochornado. Sonrío, tiene la misma cara que puso esa noche en el apartado mientras mirábamos a esos tres cachondos disfrutar del sexo…, no, en segundos Bill está peor. Traga saliva pesadamente.
Quiero jugar con él un poco, salirme de la propuesta que nos planteamos e incitarle a lo prohibido. Agrego algo más a los planes que le tengo, verle así me pone. Me he contenido un buen rato.
—¿Lo harás, precioso?
Me mira. Me mira. Está nervioso. Se muerde los labios y asiente.
—Dímelo, quiero oírte— le pido, no me va el que solo responda con un suave movimiento de cabeza.
—Sí— menciona en voz baja.
—Lo siento, no escuché— digo divertido. Sé que puede hacerlo mejor.
Suspira, me mira detenidamente, sus ojos castaños se iluminan en algo que identifico como su deseo oculto.
—Sí, Tom. Yo te complaceré.
Continúa…
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Todo tiene un precio Bill 🙄😔