Temporada I. Por Amy-Stalinalsky

Capítulo 24

Pedí que regresáramos a Los Ángeles, aunque mi condición no era la mejor. Sabía a lo que me arriesgaba al irme, pero no me importaba.

La resaca era jodidamente intensa y la cabeza me estaba a punto de explotar. Bill, consecuentemente preguntaba si necesitaba algo. Estaba preocupado e intentaba cuidar de mí, pero se lo estaba poniendo difícil cuando la jaqueca volvía y mi humor se iba por la mierda. Por si fuera poco… El estómago se me revolvía en ocasiones, con falsas alarmas de volver el estómago y mi cuerpo se sentía blando, partido y sin nada de energía. Afortunadamente logré quedarme dormido y me mantuve así la mayor parte del tiempo.

Mis ojos estaban cerrados y en mi mente podía ver imágenes borrosas de la noche anterior. Todas y cada una de ellas eran tan fugaces que apenas las percibía. Nada era claro. Veía lo que me rodeaba mientras seguía medio dormido. Apenas fui consiente de cuando dejamos el avión.

El rostro de Bill apareció un par de veces en mis sueños, luciendo como en otra dimensión; todo era borroso, o muy luminoso, aparecían halos de luz y las formas se distorsionaban. No lograba ver casi nada. Parecían pequeños agujeros negros que absorbían los rostros de las personas que me rodeaban. El sonido era inexistente y las imágenes se repetían con rapidez, provocándome sobre saltos. Despertaba y al instante en que abría los ojos, volvía a caer dormido como si de magia se tratase, permaneciendo en un estado entre la consciencia e inconsciencia. Dormía y despertaba por una sensación de vértigo. Cuanto más despertaba, menos coherencia tenían las cosas. Parecía que el tiempo transcurrido entre cortos sueños era de unos minutos, pero, a decir verdad, el intervalo era de aproximadamente un par de horas hasta que abrí los ojos y decidí no volverlos a cerrar. Era tan inquietante no saber qué pasó con exactitud.

Extiendo un brazo en la cama y mis dedos tocan uno de los cojines fuera de su lugar. Entre abro los ojos, temiendo a la luz, noto que la cortina está cerrada y la lamparita en la mesa de noche yace apagada —diviso un vaso en la mesita—. El televisor está encendido y sé que yo no lo puse así. Alguien ha estado aquí o yo he visto tv y no puedo recordarlo.

La cabeza aún me da vueltas. Exhausto, me incorporo con un esfuerzo monumental, camino medio arrastrando los pies hasta el baño, lavo mi cara y al mirarme al espejo soy consciente de que estoy en mi habitación. Asomo la cabeza, entrecerrando los ojos para inspeccionar el lugar. ¿Hace cuánto estoy aquí? Antes de salir tomo una píldora para la jaqueca y me muevo hasta la cortina para correrla con cuidado. Los escasos rayos de sol que casi me queman las córneas, me indican que el atardecer está en proceso.

Apago el televisor, avanzo hasta la puerta y tropiezo con unos zapatos. Al reconocerlos sé que son de Bill. ¿Dónde está ahora? Camino descalzo por el pasillo para ir a su habitación. No está. Reviso el baño. No, nada. Regreso sobre mis pasos, bajo las escaleras con esfuerzos y lanzo una mirada a la sala de estar. Tampoco nada. Estoy a punto de dirigirme a la cocina cuando Steve aparece detrás de mí, logrando que me sobresalte por su repentina aparición.

—Joder… No vuelvas hacer eso— le miro medio frunciendo el entrecejo.

—Discúlpeme, quizás debí anunciarme… ¿Ya se encuentra bien? Ha dormido todo el día.

—¿Lo hice?

—Sí. El joven Bill estuvo con usted a todo momento.

—¿Dónde está él? Le he buscado para…— cuestiono de inmediato y me dirige una mirada de extrañeza.

—¿No ha vuelto?

—¡¿Cómo que no ha vuelto?! ¡¿Le dejaste salir solo?!

Mis manos van a su pecho y mis puños se cierran en su ropa. Le acerco con poca fuerza para encararlo porque siento como si se me rompieran las muñecas.

—Hace horas salió a la playa— responde un tanto atemorizado—. Creí que había vuelto.

Le suelto porque estoy mareado. Voy hasta la estancia y veo que la puerta de la izquierda sigue abierta. ¡¿Cómo mierda no me di cuenta de ello!?

—Cerciórate de que siempre esté en casa— exijo a medida que avanzo hasta la puerta.

Espero en el umbral unos segundos a que mis ojos se acostumbren a toda la luz, pero veo a Bill a unos metros de distancia y me precipito a llegar con él. La arena acaricia mis pies y se mete entre mis dedos, los rayos de sol se posan sobre mi piel y la brisa me despeina un poco, igual que a Bill. Sus cabellos se mueven en dirección al oeste y su piel blanquecina toma un ligero color semejante al atardecer.

Mi corazón se sacude y me obligo a mantener la calma.

—¿Por qué saliste de casa? —cuestiono y se vuelve a mirarme.

—¡Oh, Tom! —me lanza una sonrisa y continúa: —Luces mal, deberías seguir en cama.

—Ni lo sueñes…— sentencio—. ¿Sabes que casi me da un ataque? Steve hizo referencia a que saliste y no habías vuelto. Si ya te has bronceado, Conejito, vuelve dentro.

—¿Estás enfadado? —pregunta al hacer amago de levantarse, pero se lo impido. Voy con él y me dejo caer en la arena.

—Casi lo levanto del suelo, de no ser porque no tengo tanta fuerza justo ahora, pude arrojarlo por la ventana— sus ojos castaños se vuelven más claros y brillantes por los rayos de sol. Podría admirarle todo el día si yo quisiera—. No lo vuelvas a hacer, ¿entendiste?

—Pero solo he salido de casa— una sonrisa burlona adorna su rostro.

—¿Por cuánto tiempo? ¿Toda la tarde? —frunzo el entrecejo, no porque esté enojado, sino porque la luz me molesta.

—Me gusta aquí.

—Sé que estuviste en mi cuarto…— le desvío la conversación—. ¿Por qué saliste? —entorna los ojos y tuerce los labios—. ¿Algo pasó anoche?

—Sí, tú hablas mientras duermes— se encoge de hombros.

—Yo no hago eso y te pido que…

—Lo hiciste, seguro soñabas con lo que sucedió en la fiesta. ¿Recuerdas algo? —dice al interrumpirme, dejándome pensativo al respecto.

—Cuando uno está ebrio, dice y hace cosas estúpidas. Tú, por ejemplo, aquella vez en que te emborrachaste, me dijiste que te follara.

—Yo no dije eso— su gesto es gracioso; sonríe, levanta las cejas y niega con la cabeza.

—Vaya que lo hiciste.

Bill se encoge de hombros y vuelve la mirada al horizonte. Nos quedamos en silencio unos momentos, el ruido de las olas ir y venir es lo único que relaja el alboroto que tengo dentro.

—Anoche dijiste que me querías.

El corazón se me detiene de golpe. Mi mente parece estar trabada. Bill ha logrado dejarme en blanco.

—Yo no dije eso.

—Lo hiciste.

—No.

Bill gira su cuerpo hacia el mío y su mirada me revela su confusión.

—¿No?

—Bill, no me mal entiendas. Estaba ebrio…

—Tú me dijiste: eres un chiquillo pretencioso, ingenuo, inocente hasta los huesos a pesar de que te has dejado llevar por el morbo. Eres mío…

—Gracias por citar mis palabras— le interrumpo—. Igual no lo recuerdo.

—Tom… ¿Me quieres o no? —ladea la cabeza, haciendo un gesto infantil.

—Hay diferentes maneras de querer— me encojo de hombros—. Querer a alguien. Querer estar con esa persona, querer compartir más, querer que no se vaya y querer…, querer llevarlo a la cama— termino con humor y suelta una risa suave.

—Lo estás inventando— sus ojos se achinan.

—Te digo lo que es— me encojo de hombros y él se abalanza sobre mí, dejándome en la arena, con un ligero dolor en el pecho y un pinchazo agudo palpita en mi cabeza—. ¡Ouh! Bill…

—¿Me quieres?

—Muévete de encima.

—No hasta que lo digas— se coloca a horcajadas sobre mí. Siento como la arena se cuela por el cuello de mi camiseta y me remuevo debajo de él, posicionando las manos en sus muslos.

—Si te lo dije anoche…

—Pero no te entendí.

Se descuida, levanta la mirada, quizás para ver si no hay alguien cerca y, con toda la fuerza que le logrado reunir, invierto las posiciones. Su cabello se llena de arena cuando se remueve bajo mi cuerpo. Me hago espacio entre sus piernas y con una mano tomo sus muñecas para llevarlas hasta su pecho.

—¿Por qué he de decirlo? ¿Me quieres también?

Me mira divertido, mordiéndose el labio inferior y niega con la cabeza.

—Nada de lo que hagas me hará decirlo.

—Entonces me deseas…—me acerco, rozando su mejilla con la punta de mi nariz, continuo hasta llegar a su oído—. ¿O me quieres? Son cosas muy diferentes.

—El Conejito no quiere hablar— se deshace en carcajadas, le he provocado un cosquilleo y se encoge.

—Pues he de decir que las orejas y el rabito te van de maravilla.

—Me vestiré así para ti si me llevas a la habitación de juegos— condiciona.

Me vuelvo a verle, levanto una ceja y él hace una mueca incitante, pero enseguida es opacada con una sonrisa.

—Levántate de encima, Tom. Steve puede venir.

—No creo que lo haga.

—Quizás si alguien le llama… ¡Steve! ¡Steve! ¡Heeeeeeeey! ¡Ugh…! —le cubro la boca con la mano libre. Sus gritos hacen que la jaqueca regrese por unos segundos.

—¿Quieres que te castigue por esto? —digo en broma y él niega con la cabeza. Dice algo mientras mi mano le cubre, pero la retiro para escucharle.

Me balanceo hacia atrás, incorporándome junto con Bill y él se posiciona sobre mis piernas.

—Dilo, Tom. Solo una vez más.

—¿Por qué?

—Si lo dices sobrio, lo diré también— una sonrisa desaparece de su rostro cuando sus manos van a mis mejillas—. ¿Sí?

Mi corazón empieza a latir desbocadamente, ya no lo siento, va tan rápido. Cierro los ojos y niego con la cabeza.

No lleva conmigo mucho tiempo. Le he tratado mejor que a nadie, lo reconozco. Es un chiquillo simplemente. Me puede. Me enloquece. Le deseo como a nadie.

Es algo bueno para ser verdad.

No sé si estoy preparado para algo diferente, o para sentir algo por él. Definitivamente ha terminado con el trabajo de Alina; Bill ha llegado a mi corazón. Debería odiarlo por ello, pero no puedo. Quisiera hacerle entender que conmigo, eso que se llama amor, es igual que jugar con fuego. No sé si lo entienda, quizás a la larga lo haga. Quizás no. Quizás y soy un idiota por al principio haberle visto como alguien que solo puede complacerme, pero ha cambiado y se lo he dicho. Los tratos que le di en Europa eran más asemejados a como si fuésemos pareja. No estoy seguro de querer atarme justo ahora en una relación.

—¿Tom?

Bill reconoce mi rostro, me separo para mirarle y algo destella en sus ojos.

¡Joder!

¿Por qué me enloquece tanto?

Debería dejar de pensar y dar una respuesta.

Tal vez el decir que no estoy listo lo digo sólo porque no lo sé. Si me arriesgara, sabría si puedo o no tener algo con él.

Mis manos van a sus cabellos para aplacarlos y entonces descubro su frente. Sus manos bajan a mi cintura y sus puños se cierran en mi ropa. Me inclino para besar su frente y le digo:

—Dilo tú primero.

Vuelvo a mirarle, pero Bill es rápido y sus brazos rodean mi cuello, se acerca a mi oído y susurra de manera en que la sinfonía de las olas es acallada por su voz.

—Te quiero— decimos al unísono.

Se sorprende de que lo diga también y su abrazo se vuelve más cálido.

Mi corazón comienza a latir con irregularidad y rodeo su cuerpo con mis brazos. Cierro los ojos, la brisa que mueve sus cabellos me provoca un cosquilleo en la nariz. Aspiro su aroma una y otra vez.

—¿Me dejarás conocerte? —pregunta por lo bajo y me separo para verle. Lanzo un suspiro, me lo pienso un par de segundos y accedo.

—Está bien. Conóceme, Precioso.

Continúa…

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Un comentario en «Compláceme 24»

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