«Apostemos» Temporada II
Capítulo 3: Confianza
By Bill
— ¿Dónde estamos? ¿Por qué te detienes aquí?
— Confía en mí. — Viré los ojos y lo imité cuando se soltó el cinturón de seguridad y apeé en… la nada. Nos habíamos alejado del centro de la ciudad hacía rato y ahora nos rodeaban árboles y hojas secas producto del inicio del otoño. Las oía crujir bajo mis pies a cada paso.
— Thomas, aquí no hay nada que pueda interesarnos.
— Sí que lo hay. — dijo mirando detrás de mí, con sus ojos en alto. Me giré y pude ver un ascenso en cuanto al relieve. Una especie de colina llena de pasto que dejaba ver el cielo en su cima. No era muy alta, pero sí había una diferencia.
Pasó por mi lado caminando a paso calmo, como embobado con llegar hasta arriba.
— ¿Qué es este sitio, Tom? — Lo seguí intrigado.
— Es un lugar al que venía hace tiempo, cuando necesitaba alejarme. — Intrigado por llegar a la cima, seguí subiendo a su par. Seguro una hermosa vista nos esperaba allí arriba, entre tanta soledad uno suele sentirse mejor a veces. Quizás por eso mi hermano lo veía como un sitio para aliviarse. Cuando se está solo se puede pensar con más claridad, menos ruidos.
Nos detuvimos en el borde, en donde no había un más allá y ahí me di cuenta de lo mucho que habíamos subido ya gracias al coche. Era… ¿para qué describirlo? Sólo con decir que te transmitía una sensación de inferioridad ante un mundo tan grande. — De noche este lugar es mágico. — Prácticamente todo el distrito se podía ver desde ese sitio. Rodeado de árboles, de puro verde, la ciudad parecía un verdadero infierno y llegabas a sentirte dichoso de estar allí arriba. Cargué mis pulmones de ese aire tan puro y me sentí vivo. Verdaderamente magnífico.
— Caray, Tom. Esto es hermoso. — Asintió con una enorme sonrisa mientras se sentaba sobre el pasto flexionando las piernas y admiraba la fachada de la ciudad.
Me senté junto a él, pero recargándome en mis manos hacia atrás, sobre lo verde del suelo y las piernas a lo largo del mismo.
— Solía venir aquí antes de marcharme, cuando los problemas me agobiaban. — comentó. — Pensaba que todas esas personas tenían quizás más problemas que yo.
— Mal de muchos…
—… consuelo de tontos, lo sé. — reímos. — Pero era consuelo al fin y al cabo. Me gustaba sentirme pequeño y desmentir lo que tanto pensaba: que era el único ser en el mundo y que me correspondían los castigos de todos. — suspiró. — Nací aquí, en Alemania, en un pequeño distrito de Leipzig. Desde que recuerdo he vivido con mi madre Helga Trümper. En realidad tengo muy pocos recuerdos aquí, ya que cuando tenía cuatro años nos fuimos a vivir a los Estados Unidos.
— ¿Por qué?
— La cosa no iba bien. Mi madre limpiaba casas en ese entonces y el dinero no alcanzaba. Una familia amiga nos brindó una ayuda, pero debíamos viajar. Mi madre aceptó sin dudarlo, dejando todo atrás. Allá vivíamos en una especie de vecindad, con algunas familias más. Era un reducido departamento con bastantes necesidades, pero ahí subsistíamos. — Yo no hacía más que mirar su perfil embobado, sumergido en su historia de vida. — Cuando ingresé al jardín de infantes comencé a notar algo extraño. Mis compañeritos eran retirados algunos por sus madres, pero había alguien más. Alguien de quien los niños se sentían admirados y las niñas mimadas. A ese alguien lo llamaban ‘papá’. — Cerré mis ojos unos momentos con dolor. — Entonces, ¿qué hace un niño? Pregunta. Y cuando se lo pregunté a Helga, ella no supo qué responder y dijo que más adelante me hablaría de él. Yo sabía que lo tenía porque no existe ser humano sin padre y madre, ¿pero en dónde estaba? — Hizo una breve pausa. — Cuando cumplí diez años, ella me habló de él. Dijo que iba a viajar para verlo y así contarle de mi existencia. Entonces mi madre viajó y yo me quedé al cuidado de esa familia que nos ayudó desde un comienzo. Vivían en la misma vecindad, sólo que en otro piso. La mujer de la casa se dedicaba a la venta de bijouteries que ella misma hacía, entonces aprendí a hacer algunas cosas en cuanto mi madre volvía. — Bajó la cabeza a sus piernas entrelazadas y pude jurar que sus ojos brillaron. — Mi mamá volvió y me dijo que no lo había encontrado. Obviamente fue una mentira para no decirme que mi padre no quería saber nada de mí y que era alguien feliz sin mí. Por los meses que mamá se ausentó en el comedor en donde servía, hubo una considerable baja en nuestro presupuesto, por lo que me vi obligado, con diez años, a salir a las calles y vender esas pequeñas cosas que aprendí a elaborar. Pulseras, algunas cadenillas de coco, rosarios y demás elementos comunes. Porque, Bill— Alzó la mirada al horizonte. —, que llegue la hora de comer y que no haya nada… eso es lo que destroza cualquier corazón. — Dejé de mirarlo para observar mis piernas. No podría explicarlo llanamente, pero sentí un profundo respeto. A mí jamás me sucedió tal cosa y no podía entender ese dolor con el que hablaba, así que lo mínimo que merecía era mi silencio y entero respeto. — En fin— Sorbió su nariz y prosiguió. —; al ir creciendo me fui codeando con los chicos de la vecindad. Pibes que se drogaban, que robaban y algunos que mataban para vivir. Era sencillo, rápido, práctico y hasta llegaron a proponérmelo. Pero dije que no. Con el estómago chillando de hambre, dije que pediría limosnas si era necesario antes de robarle a alguien más. ¿Por qué? Si yo entendía lo que era sacrificarse para comprar algo, lo mucho que costaba. ¿Por qué quitarle su esfuerzo a alguien más? No iba conmigo. Y afortunadamente ellos me entendieron y me aceptaron. Fue así que estuve rodeado de mierda, pero jamás pertenecí a ella. — Una fuerte angustia se manifestaba en mi pecho. Esas eran cosas que él jamás había mencionado antes. — Un día mi madre recibe una llamada. Yo acababa de cumplir dieciséis años. Luego de colgar con esa persona, pretende tener una charla seria conmigo y es ahí cuando me entero quién es mi padre. Ella empezó diciendo que era un hombre importante, de estudios y de dinero, que lo había visto en la televisión alguna que otra vez y que vivía en Hamburgo, Alemania. — Volvió a fijar sus ojos en los míos. — Dijo que tenía una esposa y que parecía ser feliz. Hasta ahí estaba todo bien. Fue cuando dijo que hace años me había mentido y que la realidad era que él me negó por miedo a un escándalo, que me sentí caer en un profundo pozo. Mi madre sufría el doble, pero yo ya estaba grande y debía saberlo, era mi derecho saberlo. — En uno de sus parpadeos, una lágrima se desprendió de sus ojos y… me rompió el corazón.
— Tom…
— Sus palabras fueron claras. Dijo que él no tenía un hijo pobre y que su apellido era muy grande como para alguien de la clase de mi madre. Pero finalmente volvió al presente y me dijo que esa llamada era de él, del abogado Jörg Kaulitz, mi padre. No sé qué bicho le picó, pero ahora sí quería conocerme y pedirme mis disculpas.
— ¿Qué dijiste ante eso?
— Me negué de inmediato, sintiéndome tan solo en el mundo como llega a sentirse alguien malo, alguien vil. Me preguntaba por qué esa negación por parte de quien me trajo al mundo. Si yo veía a chavos amigos míos que eran padres e incluso hundidos en la peor de las pobrezas, amaban a sus hijos con sus vidas. ¿Cómo es que el dinero te saca el corazón? Dije que no. — Esperé a que acabara ese relato, porque recuerden que algo tuvo que hacerlo cambiar de opinión, de lo contrario hoy no lo conocería y la vida sería completamente distinta. — Hasta que mi madre dijo que él tenía otro hijo. Y ahí entras tú. — Sonrió al nombrarme, todavía empapado en lágrimas. — Me dijo que tenía casi mi misma edad y que él también era hijo único. Y la ilusión que siempre tuve, la de tener un hermano con quien compartir mis cosas, se encendió. Me entusiasmaba mucho la idea de conocerte, de tener algo más de familia. Pero pasó tiempo hasta que yo cambié de parecer. — Carraspeó. — Casi un año después acepté viajar, ya con mis estudios empezados desde hacía rato. No sé si fue enterarme que mi padre era abogado o qué, pero mi pasión por el aparato jurídico se despertó y pude conseguir una beca gracias a un amigo— Sonrió. —, y entonces viajé con las palabras de mi madre resonando en mi cabeza.
— ¿Qué te dijo?
— Que no sea como Jörg y que supiera perdonarlo. Que pensara que era mi padre y que tenía que estar orgulloso y feliz de tenerlo; y fue complicado en todo momento llegar a querer a ese señor. ¿La admiración? ¿El orgullo? Eso que se supone que un padre te hace sentir… nada pareció y no aparece hoy tampoco, Bill. Lo amo porque es mi papá, desde luego. Pero jamás admiraré a alguien que pudo haberle ahorrado a un niño como yo pasar hambre, necesidad y pobreza. Él se revolcaba en billetes y yo en miseria. — Negué levemente con la cabeza sintiendo dolor por sus palabras, un dolor muy hondo. — Pero todo pasó cuando te conocí y, de hecho, viajé para acá por ti. Obviamente ni sabía qué clase de relación tendría con mi hermano… pero esa ya es otra historia. — Reímos hasta que las risas se apagaron de a poco. Nos quedamos en silencio mirando hacia la ciudad inmensa que nos parecía tan distante desde aquí. Entonces tomé aire y sentí que era mi momento. Confió en mí y así me demostró que puedo confiar en él ahora.
— Amaba a mi mamá. — Por el rabillo del ojo podía distinguir su movimiento hacia mi perfil. — Ella era la luz de mis días y yo la de ella también. Los mejores momentos de mi vida empiezan con su nombre. Siempre me despertaba con un beso en la frente, cosquillas y Tony Bennett de fondo. — recordé nostálgico. — De mí papá recuerdo poco y nada que tenga que ver con la felicidad. Él sólo veía mi cuarto lleno de juguetes nuevos y caros, el colegio en donde estaba y la cuenta bancaria para cuando yo tuviera dieciocho. Con eso él pensaba que yo era feliz. — Sonreí irónico. — Recuerdo bien que siempre peleaban por esa causa. Mamá le decía que pasara más tiempo conmigo, que lo necesitaba y él sólo recalcaba cuánto trabajo tenía en el estudio y lo mucho que se desvivía para que no nos faltara nada. Y las peleas eran cada vez más seguidas, hasta que ingresé a la escuela primaria a los seis años y conocí a Georg. — Lo miré y él sonreía al imaginarnos así de pequeños. — Desde ese momento fuimos inseparables. Siempre en la casa de uno o de otro, riendo, olvidando algunas cosas tontas que nos alteraban a esa edad. Y, ¿sabes?, yo también noté algo parecido a lo que tú a esa edad. A mis compañeros los iban a buscar sus padres y ellos pasaban tiempo con ambos. Siempre que yo salía del colegio, sólo estaba mi madre; él siempre trabajando o en juicios. Tenía tiempo para veinte escribanos, cuarenta entrevistas y quince reuniones, pero no había diez minutos en su agenda para su pequeño hijo. — Chasqueé la lengua y me quedé mirando las hojas moverse de un lado a otro enfrente, danza producida por el viento. — Supongo que entendía la diferencia… Todo eso le dejaba algo de ganancia, en cambio yo era algo gratis. No sé. — Me encogí de hombros. — Lo que sí recuerdo perfectamente es que una vez, como casi siempre, ellos discutían en su cuarto. Yo tenía ocho años ya y los gritos llegan a ser abrumadores cuando son rutinarios. Entonces quise intervenir, decir algunas cuantas palabras para que se callaran, no sé, cualquier cosa.
— ¿Y qué hiciste?
— Fui a su cuarto. Cuando me paré en la puerta vi lo que ningún niño jamás debe ver— Cerré mis ojos por un momento al recordar. —… Jörg le pegó.
— Mierda.
— Mi mamá sólo lloraba. No de bronca, no de querer devolverle el golpe; lloraba porque lo amaba más de lo que se ama la vida de uno mismo. — Lo observé con lágrimas en mis ojos e impotencia. — Porque mi mamá lo dio todo por él. Se distanció de sus propios padres, de amigos y familiares que no aceptaban la relación, pero se casaron y ella le entregó todo. Y puedo jurar ante Dios y ante cualquiera en esta tierra que mi madre siempre lo amó, hasta su último minuto de vida. — Traté de calmarme y sequé mis lágrimas. — Los golpes, así como los gritos, llegaron a hacerse constantes, y mi madre no sólo sufría eso, sino también acusaciones por parte de la prensa. ¡Por eso los odio tanto a esos chupasangres! Ellos decían que ella se casó con él por conveniencia y que vivía de su dinero, pero a mi madre nunca le importó lo que él tenía, sino lo que él era. Ella vestía como cualquier mujer. Si la veías por la calle portaba la sencillez de quien vive una vida ordinaria. — Eso me provocó una sonrisa, pero no por mucho tiempo. Inmediatamente recordé esa mañana en que las cosas empezaron a empeorar. Aun más. — Pero un día algo cambió. Ella no vino a despertarme, faltaba su beso en la mañana y la música que le gustaba sonando. Entonces me levanté de la cama como un tiro y me encontré con su recámara vacía. Susan me dijo que ella se había despertado con algunos dolores y fue al médico. John la llevó… ¿Entiendes, Tom? John, el chofer. ¿Y dónde estaba mi padre?
— En el estudio.
— Exacto. — Negué con la cabeza y continué. — Toda la tarde estuvo Susan a mi lado, intentando mantenerme ocupado en otras cosas. Pero se olía en el aire que algo pasaba. Horas luego llega mi mamá con uno de esos sobres de análisis de los hospitales y con lágrimas en los ojos. Me abrazó y me convenció con una débil sonrisa de que me fuera a mi cuarto. Así pensaron que lo hice, pero yo quería oír de qué se trataba. — Todo se volvió deforme cuando volvieron las lágrimas.
— Si no puedes…
— Me quedé en las escaleras escondido, viendo cómo se abrazaban fuerte y mi mamá lloraba cada vez más desgarradoramente. — dije sin querer detenerme. — Ellas siempre fueron como hermanas. — Tomé aire. — Mi mamá le dijo que tenía cáncer. — solté.
— Dios. — susurró y yo sólo apreté mis dientes mientras las lágrimas continuaban su curso por mis mejillas como cascadas. Remojé mis labios mirando al cielo buscando despejar mis ojos.
— No entendí en ese momento qué era eso. Imagínate, con once años no sabes de esas cosas. Entonces busqué en mi computadora. Las imágenes que aparecieron fueron… fueron terribles, Thomas. Imágenes que me alteraron de sobre manera y llamaron la atención de ambas. — Lo miré por unos momentos para ver a qué se debía tanto silencio. Sus mejillas brillaban a causa de las lágrimas que soltaban sus ojos. Eso consiguió emocionarme y sorprenderme. Él estaba sintiendo mi dolor como uno propio y su silencio me brindaba el mismo respeto que yo quería brindarle a él cuando fue su turno. Y no me miraba, sino que miraba al suelo. — Esa misma noche mi madre tuvo una conversación seria conmigo acerca de eso. Fue clara y honesta: dijo que estaba enferma y que quizás se fuera antes de lo pactado. — Hice lo mismo que él y dejé mis ojos divagar por el suelo. — Bueno, no hace falta nombrar cuánto lloré y sufrí luego de esa charla. Después se lo dijo a mi padre, obviamente, pero no vi caer una lágrima de su rostro. No digo que no haya sufrido, pero no lo se preocupó en demostrarlo. Lo cierto es que esto no fue impedimento para que Jörg siguiera ausentándose en la casa y discutir con mi madre, aún cuando estaba así de enferma. — Carraspeé. – Como el cáncer fue descubierto a tiempo, podía tratarse sin problema, pero para eso debía estar tranquila y descansada. Esto, desde luego, jamás sucedió y el tratamiento llegó a tornarse en su contra. El estrés, la depresión y el cansancio que mi madre tenía no la ayudaban a soportar la quimioterapia. Entonces no hubo nada más para hacer. Fred fue quien se encargó de su salud todo el tiempo y le dio dos opciones: continuar intentándola y sufrir la pérdida de cabello, vómitos, posibles convulsiones y demás deterioros sin las garantías de que funcionen, o quedar como estaba y dejar que sea lo que tenga que ser. Y fue ése el mensaje que quiso transmitirme a mí. Quería que la viera radiante como hasta el momento, no sufriendo semejante demacración a causa de la quimio. La idea de perderla me aterraba, me daba muchísimo miedo, pero ella decía que la vida sabría llevarla por un camino apto para ella. Nunca dijo que iba a morir o a curarse, simplemente decía que el destino decidiría por ella. — Sollocé sin poder evitarlo al recordar lo que seguía. Tapé mi rostro y dejé salir todo eso que guardaba. Dolía horrores en el corazón, pero la mano de mi hermano sobando mi encorvada espalda me dio fuerzas para continuar. — Casi… casi un año después de esa mañana en que no vino a despertarme… volvió a pasar. — Sorbí mi nariz. — Esa noche había soñado cosas horribles y me desperté alterado desde un comienzo. Sin pensarlo más, quise ir a verla. Necesitaba ver que estaba bien, pero… pero cuando llegué a la puerta de su recámara… Susan me impidió pasar. Ella lloraba. — Hice una pausa para calmarme, pero era inevitable no llorar. — Había muerto.
— Joder. — musitó y oí un sollozo provenir de su garganta mientras su mano apretaba mi camiseta en mi espalda.
— Aún recuerdo perfectamente la última noche que pasamos juntos. Ella había cocinado junto con Susan y nos sentamos a comer los tres. ¡En la mesa del comedor! — Reí al recordarlo. — Habíamos ignorado los sermones de siempre de Jörg con respecto a ‘la sirvienta’ de la casa. Susan ya era de la familia desde hace tiempo. Luego me senté con ella a oír al viejo Bennett que tanto odiaba. Dijo que debía conocer lo que era la buena música. — hice una pausa. — Esa noche me arropó y me dijo cuánto me amaba… Me dio un beso justo aquí. — Toqué mi frente con la punta de mis dedos. Llegaba a sentirlo también. — ¿Pero sabes qué fue lo que me obligó a experimentar, a los doce años, el odio?— Volteé mi rostro y conecté nuestros ojos. Con lágrimas cayendo aún, solté entre dientes: —, que mi padre salió de la habitación esa mañana con lágrimas en sus ojos. — Apreté mis puños. — Él lloró cuando mi madre murió, Thomas. Después de que murió por su culpa, ¡por su maldita culpa! ¡Él lloró cuando ya todo estaba dicho y hecho! — Mordió su labio inferior sin saber qué decir. — ¡La valoró cuando ella ya lo había dado todo por él! Dime, ¿qué hace a una persona valorar a otra cuando ya no está? Es algo que nunca entenderé y jamás le perdonaré eso. Nunca. — Tomé aire. — Bueno, en el entierro Georg siempre firme a mi lado, como el gran amigo que ha sido toda la vida. Y todo ese sufrimiento se hizo más leve cuando llegó una persona a mi vida. — Sonreí sin poder contenerme. — Un tal Thomas, ¿lo conoces? — Rió alejando su mano y asintiendo. Su risa… cómo se achinaban sus ojitos cuando se ríe…
— Omite la parte en la que me voy, por favor.
— Jaja, vale. — suspiré llenando mis pulmones de sano oxígeno. — Cuando tú te vas, vuelve toda la mierda a mi vida. Tú sabías perfectamente que la abogacía no era lo mío.
— Sí, lo recuerdo. — Secó sus lágrimas. — Te costaba un huevo y la mitad del otro estudiar.
— Sí. Y la presión de llegar a igualar a mi padre, al gran Jörg Kaulitz, era insoportable. Todos le decían que yo sería tan o más bueno que él en mi trabajo, y yo no tenía cabeza. Eran demasiadas presiones, lo de mi madre volvía, me alejé de Georg por todo lo que ocurrió contigo (algo que siempre decía que ocurriría y acabó echándomelo en cara). En fin…, supongo que empecé a juntarme con la gente equivocada.
— Como yo.
— Sí. Pero, a diferencia tuya, yo no pude decirles que no. Lo cierto es que un día choqué con mi carro y uno de los médicos de mi padre me recomendó un analgésico que se vende bajo prospecto clínico. La pastilla se llama OxyContin y la droga que contiene es la Oxicodona. — expliqué bajo su mirada atenta. — La píldora libera su acción controlada dentro del estómago, para localizar el foco de la lesión y aliviar el dolor de modo rápido. Mi madre las tomaba para el cáncer también. El punto es que una vez mencioné esto frente a esos ‘amigos’ como un tema de conversación. Ahí me enteré otra forma de uso de la misma píldora. — Tomé aire. — Pulverizada, se acelera el proceso de liberación controlada y va directo al cerebro, y hervida en una cuchara de acero con dos gotitas de agua, puedes inyectártela directo a las venas. De la heroína, un paso más.
— ¿Pero eso fue lo primero que consumiste?, ¿así de la nada?
— No. Fumaba marihuana en los baños de la Universidad. Pero eso lo dejas con un poco de fuerza de voluntad. En cambio las otras drogas… no. Probé lo que ellos me dijeron en el baño de casa. Ese fue mi primer viaje y me gustó. Conocí a un sujeto que venía más variedad de drogas en el parque frente a la Universidad. Su nombre era Gustav y se convirtió, en lo que creía era, mi mejor amigo. Me llevó a los barrios bajos, conocí a sus colegas, me hice adicto a esa vida tan divertida y liberal. Participé en muchos negocios relacionados con la venta y tráfico de drogas… Para cuando quise darme cuenta ya era uno más en un mundo de transas. Y comencé a consumir absolutamente de todo. Lo peor, o mejor para mi enfermo cerebro, eran las mezclas. Mi padre ya sospechaba y sufría muchísimo al verme así, deteriorándome a mí mismo. Hasta que llegó el día en que me excedí. — Pensé alzando las cejas y frunciendo los labios. — Los chavos con que andaba pensaron que me despertaría dentro de unas horas, como era común. Pero cuando no reaccionaba de ningún modo, me llevaron a un hospital público del que mi padre me sacó de inmediato para enviarme a uno privado. Ya sabrás por qué fue…
— Porque la atención es mejor. — respondió y solté una sarcástica risa.
— Sí, y yo creo en los Reyes Magos. — Viré los ojos. — La cosa es que caí en coma y me desperté tres meses después. Los médicos esperaban sólo un milagro desde el primer mes ahí metido. Pero desperté. Aunque por una crisis de nervios me tuvieron que sedar y, para cuando volví a abrir mis ojos, ya estaba en la clínica internado, en Francia. — Algo dolió cuando recordé esa etapa de mi vida. — Llegué a odiar a Marcel. Pero estoy tan agradecido con él… logré quererlo mucho. A él y a los otros dos locos. — Reí. — Georg, mi fiel amigo que estuvo presente cuando más lo necesité, y ese abogado que recién empezaba en el estudio y que había visto sólo unas pocas veces, también estaba ahí. Cada domingo de visitas llegaban ellos dos. Desde Alemania hasta Francia sólo para verme. — Sonreímos. — A ellos tres les debo todo. Jamás terminaré de agradecerles, aun cuando ni mi padre, ni mi hermano estaban ahí.
— Yo… — Iba a hablar sin muchas palabras, así que mejor taparlo.
— Descuida, ya pasó. Todo este tiempo me dediqué a echar culpas por mis acciones. Creo que ya estuvo bueno. Yo escogí el camino fácil y nadie tiene la culpa de eso. En lo que sí me mantengo firme es que Jörg tuvo toda la culpa de lo que le ocurrió a mi mamá. Y, bueno, en cuanto a tu partida, habrás tenido tus razones.
— Ya te dije lo que pasó, Bill. — dijo con tono cansino.
— Pues no lo entiendo.
— Me fui porque tenía miedo a arruinar no sólo tu vida, sino también la de papá y el estudio totalmente…
— Ay por favor, Tom. Ya para con esa excusa. — intervine.
— Ninguna excusa. Así fue.
— Como si te importara lo que otros pensaran.
— No. No me importa lo que algunos piensen de mí, que digan que soy asqueroso o enfermo. Pero que lo digan de la persona que amo— Abrí mis ojos desmesuradamente y casi me ahogo con la saliva. —… que amaba. — Corrigió de inmediato cuando se dio cuenta de la metida de pata. — No podía soportarlo. Además mírate ahora, ¿no has conseguido ser mejor que Jörg incluso? Vamos, Bill, admite que en cierta forma fue bueno que me fuera.
— Sí. Ahora estoy forrado en billetes, rodeado de éxito y oportunidades. Pero de nada sirve si tengo el corazón hecho mierda, Thomas.
— Hubieras terminado peor. Aparte a mí también me dolió irme, no creas que no.
— Pues lo disimulaste a la perfección.
— Sí. Tenía que hacer que me odiaras y así me olvidarías rápido. — Asentí desviando la mirada. — Pero ya. Nunca estaremos de acuerdo en esto. — Nos quedamos en silencio sólo oyendo el paso del viento entre las hojas de los árboles. Hasta que su risa baja llegó a mis oídos. Extrañado, lo miré.
— ¿Qué es tan gracioso?
— Nada. Es sólo que me gusta esto que se formó aquí.
— ¿Qué cosa?
— La confianza. Antes no me contaste nada de esto.
— Antes no era necesario.
— Bueno, eso quiere decir que en cierta forma ahora estamos mejor, ¿no? — Asentí tímidamente.
— Quizás. — Su sonrisa se ensanchó y luego deshizo la unión de sus piernas para flexionar las rodillas y apoyar los pies en el suelo, al tiempo que su espalda reposaba sobre el césped.
— Oh, esto es grandioso. — susurró desde allí y se me hizo imposible no imitarlo, sintiendo una profunda relajación y tranquilidad. Boté un suspiro y me acosté sobre el pasto con las manos sobre mi estómago. El sol filtraba su luz por entre las copas de los árboles y el suelo plano era mejor que cualquier colchón mullido. — Ni todo el dinero de nosotros dos juntos puede comprar esta paz.
— Estoy de acuerdo.
— Los árboles, las plantas, el cielo, el sol, el aire, tan lejos de ruidos, papeles y computadoras. Contigo. — dijo al final y pensé: ¿¡Qué mierda…!?
Volteé la cabeza a su lado, pero él continuaba sonriendo y mirando el cielo con sus manos bajo la nuca. Yo aún no caía en lo que acababa de soltar.
— Ahora sé que me equivocaba todas esas veces en que te llamé niño rico, ricachón o niño mimado— habló de nuevo. —…, ahora sé que aún con dinero, con ambos padres y un mundo de ensueño, puedes ser infeliz.
— Sí… bueno, yo también entendí que me equivocaba. Yo… yo me siento orgulloso de ti, Tom.
— ¿Lo estás? — preguntó curioso, volteando la cabeza hacia mí. —, ¿en verdad estás orgulloso de mí?
— Claro que sí. Es decir, yo jamás podría o sabría sobrepasar las penurias que tú. Que falte algo tan básico como la comida, es impensable. Y además desde tan pequeño. — asintió. — Me da orgullo.
— Pues qué gusto. — sonrió. — ¿Sabes?, quiero ponerle un nombre a este momento. — dijo entusiasmado.
— ¿Un nombre?
— Sí. A ver… a este momento, aquí contigo, lo llamaré… — Miró al cielo sonriendo. —: Felicidad. — Parpadeé con energía y me quedé embelesado observando su rostro. — Sí. Felicidad… nunca mejor nombre.
.
— Fe… Federico. — titubeó sacándome de mis pensamientos cuando apenas sus ojos lograron abrirse.
— Princesa. — sonreí al verle. — ¿Cómo estás?
— Bien, supongo. — Sobó sus ojos con sus manos vueltas puños. — ¿En dónde estabas?
— Estaba enfermo, sólo eso.
— ¿Qué tenías? — Sonreí por su tono preocupante.
— Nada grave, descuida. Debo continuar con los cuidados en casa.
— Oh. — De inmediato su rostro cambió, empleando una expresión triste. Pareciera que acababa de recordar algo penoso para ella. Preocupado, pregunté qué ocurría.
— ¿Qué te ocurre, Milagros?
— Nada.
— Nadie pone esa carita por nada. Dime, puedes confiar en mí. — Frunció los labios y tomó aire. Al ver la aparente seriedad del tema, me puse de pie y adosé mi peso en la baranda de la camilla.
— Es que hace algún tiempo, cuando desperté y me metieron en todas esas máquinas, escuché que unos doctores hablaban sobre mí.
— Eso es normal. — Mentalmente estaba maldiciendo el momento en que tuvo que oír eso. Porque seguramente no era nada positivo, sino algo que perturbara su inocente mente.
— No. — Negó de inmediato, frunciendo el seño y así anunciando las lágrimas futuras. — Ellos dijeron que, cuando yo despertara del todo, podía quedarme alguna… escuela…, se… setel…
— Secuela.
— Eso. En mis brazos o en las piernas.
— ¿Y por qué te preocupa eso?
— Porque, mira— Movió sus brazos enfrente de su cara. —: puedo mover los brazos— Luego golpeó sus piernas a la altura de sus rodillas y subiendo a los muslos. Yo viré los ojos hacia el techo, sintiéndolos mojados. Esto era… un huracán al corazón de cualquier persona. —, pero no siento las piernas. — Su voz era algo débil, a punto de quebrarse. — Creo que es fácil de entender lo que pasa.
— No, no. Milagros, no se debe sacar conclusiones presurosas a último momento.
— Presu… ¿qué?
— Rápidas. — Empleé una palabra más sencilla luego de olvidar por un momento su nacionalidad latina y el conocimiento básico del idioma.
— Pero es que se nota dónde está el problema conmigo. — Una lágrima cayó por su mejilla izquierda y algo en mí dolió. — Es que no sé por qué me pasó esto a mí. Yo no conozco a ese señor que está peleado con mi papá. Nunca lo vi más que en la tele y aun así no lo conozco. Pero sé que tiene mucha plata… Y yo necesito algo de plata para que me paguen el tratamiento para poder caminar de nuevo. — Sollozó tapando su carita. No supe qué hacer o decir. — No me importa vivir en el hotel en donde están mis papas y mi hermanito… sólo quiero nadar, correr, ir al colegio con mis amigas. No quiero andar en una silla de ruedas grandotas… — Sorbió su nariz. — ¿Por qué ese señor no quiere darme algo de su dinero para curarme, Fede? — Alzó su mirada tan pura y me miró. Llegaba a destrozarte por dentro. — ¿Por qué, si tiene muchísimo, no puede darme un poco a mí? — negó. — Yo no entiendo nada de lo que está pasando ahora. Viven hablando de mí en la tele, de ‘la pobre niña’. Pero nadie me ayuda. Yo soy la que está aquí con inyecciones y doctores todo el tiempo. El problema es con mi papá, yo no le hice nada a ese señor. Nada.
— Milagros— Sin darme cuenta, yo también estaba llorando. Es que sus palabras eran tan sencillas, pero tan verdaderas. Tan ciertas que llegaban a ser una bofetada a la realidad. Te botaba de la fantasía en donde vives y te hace ver lo que en verdad pasa con los más inocentes. Tan de golpe que asustaba. —, a veces los hijos solemos pagar los errores de nuestros padres. Cuando ellos creen que nos están dando lo mejor, es algo totalmente distinto lo que necesitamos. — Acaricié su rostro con la yema de mis dedos. — Pero no tienes que estar triste. Es demasiado pronto para adelantarse a lo que ocurrirá. Quizás no sientes las piernas aún porque… — Mierda. — Bueno, yo no sé mucho del tema.
— Pero ahora estoy despierta, hablando contigo, y siguen inyectándome cosas que me hacen dormir hasta el otro día.
— Eso es porque necesitas fuerzas para recuperarte del todo, cielo. — Dios quiera que lo poco que sé de medicina me ayude ahora. — Tienes que descansar bien porque cuando dormimos nuestras células se regeneran y tú necesitas de toda tu energía para enfrentar el tratamiento. — consolé.
— ¿En verdad?
— Sí. Falta muy poco para que todo esto se solucione. Además yo podría ayudarte con el tema de Albert Cortez.
— ¿Cómo harías eso?
— Bueno, podría hablar con él y convencerlo de que te dé el dinero del tratamiento. — Le regalé una sonrisa y fue ahí que pareció sentirse mucho mejor.
— ¿Lo conoces?
— Bueno, mi trabajo requiere conocer a este tipo de personas.
— ¿Y harías eso por mí?
— Claro que sí.
— ¡Muchas gracias, Fede!
— De nada. — Sequé mis lágrimas y me crucé de brazos. — Oye, hablas muy bien el alemán a pesar de ser argentina.
— No exageres. — Rió tímidamente y eso me pareció adorable. — Es que mi abuelito era alemán, como papá, y siempre que iba a casa nos hablaba en este idioma. Nos decía que teníamos que aprender de nuestras raíces. Para mí es sencillo una vez que lo escuchas todo el tiempo.
— Pues hablas muy bien. — ratifiqué. — ¿Y todas estas muñecas? — pregunté señalando la repisa de madera a un lado de la camilla con varias muñecas distintas.
— ¡Oh, sí! Tengo varias. Todas fueron regalos de mi tía Angélica. — El entusiasmo que nació en su rostro y en todo su ser fue tal que pareció olvidar lo que acababa de confesarme. De inmediato torció su cuerpo hacia ellas. — Mi favorita es Tamara, la pelirroja. Pásamela. — Tomé la única muñeca con el cabello rojizo y se la di.
— ¿Por qué es tu favorita?
— Porque es la más bonita. Además la llevo a todas partes conmigo. — Contó mientras acariciaba el cabello largo del juguete. — Quiero ser como ella cuando crezca. Pero… bueno, sin caminar.
— Eso sí que no. — intervine arrebatándole la muñeca y viéndola. — Tú no llegarás a la edad de Tamara sin caminar. Tienes un tratamiento por delante.
— Eso no lo sabes.
— Y tú tampoco. — retruqué. — Touché.
— ¡Eso serás tú! — Solté una estrepitosa carcajada.
— ¡Me refiero a que te gané, niña! — recuperé el aire y suspiré. — Aparte quién puede asegurarte que Tamara no haya pasado por algún tratamiento parecido al tuyo.
— Pues porque…
— No, no. Tengo razón y ya. ¿O crees que ella ya nació así? Alguna vez fue una niña como tú. — Se encogió de hombros.
— Como sea. — se resignó. — Quiero ser como ella y punto final.
— Pero, ¿para qué? Tú eres hermosa.
— No. Lucía, mi amiga, es muy bonita. Tiene ojos claros y toda la cosa.
— ¿Y eso qué tiene de especial?
— Pues que son claros.
— Ya. Pero lo que más vale es la belleza interna.
— Pero esa no vale porque no se ve. — Reí bajo. — Aunque hablas como mi mami. Ella dice que mi sonrisa es la más linda de todas.
— No se equivoca.
— Sí lo hace, porque la sonrisa de Natalia es muy blanca y tiene todos los dientes parejitos.
— ¿Y quién es Natalia?
— Otra amiga mía. — Chasqueé la lengua.
— Pero una sonrisa no es linda por los dientes, labios o lo que sea. Es linda porque es sincera y te inspira confianza.
— ¿Sí?
— Sí.
— Tú eres como el chico ideal que viven describiendo mis amigas.
— ¿En serio? — reí por su ocurrencia.
— Ajhám. Ese novio ficticio que quieren tener.
— ¿Tú piensas como ellas?
— Supongo. Aún soy pequeña para pensar en novios.
— Totalmente. Pero ya verás que cuando crezcas te darás cuenta que de nada sirven las especulaciones acerca del ‘amor perfecto o ideal’.
— ¿Especu… laciones?
— Sí. — reí. — Son como ideas, proyectos del futuro.
— Ah. ¿Y por qué no sirven? ¿No existen los hombres así como dulces, tiernos e inteligentes?
— Seguro que existen. — Andreas era uno. Un auténtico hombre perfecto. — Pero… no siempre te enamoran. Quizás seas feliz con alguien totalmente diferente.
— Amm… no creo, Fede.
— Sí, ya verás. Porque cuando te enamoras dejan de importarte las demás personas. Crees que la mismísima perfección es esa persona y es todo lo que necesitas y buscabas.
— Eso se oye muy bonito. — dijo con una sonrisa radiante. — Dime, ¿tú te has enamorado ya, Fede? — Carraspeé y bajé la mirada.
— Una vez.
— Por tu carita creo que estás triste. — sonreí negando.
— No. Ya pasó, nena. El amor es algo hermoso y único.
— No creo que sea tan lindo si te deja así de lastimado.
— Lo es. Es el dolor más hermoso que existe. — frunció el seño. — Sí, sé que es complicado de entender, pero así es. Te sientes orgulloso de haber amado hasta que te llega a doler así. — Parpadeó repetidas veces y me hizo reír.
— Eso es muy dulce… ¡puedes escribir un libro!
— No es para tanto.
— Quiero conocer a esa persona.
— Quizás más adelante.
— Genial. — Yo senté a la muñeca Barbie de nuevo en la repisa, con las demás. De pronto mi muslo derecho vibró, anunciando que mi teléfono recibía un mensaje de texto.
— Disculpa. — Saqué el móvil de mi bolsillo y le di a ‘leer’ al mensaje de Gustav. Seguro era la contestación a mi anterior misiva. Le preguntaba si había resultado exitosa la transferencia de dinero a su cuenta bancaria. ‘Todo marcha sobre ruedas, amigo mío. Estoy disfrutando de mi parte. Sólo espero no ser el único que anda disfrutando… ¡menudo viaje te has pegado, tío! Mercancía de primera la mía.’ Era una mierda.
— ¿Tienes un teléfono celular? — interrogó con asombro. Yo quité el mensaje y lo miré en busca de lo extraño de tener uno.
— Sí.
— Está muy bonito. — Sonreí y se lo enseñé. — ¿Tiene cámara?
— Sí.
— ¡Genial!
— ¿Quieres que te saque una fotografía?
— ¡Sí! — Sonreí por su entusiasmo. Mientras dibujaba una radiante y enorme sonrisa en su rostro, yo la enfoqué y la retraté en la pantalla de mi móvil. — ¿Qué tal salí?
— Hermosa, como siempre.
— Ay, tonto. — Se sonrojó. — Ahora una contigo. — propuso y asentí gustoso.
— Vale. — Arrimándome a su posición, alcé mi mano con el objeto en ella y sonreímos al unísono. Oprimí el botón y ya estuvo lista. — Salimos geniales.
— A verla. — Se la enseñé y asintió reiteradas veces. Esto… esto sería una buena prueba en el juicio. Sí.
— Me gusta.
—Oye, Mili, ¿y qué haces para pasar el tiempo?
— ¿Aquí?
— No, me refiero a afuera.
— Ah. Pues adoro escuchar música.
— Interesante. ¿Qué cantantes? Seguro todas las del Disney Channel.
— EX Disney’s Channel. — recalcó como si aquello fuera a cambiar las cosas. — Me gustan… amm… ¿conoces a Selena Gomez? — Mi rostro seguro le dijo que no tenía ni la más put… le dijo que no. — La de los Hechiceros.
— Ah, sí. Axel.
— ¡Ella!
— ¿Te gusta?
— Algo.
— Canta mal.
— ¡Es mentira! Canta bonito. — Lo pensé unos momentos.
— Canta mal. — Viró los ojos sin querer insistir en algo que no tenía caso. Querer cambiar mi forma de ver algo era como querer acabar con la pobreza en el mundo; siempre ha de quedar algo.
— Después Miley Cyrus.
— Ésa sí que no me suena.
— Hannah Montana en Disney. La chica que tiene una doble vida.
— Amm… ¿la que dice ‘chequéalo, chequéalo’?
— Nop. Ésa es Demi.
— Oh.
— Yo digo la que es una estrella de rock y una muchacha normal al mismo tiempo.
— ¡Ah, sí! — recordé. — Miley Cyrus, sí. Una vez la vi en una tienda de ropa.
— ¿¡En serio!? — me asusté por su menuda sorpresa.
— Pues sí.
— Oh, por Dios. ¿Cómo es ella? — ni que hubiera visto a Jesús en persona.
— Es… es normal, Milagros, qué sé yo. Tiene dos ojos, una boca…
— Ella es perfecta. — Porque no la vio sin maquillaje.
— Es linda, pero no es perfecta.
— Sí que lo es. Es Miley Cyrus. — Eso había quedado claro desde un comienzo.
— ¡Vamos! Cuando tiene ganas de cagar va al baño como todos. — Solté y de inmediato se echó a reír. No me di cuenta de lo gracioso de lo dicho hasta que la vi descostillarse así.
— Ya… ya estuvo bueno. — musitó recobrando el oxígeno.
— Entonces te gusta Miley.
— No tanto como Demi Lovato.
— La chica chequeadora.
— Sí. Ella es tan hermosa. Es la mejor.
— Supe que no le duran los novios.
— ¿Eh?, ¡no!
— Eso dicen.
— Lo único que no le dura a ella son los tintes de cabello.
— ¿Por qué?
— Siempre tiene un color nuevo. Hasta donde sé, tuvo castaño, luego negro, casi rubio, negro de nuevo… ¡ash! De todo.
— Creo que ahora pasó de cabello largo castaño, a un estilo corto y rubio.
— ¿En serio?
— Sí.
— Oh. Hay tanto que me perdí de ella por estar aquí.
— ¿Tienes sus discos?
— Tengo Don’t forget, Here we go again y Unbroken. — asentí sin estar seguro de conocer siquiera una canción de esos CD’s. — seguro ya salió a la venta Demi.
— ¿Conoces alguna canción de ese?
— Sólo Heart Attack, no más. Seguro está bien bueno. — Ya estaba desanimada de nuevo. Así que Demi… bien.
— Quizás cuando… — La puerta de la habitación se abrió y por el rabillo del ojo vi que un médico entraba. La sangre se me heló antes de poder girar el rostro y confirmar que era Fred. ¡Maldito hijo de puta que casi me saca el corazón!
— Disculpen que interrumpa, pero ya es hora. — Miré el reloj de la pared, encontrándome con las agujas marchando las tres de la tarde.
— Claro.
— ¿Ya?
— Sí princesa, pero regreso mañana. — Asintió desanimada mientras Fred preparaba la inyección. — Con ánimo.
— Adiós, Fede.
— Adiós, Mili. — Le regalé una honesta sonrisa.
— Respira profundo. — indicó Fred e hizo caso, inflando su pecho y apretando los párpados. Malditas inyecciones.
Desvié la mirada al sentir algo extraño al ver eso… No sé por qué. Quizás sea la ansiedad.
— ¿Ya? — pregunté volviendo al tono de voz frío que suelo usar.
— Listo.
— Bien. Salgamos de aquí de una vez. — Siquiera quise mirarla. Sólo caminé a la puerta de la habitación mientras sacaba el teléfono y marcaba algunas teclas con habilidosas manos. Una vez fuera no me detuve. Sin preocuparme por si Fred seguía o no mis pasos, enfilé la marcha al ascensor sin hacer contacto visual con nadie. Llevé el aparato a mi oreja y esperé unos cuantos tonos.
— Bill.
— Tom. ¿Por dónde andas?
— Acabo de atravesar la jungla de periodistas y estoy en la recepción del hospital.
— Perfecto, ahora bajo.
— Aquí te espero. — Colgué la llamada metiéndome en el elevador con el médico y marcando planta baja, marchamos.
— Thomas llegó. Cuando salgamos tú sólo camina o pide permiso. Ni una palabra.
— Entendido.
— Es en serio, Fred. Una palabra de más y todo se jode.
— Lo sé. No diré nada. — Asentí mirando mi reflejo al frente y luego el sonido de llegada del ascensor se escuchó, marchando nuestro destino final.
.
— ¿Listo?
— Listo. — respondí inflando mi pecho y abriendo la puerta de la clínica sin pensarlo más. Había que enfrentar la inevitable situación.
De inmediato una masa de periodistas se abalanzó hacia nosotros como las hormigas al dulce de leche. Diferentes rostros, diferentes vestimentas, colores, micrófonos y cámaras.
— ¡Señor Kaulitz!
— ¡Licenciados, para 26 News!
— ¡Abogados, aquí!
— A ver, chicos, uno a la vez. — Impuso orden mi hermano parado a mi lado. Fred permanecía cruzado de brazos a nuestras espaldas. — Tú.
— Para canal 22. Imagino que estarán al pendiente de las recientes declaraciones del abogado Joseph Sanders para la contraparte. — Empezó una muchacha de cabellos rubios. — ¿Cuáles son sus opiniones ante esto?
— Opinamos que, tanto Sanders como los periodistas, se están anticipando a los hechos. — respondí. — Si algo me han enseñado mis dieciséis casos invictos en mi corta carrera, es que todo puede cambiar a último momento.
— Sres., el licenciado Sanders catalogó como una ‘falta de respeto’ el hecho de que el ingeniero Cortez esté viajando por todo el mundo, ¿qué me dicen al respecto? — interrogó ahora de manera más directa y avasallante uno de los peores. Un hombre grande con notoria experiencia en cómo explotar a una persona con preguntas hirientes, duras y comprometedoras.
— Decimos que el abogado está mal informado. — Fue el turno, ahora, de Thomas. — Nuestro cliente ha pasado ya por muchos juicios y sabe perfectamente cuáles son sus derechos y las órdenes a las que debe acatarse.
— ¿Y Milagros? Es sólo una niña inocente. — Aquí tenían un claro ejemplo de un principiante. ¿Cómo preguntar eso? Es decir, estaba preguntando una inquietud propia.
— Nosotros no estamos poniendo en tela de juicio la inocencia de la niña. El propio Charles Gómez demandó al ingeniero por daños y perjuicios del inmueble al inquilino, no nosotros. — dije tajante.
— Sr. Kaulitz, ¿cuál fue el motivo de su internación?
— Fue un simple pico de presión del cual me estoy recuperando favorablemente en casa.
— Muchas gracias, muchachos, fue suficiente. — cortó mi hermano y empezamos a caminar rumbo al auto. Hacernos paso entre todas esas personas sin duda era una tarea caótica y casi imposible. Pero a paso lento y armados de paciencia, la tarea se iba haciendo cada vez más gratificante
— ¡Sr. Kaulitz, ¿cuál es su expectativa con el juicio?! — Oí una de las tantas preguntas que, a pesar de las recientes palabras de mi hermano, seguían haciendo.
— Al igual que la de Sanders, que se haga justicia. — respondí sin perder de vista el auto negro de John.
— ¡Sr. Trümper, ¿qué puede decirnos de su relación con Richael Karrent?!
— Lo que hago en mi cama es asunto mío, chicos. — Abrí la puerta trasera y me adentré en el carro, con Thomas detrás de mí cerrándola. Esperamos un momento a que Fred rodeara el vehículo y se sentara en el asiento del copiloto.
— ¿¡Qué acabas de decirle a ese periodista, Thomas!? — interrogué incrédulo. John arrancó y nos alejamos del hospital rápidamente.
— ¿Qué cosa?
— ¡Pues dime tú!
— No sé a qué te refieres. — Puso la carita de perro mojado que siempre pone cuando sabe que se mandó una cagada.
— ¿Cómo es eso de ‘lo que hago en mi cama es asunto mío’? — imité deformando un poco la voz y la cara.
— ¿Mentí acaso?
— No. Pero no es el modo de expresarte. Es demasiado vulgar, Thomas.
— Oh, nada que ver.
— ¡Sabes que digo la verdad! Tienes un título que te separa de lo grasa como lo que acabas de decir.
— A ver, John. — Lo llamó y nos miró por el espejo retrovisor.
— Dígame, señor.
— ¿Qué te parece que me pregunten con quién me acuesto o con quién no?
— Creo que su vida privada es sólo suya, señor.
— ¿Ves? — Me echó en cara mientras Fred reía y negaba.
— ¡No, Tom, es diferente! Un ‘no hablo de mi vida privada’ hubiera bastado. Pero tuviste que botar de tu bocaza esa barbaridad.
— Ay, ya. — Le restó importancia y yo me di por vencido.
.
Agotado fue que ingresé a la oficina de mi hermano, arrastrando mis ganas y buena voluntad por los suelos. El día había sido tan estresante al nivel mental que ya nada podría animarme. Necesitaba calmarme, pero es que me fue mal la última vez que tuve las intenciones de hacerlo.
— Estoy agotadísimo, maldita sea. — susurré sentándome en la silla y sobándome la cara.
— Fue un día complicado, sí.
— Eso creo.
— Pero dime— rodeó su escritorio y se sentó igual que yo, desprendiendo su saco y recostándose en el respaldar del asiento. —, ¿qué tal todo con Milagros?
— ¿Te molesta si fumo aquí? — Al recibir su negativa, saqué la cajetilla de cigarros del bolsillo de mi saco y luego el mechero. — Bien, qué sé yo. — Aprisioné un cigarro entre mis labios y lo encendí velozmente. Despreocupado tiré el encendedor a lo largo del escritorio e inhalé con fuerza. — Me tiene mucha confianza. Hablamos de sus gustos, su familia, cómo ve todo esto del juicio, todo. — Explosé el humo de mi boca y suspiré. — Le gusta Demi Lovato.
— ¿La que viste en la tienda?
— No. La que canta Skyscraper… creo.
— ¡Pero te juro que al final sola me voy a levantar, como un rasca cielo! — Alcé una ceja ante su repentino ataque de American Idol. Estaba cantando en español.
— ¿Eh?
— Es la canción, pero pasada a latino. Está genial.
— Oh… bueno, sí. — Rió. Repetí la reciente acción con mi cigarro. — Después me enseñó sus muñecas y toda esa bolada.
— Vaya. Se me es complejo imaginarte a ti hablando amistosamente con un niño. O con cualquier ser vivo.
— Muy chistoso. — ironicé. — Hasta nos sacamos unas fotografías. Te las enseñaré. — Del bolsillo contrario tomé el teléfono móvil. De unos rápidos movimientos tuve las mencionadas imágenes en pantalla completa. Estiré mi brazo hasta su posición y, deshaciendo su cómoda postura, tomó el aparato.
— Es linda.
— Supongo.
— Cuando comprueben la autenticidad de la fecha de estas fotos, serán varios puntos a nuestro favor. — Asentí en silencio y él chasqueó la lengua. — Bill, quería decirte algo que… — La molesta melodía de mi teléfono móvil se hizo notar todavía en las manos de mi hermano. Inconscientemente observó la pantalla y bufó molesto. — Toma. — repetimos la transferencia y atendí a Cortez.
— Albert.
— ¡Hijo querido! Acabo de ver el canal de las noticias y quedé encantado con el contraataque. — Rió.
— Muchas gracias.
— ¡Eso digo yo! Me he quedado más tranquilo. Esas declaraciones del abogaducho ese me alteraron un poco.
— Se nos adelantó, pero no deja de ser un principiante.
— Lo sé, lo sé. — Thomas jugaba con sus dedos arriba del escritorio. Se había quedado con la palabra en la boca y eso siempre llega a inquietarlo. — Ustedes lo manejaron con la calma que poseen los grandes.
— Me alegra que así se haya visto. Oye, Albert, cambiemos de tema.
— Como quieras. Dime.
— Hay algo de lo que quiero hablar contigo. Es una propuesta.
— ¿Se relaciona al juicio?
— Sí y no.
— ¿Cómo es eso?
— Pronto sabrás.
— Bien. ¿Thomas está incluido también? — Hice un breve silencio mientras dejaba que el humo del tabaco se escapara de entre mis labios.
—Sí. — respondí finalmente.
— Muy bien. Esta noche está imposible, pero mañana a las ocho ya estoy en mi casa.
— Entonces estaremos por allá a partir de ese horario. — Mi hermano alzó la mirada cuando utilicé el modo plural en mi frase.
— De acuerdo. Nos estamos viendo, hijo. Saludos a Tom.
— Se los daré. Adiós.
— ¡Cuídate! — Colgó. Entonces suspiré y dejé el aparato sobre la mesa.
— ¿Qué pasa?
— Mañana tenemos que ir a la casa de Cortez.
— ¿Para…?
— Mañana te enterarás. — Meditó unos momentos.
— Espera, espera, no quiero que me metas en temas extraños.
— Nada de temas extraños. Tú confía en mí. — dije sin prestar mucha atención a mis palabras.
— Confío. — respondió con firmeza y yo lo miré de reojo. Me sonrió y continuamos en silencio.
Continúa…
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