«Apostemos» Temporada I

Capítulo 16.- Corazón lastimado

Nuestras bocas volvieron a unirse, pero esta vez por su propia voluntad. El beso era apasionado, violento. Creo que no conocíamos la lentitud en momentos como estos en donde la adrenalina alcanzaba el mismo nivel que la calentura. Nuestros pasos se coordinaron en distintos sentidos, pero en la misma dirección. Según observé detenidamente, íbamos rumbo al mencionado enorme sofá.

— Thomas…— jadeé cuando bajó por mi cuello y empezó a dejar besos húmedos por él. Yo no dejaba de acariciar su espalda, de arrugar su camisa y jadear arriba de su oído. Esto hacía que se agitara más y acelerara sus movimientos pegados a mi cuerpo. — Me encantas. — Mordió antes de alejarse lo suficiente como para sacarme el saco y continuar. Mis piernas chocaron contra el sillón y ahí nos quedamos. Parados, observándonos con deseo y hablando con los ojos solamente. No eran necesarias las palabras entre ambos. Supongo que era una de las pocas cosas que no habían cambiado entre nosotros. — Juro que me gustas demasiado.

— Lo sé. — reí con fuerza luego de oír eso.

— ¿Lo sabes? Cada vez te pareces más a mí, hermanito.

— Ni en broma digas eso. — Me quitó el saco, dejándolo caer sobre la alfombra y acarició mis brazos por arriba de la camisa. — Sólo ya sé que te gusto, que te puedo. Es todo.

— Tampoco te creas la gran cosa, Tom. — Colé mis manos bajo su camisa e hinqué mis largas uñas, consiguiendo una mueca de dolor mezclada con placer. Totalmente masoquista.

— He borrado dos años de tu vida con el rubio estúpido ese, en una noche. — Me estaba desafiando. — ¿Crees que no soy lo suficientemente importante?

— No. — respondí secamente.

— Mientes.

Bajé hasta el borde de sus pantalones, desabrochando el cinturón lentamente. De una forma tan lenta que, estaba seguro, ni él soportaría.

— Que yo no crea algo que es real, no me convierte en un mentiroso.

— No, sino en un ingenuo. — reí nuevamente, a lo que él mordió su labio inferior.

— Si eso me beneficia, entonces está bien. — Como supuse, no aguantó y empezó a desabrocharse con velocidad su camisa. Dejaba su torso desnudo a mis ojos, diciéndome sin palabras que era todo, absolutamente todo mío.

— Eres un pendejo de lo más necio. — Me deshice por mí mismo de la prenda ya desabrochada. Acaricié con mis manos completamente abiertas sus pectorales y no me aguanté volver a sus labios carnosos adornados por esas dos bolitas metalizadas. Me volvía loco, como ninguna persona en este mundo me ha logrado cautivar. Me encanta su cuerpo, su forma de hablar, sus actitudes, su risa, su…

— ¿Sabes?, esto es extraño. — dije separándome de su boca y sonriéndole, sin dejar de acariciar su cuerpo como si se tratara de una porcelana que pudiera romperse.

— ¿Por qué?

— Cómo es que se mezclan todas las cosas que siento por ti cuando estamos juntos, con el odio.

— ¿Y qué es eso que sientes? — Besó mi mejilla con fervor, bajando por mi mentón y volviendo a mi cuello con más apuro que antes.

— Siento que no podría estar con nadie más — Con mis manos totalmente libres y rápidas, desabroché totalmente mi camisa, sacándomela y dispuesto a ya empezar lo que tantas ganas tenía. —, eres ideal en la cama. — Se detuvo de un momento a otro. Extrañado, bajé la mirada y encontré una sonrisa en su boca. — ¿Qué?

— ¿Sólo en la cama? — Serenó un poco su expresión, acariciando con lentitud mis costados, como si eso ocasionara un cambio en mi frase o en mis propias ideas.

— ¿Dónde más debería ser?

— Vamos, Bill. Se nota a lenguas que sientes algo más por mí. — Negué con la cabeza en silencio.

— Estás muy equivocado, Tom. Me apena decírtelo así, pero yo te odio como jamás he odiado a nadie. ¿Lastimé tu corazoncito?

— El único que tiene el corazón lastimado, eres tú.

— Tenía. — Me tomó fuertemente por el antebrazo y me dio una media vuelta que hizo que mi espalda quedara pegada a su abdomen. Sentía su excitación moverse contra mi trasero y eso… Dios, era la locura.

— Nunca se arregla una herida, Bill — Sentí mi pantalón aflojarse al liberarlo del cinto que lo presionaba a mis caderas. Y sus manos me devolvieron las caricias quizás más guarramente. —, y menos una herida como esa.

— Creo que… exageras.

— Que lo creas no lo hace real. — Touché.

— Aprendes rápido. — Desabrochó los botones de mi cremallera y supe que ya era inevitable.

— ¿Qué lugar del departamento quieres conocer primero, belleza? — preguntó hundiendo su nariz entre mis cabellos.

— Aaah…— apretó. Sí, el maldito enfermo me apretó el…

— ¿Mhm? Dime.

— El sofá. — dije teniéndolo enfrente de mí. Ya me imaginaba mil y una posiciones en ese mueble de comodidad evidente.

— Es el que hubiera elegido yo. — reímos al unísono y bajé mis pantalones por mi cuenta, oyendo un jadeo emerger de su boca con desespero. — Bill… ¿cómo puedes hacerme esto? — sonreí satisfecho y, de un movimiento ligero de pies, quedé totalmente desnudo sólo para él. — Eres el pecado más perfecto y delicioso de todos.

— La lujuria. — Me arrodillé sobre el sillón, apoyando mis manos en el respaldo y lo miré por arriba de mi hombro.

Adosó una de sus manos a mi nuca, y la otra a mi cintura. Inmediatamente sentí un escalofrío recorrer toda mi espina dorsal. Era como si un fantasma hubiera pasado junto a nosotros.

— Tu piel es tan suave. — Deslizó la mano superior por lo largo de mi espalda. Jadeé con su dedicación. Sí que sabía hacerte sentir bien. — ¿Cuántas fueron la última vez?

— Mmmh… cuatro, creo.

— ¿Crees?

— Cuatro. — corregí y apreté el tapizado del sofá cuando sentí su boca posarse en la piel de mi espalda. Y sólo fue un beso; un casto y corto beso.

— Quiero cinco esta vez.

— ¿Soportarás?

— Me extraña, Bill. — me mordí el labio inferior mientras él hacía de un beso, un delirio. Besaba mi espalda, acariciaba mis caderas con ambas manos. Su lengua saboreaba de vez en vez la zona donde antes habían estado sus labios. Cuando creía que no podía desvanecerme más en esa nube de goce que íbamos creando de a poco, de beso en beso, de roce en roce, él me sorprendía con más cosas, como por ejemplo las caricias que bajaba por mis piernas, para luego subir desde el límite presionando con las yemas de sus dedos.

— Me intriga esa apuesta — carraspeé. —, es interesante.

— Me pregunto quién ganará.

— A mí me interesa más saber quién perderá.

Se enderezó en su sitio y ya no sentí sus manos, sino que fue su pecho el que entró en contacto con mi cuerpo. Y me habló al oído… algo que me gusta sólo viniendo de él.

— ¿Quién llegará a amar al otro otra vez? — Alcé ambas cejas, oyendo el sonido de sus pantalones cayendo. Joder.

— ¿O sea que estabas enamorado de mí? — rió embriagándome con su aliento. —, creo que te pisaste solo.

— ¿A quién le importa eso? Lo importante es lo presente y ahora es totalmente distinto. — Dejó otro de sus tantos besos en la piel de mi hombro, aspirando el aroma del mismo profundamente. — Siente esto, hermanito. Su pelvis se pegó a mis glúteos y sentí su polla totalmente dura chocar allí. ¡Carajo! Esta tarde la pasaría de mil maravillas.

— Mierda, Thomas.

— Me pones demasiado, es algo que la sucia esa no conseguía.

— Sucia, pero bien que la has traído aquí y te la has follado como un demente.

— Sólo fueron unas pocas veces, precioso. Además, tú eres totalmente diferente.

— Nadie se me compara. — Comenzó a restregarse con más insistencia. Yo no veía la hora de que comenzara de una vez. El calor me estaba quemando el estómago y las hormonas se comían a las neuronas.

— A mí tampoco. — Me encogí de hombros y recibí una mordida en la curvatura de mi cuello.

— Auch… — Apoyó su peso sobre el respaldo del sofá, justo al lado de mi mano. Entonces entrelacé nuestros dedos y giré mi rostro, encontrándome con su boca a centímetros. — Hazlo de una vez.

— Como quieras. — Entonces sentí lo que tanto quería desde que me senté en aquel escritorio y tanto había demorado de puro gusto a enfadarme. Con su mano guiaba su miembro por el camino correcto, mientras yo me moría de ansiedad y deseo. — Este será nuestro lugar, ¿de acuerdo? — Posó su mano izquierda en mi cintura y besó la comisura de mis labios, entrando por completo a la intimidad de mi cuerpo. —… sólo de nosotros.

— Te conviene. — advertí sin aire. — No quiero a… otra puta como esa contigo.

— Sonó a amenaza.

— Siquiera te dije lo que haría si llega a ocurrir. — Se veía interesado.

— ¿Qué harías si traigo a alguien más aquí? Dime.

— La mato. — respondí serio y, entre pasaban los segundos observándome y procesando lo dicho, rió.

— Estás loco. — Comenzó a besarme penetrando mi boca con su lengua y ladeando la cabeza. Entonces fue ahí cuando salió lentamente de mi cuerpo y, cuando crees que ahí se acaba lo bueno, ingresa nuevamente haciendo que todo lo anterior quedara en un segundo plano. Así era. Mejoraba a cada segundo.

— Mmmh… sí. — Se aprovechó de la posición para devorar mi cuello sin pedir permiso. Así era él. Impulso, impulso y más impulso. No conocía de razones en momentos así.

Entre jadeos y gemidos roncos por su parte, un hormigueo recorría toda mi espalda de arriba para abajo, volviendo empezar cuando llegaba a la punta de mis pies. Él apretaba mi piel en la zona de las caderas cuando el placer aumentaba y tenía la boca lo suficientemente ocupada como para expresarlo oralmente. Mis manos, en cambios, apretaban el sofá con frenesí; en la derecha con su mano sujetada.

— Oh… Bill. — Mi nombre saliendo de su boca era lo que más me excitaba de todas las guarrerías que pudieran hacerse. Será su voz, o la desesperación con que lo dice. No sé. Pero me encantaba.

— Ah, así, así…

— No puedes gustarme… tanto. — sonreí ante eso. Hoy ya han sido demasiadas pisadas por parte de ambos. Creo que todo este tema de la apuesta nos tenía tan preocupados por lo que sentíamos, que no prestábamos atención a lo que decíamos. Pequeño y notable error.

— Puedo… d-de hecho — remojé mis labios resecos por tanto respirar por ellos, —… puedo gustarte más.

— No caeré en esa, Bill. — reí dejando caer mi cabeza hacia adelante, sintiendo mis piernas temblar, fallándome en su tarea de mantenerme firme.

— Aaah… aah, ¡sigue, joder! — Mordí mi labio inferior apretando mis ojos ante las sensaciones.

— Te quiero arriba. — fruncí el seño cuando se detuvo y simplemente salió de mi cuerpo.

— ¿Qué?

— Vamos, hazlo.

— Espera, espera, ¿quién te crees que eres? — me cabreé, ni lo duden. Me volteé en mi sitio, observándolo con una cara de indignación que llegaba a batir récords.

— Tu hermano mayor.

— Por mí te mueres.

— ¿Y si te pongo morritos? — Hinchó sus cachetes y parpadeó repetidas veces.

— Ese juego no funciona conmigo.

— Mhm. — Torció la boca. — ¿Y si te beso?

— ¿Crees que soy un niño? Eso no va a fun… — Deberían dejar de callarme con jodidos besos ¡La puta madre que los parió a todos!

— Mmmh…— Me cagó, porque estaba correspondiéndole de una manera bastante interesante. Su mano en mi nuca me obligaba a profundizar el beso por demás profundo ya. Sin darnos cuenta, nuestros cuerpos fueron decayendo sobre el sofá, absortos del mundo que nos rodeaba.

— ¿Ya viste como pude? — Me echó en cara ya debajo de mí, acariciando mi espalda desnuda y yo sólo pude sonreírle.

Llevé una de mis manos hacia atrás, palpando su miembro totalmente erecto y tomándolo con firmeza, lo guié hacia mi entrada para continuar con lo que habíamos empezado. Una vez listo, lo introduje con lentitud en mi cuerpo, disfrutando de sentir nuevamente su cuerpo fundiéndose con el mío en el mismo momento.

Me apoyé de sus hombros, mirándolo directo a esos ojos color avellanas y empecé a moverme justo a la velocidad que habíamos dejado anteriormente. Es decir, para nada lento.

Él acarició mis piernas suavemente, envolviéndome en una nube de placer al más mínimo roce. El movimiento era siempre el mismo, lo que cambiaban eran los pequeños condimentos que los hacían únicos, tal es así como las miradas, los jadeos o las simples manos traviesas que recorrían sin pudor las curvas del otro.

— Eres sólo mío… siempre.

— Si eso… te hace feliz, piénsalo. — sonreí y bajé hasta su boca, la cual besé apurado. Recibí sus manos acariciando toda mi espalda, deteniéndose en mis omóplatos, continuando con el roce en un movimiento de pulgares delicioso.

— Es la realidad. — susurró recibiendo mi aliento directo en su boca por la cercanía y viceversa. — Fui tu primera vez, ¿no?

— Eso no quiere decir que hayas sido el único. Ah, Thomas… sí. — Se mordió el labio inferior observando nuestros vientres una fracción de segundo para volver a mi rostro estructurado en muecas de placer.

— ¿Andreas?, ya lo he superado. — Achiné mi mirada sobre él.

— No he estado sólo con ustedes. — Y como por arte de magia, su rostro se puso serio de un momento a otro. — ¿Qué? — Remojé mis labios conteniendo las ganas de gemir como un condenado. Pero hacerlo cabrear sin duda mejoraría las cosas. — Tu hermanito no es un adolescente que cuenta con una mano sus amores.

— ¿Quiénes?

— Qué se yo… Mierda.

— Responde. — dijo osco. Yo sólo solté una risilla traviesa.

— Personas… siquiera pregunté nombres a veces. — reí recordando los primeros meses que salía con Andreas. ¿Creen que le fui fiel? No. Para nada. De hecho, podría decirse que fue un año entero de pantalla para los medios, mi propia familia y entorno social. La cosa se puso seria al segundo año. Después de todo, era y soy joven, ¿no? — Oh, sí, sí… aaah. — De pronto, sin mediar palabras, se sentó en su sitio, forzándome a seguirlo y dejar nuestros cuerpos rozándose debido al sube y baja que nunca se interrumpió.

— Pero sabes que conmigo es diferente. — rodeé su cuello, observándolo a los ojos fijamente y sonriendo de una manera sensual. También sonrió.

— Eres mi hermano, debe ser diferente.

— ¿Por eso solo? — deslizó sus manos por mis costados, bajando, hasta estar en mis glúteos. Los apretó con fuerza en sus manos, sin ningún cuidado.

— ¡Ah, Tom! — gemí sintiéndolo llegar a un punto de placer que se asemejaba a la gloria personificada. — Vale lo es. Jamás me acosté con… alguien a quien odiara. — Ensanchó su sonrisa y comenzó a besar mi cuello desesperadamente. Olvidada había quedado la advertencia de las marcas. Y, admito, tampoco me importaban los posibles problemas que ellas pudieran crear.

— Bill… muévete así, belleza… sigue, sigue.

— Ouuh… cierra la boca. — El maldito gemía debajo de mi oído. Dándole un sucio lametón a mi cuello, mordió el lóbulo de mi oreja. Me estaba haciendo muy complicada la tarea de aguantar un poco más. — Mierda… sí, sí… aah, aah, aah…

— ¡Aaah, mierda, Bill! — Echó su cabeza hacia atrás, bajando sus manos velozmente hacia mis muslos y presionándolos con fiereza. Seguro me quedaba alguna marca morada. — Eres… eres un maldito experto en esto. — vociferó. —Te prostituyes y te llenas de guita. — reí con ganas ante ese comentario y tomé su rostro entre mis manos, posando mis labios sobre los suyos y moviéndolos con suavidad, sin siquiera forzarlos. Con el simple roce de ambas bocas nos bastaba y sobraba para calentarnos más aún. Hinqué mis uñas en su espalda, deslizándolas de a poco. Seguro le estaba doliendo como la puta madre, pero a quién le importaba eso ahora.

— ¡Aaah, aah, mierda, Thomas! — Mordió mi labio y lo estiro unos pocos centímetros para luego liberarlo.- C-con… amor.- ¡Jajajajaja! Sonrió de lado y yo le guiñé un ojo.- ¡Aaah, sí, sí!

– Oh, mierda, Bill… Sólo…s-sigue un poco más… Así, cariño, así.- Se abrazó completamente a mi espalda, mientras que yo no tenía de otra más que buscar oxígeno echando mi cabeza hacia atrás. Nos aproximábamos a la cumbre máxima del momento. Esos segundos que con nada se comparan.

– Aaah, aah, aah… ¡Ohh, Tom!- Mi pene rozándose contra su abdomen bien marcado de nada ayudaron.

— ¡Oh, maldición, sí, sí!

— ¡Joder… mmmh! Ah, ah, ah…

— ¡Aaah, Bill! — Así como mi esencia salpicó nuestros vientres, quemándonos; la suya se esparció por mi interior, generándome una sensación de lo más placentera. El objetivo de todo encuentro sexual.

— Eso fue genial. — halagué volviendo la mirada a sus ojos y topándome con la maldad pintada en su rostro.

— Qué bueno que te gustó. — Sus manos se deleitaron con mis piernas dobladas a ambos lados de su cadera, mientras que yo abrazaba su cuello. — Pienso hacértelo una y otra vez.

— No te cansas nunca, Trümper.

— Tú tampoco dices que no. — reí asintiendo.

— Pero ahora quiero conocer otro lugar del departamento.

— Me parece justo. Recomiendo la cocina. — Abrí mi boca sorprendido.

— Ahí se come, cochino.

— Por eso mismo. Tengo muchas ganas de verte comer algo con esa boquita linda que tienes.

— ¡Tom! — lo regañé golpeando levemente su hombro.

— ¡Jajajaja!

— Ahora me agarró hambre.

— Eres justo a mi medida. — Volvió a besarme con la misma efusividad que antes, penetrando mi boca y enredando nuestras lenguas de una manera tan deliciosa que olvidé el cansancio que traía encima y medio mundo también. Él me ayudaba a olvidar mis problemas. Sencillo.

Continúa…

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por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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