«Apostemos» Temporada II
Capítulo 8: ¿Qué hace a tu felicidad?
Dije tiempo atrás que había sido perfecto. Reiteré también que fue perfecto en un momento. Pero ahora, ¿qué palabra se acredita a aquella demostración de unión? Fue… inexplicable. Quizás sea esa la palabra buscada y que se adhiere perfectamente a la coyuntura. Cada una de sus miradas, de sus gestos, sus muecas, sus palabras, las cosas que omitía, los detalles que resaltaba, las que optaban pasar desapercibidas. Él. Todo eso había sido inexplicable y derivaba pura y exclusivamente de él. Su ser había hecho perfecto un momento. Un momento quizás entre tantos, pero que resaltaba por una conexión nueva, o quizás demasiado lejana como para recordarla.
Había amanecido y el sol se notaba radiante entre las cortinas blanquecinas del vasto ventanal. Aunque su cuerpo sentado sobre el colchón, de frente a mí, sus piernas cruzadas y cubiertas por las finas sábanas; su silueta en sí, creaba una interferencia entre el claro de mañana y mi visión. Traía los cabellos revueltos y los ojos ligeramente hinchados. Un bostezo impertinente se escapó de entre sus labios y luego me sonrió.
— No quiero levantarme.
— Se nota. Te ves hermoso en la mañana.
— Mientes.
Durante unos breves segundos cubrió su rostro con una risa pudorosa escondiéndose.
— No. Extrañaba despertar a tu lado.
— Admito que yo también lo extrañaba. — No me miró sino después de manifestar esto. Quizás continuaba con dudas; aunque, siendo franco, a mí se me habían quitado la mayor parte de las disyuntivas.
— ¿Y qué sientes hoy? — Aquel interrogante escondía una trampa. Se apuntaba más al encuentro efectuado la noche anterior y no al presente en sí. Esperaba una respuesta con la misma táctica de asechanza.
— No diré que estoy convencido de algo en particular. Muy por el contrario, tengo unas sospechas adicionales — rió. —. Pero ahora me encuentro más calmado.
— ¿Por qué calmado?
— Será porque ya no tengo la paranoia de ayer. — Asentí sin ánimos de tocar el tema y revivir peleas pasadas para mí.
— Ahora las cosas serán diferentes — hablé de inmediato, pero sin apuro. —. En cuanto a nosotros dos… Ya sabes, quiero que queden algunas cosas en claro — Achinando la mirada me observó con una divertida suspicacia. —. En primera, eres solamente mío. Es decir, si quieres continuar con el ‘nosotros’, pues seremos sólo nosotros.
— Creo que voy entendiendo. Por ende, pido… no, no; exijo lo mismo — Arregló sobre la marcha alzando su dedo índice de la mano derecha como un gesto de la severidad en sus palabras. —. Richael puede irse a freír espárragos por ahí. Tú te mantendrás lejos de ella.
— Bien. Pero si así es con ella, entonces que tu noviecito se convierta definitivamente en tu ex — Saqué mis manos de abajo de mi nuca y las dejé reposando en mi abdomen.—. Sin reproches.
— Andreas es diferente. No puedes comparar a una simple aventura en donde sólo te revolcaste con ella, con una relación de casi tres años, Tom.
— No tienes la certeza que sólo haya sido una aventura.
— ¿Dirás que te enamoraste? O mejor aún, ¿que se enamoró?
— Bueno, no sé si fue tan así como enamoramiento, pero ella está muy apenada por el modo en que las cosas se dieron.
— ¡Bah! Se lo creíste. ¡Serás ingenuo, Thomas!
— No es cuestión de ingenuidad. Pasa por saber ver y oír para darse cuenta de su pena respecto al tema.
— Es todo ficción. Conozco a Richael. Se acostó con la tres cuarta parte del estudio y siempre con un mismo objetivo: dinero.
— ¿Crees que lo necesita?
— El dinero no viene solo, hermano. Acompañándolo están el éxito y la fama. ¡Le viene como anillo al dedo ser novia del hijo de Jörg! Sólo imagínalo. — Negué con la cabeza firme en mi postura.
— Lo único que sé es que has evadido mi condición.
— ¿Respecto a Andreas? Entre nosotros no está pasando nada.
— Ese abrazo da a pensar distinto…
— Ese abrazo fue de amigos, de querer reconciliarnos en cuanto a amistad se refiere.
— ¿Seguro?
— Sí. — Sonrió y tomó una de mis manos, acunándola entre las suyas tibias. Adoré ese gesto.
— No quiero que nada malo te pase — Enuncié bajando la voz y la adrenalina de la disputa. —. Dime qué has hecho en mí, Bill.
— ¿Cómo voy a saberlo?
— Pues tú dime. Tengo pánico de que algo pueda sucederte. Me da terror lastimarte.
— No lo harás. Confía en eso. Además… soy fuerte. — dijo inflando su desnudo pecho y luego soltando una carcajada estridente por su teatral acto.
— En serio. Creo que esto empezó desde el momento en que te vi tirado en el suelo… de ese modo tan penoso — Sabía que le dolía recordar aquello, pero era algo que debía decirse. —… Casi muero al verte.
— No fue tu culpa.
— Dijiste eso antes, pero sigo sin saber con certeza si es o no culpa. Tal vez es el miedo. Jamás vi a alguien a quien quisiera de esa manera. Caminaba por las paredes en el hospital, en la casa, en el estudio. Everywhere. — Ladeó su cabeza hacia un lado, observando mi mano en su posesión y aparentando un deje de tristeza en sus ojos. No pregunté nada, sabía que hablaría solo.
— No es que quiera revivir tus miedos o los míos propios… bueno, los míos están permanentemente presentes.
— ¿A qué te refieres?
— Hablo de la ansiedad. Cargo con ella a todas horas, Tom. No lo digo porque es una especie de estrategia para evadirla, pero no puedo ignorarla las veinticuatro horas del día. Estoy soñando todas las noches, recordando, pensando, analizándolo una y otra vez.
— ¿Qué cosa?
— Volver a consumir.
— No, no. Bill…
— Espera — exhibió rápidamente. —. Es una realidad, Thomas. No quiero mentirte, planeo ser sincero. Extraño esa relajación que se siente al consumir cualquier clase de droga. Me sudan las manos, se acelera mi corazón… He pasado por esto antes y sé qué clase de ansia es. No puedo solo, por eso busco trabajar todo el tiempo. Pero ya es demasiado, Tom — Su voz se quebró e, inesperadamente, una lágrima bajó cuando creí que eso estaba muy lejano a pasar. —. Me siento acorralado. Esto es parte de mi vida; ya es parte de mí. No puedo sólo sobrepasarlo y echarlo en el olvido porque me acompañará por el resto de mis días. Debería aprender a convivir con estos episodios, pero se me hace imposible. — Suspirando, terminó callando.
— Yo puedo estar contigo para apoyarte, Bill, y de hecho lo haré; pero no sólo basta conmigo, Susan, Georg o papá. Necesitarás más que eso. Necesitarás ayuda profesional.
— Marcel se desilusionará de mí. — No sé por qué, pero eso me caló hondo y me molestó.
— ¿Sigues pensando en complacer a medio planeta? Me acabas de confesar que tienes un problema y aun así quieres mantener a Macel feliz. Él no es tu amigo, es tu médico y su función es ayudarte a salir de estos episodios de nervios y ansias.
— ¿Y si necesito volver a rehabilitación? ¿Y si, por contar lo que me pasa, me pronostican una drogadicción como la que tenía hace algunos años? — se preguntó de a montones, con miedo en la voz y en la mirada.
— Eso pasará si dejas pasar más tiempo y entonces recaigas de nuevo. Yo no dejaré que nada malo te ocurra… No quiero que estés de nuevo en un antro así. Y si es necesario comer ese asqueroso membrillo, soportar tus berrinches — empezamos a reír de a poco. —, tu cara de trasero y tus reproches… Vale. Lo soportaré.
— ¿No te gustaba el membrillo?
— ¡Para nada! Asquerosísimo.
— ¿Comiste sólo por mí? — Asentí como un niño pequeño, con una sonrisa traviesa.
— Así de bueno soy.
Soltó una exclamación de ternura deshaciendo su modo de sentado y abalanzándose a mis brazos con entusiasmo. Reí extasiado por su cambio de ánimo y sintiéndome orgulloso de haber influido positivamente en esto.
— Gracias, Tom.
— No debes agradecerme.
— Sí. Sí debo — Sin perder el acurruco en mi pecho, alzó la mirada y me observó desde allí. Yo deslicé la punta de mis dedos por su brazo y subiendo al hombro, abrazándolo por el cuello. —. No he sido bueno contigo.
— ¿Cuándo?
— Desde que llegaste. Y de a poco estoy entendiendo por qué te fuiste.
— No es cuestión de que me entiendas, o que haya sido malo alguno de los dos antes; lo que interesa es el aquí y ahora.
— Ese aquí y ahora es perfecto — Alcé mis cejas perplejo por esta manifestación. Él me sonrió. —. Tú me dijiste que el presente era horrible una vez. — dijo y recordé de inmediato. Aquel beso en el hospital, cuando apenas lo vi, pareciera, después de volver a nacer prácticamente.
— Ahora cambió. Este presente es perfecto, es verdad — Se separó de mi pecho sonriendo radiante y subió más, hacia mi boca específicamente. Posó sus labios sobre los míos con suavidad y luego, después de esos segundos en donde serenó su rostro, volvió a sonreír. —. Tú eres perfecto.
— Tú me haces perfecto — retrucó acariciando mi vientre y volviendo a besar mi boca. Yo, sin embargo, me dejaba hacer y acariciaba el contorno de su mejilla. Estaba embobado. — ¿Qué hora será?
— La hora de que se vayan todos a la mierda menos tú y yo.
— Qué gracioso – Ironizó —. Encenderé el teléfono.
— ¿Para qué? Debes tener miles de llamadas perdidas y mensajes — Viró los ojos y se dejó caer a mi lado, rompiendo cualquier contacto y suspirando nuevamente. Yo me incorporé sobre mi hombro con velocidad, mirándolo desde arriba —. No debe ser tan tarde.
— No quiero ir al estudio hoy. Menos al hospital.
— Dímelo a mí…
— ¿Qué pasa? — preguntó preocupado.
— Hoy cubriré a papá y no sé nada de lo que se hace en esos casos.
— Eres el eslabón principal en la cadena de Jörg. Y no es difícil dirigir el estudio.
— Tú lo dices porque lo has hecho antes.
— Además de eso, en verdad es sencillo. La clave es perseverancia — Estaba muerto entonces. —. Los juicios están próximos y todos están, y me incluyo, acelerados. Tu misión es mantener la calma, orientar a quien lo necesita, manejar las fechas de futuras reuniones y rondas de prensa.
— Son demasiadas cosas.
— Lo sé, pero en el momento se vuelven fáciles.
— Pero Bill, esto es nuevo para mí. Jamás fui la mano derecha de papá antes.
— No necesitas serlo para tomar la presidencia del estudio en ocasiones. Andreas, por ejemplo, lo hizo antes. Aunque él fue el socio prioritario de papá hace como dos años atrás, cuando yo estaba internado.
— O sea que ese ya estuvo… Genial.
— ¿Qué hay con eso?
— Sólo que estaré bajo la constante presión de hacerlo mejor que él. — Su rostro sufrió una repentina modificación apenas solté esta frase. Somos dos mentes sucias y su cejita elevada me confirmó que entendió lo mismo que yo después de unos segundos.
— Lo haces mucho mejor que él. — soltó en tono meloso y no pude resistirme a esa cara.
— Me encantas así de doble intencionado. — Rió y alzó sus brazos a mi cuerpo para abrazarme por la espalda a medida que yo bajaba a su boca. Tomé su cintura de un lado y penetré su cavidad bucal caliente con mi lengua. El beso fue tan breve como guarro, pero continuó inmediatamente por su costado derecho, sobre la delicada piel que cubre su cuello. Una risa producida por las cosquillas se perdió en mi oído y aumentó cuando mordí suavemente. Terminé de subirme a su cuerpo y me respondió positivamente subiendo una pierna al costado de mi figura moviéndose sobre la suya. Estábamos despertando literalmente.
— Tom, la hora.
— ¿Crees que me interesa? — Acarició mi espalda con sus manos totalmente abiertas. No existía manera de detenerme. No lo haría —. Te lo haré aunque sean las dos de la tarde y nos despidan a la mierda.
— Estás loco — Un jadeo se escapó de su boca cuando los roces fueron más intensos en nuestras partes íntimas. —. Aunque me preocupa llegar tarde… no tengo intenciones de que pares. — Satisfecho, volví a su boca ahora recibiendo más disposición por su parte. Se elevó unos centímetros de la cama y presionó mi nuca. Su lengua se enroscó con la mía con precisión y antes de que pueda reaccionar, ya estaba perdiendo una batalla contra este músculo travieso que recorría toda mi boca. Yo me adueñé de su espalda y la recorrí todo lo que pude con deleite en las yemas de mis dedos. Corté el beso por demás caliente y deseoso de bajar por su cuerpo, su pecho.
Así lo hice y deslicé mi lengua por el centro de su pecho, bajando a su vientre y dando pequeños besos mojados allí. Él me miraba ya desde un ángulo superior a mi cuerpo descendiendo por el suyo.
— ¿A dónde vas, hermanito? — preguntó casi sin aliento, apretando las telas que cubrían desordenadamente la cama. Sabía la respuesta, pero el morbo de oírla era mutuo.
— Tengo muchas ganas de volver a sentir tu sabor en mi boca. — Relamió sus labios después de estas palabras y, jugueteando con el piercing que decoraba mi labio bajo, tomé su miembro entre mis expertas manos. Sabía cómo le gustaban esos movimientos. Sabía de sobra que le agradaba que subiera lento y bajara rápido, que lo mirara mientras lo hacía, que jugara con mi perforación y que lamiera lascivamente la punta para hacerlo sufrir un poco antes.
— ¡Thomas! — gimió desgarradoramente y fue lo que faltaba por llenar mi batería interior. Con una pecable mueca de goce en el rostro, me invitaba a que continuaba saboreando su hombría. No me haría de rogar. — Sí, por Dios, sí… — Metí su pene todo lo que fui capaz, teniendo una boca más grande que la suya, e inicié un sube y baja por él, jugando con mi legua dentro. — ¡aah, sigue! — Era jodidamente escandaloso. Me encantaba, ¡me encantaba! Podría volverme adicto a él.
Llevó su mano a mi cabeza y así estrujó mi cabello entre sus dedos. No marcaba un ritmo en absoluto porque yo sabía de sobra que no había nada que acelerar o demorar. Era así como le gustaba a él que lo hiciera.
Lo saqué de mi boca un momento y me deleité con los gestos de estarse muriendo de placer al yo menear mi lengua por toda su longitud. Lo más excitante era que nos mirábamos y no existía nada que nos hiciera cortar este contacto.
.
By Bill
— Buenas, hermosa.
— Fede… — susurró sin energías, intentando sentarse en la cama y poder así brindarme un abrazo. Yo le sonreí y, entendiendo su situación, me incliné y besé su frente suavemente.
— Te extrañé muchísimo, Mili.
— ¿Hablas en serio?
— Claro que sí.
— Yo también te extrañé, Fede — habló contenta. Consiguió finalmente sentarse gracias a mi mano tirando de ella hacia arriba por su muñeca —. Llegaste algo tarde hoy.
— Lo siento. Tuve un… inconveniente. — ¿era necesario mentir así? — ¿Fred se portó bien contigo?
— Él no me habla — De a poco volvían las fuerzas a su voz y actitud —; contigo me divierto.
— Pues ya falta muy poquito para que salgas de esta clínica.
— No me interesa mucho salir — manifestó decaída y eso me preocupó. —. Afuera todo debe estar desordenado. Seguramente habrá muchos problemas.
— Bueno… Es un juicio público, por lo tanto todos están al pendiente de lo que ocurre, pero a ti nadie va a meterte en el medio si no quieres.
— Yo ya estoy metida y no me preguntaron siquiera.
— Pero nosotros ya hablamos de esto, Mili. No quiero que te deprimas de nuevo, por favor — No quería verla triste de nuevo. Su expresión desanimada me calaba hondo y hería —. Cambiemos el tema. ¿Qué te pareció el CD?
— ¡Oh! Las fotografías son hermosas. ¡Me encantó! Estoy ansiosa por poder escucharlo.
— Falta poquito. ¿Ves que estás ansiosa por salir de aquí? — Eché en cara haciéndola reír.
— Pero extrañaré verte y reírme contigo.
— Eso puede solucionarse — Aunque demostré una sonrisa tierna y acogedora, en verdad sonreía de mera malicia al imaginar tener otra evidencia vital en el juicio —, podemos hacer un video, yo te lo paso a un CD y lo veremos siempre que nos extrañemos, ¿qué dices?
— ¡Es una muy buena idea! — Asintiendo saqué el teléfono móvil de mi bolsillo y lo manipulé con facilidad notoria hasta dar con la cámara en la opción de video. — ¿Pero qué digo o hago?
— Sólo actúa normal, Mili. Como si en verdad no esté la cámara presente. — respondí sin mirarla. Esa respuesta siempre me daba mi padre en mis inicios en entrevistas y demás eventos semejantes.
—… Vale. — aceptó no tan convencida. De todos modos le di play a la filmación y su rostro pensativo fue lo primero que se grabó.
— ¡Hallo, Milagros! — saludé alterándola de sus pensamientos y demostrándole que nuestro proyecto había iniciado. Sonrió tímidamente y saludó con su manito entusiasta a mi celular —, ¿cómo estás hoy?
— Contenta, supongo.
— Supe que te obsequiaron el nuevo disco de tu artista favorita — comenté manipulando habilidosamente el aparato —, ¿qué me dices de eso?
— Que estoy emocionada por oírlo. Los nombres de las canciones se ven buenos. — dijo desenvolviéndose de a poco. Aunque no miraba el lente de la cámara, sino que a mis ojos, era eso lo que le daba el toque espontáneo que querríamos recordar tiempo adelante. Parecía una charla entre nosotros.
— ¿Quién te obsequió ese maravilloso CD? Dime.
— ¡Tú! — apuntó mi persona riendo. Sus ojitos brillaban y yo me enamoraba de su inocencia absoluta. — Gracias, Fede.
— No tienes que agradecerme, cielo.
— ¿Y tú cómo estás hoy?
— Pues estoy bien, gracias por preguntar.
— ¿Sigues enfermo?
— No. Ya me siento mucho mejor.
— ¿Y por qué?
— Supongo que los problemas se van solucionando de a poco. — Con suspicacia, asintió.
— ¿Y por qué?
— Porque así es a veces.
— ¿Y por qué? ¡Jajajaja! — Su carcajada fue un canto a mis oídos. Era tan hermosa esta niña. Yo me contagié sin remedio y alboroté sus cabellos luego. — Quiero tener el teléfono.
— Vale, vale. Pero ten cuidado.
— Sí, sí tengo cuidado. — Se lo pasé y la cámara enfocó las paredes y puerta de la habitación durante unos segundos. Luego, lo dirigió directo a mí.
— ¿Cómo salgo?
— Como Federico.
— Eres graciosísima.
— Lo sé — Negué sonriendo y la quedé mirando —. Amm… Un reportaje al señor Pituca Bianco.
— ¿¡Eh!? Menudo nombre te inventaste.
— ¡Shh! — chitó severa — Silencio que no autoricé a que hablara, Sr. Bianco. Mmh… ¿cuál es su muñeca Barbie favorita?
— ¿De todas estas? — señalé las muñecas situadas prolijamente en su repisa y ella lo enfocó de inmediato.
— Sí.
— Tamara. — respondí sabiendo que la complacería.
— ¡Buena respuesta! Ahora le pregunto, don Pituca, ¿está usted enamorado?
— ¿A qué se debe esa pregunta?
— No me responda preguntándome.
— Eso es retórico.
— ¿Qué?
— Nada. — Su carita fue un poema.
— Vamos, responda. ¿Tiene pareja?
— Es complicado.
— Esas son respuestas de adolescente.
— ¿Disculpe? Era una pregunta con trampa entonces.
— Nopo. La pregunta fue limpia; lo tramposo fue su respuesta — Abrí mi boca perplejo por su astucia. Bastante rápida esta niña, eh. Seguro sería buena en mi profesión… aunque Cortez dijo que nada lograría en su futuro —. Fede, ¿qué gusto tiene un moco? — interrogó de repente olvidando el protocolo del juego. Confundido en el porqué exacto de su pregunta, dudé en responder.
— Pues… Como salado. ¿Por qué preguntas?
— ¡O sea que los has probado! — Unos segundos riendo y entendí perfectamente — Ahora sí fue la pregunta la que tenía la trampa.
— Caramba, niña. Me estás sorprendiendo bastante seguido.
— ¿Has visto? Soy una niña lista.
— Niña lista, deja de enfocarme todo el tiempo. — Volvió a reír casi hasta las lágrimas. ¿Era normal que una persona riera tanto? Sentía envidia de esa vitalidad y fortaleza, aún cuando se está postrada en una cama.
— ¡Toma! — exclamó entre medio de la risa y lanzó el teléfono en dirección a mí.
— ¡No! — Medio grité teniéndolo entre mi pecho y manos. Lo aprisioné como oro que se puede escalar con facilidad y el corazón me latía a mil — ¡Milagros, casi destruyes mi vida! — aun con la gravedad en la posibilidad de que mi teléfono se destruyera, yo reía.
— Oh, no me digas que tu vida pasa por ese teléfono. Estás perdido entonces.
— Dime, ¿por dónde pasa la tuya? — Lo acomodé en una de mis manos y olvidé enfocar del todo bien, pero estaba seguro que su rostro aparecía en la pantalla — Seguro en Demi Lovato.
— Claro que no. Pasa por yo.
— Por mí.
— No, por ti no. Por yo — Malinterpretó mi corrección, pero no volví a hablar por el interés en que continuara. —. Mi vida pasa por mí.
— Es algo egoísta, Mili.
— No tanto. Parte de yo, es mi papá, mami, el demonio de mi hermanito — Enumeró elevando sus dedos a medida que nombraba —, por ellos también pasa mi vida. De hecho siquiera pasa porque papi gane el juicio o no. Yo sería feliz si vivimos una vida normal de vuelta, si vuelvo al colegio y si camino. Yo sería feliz con poquito, como siempre — sonrió radiante como si no hubieran sido lo suficientemente conmovedoras sus palabras e ignorara el gran vuelco emocional que ocasionó en mí —. Tal vez sea difícil de entender, pero se puede ser feliz siendo pobre y con poquito — Sentí mis ojos frescos al darle la brisilla natural en el cuarto. Iba a llorar por sus palabras tan comunes y ordinarias, sin embargo, llegaban a tocar un puntito dentro de uno. La humanidad quizás. ¿Por qué las verdades más ciertas son las que se explican tan sencillo, las que carecen de vueltas y explicaciones? Simplemente es así y no hay otra forma de decirlo. Ya. —. ¿Qué te haría feliz ahora?
— Que me dieras un beso para la cámara. — dije y sorbí mi nariz tratando dejar las lágrimas en un segundo plano para no preocuparla.
— ¡Entonces te haré feliz! — En un ambiente ajeno a nuestras dolorosas realidades, me incliné a su altura y, estirando enfrente de nuestros rostros el brazo que poseía el teléfono móvil, le sonreí a la cámara y sentí su cálido beso impregnarse en mi mejilla y sus bracitos rodear mi cuello con afecto. Entonces esa niña pequeña me hizo feliz en el aquí y ahora; esos dos tiempos que empezarían a interesarme de ahora en más.
.
— ¿Y dónde estás ahora?
— Subiendo las escaleras a la recepción.
— Oh, gracias a Dios que ya estás por ahí.
— Tom estaba a cargo aquí.
— Lo sé. Esperaba que lo ayudaras un poco allí.
— Oh papá, ¿crees que hará las cosas mal? Sabe cómo manejar el estudio.
— De todo modo temo — Viré los ojos y me saqué las gafas de sol una vez que fueron ya innecesarias —. En verdad fueron unos irresponsables anoche. ¿Irse a un club nocturno cuando debían trabajar al día siguiente? ¡Fue una barbaridad!
— ¿Seguirás con eso?
— Ahora no. Pero cuando lleguen a casa me oirán.
— Vale, hasta ese entonces déjame disfrutar el día, ¿quieres?
— No exageres — ¿Exagerar?, pero si era él quien venía exagerando el asunto desde que bajé del carro —. Te dejo trabajar, hijo. Ayuda a tu hermano.
— De acuerdo. Cuídate, papá. Descansa.
— Gracias, pequeño.
Colgué la llamada sonriendo de lado y guardando el aparato entre mis ropas nuevamente. Alcé la mirada hacia la recepción donde esperaba ver a Tania y me topé con una imagen enteramente desagradable. El corazón se me paralizó y la sonrisa en mi rostro se borró. La mente se nubló y no hallaba solución a lo que veía.
— ¡Bill, amigo mío! — exclamó con una repulsiva sonrisa —, ¿cómo has estado? — Llegando a mi nivel continuaba sonriendo de ese modo y ahora palmeaba mi hombro esperando contagiarme de su ficticio alegro. ¿En verdad creía que me gustaba verlo por aquí? ¡Estaba enfermo!
— ¿¡Qué rayos haces aquí, Gustav!? — interrogué violentamente en un susurro, apretando de repente su brazo y mirando a todas direcciones con terror.
— Vine a visitarte, Billy.
— ¡Deja de fingir!
— Ya. Quiero mi respuesta. Jamás me devolviste la llamada y te dije que se trataba de algo urgente. — Habló serio como una piedra. De repente toda su falsedad se fue al diablo.
— ¿¡Respuesta a qué, por el amor de Dios!? — cuestioné con desespero.
— Tengo un trabajo en mente y te necesito. Es todo.
— ¡Basta! Es en serio Gustav, estoy harto de ti. Es suficiente de todo esto.
— No — negó —, no es tan fácil deshacerse de mí cuando tengo un haz en la manga. — manifestó y los tacos de la morocha acercándose furiosos interrumpieron mis pensamientos en busca de una solución temprana.
— Kaulitz, ¿acaso has visto a tu padre? ¡Por Dios! Necesito que revise estos informes de manera urgente, ¿y dónde está? — habló Richael molesta frente a nosotros, con unas carpetas en su mano y agitándolas furioso.
— Esta señorita es mucho más bonita cuando se enoja. — manifestó inoportunamente Gustav y extendió su mano haciendo una breve referencia. Ella sonrió de lado sorprendida y tomó mencionada mano. Él la besó, revolviendo mis tripas y provocando un repudio eminente.
— Oh, gracias.
— Sepa disculpar a mi amigo, señorita — Atónito por su importuno halago a la morocha, temblé —. Conozco a Bill desde que era una pequeña pulga — habló jovialmente soltándola. Ella lo observaba con una sonrisa dibujada, totalmente irónica en lo que a mí compete —, y siempre fue así de desordenado.
— ¿Y de dónde se conocen ustedes?
— No nos…
— Somos viejos amigos — intervino —. Mucho tiempo.
— Oh… — Ella me observó cuestionadora. ¿Qué tendría que ver un sujeto como Gustav con alguien como yo? Una pregunta por demás obvia.
— Richael, mi padre está pasando por un momento de nervios y estrés. Necesita tomarse un tiempo para descansar y así continuar con sus funciones aquí.
— ¿Ah, sí? En tu familia todos tienen problemas, estrés y cosas por el estilo; nosotros sólo debemos disponer — se quejó —. A mí me cambian el compañero de la noche a la mañana y me dejan en medio de la nada. Dime qué respuesta recibo yo al respecto.
— Mira, Richael…
— Richael, si tú me permites, tengo una favorable solución — Oooootra vez me interrumpía el muy hijo de puta —; dame esas carpetas — Sin titubeos, ella se las cedió y observó complacida cómo las hacía chocar contra mi pecho. De esta manera quedé boquiabierto y sin poder protestar siquiera. Pareciera un simple empleado de servicio —. Problema resuelto.
— Muchas gracias… Lo siento…
— Gustav. Gustav Schäfer, belleza. — Perplejo me quedé ante su terrible falta de respeto. ¿¡Decir su nombre completo!? ¿¡Otra vez!? ¡Carajo! No estaría dispuesto a enfrentarme con otro contratiempo como el de Axel.
— Gustav, tenemos que hablar.
— Como digas, amigo — La morocha chasqueó la lengua y se giró volviendo a su correspondiente despacho —. Muy linda tu amiguita.
— Cierra el culo, maldición. ¿¡Eres consciente de lo que acabas de hacer!? — Sin inmutarse, se encogió de hombros — Diste tu nombre real de vuelta. ¿Crees que haré toda la jodida odisea del otro tipo nuevamente?
— Si así fuera, yo gano.
— Jodar, Gustav, ¡joder! Estás arruinando mi vida. Dime, ¿por qué no quedamos en encontrarnos en algún sitio acorde a este asunto?
— Porque no respondiste a mi llamada.
— ¿¡Esa es razón suficiente para arruinar mi vida!? — asintió y giré la mirada fastidiado. Será capaz de asesinarlo aquí mismo. Iba a matarlo, ¡a matarlo!
De repente, la puerta de la oficina de mi padre se abrió y de allí salió mi hermano hablando por su teléfono celular; llamada que colgó escasos segundos luego, maldiciendo de paso. Mi ritmo cardíaco de repente se aceleró, un calor me invadió y las salidas se taparon en mi cabeza. Si antes estaba jodido, ahora estoy siendo violado.
— Bonito estudio el tuyo, eh. Quizás estudie abogacía algún día.
— Gustav. ¡Gustav!, mírame.
— Uhm.
— Por favor, te suplico que no menciones palabra ahora, por favor.
— Hey, ¿qué pasa? — Thomas se acercaba y yo cada vez estaba más tenso y alterado.
— Ése que viene hacia aquí, es mi hermano. Necesito que te calles la maldita boca y no la cagues como hiciste recientemente.
— Oh — Volteando la mirada al susodicho, sonrió —… al fin lo conoceré.
— Dios me ayude. — Sobé mi rostro intentando simular tranquilidad.
— Hola, Bill. Escucha, necesito que me ayudes con algo. Resulta que Venegas llamó y… — al ver a Gustav con su socarrona sonrisa, calló de inmediato. Lo observó estupefacto, como si lo conociera. Aunque yo me mantuve sereno en este contacto visual porque Thomas no tenía ni idea de la existencia de Gustav.
— Emm… él es Marcos. Un amigo de la Universidad.
— Un gusto. — Estrecharon sus manos, pero mi hermanastro aún lo observaba con recelo. — ¿Eres Thomas Trümper, cierto?
— Así es.
— Oh. Te vi en la televisión. — éste rió, pero Thomas se mantuvo serio.
— ¿Qué necesitabas, Tom? — Sin mirarme, negó.
— Olvídalo. Te veo luego, enano. — Volviendo a sacar su celular, se marchó por donde vino. Fue recién ahí cuando pude botar el tóxico aire que me infectaba por dentro.
— Estuvo cerca. Vamos a mi despacho antes de que sigas cagando mi existencia.
— Tú eres quien manda, amigo.
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— ¿Y bien…? Tu respuesta. — Sin responder a eso, tomé el cuello de su cazadora oscura que siempre traía puesta y, según él, le brindaba cierto aspecto intimidante. Esbozó una mueca de enfado ante mi atrevimiento y sostuvo su peso adosándose de espaldas en mi escritorio. Me acerqué a su rostro y alcé más la prenda.
— ¡Sigo sin entender qué carajo haces aquí, Gustav! ¿¡Acaso quieres que mi carrera termine, que vuelvan a internarme, maldita sea!? ¿¡Quieres arruinar mi vida!?
— Primero me sueltas, niñato — Me empujó por los hombros y consiguió que lo soltara. Yo sólo lo miré con mis pupilas dilatadas entre el negro de mi maquillaje —. No es un placer venir a verte, pendejo. Si te llamo, hablo o lo que sea, es sólo porque necesito de alguien con contactos y dinero, sobre todo.
— ¿Crees que no sé eso? Lo que me enfurece es que vengas hasta aquí y te presentes como si fuera muy normal que reciba la visita de un transa en el estudio.
— ¡Pues te jodes! Esto podría haberse evitado de haberme llamado cuando te lo pedí. ¿Crees que soy un idiota? ¿¡Crees que puedes reírte de mí, Kaulitz!? Nadie se burla de mí y continúa por la vida como si nada.
— ¿Es una amenaza?
— Yo sólo digo.
— Y yo digo que me subestimas demasiado, Gustav — desafié rodeando el escritorio y sentándome en mi sillón exhausto. Él se volteó y cruzó de brazos —. Deja de pensar que me tienes agarrado de las bolas.
— ¿No es así?
— Sí. Pero con un revólver te elimino de mi vida de un disparo.
— Jaja, vaaaamos, Bill. Somos pocos y nos conocemos mucho. No eres capaz de manipular un arma en contra de alguien más.
— Tienes razón. Pero volado soy capaz de muchas cosas. Sabes eso — En silencio se quedó —. Además, no te debo dinero y tampoco favores, Gustav. ¿Por qué no desapareces de mi vida?
— Porque te necesito. Es todo — Me enderecé en mi asiento y no me quedó de otra más que oír lo que iba a decirme —. Escucha: hay un cargamento de varios kilos de merca en espera. Pasado mañana sale de Leipzig rumbo a Berlín.
— ¿En qué soy útil yo?
— En el peaje — respondió. Entusiasmado por contarme los detalles del negocio, se apoyó en la madera de mi caro escritorio. Alcé una ceja —. Esta gente conducirá el camión hasta un galpón, el punto de encuentro, en la ciudad de Berlín. Allí estaré yo con algunos muchachos de confianza, esperando para pagar y corroborar la calidad de la mercancía. Pero entre Leipzig y Berlín existe un peaje que necesitamos pasar sin que revisen el camión.
— ¿Sabías que eso es imposible, verdad? No evadirás un control federal, Gustav.
— Tú puedes ayudarme a hacerlo.
— ¡Soy un simple abogado, no el presidente!
— Pero tienes contactos en la Jefatura de Policías. Conoces a Molina…
— ¿Y?
— ¡Habla con él! Es tipo es más corrupto que tú y yo juntos. Enviará una orden y los agentes de tránsito me dejarán pasar.
— ¿En serio piensas que es así de fácil? Encima esto será pasado mañana. ¡Gustav, estás loco!
— Loco o no, debes hacerlo.
— ¿O qué?
— Sabes lo que pasará. — Frunciendo mis labios y callando mis reclamos, continué sin salidas.
— Ya. Dalo por hecho.
— ¡Sabía que no me fallarías! — exclamó sonriendo —. Eres mi gran amigo, Billy. Oh, pero date prisa. Supe que este sábado tu padre dará una fiesta en honor a tu hermano. No querrás que los acontecimientos se te amontonen — Me guiñó un ojo y se volteó —. ¡Adiós, Billy!
— Maldito hijo de puta.
— ¡Jajaja!
Continúa…
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Y claro, mi amorrr. ¿Quién te manda a confiar en un tranza? 🤦🏼♀️