Temporada I. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 9
El haberle presentado a Bill la habitación de juegos y mencionarle las reglas me tenía al borde de la locura. Ese había sido el segundo momento más excitante que habíamos tenido y estaba totalmente alucinado ante él, y el sentimiento incrementó cuando mis manos pasearon por su torso bajo su prenda y mis dedos jugaron con el aretillo en su pezón. Las manos de Bill se mantuvieron inertes en mis hombros y hacía una ligera presión cuando algo le encantaba. No quería que parara, lo supe por su reacción, pero tuve que detenerme, aunque sus jadeos fuesen lo mejor que pude escuchar en ese momento. Después de nuestro juego previo, le hice levantarse y entonces pudo desnudarse delante de mí.
Me gustó verle desnudo, apreciar su piel y sus tatuajes muy de cerca me dieron ganas de repartir besos por donde se me antojase.
Para nuestro primer encuentro tenía algo en mente, entonces me comuniqué con Amara, pidiéndole que fuera ella quien me ayudase al unirse a los planes. Por fortuna Jace no se opuso a que sólo fuese ella quien se involucrara. Le cité aquí, después de tres días de haberle presentado a Bill el lugar que será testigo de nuestros encuentros.
Ahora estoy ansioso. Yo seré espectador por un tiempo, Amara participará a la mitad del juego para mi total deleite y finalmente seré yo quien le brinde a Bill un orgasmo sólo si dice mi nombre. Confío en plenamente en ella y sé que el juego será delirante. Había tenido encuentros anteriores con Amara. Es una diosa en el sexo y una total experta en planear los juegos ¡Que se le da todo muy bien! Cualquier cosa que tenga en mente me complacerá, estoy seguro.
Esta noche por primera vez habrá una tercera persona dentro de mi habitación especial y estoy carbonizándome ante la idea.
«Siempre hay una primera vez» pienso de inmediato. Y ésta también es la de Bill.
Ya quiero ver su reacción. Ansío escuchar la infinidad de sonidos de placer que tiene para mí. Quiero al fin pasear mis manos por su cuerpo, admirar su desnudez, recorrer sus tatuajes y unir sus lunares.
¡Me tiene totalmente alucinado!
La necesidad de sentir su cuerpo bajo el mío logra carbonizarme. El corazón se me detiene y se me va el aliento. Fantasear solo aumenta mi necesidad de él; de su cuerpo, sus texturas y sabores.
¡Joder! ¡Me muero por comenzar nuestro primer juego!
Bill sabe que a las nueve en punto lo quiero frente a la puerta de la habitación de juegos. Sabe también qué pienso de la puntualidad, así que espero llegue en un minuto.
Amara está aquí y justo ahora termina por alistarse. La veo, trae puesta lencería en un tono oscuro y está frente al espejo recogiendo su cabello en un moño alto. Luce verdaderamente deliciosa.
Me encuentro frente a las cajoneras pensando en que otro objeto sexual usaré con Bill cuando escucho un suave golpeteo en la puerta. Tomo una de las batas de seda y me envuelvo en ella.
La comisura de mis labios se levanta en una media sonrisa, miro a Amara y le hago una señal para que se oculte y me dirijo abrirle.
—Que puntual— le digo cuando le veo de pies a cabeza. Otra vez viste de blanco y me recuerda a lo delicioso que se veía de conejito.
—Son las nueve— dice con nerviosismo y se acaricia el antebrazo.
—Adelante, por favor.
Me hago a un lado para que pueda pasar. La cortina transparente está recogida esta vez, así que se adentra sin problema y se detiene a unos pasos frente a la cama.
—¿Listo? —le pregunto, pero él está ligeramente abochornado.
—Sí.
La inocencia con la que responde es incomparable. Me descoloca por dentro el corromperlo esta noche.
—Pero quiero saber algo— se apresura y entonces le permito decírmelo—. ¿Cuántos sumisos has tenido?
—Perdí la cuenta— miento mientras voy a la mesa alta y tomo un antifaz. Claro que se cuántos sumisos he tenido.
—¿Entre hombres y mujeres? —pregunta confundido.
—La mayoría mujeres.
—¿Y hombres? —inquiere levantando una ceja. Ese gesto me parece tan divertido al igual que su curiosidad. Me acerco un poco más. El antifaz que llevo se desliza por mi muñeca y cuido de no dejarlo caer. Bill me mira atento.
—Solo dos.
—Soy el segundo— se dice a sí mismo, quizá para convencerse.
—No, eres el tercero.
—¿Hablas en serio?
—Aquellos dos estuvieron conmigo cerca de un mes cada uno. Me aburrí, usualmente participábamos en intercambio de pareja y entre nosotros, bueno, no pasaba de la masturbación o sexo…— Bill lanza un carraspeo. Se ve nervioso, la palabra «sexo» aún es tabú para él—…, sexo oral.
—¿Y nada más?
—Así de simple. Pero vamos a ver…— me acerco un poco más. Su nerviosismo aumenta—. El que los haya dejado después de un mes no quiere decir que contigo será igual. Me gustas mucho, Precioso y te tengo planes. No quiero dejarte ir.
Bill se queda mudo por unos momentos hasta que se atreve a hablar.
—¿Con ellos jamás tuviste…? Ya sabes…
—¿Qué?
—«Eso»
Sé a qué se refiere, que no soy tonto, pero sé que puede decirlo. Sé que podrá hacer o decir cosas incluso más atrevidas.
—Dilo, Bill— alentándolo con diversión, veo su cara ruborizada.
¡Qué inocente!
—Jamás… ¿Jamás tuvieron sexo?
¿Era tan difícil?
Seguiré orillándolo al atrevimiento.
—Una felación cuenta como sexo oral, Bill, así que sí lo tuvimos, pero no hubo una penetración como tal.
Una sonrisa burlona aparece en mi rostro. Le miro a los ojos, después me deleito con sus tentadores labios.
—Entonces, ¿tú y yo tampoco tendremos…?
Mi mano se dirige hasta su mejilla y entonces le digo: — Precioso, ¿me preguntas eso con asombro, o con temor?
—Con… ¿asombro? Niego, sé a qué se refiere.
—Me parece que con temor. En el fondo sé qué quieres que te haga completamente mío, y eso depende de tu determinación. Tranquilo, Precioso, hoy no penetraré tu culito por muchas ganas que tenga de hacerlo. No si así lo quieres— ahora tengo ambas manos en su rostro y me acerco para admirarlo mejor. Su mirada brilla intensamente y eso me provoca una oleada de éxtasis—. Como dijiste que ya habías tenido sexo antes, imagino que no será problema esto que tengo para ti. Usaré algo para aumentar tu placer, ¿entendido?
—¿Qué cosa es?
—Me gusta tu curiosidad— sonrío ampliamente y pongo distancia. Le coloco el antifaz que cuelga de mi muñeca y digo las palabras que todo el día ansiaba pronunciar: — Desnúdate, Bill.
Le veo tragar saliva pesadamente y suelta un suspiro.
—¿O prefieres que lo haga yo?
Está un poquito agitado. Se muerde los labios y al final asiente.
Acorto aún más la distancia y dirijo las manos a su playera hasta sacarla lentamente por su cabeza y la dejo caer en el suelo. Su torso desnudo aparece frente a mí y recorro su piel, acariciando sus tatuajes, sintiendo lo delgado y suave que es su cuerpo.
Estoy absorto en él, en sus labios, en su acelerada respiración. Cada célula de mi cuerpo responde ante Bill de una manera frenética.
Ansiaba con locura este momento.
Poco a poco me pongo de rodillas, lo descalzo y al fin llevo las manos a la cinturilla de sus jeans para desabrocharlos. Bajo el cierre y me acerco a su abdomen. Aspiro su aroma de excitación y le brindo un beso húmedo sobre su estrella. Bill suelta un jadeo. Esto le gusta y quiero escucharlo jadear incontrolablemente.
Bajo sus jeans con lentitud, acariciando sus piernas con las puntas de los dedos y al fin los saco por sus pies.
—Te vez delicioso, aunque no estés completamente desnudo. Sus mejillas están más que ruborizadas. Es tan erótico verle así.
Su miembro comienza a crecer dentro de su ropa interior. Y sonrío porque era más que evidente. Nadie puede resistirse a mí, ni a uno de mis juegos. El morbo les puede.
Me pongo de pie, le tomo con saña por el culo y le hago friccionarse contra mí, presentándole mi excitación. Sus manos van hasta mi pecho y me encaja sus uñas, apenas y lo percibo, la tela de mi prenda no me deja sentir del todo su tacto.
—Preguntaré ahora, precioso… ¿Quieres continuar? —él suspira. Dice que sí con un movimiento leve de cabeza, pero no me basta—. Di qué es lo que quieres. Anda, dilo.
—Quiero continuar— responde sofocado.
—¿Estás dispuesto a todo? —mis manos suben por su espalda y lo acerco un poco más a mi cuerpo.
—¿Me lastimarás?
—No al grado de romperte— confieso y entonces asiente.
—Estoy dispuesto.
El corazón me late tan rápido que ya no lo siento. Siento hervir mi sangre y como recorre mi cuerpo un fuego abrasador haciendo que mi piel arda.
Me encanta. Me excita.
—A la cama.
Me planto a su lado y le guío por el lugar hasta que sube a la acojinada superficie. Su cabeza se posa sobre una almohada y le acomodo el pelo. Veo que su pecho sube y baja con irregularidad.
—Calma, Precioso. Lo bueno apenas inicia— deslizo la bata por mi cuerpo hasta que queda en el suelo. Me acerco a la mesita de noche y tomo el primer objeto que quiero usar en él—. Estas son
unas pelotitas especiales— le digo al ponerlas en su mano. Son cuatro, están de buen tamaño y veo todo reflejado en su color plateado—. ¿Sabes para qué son?
No me responde. Está cohibido.
—Esto es, Bill, lo que dije que usaría para aumentar tu placer— la retiro de su mano y miro el segundo objeto—. Es una lástima que no puedas tocar en este juego.
—¿No podré?
—No— tomo sus muñecas y le abrocho las esposas que puse en el cabezal. Bill está un tanto alarmado, pero lo relajo—. No te muevas, lo disfrutarás más de este modo.
—Tom…
—Shhht— le callo poniendo un dedo sobre sus labios—. Cuando juguemos solo dirás mi nombre en el momento que quieras ser tomado por mí realmente. ¿Quedó claro?
—E-está bien— menciona después de una pequeña pausa.
En la mesita de noche hay un recipiente con cubos de hielo. Tomo uno y lo acerco a los labios de Bill.
—Estás irresistible, Precioso— confieso, él se estremece.
Su piel se eriza y quiero lograr el mismo efecto, pero con mis labios.
—Quisiera…— habla en un tono muy bajo, apenas pude escucharle.
—¿Qué cosa?
Hago un camino con el cubo de hielo hasta su barbilla, recorro con lentitud desde su cuello, desciendo a su clavícula y voy al centro de su pecho, luego me paso por su pezón izquierdo donde tiene ese aretillo. Su piel, tan caliente y deliciosa, logra derretir el hielo a su paso. Bill contiene el aire.
—Quisiera sentir…
Está ardiendo de excitación.
Continúo el camino hasta su ombligo, me dirijo al sur y me detengo centímetros arriba de la cinturilla de su ropa interior. Llevo la diestra hasta la zona y hago círculos suavemente con el índice sobre su estrella.
—Dilo.
—Quisiera sentir tus labios— se estremece. Suelta el aire que ha contenido.
—¿Dónde quieres sentirlos, Precioso?
—En mí— responde con poca vergüenza—. En todo mi cuerpo…
Sabía que era capaz de hacerlo. Ha olvidado el pudor en este momento. Quiere jugar. Está deseoso.
Levanto ligeramente el elástico de su prenda y dejo que el hielo se consuma con su propia excitación. Me subo a horcajadas sobre su cuerpo, acaricio su cabello y aspiro su aroma.
—Eres delicioso.
Comienzo un camino de besos siguiendo el rastro de gotitas —pero no toco sus labios como lo hice con el cubo de hielo—, mientras acaricio su piel y cuento uno a uno sus lunares. Van diez hasta ahora.
Bill lo está disfrutando y hace lo imposible por soltarse del agarre, pero la idea de que esté esposado me encanta. Se mueve, contrae los brazos y cierra los puños con fuerza. Quiero hacerle ver lo placentero que puede ser este juego.
Llego hasta su estrella; la beso, muerdo su piel y chupo la zona —le dejo una marca rojiza— y él suelta un gemido.
Me doy cuenta que el hielo se ha derretido, estoy sorprendido por lo caliente que logré ponerlo con unos besos y caricias.
—Gime para mí, precioso. No te contengas.
Logro incorporarme un poco, acaricio su miembro aún sobre la prenda hasta que la deslizo por sus piernas. Su miembro se eleva y me acerco, separo sus piernas y beso la cara interna de sus muslos. Miro de reojo y veo que Amara se encuentra a unos pasos de mí. Está lista. Se acerca y toma un cubo de hielo, me incorporo sobre la cama, junto las piernas de Bill y le hago voltearse un poco. Me acerco, estrujo una de sus nalgas, luego estrujo ambas y las separo para poder llevar un dedo a su hendidura. Está expuesto ante mí, se remueve cuando mi dedo acaricia su agujero, pero le impido moverse. Vuelvo a pasarme por su hendidura, tentado en no darle un lametón para lograr dilatarlo. Amara me acerca el cubo de hielo, lo tomo y llevo entre las nalgas de Bill. Él se estremece, le escucho jadear y niega con la cabeza. De arriba-abajo, recorro su hendidura, deteniéndome por fracciones de segundos en su agujero.
Le indico a Amara que se acerque con un suave movimiento cuando el pequeño cubo de hielo empieza a deshacerse, ella me tiende una pluma y ésta la paseo por la estrella de Bill una vez que le regreso a su posición anterior, desciendo y llego a su sexo. La suavidad le gusta, lo sé, y me gusta verlo estremecer ante ello.
—¿Lo disfrutas?
—S-sí.
Llevo la pluma a la punta de su miembro y éste se sacude ligeramente. Desciendo, acariciando sus testículos, delineándolos hasta llegar a su hendidura. Amara me tiende un lubricante junto con las pelotitas anales y coloco un poco de la sustancia en la cavidad de Bill. Se arquea y jadea cuando siente uno de mis dedos dentro de él.
—Aumentaré tu placer, ¿quieres que continúe?
—Sí.
Estoy al doscientos. Entro y salgo en un ritmo lento hasta introducir otro de mis dedos y aumentar los movimientos. Quiero ver que disfrute.
Me llevo la primera pelotita a la boca y después la introduzco en él. Bill reacciona, se estremece y contrae un poco, pero continúo con la segunda.
Me muevo sobre la cama. La tercera y cuarta pelotitas se las dejo a Amara. Tomo una seda de la esquina de la cama, acaricio la piel de Bill y le digo: — Esta es la suavidad que sentirás de ahora en adelante.
Él responde con un gemido y. pongo distancia. Amara se acerca y coloca unos guantes de seda. Es mi turno de mirar de lejos. Tomo un pañuelo para limpiarme, recojo la pluma y el lubricante para después ir al diván y apreciarlo todo mejor desde ahí.
—Separa más tus piernas, Precioso— le pido y lo hace.
Amara lo toma por la cadera y acerca sus labios a la cara interna de sus muslos para hacer un camino y llegar a la base del miembro de Bill. Él suelta un gemido, Amara continúa y pasea su lengua por la zona, sube y baja hasta que se introduce el pene de mi precioso sumiso en la boca.
Me enciende. Es tan jodidamente excitante ver que Bill lo está disfrutando. Se me eriza la piel al escucharle gemir y jadear sin control alguno. Su espalda se arquea y se cabeza su hunde entre las almohadas cuando Amara cambia el ritmo por uno más frenético.
El placer de Bill se convierte en mi placer.
¡Me estoy carbonizando!
Bill cierra con fuerza los puños y contrae los brazos. Quiere desatarse, pero no puede.
—M-m-más— pide entre jadeos. Amara lo complace, y de paso a mí. Ella le introduce la tercera pelotita cuando Bill parece listo.
«Eso, Precioso. Gime para mí» digo en mis adentros.
Es tan caliente. Tan excitante. Tan delicioso que me incita.
Impaciente, me pongo de pie y me acerco a la cama. Ahora soy incapaz de solo mirar cuando estoy tan encendido que mi propia excitación me consume.
Tomo otro cubo de hielo y me acerco para dárselo a Amara cuando deja de lamer su miembro, pasea el cubo de hielo por su longitud hasta dejarlo inerte en su punta. Bill gime más fuerte que antes y se arquea por completo, incluso contrae las piernas y se encoge.
—Separa tus piernas, Precioso— le pido, pero es incapaz de hacerlo—. Sepáralas— le ordeno ahora.
—N-no…
Amara le toma de los tobillos para que vuelva a su posición anterior y lleva las manos a sus rodillas para poder separarle las piernas. No pone resistencia. Amara vuelve a recorrer el miembro de Bill con el cubo de hielo hasta dejarlo inerte en su punta. Le escucho gemir igual que antes. Ahora hace algo diferente, le masturba, acaricia sus testículos, chupa su pene y pasea el cubo de hielo en su
punta hasta que obtiene el líquido pre seminal. Amara le da un lametón, Bill jadea, hunde la cabeza entre las almohadas y los cabellos se le revuelven sobre éstas. Sin ella dejar de repetir la acción, dirige su diestra hasta la última pelotita y la introduce dentro de Bill.
—¡Oh, Tom!
Música para mis oídos.
En verdad esperaba que Amara me mostrara los juegos que tenía en mente, pero si Bill ha dicho mi nombre sólo significa una cosa.
Me acerco a ella y con dos dedos toco suavemente su hombro derecho. Sabe lo que significa. Pone distancia y se vuelve hasta mí. Voy a sus labios y en un corto beso siento el sabor de Bill.
El juego termina para Amara y vuelve al cuarto de baño sin hacer ruido.
—¿Quieres continuar? No me responde.
Subo a horcajadas sobre él y le quito el antifaz. Siento la punta de su pene rozar cerca de mi ombligo.
—Mírame y dime lo que quieres— llevo una mano hasta su cuello, apretando un poco, luego desciendo con determinación por su pecho hasta tomar su longitud.
Está al doscientos. Ruborizado y con los labios entreabiertos.
—Quiero…— cierra los ojos y hunde la cabeza en la almohada.
—Mírame y dilo— exijo con algo de desesperación. Su mirada conecta con la mía y me da un vuelco.
—Quiero que me tomes— responde entre jadeos—. Quiero que lo hagas. Me carbonizo.
Sonrío con malicia y una a una voy sacando las pelotitas de su interior. Me reincorporo y desnudo frente a él. Bill se lame los labios al ver lo hinchado que está mi pene, se ve tan delicioso al admirarme. Me pongo un preservativo y subo a la cama, tomando sus piernas y elevándolas.
—¿Estás listo? —le pregunto mientras sigo subiendo y tengo sus tobillos en mis hombros. Miro su rostro y sé que la postura lo incomoda un poco.
—Sí.
—¿De verdad quieres que lo haga? —juego un poco con la situación.
—Sí, Tom. Penétrame ahora— medio exige.
Lo hago. De una estocada estoy dentro. Bill ya no está tan estrecho como cuando introduje mis dedos en él, puedo moverme con algo de rapidez. Está caliente. La fricción me gusta. Es deliciosa. Me vuelvo loco y aumento el ritmo. Con una mano le masturbo y con la otra me aferro a él.
La mirada de Bill me excita aún más. Pronto veo humedad en sus ojos y las lágrimas se hacen presentes. No sé qué tan brusco estoy siendo, pero no puedo detenerme.
Gruño. Él jadea y suspira… Mis sonidos de placer se fusionan con los suyos en una sinfonía jodidamente increíble.
Siento que mi punta sufre dentro de Bill. Siento que si continúo de esta manera estará a punto de explotar, y de paso yo también.
Me muevo, bajo sus piernas y las aferra a mi cintura. Aumento el ritmo de más penetraciones tanto como el movimiento de mi mano en su longitud.
Fuerte.
Más fuerte.
¡Qué carita me pone Bill!
¡Intenso! Mucho más intenso e incontrolable.
Bill chilla, arquea su espalda, suelta la respiración y cierra los puños con fuerza. Gime tan alto que caigo en cuenta de lo placentero que es para él.
Sé que está cerca. También lo siento.
—Mírame— exijo y lo hace—. No dejes de mirarme. Asiente como puede.
Sigo el ritmo. Le penetro tan hondo me es posible. Sí, tan profundo y fuerte que arde.
Lo masturbo tan deliciosamente que sus muecas de placer me incitan a volverlo todo aún más frenético.
—¡Ohhh!
Su mirada y la mía conectan durante unos segundos, cierra los ojos con fuerza y se estremece cuando le hago tener un orgasmo. Se ha corrido. Sus labios hacen una «O» debido a la placentera sensación. Salgo de él, me quito el preservativo y me tumbo encima suyo para friccionarnos, tomando su miembro y el mío. Él vuelve a salpicar y sin dejar de mirarle, continúo los movimientos y entonces algunos momentos después me corro sobre él, siento la humedad en mi abdomen y en mi mano.
Llevo uno de mis dedos empapados por nuestros fluidos y lo introduzco en su boca para luego decir:
— Éste es tu sabor y el mío, Precioso. Así sabe el verdadero sexo. Así saben mis juegos.
Estoy tentado. Me acerco a lamer su labio inferior y llevo su sabor a mi boca. Es salado, pero delirante.
Me mira, sus ojos brillan inmensamente y sonrío ante la cara que me pone. Bill, mi inocente y precioso Conejito ha sucumbido ante mí.
Continúa…
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