«Apostemos» Temporada I
Capítulo 19.- La solución I
Cerré el refrigerador luego de tomar sin permiso una de las tantas cervezas de Thomas. Sí, se me armaría un bello problema, pero necesitaba algo helado.
Sin ánimos, caminé por la casa envuelta en un silencio y una paz que llegaba a asustar. Aunque esta casa siempre ha sido bastante apagada, solía tener vida hace unos nueve años… pero todo cambió.
Chasqueando la lengua, intenté meter a la fuerza ese recuerdo doloroso en el baúl ya cargado que llevaba en mi cabeza/pecho, donde quieran. Eso no es bueno. Si algo sé de terapia, es que la gente suele almacenar recuerdos dolorosos, hirientes, en algún sitio de su memoria. Quiere ignorarlos y de repente ¡BOOM! Revienta y todo sale a la luz, generando un desastre mil veces peor del que podría ocasionar accionar en el preciso momento. Vaya… no querrán estar presentes cuando yo reviente.
Terminé de subir por las escaleras, alcanzando la planta alta de la casa. Mis piernas eran polvo a estas horas. Pasé por la puerta de mi hermano y la encontré entreabierta, con la oscuridad del otro lado y un bulto sobre la cama. Fruncí la boca y, vacilando ingresé finalmente entre pasos silenciosos. Y ahí estaba él. Parecía otra persona dormido, con tanta armonía reflejada en su rostro sereno, sus ojos cerrados sin movimientos visibles, todas las funciones de un cuerpo aparentemente detenidas, sin saber que en verdad están trabajando más que nunca en la creación y reparación de células. Vaya a saber qué cosas soñará. Quizás la tres cuarta parte de sus sueños no sean recordados en la mañana.
Me incliné en mi lugar, a un lado de la cama, y dejé reposar mis labios sobre su frente. Allí me quedé, respirando hondo de paso y llenarme de su aroma. Ese aroma libre de perfumes llenos de fragancias artificiales. Yo prefería el olor de su piel, ese que va perfecto con él.
— Buenas noches. — susurré cumpliendo con su pedido de temprano y enderezándome en completo silencio y el secreto de que nunca lo sabrá. Sonreí y me retiré a mi recámara.
.
Respiré hondo el aire fresco que invadía el ambiente a esas horas. La mañana de un sábado calmado, diferente. Sí, así podría llamarlo. Siendo totalmente optimista, estoy en condiciones de afirmar que la solución a la gran mayoría de mis penurias, tendría lugar esta tarde.
Bebí un poco más de mi zumo de naranjas recién exprimidas. Sentado en una de las dos sillas de cañas separadas por una mesa de igual material, en el jardín de la casa, sentía una positividad que hace tiempo no experimentaba. Y no se trataba de una premonición o presentimiento, no. Era algo concreto. Mejoraría todo esta tarde.
Los árboles no dejaban de tocar una hermosa canción con el movimiento de sus hojas, producido por el viento calmo de una mañana de verano. El césped se extendía hasta donde veían tus ojos, con unas dos fuentes de ángeles y seres mitológicos expulsando agua de sus bocas y objetos que sostenían. Las flores que creían de arbustos y plantas distribuidos por doquier creaban un paisaje hermoso, lleno de naturaleza. No suelo ser amante de esas cosas, pero es bueno conectarse con lo biológico de vez en cuando.
— ¿Tú aquí?, es extraño. — No volteé mi mirada, sabía que era él de sólo oírlo.
— Despertaste.
Atravesó la puerta de cristal que te adentraba a la casa y se sentó en la silla libre, haciéndome compañía.
— Este lugar es el más hermoso de la casa.
— Lo es.
— Es como un mundo aparte. — asentí dándole otro sorbo a mi jugo. — ¿Has dormido bien?
—— Perfectamente. Pocas horas, pero bien. Lo vi asentir por el rabillo del ojo.
— ¿Hoy tienes que ir al hospital?
— No. Sólo serán los días de semana.
— Es cierto. — recordó.
— ¿Y qué tal todo con Richael?
— ¿A qué se debe eso?
— Busco entablar una conversación.
— Claro, justamente conmigo. — Volteé la mirada hacia él, riendo pícaro.
— Estoy de buenos ánimos, deberías aprovechar eso.
— Pues todo en orden. Las cosas han quedado en claro.
— Te refieres a que no era nada serio.
— Exacto.
— Con ella no se puede tener nada en serio. — Alzó ambas cejas. — Lo digo porque salió con Georg para entrar al estudio y, una vez dentro, con Axel.
— Menudo currículo.
— No te sientas mal. — me burlé.
— ¿Por qué este buen ánimo? — Me encogí de hombros mientras sonreía.
— Quizás algo bueno suceda hoy.
— Genial. Iba siendo hora.
— Totalmente.
— Siempre hay señales, ¿sabes?, señales que algo o alguien te envían acerca de lo que sucederá. Si el ser humano supiera simplemente ver, todo mejoraría y la vida sería más sencilla. Siempre te están mostrando frente a tus ojos lo que sucederá.
— Si eso es cierto, hoy saldré ganando.
— Puede ser.
— Tienes razón, Bill, no las tengo y quizás nunca tenga esas pruebas. Porque fui un idiota al no registrar las movidas oscuras que hice por ti a cambio de ingresar a este estudio — Asentí sonriendo. —, pero no te confíes Bill. No eres perfecto, nadie lo es; todos tenemos nuestro pequeño muerto oculto en el ropero y estoy seguro que tú tienes varios.
— Seguro.
— Ya encontraré alguno y verás cómo olvidarás esas pruebas.
— Sí, pero recuerda que los juicios son en dos meses. Date prisa.
Recordé esa amenaza como si estuviera escuchándola. Supongo que esa fue la señal de la que tanto hablaba Thomas. Si algo me advirtió acerca de la peligrosidad de Axel, fue esa discusión. No tuve en cuenta sus palabras hasta el día de hoy, en que me veo forzado a tomar una decisión drástica para liberarme.
— ¿Y hablaste con tu novio?
— Todo está igual con él.
— Igual… eso suena extraño.
— Bueno, gemir el nombre de tu hermanastro mientras estás con tu pareja es extraño de por sí —, rió alto y me contagié en cierto modo. —, pero… está bien. Hemos pasado cosas malas y lo sobrellevamos.
— Se ve que se quieren.
— Él me ama. Me ama muchísimo. — dije seguro.
— ¿Y tú a él?
— Eso no tiene mucha importancia, lo que cuenta es que él me ama. — rió de nuevo y asintió.
— Oye — dijo queriendo cambiar el rumbo de la conversación. Lo miré expectante. —, tuve un sueño extraño anoche.
— ¿Tú ganando un juicio?
— Muy gracioso. En serio, fue casi real.
— ¿De qué trataba?
— Soñé que me dabas ese beso que te pedí. — sonreí de lado, asintiendo. — Casi… pude sentirlo.
— Cuando sueñes que estás follando con alguien, quizás despiertes y sea realidad.
— ¡Eres terrible, Bill! — Nos metimos en nuestras carcajadas, observando toda la longitud del jardín.
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By Gustav
— Hora.
— Cinco menos diez minutos.
— Bien. — Sobé mis manos con tranquilidad y con esa sonrisilla maliciosa. — ¿Imaginan tener todo ese dinero, chicos? — risas.
— Será bastante padre. Hace rato que no hago uno de estos trabajos. — habló Fran, quien estaba sentado a mi lado. En el asiento trasero se encontraban Sam ‘el mudo’ y Nicolás.
— Es bastante. Aún dividido en cuatro sigue siendo mucho.
— Amigo, ¡son US$250.000! ¿Qué harás con eso, Gus?
— Bueno… pienso salir de esa casa hecho polvo ya y comprarme un buen departamento.
— Es un buen plan.
— ¿Y tú, Fran?
— Unas buenas putas primero.
— ¡Jajajaja! — Nicolás también rió conmigo ante semejante ocurrencia.
— Eres terrible. ¿Y tú, Nico?
— Mejorar mi vida sería lo principal.
— Eso abarca muchas cosas. Hasta las putas de Fran.
— Oye Gus, está todo bien pero, ¿acaso es ese tío?
— ¿Bill? ¡Por supuesto! — aseguré mirando fugazmente la entrada al parking donde estábamos. Pero nada todavía. — Él tiene toda mi confianza.
— Digo lo mismo. Solía estar por el barrio hace algunos años, era de buena madera. — dijo Nicolás.
— Bueno, ustedes saben lo que pasa si quiere cagarnos.
— Que no, tío. — dije mirándolo con molestia. — Deja ya esa idea, Franco. Es un hombre de palabra. Además, sabe que no debe joder conmigo.
— Vale. Te creo.
— Oigan los tres algo — dije acomodándome en mi asiento y echándoles un ojo a los dos de atrás también. —: esto debe llevarse a cabo de la mejor manera posible. Es de suma importancia que sea hecho bajo mis estrictas instrucciones y de la manera en que lo digo. Exactamente así.
— Por supuesto, Gus.
— No, en serio. — me dirigí a Fran. — Yo los convoqué porque sé que son profesionales, sé que no me fallarán. Pero aun así, concentración.
— Cuenta con eso, amigo.
— Vale.
— Claro. — finalizó Sam. Volví a acomodarme como antes y fijé mi vista en el pasamontañas que reposaba sobre mi regazo.
— Hora.
— Casi cinco.
— Hora, Franco.
— Lo siento. Cuatro con cincuenta y ocho minutos.
— Así está mejor. — Me la puse de un movimiento veloz, reflejándome en el retrovisor. Entonces comencé a repasar mentalmente las indicaciones de Bill.
[…] — Como será sábado, salimos del estudio a las cinco. Axel es un obsesionado con la puntualidad y la exactitud.
— Algo así como yo.
— Algo parecido. — dejó el vaso de whisky sobre la mesa luego de darle unos tragos, gesticulando una mueca de ardor unos momentos. — Saldrá a las cinco en punto y estará abriendo la puerta de su auto a las cinco con tres minutos, puedo asegurártelo.
— Eso. El auto.
— Ah, sí. Un Chevrolet Celta rojo. Axel y mi amigo Georg, a quien espero recuerdes, son los únicos que no dejan el auto aparcado en frente del estudio; así que no habrá mucha gente.
— ¿Y tú qué harás o dirás para disimular?
— No necesito hacer ni decir nada. Yo suelo salir una media hora tarde. Ya sabes, soy muy volado con esas cosas. Y será un día más de trabajo. Me voy a casa, sólo eso.
— Okay. — asentí. — ¿Y cómo quieres que lo agarremos?
— Que salgan tus amigos. No importa que se les vea la cara. De todos modos, no los conoce. En cuanto menos ruidos, mejor.
— Entendido.
— Y que a ti no te vea la cara o escuche tu voz en ningún momento. — sonrió de lado. — Quiero que sea un misterio hasta el último segundo.
— Como tú digas, amigo […]
— Es la hora, Gus. — Busqué con la mirada al sujeto en cuestión por todo el parking, encontrándolo con éxito justo atravesando la entrada. Con su traje Armani, lentes de lujo y un jopo futurístico. Te hacía sentir una lacra la gente así.
— Es aquel. — dije como si sintiera odio por él. — Andando, muchachos. Ya saben cómo lo quiero. — Fran asintió y, de una sola mirada, los otros dos descendieron del carro donde nos encontrábamos esperando desde hacía media hora, para más seguridad ante imprevistos. Mientras ellos rodeaban el auto en el mayor silencio posible, yo tronaba mis dedos entre impaciente y calmado. Era extraño. Quería hacerlo ya, pero sabía que tenía que estar sereno para omitir errores. — Maldito gusano… nadie ensucia a Bill Kaulitz a menos que sea yo. — Observé casi con placer cómo lo interceptaban en la puerta de su carro soñado, tapándole la boca primero apareció Sam. Bastante eficaz el calladito ese. Luego, los otros dos tomaron sus brazos con fuerza y decisión, sin dejar abierta la posibilidad de que escapara, simplemente lo arrastraron de regreso. Entonces supe que ahí empezaba todo.
[…]— ¿Quieres que mis muchachos lo acaricien un poco? — pregunté con ese código en las palabras. Él me entendía.
— Un poco. En la cara no; eso déjamelo a mí.
— Vale […]
La puerta del asiento trasero fue abierta de repente y el movimiento de su cuerpo cayendo sobre el asiento de golpe me hizo reaccionar. Sin mover siquiera la cabeza, lo observé todo desde los espejos.
— ¡Oigan, esperen! ¿Qué ocurre aquí? — Sam se sentó a su lado, mientras que Nicolás rodeaba el vehículo por atrás y Fran volvía hacia el asiento del copiloto. — Esto… ¡es un error, no soy quien buscan!
— ¡Cállate! Eres justo a quien queríamos ver hoy por estos lares. — dijo en tono macabro Nicolás, cerrando la puerta de su correspondiente lado y palmeando sin cuidado alguno el hombro del de traje.
— Pero, ¿qué pasa? ¿¡Quienes son ustedes!?
— ¡Baja el tono, abogadito! Esta será una tarde muy larga, no gastes saliva en vano. — Rió Fran a mi lado y no pude evitar sonreír. — Vamos, tío, arranca. — Me dijo omitiendo nombres. Excelente.
— ¡Esperen! ¿¡A dónde van a llevarme!?
— Queremos dar un paseo contigo, sólo eso. — contestó calmado Sam. Entre sus risas escandalosas y el desconcierto mezclado con miedo de Axel, yo aceleré. Las ruedas resonaron en la soledad del lugar y emprendimos rumbo al sitio acordado.
.
[…]— ¿Y dónde lo haremos?
— Tengo varios lugares en mente, pero todavía no me decido. Luego te envío un mensaje con la dirección, ¿vale?
— De acuerdo, no hay problema.
— Una vez ahí, quiero que tus amigos lo entretengan.
— Cuando dices ‘entretengan’, te refieres a…
— A entretenerlo, Gustav. Tú sabes qué quiero decir. — asentí sin poder evitar sonreír perversamente. Pobre tío. — Hasta que yo esté por allá.
— ¿Y cuándo será eso?
— Amm… un rato, no tardaré demasiado.
— Okay.
— Lo que sí es seguro es que no llevaré mi auto, por cualquier cosa.
— ¿Alguien te llevará?
— No. Un contacto me consiguió un auto, ya sabes. No dueño, no papeles, no matrícula.
— Lo que se dice ‘un carro libre’.
— Exactamente. — asentí tomando mi vaso y vaciándolo de un solo trago. ¡Carajo! Esto sí que te pegaba en los huevos. […]
— ¡Baja, idiota!
— ¿Qué es este lugar? ¿Qué harán conmigo? ¡Les digo que están en un error!
— ¡Cierra el pico! — Nicolás era el vocero de todos. Hablaba por los cuatro. Lo consideramos muy filoso con la lengua.
Cada cual abandonó el auto así como subieron. Aunque ahora ya no había preocupación por sus gritos. El barrio era de temer, y miren que yo he conocido los peores barrios de Alemania, pero Krösst era lugar en donde no me gustaba pisar. Sam nació aquí y él sabía bien cómo llegar. Con decirles que las calles estaban hechas a base de polvo y tierra, con veredas destruidas.
El costado de una vieja capilla abandonada fue el sitio elegido por Bill. Ustedes se estarán preguntando cómo es que una persona de su nivel social conoce un sitio así. Bueno, todo tuvo lugar en su niñez. Un día que se escapó del colegio con Georg, quisieron ir a la casa de la tía de éste. Digamos que tomaron el tren equivocado y terminaron sin sus calzados, ni el uniforme del colegio. La policía alemana buscándolos por cielo y tierra, dio con ellos de milagro. ¡De puro orto no los violaron! No sé cómo salió vivo con doce años de un lugar así.
— A todo esto yo sigo con la cara tapada.
— Correcto. Sigues con el rostro oculto hasta que yo llegué, pero dejas que te vea antes que a mí.
— Al verme comprenderá todo.
— Sí. Vaya sorpresa se llevará. — reímos al unísono.
— ¿Y qué harás con él?
— No sé, lo que primero me salga.
— Te recomiendo que medites bien las cosas, Bill. No actúes impulsivamente. — Negó como el crío necio que es.
— Actuar sin pensar es lo que me ha llevado hasta aquí. Lo que tenga que ser, será. — Desvié la mirada a la mesa siguiente sin querer avalar esa errónea elección. — Oye, algo extra.
— Te escucho. — Interesado, lo observé esperando que continuara.
— Envíame un sobrecito al estudio por la mañana. — Alcé una ceja.
— Un sobre de… — Sorbí aire por la nariz, produciendo un ruido característico.
— No hombre, de eso no. Algo más tranquilo.
— Oh… entiendo. — Junté la yema del dedo índice con la del pulgar y las llevé a mis labios, aspirando un poco de aire.
— Exactamente de eso.
— Vale. ¿Volverás a esas?
— No. Es sólo que necesito una motivación. No me hará daño un poco de marihuana. — reímos conociéndonos de sobra.
Ahora sí, bajé del coche y me recosté en la parte trasera de éste, sobre las luces. Observaba la escena a unos cinco metros de distancia. Mis compañeros reían de su situación y le daban algún que otro golpe en el estómago o costillas. Pero no dejaban que se caiga. Lo querían de pie.
— Siempre soñé con hacerle algo así a un juez, policía o abogado.
— ¡Yo a mi ex novia! — agregó Nicolás a lo que Sam había dicho y todos rieron. De hecho yo me sentía ciertamente tocado en ese chiste. También soñaba con eso.
— Tíos… por favor… deténganse. — El volumen de las risas aumentó ante esa súplica con necesidad de aire y alivio. Creí que ya era suficiente cuando tosió y de su boca salió sangre. Entonces aplaudí unas pocas veces y los muchachos dejaron de reír y golpearlo al azar.
Sus ojos se clavaron en mí y yo sonreí. No tenía idea de quién era, no sabía que había estrechado su mano en más de una oportunidad. Qué irónica puede ser la vida.
— ¿¡Y tú… quién eres, cobarde!? — cuestionó. Iba a pagarme eso último que dijo, sin dudas. Bill tenía que dejarme darle aunque sea unas cuatro patadas en esa boca sucia que tenía. — ¡Da la cara, maldi… aaaahg! — El puño de Sam fue a dar en la boca de su estómago. Retrocedió unos pasos, sin caer. Entre gemido y gemido de dolor suyo, yo le agradecía a mi compañero esa pequeña indicación de silencio y respeto.
Un ruido de motor y unas luces que llegaron a enceguecerme segundos antes de ser apagadas, me hizo voltear la cabeza a la derecha. Sonreí de lado al ver menudo auto parado ahí. Yo que imaginaba una chatarra vieja. ¿Qué estaba pensando? ¿Bill Kaulitz en un auto ordinario?, es de otro mundo. Desde donde aparcó, no se podía ver la bella escena de Axel retorciéndose de dolor, así que fui hacia él sin preocupación aparente. Sonreí con amplitud sacándome el pasamontañas y caminando a su encuentro. Bajó con una sonrisa más o tan grande que la mía, extendiendo sus brazos por primera vez a un abrazo mío.
— ¡Viejo amigo! — exclamé como ya es usual mientras palmeaba mi espalda y él hacía lo mismo.
— ¿Cómo va todo? — Nos separamos y sólo le guiñé un ojo. — Eso parece bueno. — hablábamos bajo. Pero de hecho él no nos oiría, ya que Nicolás había empezado a insultarlo de vuelta. — ¿Es la voz de Nicolás la que estoy escuchando?
— El mismo. También está Sam el mudo.
— Increíble encontrármelos en un momento así. — Fran soltó una estrepitosa carcajada y Bill frunció el seño. — ¿Y ese?
— No lo conoces, es Franco.
— Con que tú lo conozcas es suficiente.
— Oye, yo que pensaba que vendrías en un auto corriente, ya sabes.
— ¿Cómo crees? — Ambos admiramos la nave con asombro.
— Nada más y nada menos que un Cadillac CTS Coupe.
— Sí que sabes de autos. — dijo sorprendido, apoyando su mano en mi hombro.
— Cómo que no. Conozco estas naves. Ahora, de aquí a tener una, hay una gran diferencia.
— Con lo que ganes de este trabajito te alcanza para algo parecido. Hey, va siendo tiempo.
— Oh, claro. — Tiré la calurosa y horrible máscara y desparramé mi clásico y sencillo peinado para atrás. Con un pelo corto no se puede improvisar osados peinados. — Pareciera que te vestiste para la ocasión.
— No es cualquier cosa. — Unos pantalones de cuero negros, bien pegados a sus piernas y una chaqueta de cuerina blanca algo corta, con tachas en la parte de los hombros. Esto sin mencionar las botas de tacones que lucía. Una de las pocas veces que no va al estudio de traje. — Vamos, ve.
— Vale. — Me di la media vuelta y caminé a paso seguro hacia donde se encontraba la víctima en todo esto. Bueno, no tan víctima. Digo, se lo ha buscado, ¿o no?
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By Bill
Pude observar a Gustav sonreírle a Axel, cruzándose de brazos. Entonces supe que era hora. Hora de encontrarme cara a cara con la mejor o la peor elección de mi vida.
Di dos firmes y decididos pasos en los que recapacité y caí en cuenta de que no contaba si era buena o mala esta decisión, sino que no había otra. Perderlo todo de la noche a la mañana por un individuo de este nivel, no era una opción que yo pudiera considerar. Tampoco podría correr ese riesgo. Entonces, pensándolo a lo Bill, ésta era mi única salida.
— T-tú… — oí en un hilo de voz emerger de su garganta al verme parado frente a él. Con sus ojos abiertos de una manera bárbara, me observaba estupefacto, totalmente atontado por semejante imagen.
Continúa…
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