«Apostemos» Temporada I

Capítulo 18.- Perderlo todo

Camino a la sala ya se oían los gritos de Jörg dedicados a Thomas. No entendía qué pasaba, puesto que recién llegaba a la casa con la cabeza trabada en su totalidad.

— Buenas. — saludé lo más tranquilo, quitándome el saco y dejándolo sobre el sofá central. Thomas estaba sentado en el contrario, con una cara de culo impresionante.

— ¡Llegas justo! Precisamente estaba hablando con tu hermano. — dijo mi padre con un volumen de voz bastante elevado.

— ¿Qué hiciste ahora, Tom? — interrogué cansado, en notorio tono burlón. En respuesta, recibí su dedo mayor levantado.

— Esto es serio. — se entrometió Jörg.

— ¿Qué pasó ahora?

— Richael me hizo saber que se retiraron del estudio a la hora del almuerzo y no regresaron a cumplir con sus labores.

— Oh, estupendo. Esa es tu noviecita, Thomas.

— No es mi novia.

— ¡Basta! No es ese el punto.

— ¿Y cuál es, Jörg?, y por favor que sea uno que me interese porque tengo demasiados problemas ya como para que te eches sobre la gran pila.

— ¡El punto, quieras oírlo o no, es que el estudio no es cualquier cosa!, es el lugar de trabajo de ambos, su futuro está ahí, ¡le deben respeto! — rezongué mirando a Tom hacer lo mismo. Cansaba. Realmente quedabas exhausto con este tipo. — La herencia de la familia es ese lugar y ustedes lo burlan de este modo. Me avergüenzan.

— Bien, eso significa que terminaste ¿cierto?, porque tengo terrible sueño.

— ¡Estoy hablando muy en serio, Bill!

— ¿Qué te hace pensar que yo no? Fuimos a — Lo miré a mi hermano sin saber cómo continuar con esa frase. Él rogaba que fuera por un buen camino. —… Thomas quería contarme algo. ¿No dices que nos llevemos bien?, bueno, lo estamos intentando.

— ¿Y usan las horas de trabajo?

— Se dio así.

— Ya, ya. Suficiente. — Thomas se puso de pie cortando la pelea sin ningún punto de llegada a algo concreto. — Papá, tienes razón y me disculpo en nombre de ambos.

— No me metas a mí en eso, Thomas. Yo no me disculpo. — Jörg me observó molesto y resignado. Ya se va adaptando a cómo soy.

— Acepto y valoro tus disculpas, hijo. — apremió a su gran orgullo.

— ¿Puedo irme a dormir ya?

— Has lo que quieras.

— Bien. Qué descansen. — dije sonriendo audaz, totalmente egocéntrico.

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— Hemos pensado en hacer algunos cambios.

— ¿Como cuáles?

— Bueno, el traumatismo de cráneo ya ha mejorado notablemente — Fred asintió con interés. —, sólo queda el lamentable daño en la médula espinal y usted sabrá que para descubrir las secuelas que han de quedar necesitamos que la paciente despierte.

— Desde luego.

— Pero esto no ocurre. Entonces hicimos una serie de análisis sobre las fórmulas y componentes en los medicamentos que se le está suministrando.

— ¿Y qué resolvieron?

— Resolvimos que la combinación de calmantes, medicamentos y morfina podrían provocar que Milagros no reaccione.

— Pero, ¿cómo? ¿No era que estaba en un estado de coma?

— Bueno Bill, estos estados medicinales son bastante complejos. Y más cuando no se sabe a qué nos estamos enfrentando. No sabemos qué consecuencias derivarán de este golpe. — asentí cruzándome de brazos. — En resumidas cuentas, optamos por obviar la morfina.

— ¿Y desde cuándo comenzaron a llevar a cabo esta decisión?

— Hoy mismo. Ya omitimos la primera dosis, a las diez de la mañana.

— Bien. Esperemos que así reaccione.

— Totalmente. Lo principal aquí no es el juicio, sino la vida de una inocente.

— No comparto sus prioridades, doctor. — intervine para sorpresa de ambos.

— No — dijo sonriendo con tranquilidad. —, eso está claro. Con permiso. — Dándose media vuelta, se mezcló entre los médicos y pacientes entrando y saliendo de las habitaciones.

— ¿Seguirás con esa actitud mucho tiempo más?

— Eso no influye. Quiero entrar solo. — Sorprendido, iba a retrucar aquella decisión presurosa. Pero mi accionar veloz no le dio tiempo a ello y me mandé puertas adentro del cuarto de la niña. Las cerré sin querer oír los posibles reclamos del diplomático. — A ver qué onda esta pendeja hoy. — Me crucé de brazos para luego palmear su mejilla sin ningún cuidado. — Así de muertita me sirves más. Pero eso debe cambiar. — La miré fijamente a los ojos, por muy cerrados que estén. — Sí. Y va a cambiar. — sonreí de lado alejando la mano de su rostro y limpiándola con mi saco.

.

Saludé a un Georg alterado y por demás nervioso como quien saluda a un extraño. Prometió hablarme luego, con más tiempo, pero dudo que pueda cumplirlo. Últimamente estamos tan envueltos en los casos correspondiente a cada pareja que nos hemos olvidado de los buenos momentos que solíamos pasar juntos. Los sábados a la noche en los que nos comportábamos como dos adolescentes sin preocupaciones ni obligaciones. Hablo como si esto hubiera pasado hace tiempo, pero la vida se dio vuelta así de sencillo, cuan panqueque.

— Vale, ahora te lo traigo. — Me topé con Axel saliendo de la oficina de Andreas, justo donde yo pretendía entrar. Me observó sonriente, como si le agradara verme con la cara de orto que llevaba. — Buenas tardes, Bill.

— Quítate.

— Como quieras. — Salió del todo, dejándome el paso libre y entonces ingresé al lugar. Bastó con asomar la punta de mi bota izquierda para que Andreas bajara la mirada con fastidio. Vaya… parece que el enojo ahora sí era serio.

— Hola. — Silencio. Continuó transcribiendo unos papeles con mucha concentración. Me estaba ignorando; en cierto modo, odio eso. — Ya Andreas, lo que debo decirte es serio.

— ¿Gemir el nombre de tu hermano no es serio también? — interrogó con tono frío, sin alzar la mirada o mover músculo facial alguno.

— Eso fue una gran confusión que no tiene importancia ahora. Tengo que pedirte un favor. — Rió por lo bajo.

— ¿Un favor? Vamos, Bill.

— Bueno, no tiene que ser un favor si no quieres. — carraspeé.

— No entiendo.

— Puedo pagarte. — Luego de unos segundos totalmente tildado, con los ojos fijos en la hoja que tenía enfrente, reaccionó dejando caer su pluma sobre ésta. Sonrió incrédulo, sin poder creer lo que yo acababa de decir. Y es que normalmente la gente ve errores, donde yo sólo veo aciertos. Díganme qué fue lo malo/hiriente en esa frase.

— ¿Qué? — Por primera vez me miró a los ojos desde su lugar. Encogerme de hombros fue lo último que le faltaba a esta embarazosa situación. — ¿Pagarme por un favor? ¿Quién crees que soy, Bill? ¡Responde! — golpeó su propio escritorio, poniéndose de pie como si la silla lo pinchara.

— Espera, ¿qué te pasa ahora?

— Vienes a mi oficina después de haber… hecho lo que hiciste, a pedirme un favor y encima pretendes pagarme.

— Ajham. No hay demasiado para entender.

— Ahora dime, Bill, ¿¡crees que soy uno de los transas a los que les pagas por tus malditas drogas!? — Me quedé helado ante ese golpe tan bajo y fuerte. No… no lo esperaba de él, en absoluto. Pero si creen que esto fue lo más desconcertante de todo, están equivocados. Literalmente quise fallecer cuando oí la risilla socarrona de alguien… alguien a quien no quería escuchar en esos momentos.

— Lamento interrumpir. — dijo aún queriendo reír. Había oído, no hay muchas otras opciones.

— Amm… Axel, ¿trajiste eso? — Andreas estaba deseando que la tierra se lo comiera vivo. Su respiración estaba más acelerada de lo que solía estar y la mirada nerviosa que se posaba en el otro sujeto y en mí alternadamente me daba a entender que me suplicaba perdón por semejante error. Un error letal que me costaba todo. Absolutamente todo.

— No. Venía para avisarte que luego consigo esas copias y te las entrego sin falta. — El susodicho asintió y, sin penetrar del todo la oficina, oí a Axel alejarse. No sin antes soltar una carcajada que caló profundo en mi cabeza. Cerré los ojos por unos segundos, buscando calmarme. Pero no pude.

— Bill…

— Eres un imbécil, ¿sabías?

— Espera, déjame pedirte disc…

— ¡No! Ahora ya está, Andreas, ya pasó. — murmuré odioso entre dientes. — Acabas de arruinar mi jodida existencia. Espero estés feliz de ello. — Me di media vuelta, dispuesto a marcharme cuanto antes. No quería asesinar a nadie, así que mejor irse.

— Espera, espera… ¡Espera! — Llegó corriendo a mi altura, por mucho que no quisiera eso. Cerró la puerta con su puño cerrado, mirándome con culpa. Yo sólo lo observé inexpresivo, sin querer discutir algo que ya estaba hecho. Díganme qué solucionaría asesinándolo violenta y brutalmente. Nada. — Al menos, para remendar en algo esto que acaba de pasar, dime de qué se trataba ese favor.

— ¿Es en serio?

— Lo lamento tanto, Bill. Nunca quise…

— Sí, lo sé. Normalmente la gente no quiere hacer nada malo jamás.

— Dime. — Desvié la mirada unos momentos y medité si valía la pena. No remendaría en absoluto lo que este idiota acaba de hacer, pero al fin de cuentas cubriría una pequeña cuota.

— Consigue morfina.

— ¿Eh? — musitó desconcertado. Lo miré.

— Sí. Morfina. Toda la cantidad que puedas.

— Pero…

— ¿Lo harás o no?

— Sí, claro.

— Perfecto. La necesito para el lunes sin falta. — Observé su puño en la puerta aún, dándole a entender mis deseos de marcharme.

— ¿Qué vas a hacer con esto? Digo, con Axel y lo que sabe.

— Déjame salir, Andreas. — resignándose a mi enfado, se apartó y me dejó manipular la puerta. Entonces salí lo más molesto y rápido posible. A cada segundo, mi vida empeoraba inevitablemente.

.

Maldije en un balbuceo al teléfono que sonaba sacándome de la concentración en la carretera. Sin perder de vista el recorrido por las calles oscuras y algo peligrosas de ese barrio que no es usual que recorriera, saqué el teléfono del bolsillo de mi saco.

— Diga. — dije algo molesto porque no me dejaran respirar siquiera después de mis horas en el trabajo. Suficiente había sido soportar las miraditas extrañas de Axel y sus indirectas bastante directas.

— Hermanito, hermanito, ¿dónde estás?

— ¿Eso importa?

— A mí me importa demasiado.

— Qué tierno eres, pero tendrás que hacer un esfuercito más si quieres enamorarme.

— No estoy pensando en eso todo el tiempo.

— ¿Y qué quieres? — Fui descendiendo la velocidad cuando estuve enfrente del bar acordado para el encuentro.

— Saber dónde está el hombre más sexy del mundo. Te quiero conmigo, Bill.

— Estoy muy lejos de casa.

— ¿Cómo? Estoy a punto de dormirme y quiero un beso de buenas noches. — Se quejó en tono de niño.

— Lo lamento. Llego en una o dos horas.

— Mierda, Bill. Quiero que me consientas algún día, ¿sabes?

— Esos planteos me suenan a Andreas.

— Oh, no. No me compares.

— No te comparo, pero no me pidas cosas de novios. — observé la fachada del bar y suspiré. — Tengo que irme. Descansa.

— Ya. Vete.

— Es lo que iba a hacer. — dije sin preocuparme por su enfado. Aunque nunca colgó, algo estaba esperando. No sé muy bien qué, pero esperaba que dijera algo.

— Bill.

— Dime.

— Te quiero. — dijo suavemente y luego rió bajo. Yo alcé una ceja totalmente serio, recibiendo en mi oído el tono de colgado. De semblante completamente duro, observé el teléfono casi enfadado. ¿Qué era eso? Te quiero. Suena tan sincero que lo convierte en un truco sucio y vulgar. No lo juzgo, yo soy capaz de hacer cosas peores con tal de lograr mi cometido, pero el punto es que él no. Él dice ser correcto, sin embargo, me da este cachetazo que lo niega rotundamente. Si hace unos días me odiaba, ahora cambiaba su libreto a un te quiero. Evidente era una mentira.

— Imbécil. — maldije guardando el aparato que nada tenía que ver con mi ira y amenazaba con correr la misma suerte que el anterior. Bajé del carro en medio de unas fuertes maldiciones y sin querer perder el tiempo en idioteces carentes de sentido, crucé la calle por demás descuidada y desolada sobre la que quedaba ese bar. Empujé la puerta de vidrio algo sucio y viejo. El olor a bebidas alcohólicas, cigarro y minutas repletas de grasas y lípidos me hacía recordar épocas algo oscuras de mi vida. Épocas de las cuales este bar ha sido testigo. — Qué puntualidad la tuya. — dije sonriendo de lado al sentarme en frente de quien se concentraba en un mensaje de texto en su móvil. Alzó la mirada para luego sonreírme.

— ¡Viejo amigo!

— ¿Sabes?, Esa palabra suena mal en tu boca porque no somos amigos.

— Para mí sigues siendo como mi hermano pequeño. No seas tan cruel. — negué.

— Mientras tenga la cuenta del banco rebozando de dinero, somos hermanos, claro.

— No soy tan interesado.

— Te creo.

— Algún día salvaré tu vida o haré algo verdaderamente grande por ti, rastitas. Ahí verás qué clase de persona soy.

— Vamos al punto. — corté para ahorrarnos cursilerías e hipótesis que quizás jamás ocurran.

— No sin antes bebernos un buen whisky. — Volteó su cuerpo sobre la silla y alzó su mano llamando al cantinero desde la barra. — ¡Dos whiskys con doble hielo, amigo! — Éste asintió con la cabeza y Gustav volvió a mirarme. — No son de las grandes marcas que tú bebes, pero están buenos.

— Gustav.

— Dime.

— Esto es serio. Necesito que prestes total y entera atención a lo que te diré que hagas — Unió sus dedos sobre la mesa y ladeó apenas la cabeza, mirándome fijo. —, cualquier error, por muy mínimo que sea, puede empeorar la situación tan compleja en la que estoy metido. Y tú no tienes idea de lo mucho que me ha costado llegar hasta aquí. Sí, quizás con algunos actos ilícitos e incorrectos que hoy corro peligro de pagar, pero me lo he ganado y nadie debe arrebatármelo.

— Sabes que puedes confiar en mí. — dijo y, por esta vez,… sonó cierto.

— Bien, escucha entonces […]

Continúa…

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por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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