Apostemos 2 (P.1)

«Apostemos» Temporada I

Capítulo 2.- Única Opción (parte I)

Deseché la taza descartable de café en el bote de basura de la recepción, pasando de largo por el escritorio y haciéndole una señal a Tania para que me siguiera.

— Mensajes.

— Bueno…

— No titubees, Tania, por el amor de Dios. — corté fastidiado.

— De, de acuerdo… Lo siento.

— No. No aún.

— Ash, es que…

— ¿Te provoco nervios? Qué novedad. Los mensajes verdaderamente importantes. — Comenzamos a subir las escaleras hacia los despachos.

— ¿Importantes para el estudio o importantes para usted?

— ¿Tú qué crees?

— Su padre me ha pedido que le avise que lo espera en su despacho apenas llegue.

— ¿Está solo?

— No, el señor Trümper está con él.

— Genial. — resolgué. — Ya, vuelve a tu hábitat. — Se dio media vuelta y descendió por las escaleras previamente subidas. Fui remangando las mangas de mi camisa, esperando una larga conversación. No sobre lo que él quiera decirme, no, sino de lo que yo tenía para reclamarle.

Entonces abrí la puerta sin golpear ni esperar respuesta al respecto. Me hice paso cerrándola a mis espaldas y avanzando a paso decidido a su escritorio.

— Mi hijo nunca ha de perder sus buenos modales.

— No tengo humor. — dije sentándome alado de mi hermano, sin siquiera mirarlo antes. — Oh, y les agradezco el avisarme de su pequeña reunión antes de horario.

— Vale, mi hermanito no ha dormido bien. — Por primera vez desde que entré, volteé a observarlo con una mirada demandante.

— ¿Estás de joda, Thomas? Sabes que mi padre debe estar lo menos posible en este lugar y no cargar su mente con tanto trabajo, sin embargo abalas el hecho de que esté aquí.

— ¿No crees que papá ya está grande como para que lo andemos cuidando?

— Chicos.

— No estás yendo al mismo lugar que yo. — mascullé volteándome.

— Quédate tranquilo, no quiero ir contigo a ningún sitio.

— Hey, es suficiente. — Ambos mirábamos callados la mirada a nuestro padre. — Estaba poniendo al día a Tom mientras revisaba unos cuantos papeles, ¿qué tan grave es recuperar el tiempo perdido?

— Veintidós años no se recuperan de un día para el otro. — dije.

— Emm… tengo veinticuatro.

— No hablaba de ti. — respondí.

— Ya, Bill, ¿en serio? — dijo irritado mi padre.

— Mira, Jörg, como dije: no tengo ánimos de soportar mierdas de nadie, menos de ti.

— ¿Por qué? ¿Qué es lo que te pasa esta vez conmigo, ah?

— Eso me suena a reclamo.

— Que te suene como más te agrade. Ya me estoy cansando de tus ataques de niño pequeño.

— ¿Ataques de niño pequeño? ¡Eres increíble, Jörg! Aún cuando estás en medio de la mierda, sigues sin reconocer que estás totalmente equivocado, que te has mandado una gran metida de pata.

— ¿De qué hablas?

— Hablo de que me has fallado. Otra vez.

— Espera, creo que no entiendo y no entenderé jamás.

— ¿No?

— No.

— Quizás sea mejor así. Digo, al menos no andarás contándolo a cualquiera que venga. — Se formó un gran silencio entre esas cuatro paredes, como si cada uno estuviera compartiendo la misma idea y no tuviera necesidad de comentarlo.

— Creo que esto tiene que ver directamente conmigo. — dijo en una especie de susurro mi hermano.

— ¿Qué comes que adivinas?

— Aguarda, ¿estás así de alterado conmigo porque le he hablado a tu hermano de tu internación?

— ¡¿Puedes, por favor, cerrar la boca?!

— ¡No! No porque es familia. Esto es inaudito, Bill.

— Si de familia hablamos, tú serías el primero que desaparecería de la mía.

— Bill, como que te vas de tema.

— No hables si no sabes, Thomas. — corté mirándolo con recelo.

— ¿Qué es lo que hay que saber? Acabas de decir que te gustaría que tu padre deje de serlo.

— Sí, ¿Y a ti qué coño te importa?

— Déjalo, Tom. Por muy loco que suene, ya me estoy acostumbrando a sus palabras.

— ¡Oh, sí, eres un pobre tipo, Jörg! ¡Y yo un mal hijo, un desalmado que siempre te está hiriendo!

— Bill, es suficiente. — murmuró Thomas a mi lado, con voz dura.

— ¿Sabes qué, Jörg? Pareciera que disfrutas el verme mal porque andas ventilando mis miserias como si fueran tema de conversación con cualquier persona.

— ¿Tu hermano es cualquier persona?

— Sabes que sí. Para mí lo es.

— Pues estás confundido, porque cualquier persona no se interesaría en tu bienestar. Tu hermano, en cambio, trata con cuidado y respeto todo este asunto.

— Jajaja… — comencé a reírme, notando la mirada de Thomas evadir mi rostro. — ¡Jajajaja! Espe… jajajajaja, espera, espera… ¿estás hablando en serio? — No respondió. — Si hubieras estado en la cocina anoche sabrías que el respeto lo tiene metido en el orto.

— ¿Cómo puedes decir algo así de Tom? — Dejé la pregunta para que la respondiera él mismo. Pero no hacía más que mover sus ojos hacia cualquier lado menos mi rostro o el de mi padre.

— Sï, Tom, ¿cómo es que puedo decir algo así? — De repente, negó con la cabeza observando fijamente a mi padre y… de alguna forma, me lo esperaba.

— No lo sé. Tomas un tema tan serio para crear un pleito. Jamás bromearía con semejante cosa.

— Oh… — Me quedé unos segundos viéndolo, esperando que el hiciera lo mismo. Pero jamás volteó. No posó sus ojos en mí porque no le ha dado la cara. Ni siquiera le daba la sangre para mirarme a los ojos mientras mentía. Es patético.

— Honestamente, no sé hasta dónde estás dispuesto a llegar con tal de quedar como el pobre niño traumado que te empeñas en aparentar. — dijo mi padre y sentí unas ganas tremendas de golpear cosas, de gritar, de enfadarme y ¿por qué no? Llorar de mera bronca. Pero me contuve y, como he hecho desde los diez años, transformé las ganas de llorar en risa.

— Jaja… ustedes son increíbles. — Me puse de pie y caminé a modo despreocupado hasta la salida. — Nos vemos en la reunión. — De un portazo similar al que desahogué en mi casa, me fui rumbo a calmarme… ¿habrá llegado Andreas? Já.

.

— Adelante. — Abrí la puerta con rapidez, con la sonrisa de lado característica en mi rostro. Penetré la oficina encerrándonos con llave.

— Hola.

— Hola. — Se sacó sus lentes de lectura cuando levantó la mirada hacia mí, divertido. — ¿Qué… qué hiciste con la puerta? — Interrogó sonriéndome apenas.

— La cerré. ¿O acaso quieres que cualquiera entre y… nos vea? — Avancé hasta el escritorio, ampliando la sonrisa cuando cerró su computador portátil sin despegar sus ojos de mí.

— ¿Se te pasó la locura de anoche?

— ¿A quién le importa?

— A mí me importa. — Empujé su silla por el respaldo, deslizándola por el suelo gracias a sus ruedillas al pie. Alejó sus manos de la madera del escritorio, dejándose llevar y entonces pasé una pierna por ambas suyas, sentándome encima, cercano a su miembro. — Porque no estoy dispuesto a soportar otro berrinche de los tuyos.

— Necesito relajarme un rato. — dije casi por arriba de sus palabras.

— ¿Y me vienes a buscar?

— Ajham. — Jugueteé con sus labios con mis dedos, sin resistirme a ellos y acercándome con mi boca. Los rozaba apenas, moviéndolos a mi antojo y mordiéndolos levemente. — ¿No te mola la idea?

— No me mola ser la opción de emergencia.

— Eres la única opción. — corté.

— Pues… no sé. — Reí bajo.

— ¿Ahora te me haces el complicado? Mmmh… me gusta.

— Jaja, eres increíble. — Sonreí.

— Lo sé. — Ahora fue él quien acortó la distancia entre nuestras bocas y me besó hambrientamente. Su lengua penetró mi boca y ambas juguetearon como dos animales salvajes, mientras sus manos en mi cintura me obligaban a ejercer un tortuoso vaivén sobre su polla que quería a despertar.

— Mmmh… — Y sin poder esperarme más, mis manos desabrochaban los botones de su camisa con la habilidad que conlleva la costumbre. Nuestras bocas ni se separaron cuando se enderezó en el asiento y soltó mi cuerpo para dejarme a mí deshacerme de la molesta prenda que me impedía sentir su cuerpo, su calor en mi tacto. Mis uñas se hincaron en su pecho, junto con las marcas de ocasiones pasadas con la misma o más pasión en ellas. — Te tengo tantas ganas, Bill. — Bajó dando un violento mordisco en mi mentón antes de llegar a mi cuello y dar lambetazos desesperados.

— Aquí me tienes. — Lo tomé por la nuca, presionando su rostro más en mi piel, sintiendo sus dientes lastimarme pero volverme loco también. — Gózame. — Me mordí el labio inferior por las sensaciones que me hacía sentir su lengua, sus labios, sus dientes. Sus manos comenzaron a desabrochar, ahora, mi camisa, abriéndola violentamente y así dejar mi pecho y estómago desnudo. Pero no la sacó. Supongo que no había tiempo para ello.

— No debes hacerme… esperar cuando de esto se trata. — murmuró de repente cargándome por las piernas y poniéndose de pie. Me dejó sentado en el escritorio, con él entre mis piernas y besándome el cuello con fervor.

— Haré lo que quieras. — Puse los ojos en blanco al sentir sus manos desabrochando mi pantalón con cierta ansiedad enfermiza.

— Eso es lo que amo de ti. — Sonreí de lado y volví a sus labios, tomándolo violentamente por la nuca entretanto continuaba con su trabajo en mi pelvis.

.

Salí de la oficina abrochando el último botón sobrante de mi camisa y cerrando la puerta me dispuse a acudir a la reunión donde nos explicarían bien nuestros casos.

— Una hora y media. — Alcé la vista de mi camisa, encontrándome con Thomas apoyado en la mesa de recepción, enfrente de mí.

— ¿Disculpa?

— Una hora y media contada por reloj desde que te estoy esperando aquí.

— Oh, pues, mal por ti.

— Salí segundos después que te fuiste para hablar. Le pregunté a Tania si te había visto y dijo que habías entrado a la oficina de Andreas. Entonces dije, ‘bueno, lo espero, ¿cuánto puede tardar?’. Ya ves, una hora y media. — Alcé ambas cejas.

— Un caso no es algo para revisar en diez minutos, Thomas, deberías saberlo.

— Lo sé, lo sé. — dijo. — Pero no sabía que necesitabas sacarte la camisa para ello. — Enmudecí. — Curioso detalle, ¿cierto?

— Tres palabas: deja de joderme. — Pasé de largo, oyendo cómo me seguía. Íbamos al mismo lugar, después de todo, no podía armar un problema por eso.

— Va por parejas. Recién salieron Axel y Richael. — asentí en silencio. Por supuesto que era por parejas. Pero como quería hacerme cabrear, y sabe que hablándome lo consigue, es mejor callar y hacer caso omiso a sus palabras.

Abrí la puerta de la sala de juntas y encontré a mi padre reubicando una tabla sobre el caballete de madera.

— Hijos, siéntense. — Moví la silla en donde normalmente me sentaba y Thomas rodeó la mesa para sentarse enfrente. — Bueno… ¿listos para empezar?

— Listos.

— Okay. Caso Cortez. — Me crucé de brazos y piernas, apoyando todo el peso de mi cuerpo en el respaldo de la acolchonada silla. Thomas, en cambio, permanecía con su codo apoyado en la mesa y una mano jugueteando con la parte baja de su boca. — Charles Gómez es un humilde agricultor de Argentina que ha vivido toda su vida en el campo. Tiene tres niños pequeños y una esposa con algunos problemas de salud, ya saben, lo que hace una vida entera cultivando. — Comenzó. — Gómez y su familia ahorraron durante muchos años para viajar, empezar sus vidas en el lugar donde los padres de Charles han vivido y lo han criado hasta los dos años de edad.

— Alemania. — dije sin necesitar de mucha ayuda.

— Exacto. Imaginen, toda una vida ahorrando de lo que sobraba en las cosechas. Entonces, un buen día, hace casi un año, viajan para acá. Inmediatamente comienzan a vivir en un motel, hasta que Charles averigua de una casa muy hermosa, humilde, pero hermosa. Ésta exactamente. — Baja la primera imagen enroscada en la cima del caballete. Una casa de color blanco, con un portón negro en frente y un jardín bellísimo. El sueño de cualquier persona que ve a la ciudad como un nuevo comienzo. — Observen la zona. Está ubicada sobre una avenida y parece estar en perfectas condiciones, ¿cierto? Bueno, después de una semana, la casa comienza a tener fallas. Un pedazo para nada mezquino de techo se derrumba, golpeando a la pequeña Milagros, de nueve años. — Alcé una ceja, observando a Thomas, totalmente nervioso. Novato. — Y aquí entra el presidente de Cortez Construction. Habiendo vendido una casa pintándola de una forma, Charles y su familia se encontraron con otra.

— Estafa. — finalicé.

— Sí, además de los daños y perjuicios en la propiedad y a la persona inquilina. Entonces, Gómez demandó directamente a la constructora. — Bajó la segunda imagen que ya conocía perfectamente. La fachada de la empresa. Una enorme, ubicada en el centro de Berlín. — Bueno, después de esto sólo queda lo más importante. Thomas, tú no sabes a quién deben defender, ya que Bill recibió el informe en la reunión de ayer. — Volteé la mirada a él, que permanecía atento a mi padre y sus palabras. — Ustedes son los abogados defensores de…­ — No lo puedo creer, el idiota estaba rogando porque no fuera Cortez. Jaja, es un tarado. Quería defender al campesino ignorante ese. ¿Ven? La estupidez de mi hermano no tiene límites. — Cortez. — Cerró los ojos lamentándose mentalmente.

— Hey, ¿qué te pasa? — interrogué casi burlón.

— No te hagas, Bill. Este caso es complicadísimo.

— ¿Por qué lo dices?

— ¿Cómo se supone que vamos a defender a un estafador? Una niña de nueve años casi muere, ¿entiendes?

— Sigue internada en terapia intensiva. — comuniqué.

— ¡Más a mi favor! Este Cortez es una mierda, no podemos defender a alguien como él.

— ¿Estoy hablando con un abogado? Porque no lo parece. — repliqué.

— Antes de ser un abogado, soy una persona.

— Muy bien, persona, respóndeme esto: ¿en verdad crees que te darán un título, un nombramiento, por ganar el juicio de un campesino? ¿O crees que nos reconocerán como dos magníficos abogados si logramos demostrar que el presidente de la empresa constructora más poderosa de Alemania es inocente?

— Es…

— Responde.

— Sí, tienes razón, es más importante defender a un empresario millonario, pero primero está la vida de esa pobre gente engañada.

— ¡Ay, por el amor de Dios! — resoplé rodando los ojos. — Un abogado no debe juzgar según su crianza, su forma de pensar, sus sentimientos; sino que debe juzgar en base a los hechos. No sé si te enseñaron eso en la Universidad de segunda donde te recibiste.

— Bill tiene razón en todo, quitando eso último. — intervino mi padre. — Si se ponen a pensar, tienen todas las chances de ganar.

— Joder. — maldijo mi hermano mientras yo disfrutaba verlo así de jodido.

— Tom, tú estás en condiciones de decir que sí o decir que no. Es tu elección. De todas formas continuarías trabajando en este estudio. — comunicó mi padre.

— Sí, y yo me encargaría de todo como único abogado.

— Amm… no.

— ¿Disculpa? ¿Cómo que no, Jörg?

— Es pareja, o nada. Directamente no participarías de la emulación para ser presidente del estudio.

— Me estás jodiendo. — observé a Thomas aún dudando sobre aceptar o no. ¿¡Estoy en las manos de mi hermano!? No, no, esto tiene que ser una maldita pesadilla. — Tom.

— Espera.

— ¡Thomas!

— ¡Que esperes, Bill!

— Los dejo solos para que lo hablen. — susurró mi padre saliendo por la puerta, como lavándose las manos de semejante problema.

— ¿Qué es lo que hay que esperar? Aceptas, lo hacemos, ganamos, ¡listo!

— Escucha, no es tan fácil como decirlo, ¿okay?

— ¿De qué chorradas estás hablando? ¡Es sencillo! Entiende que es un caso millonario, donde conseguiremos no sólo la presidencia y la vicepresidencia de este lugar, sino también el prestigio de haber defendido a un empresario de esas envergaduras. Es la oportunidad de nuestras vidas, esa oportunidad que no siempre llega una segunda vez.

— Pero mis principios son totalmente diferentes a los tuyos, a ver si entiendes eso.

— ¿Principios? ¡Jajaja! No aceptes el caso y ya podrás ir viendo tu final.

— ¿De qué hablas? Papá dijo que puedo continuar aquí.

— No aceptas y yo te mato. — amenacé y me observó fijo durante unos silenciosos segundos.

— ¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar con tal de lograr todas tus ambiciones, Bill? ¿En qué clase de monstruo te has convertido durante estos años? — Serené mi expresión, sin desviar la mirada ni por un segundo.

— En un monstruo que está dispuesto a dejar cagarse de hambre en una sucia casucha de campo a esa gente y que muera la mocosa esa con tal de ganar mi caso. — Entreabrió sus labios, atónito por mis ‘crueles’ palabras. — Entonces, ¿aceptas?

— Bien, ¿ya está? — interrogó mi padre irrumpiendo en la sala nuevamente. Pero ninguno lo observó, simplemente continuamos mirándonos de la misma forma. Yo a él como una posible basurilla en mi ojo, como una molestia. Y él a mí como una persona a la cual desconocía. Supongo que ahora entendió que en verdad cambié con su partida, que mi odio hacia su persona es real.

— Sí. Thomas tiene una respuesta. — dije incitándolo a que decidiera de una buena vez.

— ¿Hijo?

— Acepto. — dijo al fin, volteando su rostro a nuestro padre. Él sonrió orgulloso de que encabezáramos semejante caso juntos. — Lo haré.

— ¡Perfecto, esto merece una celebración! Tengo que preparar algo en casa para festejar todos los casos. Valla… esto es maravilloso. — repetía una y otra vez un eufórico Jörg. — Ven, Bill, dale la mano a tu padre. — Estreché su mano con una sonrisa de lado, una de victoria. Siempre consiguiendo lo que quieres, Kaulitz. — Y tú, Tom. — Me soltó y repitió el gesto con mi hermano. — Esto es genial. Bill, tienes que darle la copia de la carpeta del caso a tu hermano para ponerse a trabajar cuanto antes en esto. — Asentí. — Bien, iré a llamar a la siguiente pareja. — comentó entusiasmado caminando hacia la puerta nuevamente.

— Felicitaciones, Bill. — murmuró Thomas serio. Se puso de pie y apoyó una de sus manos en la mesa, ladeando su cuerpo a una pose cómoda.

— ¿Por qué me miras así? — cuestioné incrédulo. — ¿No te mola la idea?

— ¿Idea? ¿La idea de defender a ese sujeto? — Me paré de mi asiento, caminando lentamente hacia donde él se encontraba parado. Lo vi tensarse, aunque quiera negarlo seguía siendo muy predecible conmigo.

— No. — Coloqué ambas manos en mi cintura, sonriendo provocativamente una vez que estuve próximo a su cuerpo. Me observó los labios al remojarlos olvidando su papel de hermano molesto. — Sino la idea de trabajar conmigo. — Jugueteé con mi piercing entre mis dientes provocándolo como, recuerdo, lo hacía antes. Se moría de ganas, lo sé. Se moría de ganas por tocarme, por sentirme. Lástima. — Podríamos jugar a los abogaditos. — Le guiñé un ojo y me alejé a paso pausado hasta la puerta, conteniendo mis ganas de reír escandalosamente. Cerré la puerta y no pude contener una risilla burlona. — Podre idiota.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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